Archivo por meses: septiembre 2024

C3.– Maneras de matar

NOVELA DE ENTRETIEMPO POR ENTREGAS/Luis Díez

Merche repasaba el informe de los peritos: tres folios sobre el incendio y la calcinación del coche con la víctima convertida en ceniza. Ningún testimonio.

–Con esto no vamos a ninguna parte –dijo, elevando la vista hacia Tilo y alargándole los papeles.

–Esperemos que el forense nos de algo –susurró Tilo.

Merche negó con la cabeza.

–En este caso toda espera va a ser espera de seguir esperando –dijo.

–Poca confianza tienes en el galeno –repuso el inspector.

Estaban en uno de aquellos despachos acristalados que llamaban peceras, cada cual en su mesa, revisando los informes sobre los últimos asesinatos de inmigrantes sin techo. Tres muertes en menos de un mes habían encendido las alarmas de las organización políticas y sociales de centro-izquierda. Liberales, socialdemócratas, socialistas y otrora eurocomunistas alzaban la voz exigiendo al Gobierno medidas de protección para los migrantes sin techo y reclamando el arresto de los asesinos. O por lo menos alguna detención. El Ejecutivo respondía pidiendo confianza en la policía. Lógico. ¿Qué otra cosa podía pedir? Ardua tarea la que les había caído encima.

Los dos casos anteriores a la calcinación del hombre que dormía en un coche estaban en manos de las dos parejas de homicidios compuestas por Leo y Fabiola y por Marcos y Rosado. Por cierto que el subinspector Rosado, un agente que había fungido diez años en los “estupas” antes de pasar a homicidios, se mostró renuente a dejarles los expedientes del caso que llevaban él y Marcos. Era como si temiera algún reproche a su trabajo. Tilo lo tranquilizó:

–Será media hora; solo nos interesan los procedimientos de los asesinos.

–Ese tío es un vago de narices –comentó después a Merche, al comprobar el escaso, casi nulo, trabajo de campo realizado sobre el africano asesinado de un tiro de pistola con silenciador mientras dormía entre cartones en el pasadizo de la plaza de Colón.

–Y un facha de narices –añadió ella–, un ultra redomado y el menos indicado para investigar estos crímenes de odio. A poco que rasques a Marcos tendrás la confirmación. Para él todos los inmigrantes son mierda, “moro-mierda”, “negratas de mierda”, “panchitos de mierda”… Menudo pájaro.

Los asesinatos tenían en común la hora de las ejecuciones, entre las tres y las cuatro de la noche, cuando la ciudad dormía y, al parecer, las patrullas policiales se dedicaban a otros cometidos. Dos habían sido perpetrados en un área urbana de menos de tres kilómetros entre sí, uno en el pasadizo subterráneo de la plaza de Colón, otro, también mientras dormía en el túnel peatonal entre la Puerta de Alcalá y el parque del Retiro, y el tercero, el que les tocaba investigar a ellos, en un coche aparcado en una calle estrecha, sin salida, detrás de la plaza de toros de Las Ventas.

Tres meses antes había fallecido por ingerir veneno un joven senegalés en el parking de la terminal internacional del aeropuerto Adolfo Suárez, en Barajas, donde era empleado sin contrato en la tarea de lavar y limpiar coches por parte de una agencia de alquiler. Nadie reclamó el cadáver y la muerte fue calificada de suicidio.

A Tilo le extrañó que un tipo que se juega la vida para llegar al llamado primer mundo se acabe suicidando cuando ya ha alcanzado su objetivo. Y también le extrañó que los asesinos, los que fueran, emplearan armas diferentes en cada crimen.

–Es probable que sean grupos distintos –opinó Merche.

–O que quieran que creamos eso –repuso Tilo.

–¿Crees que estamos ante cruzada a sangre y fuego contra la inmigración?

–Nada es casual, Merche. Pero ya que me preguntas, no sería descabellado pensar que estamos ante una guerra no declarada contra los inmigrantes del sur, los primeros compases de otra Guerra de la Reconquista quinientos y pico años después –dijo el inspector, consciente de su exageración.

