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10.–Soporta a militares y miserables

De INTRODUCCIÓN AL ABUELO

Con sus retahílas pretendía el Abuelo acercarme a la función higiénica del periodismo. Puesto que el país de Rinconete y Cortadillo carecía de un Hércules que desviara los ríos y limpiara la mugre acumulada por décadas de crueldad, injusticia y despotismo berrueco, el Abuelo creía que esa misión correspondía a los representantes del pueblo democráticamente elegidos y al periodismo entendido como la función de buscar la verdad e informar honradamente a la ciudadanía. Él sostenía que la tarea de informar, formar y entretener debía de trascender el proceso industrial de producción, distribución y consumo, y alcanzar el fin superior de la mejora de la condición humana. Pura utopía. Quizá su obsesión por la honradez traía causa de algunas experiencias ingratas con determinados miserables dedicados a hacer política con el periodismo en vez de periodismo político. Aunque T era comprensivo y, como decía la chilena Michele Bachelet, solía meterse en los zapatos de los demás para comprender sus circunstancias, no podía soslayar a determinados pajarracos de altos vuelos que formaban parte de su biografía. Tal el caso de un director de aquel semanario socialista, un tipo que se apellidaba Guerra (Gil), como el secretario de organización del partido, y firma en latín, Bellum, la columna derecha de la última página del tabloide: La trastienda. Aquel director residía en Sevilla, donde ejercía la docencia como catedrático de francés en un instituto. Curiosa coincidencia con Antonio Machado. Aunque en aquellos tiempos del renacer de la democracia los redactores y colaboradores de la prensa de partido no cobraban un duro o percibían muy poco, para cubrir gastos (todo era altruismo y militancia en lucha por las libertades), Bellum recibía remuneración del PSOE que, lógicamente, le pagaba los viajes entre Sevilla y Madrid y la estancia en un céntrico hotel de la capital del Reino, en la que permanecía dos o tres días a la semana. Las penurias económicas no iban con él. Por algo era amigo y paisano del compañero secretario general, al que pidió asistencia letrada cuando le despidieron, no por rojo, sino por exagerado, de El Correo de Andalucía, periódico sevillano, propiedad de la Iglesia Católica. Una de sus exageraciones sonaba a chiste, aunque provocó una alarma formidable. Según publicó, la Sexta Flota estadounidense (portaviones y fragatas) navegaban hacia Portugal con la orden de ocupar Lisboa, ahogar en sangre la “revolución de los claveles” y reponer la dictadura lusa. Algo similar a lo ejecutado en Chile contra el régimen democrático del socialista Salvador Allende. Solo que Portugal era Europa Occidental y no hacía falta el largo brazo militar de Washington para prevenir el comunismo. Otra hazaña periodística de Bellum, de avispada pluma, consistió en clavar su aguijón a la Sección Femenina, tildándola de “vagina uterina del Movimiento Nacional” (partido único del régimen, cuya organización de féminas lideraba de por vida la hermana del “ausente” José Antonio Primo de Rivera y presidía, también de forma vitalicia, el dictador). Los editores de aquel periódico, los obispos, disfrutaban de los grandes beneficios y prerrogativas del régimen. No querían líos y lo echaron a la calle. Con tamañas credenciales obtuvo la dirección del semanario socialista y, con ella, la oportunidad de hacer carrera política en el partido. Pero su dedicación al periódico fue circunstancial y su desinterés creció al comprobar las escasas posibilidades de ir en la lista al Congreso de los Diputados por Sevilla. En aquel entonces T publicó un reportaje sobre los malos tratos a los soldados de reemplazo, sometidos a prestar servicio militar obligatorio por dos años, sin derecho alguno, ni siquiera a hablar ni mucho menos a protestar y denunciar los abusos y sufrimientos que les infligían unos mandos adiestrados en la convicción de que el valor y la brutalidad eran sinónimos. A las malas condiciones de unos establecimientos asquerosos e insalubres (los cuarteles), se sumaba la pérdida de vidas humanas, con unas cifras de accidentes y suicidios muy superiores a los de cualquier país de nuestro entorno con servicio militar obligatorio. T tituló el artículo del modo más suave posible: “Una asociación de soldados pide que los derechos humanos entren en los cuarteles”. Y recogió los relatos de un grupo de jóvenes de distintas procedencias que decían pertenecer a la Unión Democrática de Soldados. El texto no gustó nada a las todavía consideradas “autoridades” militares. Lógico, pues el relato al detalle de las canalladas, humillaciones, castigos, dietas alimentarias, arrestos y malos tratos indignaba a cualquier ser humano. Enfurecidos, los milicos apelaron a la jurisdicción castrense que les permitía juzgar y encarcelar a los civiles que de palabra o por escrito difundieran expresiones negativas sobre el Ejército con la insana intención de desprestigiarlo, lo que atentaba contra la defensa nacional. El juzgado militar central llamó a declarar al director de la publicación, el tal Bellum, quien argumentó que no era responsable de los contenidos del periódico, pues ya estaba fuera y no ejercía la dirección aunque siguiera figurando como director mientras nombraban a su sustituto. Remitió incluso un certificado oficial al respecto. ¿Quién era entonces el responsable de la revista? Lógicamente, el secretario de prensa y propaganda del partido. ¿Quién era ese? El señor Solana Madariaga, un joven político, culto y afable, de familia bien, sobrino-nieto del político republicano e historiador de gran prestigio don Salvador de Madariaga, y persona de gran confianza del líder Felipe. El juez togado militar le remitió una nota preguntando si tenía responsabilidad sobre la publicación de tan dañino artículo sobre la noble institución armada, a lo que éste respondió que no, pues ni supervisaba ni mucho menos censuraba los contenidos del semanario, de modo que cada autor se hacía responsable de lo que escribía y firmaba. A falta de mejor pieza que cobrar, el juez togado colocó a T en el punto de mira. Todo el énfasis de aquel hombre durante el interrogatorio se centraba en conseguir los nombres de los soldados con los que el periodista había hablado, quiénes eran los cabecillas de aquella organización clandestina e ilegal, dónde se habían reunido y otros detalles que pudiera aportar. Ninguno. T no debía ni quería aportar ninguno. No podía acordarse de nada. Ni un nombre, una cara, nada. El togado quería algo, unas iniciales, unos rasgos, algún cuartel de procedencia, algo. Pero él no se acordaba de nada. El militar le concedió una pausa de quince minutos en una sala de espera para que se tranquilizara e intentara recordar algo “por su bien”, le dijo en tono conminatorio antes de ofrecerle una hoja de papel y un lapicero. Entonces T escribió: “Ribera de Curtidores, escalera del edificio de la Junta Municipal que baja de la calle de las Amazonas, domingo, 4 de marzo, doce de la mañana”. Y no escribió más. De sobra sabía que se jugaba la cárcel, pero tenía clara conciencia de que el primer deber de todo hombre es la honradez y la palabra dada a los que sufren. Y también sabía que, aunque no figurase en las leyes de la dictadura, le asistía el derecho al secreto profesional, así que por nada del mundo iba a traicionar a sus fuentes. Sabía además que el tiempo de aquellos fascistoides se acababa; en pocos meses no podrían ya aplicar las leyes castrenses al personal civil, pues la futura Constitución, a debate en el Parlamento, pondría fin a sus desmanes y extralimitaciones. Por lo demás suponía que si le metían a la cárcel se iba a armar un escándalo formidable, muy negativo para los uniformados de alto rango. Algo de esto debió suponer el carajote togado porque, tras revisar su confesión (la fecha, hora y lugar, totalmente inventados, de su entrevista con el grupo de soldados) y constatar que no recordaba nada más, le dejó en libertad con cargos, sin fianza, y con la obligación de comparecer en aquel juzgado todos los lunes a las nueve de la mañana hasta que concluyese la instrucción del sumario. Di tu que T ya estaba acostumbrado a visitar los juzgados, pues sus informaciones, siempre críticas y comprometidas, le acarreaban muchas querellas por supuestas injurias y calumnias. La denuncia penal contra los periodistas era entonces el recurso más frecuente y socorrido de los bribones de cuello blanco y actuaba como un parachoques de caucho ante la opinión pública. Con decir que ya se habían querellado contra el mendaz y falaz periodista de turno, todo arreglado. La abuela Goyi decía que T consultaba la agenda antes de salir de casa porque nunca sabía si tenía que ir al juzgado o al periódico. Sus visitas a la sede militar castrense se prolongaron varios meses, señal de que su togada señoría funcionaba a velocidad caracol. De hecho, se le echó el tiempo encima. Y un lunes, cuando acudió a firmar el papel acreditativo de que seguía a su disposición, le comunicó su resolución sancionadora: “Tres días de arresto domiciliario”. Eran exactamente los tres días que faltaban para que los ciudadanos se pronunciaran en referendo a favor de la Constitución democrática, el 6 de diciembre de 1978. Se ve que aquel juez fascistón no renunciaba a cumplir sus valiosos servicios a la dictadura más de tres años después del deceso del dictador. Y para verificar que el reo cumplía la sanción ordenó a la Guardia Civil que fuera a visitarle a su domicilio cada uno de los tres días a cualquier hora diurna o nocturna. Menudo cabrón. Luego dijeron que un reputado director de periódicos, un tipo sagaz y atirantado a disposición del mejor postor (de derechas) había sido el último sancionado por la justicia militar antes de que se aprobase la Constitución. Pero no era cierto. Según la resolución judicial castrense que T conservaba en su carpeta de menciones, diplomas y títulos académicos, el último fue él, aunque tanto daba. Lo que de verdad le jodía eran sus propios errores.

