Archivo de la etiqueta: Seychelles

Las resurrecciones de Diagu Bandiera (III)

17.– Eloso

El general Felonio proyectaba erudición, era un buen conversador, manejaba un manual de cucología adquirida en la universidad de la vida, detectaba al instante el estado de animo de los interlocutores y se ganaba su confianza sin entregar la propia. Terri le conocía bien y había informado a Tilo sobre la astucia del preboste. Transmitía serenidad, hablaba con propiedad, sugería sin afirmar e insinuaba sin mostrar ni demostrar. Pertenecía a la especie de los sutiles. El hilo de su caña de pescar era invisible y su anzuelo se adaptaba a la tonalidad del agua y a la boca de cada pez. Era un espécimen residual de una preclara saga florentina en extinción.

yibuti
Una calle en Yibuti.

Con esa información previa, Tilo consideró lógico que del almuerzo con el superespía salieran los directivos del periódico eructantes de satisfacción gástrica por la gastronomía aplicada y pletóricos de entusiasmo mental por los frutos políticos que el tipo depositó en el cesto de aquellos superhombres. Tenía razón Terri cuando le dijo que la técnica de Felonio de introducir, como una nota sin importancia a pie de página, cuitas y desvaríos de personajes relevantes de la política, la corte, la curia y las finanzas, cautivaba y regocijaba a los interlocutores que estaban en el limbo. De modo que cuando el reportero remitió su relato sobre las vicisitudes y sufrimientos de los pescadores del Amanecer, liberados en Yibuti de las garras de los piratas somalis, Eloso se resistió a creer los comentarios personales de Tilo en el sentido de que el jefe de los servicios secretos tenía mucho que ver con aquellos secuestros y era, por decirlo de algún modo, el pirata mayor del reino, pues sus negocios sucios y ocultos de tráfico de armas rendían aquellos resultados.

¿Estás seguro de lo que dices?

–Tengo algunos datos, indicios bastante sólidos, aunque necesito más pruebas y he de verificar algunas versiones.

–¿Quieres que el delegado ponga a alguien para que te ayude?

–No, no, por Júpiter, sólo te pido que no se lo digas ni a él ni a nadie; cualquier indiscreción echaría a perder el tema que llevo varios meses investigando –dijo Tilo antes de referirle algunas conclusiones de sus pesquisas. Cuando cayó en la cuenta de que había sobrepasado el minuto, tiempo máximo que Eloso concedía a sus redactores, ya era tarde.

–¿No crees que necesitas unas vacaciones? Tómate un chupetín y te despejas.

–¿Es una orden?

Si, una orden por tu bien; te veo un poco obsesionado.

–De acuerdo, te lo agradezco, aunque no creo estar obsesionado; si acaso impresionado con lo que oído y no un poco, sino muy cabreado con las fechorías de esos sinvergüenzas.

–Cuidado, Tilo, no te dejes intoxicar.

–Joder, director, aún conservo la capacidad de distinguir entre tóxicos y honrados y te aseguro que la aduana de mi cabeza funciona perfectamente y no deja pasar bulos ni rumores ni invenciones.

–No te enfades, no lo dudo, adelanterepuso el director.

La renuencia de Eloso le dejó un poso de duda como unos granos de arena en los rodamientos de su voluntad. ¿Quería desviarle de aquella investigación? Si en vez de Eloso. el Máster o cualquier otro ambicioso de dinero y notoriedad detentaran el mando del periódico tendría la seguridad de que echarían tierra sobre su investigación e intentarían enterrarlo a él. Sus experiencias con aquellos tipos no eran positivas. En una ocasión obtuvo una información según la cual un ministro millonario y campanudo que ordenaba redadas policíacas contra los migrantes indocumentados, sobre todo si eran negros, moros y andinos, utilizaba inmigrantes sin papeles (“ilegales” les llamaba) en tareas agrarias, de jardinería, limpieza y albañilería de su finca, situada en una localidad cercana a la capital del reino. Eran mano de obra más barata y manejable que las cuadrillas de jornaleros oriundos, debido a la precaria y famélica circunstancia de aquellas personas. En vez de “regularizarlas” y reconocer su existencia y sus derechos humanos, las explotaban. Y a continuación las detenían, encerraban y expulsaban a sus países. Tilo confirmó y completó la información sobre el provecho de aquel miserable epulón, gran patriota por demás. Apenas redactó y soltó el texto, cayó el Máster sobre él y jamás se publicó.

¿Por qué?

–Porque perjudica a la empresa –afirmó el máster en referencia a la publicidad que el ministerio a las órdenes de aquel sinvergüenza insertaba en el periódico.

Pero Eloso era astilla de madera noble. Se lo había demostrado muchas veces antes de nombrar a aquel delegado al que permitían cobrar en carne sus desvelos hacia la empresa. Así, al poco de ser nombrado, contrató a la tercera secretaria de redacción, una jovencita de pelo trigueño, rostro ovalado y talle de avispa, a la que conoció en una discoteca, y le asignó el turno de tarde, desde las dieciesiete horas hasta el cierre de la segunda edición, a las cero horas, dándose el caso de que los plumillas y fotógrafos que llegaban apresurados a última hora a soltar la información de los partidos de fútbol y balón cesto les sorprendían algunas veces con el culo al aire, follando en la pecera, o sea, el despacho del Máster. Aunque miraban para otro lado, cuchicheaban entre risitas y no se sustraían, los muy envidiosos, de comentar los goces del mando y la subordinada encima. El derecho de pernada laboral era frecuente en muchísimas sociedades anónimas cuyos directivos y esforzados ejecutivos lo aplicaban con tanto gusto que se podía decir que no eran hipócritas en su placeres. Tan competentes y competitivos eran que hasta competían en ver quien tenía más bellas, placenteras y cosméticas secretarias.

protesta de los mineros
Protesta de mineros; algún político se beneficiaba de la subvención al carbón.

Tilo no se fiaba ni confiaba en un profesional tan desvelado por la empresa como aquel Máster. Prefería entenderse directamente con Eloso y sólo cuando tenía la información redactada y lista para ser publicada remitía una copia a este superior. El director y el editor le parecían personas fiables. Tuvo una valiosa demostración de su apoyo cuando publicó que el presidente del partido conservador y candidato a la jefatura del gobierno había concedido subvenciones millonarias a fondo perdido del dinero público para el sostenimiento de la minería del carbón en la región donde gobernaba a una entidad que ni explotaba minas ni poseía dominios mineros. Era un despacho de la capital del reino, una tapadera del latrocinio. El jefe de comunicación de aquel líder político le citó en su despacho y le conminó a aceptar un desmentido. Fue una conversación a cara de perro. Lógico. Aquel sujeto realizaba su trabajo y defendía la limpieza de su superior. Le pagaban (muy bien) por ello. En un momento determinado sacó una pistola Astra del cajón de su mesa.

–Porque eres amigo mío, si no te pegaba un tiro –le dijo.

–¡Por Júpiter, Miguel! No sabía que gastaras pistola –replicó él.

Aunque las pruebas del desvío de los fondos públicos de la minería a los bolsillos ajenos eran irrefutables e incluían documentos firmados de puño y letra por aquel presidente regional tan corrupto como muchos otros de su partido derechista, el líder aprovechó la presencia del editor en la boda de una hija del rey, a la que ambos iban de invitados, para exigirle que destituyera al director del periódico por haberle tiznado el traje con la referida información. El editor se mostró tan cortés como impermeable, soportó el chaparrón sin mojarse y demostró que el primer deber del propietario de un periódico es la defensa de la información cierta y veraz que publica. Muchos otros en su lugar habrían claudicado ante la fuerza de la fiera del poder. Cierto es que eran otros tiempos y la situación económica del medio permitía al editor ganar mucho dinero, lanzar otros productos informativos y culturales y no plegarse ante las exigencias de los titulares del poder político.

Ahora las circunstancias económicas eran peores, por no decir malas. Y a ese factor circunstancial atribuía Tilo el poso de duda que quedó en su interior tras la conversación con el director. Sin embargo, la boya permanecía a flote, era la expresión “adelante”. Él la interpretó literalmente y siguió con sus pesquisas sobre la peliaguda materia. Adoptó algunas precauciones de seguridad: cambió las claves de acceso del ordenador de casa, hizo copias de los documentos del pirata malgache y del resto del material gráfico y sonoro y las puso a buen recaudo en el domicilio de Lola, en un apartado de Correos y en un táper en la cisterna del váter de casa.

calle huertas
Calle de Huertas en el barrio de las letras.

Para entonces el coronel Terri ya se aventuraba a salir de noche, siempre precedido del hirsuto sabio Compendio en misiones de vigilancia y de compañía en largos paseos por la ciudad. Sus habitáculos bajo las tejas se volvían más calurosos a medida que avanzaba el verano, de modo que en ocasiones se acercaban a un cafetín del barrio de las letras (le llamaban así porque Cervantes, Lope, Calderón, Echegaray, Benavente, Menéndez Pelayo…, residieron en la zona) donde Santi Muelles y Lágar, discípulos de Malalata, realizaban trucos de magia. Sobre un escenario esquinado reposaba un piano al que algunas veces, con el permiso de la autoridad (la pareja de mujeres que regentaban el establecimiento), Compendio arrancaba conocidas melodías y fragmentos populares de Vivaldi, Mozart, Rajmáninov, Chopin, Beethoven… a cambio de un refresco por deferencia de algún cliente, casi siempre alguna moza vieja de las que por allí andaban en busca de arrimo. Fue allí, en Las Beberindas y no en la Tabernilla, donde Terri le sorprendió con unos datos registrales inequívocos y le animó a mover ficha y dar jaque mate al enemigo.

peratallada 2
Calle de la localidad medieval de Peratallada (Girona)

Al día siguiente se apresuró a realizar las comprobaciones de rigor sobre los datos que le facilitó Terri y, en efecto, un inmueble registrado a nombre del loco Liborio pertenecía en realidad al general Felonio. Se trataba de una masía y una torre medieval en el municipio catalán de Peratallada. Otra propiedad del jefe operativo de los servicios secretos, una mansión de veraneo en la cala del Montgó, municipio de L’Escala (Girona), figuraba a nombre del también psiquiatrizado Ángel Pérez Perales. Las dos fincas habían sido compradas en los dos últimos años. La verificación fue sencilla: bastaron unas llamadas por teléfono para saber que los señores Liborio y Pérez eran desconocidos en “sus” respectivas casas y, en cambio, “el señor” se llamaba Felonio. En ese instante sintió la tentación de enviar los datos al director para que los corresponsales en aquellas localidades confirmasen la información sobre el terreno, aunque se contuvo por prudencia y porque formalmente se hallaba de vacaciones.

Terri se había esmerado. Sus pesquisas iban más allá de los dos hombres de paja utilizados por el superespía K en su contrato con el pirata malgache y afectaban de lleno al propio director del manicomio, un fraile lego de la orden de los desamparados, cuyo nombre, Cayo Dueño, figuraba en algunas compras y ventas de bienes raíces en distintos puntos de la geografía peninsular. Una noche en Las Beberindas el coronel Terri atribuyó todo el mérito de las pesquisas al sabio Compendio, quien sumaba a su virtuosismo al piano unos conocimientos de informática y telecomunicaciones que le permitían acceder con facilidad a los registros catastrales, de la propiedad y de otros organismos meramente administrativos. Esto no quiere decir que la intuición y los indicios de Terri careciesen de importancia, pues alguna fuente relacionada con el Centro de Inteligencia le habría referido los viajes frecuentes de K a Cataluña en un Falcon-900, uno de los reactores de tres motores con los que contaba el rey y las altas autoridades para sus idas y venidas. Por cierto que el general solía viajar con su Harley-Davidson abordo, ya que, según las lenguas de doble filo, gustaba visitar sus propiedades y recorrer la geografía en moto con moza atrás.

