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La casa del fin del mundo

Cuentos y descuentos del sábado (15-06-2024).–Luis Díez

Robert Bau solía poner nombre propio a las cosas. Llamaba Botones a su flamante coche eléctrico que ya pensaba cambiar por otro de hidrógeno, más moderno. Su frigorífico era don Pepito, el pequeño robot-escoba que circulaba limpiando la casa se llamaba Liborio, al sistema de aire acondicionado le decía Propicio y a la calefacción de gas, Ramona. Entre otras designaciones había bautizado a la cocina con el nombre de Gargantúa, el horno, Pantagruel; el tostador, don Muelles; el microondas, Milésimo. Paulina era la lavadora, Furia la televisión, Estrella el lavavajillas, Dioni el sistema de vigilancia y alarma antirrobo y, en fin, Helio la instalación eléctrica que iluminaba la casa.

El teléfono móvil de última generación tenía dos nombres, pues Bau le llamaba unas veces Pertinente y otras lo contrario. Con el Pertinente en la mano, Bau manejaba con un solo dedo los distintos sistemas y aparatos interconectados de su moderno chalet situado en Spider Valley (el Valle de la Araña), una zona tranquila, arbolada, alejada del mundanal ruido urbano, donde la burguesía media y alta había ido a plantar sus viviendas.

A Bau le gustaba alardear del poder y la conectividad. Si, por ejemplo, invitaba a amigos o amigas a tomar unas copas al atardecer, se cercioraba de que don Pepito tuviera suficientes refrescos, destilados y fermentados a la temperatura adecuada. Si iban a llegar de noche, pedía a Helio que encendiera las luces del porche un poco antes de arribar para evitar tropiezos. Y, por supuesto, no olvidaba ordenar a Ramona o a Propicio, según los casos, que proporcionaran una temperatura agradable al hogar.

Realizaba esas y otras operaciones a través de Tronk, sin complicarse la vida. Tronk era el control central, una especie de capataz que transmitía las órdenes a los aparatos. Su nombre (del castellano, “tronco”) se inspiraba en la forma de árbol ramificado de la conexión con los aparatos y sistemas digitalizados, a su vez conectados entre sí. Ni que decir tiene que si el frigorífico don Pepito advertía falta de fruta, huevos, leche y otros alimentos, informaba a Tronk y éste se lo hacía saber a Bau con el fin de que encargara la compra si quería.

Ah, se me olvidaba decir que en contraste con las tendencias zoológicas de muchos semejantes, Robert Bau era un tipo pulcro, ordenado, taxonómico, de los de cada cosa en su sitio y un sitio para cada cosa. Sostenía que la limpieza y el orden son los mejores amigos del hombre, y, para evitar enemigos, carecía de servicio doméstico. Aunque le sobraran posibles para pagar sirvientes, pues era un ingeniero aeroespacial muy cotizado por las empresas de armamento, prefería la domótica a la doméstica.

Al confort de tener la iluminación y la temperatura deseada al llegar a casa, añadía el gusto de mantenerla perfumada y con la humedad relativa del aire adecuada, así como la ropa lavada y seca en la bandeja de Paulina y, por supuesto, gracias a Dioni, que siempre estaba ojo avizor, tenía la certidumbre de que ni ocupas ni cacos irrumpían en su domicilio. Cuando, por razones profesionales, viajaba al extranjero, transmitía las órdenes pertinentes a Tronk para evitar la creencia de que no estaba en casa. Y entonces Tronk se ocupaba de poner música a los decibelios necesarios para hacer saber que había habitantes en el chalet. Si era de noche, Tronk también activaba la televisión y encendía una lamparita de la sala y algunas más de bajo consumo, estratégicamente colocadas para proporcionar seguridad. Téngase en cuenta que las cámaras de Helio adolecían de visión nocturna de precisión.

De este modo, con asomarse a la pantalla de Pertinente y echar una ojeada a Tronk, tenía la certeza de que su casa estaba en orden aunque él se hallara en el norte de Europa, la Costa Éste estadounidense, Oriente Medio, Nigeria, Sudán u otro lugar a larguísima distancia. Tronk era estupendo, eficaz, obediente. Le contaba las novedades y cumplía sus órdenes, fueran verbales o escritas, con rapidez extraordinaria.

Ni que decir tiene que el ingeniero Bau se sentía orgulloso de su capataz o sistema de control de sus aparatos domésticos y elogiaba su comportamiento ante los colegas, sobre todo femeninos. Dicho sea de paso, en más de una ocasión alguna mujer le sorprendía hablando con Paulina para ajustar el gasto de agua y jabón o con Ramona para verificar temperatura.

–¿Esa Paulina es tu esposa? –le preguntó más de una vez su acompañante. Y quien dice Paulina, dice Ramona o dice Estrella (el lavavajillas). Tanto daba. Entonces él soltaba una carcajada y a continuación decía:

–¿Acaso crees que estando contigo iba a llamar a mi mujer, en el supuesto de que estuviera casado?

Y para sorpresa de su interlocutora añadía:

–Hablo con la lavadora (o con la calefacción o con el lavavajillas).

Luego se solía explayar sobre la domótica y el sistema de mando y control de su “chabola”, pues le gustaba sentirse admirado más que amado.

