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C12.-Montaraces en acción

Novela de primavera por entregas (1ª parte: Corre, huye, desaparece)

Escopeta de caza de doble cañón como la que lleva uno de los primos montaraces de Gabriela

Desde el corredor de la pensión oyen el ruido de una motocicleta y observan las evoluciones del motorista. Lleva una escopeta doblada a la espalda. En lo que se apea, apaga el motor, se desprende del casco y comprueba la estabilidad de la máquina inclinada sobre la pata extensible, llega calle arriba un ruidoso Land Rover gris metalizado del que baja un hombre en mangas de camisa, pantalón de pana y alpargatas y una mujer de mediana edad, pelirroja, de pelo corto y cardado, con grandes gafas de ver que le ocupan media cara.

–Ahí tienes a tus primos –dice Merche a Gabriela.

–El de la moto debe de ser Laureano y el otro Florencio –dice la doctora.

–¿Y la mujer?

–A saber.

Tilo no duda de que vienen en plan de guerra y recomienda a Gabriela recluirse en su habitación. La pieza es amplia, con chimenea y cuarto de baño. Desde la ventana se ven los prados inclinados, y, más arriba, una espesa extensión de brezos, escobas y monte bajo entre peñascos.

–Os diré qué vamos a hacer –prorrumpe Tilo mirando a Merche y a Gabriela–: tú vas a ser tú por un rato, así que ya le estás dando la documentación y esa carpeta con la escritura notarial de tus propiedades para mostrársela a esos bestias.

Gabriela dibuja una mueca de extrañeza en su linda cara. Sabe que no es creíble. Merche le saca más de un lustro y tiene patas de gallo en las comisuras de los ojos. Pero ésta se desprende de la cazadora para pasar al baño a atusarse el cabello, lavarse la cara, pintarse los ojos y los labios y darse un poco de maquillaje. Al quitarse la cazadora deja al descubierto la reglamentaria. La de glaucos ojos entiende que para tratar con sus primos conviene colocarse a su nivel armado y acaba asumiendo la sustitución. Instantes después resuena la voz de Amandi en el corredor: “Señorita Gabriela, sus primos la esperan abajo”.

La subinspectora se apresura, recoge sus útiles de aseo, los guarda en el bolso, se recompone y empuña la carpeta. Tilo la sigue hasta la puerta. “Me quedaré en el pasillo”, dice a una y a otra antes de cerrar. Merche recorre el corredor y desaparece escalera abajo. Tilo hace lo propio, pero se mantiene al acecho, sentado en los escalones. Oye la presentación y los saludos de Merche a los primos de Gabriela. La agente supone que el de la moto-cabra con la escopeta al hombro es Laureano, el menor de los hermanos. Se trata de un joven fornido, de pelo oscuro y rostro curtido por los vientos. Está sentado con su hermano y la mujer de gafas ante la primera mesa del ventanal y ha dejado el arma en una silla vacía a su lado.

–Tú debes de ser Laureano –dice alargando la mano abierta para saludarle.

El primo emite un gruñido y permanece sentado.

–Yo soy Florencio –responde el otro.

–¿Y la señora? –Pregunta Merche.

–Ella es Pilar, abogada de Montexu y secretaria del Ayuntamiento de Pola.

–Encantada de conocerla –la saluda la subinspectora.

–Viene a ponerte las cosas en claro –añade Florencio antes de invitarla a sentarse.

Sobre la mesa, la cantinera Amandi ha depositado una botella de vino del Bierzo, una Coca-cola para la mujer, un platillo de olivas y una cazuela con trozos de chistorra frita. Merche percibe malas vibraciones. Ni siquiera le ofrecen una copa de tinto.

–¿Así que tú eres hija del tío Leo? –Dice Florencio con tono de reproche.

Merche asiente.

–¡Y una mierda vas a ser hija del fraile! –Exclama, agresivo.

–No sé a qué viene eso, primo.

–Viene a que tú eres una enteradilla, una impostora. Los frailes no tienen hijos, pero tú te enteraste a tiempo de la muerte del tío Leo en Puerto Rico, supiste que tenía posesiones en Monteovo, te informaste bien de lo del parque eólico y vienes a apropiarte de lo que no te corresponde, a sacar tajada de lo nuestro.

–Eso son suposiciones tuyas –le replica Merche–; ni soy impostora ni enteradilla ni vengo a quitaros nada que sea vuestro.

A continuación saca la cartera del bolso, extrae el carné de identidad y se lo muestra.

La mujer de leyes alarga la mano e intercepta la tarjeta. Lee los datos en voz alta: “Gabriela Cabello Llamas, nacida en Madrid el 14 de abril de 1993”. Lee el reverso: “Hija de Leopoldo y de Carmen…”

–¡Y una mierda! ¡Eso es falso! –La interrumpe Florencio.

La abogada se queda en suspenso y hace ademán de entregarle la tarjeta.

–Leelo tú mismo.

