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Las resurrecciones de Diagu Bandiera (II)

10.–Tabernilla

Desde el casual reencuentro en el Palacio Real, iba a hacer un año, el agente secreto con grado de coronel en la reserva Laureano Terricabras desvivía encapsulado por razones de seguridad. Apenas salía de su guarida, de modo que solían quedar en La Tabernilla a última hora del día, cuando Tilo terminaba su labor. La Tabernilla nada tenía de taberna. Era el zaguán de una vieja finca de renta antigua a la que se accedía por el primer portal de la acera derecha de la calle Minas, según se sube desde Pez, pero le llamaban tabernilla para entenderse entre vecinos. Allí se reunían el viejo carterista Ramón Malalata y sus discípulos, tres o cuatro jóvenes a los que adiestraba en el manejo de la tercera mano y el sexto dedo.

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Calle Minas, donde estaba la Tabernilla.

Frente a la puerta de entrada al portal había un ascensor pegado a la barandilla de la alternativa tradicional: una escalera estrecha, con peldaños de madera muy gastados. A la izquierda había un tabique, una portañuela con ventanilla y letrero broncíneo: “Portería”. Dentro estaba lo que llamaban “tabernilla”, una pieza rectangular con una mesa larga de tabla, un banco corrido de madera y varios taburetes. Sobre la repisa de azulejos de una ventana con barrotes que daba a la calle había un tablero de ajedrez con una partida a medias. La estancia doblaba hacia un pasillo que conducía a un patio de luces. Una pequeña mesa redonda de mármol con dos sillas era el lugar habitual de Terri. Un arcón frigorífico ocupaba el vano de la escalera y contenía frascos de cerveza y botes de refresco de limón. Un letrero sobre una pequeña caja metálica de caudales con una ranura en la tapa decía: “Pagar antes de soplar” e indicaba el precio de los botellines de cerveza y los refrescos. La portera, una mujer amable y hacendosa que respondía al nombre de doña Rosario y fumaba puros, se ocupaba de que no faltase el bebercio y, en ocasiones, compraba con el redondeo grandes bolsas de cacahuetes, maíz tostado para hacer palomita y tarros de aceitunas.

Además de Terri y Malalata y sus discípulos, frecuentaban el estadero el señor Perrote, propietario de la finca, amante viudo de doña Rosario y forofo del Atlético de Madrid, al que debían el favor de haber colocado una televisión en lo alto de la esquina; un sabio ucraniano, enjuto y de nombre impronunciable, al que llamaban Compendio o Compe para abreviar; una señorita madura de muy buen ver a la que decían Lafun, como “la funcionaria”, pero más breve, y su mayordomo, un negro alto y flaco, de unos treinta y cinco años que decía haber nacido en Egipto y al que llamaban Alibombos.

Terri le presentó a los parroquianos presentes y los englobó en la característica general de “buena gente”.

–¿Los carteristas también? –Se extrañó Tilo.

–Afirmativo. Usan métodos tradicionales, mil veces mejores que los navajeros.

–Visto así, tienes razón –admitió.

–Y son la hostia de solidarios: si uno cae detenido, los demás pagan la fianza.

La estima del agente secreto hacia aquellos amigos de los ajeno le pareció un signo de buena crianza, pues gracias a Malalata y a su discípulo Santi Muelles había encontrado él aquel agujero donde se sentía seguro, es decir, a salvo de las asechanzas del enemigo interior, que vigilaba su antigua casa alquilada y giraba visitas regulares a su hermana en Guadalajara para dejarle recados, invitaciones e incluso ofertas comerciales de automóviles y motocicletas a precio de ganga.

–Me parece increíble e injusto que una persona de tu rango tenga que vivir oculto –le confesó Tilo la primera vez que quedaron.

–El mérito no es mío, te lo aseguro.

–¿Del general Felonio?

–Correcto. Ha hecho todo lo posible para que me liquiden.

–¿Quiénes, si se puede saber?

–Terroristas argelinos y de los otros –respondió Terri.

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Acto oficial de la Pascua Militar.

El veterano reportero comprendió entonces el significado pleno de las expresiones del coronel recién condecorado hacia el general Felonio en la Pascua Militar: “Me han destapado, me han jodido bien”. Un espía identificado con su propio nombre en el Boletín Oficial del Estado y retratado con su jefe operativo colgándole una medalla era la mejor pista para encontrarle, abrirle en canal o meterle varios plomos bajo boina.

–¿Argelinos… Cómo es eso?

Con más de cuarenta años de edad, Terri daba por periclitada su carrera en los servicios secretos. Un expediente disciplinario abierto por deslealtad, otro por desobediencia muy grave al jefazo K, una implacable “investigación de seguridad” y los “isótopos radiactivos” incrustados en su fama le convertían en un tipo indeseable. Procuraba mantenerse lejos de los agentes de confianza del general Felonio y de cuantas personas, animales y cosas pudieran despertar el interés del enemigo. Aquello incluía a los periodistas y concretamente a Tilo. Bien es verdad que durante aquel tiempo colaboró extraoficialmente con un amigo de los servicios británicos en una información sobre la estancia en una isla española del Mediterráneo de un ministro del gobierno de su nada graciosa majestad con su amante. La amante resultó ser la legítima esposa del primer ministro, el belicoso Zorro de Londres. El asunto terminó en divorcio. Lógico. Y el ministro dimitió por razones personales.

–En una democracia avanzada como la nuestra no habría dimitido –dijo Tilo.

–Correcto –repuso Terri, al que ofrecieron un dineral para que pareciera un accidente.

–¿De los dos?

–O al menos de la mujer –dijo.

–¡Joder, cómo las gastan!

–Tuve que aclarar que no mataba mujeres ni calvos ni amantes –se apresuró Terri.

–¿De cuánto dinero estamos hablando?

–Los valoraron a millón de libras por cabeza.

–¿En eso emplean los fondos reservados?

–Correcto. Y además hacen negocio. En este caso supe después que una importante productora cinematográfica se disponía a realizar una película sobre el suceso antes de que ocurriera.

–El que no corre, vuela, cosculluela… ¿Por qué quieren matarte los argelinos?

–Te cuento. Después de un tiempo en el dique seco me ofrecieron un destino en Argelia. En una de las visitas semanales al Centro, a las que estaba obligado por C (control), el burócrata que siempre me formulaba las mismas preguntas –si hacía deporte, si había comprado un coche, si había salido de la ciudad y blablablá– me comunicó que K deseaba hablar conmigo y me acompañó hasta la puerta de su despacho. Malditas ganas tenía de ver el morro del general. Por suerte no lo vi. Su gran despacho, acribillado a micrófonos y microcámaras, estaba habitado por un tipo que no era Felonio. “Soy J”, me dijo. Se trataba de un individuo como de cincuenta y tantos años, alto, feo, trajeado, con una insignia áurea en el ojal. Le había visto alguna vez en televisión. Me tendió una mano enérgica y nudosa y me llamó por el nombre de pila como si me conociera del barrio. Aquello me escamó. Nunca nadie me había llamado Laureano en el Centro. ¿Qué querrá éste? Me invitó a sentarme ante su mesa semicircular de caoba, abrió un cajón y me tendió un sobre. Dentro estaba la documentación personal de Diagu Bandiera.

–Este agente ha muerto, se ha evaporado –le hice saber.

–Es menester que resucite, lo necesitamos –me contestó. Y me soltó un discursito lleno de artificios sonoros y conceptos ensamblados. Me pareció un pijotécnico, un pedantuelo de la hostia con esa verborrea plagada de anglicismos que utilizan los modernos.

–Vamos, que no te cayó nada bien.

–Como una patada en los cojones. ¿Qué pintaba un diplomático al frente de los servicios secretos? Enseguida me di cuenta de que lo utilizaban por motivos cosméticos para limpiar el cutis después del desastre de Iraq, aunque el mando seguía en manos de K.

–¿Te dejaste resucitar?

–Qué remedio: soy un hombre de acción que necesita un salario para vivir; la otra opción era quedar en la calle. En resumen, el peón volvía al frente. Y ya sabes que los peones no tienen retroceso.

–A atosigar al caballo.

–Me necesitaban para una misión en la zona de Argel donde los salafistas habían empezado a hacer de las suyas: matar turistas y secuestrar visitantes y residentes europeos y norteamericanos con mucha ciruela.

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Calle en Argel.

Terri le siguió contando cómo aquel Diagu Bandiera, procedente de Iraq y poseedor de una documentada historia más falsa que Judas sobre el combate a muerte contra los invasores paganos, se infiltró en una célula salafista dedicada a pequeños sabotajes y tareas secundarias. En medio año se ganó la confianza de los tres líderes de la organización y llegó a ser respetado por su visión política, conocimientos tácticos y preparación operativa, ya que manejaba las armas cortas mejor que un atracador, las largas como el gran combatiente que había sido en Iraq y demostraba que era capaz de derribar un avión con un rudimentario tubo lanzagranadas sin mira telescópica.

–Todo iba bien, me había integrado en la célula de élite con nueve combatientes o terroristas de primera, y me iba ganando la confianza de los cabecillas. Realizábamos asaltos a empresas estadounidenses, chozas de lujo de individuos paganos e indeseables, atracos a bancos… Después de casi tres años de actividad me mantenía a flote sin que sospecharan de mi fe y lealtad ni pudieran atribuirme falta de esmero, dedicación y rigor. Diagu era sinónimo de acierto sin necesidad de matar a nadie. Los hermanos cabecillas lo sabían y llegaron a encomendarme una misión fundamental que ahora te cuento.

–Los peones suelen tener cobertura. ¿Tenías ayuda?

–En apariencia, aquel combatiente que había regresado de Iraq después de realizar acciones de mucho mérito contra los hijos de Satan, estaba empleado en una empresa eléctrica que instalaba transformadores y realizaba tendidos de cables de alta tensión en zonas alejadas de la capital. Esa era toda mi cobertura. Ni alojamiento de seguridad me proporcionaron.

–Creo que titularé esta parte del reportaje: “Carne de espía para los lobos”.

–Lo de la carne me parece acertado, pero en otro sentido. Comprenderás que Diagu tenía sus necesidades sexuales, necesitaba el consuelo de una mujer, o de varias, una cerveza de vez en cuando… El ascetismo es el peor enemigo del ser humano.

–¿Follaba algo?

–Todo lo que podía; era un hombre soltero –lo sigo siendo–, un nómada sexual.

–¿Y podía mucho?

–Desde luego; incluso realizaba horas extra a escondidas para evitar los celos.

En este punto Terri alzó la vista hacia el televisor del ángulo de la Tabernilla como si tuviera que hacer memoria o disimular el jaque que estaba preparando sobre el tablero. Dio un sorbo al botellín de cerveza.

–Bueno, los nombres no importan. Dos eran hermanas de un elemento del triunvirato salafista y, si mal no recuerdo –tendría que mirar mi cuaderno secreto–, una era prima de otro líder y las otras dos pertenecían a la familia de un reputado imán. Fueron tiempos muy productivos.

–¡Joder con Bandiera! Una mujer para cada día de la semana.

–En estos menesteres nunca sabes cuál será tu último polvo y aprovechas las relaciones familiares. Supongo que será el impulso biológico del guerrero –argumentó.

–Tienes razón: nunca sabemos cuál será el último polvo –apuntaló Tilo.

La conversación derivó hacia la sexualidad entendida como el ejercicio más placentero que a los humanes dio la madre naturaleza. Se refirió Terri a los gustos de Diagu en materia femenina y en lo que Tilo le confesaba que no quería morir sin probar a una negrita, una dulce caribeña, una japonesa y una indú, le asestó jaque mate. La moral del veterano periodista quedó al nivel de los calcaños. Eres más tonto, se reprochó, que el que se lava los pies con los calcetines puestos.

–Vale, te concedo la revancha –dijo Terri antes de retomar el hilo de sus experiencias como soldado de Alá o combatiente alado, que diría el maestro Malalata.

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Desierto de Argelia.

Gracias a las informaciones del espía infiltrado Diagu Bandiera, las autoridades españolas se anotaron buenos tantos como la liberación de cuatro rehenes franceses que llevaban dos años secuestrados. El Centro de Inteligencia Nacional recuperó además credibilidad y prestigio ante el Tío Sam con la liberación de un judío virginiano millonario al que mantuvieron cautivo más de un año.

–Se necesitan tripas para tener encerrada tanto tiempo a una persona en una infecta covachuela del desierto –dijo Tilo.

–Diagu hacía lo que podía, pero los gobiernos tienen su propio ritmo.

–Y no suelen mover un dedo por la gente de clase media y baja –anotó Tilo.

–Los cautivos franceses eran jóvenes espeleólogos en busca de minerales estratégicos.

–Tanto tiempo esos gabachos en Argelia sin enterarse de la morfología del territorio… A esos les llamaba zotes mi maestro.

–Se enteraron de lo que les interesaba. Ellos explotan los yacimientos de uranio de Arlit, una zona desértica en territorio nigeriano, muy cerca de la frontera argelina. Menudo negocio tienen ahí. Son las terceras minas del mundo en extracción de uranio. Esos yacimientos les han permitido alimentar desde los años sesenta del siglo pasado la red de centrales nucleares y suministrar energía eléctrica a todos sus vecinos, incluidos los ingleses. Por cierto que las fotografías de los genios de la inteligencia británica sobre las instalaciones de las armas de destrucción masiva de Iraq fueron tomadas en esa zona.

–¡No fastidies!

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Depósitos de Uranio franceses en el norte de África.

–No sé si se publicó entonces, pero lo cierto es que las fotos que acompañaban el informe secreto del gobierno británico con el que comulgaron los amigos americanos y el gobierno español contenía unas fotografías bastante borrosas, como sacadas con mira telescópica desde muy lejos, en las que se veían unos almacenes terrosos en algún paraje inhóspito y apartado del desierto. Yo mismo tuve la ocasión de comprobar que eran unos almacenes de la empresa estatal francesa Areva que explota esas minas.

–O sea que los franceses todavía deben de estar riéndose a carcajadas de sus colegas británicos y estadounidenses.

–Correcto. Y de nosotros también. En fin, todas las mentiras eran útiles para justificar aquella guerra de rapiña y criminalidad desatada que todavía dura hasta el día de hoy –lamentó el coronel.

El reportero recordó entonces algunas preguntas sin respuesta de los administradores estadounidenses sobre las famosas esporas de ántrax, la falta de máscaras de protección contra los supuestos gases tóxicos, la carencia de vacunas y otros remedios contra las armas bacterianas y la inexistencia de esos trajes protectores, como de astronautas, y de esas duchas de agua y yodo contra la contaminación radiactiva. Nada de aquello llevaban consigo los militares y el alto mando atacante de Iraq. Tampoco disponían de herramientas de protección básica los altos funcionarios que ocupaban el enorme palacio del depuesto Sadam. Un colega preguntó al virrey Bremer: “¿Por qué razón sus colaboradores no disponen de máscaras de protección, vacunas y trajes contra la radiactividad… Es que quieren morir?” Y contestó éste: “Ni yo ni mis colaboradores tenemos miedo, no vamos a morir y vamos a conseguir que la gente sea feliz”.

La conversación se desvió hacia el escenario iracundo, que decía Malalata, y llevó a Terri a aportar otros datos de interés para Tilo, como, por ejemplo, el control que sobre el virrey Bremer ejercía un tal míster Wolfowitz. Aquel Wolfowitz era asesor del Etílico de Téxas y segundo jefe del Pentágono. Su apellido lo decía todo. Entraba y salía de Iraq sin ser visto. Aparecía y desaparecía en la extensa mole palatina del virrey por el largo túnel secreto que conectaba el palacio con el aeropuerto. Por aquel túnel habían huido bastantes mandos militares y casi todos los jefes de la famosa guardia nacional de Sadam, con sus maletas llenas de dólares. La traición los hizo ricos. Unos se largaron a Suiza y a Estados Unidos, otros recalaron en El Cairo, Berlín, la Costa Azul francesa, Estambul, Crimea…

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Mujer iraquí junto a la tumba de su hijo muerto.

El astuto Wolfowitz había eliminado con dinero a los peones protectores de Sadam y destruido su enroque antes de que la caballería entrara en Bagdad. Era el peor de aquella tropa que sembró el país de muertos, el ambicioso personaje que supervisaba y decidía el uso de los inmensos recursos económicos para una “reconstrucción” a precio de oro que los iraquís todavía están pagando.

