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‘La verán mis ojos’ (VX): «La zona fría de la rubia»

La obra más conocida del autor de las "Coplas de los pecados mortales"
La obra más conocida del autor de las «Coplas de los pecados mortales»

Por KEY GOOD

La plaza de Santa Ana olía a tierra mojada. Un chaparrón primaveral al anochecer de aquel lunes de San Perfecto había limpiado el aire y daba gusto respirar. Al doblar la esquina de Núñez de Arce, Lucas se topó con el Llantas y le dio un duro. El vagabundo dormía indistintamente en el hueco de una entidad bancaria o en un banco de la plaza y aseguraba que estaba dando la vuelta al mundo en su bicicleta oxidada de ruedas desinfladas. Le gustaba hablar, al Llantas. Aquella noche abrió su desdentada boca, le dio las gracias y luego dijo: “Mala pasma por aquí”. Lucas se abstuvo de darle palique y siguió adelante, junto a la pared para protegerse de la lluvia fina, persistente. Al llegar a la esquina de la calle del Príncipe observó la presencia de dos tipos clavados como estatuas a ambos lados del portal de la pensión donde residía. Un tercer madero de la secreta fumaba en el interior de un coche gris, estacionado frente al Teatro Español, y otro hacía lo propio en un Seat también gris (eran inconfundibles), aparcado unos cien metros por delante del anterior. No tuvo duda de que eran tipos de la secreta al acecho de un pez gordo. Cruzó la calle y entró en la taberna del Portugués. La Rubia se extrañó de que llegara tan tarde.

–Se ha largado el encargado –le dijo.

–¿Y eso?

–Acertó una quiniela de catorce.

–Todos los tontos tienen suerte.

La Rubia ya había limpiado y desconectado la cafetera, de modo que puso a calentar la leche en un cazo y le indicó que se sentara ahí detrás. Después, se apresuró a correr el cerrojo de la acristalada puerta metálica de la entrada, dejó caer la esterilla enrollada en lo alto y apagó el letrero luminoso y las luces del local. En la trasera del establecimiento se almacenaban sacos de harina, bidones de aceite y cajas de refrescos. Lucas acercó una silla y se acodó en una cámara frigorífica de guardar helados. La luz mortecina de un foco de mantenimiento de bajo voltaje hacía imposible la lectura. La lógica aristotélica para burros podía esperar. Encendió un pitillo. Intentaba olvidar la traición de Raba y comenzó a repasar mentalmente los nombres nemotécnicos de los silogismos –bárbara, celaren, darii, ferio; cesare, camestres, festino, baroco; darati, felaton….–; se enredó con Llantas: “Todo ciclista quiere dar la vuelta al mundo, es así que el Llantas es ciclista, luego el Llantas quiere dar la vuelta al mundo”. Y luego con los patos: “Ningún pato baila el vals, ninguna de mis aves es pato, luego todas mis aves bailan el vals”. ¡Qué tontería!

Era demasiado tarde para dar la lata a los Martínez de las hojas de su listín telefónico y siguió intentando componer un ferisomorun, pero no lograba despintar de su cabeza la traición de Raba. Al final le salió uno: “Todo buitre puede volar, algunos cerdos no pueden volar, luego algunos cerdos no son buitres”.

–¿En qué piensas? –le preguntó la Rubia.

–En unas tonterías que se llaman silogismos.

–¿Para qué sirven?

–Para hacer churros mentales.

–Te noto un poco raro –dijo la Rubia colocando dos tazones de leche y unos sobaditos sobre la cámara.

–Estoy derrotado de cansancio y encima he de examinarme de esas argucias griegas conservadas por los clérigos de Constantinopla y redescubiertas por Tomás de Aquino para uso de unos seguidores llamados tomistas que vivían de deslumbrar beatas.

–¿Son difíciles esas argucias?

–Sólo raras.

–¿A ver?

