Archivo de la categoría: Cuento breve

Día de suerte

Cuentos y descuentos del sábado (2-12-2023).– Luis Díez

Nada más salir de casa encontró un gorro en el suelo. Se agachó, lo recogió. Era de lana azul celeste con rayas blancas, muy bonito. Supuso que lo había perdido algún madrugador o trasnochador, nunca se sabe, y cómo no sabía qué hacer con él, se lo guardó en el bolsillo del abrigo. Bien lavado y perfumado podía utilizarlo en días fríos y también envolverlo en papel de regalo para algún cumpleaños de invierno. Nunca se sabe lo que una prenda de cabeza puede dar de sí. Siguió caminando en dirección a unos contenedores y antes de depositar la bolsa de residuos orgánicos vio un paraguas con el mango colgado de la boca rectangular del recipiente para papel. Lo agarró, lo examinó, lo abrió. Funcionaba como si fuera nuevo. Era además bien bonito: un paisaje estampado de Van Gogh en el que se veía la campiña verde y amarilla, unas casas y unas montañas blancas al fondo. Lo cerró, lo abrochó, se lo colocó en el brazo izquierdo y siguió hasta la parada del catorce. A fin de cuentas, pensó, las cosas son para quien las encuentra.

Todavía era muy temprano y el autobús venía casi vacío. El trayecto duraba entre veinte minutos y media hora, según la densidad del tráfico y la cantidad de usuarios en las paradas, así que decidió sentarse en la parte trasera y entonces vio un asiento ocupado por una billetera de cuero negro. ¡Carajo!, exclamó para sí mismo. La agarró, se sentó, la examinó: documento de identidad, tarjeta sanitaria, tarjetas bancarias (de “crédito” les llaman) y… un billete de veinte euros. Recordó que cerca del taller donde fungía había un buzón de Correos, de modo que en vez de molestar al conductor se la guardó en el bolsillo del abrigo junto al gorro azul con el fin de meterla por la ranura para devolverla al perdulario.

Lo mismo que hay días que no funciona nada, que saltas de la cama con la hora pegada al culo y, maldita sea, han cortado el agua sin avisar y no puedes ni lavarte la cara; que agarras el teléfono y, joder, está sin batería; que llegas a la fábrica y el puñetero motor de la envasadora se ha vuelto a gripar…, días aciagos en los que las cosas conspiran contra ti y te sientes impotente, ridículo y malhumorado, hay días como este de objetos perdidos que vuelven encontradizos.

En esas y otras consideraciones llegó a la parada del curre, se apeó, miró el reloj: le sobraban diez minutos antes de fichar, así que decidió tomar un café en el Miró. Faltaba más de un mes para Navidad, pero la Bombón ya había colocado el cartel de la Lotería junto a la fotografía del periódico de los equipos locales, masculino y femenino. Sacó la cartera encontrada, extrajo el billete de veinte euros y además del café pidió un décimo a la camarera (todos le llamaban así, “la Bombón”). Ella puso cara de pianista, lo tecleó con las yemas de los dedos. “Este va a sonar”, dijo.

¿Y sabéis qué? Que sí, que sonó el gordo, lo cantaron los niños del colegio San Ildefondo, a los que dios (si existe) bendiga. A él le tocó una cuarta parte porque había regalado cinco euros a cada uno de los tres compañeros de su sección fabril. Fue un buen pellizco, dijeron, se motorizaron con propulsión eléctrica y desde entonces en vez de Satur, decidieron llamarle por la segunda parte del nombre, Nino, más cariñosa. Él siguió yendo a trabajar en autobús, pero no hubo segunda parte. Y además no podía haberla porque iba y venía tan embebido en las investigaciones de los detectives, inspectores y comisarios Carballo, Leo Caldas, Adamsberg, Montalvano, Wallander, Jack McEvoy… que ni miraba los asientos antes de sentarse.

Sin motivos para la alegría

Cuentos y descuentos del sábado (28-10-2023).–Luis Díez

El amigo Fiol carecía de motivos para la tristeza. Era rico de familia, tenía más millones que pesaba, desvivía una vida regalada sin horarios laborales ni obligaciones apremiantes. Dedicaba algunas jornadas a cultivar su afición por la historia; se metía en la Biblioteca Nacional y se sentía como un arqueólogo submarino en busca de pecios y tesoros sumergidos. Le apasionaba la historia hacia atrás y, por Júpiter que encontraba satisfacciones intelectuales y perlería para divulgar y repartir, ya fueran anécdotas, paradojas, usos, vicios y desmesuras de reyes, papas, banqueros y otros poderosos personajes que en el mundo han sido, ya enumeraciones, comparaciones e interpretaciones sobre tribus y organizaciones humanas sumergidas en el secular olvido. Llevaba compuestos dos libros al respecto y un próspero editor (aunque parezca una contradicción) se apropincuaba a él y se llevaba sus notas y apuntes de tanto en tanto.

Siempre alegre y buen conversador (no confundir con conservador), Marisa le consideraba una fuente inagotable de anécdotas y curiosidades bien traídas, un observador feliz e instructivo, con el que parecía imposible aburrirse y emburrecer. Sin embargo, cuando aquella mañana coincidieron en el vagón del metro, ella le vio alicaído y triste, y así se lo dijo.