18.– Cayo

–Buenas tardes don Cayo, mi nombre es Tilo, estoy realizando un reportaje para el periódico sobre la incidencia que tendrá la reforma del Código Penal en los internados psiquiátricos. Sé que usted domina bien esta materia y es usted una excelente persona que no tendrá inconveniente en concederme una entrevista de media hora sobre el nuevo trato penal y social a los desahuciados mentales.

psiquiatricos
«Los hospitales psiquiátricos también son cárceles».

El director del psiquiátrico de Ciempozuelos carraspeó suavemente para aclarar la voz antes de agradecer las cualidades que le atribuyó el periodista y de invitarle a hablar con propiedad, llamando a las cosas por su nombre.

–Diga locos y manicomios y deje los remilgos para los tontos de la televisión –afirmó.

–Hay tantas personas susceptibles que ya no sabe uno como hablar –se justificó.

–Si, mucho tonto polla y polla boba –dijo el fraile.

–Es usted un filósofo –dijo Tilo.

–Escamado y escéptico –precisó el fraile–. Y ya sabe que los escépticos no nos metemos en nada que no podamos cambiar, así que no veo qué sentido tiene lo que yo le pueda decir sobre las condenas de los locos a cadena perpetua o como le digan.

–Desde luego usted conoce la materia, sabe del asunto y su opinión es cualificada, don Cayo ¿O prefiere que le llame fray Cayo?

–Como si quiere llamarme san Cayo… ¿Quién le ha dicho que sé de eso que dice que sé?

–Usted es una persona conocida y reconocida en la orden de San Juan de Dios, un fraile mendicante con una trayectoria larga de ayuda a los demás. ¿Me equivoco si le digo que en Manila le recuerdan con gratitud?

–¿Ha estado en Manila? ¿Conoce nuestro centro? ¿Ha hablado con mis hijas?

–Desconocía que tuviera hijas.

–Pues sí, las tres, la directora, la administradora y la jefa de farmacia de nuestro centro allí son hijas mías. Soy fraile, pero no impotente.

–Desde luego, san Cayo; entiendo que con los votos de pobreza y amor al prójimo ya vale para ganar el cielo.

–Y de obediencia, no lo olvide. ¿No ordenó Dios: «Creced y multiplicaos»?

–Cierto, san Cayo.

–Pues ya lo ve.

–Oiga, menudo debate tienen ahí… –Advirtió Tilo.

–¿Debate..? Trifulca más bien. A estos locos no hay quien los calle, si no se lían con el fútbol, arman la zapatiesta con la política. Escuche, escuche…

El clérigo separó el auricular. Por el oído de Tilo entró un chorro de palabrería como de barra de bar en el que distinguió el nombre de Carrillo.

–Por lo que oigo, tienen comunistas –dijo.

–Oye bien. Tenemos hasta un Stalin que ya habría matado a este Carrillo si no fuera porque le defienden los guerristas.

–¿Tienen guerristas?

–Ya lo creo, de la Segunda Internacional. Y un troskista, dos anarquistas…

–Diversión y división no les falta.

–Pues no. También tenemos fachas de la revolución pendiente. Y meapilas. De todo.

–¡Por Júpiter! Andarán a hostias, claro.

–No les dejamos. A los tres fachas se les permite desfilar por el jardín y ejercitar el saludo romano, pero todo les parece poco y a la que las celadoras se descuidan se ponen a cantar el Cara al sol y provocan a los rojos, que saltan con la Internacional y el Himno de Riego y se lía.

–Menudo lío. Va a tener que pedir a su amigo Felonio que le envíe un piquete para poner orden ahí.

El clérigo se extrañó al oír el nombre del general.

–¿Conoce usted a Felonio?

–Lo suficiente para saber que es forofo del Atlético de Madrid, un sufridor –dijo Tilo.

–Eso es lo que yo le digo: Mira Fe, pudiendo ir al palco del Real Madrid, que es donde se cuecen los negocios importantes, deberías olvidar ese rechazo visceral al hombre blanco y sus merengues. Bueno, ya no le digo nada: allá él con sus aspiraciones a la directiva rojiblanca.

–Tengo entendido que es un buen benefactor de ustedes, o sea, del psiquiátrico…

–Si, colabora con el manicomio. Dese cuenta de que su padre estuvo aquí muchos años.

–¿Por loco o como empleado?

–De ninguna de las dos cosas; entró como disidente después de la guerra.

–¿Era demócrata, rojo o eso? –Se interesó Tilo.

–No, pero tuvo serias diferencias políticas con el generalísimo y ya sabe cómo las gastaba el enano asesino del Pardo. Así que renunció a los galones y entró en el ostracismo para no perjudicar la carrera militar de su hijo.

–Gran tipo, el general Felonio –mintió Tilo.

–Un buen amigo –dijo Cayo.

–¿Qué fue del padre?

–Falleció en los años setenta en Barcelona, donde vivía su esposa y una hija. Aquí pasó algunos años y dejó muy buen recuerdo, armó la enfermería e hizo buena obra.

–¿Era médico?

–Y muy buen médico al parecer. Yo no llegué a conocerlo, pero tenía buena fama. La gente del pueblo venía a que la trataran. Imagínate la contradicción de aquel hombre: como militar envió mucha gente a la muerte y como médico la curaba y ayudaba a vivir.

–Una paradoja como para acabar mal del tarro.

–En el vestíbulo del edificio nuevo todavía conservamos un zorro suyo como recuerdo de su paso por el centro. Fue un hombre bueno.

–¿Un zorro? ¿Cómo es eso?

zorro disecado
Zorro disecado

–Disecado, naturalmente; era un buen taxidermista, le encantaba que le trajeran animales para disecar, y lo mismo trataba una cabeza de toro que una ardilla, un lince, un ciervo y hasta alimañas y culebras del río… Se atrevía con todo. Parece ser que era un buen biólogo. Él tenía su laboratorio y se las entendía con los bichos que le traían. Entonces se cazaba mucho, los furtivos para comer y los aristócratas y adinerados por placer, y estaba de moda lucir los trofeos en las casas de bien.

Los dos se rieron de aquel gusto asqueroso de lucir cabezas con las mayores cornamentas posibles. A mayor hilaridad, Tilo le refirió el caso de un cronista catalán, taciturno, regordete y calvo que comentaba la actualidad política con la cabeza disecada del toro Jareño (el nombre figuraba en una placa) en la taberna del Fandi, cercana al Parlamento, y publicaba las consideraciones del morlaco. El curso de los acontecimientos políticos permitía discurrir con los cuernos.

La conversación se prolongó unos minutos más, al cabo de los cuales el fraile aceptó la entrevista diciendo que le esperaba el próximo lunes (era viernes) a las diez de la mañana. Estaba anotando la cita en su libreta de notas cuando Lola se acercó a él recién salida del baño.

–Qué bien hueles, cariño.

–Mejor sabré –dijo ella–. ¿Con quién hablabas?

–Con un santo –le contestó antes de sentarla en su regazo y ponerla al corriente de la situación mientras le acariciaba la piel húmeda y suave bajo el albornoz.

19.– Manicomio

El manicomio de Ciempozuelos estaba situado en la carretera de Titulcia, según se sube del río Jarama a mano derecha, nada más pasar la escuela pontificia de Comillas. El edificio es grande y no tiene pérdida. Se trata de una nave funcional, blanca, de dos plantas, bastante larga (más de doscientos metros), de construcción reciente, rodeada de una valla rojiza sobre un muro de cemento al que asoman los coches estacionados ahí dentro.

ciempozuelos-humanizacion
Pabellón psiquiátrico, patio interior.

Delfín, el vecino taxista al que Tilo llamaba cuando tenía desplazamientos a hora fija, aparcó el vehículo en la zona reservada a las visitas, abrió el capó y se dispuso a ocupar el tiempo de espera en la mecánica. El reportero subió los escalones de mármol blanco de Macael por los que se accedía al rellano de la entrada principal, sin conceder mayor importancia a las banderas desteñidas que ondeaban a un lado a media hasta, pues las autoridades públicas eran muy dadas a decretar duelos oficiales para conmemorar derrotas, fallecimientos o tránsitos de alguna de ellas y, últimamente prodigaban su respeto a las víctimas del terror político, religioso y machista.

Sin embargo, en cuanto cruzó la puerta de vidrio enmarcado en aluminio una celadora compungida le indicó a media voz: “Por ese pasillo, al fondo, en la capilla”. Olía a cirio. Mal asuntó, se dijo. Y tan malo: Cayo Dueño estaba de cuerpo presente. Tres mujeres y un hombre velaban su cadáver embalsamado y trajeado. Se asomó al féretro, tocó las manos del fraile (empuñaban un crucifijo de madera con un Cristo metálico) en señal de despedida, se arrodilló a un lado, bisbiseó un Pater noster qui est in coelis, pronunció la consabida fórmula del pagano Eurípides: “Sit tibi terra levis amigo Cayo”, y abandonó la capilla. Mala suerte, se dijo.

–¿Cómo ha sido?

–El corazón no perdona –dijo la celadora.

Una de las mujeres del velatorio salió tras él y le preguntó si era amigo o pariente lejano del finado, a lo que Tilo respondió que sólo le conocía de hablar con él por teléfono para concertar la entrevista que había venido a hacerle.

–Me pareció una persona excelente –añadió.

–Lo era –afirmó la mujer, que se presentó como la gobernanta del centro. Rondaría los cincuenta años de edad, era corpulenta, con protuberantes mamas, pelo corto y negro con forma de casco de la primera guerra mundial y traje con americana y falda de color azul oscuro.

–Últimamente sólo se mueren los buenos –comentó Tilo–, ayer el amigo Peces Barba, hoy san Cayo Dueño… ¿Por qué, señor? ¿Qué delito hemos cometido para merecer esto?

–Se nos fue el sábado. Estaba tan feliz. Saludó aquí mismo a algunos familiares que se llevan a sus “niños” de fin de semana (a los locos les llamaban “niños”), anduvo por ahí arriba con el de los paneles solares –había hecho números y esas placas salen a cuenta– y luego se fue a comer con el general al restaurante donde solía invitarle cuando venía a verle. Iba tan feliz y risueño. Con su casco en la Harley parecía un jovencito.

–¿Qué edad tenía?

–Acababa de cumplir setenta.

–Muy joven para morirse uno.

–¿Quién iba a decir que se nos iba a ir tan pronto? Pero los caminos del Señor son inescrutables. Cuando regresó –añadió la gobernanta– me dijo que se sentía un poco mareado y se iba a dormir la siesta. Él nunca dormía la siesta, salvo que yo se lo pidiera. No le di mayor importancia al mareo porque entre el vino y la moto… Pero pasaban de las siete de la tarde y Cayo seguía con la siesta. Me asomé a verle y mire usted la faena. El corazón no perdona –repitió la celadora.

–Pues sí, menuda faena –musitó Tilo.

–¿Va a poner algo en el periódico?

–La verdad es que poca gente lee ya las necrológicas y creo que san Cayo se merece algo mejor, un artículo largo, un reportaje más extenso sobre su vida, una vida entera dedicada a los desamparados. Lo expondré a mis superiores, que seguro que lo aceptan, y la llamo por teléfono para venir y hablar largo y tendido. Espero que me ayuden. Personas como él, entregadas a los demás, son las que faltan en este valle de lágrimas.

–Aquí estaremos, a su disposición, señor periodista.