Merche evitó seguirle el juego y guardó silencio. Había comenzado a visionar en la pantalla de su ordenador el video y las fotografías realizadas por los bomberos sobre el coche calcinado. Tilo se centró entre tanto en la lectura del informe de tres folios, elaborado por los peritos. Los asesinos lo tuvieron fácil. Llegaron pasadas las tres horas de la madrugada al coche donde dormía el hombre en el asiento reclinado del acompañante del conductor, abrieron la portañuela, lo rociaron con alcohol de quemar, le prendieron fuego y cerraron. Para asegurarse de que no escapara se mantuvieron presionando las dos puertas del vehículo hasta que, en pocos minutos, las llamas y el humo convirtieron el habitáculo en un infierno.

El inspector masculló un insulto.

–¿Decías algo?

–Si, que esos canallas no se van a ir de rositas.

–Mira esto –le indicó Merche.

En la pantalla del ordenador se veía una instantánea del coche quemado. En el interior de las chapas ennegrecidas se distinguía algo parecido a un saco de ceniza. Era el cuerpo calcinado del hombre.

C2.–El coronel de prominente mentón

NOVELA DE ENTRETIEMPO/ Luis Díez.

El inspector Tilo Datil vio por primera vez en su vida aquel rostro huesudo, con mentón prominente, en el Luci-Bombón. El agente entraba a cafetearse con su compañera Merche Tascón cuando un colega de información antiterrorista le saludó con gesto manual y le indicó que se acercase. Él correspondió.

–Buenos días, señores –dijo mirando al desconocido de mentón prominente antes de preguntar al que le había citado–: ¿Qué pasa Manuel?

–Estamos haciendo un pequeño sondeo y queremos saber tu opinión sobre el carajal de anoche.

–Si te refieres a la pitada al Rey en la final Barça-Bilbao, no tengo opinión.

–Tranquilo, estamos en familia –le animó el colega.

–No sois de mi familia ni yo de la vuestra.

–Vale, tío, pues en confianza…

–No me llames tío, no soy familiar tuyo. Agur.

El inspector les dio la espalda y se dirigió a la mesa donde su compañera esperaba a que les sirvieran los cafés y los pinchos de tortilla que se tomaban a media mañana. También ella se había fijado en el desconocido.

–¿Qué querían? –le preguntó.

–Fastidiar.

–Si, pero cómo –insistió.

–Estaban interesados en saber qué me pareció la gran pitada de vascos y catalanes a su Enormidad en el partido de fútbol de ayer. Para una vez que el preboste se gana el sueldo…

–¿No les habrás dicho que te pareció bien?

–¡Qué va! Pero no creo que sea posible detener y procesar por injurias al jefe del Estado a sesenta y pico mil personas, como quieren algunos, jeje.

Merche se quedó con la cara del desconocido de fauces duras. Poco después sabía quién era y volvió a preguntar al inspector:

–Oye, ¿no les habrás dicho a esos alguna tontería sobre la soberana pitada, verdad?

–¿Por qué insistes en eso?

–Porque el que estaba con los de información era maloliente.

–Me pareció lustroso y acicalado.

–De usos malolientes –precisó Merche.

–No te entiendo.

–Ropa sucia, vaya; un miembro del SIE (Servicio de Inteligencia del Estado) que responde al nombre de coronel Martín Dosbarrios López del Arenal –dijo finalmente la subinspectora.

–¿Cómo lo sabes?

–Me lo ha dicho el inspector Rosado. Al parecer, es primo de Muñoz –añadió.

Tilo recordó la frase del agente Manuel Muñoz: “Estamos en familia”. Y puesto que la pitada al coronado era objeto de comentario en todos los bares del país, restó importancia al desencuentro en el Luci-Bombón.

Ya al atardecer, en el autobús de regreso a casa, un tiempo muerto que el inspector solía emplear en leer o hacer balance mental de la jornada, según los casos, se preguntó la razón por la que aquel colega le había pedido que se significara como monárquico o antimonárquico delante del espía del SIE. Sabía, porque lo había leído en libros sobre el tránsito de la dictadura militar a la democracia representativa, que los servicios secretos del Estado tenían el encargo de pulsar la opinión de los mandos militares y de mantener bien informados al presidente del Gobierno y al Rey sobre las tramas que contra la democracia iban tejiendo en los cuartos de banderas los numerosos generales y coroneles partidarios de la “mano dura” y la continuidad de la dictadura.