–¿Cómo no voy a estar triste con lo que está ocurriendo en este jodido mundo? Miras hacia arriba y no ves motivos para la alegría en la destrucción de la atmósfera por la ambición, el egoísmo y la crueldad de esa minoría que circula en la cómoda diligencia del capitalismo desbocado. Han herido de muerte al planeta y no hay manera de vencerles ni convencerles para que dejen de chupar su sangre. Miras el entorno, con ese virus nuevo y mortal, el coronavirus al que llaman Covid como si fuera alguien de la familia (y lo es, aunque no el perro), y sientes una profunda amargura por los mayores y no tan mayores que se ha llevado al otro barrio. Miras a un lado y ves al cara de víbora, el venal y codicioso presidente ruso Vladimir Putin atacando a Ucrania por tierra, mar y aire, lanzando misiles contra la población civil de las ciudades ucranianas y provocando decenas de miles de muertos y un dolor y un éxodo nunca visto en Europa desde el depravado Adolfo Hitler. Sigues mirando ahí al lado y ves al cara de cemento, el sanguinario Netanyahu, asesinando a bombazos a la población palestina, sobre todo niños, recluidos en la franja de Gaza. Esos genocidas te dejan sin palabras, hacen que se te salten las lágrimas. ¿Cómo no voy a estar triste si, además, los mandatarios de la Unión Europea no consiguen parar el exterminio que están perpetrando los israelíes contra los palestinos? Y, por supuesto, esos canallas se ciscan en la ONU. ¿Quién podrá juzgarles y condenarles como se merecen? Luego te encuentras paradojas como el reciente Informe Mundial de la Felicidad, publicado por la Red de Soluciones para el Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas, que coloca a Israel en el cuarto puesto de los países más felices del mundo. ¿De verdad? ¿Tu serías feliz si fueras israelí?

–Hombre, como dicen que son el pueblo elegido de Dios –respondió Marisa.

–Entonces ese no es el dios que interesa a los hombres.

Expertos en la totalidad

Cuentos y descuentos del sábado (21-10-2023).–Luis Díez

El rector era un hombre introvertido y despistado. Se le veía abstraído por los pasillos y los senderos del campus, siempre inmerso en sus meditaciones. Miraba sin ver y escuchaba sin oír. Quienes le conocían ni siquiera abrían la boca para saludarle, pues de antemano sabían que no correspondía a los saludos. Con todo, cumplía con diligencia y acierto las obligaciones gestoras y representativas del cargo. Firmaba lo que había que firmar y acudía puntual y aseado a los actos académicos y sociales a los que era llamado, que no eran pocos. Se podía decir que no pasaba día sin que fuera reclamado a introducir a los conferenciantes, presidir “honoris causa”, dictar lecciones magistrales, inaugurar jornadas y congresos, dar pregones, presentar libros, etcétera. Baqueteado en tales lides, ponía el piloto automático y realizaba el trayecto sin mayor esfuerzo. En una de esas le tocó presentar a un profesor invitado, un reputado especialista en tecnología biológica. Para facilitarle el cometido le proporcionaron una ficha con la filiación y aportación científica del conferenciante. Pero como era tan despistado la dejó en alguna parte y, ya en el atril, echó mano al bolsillo de la chaqueta y no la encontró.

–Presentamos hoy –dijo– a don…

–Marina, profesor Ángel Marina –le sopló el moderador.

–Ah, si, al profesor don Mariano.

–Marina –le corrigió el conferenciante.

–Bien, el profesor Marino es un grandísimo especialista en … ¿En qué es usted especialista, profesor?

–¡En la totalidad! –exclamó, molesto, el conferenciante.

–Muy bien. Como han oído, es un honor presentarles a un especialista en su conjunto y por partes, una persona que sabe de todo y, como esos señores y señoras piriodistas que lo saben todo y salen en las televisiones y se denominan tertulianos, puede enriquecernos con su enciclopédica sabiduría. Tiene usted la palabra, profesor Marinero.

–¡Marina! –Le corrigió, muy molesto, el confrenciante.

Uno de los plumillas que asistían al acto reflejó en su crónica la tortuosa presentación del despistado rector y éste le llamó para negar que le hubiera fallado la memoria.

–¿Pero no te acordabas del nombre ni la especialidad del científico, no es cierto? –Argumentó el periodista.

–Un poco de perspicacia, amigo Rabanal. Y ten en cuenta que yo no necesito acordarme de nada porque no olvido nada.

–Recibido, tronco. Me quedo con el aforismo –repuso el plumilla.

Amnistía o sucedáneo

Cuentos y descuentos del sábado (14-10-2023).–Luis Díez

–Buenas, ¿tiene amnistía?

–¿La quiere fiscal?

–No, de la otra.

–¿Parcial o total?

–Parcial de momento, a ver cómo sale.

–Le va a costar un huevo… ¡Perdón! Un riñón.

–Ya lo supongo. Con los petroleros y los gremios pegando patadones para arriba a la inflación, vivir se ha puesto al rojo vivo.

–¿Cuánta le pongo?

El comprador se toma su tiempo, medita la respuesta, cuenta para sí del dedo meñique al pulgar: Carles Puigdemont Cascamajó, Antoni Comín Oliveres, Lluís Puig, Clara Ponsatí… Cuando llega al quinto se da cuenta de que le faltan dedos para incluir a los de Suiza, Marta Vilalta y Anna Gabriel, pero vuelve a empezar por el meñique.

El expendedor tiene cara de pocos amigos, viste de negro cuervo y comienza a impacientarse.

–Bueno, pues usted diráa” –le urge con tilde a lo Feijóo.

–Tranquilo, tronco, que estoy calculando –contesta mientras sigue pensando: en total hay unas mil personas empapeladas por el procés. Demasiada gente. Hay 44 cargos de la Generalitat ya condenados (además de los seis huídos), 56 investigados por el Tribunal de Cuentas por el gasto del procés, 18 por promover el referendum independentista a través de webs, decenas de profesores y directores de colegios encausados por facilitar las votaciones, 712 alcaldes implicados en la organización del referendo…, la intemerata.

–¿Cree usted que con cuarto y mitad de amnistía alcanzará? –Pregunta por fin.

–¡Qué va! Con eso no tocan ni a medio gramo por cabeza.

–Por su mala cabeza, querrá decir.

–Y la del mando en Madrid, no lo olvide.