Un plomizo atardecer, las nubes grises se acumularon y chocaron sobre Spider Valley. Los rayos y truenos precedieron al granizo y la lluvia gruesa. Tronk bajó las persianas en cuanto los sensores del vidrio de las ventanas recibieron el picoteo del granizo y las primeras gotas de agua. A continuación cerró el riego del jardín para ahorrar agua. La oscuridad incidió en el eficiente capataz, que como buen controlador central encendió el televisor, puso música y realizó otras conexiones propias de su programación flexible, adaptada a las circunstancias. Dotado de eso que ahora llaman “inteligencia artificial” (y artificiosa), Tronk envió una señal al mando, es decir a Bau, quien la recibió en su Impertinente, pero estaba ocupado.

Una hora después el ingeniero aeroespacial de la industria del armamento constató el aviso de Tronk en la pantalla de su teléfono y pulsó su icono para saber qué tripa se le había roto. Pero el controlador no se dio por aludido. Entonces marcó la clave del control, pero Tronk tampoco respondió: estaba muerto, sin conexión, más tieso que Tutankamón. Bau se empezó a enfadar. ¿Qué burla es esta, capataz? Decidió hablar directamente con el barredor Liborio: imposible. Intentó conectar con Ramona: nada. Marcó la clave de conexión con don Pepito: lo mismo. Ni siquiera el vigilante Dioni daba señales de vida. ¿Qué rayos estaba pasando?

El ingeniero Bau había pasado del cabreo a la preocupación cuando la policía local le informó de que su casa estaba en llamas y los bomberos no habían podido hacer nada para evitar la destrucción casi total, debido a que nadie les avisó a tiempo. ¿Qué había pasado? Control poseía las instrucciones concretas y había actuado correctamente, pero, según parece, los rayos de la tormenta provocaron una sobrecarga en el televisor, haciéndolo estallar y generando el fuego que devoró muebles, ropas, puertas, camas, armarios y cuantos enseres y estructuras carbonizables tenía la casa.

Ni que decir tiene que Robert Bau se hallaba desolado. Su pequeña joya tecnológica se había calcinado en menos de una hora. Destrucción era la palabra. Fue entonces cuando un colega que leía informes secretos le habló de Stanislav Petrov. Pero antes le contó que en 1983 el Reloj del Apocalipsis del planeta se había colocado a tres minutos de la medianoche. La Administración Reagan lanzó unas maniobras militares bautizadas con el nombre de Arquero Capaz. Se trataba de simular ataques a la Unión Soviética para comprobar sus sistemas de defensa. Según escribió el analista de asuntos rusos de la época y jefe de división de la CIA Melvin Goodman, el Kremlin estaba verdaderamente alarmado y preparado para responder, lo cual hubiera significado el final.

La alarma rusa era cuando menos proporcional a la osadía del Pentágono, entre cuyas arriesgadas operaciones estuvo el envío de bombarderos nucleares sobre el Polo Norte para probar el radar soviético y la presencia de buques de guerra en lugares donde no habían entrado con anterioridad, simulando ataques a objetivos soviéticos. Según los informes secretos, el mundo estuvo al borde de la destrucción nuclear. Si se salvó fue gracias a que el oficial ruso que estaba al frente de los sistemas automáticos de detección y control decidió no transmitir a sus superiores la información que situaba a la antigua Unión Soviética bajo un ataque con misiles nucleares estadounidenses. Por suerte, el sistema de control, una máquina programada e interconectada, se hallaba bajo la supervisión del controlador, una persona programada para vivir. Se llamaba Stanislav Petrov.

Agradeció Bau la plática de su compañero y se quedó pensando.

El enfado del general Meodias

Cuentos y descuentos del sábado (8-6-2024).–Luis Díez

Aquella mañana de junio, el filósofo Fiol encontró ciertamente enfadado al general Meodias. Todavía era temprano cuando el viejo oficial de Infantería apareció acompañado de su ganadería (un caniche y dos yorkshires) ante la pastelería donde Fiol solía acodarse en una mesita alta junto a la puerta a tomar un café y fumar un pitillo. El pensador (“observador de la vida”, como él decía) se encargó de los perritos del general jubilado mientras éste agarraba el pan y un vaso de café con leche y salía a echar unos párrafos sobre la actualidad política y económica del país. También deportiva, claro está.

–¿Ha visto usted por donde se descuelgan ahora esos mandrias del Supremo?

–¿A qué se refiere? –respondió Fiol.

–¿Que a qué me refiero? ¡Joder, a que en España ya se puede insultar a los jueces sin que pase absolutamente nada! –dijo el general alzando la voz, visiblemente irritado–. ¿Pues no se descuelgan diciendo que los insultos del bellaco de Puigdemont a la Judicatura no son delito ni cosa que lo valga? ¿No le parece una burla, un escándalo, un sindios…?

Fiol se encogió de hombros. Desconocía la información.

El general le ilustró sobre los improperios del político independentista catalán contra los jueces de los que huyó a Bruselas para no ser encarcelado como los demás miembros de su gobierno autonómico. “El muy cobarde les llamó cuervos togados, a los jueces del Supremo, dijo que eran fieras que se revuelven y enseñan las garras y los colmillos, golpistas a los que se les pone cara de general Pavía. Y ahora resulta que sus señorías no aprecian delito de injurias ni de odio… No me jodas, Marchenita y compañía”.