Pero aquella práctica de elaborar “estados de opinión” secretos para proteger a la incipiente democracia y también al monarca, considerado el avalista principal de los avances de derechos y libertades, le parecía ya tan absurda como innecesaria. Si entonces resultaba vital saber si los mandos militares y policiales, procedentes del Ejército, querían o no al Rey, y dentro de los primeros, cuántos apostaban por una dictadura coronada que les mantuviera como “columna vertebral de la Patria”, ahora no hacía falta preguntar, ni en familia ni en confianza, sobre la aceptación del sistema. La libertad de pensamiento y expresión son derechos consolidados. Nacen con el individuo y hoy parecen irreversibles. Cada cual puede opinar en público lo que le parezca. Abundan los opinadores de oficio, claro está; los que emiten y divulgan opiniones y falacias al dictado de dirigentes políticos, económicos y religiosos… Son legión los que opinan al tuntún, sin pensamiento cabal previo. Con razón escribió Antonio Machado: “De cada diez cabezas, nueve embisten y una piensa”. Pero algo hemos avanzado: el secular golpismo de los espadones patrios (siglos XIX y XX) quedó arrumbado.

Advirtió que se había desviado del asunto aunque, ya en el tobogán de las lecturas y los vagos recuerdos, siguió pensando en el estigma (maldición o lo que sea) del golpismo y la criminalidad impune de los cachorros de la extrema derecha durante la llamada Transición. Con solo leer el libro del periodista Mariano Sánchez Soler, La sangrienta transición, quedaba claro el equívoco de Jorge Manrique: “Cualquier tiempo pasado fue mejor”. “A mi parecer, no”, se dijo.

Por lo demás pensó que jornada había sido menos satisfactoria de lo deseado, pues la comisaria le negó el permiso de una semana (el chupetín era la compensación por las horas de más trabajadas) y le asignó al Caso Monos. El nombre de esa investigación le molestaba profundamente; aunque las víctimas fueran los últimos monos entre los parias de la tierra, merecían más respeto que los simios, y por eso envió una nota a la superioridad pidiendo que se anulara ese nombre. No obtuvo respuesta.

Al entrar en el portal de casa, Tilo echó de menos a la dulce Amali. Suponía que la olvidaría enseguida, pero había pasado un año desde que su joven y amable inquilina aprobó las oposiciones y la asignaron a los juzgados de Almería, y seguía acordándose de ella. Oyó gemir a Mingus y se apresuró escaleras arriba, lanzando reclamos de golondrina: “¡Uit, uit!” En cuanto abrió la puerta, el cocker le saludó a su manera: golpeándole los testículos con las patas delanteras. Luego salió disparado, escaleras abajo, soltando ladridos de regocijo.

El inspector se quitó la corbata, agarró la correa, cerró la puerta y bajó tras él. Condujo al can hacia el parque, esperó en la campa de los pinos a que soltara el marrón, lo recogió con una pequeña bolsa, lo depositó en la papelera y se encaminó hacia la terraza del Dulce, donde, como de costumbre, le esperaba el arabista Jorge Morales para libar una cerveza conversada.

–Hoy he conocido a uno de esos tíos raros para los que trabajas de vez en cuando.

–En el SIE son todos raros, ¿cómo se llama? –se interesó Morales, quien, de tarde en tarde era contratado por horas como traductor de los servicios de inteligencia.

–Le dicen coronel Martín Dosbarrios no se qué más. ¿Te suena?

–Así, a bote pronto, ni flores… ¿Qué quería?

–Nada especial; estaba con dos maderos de información en el Luci-Bombón haciendo un pequeño sondeo sobre la pitada del domingo a su Enormidad y me preguntaron qué opinaba. La verdad es que no tenía mayor importancia, pero me mosqueó un poco.

–¿Cuánto tiempo estuviste en el café? –se interesó Morales.

–Unos quince minutos.

