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Ensayo sobre la Rareza (De 1 a 5)

Camino de hierro para viajar
Camino de hierro

Iniciamos este 16 de agosto de 2015 la publicación del nuevo y magnífico relato del escritor norteamericano Key Good, Ensayo sobre la Rareza, traducido al castellano por Lavanda Guerrero Pérez.  El texto consta de 33 capítulos. Dada la brevedad de cada uno de ellos, los publicaremos como los dedos de una mano, de cinco en cinco.

Por KEY GOOD 

1

En aquellos días visitaba la Península Ibérica el hispanista y profesor Leontief, acompañado de su hermosa alumna Vera Veraz en funciones de ayudante de campo. En el apeadero de Peñaforada acertó a subir al tren un hombre con cara de patata de la temporada pasada que se apoyaba en una cachaba y en el brazo de un mozalbete con cara de patata temprana. De inmediato se sintió atraído, el mozalbete, por la belleza de Vera y se acercó a ella y le entregó un papelito con su número de teléfono. “Ese es mi padre –le dijo, señalando al viejo–, se llama Dionisio Castañal y va a la ciudad para que lo ingresen y lo operen en el hospital. ¿No tendría usted inconveniente en avisarme si hay alguna incidencia, verdad?” Vera asintió y el joven abandonó el vagón antes de que el tren echara de nuevo a rodar.

–¿Cómo es que no lleva usted teléfono inalámbrico? –se interesó el profesor.

–Pues ya lo ve; yo no pago por lo que es mío –contestó el nuevo viajero.

–¿Suyo?

–Si hombre: las palabras –aclaró el rústico.

El profesor miró a Vera y elevó la ceja izquierda –se entendían con el tablero de instrumentos de la cara–, alertándola de que se hallaban ante un hombre raro, y prosiguió la liviana conversación con él, llegando a la conclusión de que el principal incidente del que Vera podía informar al joven era un descarrilamiento con consecuencias leves, pues en aquella abrupta, las ruedas del último vagón se salían de la vía de vez en cuando. Unos minutos después el tren redujo la velocidad para abordar un tramo sinuoso, a unos metros de un barranco del que solo se podía adivinar el fondo, y aquel Dionisio Castañal se incorporó del asiento como quien se dispone a estirar las piernas, se encaminó hacia la portañuela, la abrió y se lanzó al vacío. El profesor se quedó lívido. Vera gritó. Algunos viajeros tiraron de la palanca del freno. El maquinista paró. Varias personas se apearon y se asomaron al roquedal. Una mujer con buena vista señaló una mancha de sangre sobre uno de los muñones de aplita que sobresalían en la vertical de piedra, al fondo de la cual se adivinaba un río, y exclamó: “¡Se estronció!”. Dos hombres asintieron. Uno dijo: “Rebotó ahí y se escachó allá abajo, vaya por dios”. El maquinista avisó al servicio de rescate de la Benemérita y ordenó a los curiosos que regresaran al tren. Ya iban con retraso. Los viajeros volvieron a sus asientos. Entonces Vera lanzó una dura mirada al profesor.

–¿Cómo podía adivinar que se iba a suicidar? –se justificó el profesor.

–Por deducción, Leo –le contestó la discípula antes de sacar de la mochila su libreta de observaciones de campo.

–La premisa era muy endeble –dijo el profesor.

–Pero suficiente –replicó Vera. Y a continuación anotó en su libreta de raros el caso de aquel hombre que sintiéndose dueño de sus palabras hasta el punto de negarse a contratar un teléfono móvil como hacía todo el mundo, pues a él no le pagaban por la propiedad de la materia prima, las palabras y expresiones, debió considerarse igualmente propietario de su enfermedad y prefirió morir con ella antes de que se la arrebataran en un hospital.

–¿Cómo definiría usted esa rareza, profesor? –consultó Vera a Leontief.

–Egoísmo ontológico en grado gnoseológico –dijo el profesor.