9.–Cuenta anécdotas y travesuras

De INTRODUCCIÓN AL ALBUELO

Cierto es que tanto Román Álvarez como Rodolfo Serrano, Juan Carlos Escudier, Pepe Nevado y otros eran más que colegas: amigos. El Abuelo no tenía muchos, pero los tenía de calidad. En esto se parecía al ejército de un país bien gobernado: pocas armas, pero las mejores para defender a la población. Y él defendía ante tirios y troyanos a sus amigos, fueran del color que fuesen o entregaran su fuerza de trabajo a periódicos frívolos y amarillentos o sensatos y rigurosos. Cuando se ponía a hablar de los colegas mientras jugaba conmigo al ajedrez, podía ser interminable y, desde luego, era tan divertido que uno no se cansaba de oírle. Se refería con deleite y benevolencia a “aquellos jilgueros y sus jolgorios”. En el semanario de la causa socialista y laboral para el que trabajó, coincidió con “pájaros” que se aprestaban a colaborar, con el simulado interés de conocer a los máximos dirigentes del PSOE y ejercer de pedigüeños. Uno de aquellos colaboradores se esforzaba en colocar sus comentarios de la Bolsa de Valores. Llegaba a la redacción con sus folios sobre «la semana bursátil”. Pero pinchaba en hueso. “Mira, Carmelo, los trabajadores, a los que nos dirigimos, no son accionistas ni tienen mayor interés en las fluctuaciones de la Bolsa», le decía la compañera Padilla, que se encargaba de la sección de economía y laboral. Pero Carmelo insistía. Y la semana siguiente volvía con la misma copla. “¿Por qué no escribes sobre las trampas y tejemanejes de los banqueros?” El notable periodista, que siempre venía de comer o iba a comer con alguno de los llamados “siete grandes” y lo proclamaba en voz alta para darse importancia, rechazaba la propuesta de Padilla. ¿Cómo iba a morder la mano de los que le invitaban a almorzar? Era listo y consiguió su propósito: cuando llegaron las elecciones municipales le colocaron de candidato a la alcaldía de Pozuelo, la localidad con mayor número de millonarios por metro cuadrado. Su lema electoral estaba cantado: “Pozuelo vota a Carmelo”. Eso creía él, pero no le votaron y se quedó en concejal. Algo es algo. Y no volvió a aparecer por la redacción del semanario. Otro compañero, pacifista y voluntarioso, pasaba por ser experto en política internacional del bloque del Este, el Pacto de Varsovia y todo aquel mundo enemigo de Occidente durante la Guerra Fría. Hablaba despacio, en voz baja. Se enteraba de cosas, manejaba claves. Razonaba a duras penas y escribía unos “refritos” formidables, aunque, eso sí, lenta, muy lentamente elaborados, pues celebraba cada párrafo, cada punto y aparte, con una escapada para engrasar el gaznate a base de lingotazos de anís Castellana. Como era muy lento, casi siempre salía el último de la redacción. Una noche llamó desde una cabina telefónica al principal periódico del país, se identificó con su nombre y apellidos y comunicó que había sufrido un atentado: le habían disparo en Cuatro Caminos, a unos cien metros de la redacción del semanario. Eso dijo. Pero la policía no halló ni un vestigio de balazos en la zona. Todo era muy raro. “¿Qué le ha pasado a Fernando?”, preguntó a primera hora del día siguiente el secretario general, Felipe González, a la secretaria de redacción. Nada, un susto. Y a falta de pruebas del supuesto atentado, el propio González “hipotizó”: “Quizá haya sido el tubo de escape de un coche”. Comoquiera que el secretario general utilizaba su prerrogativa de nombrar a los directores del semanario, algunos adversarios internos que no se atrevían a enfrentarse con él en honrada lid dialéctica, ejercían el deporte de afear los contenidos del periódico, lo que redundaba en un daño persistente por la supuesta falta de pluralidad y credibilidad, con la consiguiente pérdida de lectores. El asunto llegó a ser preocupante. Tanto daba la calidad periodística y sus parientes: la exclusiva, el rigor, la verdad, los reportajes sobre materias actuales, convenientes e interesantes, las crónicas certeras e impecables, las columnas razonadas y bien argumentadas, las prosas primorosas del vasco Luciano Rincón o del andaluz Sebastián Cuevas, por ejemplo, o las denuncias sobre el maltrato y la destrucción del patrimonio histórico-artístico del eminente José Luis Souto, pues la difusión (ventas en kiosko) caía en picado. Para frenar el fenómeno se pasó del tabloide a un formato de revista similar a Le Nouvel Observateur francés y se entregó la dirección del semanario a un periodista de gran talla profesional y humana (Alfonso Sobrado Palomares) que, entre otras novedades, introdujo un comentario gastronómico a cargo de un tal Acedera. Nadie sabía quien era el propietario de aquel seudónimo y tampoco habría importado si aquel Acedera se hubiese atenido al principio de enseñar a comer mejor a la gente humilde. Pero aquel gastrónomo recomendaba unos restaurantes muy caros, inasequibles para la gente trabajadora a la que se dirigía la revista. Y ocurrió que un crítico cultural, habilidoso y sagaz, se juró a sí mismo y a los demás que no pararía hasta averiguar quién era Acedera. Preguntaba a unos y a otros y no lograba saberlo. Pasaban las semanas y lo único que conseguía era que le preguntaran a él si ya sabía quien era Acedera. No lo sabía, pero había inoculado su afán por descubrirlo en algunos compañeros de redacción, comenzando por la sección de laboral y siguiendo por la secretaria, Verónica, una joven amable, alegre y con encanto que se había hecho española después de huir de la pavorosa dictadura chilena del general Pinochet, uno de los mayores genocidas del último tercio del siglo XX. De este modo se sumaron al empeño el responsable de laboral, Diego de Losada, periodista excepcional, sin cuyas crónicas y reportajes sobre los conflictos obreros resultaba difícil conocer y entender la reconversión industrial de España y el comienzo de la descarbonización energética, y el reportero gráfico Paco Noguera, un tipo pequeño, barbado, con conciencia de clase, razonamientos certeros y resoluciones inmediatas. Se diría que aquel D’Artagnan y sus tres mosqueteros (Verónica, Losada y Noguera) se soliviantaban más que otros ante aquellas columnas para paladares exquisitos de «cerdos burgueses» que aparecían en la sección de cultura, detrás de las páginas de laboral, cargadas de luchas obreras por los derechos salariales y sindicales, por conservar los puestos de trabajo, por conseguir medidas de higiene y salubridad, por evitar muertos y heridos en los tajos… La clave llegó una mañana por correo ordinario en un sobre dirigido a la revista. Verónica lo abrió. Contenía una invitación al señor Acedera para que fuese a almorzar a un restaurante de muchos tenedores, situado en Alalpardo, zona norte de la capital, cerca de Puerta de Hierro. La secretaria de redacción comentó el hallazgo al crítico cultural Romero, quien no tardó en maquinar la respuesta. La invitación fue aceptada. Se concertó la fecha y la hora del almuerzo. “Será un menú largo y estrecho”, dijo el chef por teléfono. Estupendo. Llegado el día se personaron los conjurados a bordo del Seat-850 del fotógrafo Noguera y fueron recibidos y acomodados por el chef, quien les comentó las excelencias de la bodega y les sugirió marcas y añadas. Magnífico. A continuación ordenó el comienzo de la pitanza, con el consiguiente servicio de unos pulcros y ceremoniosos camareros. Iban ya por el quinto o sexto plato, tras los aperitivos de aquel menú de degustación, largo y estrecho, y por el tercer caldo de la espléndida bodega, cuando un tipo de edad mediana, tajeado, maquillado y engominado se acercó a la mesa a saludar al señor Acedera. Era el dueño del negocio. “¿Quién de ustedes es Acedera?”, les preguntó. Romero no podía ser por lo flaco, anguloso y pálido; Noguera tampoco, por su rudo aspecto. El empresario dudó en alargar el brazo hacia Losada o inclinarse ante el agradable rostro de la sonriente Verónica. Romero le sacó de dudas: “Acedera es un colectivo”. El restaurador manifestó su sorpresa, pues suponía que Acedera era uno y le hacía el favor de venir acompañado por amigos que pagarían sus respectivos almuerzos. “Pues ya lo ve, querido, somos un colectivo –remarcó Losada–, aunque nos ha faltado el sumiller, que está constipado; menos mal que dispone usted de un estupendo chef, un sabio en vinos”. Se retiró el engominado patrón que, sin duda, se las prometía felices con la concurrencia de la dirigencia socialista a cambio de la inversión mínima de la invitación al crítico gastronómico de la revista del partido, y dio orden de zanjar el menú largo y estrecho. Sin correr el riesgo de que les sirvieran bellotas de postre, aquellos pájaros ahuecaron el ala y abandonaron el lujoso y prohibitivo restaurante. Salió el chef a despedirles y tuvo la deferencia de empujar el coche de Noguera, que estaba para pocos trotes y se había quedado sin chispa de batería. La experiencia les resultó tan agradable que no les habría importado repetir ricos almuerzos por el morro si hubieran llegado más invitaciones. Pero no llegaron. Una pena. Claro que tampoco llegaron más columnas de aquel crítico gastronómico por el que, de vez en cuando, preguntaban a Romero en tono de broma: “¿Sabemos ya quién es Acedera?” Y él respondía: “Pues claro, un colectivo”. (Acedera era Rafael Ansón Oliart). A propósito de colectivismo, el muy inteligente, sagaz y divertido Romero comandaba un grupo anónimo de colaboradores, cuyos reportajes biográficos eran tan sorprendentes como temibles. Por algo firmaban Colectivo Feroz. Bajo el rótulo Vidas Ejemplares relataban con amenidad no exenta de ironía y mala leche los resultados de sus investigaciones sobre políticos tan importantes como falsarios, “demócratas de toda la vida” al servicio de la dictadura, prelados reaccionarios, avaros banqueros, magistrados muy serios… En cada entrega desvelaban la vida, obra y milagros de alguno de aquellos prebostes del pasado que se perpetuaban en el presente y pretendían dictar las normas del futuro. No ahorraban detalles del comportamiento particular, nada ejemplar, del personaje elegido cada semana. Y puesto que al final de cada reportaje anunciaban “próximas entregas” sobre media docena de personajes notables (a cual más pillastre, reaccionario y sinvergüenza), cuyos nombres consignaban, enseguida los concernidos pedían a los dirigentes del partido que les librasen del desnudo al que los sometía el Colectivo Feroz. Con razón decían que el destape corrompía a la juventud.