–Estuvieron a punto de cazarlo –dijo Tilo.

–Era un judío muy escurridizo –afirmó Terri.

–Recuerdo una mañana muy temprano. Yo estaba tomando café en la calle Karrada… Me gustaba tomar el pulso de la ciudad antes de que el calor comenzase a apretar, recorrer las calles del poeta Al Mutanabee y el barrio viejo de Al Raschid, con su matinal bullicio comercial, en apariencia ajeno a la ocupación militar…, escuchar a los vendedores de alfombras, samovares, joyas, lámparas, abalorios y un sin fin de fruslerías…, a los artesanos del cobre, el estaño, el latón del zoco de Al Safafed… Hablaban, opinaban y discutían sobre los acontecimientos de la noche y el día, de modo que bastaba poner la oreja para cerciorarse del daño y las fechorías de los ocupantes y de la organización de la resistencia… El mercado de animales –pájaros, patos, gallinas, ovejas, perros, gatos, gallos, burros, dromedarios, carneros, caballos– era otro lugar de interés en mi cometido… El caso es que estaba tomando café en un aguaducho de aquella calle comercial mientras llegaba el traductor cuando escuché varios zambombazos al otro lado del río. Nos acercamos a ver qué había ocurrido: los feyaidines habían atacado un edificio con granadas de mortero. Chafardeamos y nos enteramos de que era el hotel donde se alojaba Wolfowitz, pero no le tocaron ni un pelo. Las granadas estallaron en la planta equivocada y una ni siquiera llegó a explotar. Unas horas después, un empleado quiso hacerme un regalo. A cambio de una buena propina se inclinó, levanto una parte de la enorme alfombra que cubría el suelo de la entrada al hotel y me mostró un retrato de Bush padre, el primer atacante de Iraq. Lo habían impreso con tinta china para patearlo y repatearlo por mucho tiempo. Al llegar los carros de combate enviados por Bush hijo consideraron prudente ocultarlo bajo aquella pesada alfombra.

El espía le escuchaba sin desviar la vista del tablero de ajedrez. El reportero se incorporó a servir un par de botellines y se asomó al ángulo del estadero.

–¿Desean tomar algo los señores?

–Eso ni se perguntadijo Malalata. Sus discípulos asintieron.

–¿Y la señorita? –Preguntó Tilo mirando a Lafun, que discurría la jugada frente al correoso doctor Compendio.

–Vale, gracias. Y algo para los monos –contestó sonriendo, que era lo que él quería; tenía una sonrisa preciosa aquella Lafun.

Cuando regresó se dio cuenta de que Terri se disponía a merendar a la reina.

–No perdonas una –se quejó.

–Que se haga republicana –contestó sacrificando un alfil para alimentar su caballo con tan suculenta col.

–Me vas a obligar a hacer feliz a este sarasita –reaccionó Tilo moviendo un peón.

Terri permaneció en silencio, la boina inclinada sobre la testa apoyada en el revés de la mano cual pensador en la puerta del infierno. Tilo protegió y avanzó su peón con la intención de llegar a la octava fila.

–¿Sabes cuál es la mayor felicidad de un peón gay?

–Ni idea.

–Convertirse en dama –respondió.

A continuación el reportero manifestó su interés en conocer cómo Diagu Bandiera salvó el físico en Argelia. Le parecía un dato bien relevante para su reportaje sobre el espía de sangre española que descubrió, gracias a una mujer (Ojos Ardientes), el escondrijo de los hijos de Sadam. A todo esto, el adjunto suplementario, o sea, el gordito con tirantes, se había puesto estupendo urgiendo la entrega de la historia, y quería tener, al menos, el relato completo del agente amenazado de muerte por tirios y troyanos.

11.–Molécula

Más de tres años infiltrado en la élite de los terroristas del desierto argelino rindieron unos frutos muy valiosos, aunque a Terri no le proporcionaban ni el dinero necesario para vivir con decoro. De hecho desvivía como un austero mahometano con el salario de electricista de alta tensión, equivalente al de comandante sin mando y con destino, del que debía descontar algunos gastos obligados por el destino propiamente dicho, la aportación al sostenimiento de la mezquita, el pago de los mensajes y otros importes habituales.

–¿Los yihadistas no cobraban?

–Supongo que algunos líderes se enriquecían con aquella industria, aunque, en general, aquellos descerebrados esperaban su premio después de muertos.

–Los famosos jardines con hermosas doncellas, ríos de leche y miel… Pero, entre tanto, ¿adonde iba la pasta de los secuestros y atracos?

–Y la de algunos potentados que garantizaban su seguridad con grandes donativos. No olvidemos la dimensión mafiosa inherente a las causas santas.

–Los santos católicos no robaban ni mataban: hacían milagros.

–Ya. Escarba y verás a qué se dedicaban los príncipes de la Iglesia Católica y las grandes órdenes religiosas de la cristiandad, por ejemplo, la muy católica y apostólica orden de Santiago hace cinco siglos. Seguramente encontrarás el espejo de la yihad musulmana.

–¿A qué dedicaban toda aquella pasta?

–A comprar armas y captar y mantener fanáticos en toda Europa para extender su guerra santa. Los salafistas argelinos eran –lo siguen siendo– muy buenos clientes de algunas empresas europeas de armamento. Diagu documentó e informó, sin éxito ni resultado, la entrega de varios cargamentos de armas largas, minas, granadas y municiones a aquellos fanáticos.

–¿A qué atribuyes la falta de éxito? Ya supongo que la policía argelina…

–Era material made in Spain –aseguró Terri.

El veterano reportero le solicitó concreción y el coronel en la reserva trasladó desde la memoria a la lengua unos datos suficientes para, por si solos, armar un buen reportaje. El periodista puso su cerebro en “modo grabadora”, como se dice ahora. Estaba acostumbrado a retener con una precisión casi textual cuantas frases y cifras le interesaban.

–Cometí el error de cumplir con mi deber, insistí demasiado y acabé en el disparadero.

–¿Cómo fue eso?

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Salafistas armados.

–Debí de percatarme de que la información sobre los desembarcos de armas desde buques supuestamente pesqueros no surtía efecto. Eran cargamentos considerables. Los argelinos las revendían a grupos malienses, nigerianos, sudaneses y somalís. Hacían un negocio de la leche. La primera información que pasé resultó improductiva. Supuse que no había llegado o no la habían visto a tiempo. Las dos circunstancias quedaron descartadas cuando mi enlace, por llamarle de algún modo, me mostró el ordenador y pude comprobar la fecha y la hora de la respuesta en la papelera de reciclaje.

–¿Era fiable tu enlace?

–Del todo.

–¿Quién era, si puede saberse?

–Una panadera de confianza. Por si te interesa te doy el nombre: Maïssa Grine. Aunque yo le llamaba Molécula.

–¿Por qué?

–Tenía el culo como una mole, un culo de la hostia…

–¿No le molestaba tu asqueroso machismo?

–Al contrario, le gustaba que se lo palmeara.

–Diagu y las mujeres…

–Molécula era una madurita repudiada, madre de cuatro hijos, instruida y muy laboriosa. Iba a verla alguna noche y te aseguro que le alegraba la vida, pero no por lo que estás pensando, sino porque se ganaba sus cien dólares, unos doce mil dinares argelinos, que es una pasta, por la sencilla operación de abrirme el correo electrónico y permitirme escribir, enviar y borrar los mensajes a continuación. El caso es que el segundo mensaje sobre la fecha, la hora e incluso las coordenadas del siguiente cargamento que trasvasaron cerca de la costa a las motoras de los terroristas tampoco mereció la atención de las autoridades policiales del país.

–Corruptas, por supuesto –adujo Tilo.

–Aristóteles dijo que un burro voló, puede que si, puede que no. Un tiempo después me enteré de la llegada de otro transporte y transmití la información. El resultado fue idéntico.

–¿Cómo sabías que eran armas españolas?

–Yo mismo organicé la protección de un transporte en una cueva del desierto y las vi. Eran armas largas y cajas de municiones españolas, te lo aseguro.

–¡Joer, Terri, no lo dudo!

–Y decenas de cajas de minas anti persona, que habían sido prohibidas por ley.

En este punto recordó Tilo la vez que le tocó cubrir una operación de propaganda del Halconcete Ibérico en el cuartel de ingenieros del ejército, donde inauguró un llamado “centro internacional de desminado” para formar a los artificieros de los países con zonas de su territorio sembradas de aquellas armas de destrucción indiscriminada. ¡Menudo falsario! Nevaba y hacía un frío del carajo. En aquel lugar de infausto recuerdo, aquella academia de ingenieros, situada en la antesierra del Guadarrama, había perpetrado el dictador enano asesino del Pardo los últimos fusilamientos dos meses antes de diñarla.

–En resumen, que alguien se oponía a que les jodieras el negocio –sugirió Tilo.

–Correcto. ¡Jaque mate!

–Si es que no estoy a lo que estoy –se quejó Tilo.

Lafun se acercó a darles las buenas noches. Madrugaba. El periodista le contó un chiste (“¿Sabes por qué el rey del ajedrez está siempre triste? Pues porque no puede comer a la dama”). Ella sonrió. Era lo que él quería: tenía una sonrisa preciosa. Su contrincante sobre el tablero, el sabio Compendio se acercó con el taburete en la mano y se sentó al lado de Terri, cuyo cráneo privilegiado le permitía relatar sus vivencias sin perder detalle de los movimientos del adversario y elaborar su estrategia para sorprenderle.

–¿A quién se supone que fastidiabas el negocio, además de a los salafistas, claro? –Le preguntó Tilo, sabedor de que el sabio ucraniano era de confianza y no entendía más de dos palabras seguidas en castellano.

–Ahora vamos a ello. De momento quiero que sepas que Diagu pudo burlar a la muerte gracias a una amorosa mujer de las que te he hablado antes. Era hermana de uno de los cabecillas y había visto cosas. Ella le alertó: “Vete, escóndete, desaparece… No quiero que te maten”.

–¿Qué cosas, si se puede saber?

–Limpiando la alcoba de su hermano vio unos papeles con varias fotografías impresas de Diagu y un texto que le ponía al descubierto como agente secreto, un traidor perfectamente degollable al anochecer.

–¡Jo…der!

–Mira por donde el nomadismo sexual me salvó el pescuezo. ¿Entiendes ahora por qué las mujeres son lo mejor de la vida?

–Desde luego.

–Para evitar cualquier sospecha y daño a aquella hermosa criatura, Diagu hizo llegar al jefe de la banda el mensaje de que había enfermado de tuberculosis y se retiraba por recomendación médica al Sable de Oro, un lugar de la costa apartado de la civilización.

–Muy considerado de tu parte.

–Hice lo correcto. Y te ruego que no vuelvas a llamarme machista.

Tilo se disculpó por la interpretación equivocada de los cachetes en el trasero a la señora Molécula. El sabio Compendio, que parecía que no entendía nada, se rió, señal de que disponía de un entendimiento selectivo.

–Supongo que la amiga Molécula le proporcionó un buen escondite –aventuró Tilo.

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El Sable de Oro en Argelia.

–No, Diagu se trasladó en cuerpo y alma al Sable de Oro, una zona residencial de huertos e invernaderos en la comarca de Zeralda.

–¿Creía que no le iban a creer?

–Correcto. En algunas circunstancias la verdad funciona como la mejor mentira –dijo Terri.

En este caso la verdad falló y los husmeadores le localizaran y le obligaran a enviar una respuesta a los cabecillas que habían ordenado martirizarle.

–¿Qué respuesta?

–¿De veras te interesa?

–Claro.

Terri espantó una mosca de un manotazo, empuñó el botellín, dio un trago y le dijo que había desorejado a un tío.

–Puesto que la primera acción de esos bandidos –añadió– es cortar las orejas y sacar los ojos a los espías (a los chivatos les cortan la lengua), Diagu se vio obligado a actuar en defensa propia: sorprendió a uno de aquellos sicarios y lo desorejó de un tajo. Sólo le seccionó un trozo de la oreja derecha y le perdonó los ojos para que viera que el hermano traidor, al que iban a torturar primero y ultimar después, no era un hijo de Satán.

–¿Quién crees que te delató?

–Tengo pocas dudas de que fue K.

–¿Cómo lo sabes?

–Lo sé.

–¿Lo verificaste?

–Afirmativo. Pedí a Molécula que preguntara por mí en la empresa eléctrica que me asignaron de tapadera y de la cual recibía el salario, y le dijeron por teléfono que ya no trabajaba allí. Le pedí que se interesara en persona y fue a las oficinas, peguntó a varios empleados; nadie daba cuenta de mí, pero ella insistió, preguntó si me habían despedido, incordió a los que había allí hasta que un hombre que miraba de reojo todo lo que no fuera su lujoso reloj se incorporó, la asió del brazo y la acompañó cordialmente hasta la puerta de la calle, donde ella se revolvió, lo agarró de la corbata, lo atrajo hacia sí y le soltó un soplamocos a mano vuelta. A continuación lo enganchó por la solapa y le advirtió: “Oígame bien lechugino: me dice donde está Diagu o le arranco la cabeza”. Y aquel alfañique le confesó que andaba en compañía de los hermanos musulmanes armados y seguramente le habían enviado al lugar de donde no se vuelve. Molécula le preguntó por qué y el tipo le contestó por traidor, a lo que ella abrió dio una patada a la puerta y lanzó al sujeto contra el mostrador que bordeaba aquellas dependencias de pago y reclamaciones de los usuarios. Para mí aquella verificación fue suficiente.

–Si el sujeto de la empresa que te asignaron de tapadera sabía que te habían liquidado debía de ser porque él mismo se encargó de dejarte al descubierto. Digamos que Diagu era un obstáculo para el libre mercado del armamento y lo enviaron al infierno. ¿Correcto?

–Correcto. Ahora pregúntate a quién beneficiaba el crimen y descubrirás al criminal.

–¿Quieres decir que el jefe de los servicios secretos, encargados de combatir el tráfico ilegal de armas y de garantizar que el material que exportamos va a su destino y no a terceros, se lucraba con aquellas operaciones?

–Exacto. Era y sigue siendo parte de ese negocio.

El científico Compendio seguía al vuelo los movimientos sobre el tablero de ajedrez y meneaba ligeramente la cabeza a derecha e izquierda cuando Tilo movía pieza.

–¿Cómo saliste de Argelia?

–Por mar.

Sin señales de vida de Diagu Bandiera, el general Felonio y el jefazo J dieron por perdido (desaparecido) al agente infiltrado y lamentaron en secreto, que es como se lamentan estas cosas, su seguro deceso a manos de aquellos bárbaros sarracenos. No faltaron políticos dispuestos a rentar su muerte. Con el afán de obtener votos, los gubernamentales referían en mítines y debates su lucha contra aquel terrorismo internacional que alguna vida de servidores públicos se había llevado por delante para que nosotros pudiésemos conservar la nuestra y vivir con seguridad y respirar con tranquilidad, de lo cual se colegía la obligación de todo español decente de entregar su voto al partido político que mejor y mayor protección ofrecía.

–Pero no había muerto –dijo Tilo.

Terri imitó la cara de pazguato del ceremonioso J cuando Diagu Bandiera irrumpió en su despacho.

–El tipo se quedó inmóvil, bizco, pálido. Creo que estaba aterrado.

–Buena oportunidad para despabilarlo a hostias.

–Eso habría sido demasiado fácil. En lugar de arreglarle la nariz de un directo le pedí correctamente una explicación sobre la decisión de torturar y asesinar a un agente. ¿Quién había adoptado la decisión? ¿Por qué? ¿Qué beneficio superior trataban de preservar? El tipo se recompuso y se lanzó al teléfono. Le advertí que los muertos vivos suelen ser peligrosos y desistió de pedir ayuda. Le repetí las preguntas, pero no contestó a ninguna. Me aseguró que carecía de mando, responsabilidad e información al respecto.

–Pero cobraba como jefe o director del Centro, ¿no?