–Perdón, con la tristeza he olvidado darles el nombre, me llamo Tilo.

–Yo soy Benilde –dijo la gobernanta–, y nuestra celadora es Fabiola.

–Las acompaño en el sentimiento y les agradezco mucho su amabilidad –dijo a modo de despedida tras estrechar sus manos.

El taxista Delfín se extrañó de la rapidez del trámite y Tilo le explicó que el entrevistable se hallaba de cuerpo presente, y a los fiambres no hay quien les arranque una palabra, a lo que el muy cabrito no pudo contener una carcajada.

–Tú ríete, ríete a ver si nos cae un árbol encima.

Delfín, pequeño, regordete y travieso, se rió con más ganas todavía. Una vez le cayó una vaca encima del capó, otra vez, también yendo con Tilo en misión informativa (el entierro en Carabanchel de Pedro Carrasco, gran campeón del mundo de boxeo) le cayó un pino, empujado por el viento, y le destrozó el parabrisas. De los dos percances salieron ilesos, pero ninguno le hizo tanta gracia como para reírse a carcajadas y proseguir repicando hilaridad mientras el veterano reportero participaba la novedad al amigo Terri.

El espía se extrañó de que el fraile la hubiera diñado después de almorzar con K precisamente. Acto seguido le recomendó que adoptara precauciones, pues no tenía duda de que el enemigo le pisaba los talones. Había tocado una zona sensible y debía estar atento a las reacciones. Tilo tomó buena nota y nada más acabar la conversación pidió al taxista que lo dejara al pie del Congreso de los Diputados, en cuya sala de prensa solía trabajar los días de agitación parlamentaria. Era el lugar más seguro para evitar encuentros desagradables con desconocidos.

Aquella noche, siguiendo las recomendaciones de seguridad ante el eventual seguimiento de algún esbirro de K, principalmente la de andar con ojo y desconectar completamente el teléfono móvil para evitar el seguimiento de la señal, se acercó a la Tabernilla para analizar la situación con Terri, al que, de paso, derrotó al ajedrez en veinte movimientos.

–¿Crees que lo apioló Felonio? –Le preguntó en referencia al fraile lego.

–Correcto –respondió el coronel.

–No veo cómo.

–Espera unos minutos.

Terri abandonó el estadero, solo habitado aquel lunes por Malalata, que leía un Interviu atrasado. Sus pupilos Santi y Lagar no habían aparecido, Compendio estaba malo, un poco gripado, dijo Mala, y la Lafun había asomado el morro y se había ido al cine con su mayordomo. Tilo le convidó a un botellín y enseguida oyó el sonido metálico de las puertas del ascensor. Era Terri que regresaba con una muela en la mano. La colocó en el centro del tablero. Si quería impresionarle, lo consiguió.

Bajo una lámina de material adhesivo de color carne que servía de base a la muela había una cápsula cilíndrica plastificada.

–Contiene el suficiente cianuro para diñarla en unos minutos –dijo Terri.

–¿Entonces es cierto que los espías preferís morir a cantar?

–Eso nunca se sabe, es decisión de cada cual. Pero si te torturan y tienes la certeza de que te van a liquidar, más vale ahorrarse el dolor. Te la quería enseñar para que veas lo fácil que es liquidar a una persona por la vía rápida. Cinco gramos de cianuro son suficientes para matar a un burro. Tiene un sabor un poco amargo, aunque con tónica y ginebra ni te enteras. Además, el efecto es muy rápido. Actúa como el monóxido de carbono, es decir, por asfixia, sin provocar mucho dolor. En realidad, ni te enteras. En pocos minutos –los que tarda en llegar al estómago, mezclarse con los jugos digestivos y ser absorbido por la sangre– te provoca mareos, somnolencia, te nubla la mente y te manda al otro barrio. Hay otro veneno muy eficaz y bastante utilizado por los servicios secretos, el Milocho, un compuesto de fluorocetato de sodio que tiene la ventaja de que es inodoro e insípido y la desventaja de que bloquea el metabolismo celular y provoca una muerte mucho más dolorosa, aunque bastante rápida también.

Tilo le preguntó por qué rayos guardaba aquella mierda, y Terri le contestó que era el regalo de Reyes Magos del enemigo. “Lo depositó en mi casa el día de la condecoración”, le dijo antes de afirmar que tenía pocas dudas de que Felonio había administrado al clérigo la solución final, el famoso Milocho. “Probablemente mantuvieron alguna discrepancia insalvable durante el almuerzo y K la resolvió a su manera”, añadió con la intención de restar importancia a la cita del fraile con él para que no se sintiera responsable ni mucho menos culpable del fatal episodio cardíaco de aquel hombre.

Aunque el asesinato estaba más claro que el agua de Vichy, Terri marcó el número de teléfono del manicomio de Ciempozuelos y preguntó por la secretaria del finado. Transfirieron la llamada a la ayudante del clérigo. Terri se identificó como Pelayo (nombre al azar), dijo que era el subdirector general de servicios autonómicos y preguntó si le habían hecho la autopsia y si habían fijado el lugar y la hora del entierro de don Cayo, a lo que la interlocutora respondió con una larga explicación, al cabo de la cual, Terri volvió a preguntar, como si quisiera cerciorarse:

–¿Entonces no le hicieron la autopsia? Correcto, si, en el crematorio de la Almudena, si, sobre las diez de la mañana… Perfecto, si…, si señora, si…, ya, en el castañar del Tiemblo… Si, si, es mi superiora… Si, si, allí estaremos. Exacto, eso somos: polvo, ceniza, nada… La acompaño en el sentimiento.

calle_de_amaniel
Calle de Amaniel.

Terri advirtió alguna señal de alarma en el salpicadero de Tilo (eso que llamamos cara), puso una mano sobre su hombro y le propuso: «Salgamos a tomar una copa». Malalata se sumó a la propuesta, salió delante y les transmitió en morse con silbidos: “Despejado”. Cruzaron San Bernardo, bordearon el caserón del ministerio de lo que no hay (justicia), enfilaron Amaniel arriba y entraron en un aguaducho cercano a los antiguos cuarteles del Conde-Duque, donde unos chupitos de ron añejo fueron disipando la sensación de culpa del reportero. La hipótesis más probable era que K tuviese pinchado el teléfono del manicomio y le mosqueara la llamada del periodista, pasando del mosqueo a la alerta al oír su apellido en boca del reportero y de la alerta a la alarma al constatar la disposición del fraile a recibirle y hablar largo y tendido con él. De la alarma habría cruzado al territorio del temor por el puente de la precaución al comprobar que se trataba del mismo plumilla indeseable que había aireado la historia de Diagu Bandiera en Iraq. Aquí la hipótesis se bifurcaba. ¿Por qué diablos Felonio había actuado contra el fraile y no contra él? ¿Por qué, pudiendo ahuyentar a uno o a otro había elegido y ejecutado la solución extrema? Terri se esforzó en descargar de culpa la conciencia del reportero, insistió en rechazar la relación causa-efecto entre la entrevista y la muerte del clérigo, se refirió a la presencia de otras piezas sobre el tablero que posiblemente amenazaban los intereses de aquel mandibulario feroz. Malalata puso el punto de distensión con su disposición a agarrar a aquel malnacido por la solapa y fostiarle hasta desfigurarle el careto.

¿Había alguna forma de aplazar la incineración del clérigo hasta que los forenses examinaran el cadáver? Aunque la hubiese sería inútil, ya que, según refirió Terri con algunos ejemplos, el instituto de medicina legal obedecía órdenes de no ver ni reflejar las causas de los decesos si eran perjudiciales para alguna autoridad con mando en plaza. No había más que ver la cantidad de segundas autopsias que los familiares de los finados en circunstancias poco claras solicitaban de los servicios privados e independientes para darse cuenta de la poca o nula credibilidad de los informes oficiales. ¿Iría Felonio al crematorio? Probablemente no, pero tanto daba, pues tampoco era cuestión de que Mala le sobara el morro en público y acabara en el trullo. ¿Acudiría a esparcir las cenizas de Cayo en el castañar de El Tiemblo? Seguramente tampoco, pero aunque se desplazara a aquel paraje de la sierra abulense, de poco serviría despeñarlo. Si el desalmado Felonio había enviado al infierno al hombre que le facilitaba las identidades de los locos para sus agentes y negocios sucios, él merecía una calcinación más esmerada, en pelotas, desnudo de poder y despojado de la fortuna que había acumulado con informaciones reservadas, trampas y ardides. Una calcinación a fuego lento. En eso estuvieron de acuerdo. También, en la conveniencia de actuar sin perder tiempo.

20.– Limpieza

Una mujer acartonada pronunció con voz ferruginosa un exordio arcaico. Era la consejera regional del negociado de los locos. Una joven recitó las coplas de Jorge Manrique a la muerte de su padre. A continuación un tipo con sotana negra y estola de oro y plata emprendió el rezo de un Pater noster, seguido de un responso para el cuello de su camisa mientras agitaba el hisopo y rociaba el féretro con agua bendita. Acto seguido un empleado de la incineradora accionó la cinta sobre la que descansaba la caja con el muerto y enseguida desapareció por un túnel lateral, seguida de varios ramos de orquídeas, rosas y claveles y de dos coronas de laurel trenzadas con flores. La decena de asistentes al último adiós a Cayo Dueño fueron relevados por los familiares del siguiente muerto, que aguardaban en la puerta. Tilo saludó a la gobernanta del manicomio y la mujer le agradeció su presencia. Se notaba que había llorado bastante.

–¿Le quería mucho, verdad?

–Le amaba, era mi marido –susurró.

–Escribiré su historia –dijo Tilo antes de presentarle a Malalata en funciones de reportero gráfico–. Si le parece bien, la esperamos en la puerta del psiquiátrico; sólo la entretendremos una hora –añadió.

crematorio-nuestra-senora-de-la-almudena-nxsefs5x55076itrd555ljxtpeo769k0tlzgni703w
  Crematorio del cementerio de la Almudena.

La mujer asintió y se volvió a colocar las gafas oscuras. La joven que había recitado a Manrique se abrió paso hacia ella y la tomó del brazo. Un tipo trajeado hizo lo propio. En la puerta de la tapia del cementerio, Terri, con chapela y lentes de atrezo, oteaba el panorama como quien viene de lejos y trata de identificar a algún pariente. Su objetivo era saber si Felonio había enviado algún propio. Tilo no tuvo duda de que así era cuando se cruzaron con él y les indicó con una señal que siguieran y le esperaran en el taxi. Apareció diez minutos después y ocupó el asiento delantero, junto a Delfín, quien ya sabía el camino de Ciempozuelos.

–¿Alguna novedad? –Le preguntó Tilo.

–Afirmativo –contestó Terri y les mostró una pequeña cámara de esas que se guardan en el bolsillo superior de la chaqueta y llevan una lente incrustada en una insignia de las que se colocan en el ojal–. Un capullo ha filmado a todos los asistentes y estoy seguro de que a vosotros también –añadió. Manipuló el aparato y poco después les mostró las imágenes en las que, en efecto, aparecían entrando al oratorio y después conversando con la gobernanta.

–Lo fostiaste bien, supongo –dijo Mala.

–El cloroformo hace milagros –respondió Terri.

–¿Qué le pasó? –Se interesó Tilo.

–Nada que deba preocuparte; con la misma sorpresa que dobló las rodillas se despertará dentro de un rato detrás de unas tumbas si no lo encuentran antes, que esperemos que no, ¿verdad señor taxista?

–Delfín es de confianza –afirmó Tilo.

–Por mí como si no despierta, yo no sé nada –dijo el aludido.