8.–Aborrece el estilo mayestático

De INTRODUCCIÓN AL ABUELO

Al Abuelo le fastidiaba ese estilo envolvente, colectivo, del “nos”, el “nosotros”, el conjunto social al que se adherían como si fueran lapas los más sesudos y reputados columnistas de opinión. “Si quieren dirigir a las masas que se presenten a las elecciones”, decía. Pero no era eso. “Si quieren que la gente piense y crea lo mismo que ellos, que se hagan imanes, sacerdotes o charlatanes de feria”. Pero tampoco era eso. Con aquel estilo mayestático, aquel uso y abuso de la primera persona del plural, implicaban a todos en los problemas creados por unos pocos. Esa era la trampa. Y por eso T detestaba aquella forma de generalizar para cubrir y encubrir a los autores de los daños colectivos. Ya lo había dicho Rafael Barret a comienzos del siglo XX: “Mientras más grave es un asunto, más lo tapan”. Aborrecía a aquellos hijos del ardid y la falacia (“líderes de opinión” les llamaban) cuyo estilo tan familiar, cercano y cargado de buenas intenciones servía para responsabilizar, encargar y cargar sobre el común la reparación de las averías y los males provocados por unos cuantos poderosos voraces, insaciables y ambiciosos. Aquellos opinadores contribuían con sus secreciones mentales a la pervivencia del daño a la naturaleza y a los enormes desequilibrios sociales y geográficos que padecían los países y el planeta. Además, sabían de todo y lo sabían todo. El desparpajo de aquellos expertos en la totalidad en proferir medias verdades y verdades a medias desde su elevada talla dizque intelectual llevaba a T a formular la clásica pregunta de por qué los intelectuales tienen más intelecto y los obreros manuales no tienen más manos. Su desprecio hacia aquellos fenómenos contrastaba con la admiración hacia algunos columnistas honrados, comenzando por Ángel Merino Galán, desenmascador de colegas filibusteros en su columna Lo que se dice y lo que se calla, y terminando por Fernando Lázaro Carreter en su El dardo en la palabra, al que consideraba un maestro necesario y fundamental. “¿Cuántos más consideras dignos de mención?”, le pregunté una vez. Y se entretuvo en hablarme de históricos y contemporáneos. Citó entre los primeros a Manuel Alcántara, quien le publicó un cuento en el periódico oficial de la dictadura, Arriba, cuando él tenía dieciséis años y servía vino en el bar donde le conoció. Era un cuento de putas y tenía mérito (su publicación) porque la prostitución estaba prohibida por el régimen. Di tu que se toleraba y que hasta el padre del dictador (tema tabú) las había diñado, decían, en un prostíbulo. También citó a Josep Pernau, quien fue su director en el Diario de Barcelona, El Brusi, decano de la prensa continental; Julio Camba, un gracioso de derechas al que no conoció en persona y del que contaban muchas anécdotas; José Antonio Novais, que escribía para Le Monde y la Agencia Efe; Ramón Gómez de la Serna, famoso por sus greguerías y ocurrencias. Contaban de este Gómez que habiendo ido a parar a Argentina durante la guerra civil (1936-39) recibió, años después, una invitación del dictador victorioso sobre una cordillera de muertos para que regresara a España y ocupara el cargo de director de la Biblioteca Nacional, con una generosa remuneración. Para entonces ya el nazismo y el fascismo habían sido derrotados en Europa gracias a los rusos, los estadounidenses, los británicos y los republicanos españoles empotrados en la resistencia francesa, pero el régimen nazifascista se mantenía en aquella España traicionada por las democracias europeas y el tirano había recibido el espaldarazo estadounidense a cambio de unos miles de hectáreas en lugares estratégicos (por ejemplo, a las puertas de Madrid y de Zaragoza) para que instalaran sus bases militares y se sintieran como en casa. El dictador, bendecido también por el Papa tras un Concordato muy favorable para la Iglesia Católica, se sentía consolidado y quería dotar de una pátina cultural a su mandato imperial. De ahí su invitación a algunos reconocidos hombres de ciencias y letras para que regresaran a la patria. Algunos, como el doctor Gregorio Marañón, pusieron sus condiciones, volvieron y se quedaron. Ramón también volvió, acudió a la entrevista con el dictador militar (“el enano asesino del Pardo”, le llamaban), agradeció el estupendo puesto que le ofrecía, pero le dijo que no se podía quedar. “¿Pero hombre, por qué?”, se extrañó el tirano. “Porque he sentido mucha pena y yo con pena no puedo vivir”, le contestó el escritor. “¿Pena de qué?”, dijo el déspota, intrigado. “Es que verá, paseando estos días por las calles, he oído que la gente habla muy mal de usted y me ha dado tanta pena que ya le digo, no me puedo quedar porque yo con pena no puedo vivir”. El dictador puso mala cara. Lógico. Para evitar su enojo y tal vez algo peor, el escritor quiso demostrar que su negativa a aceptar el alto cargo y quedarse en la patria era ajena a su rechazo de la dictadura y le ofreció escribir desde Buenos Aires para el periódico del régimen, el mencionado Arriba. De los contemporáneos, el Abuelo me citó a algunos columnistas como el catedrático de la Universidad de Salamanca Román Álvarez, cuya columna dominical en La Gaceta siempre le resultaba amena, crítica y sugerente; Juan Carlos Escudier, amargo, irónico, cáustico; Rodolfo Serrano, razonable, bondadoso y poético; José Nevado, cuyos certeros comentarios políticos le parecían saludables y alimenticios… Y algunos más cuyos nombres siempre confundo con otros de los que no logro acordarme.