–¿Y en ese tiempo preguntaron a otros?

–Creo que no.

–Entonces querían otra cosa.

Tilo arrugó el entrecejo en señal de extrañeza y el traductor de árabe aventuró que seguramente el mencionado coronel quería inmortalizar su cara en unas instantáneas de teléfono móvil.

–No veo para qué –dijo Tilo.

–Para nada bueno. Intentaré enterarme en qué departamento está.

–No te esfuerces, no vale la pena.

–Esa gente es peligrosa, Tilo.

No dedicaron más tiempo a la extraña materia. A Tilo le preocupaba el nuevo cometido urgente que la comisaria le había asignado, a él y a su compañera Merche, como si fueran insuficientes los cuatro agentes que se ocupaban de la investigación de la muerte de varios africanos indocumentados, “ilegales” les llamaban.

–Hasta hace poco, los mandos nos pedían “mano dura” contra los inmigrantes indocumentados y ahora nos urgen la aclaración de esos crímenes y la detención urgente de los culpables porque la “alarma social” está creciendo –comentó Tilo.

–Los mandos obedecen a sus señoritos, los políticos que les colocan en el cargo –dijo Morales.

–Lo que me alarma de verdad son los mensajes de esos jichos de la ultraderecha, sembrando odio contra los inmigrantes. Sin correctivos ejemplares a esos patriotas de hojalata que difunden bulos venenosos en redes sociales y panfletos digitales mucho me temo que la criminalidad racista y por otros motivos de odio, incluido el religioso, va a ser imparable –afirmó Tilo.

Al hilo de las consideraciones del inspector, Morales recordó haber oído en la sede central del SIE algún comentario sobre el “desasosiego social” que provocan los inmigrantes sin papeles y sobre la necesidad de tomar cartas en el asunto.

–No me consta que los Servicios Secretos del Estado realicen cometidos sobre inmigración en el interior del país a no ser en casos de sospecha fundada de que se haya colado algún terrorista –dijo Tilo.

–Pues tengo la impresión de que te equivocas… Esa gente está en el ajo de los problemas principales del país y, según las encuestas, la inmigración es el cuarto o quinto motivo de preocupación ciudadana –aseguró Morales en voz baja y con toda seriedad.

–¿Cómo lo sabes?

–Toco de oído, pero esos tipos dedican desde hace tiempo elementos operativos a asustar, o sea, aterrar, a los pobres desgraciados para que se larguen, desaparezcan y, desde luego, no hablen bien de nuestro país con sus familiares del otro lado del mar. Parece ser que su principal contribución consiste en combatir «el efecto llamada» –afirmó el arabista.

La conversación quedó en suspenso con la llegada de Frantiska, compañera sentimental del amigo Morales, una checa de algo más de treinta años, de una belleza deslumbrante.

–Tengo otra adivinanza para ti –dijo a Tilo después de saludar y depositar un pico de gorrión en los labios de Jorge.

–¿A ver?

–Adivina adivinanza: ¿Adonde vuelven Ruth y Tina después de las vacaciones?

–A la rutina –respondió Tilo–. Ahora yo: “Un tipo mitad ocre, mitad no, ¿qué es?”

Ella colocó un mechón del liso cabello trigueño detrás de la oreja izquierda y, de pronto, exclamó:

–¡Mediocre!
A Frantiska, una verdadera pentecostés dotada del don de lenguas, le encantaban los juegos de palabras. Y, dicho sea de paso, a Mingus le encantaba Frantiska y se esforzaba en olisquear su entrepierna.

Capítulo1.–Ojos de lignito

NOVELA DE ENTRETIEMPO.–Vuelven Tilo Dátil y Merche Tascón. Han de investigar la muerte de un inmigrante indocumentado cuando dormía en el interior de un coche. Los crímenes de odio contra los africanos se han cobrado cinco víctimas sin techo en los últimos tiempos. Las autoridades tratan de enfriar la alarma social y exigen detenciones. Pero no es fácil. Los asesinos no dejan huellas ni un cabo suelto, un hilo del que tirar para llegar a un ovillo que los investigadores suponen bien apretado y muy protegido.

