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Acerca de Luis Díez

Periodista, doctor en Ciencias de la Información, autor de varios libros, profesor de Periodismo Político y de Géneros de Opinión de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Camilo José Cela (UCJC) de Madrid. Cofundador de Cuartopoder.es. Corresponsal parlamentario de Diarioabierto.es

La aldea ante el genocidio

Cuentos y descuentos del sábado (9-12-2023).–Luis Díez

El pueblo era pequeño, con categoría de aldea. Tenía iglesia (y un cura itinerante), aunque carecía de escuela. “Y eso que en tiempos –dijo la cantinera Amandi– llegó a haber más de veinte niñas y niños; ahora quedan cinco y los llevan a la unidad escolar en un microbús de la diputación”, les explicó antes de señalar por la ventana los muñones de piedra de la antigua escuela, encumbrados sobre una pequeña loma y utilizados por un cabrero local como establo de su rebaño. “Por cierto, hace un queso superior”, les informó.

El amigo Anselmo Citero, siempre sentencioso, repuso: “O sea, no hay futuro”. A lo que Amandi, sin dejar de hacer una tortilla de patatas que olía estupendamente, negó con la cabeza y la laringe: “Se equivoca, amigo, claro que hay futuro”. Pero Citero, buen dialéctico, optó por la mayéutica: “¿Cuántos son en el pueblo?” Amandi echó cuentas y dijo: “Unos veinte vecinos”. “¿Y cuantas familias productivas hay?” A lo que la cantinera, ya entrada en años, respondió que tres parejas de vaqueros tienen cinco hijos pequeños y hay otras dos con ganado bobino y caprino que todavía tienen edad de traer hijos al mundo. Y luego están ella y su marido, que tienen dos mozos. Citero le preguntó: “¿Viven fuera, verdad?” Y la mujer respondió: “Estudian en la ciudad; uno hace Veterinaria y el otro trabaja de albañil y estudia Magisterio en horario nocturno”. Citero los elogió e incidió: “¿Y el resto de los aldeanos son viejos, verdad?” Amandi le corrigió: “Jubilados más bien”. Viendo el triunfo en sus manos, Citero inquirió: “¿Pues ya me dirá usted qué va a pasar cuando los cinco niños se hagan mayores y vayan fuera a estudiar, igual que sus hijos?”

La cantinera reconoció el peso geriátrico de la pequeña aldea, pero adujo que los años nos hacen mejores y por eso este pueblo no va a desaparecer sino a tomar resuello y cobrar vitalidad. “Los pueblos no solo son cantidad, sino también calidad –dijo–. Y de este, con lo pequeño que es, ha salido mucha, pero que mucha materia gris. De aquí ha salido nada menos que un catedrático en Salamanca, un ingeniero agrícola, otro de minas, un aviador, un físico nuclear muy apreciado en los Estados Unidos, una médico muy buena, cirujana de huesos… Qué se yo… También un maestro, una profesora de segunda enseñanza, un abogado que llegó a juez del Tribunal Supremo… Usted considere. Y eso por no hablar del siglo pasado. Así que ya le digo: la grandeza de los pueblos es la inteligencia que aportan y el conocimiento que esparcen a los demás para la libertad y el progreso de las naciones. Lo que no tenemos, quitando a mi marido, son albañiles”.

Se quedó el amigo Citero un tanto sorprendido, pero enseguida reaccionó argumentando que él se refería al futuro y no al pasado de la aldea. Pero Amandi replicó: “A quienes han cerrado el futuro es a los niños supervivientes de Gaza. Han asesinado a su padres, destruido sus casas a bombazos, una bomba por cada doscientos habitantes, usted considere… ¿Qué pueden hacer? ¿Dónde van a vivir? ¿Qué alimentación y educación van a recibir?” La mujer siguió haciendo preguntas en voz alta mientras daba la vuelta a la tortilla y preparaba la bandeja para servirla.

El amigo Citero se quedó sin palabras, impresionado. Y Amandi contó que una misión formada por el aviador jubilado, el catedrático, el marino mercante al que llaman Elcano (no por canoso sino por haber dado muchas veces la vuelta al mundo), la doctora Amalia y la profesora Pilar se hallaba en esos momentos en la frontera del sur de Gaza para prohijar y traer niños palestinos, cuantos más mejor. “¿Y sabe por qué, señor? Porque en este pueblo y en este país no vivimos con miedo (con miedo no se puede vivir) sino con ilusión y confianza en el futuro, más allá de las politiquerías de los nacionales facciosos y furiosos y los nacionalistas insolidarios”. Eso le dijo.

Día de suerte

Cuentos y descuentos del sábado (2-12-2023).– Luis Díez

Nada más salir de casa encontró un gorro en el suelo. Se agachó, lo recogió. Era de lana azul celeste con rayas blancas, muy bonito. Supuso que lo había perdido algún madrugador o trasnochador, nunca se sabe, y cómo no sabía qué hacer con él, se lo guardó en el bolsillo del abrigo. Bien lavado y perfumado podía utilizarlo en días fríos y también envolverlo en papel de regalo para algún cumpleaños de invierno. Nunca se sabe lo que una prenda de cabeza puede dar de sí. Siguió caminando en dirección a unos contenedores y antes de depositar la bolsa de residuos orgánicos vio un paraguas con el mango colgado de la boca rectangular del recipiente para papel. Lo agarró, lo examinó, lo abrió. Funcionaba como si fuera nuevo. Era además bien bonito: un paisaje estampado de Van Gogh en el que se veía la campiña verde y amarilla, unas casas y unas montañas blancas al fondo. Lo cerró, lo abrochó, se lo colocó en el brazo izquierdo y siguió hasta la parada del catorce. A fin de cuentas, pensó, las cosas son para quien las encuentra.