–¿Pues qué quiere que le diga, amigo Meodias? Eso va a ser que el magistrado Marchena y sus colegas se han vuelto rojeras o han sufrido un ataque de tolerancia ante la crítica. Desde luego, las comparaciones zoológicas no son agradables.

–Son ofensivas, lamentables, injustas… Los propios magistrados lo dicen en el escrito de rechazo de la denuncia de Manos Limpias. Y no, no creo que hayan sufrido ningún ataque de izquierdismo. Lo que pasa es que son cobardes y se cagan la pata abajo.

–Hombre, general, tampoco es eso. Tenga en cuenta que el derecho a la libertad de expresión ampara y permite la crítica, también a los jueces y magistrados. ¿Acaso no ha visto usted al señor Trump tratar de “corrupto” para arriba al juez que dirigió el juicio en el que el jurado le condeno a cuatro años de cárcel por más de treinta actos delictivos?

–Eso es en Estados Unidos.

–Eso es cualquier lugar llamado democracia. Usted me entiende. Y si vamos a ver ¿no tendrían que ser juzgados por injurias, amenazas y odio quienes utilizan su derecho a la libertad de expresión para incitar a la violencia contra el presidente del Gobierno y su partido?

–No extrapolemos, Fiol, que yo estoy hablando de un caso concreto. Bueno, de dos, porque los cobardes de la Sala Penal del Supremo también han rechazado la denuncia contra esa jicha, la tal Nogueras, que les llamó “indecentes”, los citó uno a uno por sus apellidos (Marchena, Llerena, Espejel, Lesmes y Lamela) y dijo que había que cesarles y juzgarlos. ¿Le parece bonito amenazar a unos hombres y una mujer por hacer su trabajo?

–Me parece mal, aunque no por eso hay que empapelar a quién utiliza la libertad de expresión en el debate político. Pero también me parece sucia y fea la acción ratonil de ciertos apéndices de la ultraderecha por prevalerse del servicio público de la Justicia para hacer política reaccionaria.

Disimuló el general su silencio con un sorbo de café y aprovechó el filósofo su falta de respuesta para comentar la gran noticia deportiva de anteayer: el triunfo del Real Madrid en la final de la Copa de Europa. Supuso que el general, como buen madridista, se sentiría feliz y contento por la conquista de la décimoquinta “orejona”, pero éste mantuvo su semblante de enfado.

–No le veo muy satisfecho –observó Fiol.

–Satisfecho sí estoy; lo que me convence menos es que hayan tenido que ser cinco negros los encargados de empujar al equipo hacia el éxito. A este paso, el equipo blanco va a pasar de media mentira a una mentira total.

–No extrapole general, que los colores del fútbol aluden a la camiseta, no a la piel –le aclaró Fiol a sabiendas de que al preboste preconstitucional le resbalaba el dato.

Juegos de ‘guasap’

Cuentos y descuentos del sábado (9-02-2024).— Luis Díez

Los alumnos se aburrían y comenzaron a jugar a las palabras por WhtsaApp. Uno escribía “Bar-celona” y otro u otra replicaba “Bar-co” y otro (siempre inclusivo) añadía “Bar-tolo” y agregaba otro “Bar-ein” y se sumaba otro “Bar-lovento” y otro arrimaba “Bar-quero” y así sucesivamente hasta acabar con los bares y, por cambiar, se enredaban con las erratas y uno escribía “Ibertrola” y otro aumentaba “Endosa” y otro sumaba “Toydiota” y otro añadía “Bebeuva” y asestaba otro: “Hay untamiento”.

Luego, cuando alguno se aburría de las erratas proponía: “No es lo mismo Cipriano que el ano de Cipri” y enseguida el aludido replicaba: “Ni Ramón Eximio que el exsimio Ramón”, y terciaba otro: “Ni un conejo de indias que unas indias en conejo” y aportaba el siguiente: “No es lo mismo Nikita ni pon que el nipón Nikita” y prorrumpía otro (u otra, entiéndase el inclusivo): “Ni el profesor en bolas que las bolas del profesor”.

Los juegos de las erratas y de no es lo mismo seguían su curso durante días y días al tiempo que iban apareciendo otros entretenimientos un poco más sugerentes, pues los alumnos, ya crecidos, pertenecían a un centro de bachillerato superior. Uno lanzaba “el juego de los principios” y detrás de la pregunta: “¿Qué libro empieza con esta frase?” escribía: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre…” Demasiado fácil. Al instante se acumulaban los Quijotes.

Otro añadió: “Ve y diles que no me maten”. El cuento de Juan Rulfo ya era harina de otro costal y los jugadores tardaban en contestar. Otro aportó: “En aquellos tiempos (y muy buenos tiempos que eran) había una vaquita (mu)»… Pasaron horas hasta que alguno respondió que era el comienzo del Retrato del artista adolescente del muy, pero que muy pesado James Joyce. En cambio, el comienzo de Cien Años de Soledad (“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”) acumuló respuestas al momento. Sin duda a Gabo (Gabriel García Márquez) le habría gustado vivir para verlo.