–Correcto. Y manejaba fondos reservados. Me aseguró que era un simple figurante, un mascarón de proa y que el poder y la dirección operativa seguía en manos de K. Acepté su explicación y le pedí permiso para consultar mis informes sobre las entregas de armas españolas a los combatientes argelinos. Era lo menos que podía hacer por mí y, desde luego, me lo concedió. Cierto es que al día siguiente, cuando acudí a rescatar aquellas pruebas de las transmisiones, me dijeron que no existían porque los ordenadores con la información archivada se hallaban en el sótano del edificio pentagonal, el sótano se había inundado y la información se había perdido para siempre nunca jamás. Una pena.

12.–Maja

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West Point

Para un tipo que vivía de juntar letras, la historia de Diagu Bandiera podía destacar sobre la mediocridad reinante y, desde luego, satisfacía la demanda de temáticas singulares de los superiores. Siguiendo el consejo de Terri, no sólo dejó una bala, sino un obús en la recámara. El antiguo espía le ayudó a localizar a Maja (la teniente Mary Jackson) como fuente principal de la intervención de Terri en la acción informativa y decisiva para encontrar a los malvados hijos de Sadam. Fue una tarea laboriosa. En el cuartel general de West Point, aquel lugar cenagoso desde el que se veía medio mundo, les dijeron que la teniente había dejado el cuerpo de marines y pasado a mejor vida. Se temieron lo peor. Terri indagó y supo por un veterano de un llamado Fools Club (Club de insensatos) que “mejor vida” quería decir mayor sueldo como agente federal. Maja había cambiado de cuerpo y de apellido, pero seguía siendo la misma. Conectó con ella por Skipe y después de avivar los pocos recuerdos agradables de las vivencias iracundas, consiguió que aceptara algunas preguntas de Tilo sobre el episodio de marras. Maja describió a Ojos Ardientes y a su tío convaleciente, confirmó la colaboración de Terri y añadió algunos datos desconocidos sobre la protección de la pareja hasta que fueron facturados hacia El Cairo.

En un momento de la conversación ella pidió a Terri que fuera a visitarla a San Francisco, donde se hallaba destinada. Él le respondió que iría de buena gana cuando las circunstancias fueran propicias, a lo que ella repuso que le sufragaba el viaje. Esos americanos eran dueños del patrón monetario e insistían en resolverlo todo con dinero. Terri le aclaró que no podía ni debía abandonar el país por cuestiones de seguridad, ante lo que ella manifestó su propósito de esperarle e incluso desprenderse de su nuevo apellido, Nox, a la sazón perteneciente a un marido que la había preñada una sola vez con el resultado de dos niñas gemelas, lo que facilitaba el reparto provocado por el desamor. El sesgo de la conversación aconsejó a Tilo despedirse de Maja y salir del apartamento de Terri. Cerró la puerta tras de sí, encendió un cigarrillo y se sentó a fumar en la escalera. El término “apartamento” quizá resultaba exagerado para referirse a los quince metros cuadrados útiles de aquel maletero bajo las tejas.

–¿Cómo conseguiste este palacio?

–Gracias a Malalata, que te lo cuente él.

Y el veterano carterista le contó lo de la llave: “Todavía me duelen las costillas –dijo–cuando me recuerdo de la llave tuerca que me hizo el cacho cabrón, me hocicó contra las baldosas del suelo, me puso el pie en el pescuezo, recuperó la cartera y teléfono móvil que le había sustraído limpiamente de los bolsillos de la americana mientras orientaba ante el plano del metro al supuesto irlandés Santi Muelles y, oye, al verme sangrar, me ayudó a incorporarme. Eso no es normal, ¿verdad?

–Lo normal, Mala, es que te pateara el culo.

–Eso mismo pensé yo: rara avispa, me dije. Hasta me dejó el pañuelo para que me limpiara la sangre de la nariz y me perguntó si me había estronciado. Y no pienses tú que quedó ahí la cosa: me acompañó hasta la boca del metro y me invitó a una cerveza en un bar cercano para que me lavara la sangre y me sintiera mejor. Lo cual, que me pareció un tío de puta madre. Cuando me dijo que andaba buscando un alojamiento fijo en la ciudad, pensé, tate, y aquí me lo traje… Total, que platicó con doña Rosario y el señor Perrote, le pareció bien el sitio y llagaron a un arreglo.

–Y muy buen sitio que es, sobre todo en verano, cuando aprieta el calor –ironizó Tilo.

–Saca el colchón y duerme en el tejado –dijo Mala–; y el ruso también lo hace.

–Creo que el doctor Compendio es ucraniano –le corrigió Tilo–; se separaron de los rusos hace ya años.

–Peor para ellos –dijo Mala.

–Le molesta que le llamen ruso.

–Pues ajo y agua –contestó Mala con las abreviaturas del dicho “a joderse y aguantarse”–, que bien se aprovecharon de los soviets todos esos intelectuales y tuales y cuáles.

La “solución habitacional”, en palabras de una ministra del ramo que iba al Parlamento en minifalda y tenía cara de espátula, fue para Terri aquella buhardilla. Detrás de la estrecha portañuela corredera se podía mover de cuatro maneras: de pie en siete metros cuadrados, encorvado en los tres siguientes, y en cuclillas y reptando hasta el final de la estancia. Esto se debía a que el techo se inclinaba desde la entrada hasta el ángulo con la pared de la fachada, lo que facilitaba la limpieza de las telarañas con la boina. Di tu que un velux de mamparas de vidrio permitía al inquilino sacar la cabeza por el tejado y estirar el esqueleto. La techumbre estaba habitada por varias familias de gatos de todos los colores y tamaños a los que Terri y su vecino Compendio ponían latas con agua y restos de la comida que diariamente les preparaba y servía doña Rosario en la Tabernilla. Cocinaba estupendamente. Era, al decir de Terri, una bendición de mujer a la que la madre naturaleza había premiado con una hija muy linda, como de veinte años, tan dulce y lozana que quitaba el hipo. El señor Perrote le pagaba los estudios universitarios de Derecho para que se hiciera notaria o registradora de la propiedad o por lo menos jueza, algo que horrorizaba a Malalata y a sus pupilos. Lógico.

Con observar las angostas condiciones de vida de todo un teniente coronel (en la reserva) como Terri era suficiente para darse cuenta de que no mentía sobre los cero dólares recibidos de la cuantiosa recompensa propalada por el virrey Bremer a quien diera información veraz del escondrijo de los hijos del sátrapa ni sobre las acechanzas de muerte que pendían sobre él. El testimonio de Maja (ahora Mari Nox) confirmaba de lleno la historia de Terri ante el siempre desconfiado público lector. Tilo telefoneó al Centro de Inteligencia Nacional para conocer la versión del director, pero no tuvo suerte, nunca la tenía, pues los directores, ministros, subsecretarios y demás ralea directiva de aquellos establecimientos oficiales se hallaban siempre reunidos o ni siquiera se hallaban, eso sin contar que sólo hablaban de los asuntos que les interesaban. Los informadores les resultaban molestos: querían saber demasiado.

Dejó constancia del silencio oficial y facturó el texto para satisfacción del adjunto suplementario, que enseguida encargó dibujos y gráficos para ilustrar el reportaje (o lo que fuera) de modo que quedara bonito sobre el papel satinado del “colorín”, como llamaban al suplemento dominical. Para aquellos mandos intermedios la estética era tan importante como el contenido. Tilo atribuía el fenómeno a varios factores que se resumían en el triunfo de la epidermis sobre la esencia o, si se quiere, del envoltorio sobre el contenido. Los públicos consumían sensaciones al minuto.

La cuarentena de Terri le parecía tan injusta como injustificable por parte del organismo estatal al que había servido, proporcionando informaciones vitales para salvar vidas, de modo que unos instantes después de remitir la historia iracunda de Diagu Bandiera al gordito con tirantes enviaba un mensaje al director para informarle de la nueva temática que se traía entre manos: el tráfico ilegal de armas cortas y largas y minas antipersonas, prohibidas por la legislación europea, que acababan en manos de yihadistas.

–¿Es eso cierto? –Le contestó Elsolo.

–Según mis fuentes, tan cierto como el que saca un ojo y queda tuerto.

–Escríbelo, Tilo.

13.–Madagascar

En tiempo de paz, como llamaban a las guerras de baja intensidad que no proporcionaban espectáculo ni en las que participaban los estadounidenses a cara descubierta, Tilo circunscribía su tarea a las temáticas burocráticas sobre las fuerzas armadas y los cuerpos policiales. Se le veía pasilleando por el Parlamento, reseñando explicaciones de los ministros y altos cargos del ramo ante los representantes del soberano, cubriendo desfiles militares o informando de las visitas, idas y venidas de los miembros del gobierno, incluido el presidente, a las bases castrenses dentro y fuera de la península. Era un función rutinaria, aunque, como decía el amigo Abas, maestro del folio cuando en las redacciones todavía sonaban las máquinas de escribir y los teletipos, “peor sería tener que trabajar”.

Tras el placet de Eloso realizó los primeros movimientos: la consulta a los archivos centrales de aduanas para anotar las ventas de armamento y material de defensa en los últimos años. No todo el material, se entiende, sino las partidas de armas largas, bombas de racimo, municiones y minas de destrucción indiscriminada. La labor era sencilla en teoría, pero en la práctica no. Llamó al negociado para consultar los datos y le dijeron que estaban clasificados como secreto de Estado y ya el gobierno informaba al Parlamento sobre las ventas de armas al exterior. De hecho, la ley obligaba al poder ejecutivo a remitir un informe semestral al legislativo sobre el tipo de armas y municiones, las unidades y cantidades de los distintos artilugios bélicos, el importe económico y los países de destino a los que se exportaban. Un diputado con el que tenía trato le facilitó el último informe oficial. Por suerte o lo que fuera, las autoridades de comercio exterior, de las que dependían las licencias de exportación, se esforzaban poco en elaborar sus informes y en vez de identificar las piezas, por ejemplo: granadas de mortero, patrulleras, gases lacrimógenos, etcétera, dejaban los códigos de aduana y añadían al final del informe una fotocopia con el material que correspondía a cada código. De ese modo se ahorraban el esfuerzo de identificar cada partida.

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Sede de Hacienda que albergaba el archivo aduanero.

Con el peso de aquella hoja en el bolsillo optó por la solución más simple. Las soluciones simples son las mejores. Su amiga filósofa Eva Aladro desarrolló el Principio de Simplicidad y demostró que las grandes creaciones humanas aparecen regidas por la sencillez, que es, como decía José Ortega y Gasset, la cortesía del filósofo. Con esa Aladro sólo quedaba una vez al año porque hablaba más que un político y le cansaba la cabeza, pero su teoría le acompañaba siempre, de modo que por simplificar se puso una chaqueta azul y una corbata vieja y entró a primera hora de la mañana en el edificio de granito blanco que servía de sede a la dirección aduanera. Subió a la segunda planta y empujó la puerta sobre la que lucía un letrero: “Archivo”. Una sucesión de estanterías metálicas, situadas detrás de una mesa esquinada y de una silla negra, contenían grandes resmas de fino papel de impresora con rayas blancas y azules. Eran listados. Estaban ordenados por años. Echó una hojeada y enseguida vio los códigos en un extremo de aquellos tochos, seguidos de unas cifras y unas siglas que correspondían a los operadores de salida, destinos y receptores. ¡Eureka! Era el material que buscaba.

Agarró el primer tocho y lo llevó a la mesa. Las hojas estaban unidas en forma de acordeón, pero los códigos figuraban en el margen izquierdo, lo que facilitaba las consultas de cada partida correspondiente a minas, explosivos, municiones, armas cortas y fusiles con solo mirar las hojas correspondientes. Sin más sistemática que la allí impresa (fecha, cantidad, exportador, importador y destino) comenzó a tomar nota. Había dejado la puerta entreabierta y al cabo de una hora entró un hombre calvo y depositó sobre la mesa una pequeña pila de aquellos papeles de impresora que desprendían olor a teta sudada. Nunca había podido averiguar por qué carajo aquel papel olía a eau d’aisselle (agua de sobaco) y no a tinta o lapicero. El hombre le vio entre las estanterías, pero ni siquiera le saludó. Debía proceder de la época del cine mudo. Tanto mejor. Nadie volvió a molestar. Prosiguió sus anotaciones a un ritmo acelerado por la presión de la vejiga sobre la próstata. Hacia las tres de la tarde asomó la cabeza al pasillo, no vio moros en la costa, es decir, funcionarios observando el vuelo de una mosca, y se coló como una exhalación en un mingitorio de señoras. Meó, bebió agua, se lavó la cara y regresó a su labor. Era ya tarde (sobre las veinte horas) cuando esa máquina de escribir que llaman bolígrafo empezó a dar señales de agotamiento. Poco después cortaron la luz. Temió quedar encerrado, abandonó a toda prisa aquella dependencia y salió del edificio sin ser molestado por los pistoleros de la seguridad privada del organismo público.

Con aquellos datos en su poder (una libreta repleta de anotaciones) y las fotos que tomó con el teléfono móvil de algunos detalles de los tochos de papel, bajó a la estación del metro y subió al convoy que le dejaría cerca de la Tabernilla. Aunque sentía la inquietud de los ladrones de rosas de los parques públicos, nadie le seguía ni se fijaba en la libreta repleta de cifras que empezó a hojear con esa satisfacción de quien se deleita con el aroma de la cosecha floral. En un momento determinado alzó la vista y el cristal del vagón le devolvió la imagen de un burócrata de la triste especie administrativa de piel pálida y párpados hinchados.

Ya en La Tabernilla cotejó, con la ayuda de Terri, sus anotaciones con los datos de exportación de armamento de los informes oficiales de los dos últimos años. Las cifras no cuadraban ni a martillazos. Las exportaciones de armas ligeras y municiones registradas por las aduanas triplicaban las consignadas en el informe del gobierno a los legisladores. La diferencia se debía a la omisión de las ventas de armas de destrucción indiscriminada y a la ocultación de partidas con destino desconocido. Había además unas ventas exageradas de ametralladoras, fusiles y municiones al Reino de Marruecos.

–Entre reinos anda el juego –sospecho en voz alta.

–Correcto. O mucho me equivoco o el enemigo trafica con destino supuesto a Marruecos y real a los países del Sahel y del Cuerno de África –afirmó Terri antes de exponer su tesis de que el general Felonio, máximo responsable del control de aquellos tráficos, abusaba de la confianza de los amigantes de la otra orilla del Mediterráneo para cubrir las apariencias formales o burocráticas. El asunto era de fácil verificación. Telefoneó a un cónsul con cara de buena persona que Tilo había conocido en Rabat. El hombre se extrañó de la consulta, pues de sobra sabía que aquel reino había dejado de comprar municiones y armas ligeras al del otro lado del Estrecho desde la entrega administrativa y la posterior guerra para acabar con los trescientos mil saharauis y ocupar manu militari su territorio y apoderarse de sus preciados recursos naturales. Patrulleras, barcos de mediano tamaño, algún avión de hélice y furgonetas y camiones eran casi todo el material militar que el reino del norte exportaba al del sur, que pagaba con licencias para pescar en las aguas del territorio ocupado y con fosfatos extraídos de las tierras usurpadas.

Ni aquel cónsul ni el encargado de negocios de la embajada tenían constancia de las compras de material de guerra convencional, ametralladoras, fusiles reglamentarios, morteros, bombas convencionales, bombas trampa y aquellas preñadas con otras más pequeñas que llamaban de racimo y parecían el penúltimo grito de la maldad humana, pues estallaban sobre un punto central y en múltiples a la redonda, dejando al enemigo sin escapatoria. La aniquilación de todo bicho viviente en un área circular sin salida convertía en odiosos a aquellos artefactos, hasta el punto de que los gobiernos más civilizados, es decir, los que preferían procedimientos menos crueles y rudos de matar, habían decretado su prohibición.

La conclusión era evidente: la hipótesis de Terri sobre el uso del nombre del Reino de Marruecos para obtener permisos de exportación quedaba confirmada. La tapadera figuraba en los listados de aduanas pero no aparecía en los informes oficiales. Más difícil de comprobar resultaba el destino real de aquel material mortífero. Los testimonios del agente secreto eran contundentes, pero insuficientes frente a los ardides de la poderosa maquinaria de laminación política y propagandística. De nada servía la palabra de una persona inexistente como el agente Diagu Bandiera; necesitaba otras evidencias para denunciar aquellas operaciones delictivas y armar un buen escándalo. Cierto es que el escándalo de la verdad ya no movía el mundo.