–Me va a hacer un favor, pare en aquella esquina –le ordenó Terri. El taxista obedeció. Terri le preguntó si llevaba martillo. El taxista hizo un gesto de extrañeza y dijo que no.

–¿Y una llave inglesa?

–Ahí detrás, en el maletero.

Terri se bajó y destrozó la cámara a golpes de herramienta. Acto seguido extrajo del bolsillo las piezas de un teléfono portátil y las hizo añicos. A continuación avanzó unos pasos y arrojó el material a una alcantarilla. Luego cerró el maletero, subió al coche y dijo: “Ya podemos seguir”. Mala le reprochó el destrozo:

–Seguro que el teléfono y la cámara valían una pasta; yo les hubiera sacado unos eurípides.

Terri no contestó. Ya en la autovía de Andalucía Tilo se acordó de que al loco Liborio le gustaba la cocacola y pidió a Delfín que parase en una gasolinera con tienda (casi todas la tenían) donde comprar refrescos y chucherías para los locos.

Cuando llegaron al manicomio ya la gobernanta había dado orden a la celadora, la joven alta con acento andaluz que respondía al nombre de Fabiola de que les condujera a la sala de visitantes y les ofreciera café con leche. La ventana de aquella saleta amueblada con un tresillo de tela y una mesita con revistas y suplementos dominicales de periódicos daba a un jardín largo en el que se veía una hilera de fresnos y castaños de indias y unos lingotes rectangulares de piedra a modo de poyos. Sobre uno yacía boca arriba un hombre que parecía conversar con los pájaros. Un sendero de tierra surcaba la hierba rala y pisoteada, con calvas aquí y allá. Por él desfilaban tres internos vestidos con chándales iguales, de color azul marino con franjas rojas y amarillas en los cierres relámpago de las pecheras, como si fuera su uniforme patriótico. Pasaron, “¡Uno dos, uno dos!”, al pie de una calva arenosa donde tres internos jugaban a las chapas con unas tapas de botellas de plástico rojas, blancas y amarillas, y uno tomaba el sol en silla de ruedas. Uno de los jugadores en cuclillas increpó (“¡Facciosos!”) a los desfilantes. Pasaron de él, se detuvieron unos metros más allá, saludaron al aire brazo en alto, gritaron “¡Arriba España!” Dieron media vuelta y pasaron en sentido contrario hasta perderse de vista.

A pocos metros de los árboles, una valla de alambre trenzada en forma de rombos separaba a las mujeres de los hombres, pero no impedía que se observaran mutuamente desde sus respectivos bancos de piedra o conversaran e incluso se tocaran desde ambos lados del apartheid.

La gobernanta en persona abrió la puerta, los saludó y los invitó a seguirla al despacho del del director. Indicó a Fabiola (la alta celadora) que pidiera a Mariano unos cafés. Mariano era el cocinero. El despacho del director (el finado Cayo Dueño) se hallaba iluminado por un tubo de neón, tenía una mesa funcional de oficina sobre la que se alzaba la pantalla esquinada de un ordenador con su correspondiente teclado al lado. Sobre la mesa se veía un teléfono y una bandeja con carpetas de cartulina. La mujer les invitó a sentarse. Malalata, que ya había tomado unas instantáneas en el crematorio, dispuso la cámara y retrató a la mujer por todos los ángulos posibles.

–Esos armarios grises no la favorecen –le informó.

–¿Qué importa?

Sonaron golpes de nudillos en la puerta.

–Pasa, Mariano –dijo la mujer.

Un mozo con un gorro negro en la cabeza y mandil de peto sobre una camisa blanca, remangada, depositó una bandeja con cuatro tazas y dos jarras metálicas con café y leche y un plato de pastas. La gobernanta se interesó por el menú del día y el hombre respondió : “Sopa juliana y albóndigas de pollo. De postre voy a hacer flan”. Tilo le preguntó a cuanta gente daba de comer y el hombre dijo que a treinta y dos.

Terri, a quien Tilo había presentado como un militar amigo suyo que tenía algo muy importante que contarle sobre don Cayo, entró en materia:

–¿Cayo tenía negocios con el general Felonio? –Le preguntó.

–No, que yo sepa –dijo la gobernanta.

–Negocios ocultos, me refiero –matizó Terri.

–Ni utilizaba ni le interesaba el dinero.

–Me va a permitir que dude; a todo el mundo le interesa el dinero, doña Benilde.

–Pues fíjese, a él no; ni siquiera tocaba el sueldo de director emérito y efectivo que le pagaba la administración autonómica de la que dependemos, que es la que manda ahora, bueno, manda desde hace treinta años en que se quedaron las parcelas y el edificio del viejo manicomio de la orden de San Juan de Dios.

–¿Qué hacía con ese dinero?

–Lo mandaba a sus hijas en Manila.

–¡Qué hombre tan austero!

–Era comunista de verdad.

–Se puede ser comunista y tener dinero. ¿No tenía alguna afición, algún vicio?

–Ninguno… Bueno, le encantaba…

Rubricó los puntos suspensivos con un gesto pícaro y triste.

–Eso no cuesta dinero.

La gobernanta lanzó una mirada insiquisitiva a Tilo, que tomaba algunas notas en la libreta apoyada en su rodillas, y reaccionó pidiendo a Terri que mostrara aquellos documentos registrales a doña Benilde. La mujer hojeó las certificaciones de propiedad de fincas rústicas y urbanas en el litoral Mediterráneo a nombre del finado y aseguró, sorprendida, que desconocía la existencia de aquellas propiedades.

–Debe ser un error del registro. Si tuviera todo lo que dice aquí, ¿algo me habría dicho, no cree? Veinte años conviviendo con él, durmiendo con él, y nunca me dijo nada de esto. Estoy segura de que es un error.

Entonces Terri le mostró los documentos del pirata malgache con los nombres de los internos Liborio y Pérez Perales, así como las referencias catastrales de las propiedades inmobiliarias de uno y otro en Cataluña.

–El general Felonio utilizaba el nombre de estas dos personas para vender armas prohibidas a las guerrillas de África oriental y el de don Cayo para encubrir sus inversiones. ¿Lo sabía usted? Ese hombre, el jefe de los servicios secretos del Estado, es más peligroso que el hambre, un tipo sin escrúpulos, un desalmado que utilizó de muy mala manera a un hombre bueno y confiado como Cayo para sus negocios y tropelías.

Terri y Tilo fueron desgranando ante la gobernanta y amante del fraile lo que sabían sobre K. Incluso le mostraron las fotos que el pirata Malgache había remitido a Lola por el correo electrónico que figuraba en la tarjeta que le entregó en Yibuti. En ellas aparecía el general propiamente dicho y dos de sus hombres en una playa de Seychelles con varias jovencitas desnudas en “modo orgía” y con un velero blanco al fondo.

La mujer miró las fotos en la pantalla del ordenador y no ahorró dicterios sobre aquellos cabrones. Lógico: las jovencitas de las fotos parecían menores de edad. Se sirvió otro café y se lo tomó sin azúcar para pasar el trago. Malalata se había zampado casi todas las pastas. Terri y Tilo esperaron a que la gobernanta se desprendiera de su indignación y procesara la información que le habían proporcionado.

–Naturalmente –comentó Tilo–, el buen nombre Cayo y su vida entregada a los más desgraciados está por encima de la maldad del depravado Felonio. De ninguna manera –aseguró– va a quedar manchado por las actividades de esas sucias ratas de las cloacas del Estado.

–Pero eso no significa que K no merezca un escarmiento –dijo Terri.

–Tendría que pasar en la cárcel el resto de sus días –dijo la gobernanta cerrando el puño–. Estoy dispuesta a denunciarlo y lo voy a denunciar. ¡Maldito sea!

justice-2060093-1920-cke
Símbolo de la Justicia.

–Eso sería lo correcto –afirmó Tilo–, aunque resulta dudoso que lleguen a encarcelarlo, dada la información que maneja y el comportamiento oscuro y parcial de muchos de esos cuervos de las altas instancias judiciales.

–¿No cree usted en la Justicia? –Se extrañó la gobernanta.

–En teoría sí, pero en la práctica creo que la Justicia es un invento de los ricos para mantener a raya a los pobres.

–La ley es igual para todos y todos somos iguales ante la ley –replicó la gobernanta.

–Lo que yo propongo –intervino Terri– es un escarmiento ejecutivo donde más le duele, en la cartera. De momento, lo que ese canalla tenga en Suiza ha de ser devuelto a las personas a las que ha estafado. La vía judicial puede esperar. La Justicia funciona a velocidad caracol y dudo que en casos como el que nos ocupa lleguemos a ver sus sentencias.

El coronel expuso su plan y la gobernanta aceptó el planteamiento de intentar rescatar el dinero que el maleante tuviera en Suiza, para lo cual convenía cursar sin perder tiempo una orden al banco helvético para que transfiriera distintas cantidades a varias cuentas bancarias. La primera –le explicó Terri sobre los papeles con las órdenes de traspaso de fondos que le había redactado Lafun aquella misma mañana– correspondía a los armadores y pescadores vascos damnificados por los secuestros de los piratas somalís comandados por el bucanero malgache Robert Karaka, y ascendía a dos millones de euros; la segunda se cifraba en un millón de euros e irían a la cuenta bancaria del pirata propiamente dicho en Mahé (Seychelles), y la tercera transferencia, hasta agotar el depósito del que eran titulares legales los locos Ángel Pérez Perales y Liborio Ruiz del Monte en nombre de la sociedad mercantil APP&LRM, iría a la cuenta que la gobernanta dispusiera.

Se quedó la mujer pensando como si tuviera que sopesar la operación. Acercó la taza a los labios, bebió un sorbo de café, exhaló un suspiro y finalmente dijo: “Está bien, esperen un momento”. Acto seguido se asomó a la puerta y llamó a la celadora. Tras una conversación con ella regresó a su sitio tras la mesa y les informó de que pondrían el número de cuenta corriente de Fabiola, una buena chica de plena confianza, como receptora del resto de los fondos que aquel ladrón tuviera en Suiza.

Enseguida apareció la joven larga con una libreta de ahorros en la mano y la gobernanta extrajo de una cajonera bajo la mesa una máquina de escanear y copiar documentos, realizó las operaciones informáticas necesarias y consignó el número que la celadora le fue dictando. A continuación accionó la impresora y comprobaron que la numeración era correcta.

–Diles a Ángel y a Liborio que vengan –le pidió.

Los dos “niños” llegaron pastoreados por la cuidadora Sonia, una joven flacucha de origen rumano. La gobernanta les ordenó que se acercaran y uno tras otro firmaron donde ella les indicó. El llamado Ángel, bizco y somnoliento, hizo un mohín como si se fuera a echar a llorar.

–Tranquilo, Angelito, el papito se ha ido al cielo.

–¿Por qué no viene? ¿No va a volver, verdad?

–Si, hermoso, seguro que vuelve el año que viene.

En ese momento Tilo se incorporó y entregó a Liborio la bolsa con las botellas de refresco y los paquetes de patatas fritas, frutos secos y espirales de maíz tostado. Aunque el “niño” no hablaba, lanzó un gruñido de satisfacción, sacó una botella de cocacola y la mostró a su compañero con aite triunfal.

–Pero tú no eres el general –se extrañó Angelito, que rondaría los cincuenta años de edad.

–Él no ha podido venir –le explicó Tilo.

–Claro, hoy no es sábado…

–No, hermoso, es martes –dijo la gobernanta.

–Ah, martes… ¡Beni, dame un idilio! –Gritó de pronto, extendiendo los brazos hacia la gobernanta.

–Tranquilo, Angelito, ¿no ves que están aquí estos señores?