7.–No quiere ser jefe, sino libre

De INTRODUCCIÓN AL ABUELO

Se entenderá que el Abuelo no quisiese permanecer mucho tiempo en el zoológico, a pesar de la cantidad de intrigas, anécdotas, chismes, chismorreos y sucedidos en boca de la fauna del lugar. Las redacciones se caracterizaban por el ruido y la variedad de animales de la misma especie. Ruido de máquinas de escribir, teletipos, receptores de radio, monitores de televisión, individuos que hablaban en voz alta y blasfemaban a voz en grito. Los periódicos se hacían con decibelios. Con razón una cabecera de los tiempos anteriores a Rafael Cansinos Asens fue rotulada El Ruido. Y otra, también anterior al siglo del átomo, se llamó El Infierno. Este periódico salía por la noche y tenía la redacción en una casa de lenocinio. Eso no quita para que en 1843 diera la primicia de la muerte del VII conde de Toreno, José María Queipo de Llano y Ruiz de Saravia, personaje culto, afrancesado, contradictorio y fugaz sucesor de Mendizabal en la jefatura del Gobierno. Los redactores de El Infierno practicaban la rima: “Ha llegado el conde de Toreno, se le está poniendo el rabo; se espera con impaciencia a don Juan González Bravo”. Y firmaban como Mefistófeles, Lucifer, Ángel Caído, Diablo y otros nombres del Demonio. Eran poco fiables, confundían la realidad y el deseo y, por ejemplo, en este caso, la llegada del político violinista González Bravo se demoró catorce años. Fuera por el ruido, por el ambiente infernal o por otras razones, T rehuía las redacciones. Prefería tomar el pulso de la calle y chafardear en el Parlamento a cumplir su jornada en aquellas salas pobladas de megalómanos, presumidos, presuntuosos e importantes. Más de una vez y de dos le ofrecieron puestos de mando. Pero él los rechazaba diciendo: “No quiero ser jefe, sino libre”. Cierto es que nunca comentó con la abuela aquellas ofertas ni las mejoras salariales que conllevaban. De este modo G veía cómo algunos amigos y compañeros de promoción de T subían en la tabla de mando de distintos medios de comunicación social, alcanzaban jefaturas, se convertían en directores, eran nombrados directivos e, incluso uno, llegaba a director general del monstruoso ente público Radiotelevisión Española (RTVE) mientras él permanecía estancado de periodista raso año tras año. Aunque ganaba un salario suficiente para mantener a la familia (esposa y dos hijos) en un escalón aceptable de la pirámide de Maslow (“el mediano pasar”, le llamaban), G suponía que era un “mediocre” y una vez se lo dijo con todas las letras, a lo que él respondió: “mediocre no, ocre del todo”. Otras veces G comentaba con tono de reproche: “Contigo nunca saldremos de pobres”, a lo él, que había sido un niño pobre y conocido la pobreza en varios países del mundo, solía contestar: “No te quejes, cariño, que no nos falta de nada”.

6.–Labora en casa de fieras

De INTRODUCCIÓN AL ABUELO

En días como aquellos, el Abuelo salía del establo más lánguido que un burro apaleado. También empleaba la palabra “zoo” para referirse a la redacción del periódico, un lugar malsano por el que pululaban una variedad de fieras a cual más asquerosa y peligrosa. Algunas reptaban. Las de las jaulas (despachos) eran temibles por sus garras y venenos. Si te echaban mal de ojo o te cogían ojeriza estabas jodido. Se trataba de jefes de sección, redactores jefes, coordinadores, adjuntos a la dirección y, en general, gente con mando y control. Más valía evitar la discusión con ellos y esperar el momento oportuno para mostrar sus errores. En su conjunto formaban una malla cuadriculada que impedía la comunicación de la base con la altura. Se esmeraban en sonreír a los de arriba, los reyes y reinas de la casa de fieras, y escupir a los de abajo, la puta base plebeya que los alimentaba. Controlaban la información, valoraban si convenía o no publicarla, decidían cómo y cuando se publicaba o si acababa en el cesto de los papeles. Algunos se entretenían en mejorar (casi siempre a peor) los títulos de las gacetillas, crónicas y reportajes. Otros, más aplicados todavía, masajeaban los textos, cambiando verbos y alterando el orden de los párrafos. Era la forma de demostrar su autoridad y de justificar los grandes emolumentos que recibían. Manejaban claves políticas, empresariales, financieras y hasta deportivas. Y si no las manejaban, simulaban estar en el ministerio. Una serpiente pitón, a la sazón jefa de la sección de política nacional, se quejó al oso de tener que “limpiar el culo” a algunos redactores. Alguien se enteró del comentario y unas semanas después, coincidiendo con su cumpleaños, le envió un regalo, un voluminoso paquete envuelto en papel de colores. El recadero se lo llevó a la jaula, ella agradeció el presente con una sonrisa de oreja a oreja. Lo abrió y sufrió un pasmo. Lógico. Nunca sonrías antes de tiempo. El paquete contenía una docena de rollos de papel higiénico y una explicación con letras versales en un folio blanco: “Que usted se limpie bien”. La serpiente se enojó. Reptó hasta el despacho acristalado del oso y allí se les vio, ella intentando empitonarle y él riendo a carcajadas la ocurrencia. Desde aquel día, los redactores se tomaron la libertad de advertir a García, que así se apellidaba, aunque la motejaron lady Higiénica, que no era menester que les cambiara los títulos y limpiara los textos, pues ya se atenían por sí mismos al Libro de Estilo. En alguna ocasión T le dijo: “No me cortes, que sangro”, pues también gustaba eliminar párrafos completos de las crónicas para “dar aire” a las páginas, ampliando las fotografías. Más de una vez le ordenó, sin explicación alguna, reducir su crónica a “un breve”. En esos casos T evitaba mostrar su contrariedad y se limitaba a pedirle que el breve tuviera, al menos, siete líneas, lo que equivalía a tres renglones mecanografiados a sesenta espacios. “¿Qué más te da siete que cinco?”, le recriminó ella una vez, a lo que T respondió: «Ya sabes como empieza El Génesis». “¿Eso qué tiene que ver?”, dijo ella. Él le contestó: “Si lo has leído sabrás que la primera noticia escrita sobre la creación del mundo tiene siete líneas, y que en la séptima el Creador descansó”. La pitón replicó con voz pedregosa: “Pues mira, va a ser que no”. Y le asignó cinco líneas.