1.–El coronel Martín Dosbarrios López del Arenal (a saber su verdadero nombre) se sentía orgulloso de su obra. Lógico. Diga usted que no es nada fácil, sino muy difícil acertar con los fichajes. Pero con aquel pollo había dado en el clavo.

Recordó su vista al instituto de enseñanza media. El centro estaba en un distrito aceptable, tranquilo, bien pavimentado, poblado por trabajadores cualificados (técnicos), clase media acomodada. Los jóvenes llevaban ropa de marca y zapatillas caras. Su charla a los estudiantes, unos cuarenta, fue una más de la tantas veces repetida sobre una materia que otrora llamaban “formación del espíritu nacional” y ahora denominaban con mayúscula “Conciencia de la Defensa Nacional”. Se trataba de informar a aquellos jóvenes de dieciséis a dieciocho años de los medios de los que disponía el Estado para proteger a la sociedad y de hacerles conscientes de que la seguridad es una condición necesaria para el ejercicio de la libertad. Sin los instrumentos de defensa del sistema constitucional de derechos, deberes y libertades, el Estado democrático caería hecho añicos y sería sustituido por la ley del más fuerte. A continuación les decía que el Estado somos todos, sois vosotros; describía las distintas herramientas de defensa, con especial referencia al Servicio de Inteligencia. Y luego, ya consciente de la atracción de aquellos pollos hacia el término “secreto” y hacia el lema de la organización –“Saber para vencer”–, se sometía a sus preguntas.

El procedimiento de recluta de futuros agentes se mantenía año tras año. Los interesados en recibir más información y, eventualmente alistarse y hacer carrera como miembros de los Servicios Secretos, anotaban su filiación, teléfono y dirección en la libreta de bolsillo que el coronel les entregaba y ellos hacían circular de mesa en mesa. La cosecha en aquel centro público de enseñanza media fue aceptable: tres chicas y tres chicos. El último, el que le devolvió la libreta al estrado y ya no se separó de él hasta que cruzó los patios de recreo y salió a la puerta de la calle, era un chaval mofletudo, imberbe, ojos de lignito, al que le interesaba mucho, muchísimo, la materia. “Espía es lo mejor que puedo ser en la vida”. Eso le dijo.

El coronel recordó que aquella tarde se vio sorprendido por una llamada telefónica de ojos de lignito. ¿Cómo rayos había obtenido su numero de teléfono? El jefe de estudios del instituto le aseguró que él no se lo había facilitado.

–¿Suele cerrar su despacho con llave?

–No, nunca –contestó el profesor.

–Entonces lo vio en su agenda o en algún papel donde lo haya anotado –dedujo el coronel.

–Harto difícil: no escribo números.

–¡Qué memoria la suya!

–Mnemotecnia, mucho mejor que la inteligencia artificial.

Ahora, cuando ya había pasado mucha agua bajo los puentes, reconocería el coronel su incapacidad para averiguar cómo consiguió aquel pollo los dígitos de su teléfono secreto. Al día siguiente citó fuera del horario lectivo a los seis estudiantes interesados en servir a la patria. Comparecieron las tres chicas y los tres chicos. Los invitó a ocupar las mesas de la sala de aquel piso franco, a abrir las pantallas de los ordenadores y a hacerse una foto. Luego, como de costumbre, les pidió que fueran pensando un “nombre de guerra” para utilizarlo en la primera misión que les iba a encomendar a modo de prueba. Después de una breve plática les facilitó el nombre y los apellidos de un ciudadano cuyo número de teléfono móvil tenían que averiguar en diez minutos. Enseguida se lanzaron a navegar por Internet para realizar su cometido. El tiempo era escaso, pero tres minutos después, ojos de lignito clicó con el ratón, alzó su rostro mofletudo y exclamó: “Lo tengo”. El coronel se sorprendió. Pero antes de que pudiera abrir la boca, el hábil aspirante le espetó: “¿De verdad vamos a espiar al ministro de Fomento?” Y un instante después sonó la melodía de Imagine de John Lennon en el teléfono de Ojos de Lignito.