Pero Florencio rechaza la cartulina. Por suerte o por lo que sea no ha mirado la fotografía, si bien esas cámaras de las oficinas del carné sacan unas instantáneas tan malas que no sirven para identificar a los usuarios. Eso se debe al avance de las ciencias y las técnicas: ahora la identidad del DNI va en el ADN de la huella dactilar impresa con el sudor corporal del titular.

Para convencer a los primos de que ella es hija del fraile, que fuera hermano de su padre, fallecido hace años, les invita a mirar otras cartulinas de plástico: tarjetas bancarias, un carné profesional, el permiso de conducir. Pero el mayor no quiere verlas y el pequeño solo abre la boca para beber vino. Va por el segundo vaso. La abogada mira las cartulinas plastificadas por encima y se las devuelve.

Cuando Merche cree haber demostrado la falsedad de la imputación del primo mayor les hace saber con un silogismo que los frailes son hombres, los hombres pueden tener hijos, luego los frailes también pueden tenerlos. Y a continuación se refiere a la calidad de su padre.

–La diferencia está –dice– en que la mayoría de los religiosos, ya sean curas o frailes, no los reconocen legalmente a los hijos, pero mi padre, vuestro tío, era un hombre consecuente y honrado, y aunque no colgó los hábitos ni se casó con mi madre, aportó todo lo que pudo para que me sacara adelante, me asignó una renta mensual para que estudiara, compró un apartamento en un barrio popular y céntrico de Madrid y me lo regaló para que residiéramos sin el ahogo de tener que pagar alquiler y, desde luego, me ofreció su apellido, que mi madre aceptó.

–¿Dónde está su madre si se puede saber? –Inquiere la letrada.

Merche recuerda que la mamá de Gabriela es odontóloga y reside en Cádiz, pero se muestra precavida por si a la abogada se le ocurre ir más allá.

–¿Por qué no ha venido? –Añade el primo Florencio.

El otro, Laureano, se sirve el tercer vaso de vino. “Este majadero con cara de botijo va a pillar una melopea espantosa”, piensa Merche mientras contesta:

–Porque no es necesario.

El primo mayor escora la cabeza y mira de reojo al pequeño, quien parece haber entendido el mensaje y, sin soltar el vaso, se inclina y mueve el brazo izquierdo bajo la mesa hasta alcanzar la escopeta.

La subinspectora capta el movimiento mientras desprende las gomas de la carpeta con el doble fin de justificar su respuesta y de mostrarles el testamento de su padre. Mientras saca y reseña los documentos, comenzando por el mapa detallado de la partición de tierras que en su día hicieron el abuelo Claudio y la abuela Pacha entre sus dos hijos, se va haciendo una composición de lugar para entrar en acción.

–Estos son los recibos de los pagos de la contribución –va mostrando a la abogada–, ésta la escritura de propiedad mi padre, éste su testamento a favor mío, la compulsa del consulado, la convalidación que acaba de hacer el señor notario minutos antes de que ustedes llegaran. Y, en fin, aquí está la dolorosa –agrega mostrando el documento con la minuta que deberá ingresar en el banco al grueso y amable funcionario del arancel.

La letrada hojea los documentos con mucha atención. Da un sorbo a la Coca-cola, mueve la testa arriba y abajo en señal de aceptación. Merche sigue evaluando las herramientas a su alcance para no dejarse sorprender por el escopetero. Puede utilizar el frasco de Coca-cola como arma arrojadiza, seguida del platillo volador con aceitunas y, acto seguido, saltar sobre la mesa y partirle los dientes y desarmarlo de una patada. También podría esgrimir la pistola para inmovilizarlo y abrir fuego disuasorio si llega el caso. Incluso meterle un balazo en el hombro izquierdo si no levanta las manos. Sería una solución traumática e indeseable, la última ratio a la que no querría llegar, pero tendrá que aplicarla si cara botijo agarra la escopeta. Es consciente de que sentados a una mesa, seis o siete metros detrás de ella, están el cabrero y los jubilados de la mar y las minas, Elcano y Ramón, sin contar al marido de Amandi que trajina detrás de la barra y va y viene, de modo que un tiro de postas de ese majadero podría mandar a alguno al otro barrio.

La letrada mira a Florencio y proclama:

–Los documentos son auténticos y están en regla.

–El papel lo aguanta todo, eso no vale una mierda –responde él.

Merche guarda los documentos en la carpeta mientras argumenta sobre la validez y legalidad de la herencia. Está refiriéndose al uso de la braña y el aprovechamiento de los pastos todos estos años gratis et amore por parte de los primos cuando oye el chasquido del ensamblaje de la escopeta. Con un movimiento repentino agarra el borde de la mesa, la levanta sobre las dos patas de enfrente y la vuelca contra el primo Laureano. Luego se tira al suelo y le arrebata la escopeta de entre las piernas. Se incorpora rápidamente, da dos pasos atrás apuntándoles con el arma.

–¡Fuera! ¡Largo de aquí, rufianes!