Todavía era muy temprano y el autobús venía casi vacío. El trayecto duraba entre veinte minutos y media hora, según la densidad del tráfico y la cantidad de usuarios en las paradas, así que decidió sentarse en la parte trasera y entonces vio un asiento ocupado por una billetera de cuero negro. ¡Carajo!, exclamó para sí mismo. La agarró, se sentó, la examinó: documento de identidad, tarjeta sanitaria, tarjetas bancarias (de “crédito” les llaman) y… un billete de veinte euros. Recordó que cerca del taller donde fungía había un buzón de Correos, de modo que en vez de molestar al conductor se la guardó en el bolsillo del abrigo junto al gorro azul con el fin de meterla por la ranura para devolverla al perdulario.

Lo mismo que hay días que no funciona nada, que saltas de la cama con la hora pegada al culo y, maldita sea, han cortado el agua sin avisar y no puedes ni lavarte la cara; que agarras el teléfono y, joder, está sin batería; que llegas a la fábrica y el puñetero motor de la envasadora se ha vuelto a gripar…, días aciagos en los que las cosas conspiran contra ti y te sientes impotente, ridículo y malhumorado, hay días como este de objetos perdidos que vuelven encontradizos.

En esas y otras consideraciones llegó a la parada del curre, se apeó, miró el reloj: le sobraban diez minutos antes de fichar, así que decidió tomar un café en el Miró. Faltaba más de un mes para Navidad, pero la Bombón ya había colocado el cartel de la Lotería junto a la fotografía del periódico de los equipos locales, masculino y femenino. Sacó la cartera encontrada, extrajo el billete de veinte euros y además del café pidió un décimo a la camarera (todos le llamaban así, “la Bombón”). Ella puso cara de pianista, lo tecleó con las yemas de los dedos. “Este va a sonar”, dijo.

¿Y sabéis qué? Que sí, que sonó el gordo, lo cantaron los niños del colegio San Ildefondo, a los que dios (si existe) bendiga. A él le tocó una cuarta parte porque había regalado cinco euros a cada uno de los tres compañeros de su sección fabril. Fue un buen pellizco, dijeron, se motorizaron con propulsión eléctrica y desde entonces en vez de Satur, decidieron llamarle por la segunda parte del nombre, Nino, más cariñosa. Él siguió yendo a trabajar en autobús, pero no hubo segunda parte. Y además no podía haberla porque iba y venía tan embebido en las investigaciones de los detectives, inspectores y comisarios Carballo, Leo Caldas, Adamsberg, Montalvano, Wallander, Jack McEvoy… que ni miraba los asientos antes de sentarse.

Insidia

Cuentos y descuentos del sábado (25-11-2023).–Luis Díez

Después de un tiempo sin coincidir, Marisa y Fiol volvieron a verse en el metro. “¿Dónde has estado?” Le preguntó ella. “En Insidia”, contestó él antes de aclarar que no es una isla del Egeo ni un islote del Mar de China, sino un país democrático, avanzado en derechos y libertades, pacífico, plural, igualitario, moderno, con servicios públicos de calidad, enseñanza pública obligatoria hasta los 16 años, asistencia sanitaria gratuita y universal… Una potencia media en términos de renta per cápita donde la mayoría de los ciudadanos viven de su trabajo y no son ricos ni pobres, sino clase media laboral que desvive feliz y preocupada por día a día, el mes a mes y por las cuestiones que a todos los humanes nos conciernen como la emergencia climática por la destrucción de la atmósfera, las pandemias, la guerra de Rusia contra Ucrania, la masacre de los palestinos encerrados en Gaza y la emigración y la pobreza de gran parte de los humanes de este planeta.

A Marisa la descripción le sonaba. “O sea que has estado en Francia”, dijo. Fiol negó con la cabeza y añadió: “He estado en un país plural y diverso que tiene un Gobierno digno y quiere vivir en paz y concordia, pero un puñado de políticos de la derecha emberrechinada emplean sus energías en lo contrario, la agitación de las masas, la incitación a la violencia, la promoción del odio y la difusión de bulos, falsedades, insultos y maldades contra quienes piensan de otra manera y no les votan a ellos”.