–¡Quiero un idilio!

–Solo un abrazo, anda Angelito. Mañana, que es miércoles.

–Lo quiero ahora –replicó el loco.

–¿No ves que no puede ser, hermoso?

–Pues me suicido.

–Mira, Angelito, vamos a hacer una cosa: vas a llevar al amigo Liborio al jardín, le vas a ayudar a abrir las botellas y vais a invitar a todos los amigos. ¿De acuerdo? Yo iré enseguida, en cuanto termine de hablar con estos señores. ¿Vale?

Después de prometerle que claro que le daría un idilio y de que aquel Angelito amenazara con suicidarse si no llegaba pronto, la cuidadora y Malalata, al que se veía con ganas de fotografiar a los locos en el recreo, consiguieron llevárselos consigo.

–¿Verdad que son como niños? Este Angelillo se suicida de vez en cuando, pero no se preocupen, es inmortal –aclaró la gobernanta.

banca suiza
Catedral bancaria en Zurich.

Ya con las firmas sobre el papel con las órdenes de transferencias, la gobernanta escaneó el documento y lo remitió por correo electrónico preferente a la entidad bancaria helvética. Unos minutos después, mientras abordaban el asunto de las propiedades urbanas a nombre de Cayo Dueño, recibieron por el mismo conducto electrónico la petición de confirmación de las transferencias, acompañada del ruego de que se pusieran en contacto telefónico con la señora Katharina Zurbuchen, llamando al número que les indicaban. Tras leer el mensaje, Terri marcó el número y conversó convincentemente en inglés con la ejecutiva bancaria mencionada. Intercambiaron algunas cifras y el coronel cedió a la petición de la mujer de mantener la cuenta viva con un saldo que a Tilo le pareció excesivo: sesenta mil euros, más del salario neto de un profesor de enseñanza media durante tres años. ¿Pero qué eran sesenta mil euros, más veinticinco mil de gastos bancarios e impuestos de transferencias, en comparación con cuatro coma cuatro millones de euros de aquella cuenta?

Ni en sueños habían imaginado la sencillez y eficacia del plan operativo del antiguo espía. Tampoco la gobernanta, a la que habían sometido a una sesión de sorpresas como si se tratara de una terapia contra el dolor y la pena, acababa de creer lo que estaba sucediendo.

–¡Dios mío! ¿Qué vamos a hacer con tanto dinero?

–En primer lugar debe decirle a esa muchacha, ¿Fabiola, verdad..?

–Sí, Fabiola.

–Que vaya mañana temprano –mejor si la acompaña usted– a su oficina bancaria y meta una bola tan digerible como una pepita de anís al director. Que le diga que estando en Suiza de vacaciones con unos amigos compraron lotería y les tocó el gordo. Ingresaron los boletos premiados en la primera entidad bancaria que encontraron en Berna y han dado orden de transferir el importe a su cuenta corriente. De ese modo le ofrecerán fondos de inversiones, letras del Tesoro y otros productos, y evitará preguntas e inspecciones engorrosas. ¿Usted me entiende?

–Desde luego, señor Terri.

–Luego ya, lo que hagan con ese millón y pico de euros es asunto suyo.

–Como si quieren enviar un pellizco a Manila –sugirió Tilo.

–¿Y usted funciona gratis? –Preguntó la gobernanta mirando a Terri.

–Yo me considero remunerado con las dos satisfacciones que me llevo: la primera, haberla conocido a usted, y la segunda, haber hecho lo que habría hecho don Cayo si hubiese sabido los manejos de ese Mefistófeles.

monasterio_de_guadalupe_t1000475.jpg_1306973099
Vista del Monasterio de Guadalupe.

Consciente de que Felonio no tardaría en organizar un dispositivo de investigación y vigilancia sobre el manicomio, el coronel Terri le dio unos consejos prácticos de seguridad y la instruyó para que se comunicase con ellos mediante un teléfono de tarjeta de pago previo, contratado a nombre de alguna persona ajena al internado, o bien a través de alguna línea pública o privada circunstancial. La contraseña sería «lagun» (“amigo” en euskera). De ningún modo, le dijo, debía permitir la entrada del general Felonio o de alguno de sus esbirros al centro. Era probable, la previno, que intentaran pasar como visitantes y quisieran interrogar a los internos Ángel y Liborio. Aunque poco o nada podían obtener de aquellas criaturas, le indicó el mejor modo de evitar presiones: “Redacta cuanto antes unos certificados de defunción como si hubieran muerto en un desgraciado accidente cuando un voluntario de la Confederación Salud Mental los llevaba de excursión en su automóvil a ver a la Vírgen de Guadalupe. ¿Me entiende..?”

La gobernanta respondía con ligeros movimientos afirmativos de cabeza a las indicaciones del coronel. De cuando en cuando colocaba los codos sobre la mesa, elevaba los brazos y juntaba las manos formando un puño sobre el que hacía descansar su barbilla. Tilo reconocía para sí la detallista y sencilla preparación de la cobertura de la limpieza de fondos de Felonio por parte del exespía. Se notaba que había estudiado el tema. Hasta en la mención de aquella confederación mostraba su habilidad para mentir. Si tenemos en cuenta que aquella entidad se hallaba integrada por diecinueve federaciones, más de trescientas asociaciones y unos cuarenta y siete mil socios (datos que Tilo vio en Internet a través de su inalámbrico), era evidente la aplicación de los principios de dispersión y generalización. No hay que entrar en detalles cuando se miente.

La gobernanta, que parecía entender perfectamente las indicaciones de Terri, quiso saber si debía participar el asunto a su hija. El coronel miró a Tilo, quien alzó los párpados y encogió los hombros en señal de sorpresa. Desconocía que tuviera una hija. Pero la gobernanta les dijo que su relación con fray Cayo había rendido el fruto de la descendencia: la joven que la acompañaba en la capilla del crematorio, la chica que se había acercado a ella y tomado del brazo mientras hablaba con él y con Mala tras dar el último adiós al féretro, una joven de dieciocho años que estudiaba Medicina en la Universidad Complutense y residía en un colegio mayor.

–Conviene que la ponga al corriente de todo –afirmó Terri.

La gobernanta dudó.

–Y cuanto antes –remarcó el coronel.

La mujer elevó su mano derecha sobre la oreja, aprehendió algunos pelos negros y los hizo girar entre el índice y el pulgar como si quisiera desgranarlos sin dejar de mirar a Terri.

–Con dieciocho años –añadió el coronel– le sobra capacidad para entender y asumir la situación. Estoy seguro de que aprobará su decisión de desplumar al ladrón, devolver lo suyo a los que fueron estafados y propinarle un buen escarmiento. En segundo lugar, tiene derecho a conocer los abusos de confianza de los que fue víctima su padre por parte de su poderoso amigo. No dude de que Cayo se lo contaría si pudiese y de que ella se lo agradecerá. Y en tercer lugar, y más importante todavía, conviene que sepa lo ocurrido para que adopte dos o tres medidas de seguridad muy básicas, tales como evitar cualquier relación con desconocidos de ambos sexos durante un tiempo, cambiar de teléfono para que no la incordien y procurar ir acompañada al salir y al entrar de esa residencia de estudiantes, sobre todo si lo hace por la noche. Esto no quiere decir que vayan a ir contra ella; seguramente el canalla ni siquiera sabe que existe, pero cualquier precaución es poca.

Terri hizo una pausa como si fueran insuficientes los movimientos afirmativos de cabeza de la gobernanta y esperase una aceptación más contundente. Luego se refirió a un dispositivo protector, ideado y confeccionado por un amigo.

–Aunque lo tiene en fase de prueba, les puede ser útil en el caso de que Felonio o alguno de sus agentes intenten tocarles un pelo –añadió antes de comprometerse a proporcionarles un artefacto a cada una si fuere necesario, en el bien entendido de que se trataba de un “arma secreta” que solo debían emplear ante el riesgo de una agresión inminente.

Era la segunda vez que Tilo oía hablar de aquel artefecto estupendo, como dijo Malalata cuando el sabio Compendio se reprochó a sí mismo el olvido de haberle entregado su “arma secreta” antes de que viajara con Lola a Yibuti a pagar el rescate del atunero y negociar con el jefe de los piratas somalinos.

–¿Qué debo hacer si ese maldito insiste en hablar conmigo? –Preguntó la gobernanta.

Terri giró otra vez la cabeza hacia Tilo, ladeó ligeramente la boina, miró fijamente a la mujer y le preguntó por qué no habían ordenado la autopsia a Cayo.

–No había razón para hacerla: el médico dijo que era un infarto.

–Craso error.

–Ya había sufrido dos amagos.

veneno3
El Milocho es un potente veneno.

–Correcto… Sin embargo, si el general insiste en hablar con usted debe hacerle saber que algunas alimañas parecen simpáticas y bondadosas, pero su picadura resulta tan letal y mortal de necesidad como el Milocho. Él lo entenderá.

–¿Qué es?

–Un veneno. Y hágale saber que espera la confirmación de los resultados de la autopsia para verle en los juzgados –añadió el coronel.

–Entonces usted sospecha que …

–Sospecho que lo envenenó –afirmó tajante, en voz baja–; no tenemos pruebas, pero con las alimañas no hay que andar con contemplaciones, lo mejor es asustarlas.

–O liquidarlas –dijo la gobernanta, cuya aflicción no le restaba determinación–. La cosa es que su muerte me pareció tan repentina, tan extraña… Le confieso que hubo un momento en que se me pasó por la cabeza pedir la autopsia; fue solo un instante, mientras firmaba los papeles de defunción para la funeraria. Pero, tonta de mí, me fié de lo que había dicho el médico y la descarté. ¿Cómo iba a suponer que hubiera alguien en este mundo que le quisiera mal, y menos el general Felonio, al que consideraba un buen amigo?

–Entiendo que no desconfiara de nadie. Él era un buen hombre y usted es una buena mujer. Sin embargo, los años de experiencia en los servicios de inteligencia me han enseñado que la simulación, la máscara, el cinismo… es la característica principal de los poderosos. En ese mundo nada es lo que parece y lo que parece no es –adujo Terri.

Los ojos de la mujer volvieron a humedecerse.

–¿Por qué? ¿Por qué razón le han hecho eso a él? –Susurró con la voz entrecortada.

–No se torture, Benilde, no sirve de nada, ni usted ni nadie puede devolverle la vida… Es probablemente la alimaña oliera algún peligro y considerara que la muerte de Cayo era lo mejor para sus intereses… No lo sabemos. Pero una cosa hemos de tener clara: si osa intervenir o intenta alguna artimaña contra ustedes, hay que asustarlo y ahuyentarlo. Y otra le comento, con el permiso de Tilo: no tenga duda de que el Sanmartín de ese cerdo está cercano.

–Desde luego –asintió Tilo–. Sus negocios sucios van a salir a la luz, se va a armar un buen escándalo y espero que lo cesen.

–Y lo metan en la cárcel –añadió la gobernanta.