–Tiene razón. Rajoy fue un desastre… Pero los condenados fueron indultados después. Yo mismo firmé el indulto en 2021.

–Ya, pero dese cuenta de que son muchos delitos: desobediencia, prevaricación, malversación de fondos, falsedad documental… Y los condenados siguen inhabilitados para ocupar cargos públicos.

–Lo sé. ¿Acaso ignora que hicimos una ley para que la prevaricación y la malversación de fondos públicos tuviera penas menores cuando no fueran a beneficio de los infractores, parientes y demás familia? O sea, latrocinio pro domo suo. Pero a lo que vamos: ¿A cuanto saldría el kilo de amnistía?

–Uf, en términos de voto… Prefiero no calcular, carísimo.

–¿Y un sucedáneo, una “regularización”?

–¿A lo Solchaguez o a lo Montorus?

–No, ya le digo que en general, a ver cómo sale.

–Espero que le salga bien para la investidura, el Presupuesto, el PIB, las elecciones gallegas, vascas, andaluzas… Sobre todo, las andaluzas. Y también para los comicios europeos, que se celebran a mitad de 2024, antes de que el Tribunal Europeo de Justicia resuelva los recursos contra la extradición del hombre que no se peina y que podrá concurrir de nuevo a su escaño en el Parlamento Europeo sin moverse de Waterloo. Usted es un político valiente, pero sea paciente, que ya la justicia europea resolverá el problema creado por las derechas catalana y española, una contra otra y viceversa. Y tenga en cuenta que con amnistía o sucedáneo, la inquina siempre quedará.

–Gracias eminencia, lo someteré al Comité Federal y acaso a la militancia, a ver cómo sale.

Angelina y los poemas presos

Cuentos y descuentos del sábado (7-10-2023).–Luis Díez

Salía del colmado del chino de comprar pan, huevos y patatas para cenar cuando me encontré al paso con mi vecino Citero.

–¿De dónde viene don Saulo a tan buena hora? –le pregunté.

–De un acto poético, ahí abajo, en el Instituto Cervantes –dijo él.

–No sabía que le gustase la poesía. ¿Quién recitaba?

–Fue un homenaje sencillo y muy emotivo a Angelina Gatell, poetisa catalana y española de la Generación del 50, una referente fundamental en la memoria histórica de nuestra cultura, según dijo Luis García Montero. Una luchadora con la pluma, no con el plomo, de la resistencia a la dictadura.

–Qué tiempos aquellos en los que la poesía era un arma cargada de futuro.

–Celaya dixit. Si, entonces la poesía decía más de lo tolerado por la censura en otros géneros. Y sí, me gusta aquella poesía. Gabriel Celaya, Amparo Gastón, Blas de Otero, Angelina Gatell, José Agustín Goytisolo, su hermano Luis (Juan no escribía entonces poesía), José Manuel Caballero Bonald, Félix Grande, Margarit… Ya van quedando pocos.

–Bueno, al menos muchos de ellos, incluidos Rafael Alberti, Vicente Aleixandre, José Hierro… tuvieron la satisfacción de ver entrar en caja al dictador que a tantos encarceló.

–A Angelina le encarcelaron a un hijo (Eduardo). Por cierto, esto me recuerda un presidio del que nada se habla.

–¿Cuál, amigo Citero?

–La dictadura franquista encarceló poemas.

–¡Por Júpiter, Saulo!

–Ya te digo. La propia Angelina podría dar fe de lo que digo si viviera (murió en 2017). El Congreso Cultural celebrado en La Habana del 4 al 11 de enero de 1968 y al que asistieron algunos de los poetas que te he citado junto con Valente, Gil de Biezma, Castellet, García Hortelano, Moreno Galván, Juan Antonio Bardem… Y los exiliados en México, Adolfo Sánchez Vázquez, José Bergamín… Y en Francia, José Martínez (editor de Ruedo Ibérico), Jorge Semprún…, decidió hacer un homenaje al pueblo vietnamita por sus décadas de lucha contra el imperialismo (primero francés y estadounidense entonces). El partido (PCE) entendió que Angelina Gatell, por sus excelentes relaciones, era la persona ideal para recopilar poemas de todos ellos y más, con el fin de lanzar un libro contra la guerra del Vietnam, al modo del España canta a Cuba de 1962. Angelina hizo su labor, pero las editoriales de renombre Aguilar y Alfaguara evitaron publicar el libro, que reunía a poetas de todas las generaciones, desde Gerardo Diego y Rafael Alberti hasta Carlos Álvarez…

–El que dijo: “Para estar peor de lo que estamos ahora habrá que remontarse a los tiempos venideros”.

–Sí, un optimista. El caso es que al final aceptó publicar Con Vietnam la editorial Ciencia Nueva, cuyos socios y gestores militaban en el PCE o estaban muy próximos al partido. Según el profesor Julio Neira, la solicitud fue presentada en el Ministerio de Información y Turismo el 14 de septiembre de 1968. Iba firmada por Vicenta Fernández Montesinos, sobrina de Federico García Lorca y la menos identificable con el PCE de todos los socios de la empresa. Los censores hicieron su trabajo, tracharon en rojo lo que consideraron el uso de los nombres de Dios en vano y, sobre todo, las alusiones a la represión en Cataluña, Galicia y Euskadi por parte del Estado franquista, que no eran pocas, a semejanza de la ocupación de Vietnam a sangre y fuego por las tropas Usa. Con todo, los censores no se mostraron muy estrictos con las críticas al imperialismo violento y cruel, pues si en EEUU se publicaban poemas contra la ocupación de Vietnam, tampoco ellos iban a ser más papistas que el Papa. Pero la agitación política, las huelgas y manifestaciones se extendían por toda España y el dictador decretó el estado de excepción en enero de 1969. La censura se endureció, la antología fue prohibida y la editorial cerrada poco después. Di tu que muchos años después, el profesor Neira rescató de la cárcel…, digo de la caja 21/19216, expediente 7620/68 de la sección Censura del Ministerio de Información y Turismo, del que era titular Manuel Fraga Iribarne, futuro democratadetodalavida y fundador del PP, aquellos poemas. Y con las cartas enviadas por sus autores a la antóloga Angelina Gatell vieron al fin la luz (Visor 2016).