Así las cosas, quien más quien menos se esmeró en hacer su apuesta. Y por allí fueron desfilando los comienzos de La Regenta de Leopoldo Alas Clarín, de Platero y yo, de las novelas de Coetzee (John Maxwell) y, cabe suponer, que de muchos más autores sobresalientes cuyos libros andaban rodando por casa. Uno escribió: “Todavía recuerdo aquel amanecer en que mi padre me llevó por primera vez a visitar el Cementerio de los Libros Olvidados”. No tardaron mucho en descubrir que era el comienzo de La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón.

Al paso de los días, algunos profesores descubrieron que los alumnos se lo pasaban chupendi (o como se diga) comunicándose por guasap (o como se diga). Entonces decidieron que en vez de explicar las temáticas lenta y laboriosamente para que todos las entendieran bastaba con apuntar en la pizarra las direcciones de Internet donde unos expertos en la materia las exponían divinamente. De este modo se ahorraban trabajo y los estudiantes, que manejaban la red de redes como los dedos de sus manos, sólo tenían que buscar, clicar y prestar atención para aprender la lógica matemática, el álgebra, la trigonometría, los valores y las valencias de las mezclas y combinaciones físicas y químicas de los materiales.

Sin embargo, otros profesores advirtieron el riesgo de ser suplantados por colegas virtuales y de quedar reducidos a jarrones chinos tan bonitos como inútiles. Y unos y otros acordaron pedir a las autoridades competentes que decretaran la prohibición de los teléfonos móviles en todos los centros de enseñanza. Así lo hicieron. Pero eso no quita para que los muy golfos, engolfados en las lenguas y literaturas, mantuvieran en la clandestinidad aquellos juegos, incluido el de los principios, que les llevaban a consultar y leer libros, muchos libros.

Y el discurso era el insulto

Cuentos y descuentos del sábado (2-02-2024).Luis Díez

En el trayecto del metro Fiol relató a Marisa la sorpresa de su amiga hispanista de almendrados ojos Yoko Miri por el trato que aquí, en el Reino de España, se dispensaban los políticos. “Siente una perplejidad de doble filo”, le dijo. “Por un lado le sorprende que insulten al presidente del gobierno, algo impensable en Japón, y por otro se extraña de que en la tierra de Francisco de Quevedo y Villegas carezcan de chispa, ironía, una micra de arte”.

–¿Le habrás dicho que somos gente de sangre caliente, pero que perro no come perro?

–Si, y también que le llaman “perro”. Pero la verdad es que está muy impresionada. Eso de ver a una dirigente política tildar de “hijo de puta” al presidente del gobierno desde la tribuna de invitados del Congreso y luego pedir que no se tergiversen sus palabras, pues dijo: “Me gusta la fruta”, impresiona casi tanto como las llamadas de otro opositor de ultraderecha a ultimarlo: “Hay que colgarlo cabeza abajo” (como al fascista Mussolini).

–Comprendo que alucine en colores.

–No sólo eso: se ha puesto a estudiar el discurso del insulto.

–El insulto como discurso, querrás decir –puntualizó Marisa.

–O el insulto como arma política –añadió Fiol.

–De las derechas –precisó Marisa.

–Si, las del mal perder. Bueno, pues ahí me tienes de anfitrión y documentalista de nuestra imperial visitante del sol naciente sobre los dicterios de aquel jefe de la oposición de derechas contra el presidente socialdemócrata de mejor talante que haya habido en España.

–Lo recuerdo, le acusó de “traicionar a los muertos”, es decir, a las víctimas del terrorismo, que es lo peor que le podían llamar por buscar la paz y el final del terrorismo etarra. Incluso se manifestaron contra él y al grito de “con Zapatero como con su abuelo” pedían su fusilamiento. Al abuelo lo eliminaron los golpistas facciosos del 18 de julio de 1936.

–Si, el opositor Mariano era tremendo. Llevaba un saco de improperios y en cada debate, ala, “traidor, bobo, grotesco, frívolo, cobarde, veleidoso, confuso, acomplejado, inestable, insensato, chisgarabís, taimado, batasuno, radical, débil, maniobrero…

–Para, para.

–…hooligan, descerebrado o sin criterio… Aquel Rajoy lanzaba coces por la laringe como si fueran confetti de colores. ¡Qué tío! Y hay que ver cómo se enfadó cuando, unos años después, siendo presidente del Gobierno, el nuevo dirigente socialista en la oposición, Pedro Sánchez, le dijo en un debate electoral: “Yo soy un político honrado y usted no”. Le tildó de “ruin, mezquino, deleznable”. Al final, aquel Mariano de Pontevedra cayó por la corrupción, la caja B del partido, la tangentópolis, la pasta en Suiza, los sobresueldos… Y de nuevo, vuelta al insulto.

–Vamos que tu amiga hispanista tiene materia para un artículo largo –dijo Marisa.

–¿Largo..? En cuanto la documente sobre otros detalles de la dialéctica política del Reino de España como esa tendencia al motejo tendrá tela para escribir un ensayo.

–No sé a qué te refieres.