Terri repasó con ella los detalles de seguridad, le recordó los deberes inmediatos y retomó el asunto pendiente de los bienes raíces a nombre del clérigo. Por un momento la gobernanta volvió a manifestar su indignación ante las trampas del general Felonio. Lógico. Aquel “maldito”, como le llamaba, había abusado sin decir basta del nombre de su compañero y le resultaba difícil de entender tamaña acumulación de inmuebles (solares, locales y apartamentos) inscritos a nombre de Cayo, un hombre recto y austero que jamás en veinte años, desde que regresó de Filipinas, había sentido el deseo de solazarse en playa alguna. Si se tomaba unos días de vacaciones en la segunda quincena de julio, cuando el calor apretaba, iban ahí cerca, a Gredos, sin alejarse de “los niños”. También es verdad que en los últimos años habían ido dos veces a Galicia, concretamente a O Grove, donde habían pasado una semana de vacaciones en cada ocasión. Le gustaba comer, pasear y leer, y aquella localidad de pescadores y mariscadores le agradó especialmente: le encantaban los mejillones, las sardinas asadas y las tortillas de patatas con chorizo de Lalín. “Creo que eran sus comidas favoritas”, añadió sin demérito del pulpo a feira y de las mollejas preparadas al estilo Michelín (en alusión al restaurante de la vega de Ciempozuelos y Aranjuez al que Felonio le llevaba a lomos de su Harley).

–En Jarandilla residíamos en la casa familiar de un fraile amigo y en O Grove parábamos en un hotel que administraba un sacerdote, primo segundo de Cayo. Él y su señora ama nos querían mucho e insistían en que fuésemos a pasar allí unos días –añadió Benilde.

Tilo se interesó por la edad y la personalidad de aquel cura administrativo, pero la respuesta de la gobernanta anuló su sospecha de que pudiera tratarse del mismo individuo que empleaba a las beatas en la confección de artefactos mortales en el cementerio de un pueblo alejado. Habría sido una casualidad decepcionante, aterradora, se dijo.

o grove
O Grove, Pontevedra, Galicia.

–En Grove –agregó la gobernanta– hizo, por cierto, un andador de ruedas para un perrito que, el pobre, se había quedado paralítico de las patas traseras. Le conmovió tanto ver cómo arrastraba el cuerpo y lloraba de impotencia que, ni corto ni perezoso, ideó una prótesis y se la hizo con el par de ruedas y las barras de un carrito roto de la compra que encontró en la basura. Era muy mañoso. Cortó las barras de aluminio a la medida de medio cuerpo del perrillo, achicó el eje para dejarlo a la anchura, más o menos, del animalillo, ensambló con tornillos las dos barras laterales en el eje, les atornilló una correa de cuero con una hebilla en el extremo contrario para que la cincha abarcara la barriga y el lomo del perrillo y pudiera ser abrochada a medida como un cintó y, oye, allí vieras la alegría del perrito y de la dueña, una mujer muy guapa, a cargo de una cafetería donde solíamos sentarnos a tomar un refresco y ver pasar gente a media tarde… El animalito empezó a moverse con las ruedas de atrás y las patas delanteras como si lo hubiera hecho toda la vida. El ama no sabía cómo agradecérselo. Cayo le dijo con un beso y se llevó un sopapo. Fue la única vez que le arreé. Le atraían las mujeres de mediana edad, anchas de caderas, guapas, rubias naturales y con el pelo largo, y aquella reunía todas aquellas características y era más o menos de mi estatura. No soy celosa, pero le arreé bien fuerte. La mujer, un tanto desconcertada, nos invitó a desayunar al día siguiente y se negó a cobrarnos los refrescos. Cuando volvimos, dos o tres años después, el Tibi seguía tan feliz con sus patitas de ruedas. El ama se las ponía y lo sacaba a pasear por el paseo de la ría y por el puente de la isla de La Toja. Los visitantes se sorprendían y le hacían fotos, los niños le acariciaban, todo el pueblo lo conocía. En fin, perdonen…, son tantos recuerdos.

Mientras Terri volvía sobre el asunto de los bienes raíces, el periodista, que había anotado la palabra “perro”, guardó su libreta, hizo un gesto como si sintiera una necesidad perentoria, se levantó de la silla y abrió la puerta del despacho para salir en busca de un urinario. “Por el pasillo a la izquierda”, le indicó la gobernanta. Desde el servicio escuchó griterío y pitidos de un silbato de árbitro. Supuso que los internos estaban jugando al fútbol, sintió curiosidad, abrió el ventanuco de cristal opaco y vio una montonera de cinco o seis cuerpos. ¡Por Júpiter! Los locos se estaban pegando, se atenazaban por el pescuezo, se golpeaban y arañaban unos a otros sin que la flaca Sonia pudiera hacer otra cosa que tocar el pito en señal de alarma y moverse a su alrededor. Di tu que Malalata, al quite, soltó la cámara fotográfica y se apresuró a imponer la paz con todas sus fuerzas: empujó a uno, agarró del asa del culo a otro, estiró del brazo de otro, atizó un palmetazo en la frente a otro más… El sonido de los pitidos atrajo a la celadora larga y al cocinero. Aparecieron también la gobernanta y Terri. Pero no fue necesaria su intervención porque los brazos firmes y la mano dura de Mala ya habían obrado el milagro de separar a aquellos morroscos y, por otra parte, el grueso tarugo que encabezaba el desfile que vieron desde la salita de espera, se empleaba en levantar del suelo a uno de sus seguidores y restablecer la formación.

Tilo salió del lavabo y fue al encuentro de sus amigos. La gobernanta y el coronel regresaban sobre sus pasos, seguidos de la larga Fabiola y de Mala con un arañazo sangrante en la mejilla. El periodista le dio un pañuelo de papel y le indicó el lavabo. “Fíate de los locos y no corras”, dijo. Unos minutos después, la gobernanta y la celadora les despidieron en la puerta principal. El taxista Delfín echaba la siesta del carnero, se despabiló con el ruido de las puertas, guardó en la guantera la novela del detective Carvallo que reposaba sobre su pecho como una mariposa gigante, restableció la verticalidad del respaldo de su asiento y se puso en marcha tras advertir a Tilo: “Esta carrera te va a salir por un pico”.

–¿Por qué se pegaban? –Preguntó Terri a Mala.

El maestro carterista soltó una risa.

–¡Qué jodíos! La cosa es que media hora antes de la amarrina se les veía tan concordiosos ahí, tomándose las cocacolas, y luego mira.

Volvió a reírse como si, además del rasguño, la violencia de los locos le hiciera gracia.

–Algo les violentó –sugirió Tilo.

–Todo empezó porque la señorita Beni no venía. Angelito venga a llamarla y ella no venía.

–¿El del idilio?

–El mismo. Total, que se alejó del grupo donde Liborio servía vasos de refresco a los demás y se tumbó allí lejos, pero no en la hierba, sino sobre el sendero de tierra. Liborio que lo vio, mandó a uno que se llama Gulliver a impedir que se suicidara, pero el Angelito, turris burris, ni puto caso. En esas, el Leónidas, que parecía más sonado que una jaula de grillos y andaba por allí en avión, con los brazos en cruz, soltando babas y pedorretas, fue a aterrizar, osease, a tumbarse atravesado sobre el sendero cerca de donde el Angelito esperaba que el tren lo atropellara. ¡Cosas de locos! Estuvieron así un rato. Pero se ve que el tren no llegaba, así que el Angelito se levantó y fue a ver qué pasaba.

Malalata no podía contener la risa.

–¿Qué rayos pasó? –Le urgió Tilo.

–Pues que vio al otro y se hizo la cuenta que se había lanzado a lo kamikazo contra el puente del tren, fastidiándole el suicidrio. Y entonces –añadió entre risas– el Angelito de los cojones sacó la minga y le meó la cara, los ojos y todo el cuerpo de arriba abajo… En esas que el Leónidas empieza a gritar cual berraco en manos de capador, y el gordo y dos fachas se lanzan a por el Angelito como lobos. Los rojos que lo ven, se lanzan contra los facciosos.

La hilaridad de Mala mientras trataba de describir la trifulca acabó contagiando a Tilo y a Terri, aunque fue Delfín quien se rió con más ganas, casi tantas como la vez que le cayó una vaca. “Presta atención a la carretera, vayamos a partirnos los piños contra el culo de un camión”, le pidió Tilo. El taxista se rió más todavía.

–¿Pero qué te pasa, Delfín, has desayunado cosquillas o así? –Dijo Tilo al ver que no paraba de reír. Lo que más gracia le hacía –dio a entender– no era la ocurrencia del loco de suicidarse en la vía del tren, sino de mear al tal Leónidas. Eso de que le cayera por sorpresa un chorro de pis encima le parecía tan hilarante que se retorcía y golpeaba el volante. Y a mayor riesgo de los ocupantes se acordó de que en plena faena del torero José Tomás había sentido unas ganas de mear tan irresistibles que sacó la minga, la metió en el bolsillo del caballero que tenía delante y se alivió. Y venga a reír.

–¡Tranquilo, tío, que nos vamos a estrellar! –Protestó Tilo.

–Y nosotros, al contrario del loco del manicomio, no queremos suicidarnos ni tenemos kamikaces que se suiciden por nosotros –dijo el coronel.

21.–Felonía

“Si Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, Felonio es obra del Diablo”, escribió Tilo al director antes de contarle en lenguaje telegráfico los principales hitos de sus pesquisas sobre el tráfico de armas y los negocios inmobiliarios ocultos del general jefe de los servicios de inteligencia del reino. Había cruzado varias metas volantes con una suerte que para sí quisiera el mismísimo Induráin: ni una caída, cero pinchazos. Se hallaba a cuatro pedaladas de la meta. Eso le dijo. Le aportó dos pruebas de su esfuerzo: el documento con el compromiso de suministro de armas al pirata malgache, firmado por los agentes de confianza del general con los nombres de los besánicos de Ciempozuelos y las fotocopias escaneadas de las fotografía del trío de sinvergüenzas practicando actividades sexuales con las menores en la playa. Le remitió asimismo otras dos instantáneas de Felonio y sus secuaces en calzón corto con el bucanero y un hombre trajeado, de pelo blanco y cara de moscatel (el fiduciario), en los jardines de un lujoso hotel de Victoria (Seychelles).

Tras enviar el correo electrónico apagó el ordenador y salió de la sala de prensa del Parlamento a fumar y esperar la respuesta de Eloso. Ramoneó entre colegas y señorías. Junto al madroño allí plantado (regalo del alcalde Gasradón a la cámara legislativa) pegó la hebra con un líder corpulento y desgreñado de la historia facción republicana de Cataluña, quien andaba buscando urnas para celebrar un referendo a fin y efecto, como él decía, de que los catalanes pudieran decidir si querían seguir como estaban o preferían librarse del yugo del llamado Reino de España. Tilo sabía donde había urnas en cantidad. Poseía esa información por sus cometidos periodísticos en tiempo de paz y se la brindó con los detalles descriptivos de la ubicación exacta: una nave industrial alquilada por el Ministerio del Interior en el polígono de la localidad cervantina de Alcalá de Henares, sede, por lo demás, del mando central republicano durante la Guerra Civil.

–En ese almacén guardan los aperos electorales del Estado entre elección y elección –le dijo–; ni siquiera tiene vigilancia.

–¿Estás seguro?

–¿Quién puede estar seguro en estos tiempos? Pero créeme, sé lo que digo.

Al diputado republicano se le iluminaron los ojos. Su aire montaraz y su discurso metálico no se correspondía con su cordialidad y bonhomía. Aunque sus señorías de la derecha reaccionaria y algunos socialdemócratas más interesados en el capital que en la celebrada obra Marx y Engels le consideraban un mastuerzo, Tilo apreciaba su sencillez, honradez y buen carácter tras su máscara de ogro irredento, utópico y tonitonante.

–Mandas a unos bravos militantes –le dijo– con un camión y un buen cerrajero, abren ese almacén y que se llevan las urnas a Cataluña.

urnas catakanas
Urnas del referendo catalán, made in China.

La verdad es que su información resultó tan inútil como gratuita, pues aquellos republicanos prefirieron comprar unos miles de cajas grises de plástico contaminante a los chinos, precisamente a aquel pueblo que no abusaba de las urnas, para utilizarlas de recipiente del cocido democrático. Allá ellos.