Entramos en el portal y ya en el ascensor me despedí agradeciendo la sabiduría del querido vecino: “Con usted siempre se aprende, amigo Saulo”. Sonrió.

La ruta de Cayo

Cuentos y descuentos del sábado (30-09-2023).–Luis Díez

Aquel día iba a Granada a cargar cervezas. A la altura de Puerto Lápice suena el teléfono. La compañera le dice: “Hola, mi amor, estoy en urgencias; el niño se ha caído de la bicicleta y se ha roto un brazo”. Vaya por Dios, qué mala suerte. “Le he curado las heridas, unos rasponazos, y lo van a escayolar enseguida. Quiere hablar contigo, te lo paso”.

El camionero escucha a su pequeño hijo, le dice le van a arreglar el brazo para que no le duela, le explica que le van a poner una escayola blanca para que se le cure. «No podrás moverlo, pero, a cambio, puedes hacer dibujos en el yeso y dejar que tus amigos escriban su nombre en tu brazo. Ya verás qué bonito te va a quedar». Y le promete llevarle un regalo cuando vuelva. Luego piensa: «Ni un día sin avería».

Apenas ha soltado el inoportuno en la bandeja sobre el salpicadero y enfilado la curva de Villarta de San Juan cuando vuelve a sonar el Himno de la Alegría. ¿Quién es ahora? La hermana:

–Hola Cayo, ya noto que vas conduciendo…

–Si, Mari, como siempre. ¿Qué está pasando?

–Esperemos que no sea nada, pero a madre le ha dado un infarto.

–¡Nada!

–Le ha dado mientras estaba en la diálisis. Me acaban de llamar del hospital, se han dado cuenta enseguida y le han inyectado los trobolíticos y otros fármacos a ver cómo reacciona.

–Joer, vaya por Dios…

–¿Cuándo vienes?

–Voy a cargar hoy, salgo hacia Valencia y no vuelvo hasta el martes por la tarde, pero si madre empeora suelto la carga donde sea.

–Bueno, te mantengo informado.

Hay días que no vale la pena madrugar, se dice depositando el impertinente en la bandejilla del salpicadero. La recta hasta Manzanares es un peligro. Lleva cajas de frascos vacíos y la cabeza del Volvo va como un caballo desbocado. Solo jodería que me pillara el radar de la DGT, se dice, levantando la alpargata y accionando el botón limitador. “Tu a noventa, Volvi”. A continuación conecta una emisora musical. Bob Dylan está llamando a las puertas del cielo con su guitarra.

Pasado Valdepeñas, a la altura de la ciudad íbera del Cerro de las Cabezas, se ilumina la pantalla del teléfono. Es la compañera, que al niño ya le han puesto la escayola. Habla con él: “¿Te ha dolido, verdad que no? Ahora no puedes mover el brazo durante unos días hasta que el hueso se suelde y te la quiten. Un beso, cariño mío”.

Ya en Despeñaperros, a la altura de la Cueva de los Muñecos, vuelve a sonar el inoportuno. Lo agarra. Es la prima Margarita con el mensaje de que su tío Leo se ha ido. Hacía algo más de un mes que lo habían metido en la residencia de ancianos y mira qué poco ha durado la criatura. De todos modos ya era mayorcito: 92 años, los diez últimos viudo, en casa de su hija, que le atendía de maravilla a pesar de tener que ir a trabajar. Se contagió con el maldito coronavirus y adiós muy buenas.

Lo sabía, sabía que no hay dos sin tres. Se despidió con toda la pena del mundo de su prima Margarita, hija única, soltera, generosa y cariñosa como hay otra. Se le empañaron los ojos, pero contuvo el llanto. No podía permitirse llorar conduciendo por Despeñaperros. Ni siquiera por el tío Leopoldo, el hermano de su padre al que tanto quería. Golpeó el volante con la fuerza de su brazo, se sintió triste, cabreado, derrotado. Abrió la ventanilla, tomó un sorbo de aire y lanzó un “¡Ay!” agudo y prolongado, seguido de otro y otro… Entonces se dio cuenta de que todavía llevaba el teléfono en la mano, lo depositó en la bandeja y le retiró la palabra hasta llegar a Granada. Eso le dijo.

Tres horas después, pasados Los Arenales, cerca del embalse del río Cubillas, un temblor de tierra arrugó el asfalto, inclinó el firme a derecha e izquierda, abrió grietas en el suelo, desvió el agua del río hacia la carretera general, paralizó el tráfico rodado y sorprendió a tirios y troyanos. Antes de que la tierra volviera a temblar, Cayo, ya cerca del polígono industrial de Granada, tuvo que rectificar sus palabras, empuñar el impertinente y avisar a la empresa de que llegaría tarde, si llegaba, debido a causas de fuerza mayor.

El tío Dionisio

Cuentos y descuentos del sábado (23-09-2023).–Luis Díez

El tío Dionisio no tenía mujer ni hijos ni dinero, pero libró al pueblo del peligro. La falta de hablidad para conquistar de palabra a la chica que le gustaba y una morfología debilucha y de corta estatura le dejaron soltero de por vida. Al ser canijo y endeble, pocas veces los capataces y manijeros de los dueños de las tierras le reclutaban para la zafra, la vendimia, la aceituna y otras tareas que le permitieran ganarse el jornal. Por esa razón carecía de dinero. Pero se las arreglaba y además sacaba pecho: “No es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita”, solía decir.