5.–Bordea el peligro

DE INTRODUCCIÓN AL ABUELO

El Abuelo bordeaba el peligro. Su sentido crítico se acentuaba ante las chapuzas, los abusos de poder y la corrupción visible o soterrada. La primera, por ser evidente y estar muy extendida, carecía de relieve noticioso. Él le llamaba “corrupción objetiva”. Brotaba del vientre del volcán como esa lava incandescente que todo lo calcina y arrasa. Eran abusos institucionales, corporativos, asociativos, sobresueldos públicos exagerados, privilegios sin tasa, disposiciones arbitrarias y, sobre todo, leyes injustas, invariablemente desequilibradas a favor del norte (los ricos, los opulentos, los tronos y patronos, el capital) y en contra del sur (los pobres, los necesitados, la clase obrera y laboral). Hubo un tiempo, me decía, en que algún gobierno menos indecente o más pudoroso que los anteriores reconoció la existencia de una “corrupción sistémica” y procedió a una limpieza de cutis más teórica que práctica para ofrecer al mundo buena cara. Pero el magma de la corrupción siguió fluyendo por los canales subterráneos horadados al efecto. La falta de honradez de los titulares del poder en cualquier nivel territorial (local, provincial, regional y estatal) y en los negociados administrativos provistos de recursos públicos ocasionaba fuertes presiones y frecuentes rupturas de las canalizaciones, con las consiguientes humedades (filtraciones) que emborronaban el “buen nombre” y arruinaban la credibilidad de los gobernantes. El papel impreso cumplía su función de crítica y control. Lo que decía el periódico iba a misa. Y T, que jamás pisaba iglesia, mezquita ni sinagoga, consideraba el primer deber de todo buen periodista la denuncia de los abusos y las desviaciones de los poderosos en perjuicio y detrimento de los ciudadanos, a los que llamaban “masa”, “pueblo”, “público”, “clientela” y despreciaban olímpicamente salvo cuando, una vez cada cuatro años, había que hacer elecciones; entonces eran “queridas amigas y amigos”, “estimados compañeros”, “dilectos camaradas”, “apreciados compatriotas” y así. Puesto que el sistema poseía un mecanismo esponjoso capaz de absorber rápidamente cuanta “corrupción subjetiva” afectaba a los gestores públicos y políticos granujas que vendían su ética (los más astutos la alquilaban), había que mantenerse atentos, muy atentos, a las humedades y filtraciones de arriba. Algunas veces se producían de oficio. Un ejemplo: T recibía en la redacción del periódico una nota de prensa sobre un acto oficial como la entrega de despachos a unos militares de alta graduación, procedentes de terceros países, que habían realizado estudios superiores en la Escuela de Guerra del Ejército español. En principio aquello carecía de relieve noticioso, pues sólo interesaba a los protagonistas y a sus familiares. En estos casos la noticia “se publicaba en la papelera”. Sin embargo, si te fijabas bien enseguida veías que aquella nota contenía varios apellidos de origen británico, alemán, holandés… entre una veintena de latinos de la Comunidad Iberoamericana de Naciones, en la que España impulsaba una vigorosa cooperación. Y entonces surgía la pregunta de qué rayos podía enseñar un ejército como el español a los anglosajones contra los que había perdido todas las guerras en los últimos quinientos años. T guardó la nota en su bolsillo y en cuanto pudo salió a tomar el pulso de la calle en dirección a la mencionada escuela militar, ubicada en el céntrico distrito del liberal Argüelles. Realizó sus pesquisas, preguntó, consultó el programa de estudios de aquellos oficiales superiores. Ninguno de los recién diplomados era británico, estadounidense ni “alemán occidental”, como se decía entonces al referirse a los de este lado del Muro de Berlín. Tampoco holandés, danés ni escandinavo. Luego, durante el fin de semana, la información de que España formaba coroneles de la República de Sudáfrica, según publicaba el periódico, abría los boletines informativos y los noticiarios más importantes de radio y televisión. Lógico. Téngase en cuenta que la dictadura racista sudafricana, con el sanguinario Pieter Willem Botha (“el gran cocodrilo”) al frente, era una de las peores del mundo y que España, una democracia emergente, emborronaba su buen nombre con aquella cooperación repugnante incluso a la Organización de Naciones Unidas. Entraba, no obstante, el adiestramiento de los militares sudafricanos del régimen del apartheid en la lógica de unos mandos castrenses muy experimentados en el control y la represión de la población civil como eran los españoles. Cuarenta años de dictadura daban mucho de sí y, como se decía entonces, la antigüedad era un grado. La oposición parlamentaria lanzó sus críticas al ministro de Defensa, un tipo sagaz y florentino, al que suponían débil frente al estamento armado, pero en este caso, como en tantos otros, aquel hombre optó por el silencio y atemperó las críticas con cenas exquisitas con los oponentes en la quinta planta del ministerio. Sobre el asunto, el ministro de Asuntos Exteriores, un reformador con gran prestigio, comentó a T: “Ya le advertí (al colega de Defensa) que no trajera más gente de esa, pero no me hizo caso”. Las sinceras palabras del jefe de la diplomacia no eran para publicar, sino para guardar, por más que revelaran trifulca noticiosa en el Ejecutivo. Quiere decirse que las buenas historias solían tener segundas y terceras partes, y aquella las tenía. Pero en vez de seguir adelante, T optó por referirme otro ejemplo. El estímulo noticioso no era en este caso una insulsa nota de prensa, sino una filtración pura y dura sobre un político conservador, millonario de familia, con prósperos negocios y concesiones públicas en el sector de la seguridad privada. Este hombre ejercía una oposición firme, implacable, contra el gobierno progresista en materia de orden público. Adquirió notoriedad por su rechazo frontal a la regularización de inmigrantes decretada por el gobierno. Más de ochocientas mil personas habían logrado entrar en nuestro país sin permisos ni visados en los últimos años. Eran gente que venía huyendo de la pobreza, el hambre y las enfermedades. También de las guerras y de la represión de de los sátrapas que infectaban el norte de África. Gente trabajadora, hombres y mujeres jóvenes en su mayoría, algunos con niños, que se habían jugado la vida y sufrido abusos y penalidades sin fin hasta llegar aquí, donde, al carecer documentación en regla, permiso de residencia y de trabajo (“ilegales” les llamaban), sufrían la más cruel explotación laboral en las tareas más duras, incluida la prostitución, para poder sobrevivir. Era lógico que aquel político de derechas se opusiera con todo el énfasis de su vigorosa dialéctica a la regularización de aquella gente invisible y arrastrara a su partido a una campaña contra el plan del gobierno de reconocer su existencia y sus derechos sociales y civiles como ciudadanos. Lógico, pues se les acababa el chollo. Como quedaba un poco feo admitir que la legalización de los inmigrantes iba a perjudicar a los explotadores, desde la señora bien que pagaba una mierda a la doméstica dominicana, hasta el terrateniente que hacía lo propio en sus campos al descubierto o cubiertos de plástico con los braceros magrebíes, pasando por los llamados “empresarios” con talleres clandestinos, sin olvidar a los subcontratistas de la construcción, ni a las mafias del sector recreativo nocturno, aquel político encontró el argumento adecuado y perfectamente falaz: “La regularización –decía una y otra vez– es una medida pésima, catastrófica, que va a producir un efecto llamada muy difícil de evitar, contener y soportar”. El “efecto llamada” metía miedo. Repetido machaconamente, un día tras otro, y amplificado por los medios de comunicación durante meses (el tiempo que duró la regularización), proyectaba la impresión de que los inmigrantes de la ribera sur del Mediterráneo y los que venían de América central y del sur te quitaban el trabajo y se iban a apoderar del país. Cuando la derecha por fin ganó las elecciones, aquel hombre, el del “efecto llamada”, fue nombrado ministro del Interior. Ni que decir tiene que siguieron entrando inmigrantes sin permiso, como siempre. Una mañana T recibió una llamada telefónica. El interlocutor, un guardia civil con galones, le sugirió que se enterara de unas detenciones recién practicadas por patrulleros de la Casa-Cuartel de Pozuelo-Aravaca, una zona muy cotizada del norte de Madrid, en la que se asentaban mansiones y urbanizaciones de lujo. Él agradeció el mensaje y, sin perder tiempo, emprendió las pesquisas convenientes. A través del Colegio de Abogados localizó al letrado de oficio que debía asistir a los detenidos y emprendió viaje a la situación, es decir, a la puerta de aquel cuartelillo, con el siguiente resultado: los arrestados eran cuatro inmigrantes indocumentados que trabajaban en la finca del señor ministro. ¡Por Júpiter! Aquel atestado era la bomba, y no las que colocaban los asesinos de la banda terrorista ETA, precisamente. T agradeció la información del abogado y salió zumbando hacia el periódico. La noticia le quemaba en las manos. El político recio, intolerante, campanudo, del “efecto llamada” utilizaba una cuadrilla de inmigrantes sin papeles en las obras y reparaciones de la valla perimetral de su mansión. La Guardia Civil los había detenido y ahora pasaban a disposición judicial, con un resultado cantado: su expulsión, y unas consecuencias previsibles: la dimisión del ministro. Redactó la información con la mayor precisión y austeridad posible, cursó la llamada de rigor al jefe de prensa, amigo y hombre de confianza del señor ministro, con el fin de añadir la explicación del preboste. Esperó una hora, dos. La respuesta no llegó. Lógico. La mayoría de los sinvergüenzas optan por el silencio. Y aquel era un falsario de marca mayor. Ya con la hora encima, T cursó la información y esperó al cierre de la primera edición del periódico. De pronto sonó el teléfono: era el jefe de prensa del ministro. Le llamaba para hacerle saber que su señorito ya había hablado con un mando del periódico y le había aclarado el episodio. No podía negar la presencia de unos inmigrantes “ilegales” en la finca, pero había que tener en cuenta varios elementos que, sin duda, el redactor desconocía. En primer lugar, aquellos terrenos no eran solo suyos, sino también de sus padres y de su hermano. Compartían el espacio común, jardines y demás, de la gran parcela en la que sus padres tenían la antigua mansión y él y su hermano habían construido una casa cada uno. En segundo lugar, el ministro era ajeno a la contratación de aquellos operarios. La decisión era cosa de su hermano, que había pedido a un contratista de Brunete que le arreglara la valla, los setos y el jardín para celebrar la primera comunión de la niña. Y ¡oh fatalidad! Aquel tipo apareció con unos obreros “ilegales”. En tercer y último lugar, el señor ministro agradecía que la información no se publicara. Bastantes tarea tenía con luchar contra el terrorismo para ocuparse de los asuntos domésticos de su hermano y perder el tiempo, además, en explicarlas públicamente. De ahí que agradeciese muy sinceramente que aquella historia, “una simple anécdota”, dijo, no se difundiera. Se publicó en la papelera.