De regreso a la sala de prensa, Tilo se cruzó con Bitter.

–¿Comes por aquí? –Le preguntó el colega.

–Afirmativo.

–Te espero en El Manolo –dijo el amargo en referencia a la taberna donde algunos diputados y periodistas solían comentar la actualidad antes de dispersarse por los restaurantes de lujo o de medio pelo, según sus posibles, de la cotizada zona, sin minusvalorar las croquetas, tortillas de patatas en salsa de callos o de chipirones y otros platos del Manolo propiamente dicho.

Ya en la sala de trabajo de los periodistas, abrió el correo electrónico de su ordenador y leyó la respuesta de Eloso: “Escríbelo Tilo”. La frase disolvió el último grano de duda, le aceleró el pálpito, sintió el corazón latir como si estuviera a punto de coronar el Tourmalet.

Cuando llegó al estadero donde los colegas habituales arreglaban el mundo ya fluía la conversación como si el vino hubiera tomado la palabra. Acercó una silla al corro que formaban en torno a una mesa de mármol, solicitó un Rueda al diligente camarero y se puso a escuchar la temática: política de altura.

La cronista Cruz barruntaba una tormenta dinástica en lontananza. “En cuanto doña Mencía cumpla dieciocho años –decía– reclama, sí o sí, su derecho a la Corona”. Bitter sostenía lo contrario: “No caerá esa breva”. Cruz mantenía su aserto. El amargó le asestó: “¿Cómo sabes si va a reclamar? ¿La has entrevistado tú?” Cruz evitó contestar, pero Eladio abrazó la hipótesis de la agitación monárquica: “¡Menudos son los Santonius! ¡Como para renunciar a la bicoca real!” Don José, exdiputado septuagenario y perpetuamente enfadado con los dirigentes de su partido, el socialista obrero español, opinó: “De antemano sabíamos que ese pollaboba solo iba a traer problemas”. “Pichabrava”, le corrigió el radiofónico Luiscar. “Para mí es un pollaboba, igual que su padre”. Clavicordio resumió: “¡Unos golfos!” Y añadió: “La clave está en la eficacia jurídica de la reclamación que formule”. El Gran Simpático, diputado de la minoría nacionalista vasca y jurista de reconocido prestigio, se sintió aludido: “Va a ser una problemática de la leche porque la Constitución no contempla ni condiciona la sucesión a la vajina ni al vientre de la consorte; el artículo cincuenta y siete consagra el orden de primogenitura sin más letanía, de manera que si esa lady Santonius reclama el trono como hija primogénita del rey está en su derecho natural de hacerlo si demuestra que es, en efecto, la primera descendiente del monarca”. Cruz le interrumpió: “¡Si lo sabrá ella!” Bitter, al quite: “¿Cómo?” Cruz, cortante: “¡Anda que no tendrá pruebas de adeene!” El Gran Simpático recuperó la palabra: “Si reclama el trono vamos a tener un litigio de narices entre naturalistas y positivistas”. Eladio apuntó: “Ahí se cuezan en su propia salsa, sería lo mejor que podría pasar para implantar la república y desbobonizar este país de una vez para siempre”. Bitter en sus trece: “¡Que te crees tú eso, hermoso! Los bobones siempre vuelven”.

casa-manolo-jovellanos-restaurant
Casa Manolo, histórico café donde colegas y diputados comentaban la actualidad.

La conversación era tan interesante como cualquier otra sobre la víbria en su acepción venérea y los bribones que amenizaban la vida pública con sus fiestas, amoríos, juergas, corridas y correrías a cuenta del “pueblo cabrón que los soporta”, como bien dijo el poeta Celso Emilio Ferreiro, pero Tilo se abstuvo de inmiscuirse en la materia; rumiaba la entradilla y “el párrafo nuez” del extenso reportaje que se disponía a redactar aquella misma tarde tras recibir el plácet del director y se negaba a sí mismo el permiso para distraerse en habladurías sobre hipótesis condenadas a la guillotina. En eso coincidía con Bitter: “Perro no come perro; a las Santonius, madre e hija, les basta con el forraje para vivir forradas como reinas sin armar ruido”.

Vibró el impertinente en el bolsillo de Tilo. Era Lola. Salió a la calle, a salvo del ruido. En tres horas despegaba desde Buenos Aires y, con escala en Canarias, llegaría sobre las siete de la mañana. “Iré a esperarte –le dijo–; tengo muchas cosas que contarte”. Él solía ir al aeropuerto y ella se alegraba tanto de verle que le picoteaba la cara y los labios y, ya en casa, despojada del uniforme con galones de sobrecargo y recién duchada, caía desmadejada sobre él en la cama, se humedecía con sus besos y caricias y se quedaba dormida al tercer orgasmo. Ella pronunció su contraseña favorita: “Espero mucho viento de cola”. Él contestó: “Soplaré fuere” y le deseó buen vuelo. “Eres estupenda, Loli”, le dijo.

En el estadero, colegas y señorías iban ahuecando. Pidió la penúltima ronda. Ya sólo quedaban Bitter, Clavicordio y don José. Éste propuso: “Vamos a Errotazar, os invito”. Era un restaurante bueno y caro, en la tercera planta de la Euskal Etxea (Casa Vasca). “Me vais a disculpar, tengo lío”, se excusó Tilo, consciente de que un buen almuerzo regado con un par de botellas de Rioja gran reserva o del excelente caldo del Priorato que tanto agradaba al anfitrión, y rematado con selectos destilados tras los postres, era perfectamente incompatible con la agilidad mental conveniente para hilar fino en la tricotosa. Su penúltima estratagema requería además una serenidad a prueba de bombas. Se conocía a sí mismo y prefería la sobriedad a los efectos del tercer vino.

Pasaban de las tres de la tarde cuando se quedó solo y solicitó un par de croquetas, un vaso de agua y un café. Se entretuvo repasando la historia. Su cabeza bullía como si fuera un reactor nuclear, su garganta emitía sonidos menores y roncos como si fuera un tubo de escape. Empuñó el bolígrafo y escribió algunos enunciados en su libreta de notas. Meditó el esquema, analizó los elementos, sopesó las respuestas o los efectos de cada entrega, seleccionó las cartas o pruebas que le convenía guardar en la manga frente a los desmentidos. Desde que Homero contó la Iliada y después la Odisea, la estructura del relato carecía de misterio o dificultad para él, tanto si optaba por la narración cronológica como si elegía la fórmula picaresca o si combinaba las dos a conveniencia.

De nuevo en la sala de prensa colgó la chaqueta del respaldo de la silla y tecleó a buen ritmo durante algo más de una hora. Las erratas salpicaban las hileras de hormigas sin detener la marcha. Escribía a toda máquina. Sujeto, verbo, predicado, punto seguido y otra frase y otra más sin concesiones ni tocones ni descripciones, en tono frío, distante, cortante. Lo importante eran los hechos y actos probados, lo relevante eran los malos disfrazados de buenos, lo esencial eran las pruebas de la infamia. Volaba el cursor entre palabra y palabra sin detenerse a socorrer a las sílabas atropelladas, brincaba el espaciador de un párrafo a otro y al siguiente con la precisión de una Pinito del Oro. Cagarrutas de puntos suspensivos suplían la falta de alguna cifra, fecha o personaje cuyo nombre confundía con otro del que no se acordaba. Ya pasaría el barrendero a limpiar las veredas con su escoba. Después de todo un borrador era eso.

patiodelcongreso
Periodistas en el patio del Congreso de los Diputados.

Miró el reloj, supuso que el general Felonio se hallaría en su despacho (eran las cinco de la tarde) y decidió probar suerte, así que empuñó el auricular y marcó el número de teléfono. Una extensión telefónica de la sala de prensa del Parlamento le dejaba a salvo de la localización instantánea a la que se prestaban los teléfonos móviles y le permitía hablar como si fuera un Gil Hernández o un Ibáñez Martínez, coordinador técnico del un grupo parlamentario cualquiera. Había siete. Eligió el mixto. Al séptimo timbrazo descolgaron el teléfono y transfirieron la llamada a una terminal desde la que una voz femenina le ordeno esperar. ¡Por Júpiter, voy a tener suerte! La tuvo. Por una vez un jefazo no se “encontraba reunido”, que era la forma habitual de encontrarse de aquellos tipos. Se quedó escuchando un fragmento de Claro de Luna de Beethoven hasta que una voz gangosa le dijo con desgana:

–Hable usted, Gil.

–Buenas tardes. ¿El señor Felonio?

–El mismo que viste y calza, usted dirá.

–¿Prefiere que le llame general o utilizo su razón social, APP&LRM Investment?

–¿Cómo sabe eso?

–Por el registro de la propiedad.

–¿De qué propiedad?

–También por el registro catastral, donde usted ha inscrito propiedades inmobiliarias a nombre de APP y de LRM respectivamente, ¿verdad?

–Oiga usted, no sé de qué me está hablando. Si sus señorías del grupo mixto desean alguna explicación sobre los servicios o algún detalle acerca de nuestras coberturas inmobiliarias o empresariales, han de solicitarlo por el conducto reglamentario y estaré encantado en recibirles e informarles. Si ustedes lo prefieren, acudiré a comparecer en la comisión de secretos oficiales el día y la hora que decidan. En todo caso les proporcionaré cuantos datos me soliciten. Sólo les ruego que me remitan el correspondiente escrito con las materias que deseen conocer.

–¿Incluidas sus relaciones comerciales en Seychelles?

El general tardó unos segundos en contestar. El supuesto coordinador concretó:

–Me refiero a sus negocios de venta de armas.

–No sé de qué me habla, ya le digo…

–Sí lo sabe, general: usted vendía armas a las guerrillas eritreas y somalíes.

–¿Qué tontería es esa? Quien les haya contado esa barbaridad les ha intoxicado de mala manera. Ya le digo que estoy dispuesto a aclarar lo que sus señorías deseen, incluso las acusaciones o los rumores más descabellados. A España no le faltan enemigos.

–Desde luego, general. Los enemigos están por todas partes. Y conste que no me refiero sólo a los yihadistas, sino a la prensa, que sabe cosas y nos espolea para que ejerzamos el control parlamentario. Usted me entiende.

El general produjo un sonido bucal como si bebiera agua u otro líquido. El supuesto Gil aprovechó el instante para procurar que se atragantara:

–Suponemos que puede aclarar por qué APP&LRM posee una cuenta en Suiza.

–Le repito que no sé de qué me habla –dijo el general elevando el volumen gutural como si el asunto empezara a fastidiarle.

–Le hablo de una transferencia millonaria desde Seychelles a una cuenta en un Banco de Ginebra por una entrega de armas que no se realizó. ¿Le suena?

–Eso son patrañas, mentiras para desprestigiarnos. ¿No irán a creer ustedes que el Reino de España no respeta las leyes, por cierto las más avanzadas y rigurosas del mundo en materia de comercio internacional de armamento?

–Yo le creo, general, pero la prensa tiene pruebas de esos tráficos y de esos ingresos por parte de la sociedad que usted utiliza para realizar operaciones inmobiliarias.

–¿A qué prensa se refiere?

–Prensa seria, desde luego.

–¿Puede concretar?

–No estoy autorizado, general.

–Mire, caballero, estoy dispuesto a recibirles en mi despacho, a ir a la comisión a aclarar lo que deseen cuando deseen, pero les ruego que no me hagan perder el tiempo con chismes de periodistas. Si les incordian a ustedes hagan el favor de mantenerme informado y de decirles que se dirijan a quien corresponde, que en este caso soy yo.

