25.–Anda entre ‘rambitos’ y ‘superpumas’

De INTRODUCCIÓN AL ABUELO

La guerra en los Balcanes mantuvo al Abuelo en un frecuente ir y venir a las distintas zonas en las que, en la última década del siglo XX, se desplegaban las tropas españolas con el mandato de la comunidad internacional (ONU, OSCE y OTAN) de imponer la paz. El antiguo ejército yugoslavo se desmembraba del mismo modo que el mosaico de pueblos que habían formado aquella federación en la península yugoslava. Desde Belgrado, capital de Serbia, ordenaban combatir sin piedad a los separatistas croatas, bosnios y kosovares, atacaban poblaciones y exterminaban a los habitantes. Eran guerras sin prisioneros. Desde Zagreb, la capital de Croacia, empleaban una crueldad similar. La “limpieza étnica” cabalgaba con la guadaña al hombro, espoleada por la fuerza del odio más absurdo, nacionalista, entre vecinos y hermanos. Los campesinos de uno y otro signo y credo religioso destruían sus casas, haciendo estallar bombonas de gas, antes de salir huyendo para que no les mataran. En Split, la moderna ciudad turística croata del Adriático, los grandes hoteles estaban repletos de familias desplazadas que lo habían perdido todo menos la vida. Allí, a unos pocos kilómetros del frente, los periodistas recibían los partes de las operaciones bélicas y de las misiones de protección de las tropas de paz para hacer llegar la ayuda alimentaria a las poblaciones cercadas. El bloqueo de Sarajevo, capital de Bosnia y Herzegovina, y la lucha a cañonazos por el control del aeropuerto y de las distintas zonas de la ciudad era lo más cruel, ruin y morboso que acontecía en la civilizada Europa desde el final del nazismo y el fascismo. Impresionaba el sufrimiento de aquella gente indefensa que sobrevivía, aislada y acosada, entre los escombros provocados por las granadas de mortero y caía abatida por los francotiradores a cualquier hora y en cualquier calle cuando salía a buscar agua y alimentos. Cuando T me describía aquella situación ya el cine y la literatura habían narrado con detalle el cerco a Sarajevo, incluida la destrucción de su biblioteca, una joya de la humanidad. De ahí que evitara profundizar. En Split coincidió con algunos corresponsales, casi siempre los mismos enviados a los distintos conflictos por los distintos medios de comunicación europeos y americanos. El de la televisión estatal española, al que llamaban Rambito, imprimía emoción a sus crónicas por el procedimiento de encasquetarse, cubrir el pecho y la espalda con un chaleco antibalas, salir del hotel en compañía de su reportero gráfico y pagar a unos elementos armados para que dispararan ráfagas de ametralladoras y tiros de pistola al aire mientras grababa la entradilla de su crónica. Los tiros indicaban (a los espectadores) la cercanía del frente y añadían la impresión de que el periodista se jugaba la vida informando a pie de obra. ¡Qué tío! ¡Un reportero valiente como no había otro! Un día llegó su relevo, una mujer joven, inteligente, con más ética profesional y mayor experiencia que él en relatar tragedias bélicas. Pero él no se quería marchar. Se negó a entregar el micrófono a su compañera y porfió con los mandos de la televisora para evitar que le repatriaran. No lo consiguió. Se soliviantó, se despidió y se entregó a la escritura de un relato sobre la tribu de los reporteros de guerra, que conocía bien, y a los que se esfuerza en desmitificar. El opúsculo tuvo éxito, pues el autor era conocido gracias a la televisión, y aquel Rambito aprovechó el tirón y se dedicó a producir relatos de capa y espada, con tan buena suerte que, al cambiar el siglo, lo ingresaron en la Real Academia Española (RAE) de la lengua con la letra T, de tarambana. Con ello el Abuelo quería decir que los desequilibrios físicos y psíquicos y el mal humor eran frecuentes entre los enviados a contar los efectos de las guerras y de las catástrofes naturales. Una vez le tocó ir a cubrir un terremoto en las montañas de la Cachemira paquistaní. Ya estaban sentados en el helicóptero Mi-8 de los servicios sanitarios de la Media Luna Roja para viajar a la zona del desastre. El Mi-8 era un aparato de fabricación rusa, resistente y fiable. Aunque aquel tenía el piso de madera y los asientos rajados como si hubieran sido acuchillados, era una aeronave tan segura como la mejor y muy popular entre los rusos, que le llamaban Vasilisa, como a las mulas de carga con alas. Cada uno ocupaba su sitio en los asientos corridos, con los respaldos pegados al fuselaje. Algunos colegas metían los dedos por las rajas de las butacas, arrancaban pequeños trozos de esponja, formaban bolitas y se las lanzaban a los de enfrente. El piloto, un indio flaco con ojeras, cerró la puerta del aparato, subió a la plataforma elevada que le separaba de los pasajeros, ocupó su asiento, se colocó los auriculares y el micrófono de comunicación con la torre y activó el rotor. El aparato tembló con ganas de salir volando. Alguien gritó: “Vamos que nos vamos”. El helicóptero echó a rodar. En ese instante, un colega de Radio Nacional de España se soltó el cinturón de seguridad, se precipitó hacia la portañuela, abrió y saltó al duro cemento del aeropuerto de Islamabad-Rawalpindi. Los sorprendió a todos. También, al piloto, que masculló un improperio en su idioma. La verdad es que el colega era un tipo taciturno y enigmático. Hablaba poco y parecía muy enamorado de su voz. Le vimos correr hacia la terminal del aeropuerto mientras nos elevábamos rumbo a las montañas de tierra roja cuyos habitantes, gente muy pobre (casi todos lo eran en aquel país), habían sufrido los efectos del fuerte terremoto. Allí fue –decía T– donde quisieron venderme a Paka, una niña de nueve años, cuya familia