Entonces Marisa cayó en la cuenta: “¿Te refieres a un país donde el jefe de organización del partido mayoritario de la derecha, un gallego con techo, Tellado, que parece un saco de patatas con patas, ofrece uno de sus tres coches para que se lleven en el maletero al presidente del Gobierno fuera del país?” Fiol movió la cabeza arriba y abajo. “¿Un país donde ese Tellado de ojos pequeños, acerados, tilda de “matón de colegio” al exalcalde de Valladolid, diputado y ministro socialista cuando es amenazado e increpado en el AVE por un delincuente?” Fiol asintió. “¿Un país donde algunos cargos públicos de la derecha animan a pegar un tiro en la nuca al presidente del Gobierno?” Fiol afirmó con la testa. “¿Donde una presidenta autonómica, famosa por beneficiar a su familia con contratos públicos directos, como el de las mascarillas, acude al balcón del Congreso de los Diputados e insulta, “hijo de puta”, al presidente del Gobierno?” Fiol asintió. “¿Un país en el que el jefe de la oposición de derechas, aliado y corroído por la ultraderecha, incurre en una contradicción palmaria en la tribuna del Congreso cuando dice que también él podía amnistiar a los separatistas catalanes para obtener sus votos y luego afirma que el presidente del Gobierno progresista sufre una “patología” mental porque le ríe la gracia?”

–Sí a todo –dijo Fiol.

–Entonces ese país no es Insidia, sino España –concluyó Marisa.

–Ya, pero quizá por prestar atención a esa derecha me he sentido más desubicado que un atracador en un banco de niebla –se disculpó Fiol.

–Vale, ahora sin bromas: ¿crees que a esos emberrechinados, como les llamas, se les pasará pronto el berrinche?

–Me temo que la insidia, la acechanza, la acción y el discurso que envuelven mala intención va a ser duradera.

–¿Y qué remedio recomiendas? –Se interesó Marisa.

–La derecha no tiene remedio, así que rigor contra las algaradas y los desmanes callejeros, mucha pedagogía de la democracia y los derechos humanos, unidad, honradez y buen hacer.

–¡Por Júpiter, mi estación! A ver si nos vemos más a menudo, amigo Fiol.

Sin motivos para la alegría

Cuentos y descuentos del sábado (28-10-2023).–Luis Díez

El amigo Fiol carecía de motivos para la tristeza. Era rico de familia, tenía más millones que pesaba, desvivía una vida regalada sin horarios laborales ni obligaciones apremiantes. Dedicaba algunas jornadas a cultivar su afición por la historia; se metía en la Biblioteca Nacional y se sentía como un arqueólogo submarino en busca de pecios y tesoros sumergidos. Le apasionaba la historia hacia atrás y, por Júpiter que encontraba satisfacciones intelectuales y perlería para divulgar y repartir, ya fueran anécdotas, paradojas, usos, vicios y desmesuras de reyes, papas, banqueros y otros poderosos personajes que en el mundo han sido, ya enumeraciones, comparaciones e interpretaciones sobre tribus y organizaciones humanas sumergidas en el secular olvido. Llevaba compuestos dos libros al respecto y un próspero editor (aunque parezca una contradicción) se apropincuaba a él y se llevaba sus notas y apuntes de tanto en tanto.

Siempre alegre y buen conversador (no confundir con conservador), Marisa le consideraba una fuente inagotable de anécdotas y curiosidades bien traídas, un observador feliz e instructivo, con el que parecía imposible aburrirse y emburrecer. Sin embargo, cuando aquella mañana coincidieron en el vagón del metro, ella le vio alicaído y triste, y así se lo dijo.

–¿Cómo no voy a estar triste con lo que está ocurriendo en este jodido mundo? Miras hacia arriba y no ves motivos para la alegría en la destrucción de la atmósfera por la ambición, el egoísmo y la crueldad de esa minoría que circula en la cómoda diligencia del capitalismo desbocado. Han herido de muerte al planeta y no hay manera de vencerles ni convencerles para que dejen de chupar su sangre. Miras el entorno, con ese virus nuevo y mortal, el coronavirus al que llaman Covid como si fuera alguien de la familia (y lo es, aunque no el perro), y sientes una profunda amargura por los mayores y no tan mayores que se ha llevado al otro barrio. Miras a un lado y ves al cara de víbora, el venal y codicioso presidente ruso Vladimir Putin atacando a Ucrania por tierra, mar y aire, lanzando misiles contra la población civil de las ciudades ucranianas y provocando decenas de miles de muertos y un dolor y un éxodo nunca visto en Europa desde el depravado Adolfo Hitler. Sigues mirando ahí al lado y ves al cara de cemento, el sanguinario Netanyahu, asesinando a bombazos a la población palestina, sobre todo niños, recluidos en la franja de Gaza. Esos genocidas te dejan sin palabras, hacen que se te salten las lágrimas. ¿Cómo no voy a estar triste si, además, los mandatarios de la Unión Europea no consiguen parar el exterminio que están perpetrando los israelíes contra los palestinos? Y, por supuesto, esos canallas se ciscan en la ONU. ¿Quién podrá juzgarles y condenarles como se merecen? Luego te encuentras paradojas como el reciente Informe Mundial de la Felicidad, publicado por la Red de Soluciones para el Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas, que coloca a Israel en el cuarto puesto de los países más felices del mundo. ¿De verdad? ¿Tu serías feliz si fueras israelí?

–Hombre, como dicen que son el pueblo elegido de Dios –respondió Marisa.

–Entonces ese no es el dios que interesa a los hombres.