Preguntó a una reputada pacifista catalana si las organizaciones no gubernamentales con las que mantenía relaciones informativas le podían facilitar contactos de personas conocedoras del tráfico ilegal de armamento en la ribera del sur del Mediterráneo, y aquella mujer cantarina, siempre dispuesta a realizar declaraciones altisonantes, le explicó que no tenía la menor duda de que las armas que fabricaban en la Península Ibérica acababan en Chad, Mali, Sudán, Níger, Eritrea, Etiopía, Somalia, Kenia y en otras zonas marcadas por conflictos tribales. Y también en Ruanda y Burundi. Las mayores ventas de armas odiosas se realizaban a Angola, donde se cifraban en más de cien mil las personas mutiladas por las explosiones de minas, aquellos artefactos indiscriminados, simples y duraderos, ideados por mentes criminales y esparcidos, simulados y soterrados por los contendientes para amputar y matar así en la guerra como en la paz. Esa epidemia afecta además a Zambia, El Congo y la nueva República Democrática del Congo. El mercado era enorme. La activista se extendió en consideraciones y razonamientos morales, éticos y sociales, al cabo de los cuales Tilo quedó ayuno de contactos aunque con un ligero dolor de cacumen a causa de la monserga.

A continuación llamó al prestigioso profesor universitario Pi i Sec, gran agitador de conciencias, a quien se atribuía el extraordinario avance de consignar en los preámbulos de casi todas las normas reguladoras del comercio exterior la prohibición de vender material militar a los países que gastaran más en armamento que en políticas sociales como la sanidad y la enseñanza. El interlocutor, un hombre fácil de localizar, pues le habían asignado los dígitos telefónicos correspondientes a su primer apellido (Pi, igual a tres catorce dieciséis), se explayó en críticas a las grandes corporaciones capitalistas que, según sus datos, armaban a los señores de las guerras, desmochaban gobiernos populares y plantaban dictadores con la única y exclusiva finalidad de apoderarse de los recursos naturales de los países empobrecidos. La criminalidad capitalista mantenía, según sus cálculos, un centenar de guerras de baja y media intensidad en el continente africano.

–¿Puede facilitarme algún contacto que me permita documentar el tráfico de armas prohibidas? –Le pidió Tilo.

–Lo relevante, creo yo –contestó el profesor Pi i Sec– es que los gobernantes de este país creen que pueden mentir impunemente. Se equivocan. Vamos a pararles los pies. Con las cosas de matar no se juega. Ellos tienen medios suficientes para controlar el tráfico de armamento, pero toleran la venta de esos productos, de esa muerte en bote, cuya prohibición real, no sólo legal, seguiremos demandando en la calle, en el parlamento y ante los organismos internacionales.

–¿A qué medios se refiere, profesor?

–A los servicios de inspección y control aduanera, por supuesto, y al personal de la inteligencia del Estado. Tenga usted en cuenta que la ley y los planes de espionaje les encomiendan imperativamente la labor de combatir el tráfico ilegal de armas.

–¿Considera que no cumplen con su misión? –Yo no considero ni desconsidero, yo afirmo que están incumpliendo la ley de un modo consciente y flagrante. Yo afirmo que esos servicios gubernamentales miran hacia otro lado. Lo he comprobado recientemente durante una estancia en Antananarivo.

–¿Dónde es eso?

–En Madagascar.

–Desconocía que la gran isla del Índico estuviera en guerra.

–No lo está.

–¿Qué hacía usted allí?

–Submarinismo.

–¡Ah, caramba!

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Playa de pescadores en Madagascar.

–Y afirmo que los responsables de esos tráficos ilegales y criminales deberían ser detenidos, puestos a disposición judicial y condenados y encarcelados –prosiguió el enérgico profesor disparado–. Desde luego, el gobierno de un país digno no puede consentir una participación tan directa y descarada en los genocidios y las matanzas de personas inocentes como las que están sucediendo en el continente africano. Hay que investigar y adoptar las medidas que en justicia correspondan, incluida la indemnización a las víctimas y sus familias.

–Entonces, en Madagascar…

–Allí me topé con un pescador que había estado preso en la Península Ibérica y me contó que en el taller de la cárcel hacían argollas y manijas. También cortaban y formateaban cientos de láminas de aluminio para confeccionar unas fiambreras bastante ridículas por su escasa capacidad. Por lo visto, las argollas eran para granadas de mano y las latas podían ser carcasas de minas anti-personas.

–¿Me puede proporcionar su dirección para recabar su testimonio para el periódico?

–Lamentablemente no recuerdo su nombre.

–¡Qué mala suerte!

–Soy muy despistado para los nombres, créame que lo siento.

–Le creo, profesor… ¿Sabe en qué prisión estuvo?

–No me lo dijo.

–¡Vaya por Dios!

–Supongo que era alguna cárcel del norte; me comentó que hacía mucho frío y no cesaba de llover –recordó el profesor.

–¿Le dijo por qué lo metieron al trullo?

–Esas cosas ni se preguntan ni se dicen –respondió el profesor.

Viciados por la política, los activistas de hogaño ejercían un activismo tan crítico como cómodo. Eso era posible porque el dinero público y las dádivas a sus organizaciones y fundaciones por parte de empresas y sociedades mercantiles que se beneficiaban de grandes descuentos fiscales financiaban sus poltronas. Su teatralidad resultaba imprescindible a la pluralidad democrática. La honradez les perseguía, pero ellos corrían más.

Tilo llegó a la conclusión de que el submarinista era un cínico de tomo y lomo. Y Terri añadió: “Correcto, aunque más de tomo que de lomo”. Ambos se preguntaron cómo era posible que un tipo dedicado a combatir el tráfico ilegal de armamento pasara por alto y por bajo un testimonio tan relevante como el de aquel pescador. ¿Jugaba de farol? Sólo sabían que “cínico” viene del latín, canelo o perruno, que defeca y orina en público sin ningún pudor. Con todo, una pista como la proporcionada por el profesor submarinista, por más borrosa y deletérea que fuese, podía ser un carril por el que penetrar en las filas del enemigo.

La dirección de prisiones disponía de talleres en más de cincuenta cárceles y suscribía acuerdos con empresas nacionales y multinacionales por los que más de cuatro mil presos trabajaban para ellas. Al reportero le resultó fácil obtener los datos oficiales. Los sindicatos de la clase obrera y laboral denunciaban con rabia los salarios de miseria que pagaban a los presos, siempre por debajo del mínimo legal. Decenas de empresas se beneficiaban de la explotación de los reclusos. El organismo penitenciario eructaba beneficios millonarios. Y los presos se peleaban por conseguir un puesto en el taller y disponer de un dinerillo. El sistema era perfecto, un microcosmos de lo que ocurría fuera de aquellos muros coronados de alambradas. Los penados trabajaban el cuero: hacían zapatos, balones, carteras y cartapacios; trabajaban la madera: hacían cajas, sillas mesas; trabajaban el metal: hacían latas, apliques, muelles, piezas de tornillería; trabajaban la harina de gramíneas: hacían pan, tortas, pasta. Su actividad era abundante y diversa. Sin embargo, las autoridades gobernantes se negaron a aportar la lista de empresas que encomendaban su producción a los talleres penitenciarios. Adujeron que esa información era reservada y que su difusión perjudicaba los intereses económicos y comerciales del organismo y de sus clientes. Tilo apeló a un llamado “consejo de la transparencia”, creado para cubrir las apariencias democráticas ante la corrupción campante y del que no esperaba respuesta alguna. Invocó el derecho a la información y se dirigió al llamado “defensor del pueblo”, del que tampoco esperaba respuesta satisfactoria. Pobre pueblo que necesita un defensor.

Mientras tanto iba avanzando a paso de peón. Consultaba a los representantes sindicales de los funcionarios de las prisiones del norte peninsular, a los voluntarios de las organizaciones humanitarias que ayudaban a los presos a reconciliarse con el mundo y a los que salían de entre los barrotes con permiso temporal o con la pena cumplida. No tardó en identificar a dos empresas que podían estar fabricando minas antipersona y anticarros con los componentes y manufacturas de los presos. Entreveraba sus pesquisas con el quehacer diario y no dejaba de participar a Terri cada dato que iba obteniendo, pues desde su escondrijo le ayudaba a orientar la investigación.

Llega un momento en el que el jinete del caballo de ajedrez ha de correr riesgos y exponerse a las flechas de los alfiles, le dijo Terri en referencia a la entidad Packaging and Mechanisms, cuya denominación anterior era Customized y anterior Special Tools y antes se llamó Mecanotécnica. Las consultas electrónicas de Terri al registro mercantil con la ayuda y la identidad de Malalata le aportaron otros datos sospechosos. El administrador de aquella sociedad anónima resultó ser un frutero de Valencia que ni siquiera sabía que administraba una entidad tan boyante, con beneficios millonarios. De presidente figuraba don Ramón Pariente Sobrino, con un número de documento de identidad más falso que Judas Iscariote. La consejera delegada era una mujer que resultó ser una masajista tailandesa afincada en Carabanchel Alto. Tilo anotó su dirección y fue a verla, habló con ella, registró con su teléfono móvil su expresión de sorpresa ante la información sobre tan relevante cargo en la sociedad mencionada y ella le ofreció un masaje con “final feliz” al módico precio de veinte euros, aunque a aquella hora de la mañana no tenía el pene para pajas. La sede social de la entidad mercantil estaba en el Camino Viejo de Majadahonda (Madrid), pero en aquella localidad todos los caminos viejos habían sido borrados, de modo que su viaje por aquellos andurriales sólo le sirvió para ampliar su colección de caras con gestos de extrañeza. En cuanto al capital social declarado por Packaging and Mechanisms, procedía de una sociedad de inversión de capital variable, una sicav, una forma de colectiva de multiplicar el dinero con un descuento ridículo en impuestos por los beneficios.

En el argot del periódico llamaban «chupetín» a la semana de vacaciones de los trabajadores a cuenta de los fines de semana y festivos trabajados. Tilo aprovechó un chupetín para hacer bueno el dicho de Malalata: «Quien quiera peces que se moje el culo». Se desplazó por su cuenta y riesgo a un lugar llamado Monte Racelo, en el noroeste peninsular. Podía haber solicitado la compañía de un reportero gráfico del periódico, pero prefería trabajar solo; con la honrosa excepción de Guci, no conocía fotógrafo o cameraman que no destacara por esa insolencia de los superhombres o megamujeres que sabían más que Google y no admitían las indicaciones de los plumillas. Eso sin contar la indiscreción de aquellos profesionales.

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Ladera de Monte Racelo.

El viaje hasta la ladera de aquel Monte Racelo era largo. Recorrió de noche y a toda velocidad los seiscientos kilómetros y llegó una hora antes de que algunos presos de la cárcel que allí había salieran de permiso de fin de semana por buen comportamiento. Se acercó a la parada donde solían esperar el autobús y pegó la hebra con los tres que allí había. Al identificarse como periodista, ellos denunciaron el trato privilegiado que recibían unos banqueros estafadores en el «módulo de los señoritos». Era lo que más les interesaba. Le pedían que se hiciera eco de la vida regalada entre rejas de aquellos ladrones de cuello blanco. Tras hundir o vaciar una caja de ahorros regional, se llevaron un porrón de millones de euros en concepto de indemnización por la autorrescisión de sus de sus contratos, lo que indignó mucho a la gente. Lógico. Con sus testimonios, con nombres supuestos, querían joder al alcaide, a los jueces y al gobierno. Lógico. Les fastidiaba que aquellos delincuentes de postín residieran al margen de los demás reclusos, sin reyertas ni problemas. También en la cárcel había clases sociales. Y por supuesto, los señoritos no pisaban los talleres, no trabajaban; por algo eran señoritos y habían sido directivos.

Ya sobre el destino de la producción de latas, muelles y apliques coincidieron en que les importaba un higo a donde iban y para qué servían, aunque suponían que irían a la industria conservera para enlatar peces y moluscos. Desconocían el nombre de la empresa que los explotaba y sólo sabían que unos guardias civiles se llevaban la producción dos o tres veces por semana. Tilo se dijo que debía de haber empezado por ahí, pues lo que no sepa la Guardia Civil no lo sabe nadie. Cierto es que si “mi comandante” repartía la propina por aquellos servicios especiales, cada guardia sería una tumba y no habría nada que rascar. Di tu que el mando no daba ni la hora y, por otra parte, tuvo una suerte de mil rayos:

–A usted le conozco yo; o mucho me equivoco o es usted Tilo –dijo un recién llegado a la parada, un tipo como de cuarenta años, la barba negra y tupida, chubasquero con capucha atrás, pantalón vaquero y botas chirucas.

Tilo le miró con esa mezcla de interés y curiosidad de quien observa una partida de ajedrez e intenta adivinar el próximo movimiento del jugador en turno.

Pues es usted mucho mejor fisonomista que yo.

–¿No me jodas que no te acuerdas de mi? Soy Ramón, de tu pueblo, el hijo de Maribel y Baudilio. ¿Te acuerdas ahora?

–¡Lahostia, Ramoncín!

Se abrazaron efusivamente como si se alegrasen un huevo de verse y enseguida Tilo se disculpó por no haberle reconocido.

No sabía que te hubieran mandado tan lejos de casa –dijo Tilo por decir algo.

–Pues sí, ya ves, aquí me han mandado –contestó el otrora Ramoncín al tiempo que saludaba genéricamente a los tres internos con permiso. Luego le apretó el brazo y le hizo un guiño en señal de discreción. En ese momento asomaba por la curva el autobús–. Ahí viene, me ha alegrado mucho verte, si vas por la tierra da recuerdos a los Febrero y al amigo Evencio.

–Espera, hombre, yo te llevo –dijo Tilo, interesado en obtener algún provecho del encuentro. Se registró un leve forcejeo y finalmente aceptó que le acercara a la ciudad en el Triumph, un vehículo en el que pocas personas tenían ya la oportunidad de viajar.

–¿De modo que dejaste las Fuerzas Armadas? –Le preguntó después de recordar la última vez que se vieron. De aquello hacía más de quince años y entonces Ramoncín estaba destinado en la misión de paz en Bosnia. Ahora era inspector de policía, con grandes posibilidades de llegar a comisario, y se dedicaba a combatir el narcotráfico, razón por la cual visitaba a deshora a algunos confidentes presos.

Ante una taza de café con leche, Tilo le explicó el motivo de su viaje a aquellas latitudes líricas y melancólicas, y su interlocutor le dibujó un plano sobre una servilleta de papel con la ubicación exacta del lugar y los símbolos visibles al que los guardias llevaban la producción de los reclusos. Eso fue todo, y fue suficiente para el periodista, quien respetó la condición de Ramoncín de no preguntarle una palabra más del asunto. Cabía suponer que el policía secreto poseía información sobre la fabricación y otros detalles como el transporte de armas inhumanas y prohibidas, pero, como le dijo, tenía que vivir y alimentar a su familia. Si los jueces valientes de otro tiempo se mantuvieran en su puesto, otro gallo cantaría. Eso dijo. Pero aquellos magistrados resultaban molestos, interferían en los negocios sucios de los poderosos y fueron removidos de sus puestos mediante los ardides y procedimientos más diversos, incluida la condena como prevaricadores. Aquello ocurrió antes de que la corrupción, con ser mayúscula, no se convirtiera en sinónimo de “sistema”. Ahora era “sistémica”.