El hecho de que no le reclutaran para el tajo no significaba que se quedara en la plaza, maldiciendo, quieto parado, ya que echaba a andar y lo mismo se encaminaba hacia el río que se daba un garbeo hasta la laguna salobre o se orientaba hacia el encinar y seguía más allá por el monte de carrascos y pinos piñoneros con su mochila a la espalda. Y nunca volvía de vacío. De la orilla del río, a seis kilómetros del pueblo, solía regresar con un puñado de cangrejos y un atillo de mimbres al hombro; del monte volvía con la mochila provista de bellotas, ajetes, piñones, cebolletas… Según la temporada, también recolectaba espárragos trigueros, cardos blancos y marianos, boletus, setas…

Poca gente en el pueblo conocía el campo y el monte como el tío Dionisio. Sus caminatas de quince y veinte kilómetros cada día le permitían observar la naturaleza y acumular sabiduría muy útil para vivir. De la laguna se traía limo salado. En la rebusca, al paso por las fincas cosechadas, obtenía uvas para hacer su propio vino y olivas que prensaba para tener su aceite. En la cueva o silo donde vivía, situada en un cerro de la cimera del pueblo, debajo de un viñedo, poseía una habitación grande con tinajas para el vino y el aceite y con cestas de mimbre para otros frutos.

El tío Dionisio, siempre con su boina pegada a la cabeza y su mochila a la espalda, era asequible y apreciado por los niños. ¿Cómo no le iban a querer si les traía palulú, les tostaba almendras, les dejaba comer pasas dulces y, sobre todo, les permitía enredar con los pájaros? A un lado del tejadillo de la entrada a la cueva había entamado un palomar donde criaba palomas campestres y se beneficiaba de los huevos y los capones. En el otro lado tenía jaulas grandes, siempre limpias y con grano y agua para las perdices rojas. Las ocho o diez hembras ponedoras le proporcionaban huevos para dar y tomar y dos polladas de cuarenta o cincuenta ejemplares al año. La salida del cascarón y el correteo de los perdigones por una habitación acotada del silo hacían las delicias de los niños que, naturalmente, elegían su polluelo. El tío Donisio se los regalaba a condición de que los alimentaran y no les faltara agua.

La ceremonia de entrega requería un bautizo previo: el niño agarraba el perdigón que le gustaba, le ponía un nombre, le acariciaba el plumón y lo depositaba en una de las pequeñas jaulas de mimbre y albardín que el tío Dionisio confeccionaba en los días de mal tiempo. Dicho sea de paso, también tejía cestas que trocaba por hogazas de pan en la tahona. Cuando el valor de las cestas quedaba saldado, la panadera admitía huevos de palomas y de perdices. Eran pequeños, pero poseían unas proteínas tan alimenticias como los de las gallinas. El tendero Saturnino también los aceptaba como pago de cartones de leche y latas de sardinas.

Un día llegó la noticia de que gran parte del monte y sus estribaciones hacia el oeste iban a ser declaradas de interés para la defensa nacional y se convertirían en campo de tiro para los aviones de combate de las fuerzas aéreas propias y aliadas. Para entonces el tío Dionisio ya tenía algo de dinero, pues a raíz de la gran huelga general que dejó al reino sin televisión y a los capitalistas sin respiración, paralizando todas las empresas y actividades, el gobierno abrió la mano y concedió unas pensiones mínimas, no contributivas, a las personas mayores que habían cotizado poco y nada al seguro social por no tener trabajo. El tío Dionisio era una de ellas.

Ahora, con la tranquilidad de aquel ingreso regular, podía incluso subir al tren y llegarse a la capital, cosa que hizo para visitar a unos primos, a los que llevó productos del campo. Se compró además una pequeña grabadora, se llegó a la base aérea militar y desde el otro lado de las vallas de alambre que protegían las pistas de despegue y aterrizaje de los cazabombarderos, con mucho cuidado de que nadie lo viera, estuvo grabando el sonido brutal, ensordecedor de aquellos artefactos bélicos. Llenó de estridencias lejanas y cercanas dos cintas de una hora.

Ya en casa, enjauló palomas bravías (llegó a tener más de cuarenta), puso algunas trampas para cazar cuervos (también cayeron arrendajos) y los enjauló aparte. Durante días y días los adiestró a conveniencia: unos segundos antes de ponerles el grano y el agua hacía sonar por los altavoces del radiocasete el ruido de los motores de los aviones. Las palomas relacionaron enseguida el sonido con los suculentos granos molidos de maíz, los cuervos se mostraron más renuentes, pero al cabo de una semana ambas especies realizaban la sinapsis automática entre las estridencias y el condumio.

Un mes después, cuando apareció el primer caza en vuelo de reconocimiento a baja cota, el tío Dionisio dejó libres a los cuervos y soltó una docena de bravías, sin cesar por ello de adiestrar a más ejemplares. Los vuelos de observación se sucedieron durante un tiempo, para mayor enfado de los vecinos e irritación de sus representantes políticos municipales y regionales. Mientras tanto, las palomas, tordos y cuervos liberados en el monte por el tío Dionisio obedecían a su instinto, estrellándose contra las carlingas, radiadores y fuselajes de los aviones que aparecían a baja altura. El fenómeno preocupó a los aviadores y, finalmente, los técnicos determinaron que el riesgo de sufrir un accidente era elevado. Puesto que el reino disponía de zonas desérticas y tierras yermas para acotarlas como campo de tiro, el gobierno anunció que buscaría un emplazamiento mejor, pues se trataba de entrenarse para matar, no para morir en accidente por culpa de los pájaros. Después el presidente regional se colgó la medalla de haber salvado al pueblo, la comarca y la región del peligroso campo militar. ¡Qué tío!