4.–Imparte Filosofía

De INTRODUCCIÓN AL ABUELO

Cuando el Abuelo comenzó a tomar el pulso de la calle había dos o tres semanarios que pagaban bien los reportajes. Si le aceptaban uno o dos al mes, podía sentirse satisfecho. Pero aquella forma precaria de ganarse la vida le colocaba al albur de los humores de directores y redactores jefes, razón por la cual aceptó un trabajo de ayudante de secretaría en una academia privada de enseñanza general básica para adultos, bachillerato y curso de orientación universitaria, con horario de 17:00 a 22:15 horas. El director de la Academia Fontano, un buen tipo que hacía honor a su nombre –se llamaba Santos–, sudaba tinta al empezar el curso para encajar la afluencia de estudiantes, los distintos niveles y las variadas asignaturas con las pocas aulas y profesores disponibles. Tenía que organizar además dos turnos pedagógicos: uno de cinco a ocho de la tarde y otro de ocho a diez y cuarto de la noche. Después de mucho barajar, conseguía optimizar los recursos y distribuir a los alumnos inscritos en Graduado Escolar, Quinto y Sexto de Bachillerato y Curso de Orientación Universitaria (COU) en las seis habitaciones con tarima y pupitres con las que contaba en dos pisos (primero y el tercero) de aquel edificio de la Corredera Baja de San Pablo, propiedad del señor Perrote. En cambio, por la razón que fuera (ahorro salarial, mayormente) aquel don Santos no lograba cuadrar las asignaturas de ciencias y de letras con el número de profesores que tenía y se desesperaba al no poder dotarles de ubicuidad para que impartieran clase a dos grupos distintos al mismo tiempo. ¿Qué hacer? Después de dos horas encerrado en su despacho, rellenando y rompiendo pliegos cuadriculados con horarios, aulas, cursos, asignaturas y profesores, encendía otro cigarrillo de la novedosa marca Fortuna, tomaba resuello y volvía a la carga. En uno de esos ejercicios, miró al techo buscando inspiración y se topó con la realidad: una humareda espesa, insoportable. Se incorporó, dio unos pasos hacia la puerta, la abrió para que saliera el humo –el despacho carecía de ventana y respiradero– y entonces se fijó en T, que detrás del mostrador ayudaba a un alumno a cumplimentar los documentos de inscripción, y le pidió que pasara a su despacho. Él obedeció al instante, penetró en nube y escuchó la oferta del señor Fontano: “Puesto que vas a empezar tercero de Periodismo te supongo capacitado para impartir las asignaturas de letras a los alumnos de Graduado Escolar y Filosofía de Sexto de Bachiller en el turno de noche. ¿Qué te parece?” A T le pareció estupendo. Por el mismo horario iba a ingresar un suplemento de mil pesetas. Pero, sobre todo, iba a aprender mucho de sus alumnos y a practicar su filosofía: “Hacer el bien mirando a quien”. Eso me dijo. Las asignaturas de Graduado Escolar eran sencillas: Geografía, Historia Contemporánea, Política y Religión. Les llamaban ‘las marías’. Al carecer de licencia (todavía no era licenciado) se limitaba a poner las calificaciones de los exámenes trimestrales y luego los profesores titulares firmaban las actas. Casi todos los estudiantes del turno de noche eran mayores que él, mozas y mozos que se habían puesto a trabajar a los catorce años para ganarse la vida y ahora, después del servicio miliar en el caso de los varones, querían seguir estudiando u obtener al menos el Bachillerato Elemental y si era posible el Superior para mejorar en su empleo o cambiar de trabajo. Una aspiración humana, justa y comprensible. La mayoría de ellos, sobre todo las chicas, eran sirvientas o empleados de tiendas y comercios. Los chicos laboraban en almacenes, de repartidores, en la limpieza, la construcción o en los talleres y fábricas del alfoz de la capital. Un alumno, Víctor, era profesor de autoescuela y adiestró a T gratis et amore con un Seat 600 para que obtuviera el permiso de conducir. El Graduado Escolar duraba un año lectivo, equivalía al Bachillerato Elemental y estimulaba el deseo de estudiar, de modo que algunos cursaban a continuación los dos años de Bachiller Superior y T se los encontraba en Filosofía de Sexto, una asignatura configurada a retazos, con una sucinta historia del pensamiento occidental, algo de sociología, un poco de teodicea, algunos conceptos de política y, sobre todo, la Lógica de Aristóteles en versión tomista, es decir, silogismos a troche y moche. Para los constructores de aquel engendro, aquellos razonamientos de dos premisas (la mayor y la menor) y una conclusión eran la parte mollar de la asignatura, así que T la explicaba con mucho detalle, pedía a los alumnos que aprendieran de memoria las palabras mnemotécnicas (bárbara, celare, darii, ferio…) para recordar la variedad de silogismos y los entrenaba en aquella forma de razonar que sirvió durante siglos para encandilar ingenuos y relanzó Tomás de Aquino para intentar demostrar la existencia del dios creador del mundo. T disfrutaba con aquella didáctica. Decía, por ejemplo: “Todas las mujeres son buenas, Anita es mujer, luego Anita es buena”. Y los estudiantes debían analizar las dos premisas y la conclusión para determinar la clase de silogismo. Cada premisa tenía su letra: A igual a “universal afirmativo”, E igual a “universal negativo”, I igual a “particular afirmativo” y O igual a “particular negativo”. De este modo si la premisa mayor –“Todas las mujeres son buenas”– era A (universal afirmativo) y la premisa menor –“Anita es mujer”– era I (particular afirmativo) y la conclusión –“luego Anita es buena”– también era I, teníamos un silogismo “darii”. Si tenemos en cuenta los términos de las dos premisas y la conclusión nos salen cuatro figuras silogísticas. Puesto que los juicios pueden de cuatro (A,E,I,O) en cada uno de los tres elementos (las dos premisas y la conclusión), nos salen hasta 64 combinaciones posibles, si bien, las reglas silogísticas las reducen a 19 modos válidos. Una regla básica es que el silogismo no tenga más de tres términos, pues el razonamiento consiste en comparar dos con un tercero. Si introducimos una cuarta pata incurriremos en una falacia. Es muy socorrido este ejemplo: “Todos los hombres son libres, las mujeres no son hombres, luego las mujeres no son libres”. El término “hombres” de la premisa mayor se refiere al género humano, a la gente, pero en la premisa menor se utiliza como ‘varón’, introduciendo la cuarta pata que da lugar a la falacia. Otra regla de oro para no incurrir en falacia es comparar el término medio en su totalidad, sin tomar la parte por el todo como ocurre en el siguiente ejemplo: “Todos los aragoneses son españoles, algunos españoles son andaluces, luego algunos andaluces son aragoneses”. A ver, Ramón, haga usted un silogismo en “bárbara”. Y Ramón dice: “Todos los hombres necesitan alimentos, los alimentos tienen proteínas, luego todos los hombres necesitan proteínas”. Correcto. T me enseñó aquel juego. Pero me contó más. Me dijo que elaboraba y reproducía a ciclostil (no había fotocopiadoras) dos folios de apuntes con todas las fórmulas silogísticas y los repartía entre los alumnos para que los entendieran y los empollaran mejor, pues, básicamente, el aprobado de la asignatura dependía del buen manejo de aquella garambaina. Si lo sabría él, que se preocupaba de visitar y consultar a los profesores de los institutos Beatriz Galindo (femenino) y Ramiro de Maeztu (masculino), donde sus alumnas y alumnos, respectivamente, debían de realizar los exámenes. Y lógicamente, iban bien preparados y casi todos aprobaban. Tamaño porcentaje de aprobados con excelentes calificaciones sumía al bueno de don Santos en un dilema: no sabía si felicitarle por la docencia o regañarle por la falta de alumnos en las clases de recuperación del verano.