había desaparecido en un poblado engullido por la montaña. Ella se salvó porque cuando la tierra se movió y la montaña arcillosa cayó sobre el pueblo estaba lejos, apacentando unas cabras. La habría comprado si una colega con experiencia en adopciones no le hubiera conminado: “No lo hagas”, e informado de las complicaciones burocráticas para llevarla consigo a Madrid. Ante el temor de que se la quitaran, le dio un puñado de rupias a la mujer que se la vendía para que se ocupara de ella y le prometió enviarle una cantidad mensual hasta que se hiciera moza. Cumplió su palabra, verificó regularmente que Paka recibía la ayuda. Creció y estudió enfermería. Esto ocurrió después de observar a vista de pájaro los efectos de los intensos temblores de tierra, las casas de los campesinos convertidas en montoncitos de tierra, las carreteras y caminos borrados de la faz del suelo, los ríos y arroyos desviados de sus cauces. De algunos pueblos enterrados por el derrumbe de aquellos montes terrosos quedaba algún vestigio, alguna casa orillada y maltrecha. De otros, con mejor suerte, se apreciaban las casas derribadas y los escombros empujados hacia el valle. Las consecuencias del terremoto encogían el alma. No podíamos hacer nada, sólo calcular la cifra de muertos y desaparecidos a partir de los datos censales de la población preexistente e informar al mundo de la destrucción y el daño del terremoto. Los supervivientes que podían caminar por no haber sufrido heridas graves, iban bajando hacia los valles con algunos animalillos que habían podido salvar. Pronto formarían campamentos de desplazados. Se lamerían las heridas y a continuación retomarían la lucha por la vida en aquellas latitudes fértiles y frías del sudoeste de la cordillera de los Himalayas, conocida como el techo del mundo. El piloto acertó a aterrizar en una terraza cercana al lugar que estaba siendo acondicionado por militares españoles para acoger a los desplazados. Permanecimos unas horas con ellos, recordaba. Tendían tuberías para proporcionar agua potable a los supervivientes, construían casas de madera para que sirvieran de escuela a los niños e instalaban carpas de lona y alzaban tiendas de campaña para que los supervivientes las utilizaran como vivienda provisional. También perforaban pozos para que no dispersaran sus excrementos corporales y el cólera se añadiera a la desgracia. Provistos de tractores, volquetes, excavadoras y demás maquinaria, aquellas cuadrillas de jóvenes militares del ejército patrio se esforzaban en despejar los escombros de las carreteras y en restaurar los caminos y reabrir los senderos. Tendían puentes provisionales e improvisaban pasarelas sobre los arroyos y las simas del terreno. La tropa de mujeres y hombres de los regimientos de castramentración allí desplazados para mitigar el sufrimiento trabajaban sin descanso y sin apoyo. Los aliados occidentales se habían comprometido a prestarles apoyo, pero no aparecieron. Todas las declaraciones prometiendo ayuda al régimen del general Pervez Musharraf, un aliado imprescindible en la guerra contra los talibanes en Afganistán, quedaron en flatus vocis, nada. El bienintencionado gobierno español ejercía de Quijote, adoptando una de las pocas decisiones que valía la pena tomar: ayudar a los más necesitados. Hablaron con los esforzados militares, visitaron el hospital de campaña para curar heridos y enfermos, obtuvieron conmovedores testimonios de algunos supervivientes, recogieron la petición de ayuda (alimentos y medicinas) de las mujeres y los niños que conseguían llegar al campo de desplazados y regresaron a Islamabad como habían ido, en la Vasilisa. Fue una jornada muy triste. T peguntó al colega de Radio Nacional la razón de su comportamiento y le ofreció el material informativo sonoro y las impresiones que había recogido para que pudiera hacerse una idea y componer una crónica. Él contestó: “De repente se me puso una cinta negra en los ojos, empecé a verlo todo negro, negro, y tuve la visión de que el helicóptero se iba a estrellar”. Un colega puntilloso le reprochó que huyera sin avisarles del peligro, a lo que él respondió: “No quise asustaros”. El colega puntilloso no aceptó la razón: “Ya, querías salvarte solo tú y dar la noticia en exclusiva, eres un Superpuma cabrón”, le reprochó en tono de broma. Aunque el Abuelo aclaró que el artefacto volador era una Vasilisa rusa, de poco sirvió, pues el colega se quedó con el mote de Superpuma. Di tu que le duró poco, ya que se benefició de la gran reestructuración del Ente Público RTVE que permitió a todos los trabajadores de más de cincuenta y dos años cobrar sus salarios hasta la jubilación sin tener que ir a trabajar. Un chollo. A propósito de grandes reporteros de la cadena estatal de radio, el Abuelo se sentía orgulloso de su compañero y amigo Joaquín Tagar, enviado especial de Radio Nacional de España a la guerra de Nicaragua. De pronto, en el informativo de las 22:00 horas del 17 de julio de 1979, oías a Joaquín transmitiendo en directo desde Managua. «Buenas noches, les hablo desde el despacho presidencial del dictador nicaragüense Anastasio Somoza. Soy Joaquín Tagar y estoy utilizando su teléfono para contarles que los guerrilleros del Frente Sandinista de Liberación Nacional acaban de asaltar el palacio y están buscando al tirano por todas las salas, rincones y pasillos. Es probable que no lo encuentren porque, según testimonios de algunos empleados palatinos, habría huido pocas horas antes del asalto». Aquello si era una primicia en exclusiva mundial. ¿Cuánto esfuerzo, paciencia, empatía, bonhomía y desvelo había derrochado Joaquín (también suerte) hasta poder dar aquella noticia?

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