Alertado por el estruendo, Tilo Dátil salta como un resorte y aparece en el escenario. Agarra de una oreja al pequeño y fornido Laureano, que se agacha, tratando de protegerse detrás de la mesa volcada, y le conmina a obedecer al tiempo que con la otra mano abre la puerta cascabelera. Su hermano Florencio mantiene las manos en alto pero se resiste a obedecer.

–¿Vas a disparar? –Pregunta, desafiante.

Merche no responde. Quita el cerrojo al arma. El primo se asusta, recula medio metro.

–¡Obedece a la señorita! –Le grita el cabrero.

–Venga, hombre, o eres célula muerta –le dice Tilo.

La letrada aprovecha la tensión para agacharse y agarrar la carpeta con los documentos de la heredera. Sin duda sabe que las escrituras notariales son parte esencial del proceso de adquisición de la propiedad pero no surten efecto hasta que son consignadas en el Catastro o Registro de Bienes Inmuebles a nombre del nuevo titular. La abogada se dispone a seguir al primo mayor hacia la puerta, pero el cabrero, al quite, le arrebata la carpeta.

–Esto no es suyo –le dice justificando su brusquedad. Luego exclama–: ¡Menuda garduña!

El pequeño Laureano ya ha atravesado los treinta metros del corral empedrado hacia a la calle. Tilo mantiene abierta la puerta de la taberna mientras salen Florencio y la letrada, seguidos a unos pasos por Merche, escopeta en ristre. El inspector les escolta hasta que cruzan la puerta. Se asoma a la calle y en ese instante recibe un estacazo en un hombro. Suelta un ¡ay! de dolor. Merche ha visto la agresión del primo mudo y bebedor y aprieta el gatillo. El tiro retumba en la montaña de enfrente. El disparo al aire de la subinspectora provoca ladridos de perros y cacareos de gallinas. Los parroquianos salen de la taberna, algunos vecinos se acercan a ver qué ha pasado. Pero lo más importante es que los primos han puesto en marcha la moto y el Land-Rover y han salido a toda mecha. Sabían que la escopeta es de repetición. Merche les despide con otro tiro a la atmósfera. Luego abre el arma, recoge las vainas de los cartuchos y entrega el material al marido de Amandi para que lo devuelva a los primos montaraces.

–Los llamaré por radio esta noche para que vengan a recogerla –acepta Arcadio.

Desde el corredor de La Casona, la rubia de glaucos ojos contempló el desenlace de la visita de sus primos y bajó a interesarse por Tilo. “Me duele un poco, pero no me ha roto ningún hueso”, la tranquilizó éste antes de indicar al cabrero que le entregara la carpeta y fuera a buscar dos buenos quesos semicurados para llevarse a Madrid y a Ginebra, es decir, “bien envueltos”. Al oír el nombre de la ciudad suiza, el cabrero se alegró de que prefirieran su queso al de los Alpes.

–Es que en Suiza no hay cabras –mintió Tilo, guiñando un ojo a Gabriela. Luego, para no frustrar el entusiasmo de Alipio, añadió–: además, el tratamiento fabril de la materia prima arroja un producto comparable con la pasta de patatas, nada que ver con tus quesos artesanales.

Acto seguido, el inspector ordenó a Gabriela que recogiera sus cosas y se parara para irse con él y con Merche cuanto antes.

–Tienes quince minutos –le dijo, mirando el reloj. Eran las 12:30.

–¿Por qué tanta prisa? –Protestó.

–Te conviene estar en Oviedo antes de que cierren el Registro de la Propiedad Rural –respondió Tilo, manifestando a continuación su sospecha de que la asesora legal de los montaraces intentase alguna maniobra en el Catastro.

Gabriela permaneció en silencio, miró a Amandi y a Merche, quien afirmó:

–Esa tía no tiene escrúpulos, es capaz de cualquier cosa; con decirte que arramblo la carpeta y si no llega a ser por Alipio se lleva tus documentos…

La rubia apretó contra sí el cartapacio. Amandi dijo:

–Me da pena que os perdáis el plato rico que voy a preparar para comer, aunque comrpendo que lo primero es lo primero.

–¿Qué plato es ese? –Se interesó Tilo.

–Una fidegua con trucha y migajas crujientes de jamón.

–Otra vez será –le prometió el inspector.

La rubia de los cloaqueros cayó en la cuenta de que sus primos carniceros tenían fama de adinerados y de que en el país de la corrupción sistémica podían comprar al jefe del registro para que bloquease la inscripción de las propiedades a su nombre, de modo que aceptó la urgencia policial, giró sobre sí misma y subió a la habitación.

Después de pagar sus gastos, la rubia entregó a Amandi una carta para sus primos. La había escrito mientras su sustituta Merche trataba con ellos sobre la herencia. En la misiva, que contó en voz alta, les concedía permiso permanente para seguir usando la braña, el chozo y aprovechando los pastos, la leña y los demás recursos naturales. Todo, menos la renta de los futuros molinos de viento, pues tenía la intención de asignarla a los niños necesitados de asistencia sanitaria y alimentaria a través de Unicef. Eso les decía.