3.-Pulsa la calle

De INTRODUCCIÓN AL ABUELO

Si T no estaba en casa, valía preguntar a la abuela para enterarse de que nueve de cada diez veces había salido a tomar el pulso de la calle. Él no salía a andar por andar ni a caminar para hacer ejercicio físico, como Goyi y otras personas de su edad, sino a ejercitar el músculo de la observación, el tendón de la curiosidad y las articulaciones del razonamiento. Siempre había algo que llamaba su atención y casi siempre regresaba con alguna historia nueva e interesante que contar. Algunas veces se demoraba horas y horas. Lógico. “Las historias no suceden, transcurren”, solía decir cuando la abuela le reprochaba su tardanza. En ocasiones invocaba “la curiosidad” para disculparse, y ya se sabe que la curiosidad es esa fuerza que te impide moverte del lugar donde ocurre algo interesante. Para él, “tomar el pulso de la calle” equivalía a hacer lo que había hecho desde sus años mozos, cuando empezó a estudiar periodismo y a escribir y vender reportajes a semanarios de gran difusión. Eran los últimos años de la dictadura franquista, tiempos de gran agitación política e ideológica. La calle era el elemento de la juventud. «Un día pasaba yo –me dijo– por la plaza de España, vi unos coches negros estacionados ante la sede central de Sanidad Nacional (entonces todo era “nacional”), me acerqué y me colé sin acreditación previa en un acto organizado por las autoridades para presentar el nuevo hospital que iban a construir en el norte de la ciudad, cerca de un sanatorio de tuberculosos y al lado de otro hospital. Tamaña concentración de establecimientos sanitarios estimuló mi atención. Tomé buena nota mental de las explicaciones de aquellos prebostes. Un médico que era yerno del dictador llevaba la voz cantante. Me fijé bien en las maquetas del nuevo edificio, similar a aquellos botes de pastillas contra el dolor de cabeza que llamaban Piramidón, llegué a casa y esbocé un reportaje que completé con algunos detalles urbanísticos, pasándome por el lugar de la edificación, y con varios datos económicos, obtenidos por comparación. El texto fue aceptado por un semanario crítico y comedido. Y aquel hospital, construido al gusto del yerno del dictador generalísimo y bautizado como Centro Nacional de Especialidades Quirúrgicas ‘Ramón y Cajal’, empezó a ser conocido como El Piramidón.» Cierto es que luego al dictador lo ingresaron en el hospital vecino, La Paz, donde le practicaron una escabechina, le mantuvieron entubado y prolongaron su agonía por motivos políticos hasta que anunciaron su muerte el 20 de noviembre de 1975. Por cierto que el ‘yernísimo’, doctor y grande de España, que se llamaba Cristobal, sacó unas fotografías de su suegro desahuciado, rodeado de tubos y cables por todas partes, hecho una mierda. Y nueve años después aquellas instantáneas fueron vendidas a una ‘revista del corazón’ por una cantidad millonaria. Con razón decía el yerno que era cardiólogo. Pero no un cardiólogo cualquiera, sino un cirujano terrible, cuyas operaciones quirúrgicas a vida o muerte sobrecargaban la barca de Caronte. La sobrecarga de gas licuado (propileno) de un camión-cisterna procedente de la refinería de Enpetrol en Tarragona provocó su estallido cuando pasaba junto al camping Los Alfaques, a la salida de la localidad de la localidad de San Carlos de la Rápita y ocasionó una masacre terrible: 243 fallecidos. Era la segunda semana de julio de 1978 y el campamento estaba lleno de veraneantes españoles y de varios países europeos. La explosión mató al instante a 158 personas e hirió con quemaduras muy graves a más de trescientas que en aquel momento, las 2:35 de la tarde, se hallaban en el campamento. Los heridos fueron evacuados a los hospitales que disponían de unidades de quemados en Barcelona, Valencia y también en Madrid, al Piramidón, el centro de especialidades quirúrgicas más moderno y mejor dotado del país, con toda una planta dedicada a curar a los heridos por fuego. Una semana después de la tremenda explosión seguían muriendo heridos. La cifra oficial fue de 85 fallecidos en los hospitales. Pero ninguno en el Piramidón. ¿Por qué? Para buscar la respuesta convenía darse una vuelta por allí, así que realicé unas llamadas telefónicas y tuve suerte. El día y a la hora convenida me personé en el despacho del doctor Yuste. “Ponte esto”. Me entregó una bata verde y unas calzas blancas con suelas de corcho. Tras comprobar que la pequeña cámara fotográfica quedaba convenientemente disimulada bajo mi atuendo de médico salimos hacia los ascensores y me condujo por varias plantas de aquel enorme edificio, incluidos los sótanos. El doctor Yuste conocía bien el hospital, pues no en vano era el jefe de medicina interna de tan moderno, valioso y costoso establecimiento, sufragado con las cuotas salariales de los trabajadores. La síntesis de aquella mañana de viaje a la situación se podía resumir con una palabra: “Desolación”. El relato, apoyado con pruebas gráficas, reflejaba la incuria, la corrupción y sus progenitores: doña prevaricación y don abuso de poder. Instrumental quirúrgico costosísimo perfectamente arrumbado, máquinas de anestesia, importadas de Estados Unidos, abandonadas y cubiertas de polvo; monitores y computadoras nuevas, amontonados de cualquier manera en un sótano húmedo; quirófanos bien montados, abandonados antes de ser estrenados; decenas de habitaciones con todo el aparataje instalado, cerradas a cal y canto. Dispendio y abuso, inversiones mil millonarias inútiles, alas y plantas completas de aquel moderno edificio infrautilizadas o sencillamente cedidas a las ratas. La corrupción objetiva y subjetiva reinante en aquel centro de especialidades quirúrgicas, aquel Piramidón construido y equipado según las directrices del yerno del dictador, saltaba a la vista aunque en aquel caso, como en casi todos, estuviera oculta. Se comprenderá por qué no hubo muertos entre los heridos más graves que desde el camping de Los Alfaques fueron llevados a ese hospital: porque al llegar se encontraron cerrada la flamante unidad de quemados y tuvieron que ser trasladados a otros centros sanitarios. La sorpresa y el escándalo dieron paso al anuncio gubernamental de una investigación interna cuyos resultados nunca fueron conocidos. Las “investigaciones internas” eran y siguen siendo, como los “casos aislados”, el recurso más frecuente y socorrido de los responsables públicos. Luego hacían eso que se llama “nada”. Y puesto que cuando hacían algo era investigar la “filtración” y ordenar represalias contra los periodistas, él agradecía la inacción por el bien de sus fuentes y para no verse obligado a defender el secreto profesional frente a las presiones más burdas y a las más sutiles indagaciones.