Expertos en la totalidad

Cuentos y descuentos del sábado (21-10-2023).–Luis Díez

El rector era un hombre introvertido y despistado. Se le veía abstraído por los pasillos y los senderos del campus, siempre inmerso en sus meditaciones. Miraba sin ver y escuchaba sin oír. Quienes le conocían ni siquiera abrían la boca para saludarle, pues de antemano sabían que no correspondía a los saludos. Con todo, cumplía con diligencia y acierto las obligaciones gestoras y representativas del cargo. Firmaba lo que había que firmar y acudía puntual y aseado a los actos académicos y sociales a los que era llamado, que no eran pocos. Se podía decir que no pasaba día sin que fuera reclamado a introducir a los conferenciantes, presidir “honoris causa”, dictar lecciones magistrales, inaugurar jornadas y congresos, dar pregones, presentar libros, etcétera. Baqueteado en tales lides, ponía el piloto automático y realizaba el trayecto sin mayor esfuerzo. En una de esas le tocó presentar a un profesor invitado, un reputado especialista en tecnología biológica. Para facilitarle el cometido le proporcionaron una ficha con la filiación y aportación científica del conferenciante. Pero como era tan despistado la dejó en alguna parte y, ya en el atril, echó mano al bolsillo de la chaqueta y no la encontró.

–Presentamos hoy –dijo– a don…

–Marina, profesor Ángel Marina –le sopló el moderador.

–Ah, si, al profesor don Mariano.

–Marina –le corrigió el conferenciante.

–Bien, el profesor Marino es un grandísimo especialista en … ¿En qué es usted especialista, profesor?

–¡En la totalidad! –exclamó, molesto, el conferenciante.

–Muy bien. Como han oído, es un honor presentarles a un especialista en su conjunto y por partes, una persona que sabe de todo y, como esos señores y señoras piriodistas que lo saben todo y salen en las televisiones y se denominan tertulianos, puede enriquecernos con su enciclopédica sabiduría. Tiene usted la palabra, profesor Marinero.

–¡Marina! –Le corrigió, muy molesto, el confrenciante.

Uno de los plumillas que asistían al acto reflejó en su crónica la tortuosa presentación del despistado rector y éste le llamó para negar que le hubiera fallado la memoria.

–¿Pero no te acordabas del nombre ni la especialidad del científico, no es cierto? –Argumentó el periodista.

–Un poco de perspicacia, amigo Rabanal. Y ten en cuenta que yo no necesito acordarme de nada porque no olvido nada.

–Recibido, tronco. Me quedo con el aforismo –repuso el plumilla.

Amnistía o sucedáneo

Cuentos y descuentos del sábado (14-10-2023).–Luis Díez

–Buenas, ¿tiene amnistía?

–¿La quiere fiscal?

–No, de la otra.

–¿Parcial o total?

–Parcial de momento, a ver cómo sale.

–Le va a costar un huevo… ¡Perdón! Un riñón.

–Ya lo supongo. Con los petroleros y los gremios pegando patadones para arriba a la inflación, vivir se ha puesto al rojo vivo.

–¿Cuánta le pongo?

El comprador se toma su tiempo, medita la respuesta, cuenta para sí del dedo meñique al pulgar: Carles Puigdemont Cascamajó, Antoni Comín Oliveres, Lluís Puig, Clara Ponsatí… Cuando llega al quinto se da cuenta de que le faltan dedos para incluir a los de Suiza, Marta Vilalta y Anna Gabriel, pero vuelve a empezar por el meñique.

El expendedor tiene cara de pocos amigos, viste de negro cuervo y comienza a impacientarse.

–Bueno, pues usted diráa” –le urge con tilde a lo Feijóo.

–Tranquilo, tronco, que estoy calculando –contesta mientras sigue pensando: en total hay unas mil personas empapeladas por el procés. Demasiada gente. Hay 44 cargos de la Generalitat ya condenados (además de los seis huídos), 56 investigados por el Tribunal de Cuentas por el gasto del procés, 18 por promover el referendum independentista a través de webs, decenas de profesores y directores de colegios encausados por facilitar las votaciones, 712 alcaldes implicados en la organización del referendo…, la intemerata.

–¿Cree usted que con cuarto y mitad de amnistía alcanzará? –Pregunta por fin.

–¡Qué va! Con eso no tocan ni a medio gramo por cabeza.

–Por su mala cabeza, querrá decir.

–Y la del mando en Madrid, no lo olvide.

–Tiene razón. Rajoy fue un desastre… Pero los condenados fueron indultados después. Yo mismo firmé el indulto en 2021.

–Ya, pero dese cuenta de que son muchos delitos: desobediencia, prevaricación, malversación de fondos, falsedad documental… Y los condenados siguen inhabilitados para ocupar cargos públicos.

–Lo sé. ¿Acaso ignora que hicimos una ley para que la prevaricación y la malversación de fondos públicos tuviera penas menores cuando no fueran a beneficio de los infractores, parientes y demás familia? O sea, latrocinio pro domo suo. Pero a lo que vamos: ¿A cuanto saldría el kilo de amnistía?

–Uf, en términos de voto… Prefiero no calcular, carísimo.

–¿Y un sucedáneo, una “regularización”?

–¿A lo Solchaguez o a lo Montorus?

–No, ya le digo que en general, a ver cómo sale.

