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26.–De Kosovo al Kremlin

De INTRODUCCIÓN AL ABUELO

Las guerras en los Balcanes terminaron cuando las potencias occidentales de la Alianza Atlántica decidieron parar los pies al presidente serbio Slobodan Milosevic, bombardear con misiles aire-tierra los centros de mando político (incluida la televisión) y militar en Belgrado, y evitar así nuevos baños de sangre y más limpieza étnica en la región del Kosovo. El lobo Milosevic había enviado sus tropas, tanques y artillería pesada para que ocuparan aquella zona del suroeste de Serbia y exterminaran a los independentistas kosovares. Decenas de miles de personas huían de los pueblos y ciudades hacia Albania y Macedonia. La catástrofe humana se repetía una vez más. Pero en esta ocasión, la comunidad internacional intervino con rapidez y dureza. Sin poner pie en tierra obligó al sátrapa serbio a renunciar a sus planes y a retirar sus tropas de Kosovo. T informó desde Albania de la llegada de miles de refugiados kosovares. En Tirana, la capital de aquel país manicomial que había estado gobernado por unos chalados que se decían comunistas y eran contrarios a Moscú, cientos de mujeres, niños y ancianos habían sido acogidos en el principal pabellón deportivo del país y sufrían unas condiciones higiénicas, sanitarias y alimentarias manifiestamente mejorables. Miles de familias llegaban en trenes, camiones, carretas y tractores. Cruzaban la frontera con sus escasas pertenencias al hombro. Huían de la guerra a un país más pobre que el suyo. Los albaneses les consideraban sus hermanos, los “hermanos ricos del norte”. ¿Ricos? Al menos, tenían tractores. En cambio, ellos todavía araban la tierra con mulas y borricos. Les acogían encantados, pero poca ayuda podían prestarles. Los militares españoles desembarcaban sus pertrechos en el puerto de Durres. Las autoridades albanesas les asignaron una zona entre aquella ciudad portuaria y Tirana para que instalasen un campamento de acogida de los refugiados kosovares. Trabajaron duro. En pocos días acondicionaron el terreno y colocaron mil tiendas de campaña con todos los servicios higiénicos y sanitarios para acoger a las familias. Pero fracasaron. Los kosovares llegaban con cuentagotas o no llegaban. La mayoría de ellos evitaron aquellas tierras bajas, cuya capa freática era tan fina que en cuanto cavabas treinta centímetros salía agua subterránea. Acostumbrados como estaban al altiplano, preferían la tierra al barro, el hacinamiento a las picaduras de los mosquitos laguneros: grandes, gordos, abundantes. Hasta para sufrir, el ser humano es selectivo. O dicho de oto modo, el medio natural es un detalle con el que hemos de contar para sobrevivir, incluso en la mayor desventura: la guerra. La falta de exploradores y de consultas previas a los interesados abocó en este caso a los milicos españoles a un gasto y un trabajo innecesarios. Y ya es sabido que los esfuerzos inútiles conducen a la melancolía. Más que melancólicos (nombre de un paseo situado en la ribera del Manzanares, junto al antiguo estadio de fútbol del Atlético de Madrid), los militares españoles se sentían burlados en su confianza por las autoridades albanesas. Pero ¿qué se podía esperar de unos tipos que habían construido una autovía que cruzaba una línea férrea sin paso a nivel y habían convertido el país en el mayor refugio de granujas y ladrones de coches de alta cilindrada de toda Europa? Más allá de la informalidad de las autoridades, los albaneses se portaron bien con sus vecinos del norte mientras las tropas de Serbia eran desalojadas de su país. En poco más de un mes pudieron regresar a su tierra. En Pristina, la capital de Kosovo, se decía que aquella tierra atesoraba en el subsuelo minería metálica muy valiosa (“estratégica” le llamaban) para fabricar componentes tecnológicos de alta resolución. T realizó algunos viajes en helicóptero y en coche por el país naciente, nevado y muy frio en invierno, para informar del mantenimiento de la paz por parte de las tropas españolas en las zonas fronterizas de Kosovo con Serbia y Macedonia,pero, salvo algunas montañas de mineral negro y terroso como el carbón, no vio ni pudo confirmar la existencia de tesoro alguno. Tal vez el nuevo país tuviera golosas reservas de coltan (columbita y talantita) o de otros minerales muy cotizados, pero lo cierto es que aquel territorio alto, con montañas suaves, poco elevadas, y profusamente cubiertas de árboles, distaba de parecer