2

El trabajo de campo –le llamaban así aunque de campo, campo, no era– de Vera Veraz sobre las rarezas humanas contenía ya un número de casos tan abundante como para hacerla dudar de la definición a bote pronto del profesor. ¿Y si no es egoísmo, sino esencialidad, lo que el suicida padecía? ¿Cuantas veces hemos oído que en este lado del globo los humanes nos caracterizamos por la falta de esencialidad? Hemos alcanzado tal grado de estupidez que ya comemos sin tener hambre, bebemos sin tener sed, fornicamos sin la menor intención de procrear –lo que no quita que esté bien disfrutar del placer sexual–, acumulamos atuendos, calzado, joyas y enseres que ni en tres vidas gastaremos, y hablamos y nos comunicamos aunque no tengamos nada que decir ni que comunicar. El canadiense Marshall McLuhan quedó periclitado: nosotros somos el medio y el mensaje. Pongamos a un tipo sin teléfono móvil como ese suicida en medio de una masa humana armada con smartphones y nos parecerá un raro ejemplar. ¿Raro porque se considera dueño de sus palabras y no está dispuesto a pagar dinero por largarlas a través de ese artefacto o raro porque no teniendo nada importante que decir prefiere estar callado? Ya nunca lo sabremos.

En lo atinente a la propiedad de la enfermedad de la que el suicida no habría querido desprenderse, ¿quién le dice a usted que no estamos ante un caso similar al de aquel hombre que al enterarse de las exigencias de la exploración de la próstata se negó a que el médico le metiera los dedos por el culo y acabó muriendo de esa afección tan común y sencilla de eliminar mediante la cirugía avanzada? ¿Cómo se llamaba el tipo? ¡Ah, ya me acuerdo! El Raro de Nuévalos.

Vera Veraz se entretuvo en buscar sus notas sobre la rareza de aquel Raro de Nuevalos, que no era solo una, sino dos. Las encontró. El profesor leía una novelita titulada La Pícara Justina y ella evitó molestarle con consultas sobre paralogismos y pensó para sí misma cuán dañina puede ser la enseñanza mal administrada y cuántos estragos puede infligir a una mente primaria como la de aquel raro de Nuévalos la creencia de que descendía de los romanos y la amenaza de algún cura libidinoso de las llamas del infierno por toda la eternidad si se dejaba meter algo por el culo. Con la evolución mental estancada de por vida a la edad de nueve o diez años, aquel hombre raro seguía creyendo a los setenta años que descendía de los romanos y seguía escribiendo los números con letras y la fecha de nacimiento igual que sus sabios antepasados, es decir, VI-VIII-MCMLI, lo que significaba 6 de agosto de 1951. Aparte de raro por utilizar letras de tumba en vez de números, como todo el mundo, el Raro de Nuévalos sabía que los romanos no tenían ceros, eran sin ceros, y él también, y lo contaba todo sin picardía ni doblez –incluida la afección de la próstata que le llevó al otro barrio–, por lo cual le motejaban el Tonto del Pueblo.

3

La rareza se puede contraer a cualquier edad y en cualquier lugar; su variedad y extensión la convierte en una materia ilimitada; su estudio en términos de descripción, análisis y comprensión reclama una delimitación o acotación y requiere la aplicación de múltiples herramientas, de modo y manera que esas múltiples disciplinas, la «multidisciplinaridad», le aporten un valor «integral».

Esas y otras insípidas frases académicas iba hilvanando Vera Veraz en su mente a modo de exordio de su trabajo mientras el tren corría como un juguete de cuerda por una jugosa alameda de chopos, fresnos y pastos. Pronto saldrían a campo abierto. La verdad es que eso de “integral” no le gustaba, le sonaba a integrista y facha, y lo de la “multidiciplinaridad” le tocaba mucho los píes. ¿No había un sinónimo, una palabra de una sola pieza? El profesor Leontief, sentado frente a ella, alzó en ese instante su vista del libro, y ella aprovechó la pausa:

–Leontief, ¿cómo se llamaba aquel colega de Salamanca?

–No sé de qué me hablas.

–Del profesor que mencionó Fernando Lázaro Carreter con tanta guasa.