–Espero que le salga bien para la investidura, el Presupuesto, el PIB, las elecciones gallegas, vascas, andaluzas… Sobre todo, las andaluzas. Y también para los comicios europeos, que se celebran a mitad de 2024, antes de que el Tribunal Europeo de Justicia resuelva los recursos contra la extradición del hombre que no se peina y que podrá concurrir de nuevo a su escaño en el Parlamento Europeo sin moverse de Waterloo. Usted es un político valiente, pero sea paciente, que ya la justicia europea resolverá el problema creado por las derechas catalana y española, una contra otra y viceversa. Y tenga en cuenta que con amnistía o sucedáneo, la inquina siempre quedará.

–Gracias eminencia, lo someteré al Comité Federal y acaso a la militancia, a ver cómo sale.

Angelina y los poemas presos

Cuentos y descuentos del sábado (7-10-2023).–Luis Díez

Salía del colmado del chino de comprar pan, huevos y patatas para cenar cuando me encontré al paso con mi vecino Citero.

–¿De dónde viene don Saulo a tan buena hora? –le pregunté.

–De un acto poético, ahí abajo, en el Instituto Cervantes –dijo él.

–No sabía que le gustase la poesía. ¿Quién recitaba?

–Fue un homenaje sencillo y muy emotivo a Angelina Gatell, poetisa catalana y española de la Generación del 50, una referente fundamental en la memoria histórica de nuestra cultura, según dijo Luis García Montero. Una luchadora con la pluma, no con el plomo, de la resistencia a la dictadura.

–Qué tiempos aquellos en los que la poesía era un arma cargada de futuro.

–Celaya dixit. Si, entonces la poesía decía más de lo tolerado por la censura en otros géneros. Y sí, me gusta aquella poesía. Gabriel Celaya, Amparo Gastón, Blas de Otero, Angelina Gatell, José Agustín Goytisolo, su hermano Luis (Juan no escribía entonces poesía), José Manuel Caballero Bonald, Félix Grande, Margarit… Ya van quedando pocos.

–Bueno, al menos muchos de ellos, incluidos Rafael Alberti, Vicente Aleixandre, José Hierro… tuvieron la satisfacción de ver entrar en caja al dictador que a tantos encarceló.

–A Angelina le encarcelaron a un hijo (Eduardo). Por cierto, esto me recuerda un presidio del que nada se habla.

–¿Cuál, amigo Citero?

–La dictadura franquista encarceló poemas.

–¡Por Júpiter, Saulo!

–Ya te digo. La propia Angelina podría dar fe de lo que digo si viviera (murió en 2017). El Congreso Cultural celebrado en La Habana del 4 al 11 de enero de 1968 y al que asistieron algunos de los poetas que te he citado junto con Valente, Gil de Biezma, Castellet, García Hortelano, Moreno Galván, Juan Antonio Bardem… Y los exiliados en México, Adolfo Sánchez Vázquez, José Bergamín… Y en Francia, José Martínez (editor de Ruedo Ibérico), Jorge Semprún…, decidió hacer un homenaje al pueblo vietnamita por sus décadas de lucha contra el imperialismo (primero francés y estadounidense entonces). El partido (PCE) entendió que Angelina Gatell, por sus excelentes relaciones, era la persona ideal para recopilar poemas de todos ellos y más, con el fin de lanzar un libro contra la guerra del Vietnam, al modo del España canta a Cuba de 1962. Angelina hizo su labor, pero las editoriales de renombre Aguilar y Alfaguara evitaron publicar el libro, que reunía a poetas de todas las generaciones, desde Gerardo Diego y Rafael Alberti hasta Carlos Álvarez…

–El que dijo: “Para estar peor de lo que estamos ahora habrá que remontarse a los tiempos venideros”.

–Sí, un optimista. El caso es que al final aceptó publicar Con Vietnam la editorial Ciencia Nueva, cuyos socios y gestores militaban en el PCE o estaban muy próximos al partido. Según el profesor Julio Neira, la solicitud fue presentada en el Ministerio de Información y Turismo el 14 de septiembre de 1968. Iba firmada por Vicenta Fernández Montesinos, sobrina de Federico García Lorca y la menos identificable con el PCE de todos los socios de la empresa. Los censores hicieron su trabajo, tracharon en rojo lo que consideraron el uso de los nombres de Dios en vano y, sobre todo, las alusiones a la represión en Cataluña, Galicia y Euskadi por parte del Estado franquista, que no eran pocas, a semejanza de la ocupación de Vietnam a sangre y fuego por las tropas Usa. Con todo, los censores no se mostraron muy estrictos con las críticas al imperialismo violento y cruel, pues si en EEUU se publicaban poemas contra la ocupación de Vietnam, tampoco ellos iban a ser más papistas que el Papa. Pero la agitación política, las huelgas y manifestaciones se extendían por toda España y el dictador decretó el estado de excepción en enero de 1969. La censura se endureció, la antología fue prohibida y la editorial cerrada poco después. Di tu que muchos años después, el profesor Neira rescató de la cárcel…, digo de la caja 21/19216, expediente 7620/68 de la sección Censura del Ministerio de Información y Turismo, del que era titular Manuel Fraga Iribarne, futuro democratadetodalavida y fundador del PP, aquellos poemas. Y con las cartas enviadas por sus autores a la antóloga Angelina Gatell vieron al fin la luz (Visor 2016).