El plano de Ramoncín le condujo sin pérdida a un santuario que llamaban de la Virgen de la Saudade. Tal como el madero le indicó, a unos doscientos metros de la carretera general distinguió aquella ermita que por su tamaño más parecía iglesia que capilla. Estacionó el Triumph y se encaminó hacia el templo. La puerta estaba cerrada sin trancar, abrió, entró, respiró el frescor con olor a cirio y enseguida vio la salida entreabierta del otro lado. Se asomó: era un cementerio. Detrás de las hileras de tumbas estaba lo que llamaban la factoría: dos contenedores metálicos de color teja. Se adentró entre los mausoleos, tomó varias instantáneas mientras avanzaba hacia el container que tenía la mampara abierta. Se asomó por el ángulo inferior, cuidando de que no le vieran. Unas mujeres manipulaban los botes de lámina de aluminio que fabricaban los presos. Sonaba una radio. Se esmeró en filmar con el teléfono móvil las evoluciones de aquellas damas de ropas oscuras. Eran seis. Cinco parecían de edad avanzada. Trabajaban en cadena sobre una tabla alargada y apoyaban sus traseros en unas banquetas. No se veía muy bien lo que hacían, pero la primera agarraba el bote de los cajones de material e introducía un pequeño globo como una pelota, la segunda añadía un polvo amarillento que sacaba a cucharadas de una artesa de madera, la siguiente agregaba un líquido negro y viscoso que parecía brea o cieno y salía del tubo de una sucia regadera metálica, otra a su lado añadía una especie de estopa o lana o algodón amarillento, la quinta agregaba varias cucharadas de polvo blancuzco y empujaba el bote a la sexta y última, que parecía más joven y tapaba el recipiente haciéndolo girar en un torno. A continuación colocaba el bote en una caja de tabla maciza.

La producción manufacturera de aquellas mujeres era considerable a juzgar por las torres de cajas llenas de botes que apilaban a un lado de la improvisada factoría. Se adentró entre unas matas de ortigas y echó una ojeada a la parte trasera de aquellos cubos rectangulares. Las roderas de camiones y furgonetas discurrían entre los eucaliptos y conducían, dedujo, hacia algún embarcadero en la ría.

Volvió sobre sus pasos y echó discretamente una última ojeada a las operarias, pero se vio sorprendido por un hombre alto y fornido que en ese momento salía del contenedor.

–¿Qué hace usted ahí? –Le peguntó con tono de pocos amigos.

–Observando –dijo.

–Aquí no hay nada que observar –dijo el tipo, al tiempo que apretaba el puño a la altura de la barriga y avanzaba un pie hacia él. Se percató del peligro y retrocedió al instante sobre las ortigas.

–Usted perdone, no sabía que estaba prohibido mirar.

–¿Quién es usted? Usted estaba espiando –dijo el hombre con movimientos de morrosco. Tilo siguió retrocediendo. Varias mujeres se asomaron. El forzudo se volvió hacia ellas: “Parece que tenemos un instruso”.

–Ni intruso ni hostias –saltó él, mencionando el apellido labrado sobre la lápida de una tumba cercana. Al oírlo, una de las mujeres salió del contenedor y se precipitó hacia él, exclamando: “¡Pero neniño, qué alegría!” Tilo le siguió el juego con un beso y un abrazo. El morrosco depuso su actitud y abrió mucho los ojos:

–¡Ave María Purísima lo que has cambiado, rapaz! —Exclamó el forzudo.

–Pues sí, supongo que a mejor. ¿Y usted, cómo va?

–Como siempre, pastoreando a los feligreses.

–¿No te acuerdas del padre Pariente? Él te enseñó en catecismo –terció la mujer identificada como tía Mónica.

–De primeras no lo he reconocido –contestó–; el tiempo a todos nos cambia, tía. Pensé que me iba a pegar por mirar lo que hacéis. ¿Qué es eso?

–Envasamos medicinas para la gente del tercer mundo. El señor cura nos procura la labor.

El cura se revolvió hacia las mujeres y éstas volvieron a su labor. A continuación tendió la mano al supuesto Outeriño y se despidió advirtiéndole de que aquí se viene a rezar por los vivos y los muertos y no a mirar. Tilo encajó la regañina de aquel fornido sesentón con una sonrisa fingida y varias inclinaciones de testa por si deseaba propinarle un coscorrón. Cuando se largó, le preguntó a la anciana:

–¿Os pagan bien?

–Una miseria, hijo, pero ciento cincuenta euros al mes es más de lo que se saca con las patatas y ayuda a ir tirando –dijo la tía Mónica.

Tilo la acompañó al interior del contenedor, donde era el tercer eslabón de la cadena. Como tenía prisa en llegar a la ciudad y no traía ningún regalo para la supuesta tía, le dio un billete de cincuenta euros para que se comprara algo y depositó sobre la mesa otro de veinte para que convidara a sus compañeras, que se pusieron muy contentas. De paso examinó los productos que se traían entre manos y agarró una de las bolas que introducían en los botes. La mujer al cargo le pidió que tuviera mucho cuidado porque contenía oxígeno líquido y si caía al suelo podía estallar.

–¿Oxígeno líquido?

–Para la respiración.

minas antipersonas
Minas anti personas.

Las mujeres se hallaban convencidas de la aplicación sanitaria de los productos que con gran destreza metían en aquellas latas o “lotes multipropósito”, en palabras de la más joven y última de la cadena, quien comentó que esta labor era menos penosa para la vista y las manos y más rentable para el bolsillo que coser uniformes para el ejército, como hacían en otros tiempos las elegidas del señor cura. Tilo les hizo una foto de familia y filmó de cerca los productos que manipulaban: las pelotas de gas explosivo que tomaban por oxígeno, el lodo ferruginoso, los mechones de lana que olía a fósforo, el azufre y el polvo blancuzco que atufaba a cloro. Entre ruegos de la tía Mónica de que volviera a visitarla se despidió hasta más ver.

14.–Máster

El reportero había conseguido llegar, ver y filmar; consideraba satisfecho el objetivo de su viaje. Notó que el estómago reclamaba la atención horaria: eran las dos de la tarde, hora de alimentarse. Había recorrido unos cuarenta kilómetros desde el curato que albergaba el santuario y el cementerio de las minas anti-persona. Se desvió hacia una población costera y callejeó hasta el puerto pesquero. En una taberna pidió vino de la tierra, leyó los productos en la pizarra y se zampó una cazuela de almejas guisadas no sin antes preguntar en tono de broma si eran de la mar o de lamer, a lo que la tabernera, mujer tranquila, de muslos oceánicos y edad intermedia, le respondió con una sonrisa picaruela, siguiéndole el juego: “De la ría, muy sabrosas también, pero si quieres de lamer, también tengo”. Las de la mar eran tan frescas y abundantes que le dejaron sin ganas de más.

A un tipo que ha conducido un coche toda la noche le está permitido echar la siesta. Sin embargo, los hoteles de la ciudad estaban llenos de familiares de cadetes navales y se tuvo que conformar con el asiento reclinado del Triumph para pegar ojo hasta que el estruendo de un camión de bomberos le despertó. Eran más de las cinco de la tarde. Se acordó de la petición de Lola: Empanada de vieras y una botella de Viña Costeira. Consiguió ambos productos en una panadería y en una tienda de ultramarinos pegadas a la lonja. Llamó a Terri para informarle del buen resultado de sus pesquisas, pero el coronel rebajó su entusiasmo echando en falta los datos sobre el transporte de los contenedores y otros detalles para nota. Le habló como lo haría un espía con todo el tiempo del mundo para obtener información de primera mano por procedimientos arteros. Bastante cargo de conciencia tenía él ya por haber simulado ser quien no era ante el cura de marras y las marías del sagrario como para meterse en más profundidades.

–Pregunta a los pescadores de los puertos más cercanos –le aconsejó Terri–; seguramente sepan si cargan manufacturas.

Tilo aceptó la recomendación y tuvo que reconocer que Terri tenía razón: los grandes atuneros que faenaban en aguas lejanas llevaban mercancía no declarada, decenas de cajas de madera compacta que se suponían vacías para llenarlas de pescado. Se rumoreaba que algunos transportaban mercancías de extranjis, pero solía ser herramienta, motores, generadores eléctricos, neumáticos, motocicletas… No armas. Ni mucho menos minas de destrucción indiscriminada. En todo caso, nadie preguntaba ni inspeccionaba. Los que tenían la obligación de hacerlo aceptaban la respuesta del patrón por la cuenta que les traía. Y muy buena debía de ser a juzgar por el tren de vida de algunos mandos de una temible institución policíaca. Con todo, los comentarios de tasca no hallaron refrendo de armador ni patrón alguno a los que Tilo preguntó.

Ya a malas apuró sus pesquisas haciéndose pasar por representante de una organización solidaria en busca de transporte a precio razonable de unas partidas de alimentos no perecederos y leche condensada hasta el puerto industrial de Mauritania, al sur de Nuackchot, destinadas a unas monjas blancas que pedían ayuda para paliar la desnutrición de los niños de las barriadas de la capital. Eso no era posible, le dijeron en cariñoso idioma. Tomó nota y evitó montar pollos dialécticos con aquellos pájaros. Se ve que aquella tierra lírica y aquel cielo melancólico le inspiraba paz, sosiego, mansedumbre. También la afabilidad de las mujeres con las que habló influía en su ánimo.

De nuevo en la capital del reino sentía el peso del cargador, creía tener munición suficiente para lanzarse al ataque. Sin embargo, el coronel Terri le recomendó fijar bien el objetivo. “Te enfrentas a unos buitres de acero inoxidable y has de tener en cuenta el rebote de las balas, vaya a ser que te vuelen la cabeza”. Eso le dijo. Desde su guarida en la Tabernilla le prometía hacer gestiones con los inalámbricos que le proporcionaba su hombre de confianza, el maestro Malalata, y a través de las redes sociales y los chats de Internet. Pero aparte la nueva palabra de Mala, aquel chatedigo que no se le caía de la boca, las aportaciones del amigo Terri resultaban nulas de toda nulidad. Sin duda llevaba razón cuando le recomendaba buscar el punto débil del blindaje del enemigo antes de disparar, pero el periodismo y la urgencia van de la mano y en ocasiones hay que pegar tiros al aire para hacer ruido y llamar la atención, de modo que lanzó los datos del servicio aduanero sobre las exportaciones reales de armamento y material de defensa de los dos últimos años, en contraste con los conocidos y reconocidos en los informes oficiales. Las reacciones fueron tibias. La oposición política, con alguna excepción, prefirió ignorar el asunto. Los gubernamentales razonaron: si no vendemos armas nosotros, las venderán otros. El problema no era el mercado, sino la sangre que insistía en expresarse.

En cambio, el eco o eso que llaman “impacto” de la información sobre la contribución decisiva de un espía peninsular en la caza de los hijos del dictador irakundo había sido satisfactorio si por tal se entiende que las agencias nacionales e internacionales y las emisoras de radio y televisión reprodujeron la noticia. El gordito con tirantes y el director del periódico aparecieron en las pantallas de varias televisoras explicando la primicia. Cosecharon felicitaciones en las tertulias de los medios audiovisuales en las que participaron. Se les veía satisfechos de la contribución a la sabiduría patriótica. También el delegado del diario en la capital del reino, el joven y sobradamente preparado, competente Máster, apareció en algunos programas de televisión discerniendo entre los profesionales bien pagados por las pocas empresas que apostaban por un periodismo de calidad y el resto, o sea, la mayoría. Se le notaba una querencia japonesa hacia la empresa.

La publicación de la aventura de Diagu Bandiera le ocasionó un gasto suplementario en el Club del Orujo, que se regía por una norma tan arbitraria como cualquier otra, según la cual, quien diera la noticia más destacada del día tenía que pagar la ronda. Tampoco era para arruinarse, pues el club estaba compuesto por tres compañeros que se motejaban entre sí como Jodas, el Cazador de Leones y Beluguero. A él le llamaban Breve por su tendencia a salir corriendo o porque sus informaciones acababan en “un breve”, una nota corta. El nombre del club era inexacto: salvo el Cazador de Leones, que insistió en fundarlo (le gustaba fundar cosas), ningún socio tomaba aquel aguardiente de altísima graduación; Beluguero y él bebían vino tinto (a veces blanco) y Jodas, cerveza. Solían reunirse al acabar la jornada en una taberna cercana al periódico, comentaban las jugadas políticas y económicas, hablaban de historia, de mujeres, de literatura, discutían, se reían, realizaban sus libaciones y se retiraban como los mochuelos a su olivo.

Unos días después de la celebrada exclusiva por parte del director y sus acólitos, felices de que una noticia del siglo pasado contribuyera a vender más ejemplares, Tilo creyó vislumbrar una fisura en el blindaje del enemigo. El Máster se acercó a su mesa con un ejemplar del suplemento.

–Esta afirmación no es exacta –dijo, mostrándole unas líneas subrayadas.

Si fuera como dices, la habría omitido. Ya sabes que no acostumbro a…

Te han intoxicado.

¿Por qué dices eso?

–Eloso ha recibido quejas de las alturasle informó el delegado.

¿Puedes ser más concreto?

Quien te haya dicho que el espía no cobró un dólar de la recompensa, te ha engañado; parece ser que el tipo cobró una pasta y la puso a buen recaudo. Has de tener cuidado, no podemos permitirnos columpiadas como esta –dijo el Máster con un tono de contrariedad que contrastaba con la satisfacción reflejada en su rostro.

Te aseguro que no empleo el tiempo en los columpios ni trato con fuentes tóxicas, de modo que esas quejas obedecen a intereses espurios, por no llamarles de otra manera. Cuando yo firmo y afirmo lo que afirmo es porque es verdad; de lo contrario no lo diría, ¿vale? Si las alturas, supongo que el ministro del ramo o el jefe de los servicios de inteligencia…

Exáctamente.

–Vaya, así que el general que jamás habla con los periodistas, llama al director del periódico para quejarse de que faltamos a la verdad en el cobro de una recompensa que él mismo ha dado orden de investigar sin obtener ningún resultado porque el agente a sus órdenes no cobró un dólar… Supongo que quiere salvar la cara de los chorizos de antaño, concretamente del administrador Bremer.

–Sea como sea, el director quiere que hable con él, nos ha concedido una entrevista.

–Eso sí que es buen periodismo, Máster; una entrevista con el jefe de los servicios secretos no se consigue todos los días. Supongo que se la vais a hacer el director y tú.

–Viene Saro también –dijo en referencia al gordito con tirantes.

Mira qué bien. Imagino que mi presencia es innecesaria.

–Tampoco vamos a abusar de su generosidad: nos ha invitado a comer el sábado en un restaurante de…, con dos estrellas Michelín.

–¿De dónde?

Creo que está entre Aranjuez y Ciempozuelos.

Eso es estupendo –dijo Tilo con rentintín.

–Comprenderás que el director prefiera que no vengas, no cabríamos en el taxi y además no te vamos a fastidiar el fin de semana libre –abundó el máster en la exclusión del reportero.

–Lo entiendo perfectamente: tú, el dire, el señor Saro, el fotógrafo…, demasiada gente para un taxi. Pero volviendo al asunto, deberías preguntarle si tiene pruebas sobre el pago de la recompensa al agente español y si os puede mostrar el recibo. Asumo que se negara a hablar conmigo, a pesar de la insistencia, la reiteración y la espera durante más de un mes, como bien sabe el adjunto al director, pero si quiere dejarme por mentiroso y joder al medio con un desmentido, tendrá que hacerlo con pruebas.

–¡Joder, Tilo! Tampoco se trata de crear un conflicto internacional –se escudó el máster.

–¡Ni conflicto ni hostias! ¿Acaso crees que el señor Bremer y su piara iracunda pagaron un montón de pasta, un tercio de aquellos treinta millones de dólares, a un espía español sin que éste firmara el recibo correspondiente? Que os muestre el recibo y el número de cuenta bancaria si el espía cobró por transferencia. Alguna evidencia sería menester…

–Vale, vale.

–Es lo mínimo que puedo pedir a quien me acusa de mentir.

–De acuerdo, no te pongas estupendo –dijo el máster pro forma, como si de pronto le resultara molesto el compromiso de mantener y defender la veracidad de la información–. Tampoco se trata de armar la de Dios es Cristo por saber si cobró o no. Esa gente tiene mucho poder y es preferible estar a bien que andar a hostias con ella.

–Entonces pregúntate qué interés pueden tener mis fuentes en contarnos lo que saben de primera mano y tienen los gobernantes en desmentir la verdad sin ninguna prueba. Ahora bien, si consideras que el general Felonio es más creíble que mis fuentes, huelgan las preguntas –abundó Tilo.

¿A qué fuentes te refieres, a Canaletas o a La Cibeles?

Inspirado te veo, puedes seguir con la Fontana de Trevi, el Mannken pis… Pero sábete que en todos mis años de oficio nunca me han desmentido una información por muy molesta y dañina que fuese para los titulares del poder. Otros hacéis política de titular y relumbrón y le llamáis periodismo y derecho a la información. En fin, no tengo palabras.