–¿Cómo te lo explicaría yo…? Por ejemplo: “Los quesos tienen agujeros, los agujeros no son queso, luego cuanto más queso, menos queso”.

–Si que son raras.

–Ya te digo –dijo Lu antes de acercar la taza y chamuscarse los labios.

–La leche cruda hay que hervirla –se disculpó la Rubia.

–Ya veo que te preocupas de la salud de los clientes.

Después profirió otro silogismo: “Los camareros cuidan a sus clientes, es así que la Rubia es camarera, luego la Rubia cuida a sus clientes”.

–Es un silogismo en bárbara– aclaró.

–La Rubia sólo cuida de un cliente –le corrigió ella, tendiéndole los labios como si quisiera aliviar o compartir el dolor que le había causado la leche hirviendo.

En la intimidad de aquella trastienda apenas iluminada por la claridad del pequeño foco de mantenimiento, Lucas se dejó besar con la boca abierta, inhaló el aliento de la Rubia y sintió el calor de sus finos labios, seguidos de la lagartija de su lengua en el interior de su boca. Aquella mujer deseaba algo más que cordialidad y ternura, pues en un instante atrajo la mano de Lucas hacia sus pechos y se desabrochó la blusa, liberándose al mismo tiempo del recio sujetador. Lucas le acarició los pechos. Eran tibios y suaves como la cara de un bebé. Un aroma a heno le trasladó a su infancia. De pronto sintió que nada de aquello tenía sentido y se puso en pie. “Tengo que irme”.

La Rubia se levantó de la silla y extendió sus brazos asiéndole por el cuello.

–No te puedes ir –dijo. Y acto seguido le tapó la boca con un beso mientras lo estrechaba contra sí.

–Es muy tarde y mañana he de estar a las nueve en el tabernario. Además…

La Rubia le cortó la frase, besándole de nuevo.

–Además, ¿qué?

–Además tú también…

–No te preocupes por mí –dijo besándole otra vez mientras le desabrochaba la camisa y le acariciaba el bello del pecho.

–Además, esto no tiene ninguna lógica.

–¿Qué lógica necesitas, mi amor?

Él le susurró un silogismo:

–Ningún joven se enamora de una mujer mayor, las mujeres mayores no son ilógicas, luego ninguna ilógica se enamora de un joven.

Ella protestó:

–Soy ilógica y no soy mayor –Y le aplicó los labios al cuello como si fueran una ventosa.

–Hueles muy bien –dijo él.

–Mejor sabré.

–Sabes que tengo que irme y que…

–Te repito que no te puedes ir. Además, no te has tomado la leche, así que siéntate de una vez.

Lucas obedeció. Ella le recompuso la camisa, le revolvió los cabellos, le dio otro chupetón en el cuello, pronunció una exclamación cariñosa y se fue a buscar una botella de brandy con dos copas. Sin hacer caso de las indicaciones de Lucas de que no bebía alcohol, llenó ambas copas y le ordenó: “Bébetelo, te sentará bien”. Él apuró el café con leche y dio un sorbo a la copa de brandy. Era un licor suave. Dio un sorbo más largo y sintió el calor en el esófago. La Rubia bebió también. “Es Napoleón, el mejor coñac”, dijo. “¿A que te sientes mejor?”

–Contigo me siento bien, solo que…

–¿Te gusto?

–Ya lo creo que me gustas, Rubia; eres muy dulce, muy sabrosa.

–Y no soy tan mayor…

–No quería herirte, solo que…

–Solo que ¿qué? –dijo ella besándole de nuevo.

–Solo que, bueno, nunca he estado con una mujer.

La Rubia se rió y le acarició.

–Eso no tiene importancia; esta noche vas a estar con una que te quiere, pero no aquí, sino en la cama, y mañana verás como te sientes mejor.

–Mi cama es de medio metro y no cabemos los dos.