Entramos en el portal y ya en el ascensor me despedí agradeciendo la sabiduría del querido vecino: “Con usted siempre se aprende, amigo Saulo”. Sonrió.

La ruta de Cayo

Cuentos y descuentos del sábado (30-09-2023).–Luis Díez

Aquel día iba a Granada a cargar cervezas. A la altura de Puerto Lápice suena el teléfono. La compañera le dice: “Hola, mi amor, estoy en urgencias; el niño se ha caído de la bicicleta y se ha roto un brazo”. Vaya por Dios, qué mala suerte. “Le he curado las heridas, unos rasponazos, y lo van a escayolar enseguida. Quiere hablar contigo, te lo paso”.

El camionero escucha a su pequeño hijo, le dice le van a arreglar el brazo para que no le duela, le explica que le van a poner una escayola blanca para que se le cure. «No podrás moverlo, pero, a cambio, puedes hacer dibujos en el yeso y dejar que tus amigos escriban su nombre en tu brazo. Ya verás qué bonito te va a quedar». Y le promete llevarle un regalo cuando vuelva. Luego piensa: «Ni un día sin avería».

Apenas ha soltado el inoportuno en la bandeja sobre el salpicadero y enfilado la curva de Villarta de San Juan cuando vuelve a sonar el Himno de la Alegría. ¿Quién es ahora? La hermana:

–Hola Cayo, ya noto que vas conduciendo…

–Si, Mari, como siempre. ¿Qué está pasando?

–Esperemos que no sea nada, pero a madre le ha dado un infarto.

–¡Nada!

–Le ha dado mientras estaba en la diálisis. Me acaban de llamar del hospital, se han dado cuenta enseguida y le han inyectado los trobolíticos y otros fármacos a ver cómo reacciona.

–Joer, vaya por Dios…

–¿Cuándo vienes?

–Voy a cargar hoy, salgo hacia Valencia y no vuelvo hasta el martes por la tarde, pero si madre empeora suelto la carga donde sea.

–Bueno, te mantengo informado.

Hay días que no vale la pena madrugar, se dice depositando el impertinente en la bandejilla del salpicadero. La recta hasta Manzanares es un peligro. Lleva cajas de frascos vacíos y la cabeza del Volvo va como un caballo desbocado. Solo jodería que me pillara el radar de la DGT, se dice, levantando la alpargata y accionando el botón limitador. “Tu a noventa, Volvi”. A continuación conecta una emisora musical. Bob Dylan está llamando a las puertas del cielo con su guitarra.

Pasado Valdepeñas, a la altura de la ciudad íbera del Cerro de las Cabezas, se ilumina la pantalla del teléfono. Es la compañera, que al niño ya le han puesto la escayola. Habla con él: “¿Te ha dolido, verdad que no? Ahora no puedes mover el brazo durante unos días hasta que el hueso se suelde y te la quiten. Un beso, cariño mío”.

Ya en Despeñaperros, a la altura de la Cueva de los Muñecos, vuelve a sonar el inoportuno. Lo agarra. Es la prima Margarita con el mensaje de que su tío Leo se ha ido. Hacía algo más de un mes que lo habían metido en la residencia de ancianos y mira qué poco ha durado la criatura. De todos modos ya era mayorcito: 92 años, los diez últimos viudo, en casa de su hija, que le atendía de maravilla a pesar de tener que ir a trabajar. Se contagió con el maldito coronavirus y adiós muy buenas.

Lo sabía, sabía que no hay dos sin tres. Se despidió con toda la pena del mundo de su prima Margarita, hija única, soltera, generosa y cariñosa como hay otra. Se le empañaron los ojos, pero contuvo el llanto. No podía permitirse llorar conduciendo por Despeñaperros. Ni siquiera por el tío Leopoldo, el hermano de su padre al que tanto quería. Golpeó el volante con la fuerza de su brazo, se sintió triste, cabreado, derrotado. Abrió la ventanilla, tomó un sorbo de aire y lanzó un “¡Ay!” agudo y prolongado, seguido de otro y otro… Entonces se dio cuenta de que todavía llevaba el teléfono en la mano, lo depositó en la bandeja y le retiró la palabra hasta llegar a Granada. Eso le dijo.

Tres horas después, pasados Los Arenales, cerca del embalse del río Cubillas, un temblor de tierra arrugó el asfalto, inclinó el firme a derecha e izquierda, abrió grietas en el suelo, desvió el agua del río hacia la carretera general, paralizó el tráfico rodado y sorprendió a tirios y troyanos. Antes de que la tierra volviera a temblar, Cayo, ya cerca del polígono industrial de Granada, tuvo que rectificar sus palabras, empuñar el impertinente y avisar a la empresa de que llegaría tarde, si llegaba, debido a causas de fuerza mayor.

