Cuentos y descuentos del sábado (14-07-2024).–Luis Díez
Llegaba don Víctor Márquez hablando solo al palmeral de la playa donde se congregaban “los seculares” al atardecer a contemplar la puesta de sol y conversar. Desde que doña Raquel, la bióloga, dijera que aquel hombre “hablaba con la microfauna”, algunos le lanzaban miradas a las orejas y, al no descubrir el adminículo de comunicación inalámbrica a distancia, murmuraban: “Pues va que sí, que el amigo Víctor habla con los mosquitos”. Entonces José Luis, el aviador apagafuegos, le preguntó:
–¿Con quién venía hablando, Víctor?
–Con Calderón de la Barca –dijo él.
–¿El de La vida es sueño? –terció el profesor Manises.
–Correcto, un tipo con una vida muy interesante, un dramaturgo genial y un soldado valiente, siempre al servicio de la aristocracia y de los reyes de España.
–También fue clérigo –añadió el profesor de segunda enseñanza.
–Cierto, y muchos disgustos se llevó por las descalificaciones y censuras de los superiores de la curia contra sus obras más populares. Tenga en cuenta que estamos hablando del sucesor de Lope de Vega en el trono de los dramaturgos del Barroco.
–Pues yo creo que se equivocó en el título de su famosa tragedia –opinó don Santiago, que había sido churrero y respiraba con dificultad.
–¿Por qué dice eso? –se interesó Víctor.
–Porque de sueño nada, la vida es una putada –afirmó Santiago.
–Sin atreverme a negar sus razones, le puedo decir que también fue puñetera para él, hasta el extremo de tener que refugiarse en la embajada de Austria para librarse de la pena de muerte tras haber sido acusado de asesinato. Era habitual entonces (siglo XVII) batirse en duelo a vida o muerte para vengar ofensas, lo cual, dígase así o de otro modo, constituía una gran putada. Ahora, los más famosos autores del espectáculo contemporáneo de mayor popularidad, el fútbol, se limitan a darse patadas. Duele, quedan perniquebrados –mira lo que el grandullón Kroos hizo a Pedri–, pero ya no te juegas la vida al competir. Volviendo a La vida es sueño…
La voz cantarina de la bióloga Raquel le interrumpió recitando aquellos versos del primer monólogo de Segismundo:
“¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño;
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son”.
Los seculares aplaudieron y don Víctor Márquez retomó el hilo.
–La vida como sueño –dijo– no deja de ser un tópico de muchas religiones, pero en el “drama filosófico”, según la definición Menéndez Pelayo, Segismundo ha de resolver el conflicto entre el destino y la libertad. El desenlace eleva el autodominio a la categoría de virtud y el príncipe o primer heredero acabará haciendo de la necesidad virtud.
–¿Y a usted le parece bonito ir por ahí hablando con alguien que ya no existe? –incidió el aviador apagafuegos.
–Una cosa es que no se pueda mover de la pesada estatua que le pusieron en la plaza de Santa Ana de Madrid, frente al Teatro Español, y otra que no exista. La vigencia es existencia, amigo José Luis. Y sí, claro que es bonito hablar nada menos que con el dramaturgo que ideo y creó La Zarzuela. Ya le he dicho que tiene una vida apasionante, combatió contra los secesionistas catalanes en 1640, fue herido en una mano, pasó mucha hambre en el cerco de las tropas enemigas a Tarragona, perdió a su hermano –herido en una pierna en la batalla de Barcelona–, viajó a Madrid a informar al conde-duque de Olivares del rechazo de los sitiadores de Tarragona el 20 de agosto de 1641, pero se incorporó de nuevo a la lucha como cabo de escuadra de caballería de los guardas reales que fracasaron en el intento de tomar Lleida.
–Se ve que le gustaba la bronca entre aquellos jichos de la nobleza, tan fanáticos y empalagosos como los líderes de hogaño –dijo el aviador apagafuegos.
–Pues fíjese usted, sin dejar el teatro se metió a soldado porque, como ocurre ahora, la escritura no da para vivir dignamente. Por lo demás me ha contado que los riesgos en la Corte eran casi tan altos como en el frente. Con decirle que aquel mismo año de 1640 cayó herido de una cuchillada en una disputa durante el ensayo de una obra suya para los carnavales en el palacio del Buen Retiro.
–Pregúntele si le gustaría que en vez de la Barca le llamaran de la Patera o el Cayuco –abundó el aviador apagafuegos “en modo” tocapelotas.
–Me parece una pregunta insidiosa, señor de sombrero arrugado, pues cada uno es hijo de su madre y su padre. Ahora bien, si desea su opinión ante el fenómeno de la inmigración o el exilio económico y vital, le puedo anticipar su respuesta comprensiva, humanitaria hacia quienes se juegan la vida y en su mayoría la pierden en su huida del hambre, la miseria, la enfermedad, el despotismo, la violencia… Lo deseable y posible si la Europa desarrollada quisiera sería un progreso justo de los países africanos que tanta crueldad y penuria soportan.
El aviador aceptó la respuesta y manifestó su acuerdo con don Víctor, pues no en vano había intervenido en muchas operaciones de salvamento de inmigrantes en el Atlántico y el Mediterráneo. La próspera Europa de los ciudadanos acomodados no estaba haciendo sus deberes. Pero antes de que la conversación se desviara hacia baile de máscaras de la política internacional, inquirió doña Pilar desde sus labios de cereza:
–Me pregunto por qué habla usted con Calderón. ¿No tiene suficiente entretenimiento con lo que está pasando?
–Pues mire, hablo con el dramaturgo para hacerle una entrevista. Suelo hacer una al mes y me faltaba ese genio del Barroco.
–¡Anda qué bueno! ¿Y a quién ha entrevistado hasta ahora? –quiso saber Raquel.
–Uff, a muchísimas gente de mérito, comenzando por Miguel de Cervantes, Julio Verne, Sartre, Baroja, Mark Twain, Miguel Hernández, Larra, Antonio Machado, Jovellanos, Pablo Iglesias, Charles Darwin, Ortega y Gasset, Manuel Azaña… Así hasta cuarenta.
–Vamos, que conversación no le falta –zanjó Santiago el churrero.
–Ni compañía, tampoco.