El Máster le lanzó una mirada acerada de bala dundún y dio por terminada la plática.

En la sección de fotografía se registró cierto debate sobre la cobertura de la entrevista del sábado con el superespía porque todos los redactores gráficos estaban ocupados en el fútbol y el balón cesto y nadie asumía deportivamente el trabajo suplementario fuera de la Villa y Corte. “Seguramente iré yo”, le dijo Baranda, un vasco exportado como jefe de sección a la capital del reino después de cubrir durante varios años el Tour de Francia y la Vuelta Ciclista de paquete en una motocicleta. Era un buen tipo, pero propendía al chismorreo y era dócil a los superiores, de modo que Tilo prefirió no decirle que se fijara en si el máster solicitaba al general alguna prueba sobre el cobro del famoso premio por parte del espía español en Bagdad.

Aquella noche, mientras Terri repensaba la jugada de ajedrez e incrustaba repetidamente la boca del botellín en la ranura de su bigote que iba adquiriendo el vuelo de una mariposa con las alas abiertas, no dejaba de repetir el nombre de Ciempozuelos como si hubiera aislado a la reina y estuviera calculando sus movimientos para comérsela cruda. Sin duda, el coronel seguía procesando los comentarios de Tilo sobre la entrevista de Eloso y sus acólitos con el general Felonio.

–¡Pues claro, la hostia..! –Se sobresaltó, clavando la vista chispeante en el reportero.

–Claro ¿qué?

–¿Qué hay en Ciempozuelos?

manicomio
Ángulo lateral del centro psiquiátrico de Ciempozuelos.

–Que yo sepa, el manicomio –dijo Tilo.

–Correcto. Y eso me recuerda una expresión de algunos pollos al mando del Centro.

–¿Qué expresión?

–Ellos decían: “¿Estamos locos o qué?” Siempre pensé que aquella familiaridad con la palabra “loco” por parte de Felonio y sus hombres de confianza no era gratuita, debía de tener un origen, algo que se me escapaba. Algunas veces utilizaban aquel “estamos locos o qué” sin ton ni son, por ejemplo, para decir que llevaban mucho rato de reunión, para hacer una observación doméstica, para criticar algún detalle y, desde luego, para oponerse a lo que fuera.

–Anda que no eres rebuscado, coronel.

Creo que funcionaba como una consigna entre ellos.

–¿Y eso qué tiene que ver con que Felonio haya invitado a los entrevistadores en un restaurante de postín entre Ciempozuelos y Aranjuez? No estamos locos, sabemos lo que queremos, decía la canción de aquellos tiempos.

Terri se mantuvo en silencio hasta que la repetición de los movimientos del rey frente a la voracidad de su dama determinó tablas. Tilo contó su chiste: “Un pato negro y otro blanco echan una carrera. ¿Quién gana?… Empatan”.

–Hagamos una gestión –propuso Terri empuñando el teléfono–, vamos a ver por qué diablos ha elegido ese restaurante fuera de la ciudad.

Accionó el buscador, Tilo grabó en su teléfono el número que le cantó el coronel, acto seguido se lo entregó. Su conversación con la persona del establecimiento que atendió la llamada fue breve, pero suficiente para saber que el harlista señor Felonio almorzaba allí un sábado al mes en compañía de otro señor.

–¿Harlista también?

–Es muy mayor para manejar moto, viene con él –dijo la voz de mujer.

–Es que este sábado hemos quedado a almorzar en su magnífico restaurante y quería cerciorarme de si había hecho la reserva.

–Si, tienen reserva para cinco personas. Por cierto, no me ha solicitado el menú especial para su compañero habitual, el director del psiquiátrico. Le encantan las mollejas al vino. ¿Sabe usted si vendrá?

¿El director del manicomio de Ciempozuelos?

–Si, el viejo que suele acompañar al señor Felonio.

–Si no le ha dicho nada, seguramente no irá –aventuró Terri, quien, nada más cancelar la conversación, exclamó:

¡El manicomio es la clave!

15.–Manicomio

Se pueden hacer las cosas bien, mal, regular o como los militares: a su manera. Aquellos tipos de uniforme desconfiaban de los civiles y adoptaban sus procedimientos paralelos. Esquivaban al poder civil, civilizado; burlaban y se burlaban de los representantes políticos, mayormente incompetentes; actuaban según convenía a sus intereses; se consideraban la columna vertebral de una patria sobre la que camparon a mano armada durante gran parte del siglo XX cual vulgares matones medievales. El advenimiento de la democracia representativa acotó sus fechorías al ámbito cuartelero, pero conservaron, mediante amenazas, unas parcelas de poder bien valladas y protegidas por perros de presa. Una de ellas era la jurisdicción propia. Otra, el mando y control de los servicios de inteligencia del Estado. En aquellos terrenos hacían y deshacían lo que convenía a sus intereses particulares, generalmente envueltos en la bandera del reino, como correspondía a su más alto, elevadísimo, patriotismo.

En ese contexto era comprensible que el general Felonio mantuviera su espacio exclusivo dentro de los servicios secretos y que en vez de proveerse de identidades falsas para los agentes en el organismo civil correspondiente, el ministerio del interior, esquivara ese control y consiguiera por otros medios la documentación falsificada para los espías de máxima confianza, los “pata negra” les llamaban.

El coronel Terri dio sentido a su afirmación de que en el manicomio estaba la clave con la hipótesis de que su antiguo jefe y temible enemigo, el hombre que le quería muerto, utilizaba la identidad de los locos para su gente en el centro de inteligencia. La suposición parecía razonable y explicaba la relación del general con el director del psiquiátrico de Ciempozuelos.

Un agente secreto con la identidad de un esquizoide encerrado de por vida goza de una impunidad absoluta –afirmó el coronel.

Tilo aceptó su explicación. Si Felonio realizaba operaciones ilegales de gran calado para la supuesta seguridad del Estado, es decir, acciones orientadas a acumular más poder y riqueza para sí y un reducido grupo de amigantes de las altas esferas, parecía lógico que se cuidara de que ningún organismo civil o institución política pudiera meter la nariz en sus asuntos.

–Pero ¿por qué los locos y no los muertos, por ejemplo?

–Porque si algo sale mal y detienen a un agente, pueden alegar que era un esquizofrénico fugado del manicomio. Si lo arrestan, arrestan a un loco. Si lo juzgan, juzga a un loco. Quiere decirse que lo devuelven al manicomio y podrá salir en cuanto lo depositen.

–¿Y si lo matan? –Quiso saber Tilo.

–Tanto da, liquidan a un loco. En alguna ocasión utilizaron la documentación de un mendigo para cometer un secuestro, pero la pifiaron y la policía capturó al secuestrador, lo que les obligó a hacer desaparecer al mendigo.

–¿Qué hicieron con él?

–Arrojaron el fiambre en alta mar.

–¡Joder!

–Cuando está en juego la cúpula del poder no se andan con contemplaciones.

–Te refieres a Felonio, claro.

–Y a sus amigantes.

–¿Quiénes son?

–Gente de alcurnia.

La hipótesis sólo admite un tratamiento: la acción para confirmarla o descartarla. Es una moneda al aire. En este caso, el trato amistoso del general Felonio con el director del psiquiátrico provincial de Ciempozuelos se adentraba en la vía por la que circulaba el tren blindado de los procedimientos secretos y los supuestos negocios inconfesables, de modo que se pusieron manos a la obra. Terri recordó varios nombres de antiguos espías significados por la expresión: “Estamos locos ¿o qué?” Tilo los anotó, consultó en el registro civil y obtuvo un pobre resultado: sólo una de aquellas personas figuraba en la lista de los vivos con residencia en la circunscripción capitalina, aunque no en la localidad de Ciempozuelos, sino en Bustarviejo, en el otro extremo de la provincia. Entonces supuso que los internos conservaban la matriz anterior al ingreso en el manicomio y, fuera porque el nombre de Liborio (del latín libo, liberar), le resultaba atractivo y al mismo tiempo contrario a la situación de una persona atrapada en un manicomio, o por cualquier otra razón, telefoneó al domicilio de aquel ciudadano.

–No está –le contestó una voz gastada de mujer anciana.

–¿A qué hora le puedo llamar?

–A ninguna, el niño no reside aquí –dijo la mujer.

–¿Dónde le puedo localizar? Quería hablar con él.

–Hablar… ¡Ojalá pudiera hablar!

–¿Pues qué le ocurre al niño, señora?

–Es mudo de nacimiento, señor.

–¡Qué mala pata! Aunque si vamos a ver, los adelantos de hoy en día permiten a los sordomudos defenderse perfectamente en la vida –dijo Tilo a modo de consuelo.

–Sordomudo no, sólo mudo; oye bien.

–Tanto mejor, así podré entenderme con él si me dice donde puedo encontrarle.

–Está en Ciempozuelos, señor.

–¿En el psiquiátrico?

–Sí señor. ¿Para qué quiere verlo? ¿No será usted de esos que regalan premios? El otro día llamó un promocionador diciendo que nos había tocado una batería de cocina, una batería…, usted considere… Se ve que el niño guarda los cupones que vienen en los botes y los manda para que me toquen cosas. Está mal de la cabeza, pero es muy bueno, muy bueno, y a mí y a su hermana nos quiere con locura. Ni se moleste en decirle que le ha tocado un viaje. Ahora bien, si usted tiene esa obligación, hágale el favor de cambiar el valor del premio por botellas de cocacola, le pírria la cocacola. Si buenamente puede, claro está.

–Naturalmente que sí –se comprometió Tilo antes de cancelar la comunicación.

La confirmación de la hipótesis alegró a Terri: ahora sabía que los sicarios enviados por Felonio para ultimarle poseían duplicados vivos y que el amigo Tilo movería Roma con Santiago para denunciar los procedimientos documentales del enemigo si le ocurría algo parecido a un suicidio o un accidente. Tenía constancia de que seguía en el punto de mira de K porque periódicamente el maestro Malalata le hacía el favor de pasarse por su casa, cerca de la glorieta del poeta Rubén Darío, a comprobar si la tenían pinchada. El veterano carterista adoptaba las medidas de rigor (guantes para no dejar huellas, gorra y gafas para evitar su identificación por las imágenes que tomaran las cámaras ocultas), entraba al apartamento de Terri, descolgaba el teléfono, realizaba una llamada internacional y se sentaba en el bar de la esquina a esperar el resultado en forma de automóvil del que salían dos individuos con bultos en los costados y se apresuraban a entrar en la finca. A juzgar por las instantáneas del maestro del sexto dedo, aquellos tipos tenían menos pinta de argelinos que el carterista de obispo. Otro camino del enemigo para cazarlo era el control de la cuenta bancaria a través de la que Terri percibía sus emolumentos de coronel en la reserva. El centro de inteligencia controlaba al instante cualquier movimiento contable, de modo que solían ser Mala, el sabio Compendio o el mayordomo de la señorita Lafun quienes le hacían el favor de acercarse a algún cajero de la entidad bancaria, nunca el mismo, y sacar el dinero que necesitaba para sus gastos. Terri conocía los métodos operativos de los esbirros de Felonio y sabía que más vale ser cazador que presa. De ningún modo iba a dejarse cazar. Por el contrario, podía pasar a la ofensiva y amortiguar a aquellos pobres diablos, como decía el maestro Malalata.

–¿Amorti…qué?

–Amortiguar, dejar muertos o, por lo menos escarmientar –aclaró Mala.

–No serviría de nada si no cazamos a K.

Para los fines periodísticos de Tilo, la confirmación de que el jefe de los servicios secretos empleaba la identidad de los internos en el manicomio de Ciempozuelos para sus agentes operativos de máxima confianza tenía mucho interés, pues no dejaba de ser pintoresco que la seguridad del Estado estuviera en manos de “locos”. Con todo, lo que más le importaba en ese momento eran las pruebas de la implicación directa del general y sus amigos mangantes en el negocio del tráfico ilegal de armas. No hay que olvidar que los servicios secretos se empleaban de un modo prioritario en el control de las exportaciones de armamento para evitar que llegaran a destinos ajenos a los declarados oficialmente.

–Si utiliza la identidad de los internos para cubrir a sus agentes, es probable que la emplee también para encubrir sus negocios –aventuró el reportero.

–Correcto –afirmó el coronel.

–Conviene darse una vuelta por allí –dijo Tilo antes de manifestar su intención de entrevistar al director del psiquiátrico con una excusa tan al pelo como las enmiendas del partido conservador, reaccionario y corrupto hasta la médula, al Código Penal para aplicar la cadena perpetua a los besánicos que hubieren cometido algún delito grave.

–Será una forma de sondearle, si acepta la entrevista, claro –añadió–; si no me la concede tendré que ir a visitar al tal Liborio, aunque es mudo y dudo que pueda arañar algo.

–Perfecto, si no de él, tal vez del entorno –aventuró Terri.

16.– Amanecer

Así de verde estaba el asunto cuando el reportero recibió una llamada del coronel. Eran las siete de la mañana, aún no había amanecido, pero Terri insistió: “Tienes que venir, tienes que estar en la Tabernilla dentro de una hora a más tardar”.

–¡Por Júpiter! ¿Tan importante es la cosa?

–Lo es.

–¿De qué se trata?

–He mandado a Malalata al aeropuerto a recoger a un señor de Bilbao que quiere contarnos algo muy interesante y quiero que lo oigas.

Con disgusto de la aeromoza Lola, a la que había prometido pasar el día juntos, abandonó el lecho amoroso y se sumergió entre la muchedumbre del metro, donde predominaba el olor a orín y chotuno sobre las ráfagas de jabón de ducha y agua perfumada. Llegó a la Tabernilla antes de que aparecieran Mala y el señor de Bilbao, sobre el que Terri le dijo que era el armador y patrón del barco que le había hecho el favor de ayudarle en alta mar cuando huía de Argelia. Más que un favor, le debía la vida, aseguró.

El armador era un tipo joven, de treinta y pocos años, perfectamente trajeado, con un cartapacio de hombre de negocios en la mano, tan alto como Terri, mirada serena, pelo largo y ensortijado; más que patrón de barco pesquero parecía un violinista de la filarmónica de Viena. El coronel le dispensó un fuerte abrazo de náufrago. Doña Rosario, muy atenta, les sirvió sopas de ajo y sacó una botella de aguardiente perfumada con pasas. Seguía las instrucciones de Terri para agasajar a su salvador, al que, por cierto, el maestro Malalata llamó Salvador, pues su nombre era Jesús y en cristiano quiere decir salvador, según le explicó, de niño, el cura que lo adoctrino. El caso es que el recién llegado trataba de salvar ahora su barco y, sobre todo, la vida de los seis pescadores abordo, secuestrados por unos piratas somalís. Les contó la circunstancia peliaguda y urgente que le empujaba a pedir socorro al agente secreto, que no era otra que encomendarle el pago del rescate para que liberaran su barco, el Amanecer.

–¿Acaso no puede pagar el rescate usted? –Intervino Tilo.

–No sería prudente; he cometido el error de pedir ayuda al gobierno y me han ordenado no negociar ni pagar. Me tienen vigilado. Me dieron buenas palabras, como si ellos, o sea, la Armada, fueran a hacer algo para liberar el barco, pero ya han pasado diez días y no han movido un dedo ni lo van a mover. Son unos hijos de la gran puta. Como comprenderéis, no voy a permitir que maten a mis hombres, entre los que está mi hermano.

esquife somalí
Piratas somalís.

En aquellos días los piratas somalís hacían de las suyas como si hubieran tomado querencia a los barcos pesqueros españoles que faenaban en aquellas aguas. Cualquiera diría que les tenían ojeriza. En vez de seguir secuestrando petroleros y grandes buques mercantes, asaltaban a los atuneros vascos y gallegos, acaso porque les resultaba menos complicado obtener los rescates de los armadores, personas de carne y hueso con sentimientos piadosos, que de las sociedades anónimas y los fondos buitres que compraban y vendían varias veces los cargamentos de petróleo y alimentos durante las travesías.