El tío Dionisio

Cuentos y descuentos del sábado (23-09-2023).–Luis Díez

El tío Dionisio no tenía mujer ni hijos ni dinero, pero libró al pueblo del peligro. La falta de hablidad para conquistar de palabra a la chica que le gustaba y una morfología debilucha y de corta estatura le dejaron soltero de por vida. Al ser canijo y endeble, pocas veces los capataces y manijeros de los dueños de las tierras le reclutaban para la zafra, la vendimia, la aceituna y otras tareas que le permitieran ganarse el jornal. Por esa razón carecía de dinero. Pero se las arreglaba y además sacaba pecho: “No es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita”, solía decir.

El hecho de que no le reclutaran para el tajo no significaba que se quedara en la plaza, maldiciendo, quieto parado, ya que echaba a andar y lo mismo se encaminaba hacia el río que se daba un garbeo hasta la laguna salobre o se orientaba hacia el encinar y seguía más allá por el monte de carrascos y pinos piñoneros con su mochila a la espalda. Y nunca volvía de vacío. De la orilla del río, a seis kilómetros del pueblo, solía regresar con un puñado de cangrejos y un atillo de mimbres al hombro; del monte volvía con la mochila provista de bellotas, ajetes, piñones, cebolletas… Según la temporada, también recolectaba espárragos trigueros, cardos blancos y marianos, boletus, setas…

Poca gente en el pueblo conocía el campo y el monte como el tío Dionisio. Sus caminatas de quince y veinte kilómetros cada día le permitían observar la naturaleza y acumular sabiduría muy útil para vivir. De la laguna se traía limo salado. En la rebusca, al paso por las fincas cosechadas, obtenía uvas para hacer su propio vino y olivas que prensaba para tener su aceite. En la cueva o silo donde vivía, situada en un cerro de la cimera del pueblo, debajo de un viñedo, poseía una habitación grande con tinajas para el vino y el aceite y con cestas de mimbre para otros frutos.

El tío Dionisio, siempre con su boina pegada a la cabeza y su mochila a la espalda, era asequible y apreciado por los niños. ¿Cómo no le iban a querer si les traía palulú, les tostaba almendras, les dejaba comer pasas dulces y, sobre todo, les permitía enredar con los pájaros? A un lado del tejadillo de la entrada a la cueva había entamado un palomar donde criaba palomas campestres y se beneficiaba de los huevos y los capones. En el otro lado tenía jaulas grandes, siempre limpias y con grano y agua para las perdices rojas. Las ocho o diez hembras ponedoras le proporcionaban huevos para dar y tomar y dos polladas de cuarenta o cincuenta ejemplares al año. La salida del cascarón y el correteo de los perdigones por una habitación acotada del silo hacían las delicias de los niños que, naturalmente, elegían su polluelo. El tío Donisio se los regalaba a condición de que los alimentaran y no les faltara agua.

La ceremonia de entrega requería un bautizo previo: el niño agarraba el perdigón que le gustaba, le ponía un nombre, le acariciaba el plumón y lo depositaba en una de las pequeñas jaulas de mimbre y albardín que el tío Dionisio confeccionaba en los días de mal tiempo. Dicho sea de paso, también tejía cestas que trocaba por hogazas de pan en la tahona. Cuando el valor de las cestas quedaba saldado, la panadera admitía huevos de palomas y de perdices. Eran pequeños, pero poseían unas proteínas tan alimenticias como los de las gallinas. El tendero Saturnino también los aceptaba como pago de cartones de leche y latas de sardinas.

Un día llegó la noticia de que gran parte del monte y sus estribaciones hacia el oeste iban a ser declaradas de interés para la defensa nacional y se convertirían en campo de tiro para los aviones de combate de las fuerzas aéreas propias y aliadas. Para entonces el tío Dionisio ya tenía algo de dinero, pues a raíz de la gran huelga general que dejó al reino sin televisión y a los capitalistas sin respiración, paralizando todas las empresas y actividades, el gobierno abrió la mano y concedió unas pensiones mínimas, no contributivas, a las personas mayores que habían cotizado poco y nada al seguro social por no tener trabajo. El tío Dionisio era una de ellas.

Ahora, con la tranquilidad de aquel ingreso regular, podía incluso subir al tren y llegarse a la capital, cosa que hizo para visitar a unos primos, a los que llevó productos del campo. Se compró además una pequeña grabadora, se llegó a la base aérea militar y desde el otro lado de las vallas de alambre que protegían las pistas de despegue y aterrizaje de los cazabombarderos, con mucho cuidado de que nadie lo viera, estuvo grabando el sonido brutal, ensordecedor de aquellos artefactos bélicos. Llenó de estridencias lejanas y cercanas dos cintas de una hora.

Ya en casa, enjauló palomas bravías (llegó a tener más de cuarenta), puso algunas trampas para cazar cuervos (también cayeron arrendajos) y los enjauló aparte. Durante días y días los adiestró a conveniencia: unos segundos antes de ponerles el grano y el agua hacía sonar por los altavoces del radiocasete el ruido de los motores de los aviones. Las palomas relacionaron enseguida el sonido con los suculentos granos molidos de maíz, los cuervos se mostraron más renuentes, pero al cabo de una semana ambas especies realizaban la sinapsis automática entre las estridencias y el condumio.