–¿No has oído hablar del Guerra, Alfonso Guerra, todo un personaje político del Partido Socialista que al comienzo de la transición empezó a poner motes a sus colegas? Al entonces presidente del Gobierno Adolfo Suárez, le llamó “tahúr del Missisipi”, al ministro de Exteriores José Pedro Pérez Llorca lo motejó “Zorro Plateado”, al mencionado Mariano Rajoy le calcó “Mariposón” y al también citado Zapatero, aunque era de su partido, le puso el mote de “Bambi”. Algunos le atribuían mala leche, pero lo cierto es que tenía arte. Y caracterizaba con mucho fundamento. Suárez guardaba un as en la manga, Pérez Llorca alisaba su melena de pelo blanco, Rajoy iba de ministerio a ministerio como las mariposas de flor en flor, Zapatero era de apariencia tierna, delicada… Y así sucesivamente.

–Joer, Fiol, mi estación. Que tengas buen día.

–Igualmente, adiós hermosa.

Urgencias

Cuentos y descuentos del sábado (24-02-2024).–Luis Díez

“Uno gritaba: ¡Sacadme de aquí! Otro vociferaba: ¡Enfermero, socorro! Una mujer lanzaba un ay cada veinte segundos. Otra clamaba: ¡Hacedme las uñas! Otra pedía a gritos que le dieran de comer… Sobre la una de la noche, cuando me dejaron aparcada, aquello se parecía más a la casa de los orates que al Servicio de Urgencias de un hospital”.

Tía Inés era dulce, buena, entrañable, pero en cuanto te descuidabas te echaba unas parrafadas a lo Marcelino Camacho que te obligaban a acordarte de Séneca y aceptar el estoicismo a tiempo parcial para no desairarla. Le gustaba contar cosas y hablaba a su ritmo tranquilo, lento, pausado, sin desaprovechar minucias descriptivas ni dejar de mirarte a intervalos.

“Lo más curioso –siguió contando– era que los vocingleros de aquella sala donde se contaban diez o doce muertos vivos o vivos moribundos respetaban el turno de palabra como si lo hubieran acordado de antemano. No se solapaban ni pisaban. Uno tras otro soltaban su discurso… bueno, su lema, que por algo es la síntesis del discurso, y esperaban a que les tocara el turno para repetirlo, repetirlo, repetirlo”.

“Puesto que no les hacían caso, algún vocinglero decidía modificar su lema y entonces los otros –menos la mujer que decía ay— también lo cambiaban. Así, la anciana que pedía que le hicieran las uñas reclamaba ahora que le pusieran la cuña; el tipo que pedía que lo sacaran de allí y aullaba como si fuera el presidente en funciones del Consejo del Poder Judicial, clamaba de pronto: ¡Dejadme libre, me quiero ir! El que llamaba al enfermero ya no pedía socorro, ahora gritaba: ¡Mozo, me he cagado!”

Con tía Inés había que tener paciencia, que por algo es la palabra favorita de los pacíficos y los científicos, pero algunas veces sus pláticas adolecían de pasajes interesantes y otras veces, por no decir casi siempre, se esforzaba en ponerles semillas de incertidumbre a ver si brotaba el suspense.

“Para entonces ya me habían sacado sangre para los análisis, conectado a las máquinas que miden las constantes vitales, implantado una vía para meterme fármacos líquidos en vena, insuflado aerosoles y aplicado un respirador de oxígeno. Me sentía mejor, deseaba dormir. Le pregunté a una auxiliar de enfermería si toda la noche era así y me contestó que sí. Pues hagan algo, atiendan a esos quejosos, le dije. No me respondió. Pero unos minutos después se acercó una enfermera a hacerme saber que les ponían calmantes, sedantes y estaban bien atendidos, y me preguntó quién coño era yo para afirmar que aquello era peor que Gaza. Perpleja me dejó. Y como jamás se me habría ocurrido tan desatinada y cruel comparación, evité mejorar el silencio”.

“Di tu que al paso de las horas te ibas acostumbrando a las quejas y lamentos del que clamaba al fondo de la sala: ¡Socorro, enfermera, me he tragado la polla! (Quizá se refería a la ampolla), del que llamaba: ¡Mamá ven! De la que emitía a tu lado un ay cada veinte segundos y, desde luego, del que reclamaba su liberación como si fuera rehén del consejo del poder judicial. Éste, por cierto, iba bajando el volumen de sus bramidos, señal de que las ínfulas también se agotan».

«Hubo un momento en que estuve a pique de agarrar el sueño, pero entonces sonaron las alarmas del techo y el personal sanitario se apresuró a atender a los heridos o enfermos graves que llegaban. Al mismo tiempo los auxiliares, camilleros, celadores… llevaban y traían máquinas, movían a los pacientes de un lado a otro, trasladaban a planta a algunos que parecían vegetales… Un sindiós. Como para pegar ojo…”

«De pronto, sobre las cinco o las seis de la madrugada, enmudecieron los orates. Era como si los corticoides les hubieran cortado la voz. Sólo la mujer que decía ay seguía con su rítmico lamento de baja intensidad. Los demás ni mu. ¿Qué esta pasando? Le pregunté a la enfermera que se acercó a retirar el frasco del goteo y, en respuesta, me subió la camilla unos centímetros y señaló a un paciente alineado allí enfrente. Me fijé en él, pálido como la cera, y dije: parece muerto, a lo que la enfermera asintió: sí, ha muerto. ¿Por eso los vocingleros..? Sí, por eso se han callado”.

–Joer tita, cuánto me alegro de ya estés bien –dije sin prever su siguiente plática sobre el excelente trato sanitario recibido.

–Si hijo sí, sigo viva, qué remedio.