El armador describió a los piratas como jóvenes furiosos y armados hasta los dientes. Eran muchachos desarrapados, hambrientos, desesperados, muy peligrosos. La vida les importaba una mierda. Lógico. Salían de sus agujeros en la costa desértica de Somalia a bordo de pequeñas embarcaciones a motor y a la que divisaban un buque faenando se lanzaban como hormigas a por el grano de azúcar. Provistos de kaláshnikov, machetes, hachas, lanzallamas y otras herramientas mortíferas, amedrantaban a los pescadores, subían a bordo, les quitaban el agua, el vino, las viandas, la ropa, el dinero, el combustible y emitían por la emisora de onda corta el mensaje exigiendo el pago del rescate en dos semanas so pena de ir matando y arrojando por la borda a un marinero por cada día de retaso y de incendiar y hundir el barco si el pago no llegaba antes de que acabaran con todos.

Aquel Salvador incidió en su descripción de demonios furiosos, insensatos, muy violentos, a los que importaba un bledo la vida del prójimo y despreciaban la propia. No eran terroristas, desde luego, sino simples ladronzuelos. La diferencia entre unos y otros es que carecían de motivación política, ideológica y religiosa, por lo que la intervención de los gobiernos y sus diplomáticos, gente de palabra fácil (y falsa), era perfectamente inútil. En cambio, el coronel Terricabras y antiguo espía Bandiera era experto en el trato con los africanos y hablaba árabe. El armador del buque que le había salvado la vida le suponía las dotes y habilidades necesarias para entenderse con aquellos tipos, negociar con los cabecillas y pagarles el rescate.

A Tilo le sorprendió la disposición de Terri a cumplir el encargo cuanto antes. ¿Acaso había perdido la cabeza con su aspiración a perderla? ¿Ignoraba que la aparición de su nombre en el registro de viajeros de cualquier compañía aérea equivalía a la liquidación por cierre del negocio de la vida? Quiso creer que no se atrevía a decepcionar a su salvador y que guardaba un as en la manga, acaso alguna identidad supuesta de las que Mala obtenía con el ágil manejo de su tercer brazo, el invisible, y que como buen carterista solía depositar en alguno de los cada vez más escasos buzones del servicio postal distribuidos por la ciudad. Aunque así fuese, se jugaba el tipo, pues valía suponer que la denuncia de la víctima impecune e indocumentada saltaría de inmediato a los ordenadores del registro policial de todos los aeropuestos, como dijo Mala al oído de Tilo con la lógica policíaca derivada de su experiencia. Por culpa de los terroristas yihadistas y de la legión de chorizos y navajeros desconsiderados que arrojaban las carteras, bolsos y monederos a las alcantarillas sin importarles si contenían llaves o documentos personales, la policía ya no esperaba, como antes, veinticuatro horas para registrar la identidad del pelado, fuera a ser que los malos utilizaran esa documentación para viajar y cometer atentados. Los intercambios de documentación sustraída entre las policías de medio mundo eran automáticos cuando se trataba de pasajeros aviónicos. Mucho riesgo iba a suponer para Terri aquella decisión firme de viajar a Yibuti, comparecer el día y la hora señalada en el lugar indicado por el jefe de los piratas, entregarle la mitad del rescate en cuanto diera orden de liberar el barco y la otra mitad cuando llegaran sanos y salvos a puerto, de acuerdo con las indicaciones del armador.

–Sería cojonudo si pudieras convencerlos de que no nos joda más –dijo Salvador como un deseo suplementario–; esos hijos de puta ya han arruinado a media docena de armadores, estamos desesperados.

–Se hará lo que se pueda –respondió Terri, haciéndose cargo del maletín, que contenía un millón de dólares en billetes verdes flamantes y enfajados, así como los cablegramas con las indicaciones de la entrega. El jefe pirata se comunicaba desde alta mar por onda corta con una emisora egipcia que a su vez transmitía los telegramas a los armadores vascos. A continuación se despidieron en la puerta con todo el afecto del que fueron capaces y el joven Salvador le deseó mucha suerte y mucha salud.

FARO CHAPELA
Atunero vasco en el Índico.

Mientras contemplaba la escena, Tilo pensaba en clave periodística y se sentía satisfecho del madrugón, pues las tribulaciones de los pescadores de atún en las costas de Somalia eran una información valiosa e interesante para el gran público ignorante del sufrimiento humano inherente a aquellas pequeñas latas de conservas que adquiría en las tiendas y supermercados. La descripción de la ferocidad de los captores y la amenaza de matar y arrojar por la borda a un pescador por cada día de retraso del pago del rescate añadían dramatismo y suspense a una historia que el público tenía derecho a conocer. A la tensión del asunto se agregaba el hecho de que las gestiones prometidas por las autoridades gubernamentales habían sido inútiles o no habían sido realizadas siquiera, según las palabras de aquel armador. La posición oficial del gobierno consistía en no negociar con terroristas. Aunque los piratas no practicasen el terror indiscriminado ni actuaran por motivos políticos, para los gobernantes y legisladores eran terroristas, sobre todo si se tiene en cuenta que el delito de piratería había sido eliminado del código penal tras juzgarlo anacrónico e inexistente en nuestros días. Unos genios.

–¿Y ahora qué, macho? –Dijo Mala encarándose con Terri.

El coronel evitó contestar: sopesaba la situación. Gimió la puerta del patio, entró doña Rosario, retiró los cacharros de la mesa y dejó las jarras con leche y café para la señorita Lafun y el doctor Compendio.

Terri abrió el maletín, sacó los papeles, enlazados con una horquilla de escritorio, agarró un fajo de billetes, los oreó por una esquina, esbozó una sonrisa apenas perceptible entre las alas de mariposa de su bigote color trigueño y dijo:

–Necesitamos un plan.

–A mí no me complejices la vida –se protegió Mala, quien obtenía buen rendimiento económico de los recados, la protección y el suministro de teléfonos móviles a Terri.

La funcionaria Lafun les sorprendió discutiendo el asunto.

–¿Os puedo interrumpir?

–Ya nos has interrumpido, hermosa –dijo Tilo.

–Ese Thomas Tew era un pirata muy famoso de Madagascar… Le llamaban la alimaña del Mar Rojo…

–¿Cómo lo sabes?

–Por los libros de aventuras… He leído muchos.

–¿De qué siglo estamos hablando?

–Del diecisiete. La isla de Madagascar fue refugio de los bucaneros más crueles e intrépidos, el holandés Van Tyle, el capitán James, el general Thomas Tew… Todos acabaron mal. El pirata más famoso fue Thomas Collins: se erigió en gobernador de una parte de la isla, pero duró poco porque sus huestes sucumbieron a los ataques de los franceses. Acabó en la horca.

–Los malos suelen acaban mal –dijo Terri.

–Y los buenos también –dijo Lafun.

–¿Te atraen los piratas? –Le preguntó Terri.

–Sobre el papel –dijo Lafun.

–¿Te gustaría verlos en jaulas, colgados de los torreones? No encarnados, sino descarnados, puro chasis, calavera y esqueleto –le preguntó Tilo en un arranque de aventurado atrevimiento.

–Ya no quedan Walter Raleigh ni mazmorras la Torre de Londres –dijo ella–, pero siempre podemos ir de compras si me invitas –añadió sonriendo.

–¿Sin tu mayordomo? –Le siguió el juego.

–Claro, Ali solo puede viajar a Egipto.

–¿Y a Yibuti?

–Supongo que sí, pregúntale a él, pero a Londres vamos solos tu y yo –dijo sonriendo como si quisiera regalarle una caricia o alegrarle el día. De sobra sabía que Tilo estaba enamorado de ella o, al menos, de su sonrisa. En la calle sonó el claxon del coche eléctrico en el que Alibombos la llevaba a la oficina, de modo que apuró la taza de café y salió a toda prisa. Ahora sabían que el pirata al que Terri debía pagar el rescate del Amanecer era un fantasma del pasado, el general Tew. A saber quién diablos sería.

El plan del coronel era sencillo; consistía en cumplir la orden del pirata malgache, llegar a tiempo, intentar negociar la reducción del rescate, pagar y liberar el barco con la tripulación sana y salva. Sólo contenía, el plan, dos variaciones: con Terri y sin Terri. Mala apostaba por el último. Lógico. Le fastidiaba perder un amigo y un cliente tan bueno como el coronel, aunque, por otra parte tampoco iba él, carente de la idiomática y de expiriencia internacional, a ocuparse en esos menesteres. Después de todo, un simple carterista, parado de larga duración, no reunía las condiciones necesarias para ser despachado al Cuerno de África, donde sabe dios…

Tilo las veía venir. Aunque era temprano para llamar al director, se arriesgó a incomodarle y le envió un mensaje por watsap preguntándole si le podía llamar. “Pues claro”, le contestó Eloso. Era un buen tipo, lo había demostrado una vez más en la entrevista con el jefe operativo de los servicios secretos al negarse a dar por buena su palabra frente a la del periodista sobre el cobro de la recompensa por parte del agente Diagu Bandiera. De hecho, aquella cuestión, mal que pesara al jodido Máster, ni siquiera aparecía mencionada en el texto publicado a mayor mérito y gloria del general Felonio.

Le llamó sin perder tiempo y le expuso la situación en lenguaje telegráfico:

–Mira, Oso, tenemos la oportunidad de dar la primicia y ofrecer un reportaje pistonudo en texto y video. ¿Qué te parece?

–Ponte en marcha, pero ya.

Lola se enfadó con Tilo. Lógico. Una mujer a la que abandonas en el lecho de amor antes del amanecer y luego llamas para pedirle el favor de que consiga un pasaje para Yibuti en el primer avión de cualquier compañía que vuele hacia allí, suele enfadarse contigo por mucho que te quiera. Pero Tilo la conocía bien. Redactó en el ordenador portátil que le acompañaba a todas partes la noticia del secuestro del pesquero, debidamente circunstanciada con los seis marineros en peligro de muerte, la envió a la redacción central y antes de que telefoneara al redactor jefe para constatar que la había recibido, ya la aeromoza se había reconciliado y, lo que es mejor, obtenido dos pasajes hacia El Cairo y contratado otros dos en las aerolíneas de Etiopía entre la capital egipcia y la principal ciudad de la antigua Somalilandia.

–¿Por qué dos?

–Voy contigo –afirmó Lola.

–No es un viaje de placer, cariño mío –opuso Tilo.

–¿No pensarás que te voy a dejar solo?

Tilo se alegró seriamente lo mismo que el olivo. Sin tiempo que perder, empuñó el maletín, rechazó la intención del sabio Compendio de darle un arma que guardaba en el maletero, pues de sobra sabía que estaba prohibido llevar armas en los aviones, y se despidió de los parroquianos de la Tabernilla hasta más ver.

Lola consumió la mayor parte de las tres horas de viaje hasta El Cairo sumergida en un novelón de la factoría de Follet y él hojeó periódicos y durmió la siesta del carnero y bebió cerveza antes de que los rigoristas le aplicaran su ley. Con el tiempo pegado al culo, que diría Mala, subieron al avión etíope, cuyo servicio era austero: un vaso de agua y un caramelo. Servían el agua cuando el aparato había alcanzado cierta altura como si ayudara a pasar el susto del despegue y daban el caramelo poco después, como si quisieran endulzar el eventual tránsito hacia la otra vida, si bien Lola, por su profesión de azafata de vuelo cargada de trienios y con cargo de sobrecargo en Iberia Airlines, y él, superviviente de algunos avatares aéreos, no estaban en edad de tener miedo. Se acordó del chiste (–“¿Por donde sales si el avión estalla? –Por la tele”), pero era tan malo que se abstuvo de contárselo a Lola, a la que, sin embargo, ganó dos partidas de ajedrez, con la consiguiente renta de otros tantos polvos. La verdad es que con ella nunca sabía si ganaba de verdad o se dejaba ganar porque le encantaba follar.

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Vista aérea de Yibuti.

Se alojaron en un hotel aceptable, cerca del lujoso Palace Kempinski, donde debían entregar el rescate a las diecinueve horas del día siguiente. La ciudad olía a puerto mercante (fuel y petróleo) y se hallaba infectada de militares de varios colores y nacionalidades, con predominio de franceses, estadounidenses, japoneses e italianos, por ese orden. Los franceses manejaban el turismo y los garitos nocturnos (putos, putas, baile y alcohol). Como antiguos colonizadores de esa punta del desierto de Somalilandia mantenían sus históricas instalaciones militares pegadas a la ciudad. A continuación, siguiendo la costa hacia el sur, se habían asentado los norteamericanos, los italianos y los japoneses. Los chinos se colaban por todas partes y se veía gente de almendrados ojos en las calles, el puerto y los hoteles. La República Popular China se disponía a construir un puerto a pocos kilómetros de Villa Yibuti para entregárselo a Etiopía, que se había quedado sin salida al mar desde que la paupérrima Eritrea conquistó su independencia. Se decía que tenían permiso, los chinos, para plantar su propia base militar con fines pacíficos en las afueras de la ciudad. Dado el instinto comercial de aquella gente, valía pronosticar un tsunami de manufacturas.

Almorzaron en un restaurante de higiene aceptable, regentado por franceses, y, de regreso al hotel, pasaron por calles y plazas llenas de grupos de jóvenes, de cuya actitud y conversaciones dedujeron que esperaban algo, quizá una revolución. El conserje de la hospedería les explicó que la gran mayoría eran eritreos y somalís que habían desertado del ejército y sobrevivían por allí como Alá les daba a entender, es decir, ofreciendo sus brazos a los manijeros del puerto para descargar y limpiar barcos. Algunos tenían suerte y resolvían la supervivencia trabajando hasta una semana a destajo, lo que les permitía aventurarse hacia Egipto e intentar llegar a las costas de Libia para dar el salto mortal hacia Europa. Otros traficaban con opiáceos. En ocasiones aparecían ojeadores cuando jugaban al fútbol en la playa y convidaban a alguno a almorzar. También aparecían militares franceses e italianos y abordaban a los más fuertes con la promesa de espantar su hambre sirviendo en sus ejércitos. Los que mejor pagaban eran los norteamericanos sin uniforme. Les ofrecían instrucción militar, buen armamento moderno y los embarcaban como si fueran ganado con rumbo desconocido. Algunos de aquellos jóvenes procedían de la zona del lago Assal y el único armamento que conocían era su largo palo mondo de arrear camellos y picar lingotes de sal.

Se acercaba la hora del pago del rescate y Lola insistía en causarle problemas. Ella era consciente de la realidad social que excluía a las mujeres de los negocios, pero insistía en acompañarle, sin que hubiera manera humana de hacerla entrar en razón. Tilo admitía su preocupación la besaba para tranquilizarla, le aseguraba que no le ocurriría nada.

–¿Y si te matan?

–¿Por qué me van a matar, cariño mío?

–Si te matan a ti, que me maten a mí también. Y no me llames cariño.

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Retrato del histórico pirata Thomas Tew

La porfía se prolongó hasta la puerta del lujoso hotel, donde ella se anticipó a preguntar a un recepcionista por el “maldito pirata” Thomas Tew. El recepcionista se sorprendió del tratamiento y contestó sonriente que míster Tew les esperaba. Un botones mandinga les acompañó en el ascensor hasta la puerta de una sala, en la sexta y última planta del edificio. Llamó, abrió un hombre negro, musculoso, con camisa blanca y también se sorprendió al ver a la rubia Lola. Con todo, clavó la vista en el maletín, en manos de Tilo, y los dirigió hacia una saleta lateral con un sofá y una mesa baja de latón con forma de teta de mujer, coronada por un pezón picoteado. Les preguntó si llevaban armas (no), les ordenó abrir el maletín (dólares USA), comprobó los efectos de sus bolsillos y les retiró los teléfonos portátiles. Un minuto después asomó en la puerta de la antesala otro empleado del pirata, de rostro alargado, blanco broncíneo con el pelo al cepillo teñido de rubio, y les ordenó que pasaran. Lola llevaba un pañuelo de lino azulado sobre el cabello y lucía su gracioso flequillo ondulado sobre la frente, algo que agradó mucho a míster Tew, pues le recordaba, dijo, a una prima muy linda que residía en los Estados Unidos. A Tilo le pareció un comienzo estupendo para romper el hielo con aquel fantasma de apenas un metro sesenta de estatura, tez cobriza, pelo castaño en retirada, perilla y bigote bien cultivados y lentes bifocales a lomos de una nariz fina y encorvada cual pico de rapaz altanera que al robo tiene afición (Martín Fierro). Estimó que frisaría los cincuenta de edad.