–No, no, cariño, aunque esta noche no vinieras conmigo, ni se te ocurra ir a la pensión: está llena de policías de la brigada político-social.

–¿De policías?

–De policías, si; me lo ha dicho el sucio; están buscando a un terrorista e interrogan a todo el mundo. Así que esta noche te vienes conmigo a dormir y así evitas que te den la murga.

Lucas apuró la copa y se sirvió otra. Con razón el Llantas le dijo que unos guripas malos rondaban la plaza de Santana y luego, aquellos coches y aquellos tipos flanqueando la puerta de la Lucense y del hostal Regional…

–¿Te dijo algo más el sucio?

–Me preguntó si en los últimos tiempos había visto por aquí algún tipo joven con acento vasco y pinta extraña, con barbas, mal peinado y eso. Le dije que no había visto más gente que la corriente. Y él me pidió que le llamara si sospechaba de alguno que no viniera habitualmente por aquí.

En ese momento Lucas no tuvo duda de que le estaban buscando a él si, como sospechaba, aquel Argala con barba y cara caballo con el que había llegado a Ursaría en el camión de Centeno y al que había escrito dos cartas pidiendo ayuda, era un terrorista etarra.

Disimuló su repentina inquietud con otro sorbo de coñac y acarició y paladeó los labios de la Rubia. “Ahora sé que eres sincera y me quieres y deseas evitarme las molestias de esos guripas”, le dijo.

–No te lo creas; lo que yo quiero es follarte, y si me gustas, ya veremos.

–¿Qué veremos?

Ella evitó contestar.

–Ya lo sé…, iremos a Grecia.

Ella buscó un paraguas, salieron y caminaron abrazados. Eran de la misma estatura. Cruzaron la plaza del Ángel y bajaron por la calle de Alcalá con pasos acompasados. De vez en cuando se volvían el uno a la otra o la otra al uno para besarse sin dejar de caminar. Cruzaron la plaza de la Cibeles, torcieron hacia la derecha y subieron por la silenciosa calle de Juan de Mena, donde ella vivía con una hermana menor y un cuñado quisquilloso que madrugaba para hacer churros.

La Rubia le fue contando algunos detalles familiares a medida que caminaban hacia su casa, “un piso grande y destartalado, un paramental”, decía ella. Lucas mantenía su brazo sobre los hombros de la Rubia y le dirigía los pasos mirando al suelo para evitar que pisara los charcos y los adoquines mal cimentados que chinglaban y despedían agua y barro contra las medias, las piernas y los zapatos. En su cabeza bullía la inquietud sobre de si sería él el terrorista prófugo. ¿Por qué había escrito aquellas cartas? ¿Por qué las había introducido por debajo de la puerta de aquel piso de la calle de los Pajaritos, si ya entonces sospechaba que aquel Argala no era trigo limpio? Si los guripas le habían echado el guante, era evidente que habían encontrado las cartas. ¿Por qué no se las había comido aquel papelófago con cara de potro, como  hizo con la servilleta, o, por lo menos, las había roto y arrojado a la papelera?

La Rubia seguía describiendo a su cuñado quisquilloso y a su inteligentísima hermana sin dejar de hacerle arrumacos.

–¿Cuál es la parte más fría de la mujer? –Le preguntó.

–No se.

–El culo –dijo ella riendo.

Él dejó caer lentamente el brazo desde su hombro hacia el costado y colocó la mano sobre su esférico glúteo, presionando suavemente para que el roce del caminar le proporcionase calor.

Tenía una habitación con dos balcones, la Rubia, y una cama grande, algodonosa y suave sobre un piso de tabla encerada que se quejaba al pisar. Sintió el jadeo de la Rubia, la placentera humedad del orgasmo encadenado de la correosa e intensa mujer y se fue quedando dormido con un sabor agrio y dulce en la boca y el nombre de Juan de Mena en la cabeza; si la fortuna era un laberinto, desconocía la suerte que le esperaba.