–¿Usted tiene una moto de alta cilindrada, verdad? –preguntó al interlocutor después de saludarle por su nombre e identificarse como miembro de una patrulla de la Guardia Civil de Tráfico. Tras oír la respuesta, el joven deletreó cuatro números y tres letras. Y ante las explicaciones del ciudadano ministro de Fomento, prorrumpió en disculpas por el error y remató la jugada diciendo: “Nos alegramos enormemente de que la motocicleta robada que hemos interceptado no sea la suya”.

El coronel se vio gratamente impresionado por la habilidad de aquel muchacho y se sorprendió de que supiera mentir como decía Graham Greene: de modo que nadie pudiera distinguir sus mentiras de las verdades del Evangelio. Sin duda se hallaba ante una rara avis, un sujeto con unas cualidades excepcionales para averiguar lo que hiciese falta. Así que al terminar la tercera y última sesión informativa, elaboró un informe tan favorable sobre el recluta que llegó a escribir que su cabeza era una mina de oro para el servicio.

Hasta ahí la intervención personal del coronel, aunque podía añadir y añadió que un capitán de la agrupación operativa cuyo nombre supuesto era Agustín Cierto (por si deseaba confirmarlo) se ocupó de tutelar y adiestrar al muchacho. Pasó el tiempo, pero los medios de comunicación social le impedieron olvidarse de él, pues un día le veía en la pantalla de televisión en un acto del partido político derechista a pocos metros del presidente del Gobierno. Pocos sabían quién era en realidad, pero él sí. Daba bien ante las cámaras. Sus mofletes gordejuelos y su expresión relajada le conferían un aire de inocencia superlativa. Otro día apareció en las fotografías de los periódicos en una recepción oficial de aquel gandul con bigotes y calzas de ir más alto. Pero su sorpresa llegó a lo más alto del podio cuando, dos años después le volvió a ver sentado en un sofá casero con el vicepresidente de la Confederación Empresarial, un personaje que poseía varios locales de restauración en la capital del reino y se estaba forrando con contratas de cafeterías y restaurantes en numerosos centros oficiales. Aunque aquel contratista era digno de atención en sí mismo, poseía un valor especial como amigo personal del Rey.

En este punto el coronel se sintió obligado a invertir unos minutos de su escaso tiempo en explicar que el contratista mandibulario poseía un campo de tiro privado entre Zarzuela y El Pardo donde Su Enormidad afinaba la puntería y le daba gusto al gatillo. Conocida es la afición del coronado a la caza mayor, y en este sentido diga usted que la mayor posible son los elefantes de la reserva de caza de Moremi, en el delta del Okavango (Botsuana). Se comprende que los amigos (y amigas íntimas) de cacería de la persona que ocupa el vértice superior del Estado (“nosotros la llamamos A”) posean gran interés para los servicios de protección. Diga usted, además, que un señor cuyo objetivo vital es pasarlo bien consume gran cantidad de agentes.

El coronel calibró el riesgo de volverse incompatible con la paciencia de su señoría, quien le había concedido media hora y se mantenía en silencio desde que le saludó y le invitó a subir a la berlina. Puesto que el conductor había dado la vuelta en un cambio de sentido cercano al circuito de velocidad del Jarama y estaba a punto de llegar de regreso a la Plaza de Castilla, el coronel abrevió su intercesión por Ojos de Lignito ante el magistrado ponente del Tribunal Supremo. Si el joven agente secreto se había citado con un empresario gallego en aquel restaurante de Ribadeo (Lugo) en calidad de alto cargo enviado por la Vicepresidencia del Gobierno y la Casa Real, se debía, sin duda, a las necesidades del servicio. Ciertamente algún servicio secreto enemigo o, cuando menos, poco amistoso, destapó al agente y lo denunció para quitarlo de en medio, lo que nosotros llamamos “quemarlo”. El conductor detuvo el vehículo en “el Paco”, el mismo lugar donde lo había recogido, el lateral de los Nuevos Ministerios donde antes se alzaba la estatua ecuestre del dictador generalísimo. El magistrado lo despidió con un gesto amistoso. Ni una palabra por temor a ser grabado. ¡Qué tío!