Les recibió de pie, con fingida solemnidad, ante una mesa de madera noble, tallada con arabescos, a juego con el artesonado del techo de la sala y la decoración bizantina de las paredes. Les invitó a sentarse e hizo lo propio al otro lado de la mesa.

–Supongo que su prima no estará orgullosa de usted –le espetó Lola en inglés y recibió la primera patadita de Tilo en el tobillo.

–¿Por qué supone eso?

–Porque secuestrar, robar y matar a unos pobres pescadores le convierten a usted en un auténtico hijo de perra ¿verdad? –dijo Lola, y recibió la segunda patadita.

–Modere a su señora –dijo el pirata sin dejar de sonreír.

Tilo sopesó la situación. Era consciente de que el malgache tenía al menos dos matones detrás de la puerta, pero convenía que supiera que le podía retorcer el pescuezo al menor movimiento extraño.

–Ella es moderada, señor Tew, pero comprenda que la actividad de un bucanero como usted irrita a cualquiera. Los tipos como usted son muy perniciosos, no deberían existir.

–¿De verdad cree eso?

–Desde luego; son un forúnculo podrido en la piel del mundo, ¿no sé si me entiende?

–Le entiendo perfectamente –dijo el jefe pirata sin dejar de sonreír.

–Entonces sabrá que conviene extirparlos antes de que se extiendan e infecten todo el cuerpo. La salud es lo primero.

–Habla como Dioscórides, amigo.

–No se equivoque, no soy amigo suyo. Hemos venido a pagarle el rescate del barco pesquero Amanecer, no a trabar amistad con ningún hijo de perra que tarde o temprano acabará colgado del palo mayor.

–¿No le parece un poco exagerado?

–Ni una micra –terció Lola.

–Bien, si se han desahogado, veamos el dinero –resolvió el jefe pirata sin dejar de sonreír.

Tilo abrió el maletín sobre la mesa y el bucanero comprobó meticulosamente los fajos de billetes nuevos. Acto seguido empuñó un telefonillo y dio las indicaciones para que liberaran el buque. A continuación les indicó que en unos minutos tendrían la confirmación de la liberación, como, en efecto, así ocurrió cuando escucharon la voz del patrón afirmando que los seis se encontraban bien y no habían sufrido más daño del derivado de la humillación y el entumecimiento de los músculos por la humedad y la nula movilidad de tantos días en la bodega. Tenían combustible para llegar a puerto y estimaban que en media hora entrarían en Yibuti.

–Pueden verlos desde esta ventana –ofreció el jefe pirata, para mayor sorpresa de sus interlocutores, que no sospechaban que buque se hallara tan cerca de puerto, es decir, de aquel enclave del belicoso neoimperialismo campante en el continente africano.

Tilo agradeció la deferencia del pirata y no olvidó la encomienda del armador.

–Usted lleva un nombre que no se merece, el nombre de un pirata legendario que sólo atacaba a los barcos de los árabes y a los indios orientales que se aventuraban a entrar en el Mar Rojo, allá por el siglo diecisiete. ¿Por qué mancilla su nombre? ¿Por qué ataca a unos pescadores indefensos que no llevan tesoros ni riqueza? ¿Por qué se ensaña con los atuneros de la Península Ibérica?

–Pregunta usted más que Sócrates, amigo.

–Le repito que no tengo amigos ladrones ni asesinos.

–No se me soliviante, man –dijo el malgache sin perder su expresión sonriente.

–En mi humor mando yo, y créame que si estuviera enojado le habría retorcido el pescuezo.

–No le conviene enojarse, jeje.

–Mi compañero le ha hecho unas preguntas –terció Lola.

–Su compañero sabe muy poco de esta región, se permite llamarnos ladrones y asesinos, carece de sentido del humor y tiene muy mala información sobre su propio país. En resumen, su compañero es un poco bastante… ¿Cómo diría yo? ¿Atrevido… madcap? Si, un poco botarate.

–Quizá se deba a que no está acostumbrado a tratar con ratas piratas, ¿verdad? –Replicó Lola, sonriendo a su vez–. Usted se cree superior porque tiene una pistola en ese cajón que acaba de abrir y porque nos han cacheado hasta los huesos y sabe que estamos indefensos, pero el auténtico Thomas Tew, el fundador de la colonia Libertalia en Madagascar con su amigo el capitán Misson jamás actuaría como usted; él era un guerrero igualitario, robaba a los ricos para ayudar a los pobres, asaltaba barcos armados y no indefensos, liberaba esclavos, murió en combate…

–Él también morirá de un pepinazo si sigue apresando a los pesqueros de nuestro país –interfirió Tilo–. Sepa usted que la Armada española no está dispuesta a tolerar ni una fechoría, ni una agresión más a nuestros atuneros –le avisó mirándole fijamente.

El tipo soltó otra risita.

–Ríase, cacho mamón, pero le van a volar la tapa de los sesos. ¿Lo entiende o no?

–Su armada es una mierda. Muy aristocrática y endogámica, pero una mierda. Y su Estado es otra mierda, ¿sabe usted?

–No lo sabía.

–Siempre se aprende algo, man. Le daré tres mensajes para sus representados. El primero: su Armada no nos da miedo; el segundo: su país nos da risa porque se halla mangoneado por unos personajes ruines a los que esos pescadores les importan una mierda. Y el tercero: el comandante Tew seguirá adelante con las acciones contra los barcos españoles hasta compensar la deuda que contrajeron con él.

–¿A qué deuda se refiere? –Se sorprendió Tilo.

El jefe pirata extrajo unos documentos del cajón entreabierto de la mesa y se los alargó. Era un acta notarial suscrita en Victoria, capital de Seychelles, por la que los señores Ángel Pérez Perales y Liborio Ruiz del Monte, como legítimos representantes y directivos de la sociedad mercantil APP&LRM con registro y sede social en aquella isla de Mahé, adquirían el compromiso de suministrar mercancías (véase anexo) por valor de nueve millones de dólares estadounidenses en los plazos estipulados de treinta, sesenta y noventa días al cliente Robert Karaka, conocido como comandante Thomas Tew, con domicilio en la mencionada isla de Grand’ Ansè. El documento llevaba fecha del año pasado y estaba firmado por las partes y rubricado y sellado por el fiduciario legal. En hoja aparte, también firmada por los contratantes y sellada por la notaría, figuraban las cláusulas de pago: tres millones de dólares a la firma del contrato, mediante transferencia a la cuenta bancaria en Suiza de APP&LRM y el resto en sucesivos pagos a la entrega de la mercancía.

Se comprenderá la sorpresa del reportero al leer el nombre y los apellidos del loco Liborio en aquel documento. “¡Por Júpiter, Tew! ¡Esto es la hostia!”, exclamó visualizando ávidamente el anexo que detallaba la mercancía al por menor.

–¿Le suena el arma Cetme? –Le preguntó el pirata.

–Vaya si me suena: le llamamos «chopo» y ha sido el fusil reglamentario del ejército y las policías de mi país hasta que hace unos años lo mató la Otan… Quiero decir que quedó fuera de uso porque no cumplía la nueva doctrina de la Alianza Atlántica de no matar, sino dejar malherido al enemigo. Los heridos dan más lata que los muertos, gritan, se revuelcan de dolor, hay que rescatarlos y curarlos y desaniman e intimidan más que los cadáveres, ¿usted me entiende? Y el Cetme estaba configurado para matar, no para herir, y había que reducir su calibre –explicó Tilo sin levantar la vista de los papeles.

–¿Le dice algo la palabra mina? –Inquirió el jefe pirata.

–Es un arma de destrucción indiscriminada, prohibida en mi país.

–¿Y las granadas de fragmentación?

Tilo respondió afirmando con la testa.

–¿Y las bombas de racimo? ¿Y las granadas de mortero con cabezas perforantes, le suenan?

–Pues sí, también me suenan: una munición muy eficaz para atravesar los blindajes y los materiales sólidos más duros, como el hormigón, y llegar a los sótanos y los refugios antiaéreos y estallar, reduciéndolo todo a escombros.

–Ya veo, representante…

–Mi nombre es Tilo.

–… veo representante Tilo que esas armas y municiones le resultan familiares. Pues bien, man, esas puercas ratas de alcantarilla de su país se ha embolsado tres millones de dólares hace un año y no han enviado los suministros. Yo soy un hombre de negocios al que su país ha engañado. Podrá insultarme…

–No le insultaré más.

–…pero mis hombres seguirán apresando barcos hasta que su país salde la deuda.

–Entonces tampoco le insultaré menos. ¿Qué culpa tienen los pescadores españoles de que usted haya sido víctima de unos sinvergüenzas de baja estofa?

–Se equivoca, man: son sinvergüenzas de alta posición. ¿Le suena el general Felonio?

–No, pero averiguaré quién es –mintió Tilo.

–Es un hombre cuadrado, fornido, sin cuello, buen jugador de golf. Negocié con él y con los dos subordinados suyos que figuran en ese contrato y les traté a cuerpo de rey: disfrutaron de una semana de solaz en las islas, con todos los placeres corporales, man, por cuenta las comunidades de autodefensa en Somalia, donde miles de personas mueren de hambre. ¿Sabe usted en qué situación me han dejado ante mi gente esos compatriotas suyos? ¿Sabe usted que el millón de dólares de este cartapacio –dijo, inclinando la cabeza hacia el maletín orillado sobre la mesa– permitirá a cuatrocientas mil personas alimentarse durante un mes?

–Confieso que esta documentación me ha sorprendido. ¿Puede proporcionarnos una copia de estos documentos?

–¿De qué serviría, man?

–Serían muy útiles para nuestros representados –terció Lola, elevando la vista de los papeles, en los que figuraba asimismo el acuse de recibo de la transferencia del pirata a la cuenta bancaria en Suiza.

–¿A qué llaman útil en su país, madame?

–Con estos documentos –interfirió Tilo– los pescadores pueden denunciar ante la Justicia a quienes le han engañado a usted y provocado el gran perjuicio que les está causando usted con sus fechorías. ¿Me entiende?

–Claro que le entiendo, man, pero hay un problema.

–¿Cuál?

–La Justicia de su país es una mierda.

Otra patadita a tiempo de Lola evitó la reacción airada de Tilo. E inmediatamente ella adujo que los armadores y pescadores damnificados pondrían, además, el asunto en manos del gobierno y reclamarían responsabilidades.

–Su gobierno se halla perfectamente informado madame… ¿Acaso ignora…?

–¡Por Júpiter, ya caigo! –Exclamó Tilo, anticipándose al reproche del pirata–. El general Felonio ocupa un puesto muy alto en los servicios secretos –añadió.

–Es el pujequeman, man –dijo el pirata.

–¿El puje… qué? –Inquirió Lola.

–El puto jefe que manda. ¿No ha visto Manhattam Transfer?

–Desde luego, y he leído la novela de John Dos Passos, pero no recordaba ese acróstico.

Tilo consideró llegada la hora de poner todas las cartas sobre la mesa y le propuso un trato.

–Usted me facilita estos documentos, yo los publico en mi periódico…

–¿Es periodista, man?

–No me interrumpa.

–No me interrumpa usted cuando le estoy interrumpiendo, man –dijo el pirata antes de soltar otra risita–. De modo que aquí la madame se ha hecho acompañar de un espía…

–¡Soy reportero! –Exclamó Tilo mostrándole la credencial y entregándole una tarjeta del periódico–. Si no me cree, puede verificarlo marcando el teléfono que figura ahí.

–¿Me permite su bolígrafo? –Dijo el malgache.

Tilo desprendió el Pilot del bolsillo de la camisa y se lo alargó sobre la mesa. El pirata lo desarmó, revisó cuidadosamente cada pieza como si buscara una lente minúscula, el micrófono diminuto de un transmisor o una grabadora.

–No necesito grabar nada porque no olvido nada –le informó Tilo, llevándose el índice a la frente. A continuación le ofreció un trato, según el cual, la publicación de aquellos documentos, reveladores de la venta de armas prohibidas, obligaría al gobierno a dar explicaciones al Parlamento y a la opinión pública y, desde luego, llevaría a las asociaciones defensoras de los derechos humanos a ejercer la acusación popular contra los responsables directos de ese tráfico y del engaño del que él había sido víctima.

seychelles_19787_1 atuneros vascos (foto ramon balsadua)
Atuneros vascos en Seychelles

El pirata se incorporó y empujó hacia atrás el sillón con ruedas. De su rostro había desaparecido la mueca sonriente. Tilo supuso que no le interesaba el trato y temió perder la pieza, pero el malgache se mantuvo inmóvil detrás de la mesa.

–Siga, siga –le indicó antes de informarles de que los hombres de su tierra negocian de pie. Lola y él se incorporaron a su vez, en señal de cortesía y en pie de igualdad. El malgache agradeció el gesto con una leve inclinación de cabeza, enésima prueba de que hay delincuentes educados.

–Como le digo, la publicación de estos documentos equivaldría a la destitución y condena judicial de los falsarios y estafadores de los que usted ha sido víctima. Al mismo tiempo explicarían los daños morales y económicos superlativos que usted ha provocado a los armadores y pescadores de los barcos que ha secuestrado. No digo yo que la máquina judicial de mi país no adolezca de averías frecuentes, provocadas desde el poder, ni que sea la panacea del equilibrio, la equidad y la justicia, pero le aseguro que en la balumba de corrupción sistémica que nos aqueja todavía quedan jueces honrados, insobornables. Les llaman “los indomables”. Y puesto que la principal compensación de esos jueces es la buena fama y el reconocimiento social –sus salarios son muy inferiores a los de los altos magistrados–, se interesan por los asuntos de gran impacto periodístico y social como el que nos ocupa. También les llaman “jueces estrella”. ¿Me sigue?

–Claro que le sigo, man.

–Pues no le quepa la menor duda, míster Tew… ¿O prefiere que le llame Karaka?

–Llámeme como mi tatarabuelo.

–No dude de que los indomables incautarán, como primera medida, las cuentas y bienes de los malhechores y las emplearán para compensar a los pescadores. Usted les ha pagado tres millones de euros, como certifican estos documentos y se ha resarcido descontando gran parte de esa cantidad con los secuestros. ¿Cierto? Dígame la cantidad que tiene pendiente y no tenga duda de que los armadores se la harán llegar si se compromete a no joderlos más. Este es el trato, creo que es un buen trato para usted.

El pirata evitó contestar, empuñó el maletín con el dinero y se dirigió hacia la puerta, dejando los documentos en manos de Lola. Tilo se apresuró a pedirle pruebas gráficas o cualquier otra del general Felonio en Seychelles. Lola le secundó: “Mándemelas a mí por el email que figura en la tarjeta”, le dijo entregándole una cartulina con su nombre, teléfono y dirección electrónica. El pirata aceptó la tarjeta, hizo una leve inclinación de cabeza y prosiguió hacia la puerta, cerrándola tras de sí.

Entendieron que el malhechor tenía sus procedimientos y permanecieron plantados en mitad del despacho enmoquetado con fibra del color del desierto. Lola se acercó a la ventana. Se veían las luces mortecinas de los barcos. Tilo le dijo: “Vamos, cariño mío, has estado formidable”. Ella sonrió. En la puerta, el negro musculoso que les había cacheado, les devolvió los teléfonos móviles desarmados y les entregó un sobre amarillo. Lo abrieron mientras esperaban el ascensor. Contenía una postal de un equipo de fútbol en el que identificaron enseguida al pirata malgache, quince o veinte años más joven, piernas arqueadas, brazalete de capitán y pie sobre el balón. Tilo reintegró la postal al sobre y lo guardó con los documentos en el bolsillo del pantalón.

Ya en la puerta del hotel respiraron satisfechos. La operación había resultado más sencilla y pacífica de lo que habían podido imaginar. Ordenaron a un taxista que les llevara al puerto, donde los pescadores liberados arribaron poco después y pudieron comunicarse con sus familias a través a través del teléfono nada sospechoso de la aeromoza. “Misión cumplida”, informó a su vez Tilo al coronel Terri, quien debió de hacer lo propio al armador vasco con aire de violinista.