¡Más sandeces, es la guerra!

Cuentos y descuentos del sábado (10-02-2024).–Luis Díez

Fiol encontró al profesor Meodias bastante decepcionado. El docente, un tipo ameno, buen conversador, iba hacia el Madueño, taberna con historia, en la que jugaba ajedrez a media tarde con otros colegas jubilados.

–Voy con usted y le invito a un gin-tonic –le dijo Fiol.

–Mejor un mosto; a determinada edad conviene tener cuidado con los destilados.

Echaron unos párrafos sobre la actualidad política y enseguida el profesor manifestó su disgusto “con ese líder que tenemos”.

–Lo tendrá usted, yo no –se apresuró Fiol antes de interesarse por la queja–: ¿Qué ha hecho ahora?

–Mira que confundir los pedos y el estiércol del ganado (gas metano) con el metanol, un disolvente combustible…

–Bueno, eso no tiene mayor importancia; también dijo que Pablo Picasso era catalán y todos sabemos que era andaluz de Málaga.

–Ya, pero esos errores fastidian, deterioran el discurso. De un dirigente de derechas esperábamos mayor nivel cultural.

–No se amargue, profesor; acuérdese del tautológico seguidor de la señora Merkel o, sin ir tan lejos, de la lideresa Aguirre sobre la “gran pintora Sara Mago”.

–De la Guarri ni me hables. Pero me da pena que a nivel de nivel sigamos bajando de nivel.

–Pierda cuidado, profesor; verá usted como enseguida cambian al líder; la de los coches de carreras viene pisando fuerte, respaldada por ese señor Ánsar, que diría su amigo Bush Jr, que, al menos, hablaba catalán en la intimidad y leía poesía.

–Si nos ponen a la Abuso estamos aviados.

–No se yo, profesor; tenga en cuenta que la sandez cotiza al alza en la bolsa electoral.

–Cierto y verdad, amigo Fiol. Toda la vida desasnando muchachos ¿y para qué? Para llegar a este teatrillo de morcilleros y algún que otro chorizo –musitó Meodias.

–Si hubiera hecho caso de Unamuno, quien dejó escrito: “Ignorancia, cantidad positiva”, no agarraría estos berrinches.

–Eso lo dejo para aquel ministro franquista que se tomó en serio la ironía de don Miguel y llegó a proclamar: “¡Más balón y menos Latín!”

Ya ante la barra de Casa Madueño, Fiol se interesó por otros asuntos de la vida y su viejo profesor de lengua y literatura maldijo las guerras y a los que las provocan y, bajando al terreno de la carestía, se sintió atracado por las facturas de Ibertrola, a lo que en vez de aconsejarle que cambiase de compañía de suministro energético, a Endosa, por ejemplo, Fiol le dijo: “Pues cambie de líder, profesor. ¿No ve usted que ese defiende el latrocinio de los oligopolios y rechaza los impuestos suplementarios a los beneficios espurios de las eléctricas y la banca?” Se quedó pensando el profesor y respondió: “Si, algo habrá que hacer”.


La puta y el líder

Cuentos y descuentos del sábado (3-02-2024).– Luis Díez

Algunas –¿a qué negarlo?– le parecían hermosas, saludables, atractivas. Y si por el instinto fuese, perfectamente abrochables. No olvidemos que somos animales y que ya Epicuro dejó escrito en De rerum naturae (Sobre la naturaleza de las cosas) que todos los animales tienden al placer y rechazan el dolor. Aquellas mujeres tenían su negocio entre las piernas y mercaban placer sexual a tanto el rato. Su filiación y procedencia tanto daban, pues como en la rumba de Manu Chao, se llamaban “calle”. Calle Peligros, calle Ballesta, calle Valverde, Red de San Luis…

Muchas noches, cuando el líder pasaba por allí camino de casa, algunas le alargaban una pierna como si fueran a ponerle la zancadila, otras le decían “vente”, otras le susurraban sus tarifas. Él sonreía y les contestaba moviendo la cabeza a derecha e izquierda. En ocasiones, alguna insistía y él la disuadía: “No, guapa, no gasto”.

El líder era un hombre peripatético, le gustaba pasear y meditar por la noche. Solía trabar la reglamentaria en el cinto por si los fachas o algún indeseable intentaban atacarle, y salir a caminar después de cenar, cuando la ciudad se sosegaba. Téngase en cuenta que el líder era carismático, había salido por televisión casi tantas veces como días tienen los años y predicado en cientos de pueblos y ciudades: desenvainaba la mayeútica de Platón y a fuer de preguntas intentaba enseñar a la gente a pensar.

Una de aquellas noches en que el líder del “movimiento político y social transformador de la realidad” pasaba por allí se vio sorprendido por una mujer tan ligerita de ropa que daba frío. Ella no le alargó la pierna ni le susurró la tarifa, sino que se enganchó a su brazo como un candado.

–Que no, hermosa, que no gasto –le dijo.

Pero turris burris, la mujer no le soltaba.

–Tiene que ayudarme –decía.

–No llevo dinero –respondía él.

–No es eso, tiene que subir conmigo a ayudarme –imploraba ella.

–Bueno, bueno –aceptó él un poco intrigado.