Carabina

Cuentos y descuentos del sábado (16-09-2023).–Luis Díez

Las personas mayores se sentaban en unos poyos en la Traviesa, a la sombra del caserón de los sindicatos, y dejaban pasar el tiempo mano sobre mano como si ya lo hubieran hecho todo en la vida y no pudieran o quisieran hacer más. Su función era durar. ¿Para qué? Para seguir leyendo el periódico (los que aún tenían buena vista) y para contemplar las novedades. Una era la llegada del Galleguín. Estacionaba su Land-Rover en un lado de la Traviesa (le llamaban así porque era un espacio ancho, atravesado por cuatro calles de tierra), tocaba varias veces el claxon para avisar al vecindario de su presencia, se apeaba o, más bien, se descolgaba de su potente vehículo, pues era de corta estatura. A continuación abría el portón trasero y esperaba a la clientela, en su mayoría mujeres deseosas de contemplar los rodillos de telas de los más variados colores y texturas, perfectamente ordenados en los anaqueles del furgón. El Galleguín era simpático y listo, le gustaba regatear, ponía un precio alto y luego, según viera el percal, iba bajando hasta cerrar el trato con beneficio y unos botones, una cremallera o una bobina de hilo de regalo. La aparición del pequeño hombre del Land-Rover se registraba siempre dos o tres semanas antes de las fiestas del pueblo, pues como buen vendedor sabía que ninguna moza con algún posible renunciaba a estrenar vestido el día de San Roque. Las mujeres más habilidosas copiaban los patrones de Burda Moden y se confeccionaban unas prendas primorosas. Las menos mañosas recibían ayuda de las otras. Lógico.

Otras novedades de La Traviesa eran la llegada de maleteros, hombres curtidos que recorrían los caminos en bicicleta (y en burro) con una o dos maletas en el portabultos. Las colocaban sobre unas lastras, las abrían y mostraban su contenido: maquinillas de afeitar, cajitas con cuchillas, tijeras, navajas, corta uñas, sacacorchos, rollos de tanza, anzuelos de pescar, abrelatas, naipes, jabones aromáticos, frascos de perfume, tarritos de rímel, lapiceros de carmín, bisutería variada para alegrar la cara. Los hojalateros o estañadores llegaban también en bicicleta, el vehículo por antonomasia de los afiladores, que anunciaban con sus trinos y a voz en grito sus servicios.

Aquella gente mercantil era entretenida, aunque no tanto como los niños que aparecían el pueblo en los meses de verano y correteaban por La Traviesa detrás de un balón. Los ancianos solían llamar a alguno: “¡Guaje, ven acá!” El niño se acercaba y el anciano o la anciana le preguntaban: “¿Tú de quién eres?” Casi ningún crío entendía la pregunta y se quedaba en suspenso. Entonces un abuelo decía: “Tú eres de los Bartolos”. Y otro añadía: “Qué va, hombre, este tiene pinta de ser los Carabinas”. Algunas veces se acumulaban cinco opiniones distintas, como si los de mayor edad fueran aficionados a los acertijos o disfrutaran compitiendo a fisonomistas. El chaval casi nunca sabía el mote de sus ancestros. Era un niño de ciudad y las segundas y terceras generaciones de urbanitas olvidan para siempre los apodos familiares de los pueblos.

El asunto del mote era en mi pueblo menos complicado que Vigàta (Sicilia), donde traía de cabeza a la policía y a la administración judicial. Contaba Andrea Camilleri que en la isla italiana un tal Filippo Nuara, por ejemplo, será llamado por todos, empezando por sus padres y parientes, Nicola Nuara, nombre que, a su vez, será cambiado por el diminutivo de Cola Nuara, de modo que comenzarán a coexistir dos personas distintas, la de los documentos legales y la otra. Y si el tal Nuara habla poco, enseguida recibirá el mote: Cola Zoppo (aburrido) o como cojee un poco será llamado Cola Ticche Tacche (garrapata). No, mi pueblo no era la Vigàta del comisario Montalbano, pero allí cada familia tenía su marca registrada de acuerdo con alguna característica o algún acontecimiento: los habaneros, los criaturas, los albardines, los chopos y por ahí para allá. Finalmente preguntaban al niño el nombre y los apellidos de sus padres y resolvían el acertijo: “Entonces eres un Carabina”. Y le daban un caramelo.

Violadores y canallas

Cuentos y descuentos del sábado (8-09-2023).–Luis Díez

Sentado en el sillón ergonómico de su antepasado, el juez Alberite sudaba la camiseta hilvanando dictámenes. Después de leer despacio las sentencias y de analizar los argumentos y los fundamentos de los recursos, anotaba sus impresiones con letra deshilachada en una pequeña libreta de las que su secretaria le agenciaba en el chino. Al juez le gustaba hacer bien su trabajo, se esforzaba en cimentar sus formulaciones de forma que parecieran irrefutables y aplicaba los preceptos con austeridad y precisión. Sus propuestas de resolución casi siempre obtenían la unanimidad de los restantes catorce miembros de la Sala. A sus cincuenta y seis años había alcanzado la cima de la pirámide judicial del reino (la justicia se seguía administrando en nombre del Rey), y ahora, con cincuenta y nueve, acababa de cumplir su primer trienio sentando jurisprudencia. Desde que lo eligieron miembro de la Sala de lo Penal del Supremo laboraba a un ritmo constante, percibía a final de año las gratificaciones por productividad, igualaba el salario bruto del presidente del Gobierno (90.000 euros) y disfrutaba de unas prestaciones extraordinarias de las que sólo un puñado de magistrados y fiscales jefe podían gozar.