rico. Sus gentes regresaban y reemprendían sus actividades agrarias, ganaderas y forestales. Por cierto que una de las principales tareas de los soldados españoles (tropa profesional de mujeres y hombres) consistía en impedir el contrabando de madera. En aquellos tiempos empleaban mucho las palabras “tronco” y sus variantes “tronqui” y “tronc” para llamarse unos a otros. El mayor tronco incandescente lo vio el Abuelo en Moscú. Mientras los aviones de la OTAN lanzaban sus misiles contra Belgrado y bombardeaban la ferretería pesada del carnicero de los Balcanes, Milosevic, para evitar la masacre de kosovares, le tocó cubrir un viaje del presidente del Gobierno español y presidente de turno de la Unión Europea, Felipe González Márquez, a la capital de la Federación Rusa para cultivar las buenas relaciones. Era una visita de dos días. El primero, González fue recibido por el presidente ruso BorisYeltsin para tratar asuntos bilaterales (España-Rusia). Algunas empresas españolas se habían asentado en el país excomunista. La más importante, Campomós, fabricaba embutidos y tenía mucho éxito, pues a los rusos les encantaba el salchichón. En general eran gente adiposa, gruesa y lustrosa. El presidente español visitó aquella factoría y uno de sus ayudantes, el responsable de prensa, Miguel Gil Peral, acicalado y pulcro salió diciendo, a punto de vomitar, que no volvería a comer mortadela ni embutidos en su vida. A saber lo que habría visto y olido, la criatura. El encuentro bilateral entre González y Yeltsin fue bien. Firmaron acuerdos en materias de interés mutuo y manifestaron sus deseos de mantener buenas relaciones. Los corresponsales y enviados especiales de los distintos medios de comunicación españoles triplicaban el número de los que los rusos dejaban entrar en las dependencias presidenciales, de modo que tuvieron que sortear las cinco plazas que les correspondían cada día. T tuvo suerte: le tocó entrar al Kremlin las dos jornadas seguidas. El segundo encuentro entre el mandatario europeo de turno y el ruso fue mal. Es decir, a cara de perro. En la comparecencia conjunta ante los medios de comunicación el presidente ruso, grande como un oso y con fama de absorber más vodka que una esponja, clamó airadamente contra los bombardeos de la OTAN sobre Belgrado, tildó de criminales a los gobiernos de los países europeos de la Alianza Atlántica y amenazó con desencadenar una guerra mundial si los europeos occidentales atacaban por tierra a sus hermanos serbios. Parecía realmente furioso. Y era bien cierto que los misiles guiados aire-tierra causaban la muerte y herían de gravedad a civiles inocentes. Aunque no sumaban la cifra de quinientos muertos y más un millar de heridos que el propio Yeltsin había provocado en octubre de 1994 cuando llamó a los tanques y a la policía a bombardear la Casa Blanca rusa o sede del Parlamento, para mantenerse en el poder, las amenazas de aquel personaje imponente eran muy serias. Y, desde luego, creíbles. Sus encargados de prensa y propaganda restringían tanto la palabra a los medios extranjeros que los periodistas solo podían hacer dos preguntas. Pero en aquella ocasión ni siquiera permitían formularlas, pues daban una y otra vez el micrófono a los domésticos. El presidente español advirtió la falta de ecuanimidad y pidió al encolerizado mandatario que permitiera alguna pregunta de los españoles. Éste asintió. Entonces el micro cayó en manos del veterano Víctor Colchero, quien le preguntó cómo podía condenar los ataques de la OTAN a Serbia cuando él estaba bombardeando Chechenia. ¿Acaso no era condenable su decisión de arrasar los pueblos y ciudades chechenas? La pregunta enfureció al mandatario, que enrojeció de ira como un tronco incandescente. Su brazo desgobernado empezó a temblar. T notó las miradas de odio de los colegas rusos. Se puso en guardia. Por un instante temió una agresión. No fue el único que advirtió el peligro; antes de que la traductora vertiera al español la respuesta (Chechenia era, al parecer, un asunto interno), Susana Olmo, compañera de la agencia de noticias Colpisa, se puso en pie, le tocó en el hombro, agarró a Colchero del brazo y dijo: “Vámonos de aquí antes de que nos detengan”. Echaron a andar por aquellos lujosos pasillos de mármol encastrado con láminas de oro hacia la salida. Apenas pararon a hacerse una foto. Tal era el incendio del tronco que no respiraron a gusto hasta que dejaron atrás los patios empedrados y cruzaron el portón de la muralla roja.