Fechas después, el coronel sintió deseos de conceder la medalla de oro al magistrado ponente cuando leyó la sentencia del Supremo exculpando a Ojos de Lignito. El lanzamiento de jabalina había superado la distancia esperada. El alto tribunal declaraba que no hubo delito de usurpación de funciones públicas porque la conducta realizada por el acusado consistió en una única acción de suplantación de un cargo que no existe cual era el enlace entre la Vicepresidencia del Gobierno y la Casa Real. Además, la acción del acusado carecía de la nota de pluralidad que demanda el Código Penal; se trataba de una comida sin contenido político o económico que no encaja en el concepto de acto oficial. La conjunción de estos factores no posibilita el encaje del hecho en el delito de usurpación de funciones públicas. La sentencia concluía: “Se realizó un simple acto de jactancia, atípico penalmente”.

Ya anulada la pena de cuatro años de prisión a la que había sido condenado por la Audiencia Provincial, Ojos de Lignito recibiría una nueva identidad, le modificarían el rostro para borrar su semblante aniñado, le suministrarían algún fármaco para estimular el crecimiento de la barba y lo devolverían al servicio con musculatura de gimnasio y fisonomía diferente. Después de todo, resultaba difícil encontrar y fichar a un tipo como aquel, capaz de simular con toda naturalidad hasta cuatro personalidades distintas, de infiltrarse en los ambientes más selectos de la bribonería económica y fiscal, la aristocracia, el patriotismo opulento y, también, de realizar operaciones de alto riesgo y máxima punibilidad.

 

Algo pasa en Nueva York

Cuentos y descuentos del sábado (7-9-2024).– Luis Díez

Fiol abrió el sobre. Luisa le decía: “Me he sentido inspirada en Nueva York y con permiso del inigualable Federico García Lorca me ha salido esta letrilla rapera:

¿Qué pasa?

Pasa un camión con una grúa,

hombres araña, limpiacristales,

la torre Trump y las gemelas, que ya no están.

Pasa la estatua de la Libertad, tan admirada,

y el Oculus, ojo del culo, de Calatrava, con sus goteras.

¿Qué pasa? ¿Qué pasa?

Especuladores en limusinas y cadillacs,

pasan notables y pordioseros,

un río de gente, un hombre anuncio que compra oro,

un cincuentón marcando paquete,

chicas modosas y señoritas muy a la moda,

un Seat Ibiza muy sospechoso,

un camarero, un terrorista, una eminencia, una molécula,

los estorninos que van volando hacia otro lado.

¿Qué pasa? ¿Qué pasa?

Pasa una avispa, pasa Lenin que ni clavado,

pasan chavales, pasan rodando sobre artificios,

titis y churris y unos mormones con sus peinados,

pasan los tontos contemporáneos, los musculosos,

los anodinos, los paticortos, negros y blancos

pasan las kelis, los comerciantes y gente obrera,

pasan chiquillos y policías con sus sonidos,

pasa la vida, muera la guerra, el ecocidio, el esclavismo…”

Ahí se interrumpe la tabarra, se acaba la carta. Marisa adjunta una fotografía urbana que invita a fijarse en dos mujeres que acaban de salir de un automóvil en la Quinta Avenida. «¿Sabes quiénes son?», pregunta. «La hija de Trump y su amiga Wendi Deng, La Tigresa china«. La instantánea le permite reconocer a Ivanka Trump. Su acompañante de almendrados ojos posee, según le explica Marisa, una historia formidable de conquistas amorosas. Su segunda conquista, tras el ingeniero que la sacó de China, se llamaba Rupert Murdoch. La tercera, tras el propietario de News Corporation, fue el primer ministro británico Tony Blair, quien bebió los vientos por Wendi y acabó divorciándose de su esposa. Pero la Tigresa china no se conformó y ahora es amante de Vladimir Putin, un criminal de guerra con rostro de víbora. “Si tienes en cuenta la relación de Ivanka con Wendi y que el marido de Ivanka y consejero de Trump hace negocios con ella, comprenderás el calado de las relaciones entre el expresidente y candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos y el belicoso presidente ruso”. Impresionado se sintió Fiol por la información.