–¡Ah, ya! Teórgano Expósito.

–No me refiero a ese… Tanto da.

El profesor se ajustó las lupas sobre la nariz y siguió leyendo mientras ella, incapaz de encontrar aquel nombre en el disco duro de su memoria sin “ran”, se meaba de risa para sus adentros recreando la escena en su imaginación. Allí estaba el señor rector, se disponía a realizar la presentación, se colocaba tras del atril del orador, elevaba ligeramente el micrófono, dirigía una mirada de este a oeste al público asistente (estudiantes) y prorrumpía: “Les presento a ustedes a don… ¿Cómo se llama usted?”, preguntaba volviendo la cabeza hacia el conferenciante.

–José María Brunaldo –le apuntaba éste.

–¡Ah, si! En qué estaría yo pensando… Les presento al señor Grimando…

–Brunaldo –le corregía el conferenciante.

–Bien, bien. Les presento a don José Mariano Brunaldo…

–María –le soplaba el conferenciante a su espalda.

–¡Cierto! Así pues me es grato presentarles a don José María Brunaldo, especialista… ¿En qué es usted especialista, señor Brunaldo?

–En la totalidad.

–Tiene usted la palabra.

4

La rareza y la sorpresa van de la mano como la causa y el efecto del escolástico. Conocí a un niño en Vacamundi que respondía al nombre de Manolito y se enfurecía si le llamaban Manolito. Como muchos otros de su edad, quería ser mayor. Pero la rareza de éste era su odio hacia los diminutivos. En el colegio pegaba a los que le llamaban Manolito. El señor cura del pueblo le nombró monaguillo y él enseguida amenazó con pegar una paliza al que se atreviera a llamarle moñaguillo. “Llamazme Monago, no Monaguillo”, advirtió a los demás niños.

Con esto deseo significar –seguía hilvanando Vera Veraz su introducción– que la rareza no tiene edad y lo mismo la podemos descubrir en un brutinín como aquel Manolito Monaguillo que en aquella niña de Turrisburris –Margarita se llamaba– que libraba una batalla contra el sueño y se negaba a dormir para evitar ser torturada.

–¿Quién te tortura, Margarita?

–Las Matemáticas.

–Dime qué te hacen.

–Me atacan con el uno, me pinchan con su anzuelo; mira –decía mostrando picaduras que parecían de mosquitos en las piernas y los brazos.

–Defiéndete con el siete.

–Todos son uno.

5

Hay rarezas caducas y rarezas perennes como las hojas de los árboles que, en general, suelen ser muy raros, pues como versificó Bergamín, se desnudan en invierno y se visten en verano. Las rarezas perennes pueden ser congénitas y duran toda la vida o, como dice el refrán, “el que nace lechón muere gorrino”.

En este punto dudó sobre la cita.

–Profesor, ¿los refranes son académicos?

–¡Claro que no!

Entonces quito el refrán. Carlitos pertenecía a la especie de los raros congénitos: nació con la cabeza más picuda que el griego Pericles y tenía una cara rarísima, muy estrecha, tanto que al mirarle de frente tenías la sensación de que estabas viendo una pintura egípcia. Todos se reían de él y su cabeza provocaba sorpresa y curiosidad en todas partes. Pero eso no quiere decir que sus facultades mentales fueran inferiores a los demás; antes, al contrario, era un muchacho inteligentísimo, aventajaba a todos sus compañeros y obtenía las mejores notas. Su padre, que también tenía la cabeza picuda, por lo cual le llamaban Calabacín, trabajaba en una industria de satélites artificiales.

¿Cómo eliminar esa la rareza?, se preguntaba él y se preguntaba su familia. De ninguna manera. La rareza era de por vida y la solución de cortarse la cabeza no le parecía oportuna. Finalmente resolvió estudiar árabe y como los árabes usan turbante, cuando se asentó en Egipto dejó de ser mirado como un bicho raro y comenzó a ser admirado como un joven de singular belleza ancestral. Con ello quiero decir que la rareza congénita, según y cómo.