12.–Huye de chivatos y sinvergüenzas

Antes de nada, SALUD, PAZ, AMOR Y PROGRESO en 2023, amigos lectores

De INTRODUCCIÓN AL ABUELO

El cinismo era una forma de comportamiento tan extendida en el sector periodístico del Abuelo que, según decía, si los fundadores de aquella escuela filosófica de la antigua Grecia levantaran la cabeza, se morirían de éxito. Como bien recordaba el novelista Ramón J Sénder, cínico viene de can, canelo o perruno, que orina en público. La falta de pudor y de vergüenza son sus principales características. T los esquivaba. No soportaba a los sinvergüenzas. Sin embargo, por más prevención que uno aplicara, tarde o temprano acababa siendo víctima de los ardides de aquellos tipos sin escrúpulos. Una vez confió en un director al que consideraba buena persona, pues le había contratado por un salario decente para que reportara en exclusiva para su periódico. La política exterior del Reino de España, siempre noticiosa, era materia de mucho interés coyuntural en aquel periodo, debido a las negociaciones con los mandatarios de Washington sobre la reducción de sus bases militares en la Península Ibérica. En una de sus frecuentes visitas al palacio de Santa Cruz, sede del Ministerio de Asuntos Exteriores, con el fin de arañar algún dato sobre el tira y afloja de la negociación dirigida por el gran diplomático Máximo Cajal, una fuente de plena confianza le refirió con gran detalle los negocios sucios que se traía entre manos un embajador destinado en una capital europea. T aceptó la noticiosa mercancía, realizó algunas gestiones para verificar y completar la información. También para disfrazar la fuente original. Y redactó una crónica a palo seco sobre el perillán. El director le llamó a su despacho, le felicitó por “la pieza” y, tras participarle que su información arrancaría en la primera página del diario del día siguiente, le preguntó si la fuente era fiable. Completamente. ¿Quién, si me lo puedes decir?, le preguntó aquel jefe. T confiaba en él y le dio el nombre del alto cargo ministerial que se llamaba como el Papa Juan Pablo. La información se publicó un miércoles. Cuarenta y ocho horas después, el Consejo de Ministros destituyó al embajador corrupto. Buen golpe periodístico, dijeron. Lo habría sido si pocos días después el Gobierno no hubiese cesado en el cargo a su fuente y destinado a un consulado perdido en Portugal. Se comprenderá que para un tipo que se había jugado la cárcel militar en defensa del secreto profesional, la jugarreta de aquel director le dolió más que una puñalada trapera. Llevaba poco más de un año y medio trabajando para aquel periódico cuando descubrió, con gran pena, que el timonel al que tenía por hombre honrado era un sinvergüenza más, un cínico sin pudor, capaz de orinar sobre el personal para incrementar su poder, aumentar su retribución y seguir escalando posiciones de mando en los grandes medios de comunicación controlados por el Gobierno, de modo que, salvo para comunicarle que se largaba, no volvió a cruzar más palabras con él.

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