2.–Inventa palabras

INTRODUCCIÓN AL ABUELO

Si el Abuelo no hubiera sido como es, tampoco Gabriel Díez Mier, un tal yo, sería como soy ni habría inventado palabras como malincuente y otras. Pero él se inventaba palabras, conjugaba sustantivos como si fueran verbos y sostenía que toda mujer y todo hombre que se precien han de tener una palabra propia, un término genuino, ideado por su magín. Yo entonces contaba cinco años y hacía poco tiempo que había roto a leer y a escribir con letras mayúsculas. Puesto que ya antes llamaba a las cosas como mejor me sonaban, descubrí que poseía una colección de palabras como puchi, archibolín, bolichinil, el mencionado malincuente y otras inventadas por mí. También verbos. Si alguna vez oyen o leen vocablos derivados de la conjugación de escalumbrar y escaboñar, sepan que esos verbos son de mi invención, aunque se los regalé a T, quien tenía una palabra singular: ciribicundio. La utilizaba de vez en cuando en algún reportaje, alguna crónica. Cuando parecía que la había olvidado, la dejaba caer en algún texto. “¿Qué significa?”, le pregunté. “Si ponemos la tercera sílaba delante de la segunda, quiere decir lo mismo que cibiricundio”, me contestó. O sea, nada; la palabreja carecía de significado. Y si lo tenía, él lo desconocía. Me pareció un recurso literario poco honrado, pero enseguida me aclaró que el ciribicundio quería decir lo que a cada lector le diera la gana y que a él le servía para salir del paso. Estupendo –le dije–, pero me parece poco honrado». El reproche sobre la falta de honradez le llegó al alma. Y para darme a entender los ardides de los periodistas literarios (así les llamaban) en su lucha contra el tiempo y otros elementos, incluido su propio cerebro, me refirió el caso de un colega, maestro y buen amigo, llamado Federico Abascal Gasset, quien estando de corresponsal de un gran periódico catalán en Alemania Federal, llegó a utilizar el nombre de un jugador de fútbol como si fuera un miembro del Gobierno. Sabía lo que había dicho, reprodujo sus argumentos, entrecomilló su palabras, pero, en plena redacción contrarreloj, no consiguió recordar el nombre de aquel preboste y le calcó el primero que le vino a la mente: el de un futbolista. Di tu que entonces no había Internet y nadie se percató de la chapuza o si se enteró no protestó. La honradez del texto periodístico es la verdad, con independencia de que el libro de estilo te obligue a poner el nombre y la función o el cargo de la persona que hace una declaración noticiosa. Deduje que la precisión de los hechos y los dichos es la regla de oro del buen periodismo. Y también deduje que un poco de granujería bien administrada podía sacar de muchos apuros a los plumillas. Puestos a deducir, caí en la cuenta de que si toda mujer y todo hombre que se precien han de inventar una palabra propia, esto iba a ser un sin dios lingüístico y lenguaraz, un ciribicundio mayor que la Torre de Babel. T abrió mucho los ojos y soltó un jijí. ¿Tú crees? Claro que lo creo; nada más tienes que ver la cantidad de palabras del diccionario de la lengua española, unas noventa mil, y pensar lo que ocurriría si cada persona que habla español aportase una nueva palabra. Se volvió a reír, supongo que de mi ingenuidad, y me echó la historia de Curro. El onubense Francisco López del Real era dirigente y activista local de las Juventudes Socialistas, le capturaron y encarcelaron al final de la Guerra Civil, en 1939. Su destino era el paredón de fusilamiento pero, mientras tanto, le sometieron a trabajos forzados junto a otros presos políticos. Todas las mañanas les mandaban formar y los sacaban en dos filas indias a arreglar caminos y construir represas. Curro era bajito e iba de los últimos. Un día, al poco de salir por el portón de la cárcel, preguntó al compañero que iba a su lado si llevaba el ilurio imantado, a lo que éste, según el acuerdo previo, contestó que no. “¡Joder, Fulgencio, otra vez has olvidado el ilurio imantado!”, le gritó, irritado, para que lo oyera el guardia que iba detrás. Y acto seguido se volvió corriendo hacia la entrada de la prisión a buscarlo. Habían caminado treinta o cuarenta metros, una distancia suficiente para que el guardia, si se le ocurría disparar, no acertara a darle, y en vez de cruzar el portón, bordeó el caserón y desapareció. A saber lo que aquél guardián pensaría que era el ilurio imantado. Ya ves cómo una palabra inventada te puede salvar la vida, dijo. Asentí. Y él añadió que aquel Curro llegó a una estación ferroviaria y se sentó a esperar el tren, cualquier tren que le alejara de allí. En esas apareció una pareja de la Guardia Civil, se acercaron a él, le miraron con detalle y cara de mala leche. Él les dio los buenos días tengan ustedes y se mostró más sereno que un cuatro sentado en una silla. Entonces uno de los agentes le preguntó: “¿Tú te has escapado, verdad?” A lo que él contestó que sí. El guardia se sorprendido y se interesó: “¿Cómo lo has conseguido?” Él respondió: “Con mucho valor”. Los guardias se lo tomaron a broma, vieron que era inofensivo y le dejaron en paz. Curro consiguió llegar a Francia, resistió al nazismo y sobrevivió en el exilio en Bélgica hasta que acabó la dictadura en España y decidió regresar. T sostenía que era uno de los socialistas más buenos, ocurrentes, fundados en razón y con más gracia que había conocido.

Introducción al Abuelo

Esta crónica de un viejo periodista a los ojos de un joven consta de 36 entregas o episodios que se irán desgranando cada domingo en este blog. Gracias por leer.

1.–El Abuelo fuma

El Abuelo olía a tabaco. Escribía y fumaba o fumaba y escribía. Mi abuela decía que en otro tiempo también olía a tinta de imprenta, un aroma que a ella le gustaba. Pero con los avances tecnológicos dejó de oler a periódico impreso y sólo olía a tabaco, razón por la cual empecé a llamarle T. Él creía que me refería a uno de sus seudónimos: Tilo, Tilo Dátil, convertido después en personaje de novela, y se sentía halagado por mi decisión nominal, ya que casi todos los protagonistas de sus relatos, y en particular de aquél, eran buena gente. Desconocía que con T le quería llamar “tabacoso”. Si me quedaba en la primera letra era porque para proferir adjetivos sobre su asquerosa adicción se sobraba mi abuela Goyi, con G de “guapa” y “gustosa”, pues a su belleza espiritual y física añadía el buen gusto en vestir, calzar, cocinar. Y poseía un gran talento pictórico. Ella me confesó que sentía uno de sus mayores placeres cuando el Abuelo llegaba a las tantas de la madrugada oliendo a periódico impreso y la despertaba a besos. Él terminaba la jornada laboral entre la una y las dos de la noche, cuando las rotativas empezaban a escupir ejemplares de la edición de provincias a una velocidad endiablada y las hileras de furgonetas que esperaban, unas potentes Mercedes, comenzaban a cargar palieres con torres de paquetes de periódicos y salían zumbando hacia las ciudades de los cuatro puntos cardinales. Algunas no volvían: se estrellaban. En el periodismo todo era urgente y veloz, y aquellos jichos con sus jacas de carga rendían tributo a una industria derivada de lo que Gabriel García Márquez definió como “el oficio más bello del mundo”. Luego, los avances tecnológicos simplificaron mucho el proceso productivo, eliminaron el transporte físico a larga distancia, suprimieron los teclistas, correctores, montadores y otros eslabones de la cadena hasta que, finalmente, una crisis económica provocada por una especulación financiera e inmobiliaria desaforada sumió al país en la depresión, la prensa se fue a la mierda, cerraron cientos de imprentas, la Galaxia de Gutemberg desapareció en los confines de la Vía Láctea y el kilo de periodista se pagaba menos que el cuarto y mitad de pollo. El siglo del átomo quedó atrás y dio paso a la era del bite. El Abuelo se digitalizó y ya sólo olía a tabaco. Maldecía la voracidad del capitalismo globalizado. Pero, además del refrán castellano –“La avaricia rompe el saco”–, conocía el adagio ruso: “Añorar el pasado es correr detrás del viento”, y se negaba a decir si aquellos tiempos fueron mejores. “Para nosotros, la clase obrera y laboral, jornaleros de la pluma, todos los tiempos fueron complicados”. Eso decía.