Realizó algunas anotaciones en su libreta, alargó el brazo, empuñó el vaso de plástico, dio un tiento al carajillo (café sólo de máquina con un chorro de orujo de su cosecha), paladeó el mejunje, depositó el vaso junto al áspero tapete del ratón, acarició el artefacto, movió la flecha de la pantalla del ordenador. “¿A ver qué tenemos aquí?”, se dijo. El documento venía de la Audiencia Provincial. Leyó los hechos probados: “Que sobre las 00.10 horas del día 10 de marzo de 2008, el procesado, Balbino, mayor de edad, sin antecedentes penales, en compañía de otros dos individuos que no han sido identificados, abordaron a Ángela cuando se hallaba en las cercanías de la estación de la estación ferroviaria, procediendo el procesado a cogerla fuertemente del brazo, ayudado por otro de los intervinientes, llevándola a un parque cercano por la fuerza. Una vez allí, Balbino intentó quitar a Ángela los pantalones, oponiendo ella gran resistencia, por lo que la agarró por el pelo y ley dio un puñetazo en la nuca que provocó que cayera al suelo, momento que aprovechó el procesado para tirarse encima de ella, quitarle los pantalones y penetrarla vaginalmente, sin llegar a eyacular, mientras los otros dos individuos agarraban a Ángela de las manos y las piernas para facilitar la actuación del procesado. Cuando Balbino finalizó su agresión y Ángela intentaba marcharse se abalanzó sobre ella otro de los individuos y la penetró vaginalmente mientras era sujetada de las manos y las piernas por el procesado y el otro interviniente, si bien no eyaculó en su interior sino en el suelo. Tras esta nueva agresión, y cuando Ángela se incorporó intentando abandonar el lugar, el tercero de los individuos le propinó un fuerte empujón, cayendo sobre el semen del segundo de los agresores y manchándose el pantalón, procediendo a continuación, mientras le profería frases obscenas, a agarrarla por la cabeza, obligándola a realizarle una felación, aunque no llegó a eyacular, siendo sujetada de las manos y las piernas por el procesado Balbino y segundo de los agresores referido”.

El juez Alberite contuvo una explosión de ira y asco, dio otro tiento al carajillo, leyó la condena: doce años de prisión en concepto de autor de un delito de violación, con su accesoria de inhabilitación absoluta durante el tiempo de la condena, más seis años de prisión, como cooperador necesario, en cada una de las otras dos violaciones, con su accesoria de inhabilitación. Masculló algo para sus adentros y sumo a la repugnancia por las violaciones perpetradas por los tres salvajes machistas, de los que sólo uno había sido capturado y condenado, la pena inmensa de tener que admitir la petición de rebaja de condena por mor de unos capullos metidos a legisladores. Anotó unas consideraciones en su libreta y aceptó parcialmente el recurso, sólo parcialmente, pues ya la suma de veinticuatro años de prisión al condenado violador topaba con los veinte como máximo, consignados en el Código Penal.

El magistrado Alberite alargó el brazo hacia el ratón, clicó, leyó: “El 24 de diciembre de 2014, a las 23:30 horas, Arturo, mayor de edad y sin antecedentes penales, estaba en casa de su prima para la celebración familiar de la Nochebuena y entre los asistentes se hallaba el menor Roberto, hijo de su prima y con el que mantenía una relación cercana, pues coincidían varias veces al año en reuniones familiares en las que los padres del menor dejaban que éste jugase y estuviese la mayor parte del tiempo con él. Los padres confiaban en la relación de amistad y familiaridad del menor con el tío Arturo y le permitían estar a solas con él. Arturo sabía que el pequeño Roberto tenía 12 años. El referido 24 de diciembre se quedó a solas con el menor en un dormitorio situado en la planta superior de la vivienda, situación que aprovechó para bajarse los pantalones y masturbarse, a la vez que con la otra mano empujaba la cabeza del menor en dirección a su pene, pero sin que llegase a contactar con la boca del menor, pues fue sorprendido antes por el padre del menor, que impidió que Arturo continuase su acción. Durante todo el año 2014 el mencionado Arturo había estado con el menor en varias reuniones familiares que aprovechó para quedar a solas con el menor y realizar sobre el mismo actos de tipo sexual para satisfacer sus apetitos. Antes del 24 de diciembre intentó en más de una ocasión penetrar analmente al pequeño, sin que conste que llegase a conseguir la penetración. Como consecuencia de las dificultades para la penetración anal, en más de una de esas ocasiones optó por chupar el pene del menor y por hacer posteriormente que el menor le chupase a él su pene y también consiguió que el menor cogiese su pene con la mano y le masturbase, mientras que en otras ocasiones Arturo restregaba su pene con el pie del menor”.

El juez Alberite dio otro tiento al carajillo como si tratara de eliminar el mal sabor de aquel delito castigado, cinco años después, con una pena inferior a la mitad de los once años de cárcel que contemplaba el Código Penal. En realidad el agresor sólo había cumplido un día de prisión preventiva desde que se descubrieron y denunciaron los hechos. Fue el 27 de diciembre de 2015, quedando después en libertad con la prohibición de acercarse a menos de quinientos metros del menor, quien recibió tratamiento psicológico, sin duración acreditada y sin que tampoco se hayan diagnosticado y evaluado las secuelas que le quedaron como consecuencia de lo sucedido. En cambio, la defensa del condenado pudo acreditar el “retraso madurativo” del agresor por causas “psicosociales”, así como “conductas impulsivas y cuadros de ansiedad”. La defensa del acusado Arturo alegó que sufría “impulsos intermitentes y difíciles de controlar” al existir “una alteración en los frenos inhibitorios, con una menor reflexión sobre las consecuencias que su conducta podía tener”. El tribunal condenó finalmente al agresor el 31 de mayo de 2019 como autor de un delito continuado de abuso sexual, consumado, con acceso carnal y prevalimiento, sobre menor de 13 años, a una pena de 11 años de prisión y el pago de una indemnización de 15.000 euros a la familia de la víctima. La sentencia disponía el cumplimiento de la pena en régimen de “libertad vigilada”, de manera que no tendría que entrar en prisión. Con todo, la defensa recurrió y el tribunal admitió la casación y reconoció la atenuante cualificada de “alteración psíquica”, reduciendo la pena a 5 años y seis meses.