Entraron en el portal del viejo edificio sin ascensor y él la siguió escalera arriba hasta la tercera planta. Ella abrió la puerta del piso y le condujo hasta una habitación donde había un hombre tendido en la cama.

–Tiene que ayudarme a bajarlo –le pidió ella al tiempo que le recomponía el pantalón y le ponía los zapatos.

–Bueno, pues vamos allá –dijo el líder, agarrando el brazo izquierdo del hombre y metiéndole el otro brazo por la entrepierna para cargarlo al hombro como a un herido en el campo de batalla. Pero no estaba herido ni sufría daño ni trastorno alguno; simplemente era un anciano que había quedado tan satisfecho y se hallaba tan a gusto que se negaba a moverse.

El líder carismático lo evacuó con toda la delicadeza de que fue capaz y lo depositó en la puerta de la calle después de mirar a un lado y otro para no ser visto por algún mirón noctivago dispuesto a infligir mala fama. La mujer bajó detrás y le agradeció el favor que le permitía seguir trabajando o como se diga. Y pues se hizo lenguas entre sus compañeras de oficio, aquella noche, sin necesidad de prédicas ni garambainas, el líder ganó un buen puñado de votos.

Le llamaban IA

Cuentos y descuentos del sábado (27-01-2024).–Luis Díez

Marisa y Fiol se volvieron a encontrar en el andén del metro tras las vacaciones de Navidad y Año Nuevo que él había dedicado a visitar a la familia en Cataluña y ella a estar con su compañero y sus hijos y a repasar expedientes atrasados. Después de saludarse y comprobarse mutuamente de una ojeada, ella dijo:

–¿A qué dedicas la jornada de hoy?

–A las adivinanzas –dijo él.

–¿En serio?

–Ya te digo; según mi agenda, he de prepararme para el banquete que por voluntad de mi difunto abuelo damos cada año a su adivina favorita, la señorita Xeni, y a sus amigas magas, brujas y hechiceras, en un hotel de Barcelona.

–Tiene que ser divertido o, por lo menos, ameno.

–Si, esa es mi obligación, que disfruten y lo pasen bien. Mi abuelito dejó dicho que Xeni merecía al menos un homenaje alegre y feliz cada año, al que podía invitar a sus amigas del gremio de las pitonisas en pago por aliviar tantos males, hablarnos del futuro, predecirnos lo que nos puede ocurrir, canalizar nuestra energía de forma positiva y, sobre todo, elevar nuestro estado de ánimo. Él se confesaba con su brujita, la quería mucho y mira.

–Supongo que las adivinanzas forman parte del programa –dedujo Marisa.

–Si, a Xeni le gusta que la aplaudan; creo que es lo que más le gusta, así que voy a preparar un buen ramillete de adivinanzas y como estoy seguro de que acertará casi todas, recibirá repetidas palmas y vítores.

–Y algún “¡Oh!” de decepción.

–Me gustaría, aunque he de trabajarlo bien porque resulta difícil sorprenderla.

–Bueno, ahí donde paras, en la Biblioteca Nacional no han de faltar libros sobre la materia.

–Y que lo digas –respondió Fiol–; desde Montse Gisbert para niños a Nuria Ubiergo, pasando por Miguel Capó y sus treinta enigmas y juegos de lógica, los acertijos podrían ser un subgénero literario. Con todo, me gustaría introducir alguno de mi invención.

–¿Por ejemplo?

–Pues mira, me has inspirado uno.

–A ver.

–¿Adonde vuelven Rut y Tina después de las vacaciones?

–Demasiado fácil: “A la rutina”. Ahora me toca a mí: “Está siempre delante de nosotros pero no lo vemos, ¿qué es?”

El futuro –respondió Fiol.

–Muy bien –dijo Marisa.

–¿Tú crees que esta adivinanza será adecuada para la fiesta de las adivinas? –dudó Fiol.

–¡Claro que sí! Ellas no ven el futuro, lo adivinan. Pero a poco que miren verán el acabose, sabrán que sus días están contados por la irrupción de esa inteligencia artificial, la IA, que nos dirá qué será de nosotros, cuanto tiempo vamos a vivir y demás. Así que trátalas bien y disfrutad.

–Joer, Marisa, tienes razón, lo intentaré… Tu estación.

La corista fea

Cuentos y descuentos del sábado (16-12-2023).–Luis Díez

Era ya tarde cuando me encontré al amigo Joaquín. Subía calle arriba con pausado andar. Le saludé y acompasé el paso. Venía de la zarzuela y traía una pena, me dijo.

–¿Qué pena es esa?

–Pena por la corista fea.

–¿Qué le ocurrió?

Supuse que me iba a contestar que sufrió una bajada de tensión o algo peor y se desvaneció, pero me sorprendió su respuesta:

–Eso mismo me pregunto yo.

Incidí y me contó que de no haber sido por el amigo Zozoya, quien, hace ya tiempo, le instó a fijarse en aquella mujer, la corista fea habría pasado tan desapercibida para él como para tantos capullos que sólo se fijan en las jóvenes lindas y peripuestas. Él enseguida descubrió que la corista entrada en años y carnes figuraba a la cabeza de las mejores del coro y comenzó a apreciar su fina voz, bien timbrada y dicción clara.