Un mes después, cuando apareció el primer caza en vuelo de reconocimiento a baja cota, el tío Dionisio dejó libres a los cuervos y soltó una docena de bravías, sin cesar por ello de adiestrar a más ejemplares. Los vuelos de observación se sucedieron durante un tiempo, para mayor enfado de los vecinos e irritación de sus representantes políticos municipales y regionales. Mientras tanto, las palomas, tordos y cuervos liberados en el monte por el tío Dionisio obedecían a su instinto, estrellándose contra las carlingas, radiadores y fuselajes de los aviones que aparecían a baja altura. El fenómeno preocupó a los aviadores y, finalmente, los técnicos determinaron que el riesgo de sufrir un accidente era elevado. Puesto que el reino disponía de zonas desérticas y tierras yermas para acotarlas como campo de tiro, el gobierno anunció que buscaría un emplazamiento mejor, pues se trataba de entrenarse para matar, no para morir en accidente por culpa de los pájaros. Después el presidente regional se colgó la medalla de haber salvado al pueblo, la comarca y la región del peligroso campo militar. ¡Qué tío!

Carabina

Cuentos y descuentos del sábado (16-09-2023).–Luis Díez

Las personas mayores se sentaban en unos poyos en la Traviesa, a la sombra del caserón de los sindicatos, y dejaban pasar el tiempo mano sobre mano como si ya lo hubieran hecho todo en la vida y no pudieran o quisieran hacer más. Su función era durar. ¿Para qué? Para seguir leyendo el periódico (los que aún tenían buena vista) y para contemplar las novedades. Una era la llegada del Galleguín. Estacionaba su Land-Rover en un lado de la Traviesa (le llamaban así porque era un espacio ancho, atravesado por cuatro calles de tierra), tocaba varias veces el claxon para avisar al vecindario de su presencia, se apeaba o, más bien, se descolgaba de su potente vehículo, pues era de corta estatura. A continuación abría el portón trasero y esperaba a la clientela, en su mayoría mujeres deseosas de contemplar los rodillos de telas de los más variados colores y texturas, perfectamente ordenados en los anaqueles del furgón. El Galleguín era simpático y listo, le gustaba regatear, ponía un precio alto y luego, según viera el percal, iba bajando hasta cerrar el trato con beneficio y unos botones, una cremallera o una bobina de hilo de regalo. La aparición del pequeño hombre del Land-Rover se registraba siempre dos o tres semanas antes de las fiestas del pueblo, pues como buen vendedor sabía que ninguna moza con algún posible renunciaba a estrenar vestido el día de San Roque. Las mujeres más habilidosas copiaban los patrones de Burda Moden y se confeccionaban unas prendas primorosas. Las menos mañosas recibían ayuda de las otras. Lógico.

Otras novedades de La Traviesa eran la llegada de maleteros, hombres curtidos que recorrían los caminos en bicicleta (y en burro) con una o dos maletas en el portabultos. Las colocaban sobre unas lastras, las abrían y mostraban su contenido: maquinillas de afeitar, cajitas con cuchillas, tijeras, navajas, corta uñas, sacacorchos, rollos de tanza, anzuelos de pescar, abrelatas, naipes, jabones aromáticos, frascos de perfume, tarritos de rímel, lapiceros de carmín, bisutería variada para alegrar la cara. Los hojalateros o estañadores llegaban también en bicicleta, el vehículo por antonomasia de los afiladores, que anunciaban con sus trinos y a voz en grito sus servicios.

Aquella gente mercantil era entretenida, aunque no tanto como los niños que aparecían el pueblo en los meses de verano y correteaban por La Traviesa detrás de un balón. Los ancianos solían llamar a alguno: “¡Guaje, ven acá!” El niño se acercaba y el anciano o la anciana le preguntaban: “¿Tú de quién eres?” Casi ningún crío entendía la pregunta y se quedaba en suspenso. Entonces un abuelo decía: “Tú eres de los Bartolos”. Y otro añadía: “Qué va, hombre, este tiene pinta de ser los Carabinas”. Algunas veces se acumulaban cinco opiniones distintas, como si los de mayor edad fueran aficionados a los acertijos o disfrutaran compitiendo a fisonomistas. El chaval casi nunca sabía el mote de sus ancestros. Era un niño de ciudad y las segundas y terceras generaciones de urbanitas olvidan para siempre los apodos familiares de los pueblos.

El asunto del mote era en mi pueblo menos complicado que Vigàta (Sicilia), donde traía de cabeza a la policía y a la administración judicial. Contaba Andrea Camilleri que en la isla italiana un tal Filippo Nuara, por ejemplo, será llamado por todos, empezando por sus padres y parientes, Nicola Nuara, nombre que, a su vez, será cambiado por el diminutivo de Cola Nuara, de modo que comenzarán a coexistir dos personas distintas, la de los documentos legales y la otra. Y si el tal Nuara habla poco, enseguida recibirá el mote: Cola Zoppo (aburrido) o como cojee un poco será llamado Cola Ticche Tacche (garrapata). No, mi pueblo no era la Vigàta del comisario Montalbano, pero allí cada familia tenía su marca registrada de acuerdo con alguna característica o algún acontecimiento: los habaneros, los criaturas, los albardines, los chopos y por ahí para allá. Finalmente preguntaban al niño el nombre y los apellidos de sus padres y resolvían el acertijo: “Entonces eres un Carabina”. Y le daban un caramelo.