Visto lo visto, el juez Alberite, miró el nombre del letrado defensor, un picapleitos anunciado en Google como “especialista en Económico matrimonial” (¿?), masculló una palabra ininteligible, apuró el carajillo y anotó en su libreta la decisión de rechazar el recurso, con imposición de las cargas judiciales al demandante, un majadero que ni siquiera se ha leído, se dijo, la reforma penal del delito de violación y desconoce que la pena aplicable es muy superior a la condena aplicada. No hay in dúbito pro reo, sino incompetencia con seguidismo y mala fe, pensó. Y a continuación sintió el deseo de dirigirse a la Ilustre Fregona solicitando a los académicos que recomienden a quienes usan la lengua castellana que no utilicen tan a la ligera el verbo “violar”. Si por sinónimos fuere ahí tienen, se dijo, violentar, quebrantar, infringir, vulnerar, atropellar, conculcar, quebrar, transgredir… Y no, las leyes no están para violarlas, como dijo un político nefasto. Pero eso quedaba fuera de sus funciones, así que acarició el ratón, clicó y pasó al siguiente recurso.

No jodamos

Cuentos y descuentos del sábado (2-09-2023).–Luis Díez

Don Nicasio era un buen jefe. Aprovechaba correctamente las circunstancias personales de las autoridades competentes y evitaba joder a los trabajadores. Dos cualidades de las que otros jefes carecían. Para aprovechar las circunstancias obtenía información previa, veraz y fidedigna, de los que podían joderle a él del modo más oneroso para la empresa, es decir, elevando los costes y reduciendo los beneficios. Téngase en cuenta que vivíamos en una sociedad capitalista gobernada por las leyes del mercado.

Si, por ejemplo, don Nicasio tenía que conseguir la certificación sobre el correcto acabado de una obra pública no dudaba en invitar al perito de la agencia revisora o de la administración, según los casos, a almorzar en un buen restaurante con los ingenieros, aparejadores y arquitectos del equipo. Tras los postres y el café, cuando los espirituosos digestónicos surtían efecto, don Nicasio comentaba algo sobre los hijos, sabedor de que el perito certificador tenía uno a punto de contraer matrimonio. La conversación fluía. Y, tal como suponía don Nicasio, el certificador se quejaba de la carestía de la vida, sobre todo, de la vivienda del hijo que abandonaba la casa familiar para crear su propio hogar. Don Nicasio asentía y le preguntaba al oído dónde iba su hijo a celebrar el convite, y cuando el perito respondía, él reponía: “Pues dile que no se preocupe de la factura, que está pagada”. Ya de vuelta a la oficina se ocupaban del papeleo y el certificador firmaba el conforme, todo correcto.

Eso no quiere decir que no hubiera peritos con el colmillo retorcido, individuos puntillosos que escrutaban hasta el último grano de grava, el último kilo de cemento y, calculadora en mano, la última tonelada de arena; medían las vigas, evaluaban la calidad del acero corrugado de la ferralla, computaban por procedimientos infalibles la masa de los taludes y movimientos de tierras. Vale, pero incluso esos tenían un punto débil, y don Nicasio lo sabía y conseguía embozarlos y evitar sus mordiscos. Se las ingeniaba para saber a quién le gustaba viajar, quién sentía debilidad por los juegos de azar, quiénes tenían esposas, novias y amantes caprichosas. Y no escatimaba detalles agradables hacia ellos. Si, por ejemplo, a uno le gustaba el juego se las ingeniaba para organizar una partida de póker de la que invariablemente salía victorioso con varios cientos de euros, incluso miles, en el bolsillo.

Aparte sus costosas (en apariencia) emboscadas a quienes podían obligarle a rectificar una obra, ya he dicho que don Nicasio evitaba fastidiar a los trabajadores. Incluso les ayudaba si no costaba dinero. En una contrata que dirigía en República Dominicana, donde los empleados cobraban en efectivo cada viernes, uno le pidió que le acompañara a la caseta de pago. Don Nicasio accedió, entró detrás de él, se fijó en dos tipos que aguardaban junto a la puerta abierta de par en par. Tras recibir su paga, el obrero empezó a gritarle: “¡Esto es muy poco, jefe! ¡Han contado mal! ¡No me han puesto todas las horas!” Don Nicasio, sorprendido, no sabía qué decir. El operario seguía gritando: “¡Usted quiere matar de hambre a mi familia!” Los dos tipos que esperaban junto a la puerta se percataron de la magra paga y largaron. El trabajador le agradeció efusivamente la ayuda para espantar a sus acreedores. Otro empleado que acababa de cobrar fue detenido a putan de pistola en la puerta de la caseta por dos soldados en función de agentes de la ley. Se lo llevaron. Apenas habían caminado cincuenta metros, el supuesto detenido vio que su acreedor se daba el piro, les guiñó un ojo y les entregó un billete de diez pesos a cada uno. Las tretas de los deudores eran el pan de cada día entre aquellas gentes que sólo tenían hambre y deudas.

Don Nicasio respetaba la ley sin dejar por ello de respetar, apreciar y proteger a los trabajadores a su cargo. “¿Por qué no viniste ayer?”, le preguntó a uno de aquellos dominicanos. “Es qué tenía una diligencia muy urgente”, respondió éste. “¿En qué consistía?”, se interesó. “Pues verá, jefe, yo tenía un papito, sabe usted, y ya no lo tengo”, dijo el joven trabajador. Don Nicasio entendió que había fallecido y le dio el pésame. Y claro que había muerto, pero hacía varios años. “Lo mató uno que salió ayer de la cárcel”, le explicó el empleado. Don Nicasio entendió “la diligencia” y se calló. Después de todo hay ocasiones y materias que es mejor ignorar.