Con un conocimiento perfecto del repertorio, era la corista fea quien sostenía el ‘do’ agudo cuando la protagonista terminaba su aria acompañada del coro. Pero no era a ella, sino la otra quien recibía los vítores y aplausos cuando se adelantaba al proscenio, sonriente y triunfadora.

El amigo se imaginaba el sufrimiento de aquella mujer al comprobar que siendo mejor artista, más inteligente y con una voz superior, le arrebataban los primeros papeles porque el físico no la acompañaba. “Si hubiera podido cambiar la cara habría triunfado en Milán, París, Nueva York”, me dijo.

La pena del culto y pulcro Joaquín no sólo se debía a la injusticia, sino también, según me confesó, al hecho de que por primera vez en muchas temporadas la corista fea no hubiera salido al escenario con sus compañeras a cantar a la vida, el amor, la juventud, el valor, el placer… “¿Qué le habrá ocurrido, habrá perdido la voz y la habrán retirado? ¿Qué será de ella?”

–Así es la vida –le dije a modo de consuelo mediante la resignación–: gente extraordinaria que vemos y que un día dejamos de ver sin saber por qué.

La aldea ante el genocidio

Cuentos y descuentos del sábado (9-12-2023).–Luis Díez

El pueblo era pequeño, con categoría de aldea. Tenía iglesia (y un cura itinerante), aunque carecía de escuela. “Y eso que en tiempos –dijo la cantinera Amandi– llegó a haber más de veinte niñas y niños; ahora quedan cinco y los llevan a la unidad escolar en un microbús de la diputación”, les explicó antes de señalar por la ventana los muñones de piedra de la antigua escuela, encumbrados sobre una pequeña loma y utilizados por un cabrero local como establo de su rebaño. “Por cierto, hace un queso superior”, les informó.

El amigo Anselmo Citero, siempre sentencioso, repuso: “O sea, no hay futuro”. A lo que Amandi, sin dejar de hacer una tortilla de patatas que olía estupendamente, negó con la cabeza y la laringe: “Se equivoca, amigo, claro que hay futuro”. Pero Citero, buen dialéctico, optó por la mayéutica: “¿Cuántos son en el pueblo?” Amandi echó cuentas y dijo: “Unos veinte vecinos”. “¿Y cuantas familias productivas hay?” A lo que la cantinera, ya entrada en años, respondió que tres parejas de vaqueros tienen cinco hijos pequeños y hay otras dos con ganado bobino y caprino que todavía tienen edad de traer hijos al mundo. Y luego están ella y su marido, que tienen dos mozos. Citero le preguntó: “¿Viven fuera, verdad?” Y la mujer respondió: “Estudian en la ciudad; uno hace Veterinaria y el otro trabaja de albañil y estudia Magisterio en horario nocturno”. Citero los elogió e incidió: “¿Y el resto de los aldeanos son viejos, verdad?” Amandi le corrigió: “Jubilados más bien”. Viendo el triunfo en sus manos, Citero inquirió: “¿Pues ya me dirá usted qué va a pasar cuando los cinco niños se hagan mayores y vayan fuera a estudiar, igual que sus hijos?”

La cantinera reconoció el peso geriátrico de la pequeña aldea, pero adujo que los años nos hacen mejores y por eso este pueblo no va a desaparecer sino a tomar resuello y cobrar vitalidad. “Los pueblos no solo son cantidad, sino también calidad –dijo–. Y de este, con lo pequeño que es, ha salido mucha, pero que mucha materia gris. De aquí ha salido nada menos que un catedrático en Salamanca, un ingeniero agrícola, otro de minas, un aviador, un físico nuclear muy apreciado en los Estados Unidos, una médico muy buena, cirujana de huesos… Qué se yo… También un maestro, una profesora de segunda enseñanza, un abogado que llegó a juez del Tribunal Supremo… Usted considere. Y eso por no hablar del siglo pasado. Así que ya le digo: la grandeza de los pueblos es la inteligencia que aportan y el conocimiento que esparcen a los demás para la libertad y el progreso de las naciones. Lo que no tenemos, quitando a mi marido, son albañiles”.

Se quedó el amigo Citero un tanto sorprendido, pero enseguida reaccionó argumentando que él se refería al futuro y no al pasado de la aldea. Pero Amandi replicó: “A quienes han cerrado el futuro es a los niños supervivientes de Gaza. Han asesinado a su padres, destruido sus casas a bombazos, una bomba por cada doscientos habitantes, usted considere… ¿Qué pueden hacer? ¿Dónde van a vivir? ¿Qué alimentación y educación van a recibir?” La mujer siguió haciendo preguntas en voz alta mientras daba la vuelta a la tortilla y preparaba la bandeja para servirla.

El amigo Citero se quedó sin palabras, impresionado. Y Amandi contó que una misión formada por el aviador jubilado, el catedrático, el marino mercante al que llaman Elcano (no por canoso sino por haber dado muchas veces la vuelta al mundo), la doctora Amalia y la profesora Pilar se hallaba en esos momentos en la frontera del sur de Gaza para prohijar y traer niños palestinos, cuantos más mejor. “¿Y sabe por qué, señor? Porque en este pueblo y en este país no vivimos con miedo (con miedo no se puede vivir) sino con ilusión y confianza en el futuro, más allá de las politiquerías de los nacionales facciosos y furiosos y los nacionalistas insolidarios”. Eso le dijo.