–Así lo haremos, no lo dude general.

periodista escribiendo 2
Comprobó la grabación…

Nada más colgar, Tilo comprobó la grabación. Era nítida y clara. Aquel preboste había mentido como lo que era, un bellaco. Pero el hecho de que encajara la mención de la sociedad mercantil registrada en las Seychelles con las iniciales de los locos Liborio y Pérez como algo existente que no tenía por qué existir y de que elevara el tono de voz con evidente nerviosismo le delataba y aportaba al periodista la penúltima confirmación necesaria para echar a rodar la historia. Escuchó varias veces la respuesta o reacción del general a la mención de las siglas APP&LRM y no tuvo duda de que lo había noqueado de un guantazo. La respuesta del superespía –“¿Cómo sabe usted eso?”– expresaba su sorpresa. Hay preguntas que valen como respuesta. Aunque rápidamente recompusiera su defensa para hacerle creer que se trataba de una sociedad tapadera de operaciones secretas del Centro de Inteligencia Nacional, la primera impresión es la que cuenta. El énfasis de la respuesta, entre la sorpresa y el asombro, resultaba tan evidente como convincente. Después de todo nada es más asombroso que le verdad, se dijo mientras guardaba la grabadora, retiraba del ordenador el lapicero electrónico en el que había escrito el borrador de la primera entrega y se disponía a completar la estratagema.

22.– Principios

ministerio de justicia
Sede del Ministerio de Justicia en Madrid.

Para no entretenerse en habladurías salió de las instalaciones parlamentarias por la puerta esquinada del vértice del edificio nuevo (“tercera ampliación”, le llamaban), recorrió a buen paso la antigua calle de los gitanos (“Cedaceros” le llamaban ahora), cruzó la de Alcalá y cinco minutos después se hallaba en las dependencias del servicio de Correos y Telégrafos de la calle de la Aduana recogiendo el sobre acolchado del cajetín numerado en el que había guardado las pruebas del negocio sucio, ilegal y tramposo del general Felonio con el pirata malgache. Despegó la solapa del sobre, introdujo la pequeña cinta con la grabación de las palabras del general, lo cerró con firmeza dactilar, se dirigió al mostrador, canceló el apartado postal y ya en la Gran Vía paró un taxi y ordenó al conductor que se acercara al Ministerio de Justicia y entregara al ujier de la puerta aquella correspondencia dirigida en mano al señor ministro, tal como había escrito a bolígrafo con letras mayúsculas. Los taxistas de la villa y corte eran bien mandados, sobre todo si al importe de la carrera se añadía una generosa propina.

Ya libre del peso de las pruebas orientó sus pasos hacia la Cibeles, subió al autobús y llegó al domicilio de Lola, convertido ahora en su refugio de seguridad. A través del correo electrónico de la estupenda moza volandera envió un mensaje al jefe pirata para hacerle saber que recibiría una transferencia dineraria con el importe de la deuda del general Felonio y por consiguiente esperaba de su “nobleza” (término excesivo) un comportamiento correcto y consecuente con los barcos atuneros peninsulares. Le pedía que tuviera a bien contestar al mensaje, sobre todo si por alguna indeseable interferencia no recibía el dinero en veinticuatro horas.

A continuación preparó la cafetera y se fue al balcón a fumar un cigarrillo. Desde el sexto y último piso del edificio se veía la techumbre picuda, metálica y achocolatada de la iglesia sin campanario de la esquina de la calle. Se entretuvo –esa le da, esa no– con el acertijo de la caridad cristiana de las beatas hacia el negro de la puerta. Cuando el aroma del café le dio en la nariz concluyó que la limosna estaba en crisis y que el pobre Jim, que tardó diez años en llegar desde Ruanda con la muerte en los talones, se podría dar con un canto en los dientes si sacaba para comprar el potito a su niña de un año y tres meses.

Después de una hora de correcciones y concreciones del borrador de la primera entrega, creyó llegado el momento de completar su estratagema, levantó la vista del ordenador, buscó el teléfono bajo los papeles y libretas de notas y, sin prestar atención a los mensajes y llamadas sin responder, se puso al habla con Terricabras para contarle el ardid que había dejado sin completar.

La respuesta de Terri fue positiva, aunque el método le parecía un tanto ingenuo. Acordaron completar la operación mañana por la mañana en la Tabernilla después de que la gobernanta, el patrón pesquero vasco con aire de violinista y, eventualmente, el pirata malgache hubieran confirmado la recepción de la pasta.

 

Antes de volver al borrador del reportaje Tilo se sirvió otro vaso de café aguado sin azúcar. Había decidido escribir toda la noche hasta la hora de ir a esperar a Lola. Se acercó al balcón, miró a la calle, vio al negro Jim allí de pie, pegado a la puerta de la iglesia, sacó el penúltimo cigarrillo, lo encendió y se dijo que convendría bajar a comprar otra cajetilla. En ese instante recibió un mensaje por watsap. Era Lafun con su juego de los principios. De primeras habían convenido jugar a “no es lo mismo” con el fin de enseñar vocabulario al sabio Compendio, pero el watsapeo derivó en guasa porque enseguida Malalata, Terri y él mismo se deslizaron por el tobogán de la facilidad. Del “no es lo mismo salmuera que muera la sal» y del «tejidos y novedades en el piso de encima que te jodes y no ves nada y encima te pisan» pasaron a los coños, las pollas, los culos y demás denominaciones de las terminales del bajo vientre. Los “no es lo mismo un tubérculo que ver tu culo, tres pelotas viejas que tres viejas en pelotas, estar jodido que estar jodiendo, leer a Follet que te follen mientras lees» y por ahí para allá acabaron atufando a la señorita Lafun, quien les reprochó su suciedad mental. Lógico.

oviedo
…la heroica ciudad dormía la siesta.

Después de una discusión con Mala sobre si un binomio era lo mismo que un par de vinos, Lafun propuso “el juego de los principios”. Lo aceptaron, pero Terri y Mala no eran muy leídos, de manera que los únicos watsaps que Compendio recibía se los mandaban la funcionaria y él. Leyó el mensaje: “Allá, en otros tiempos (y muy buenos tiempos que eran), había una vaquita (¡mu!)…” Y respondió: “Así principia el Retrato del artista adolescente de James Joyce”. A continuación escribió: “Por si la vaquita fuera de la raza Asturiana de los Valles, ahí te dejo la pista del autor de la novela que comienza: “La heroica ciudad dormía la siesta”. Envió el mensaje, dio una calada al pitillo, comprobó las llamadas y recados sin responder. Todas eran de colegas del periódico, una del Máster, quien de sobra sabía que tenía permiso del director para no aparecer por la redacción o lo que él llamaba “el precipicio”. No contestó a ninguna. Desarmó el teléfono, palpó las llaves en el bolsillo, se puso los zapatos y bajó a comprar tabaco. De paso se acercó a Jim, lo saludó, le preguntó cómo estaba su niña y depositó un billete de cinco euros en su mano. El negro lo empuñó y le miró con su expresión infantil de agradecimiento. Sabía decir “gracias” y muy pocas palabras más en castellano, pues a las dificultades inherentes del aprendizaje de la lengua se añadía la circunstancia de no haber ido nunca a la escuela en Ruanda, de la que salió vivo de milagro con diez años, cuando los tutsis y los hutus andaban a machetazos. Aunque hacía ya muchos años de la última masacre (1994), Jim le dijo un día: “Mi no volver, no hay nada”. Y nada no sólo significaba escasez y falta de medios para sobrevivir, sino también de familiares, amigos y conocidos.

De regreso armó el teléfono y recibió la respuesta de Lafun: “La Regenta de Leopoldo Alas, Clarín”. Y a continuación: “Un fantasma recorre Europa…” El principio le sorprendió. ¿Dónde se ha visto a una funcionaria cincuentona, burguesita y de buen ver leyendo el Manifiesto Comunista? Le respondió: “…es el fantasma del comunismo”. Lafun repicó: “Todas las fuerzas de la vieja Europa se han unido en santa cruzada para acosar a ese fantasma: el Papa y el zar, Metternich y Guizot, los radicales franceses y los polizontes alemanes”. Jamás habría imaginado que aquella vecina de La Tabernilla con una sonrisa cautivadora y un mayordomo negro supiera de memoria el comienzo del texto revolucionario lanzado por Marx y Engels a mediados del siglo XIX. Le habría contestado si en ese momento una llamada del Cazador de Leones no hubiera interferido su propósito.

–Ilustrísimo señor don Tilo Dátil, sabemos que está usted en la villa y corte y nos preguntamos por qué no viene –dijo el colega en plan ceremonioso.

–Yo también os echo de menos, Paco, pero estoy en las afueras.

–Vente, te esperamos.

–No puedo, tengo tarea.

–Te vamos a expulsar del club del orujo.

–No, por Júpiter, no hagáis eso.

Voces de fondo de Beluguero y Jodas: “¡Fuera, fuera! A libar con la novia”.

–Ya lo has oído. Aquí dicen que te has echado novia y piden tu expulsión del club.

–Diles que se sosieguen, que volveré.

Voz de Beluguero: “Déjalo que se divierta con la mangurrina esa”.

–No es una mangurrina sino una tailandesa muy dulce y fina, gordo cebón –dijo alzando la voz para que el colega le oyera mejor.

Tardó en concentrarse en la temática. Si alguien dijo que salir a comprar tabaco es entretenido y puede ser una aventura, tenía razón. Revisó y niqueló la primera entrega sobre la fabricación, los transportes y las ventas de armas prohibidas a las guerrillas y grupos “terroristas” del continente africano y la emprendió con la implicación directa del jefe operativo de los servicios de inteligencia del Estado, al que mencionaba como alto responsable en la primera entrega. Tecleó sin parar durante tres horas.

Describió al por menor los tratos del general con el jefe pirata y las consecuencias dolorosas y ruinosas para los pescadores peninsulares en el Índico. El hecho de que los piratas somalis mostraran su preferencia por asaltar y apresar los barcos pesqueros con nombres y banderas de la Península Ibérica traía causa y razón de las felonías de aquel delincuente estatal. Las evidencias de la responsabilidad de K eran irrefutables por más que K fuera precisamente el responsable de controlar los destinos de las exportaciones de armamento y material de defensa y doble uso por parte del Estado y gozara de la amistad y confianza de las altas magistraturas, comenzando por el coronado y siguiendo por el jefe del gobierno y la cúpula militar.

seychelles
Playa en Seychelles.

Se esmeró en la descripción del bucanero Robert Karaka, quien se hacía llamar Thomas Tew. En vez de un foragido burlesco y criminal, sin temor de dios ni de la Armada estatal, por momentos parecía un vengador popular, un Robin Hood de los mares. Las referencias a K y sus acompañantes en aquel viaje de negocios y placer del que aportaba los insólitos testimonios gráficos, les colocaba, en cambio, en el altar del ludibrio, la indignidad y la corrupción. De lo último daban cuenta los documentos en posesión de este periódico (fórmula al uso) y de lo primero aportaba aquellas instantáneas conmovedoras, unas fotografías sobre la preferencia del general y sus agentes de confianza por las muchachas en flor, algo bastante común entre los prebostes del poder político, económico y judicial.

Hizo una pausa, se sirvió más café, se asomó a fumar al balcón, la calle estaba en silencio, el barrio dormía. Regresó a la mesa y siguió tecleando en el ordenador portátil a la luz del flexo. Escuchaba su voz interior sin dar descanso a los dedos que la transformaban en signos con un entusiasmo que para sí quisiera el logógrafo Tirón. Los renglones se iba sucediendo como si fueran hormigas en perfecta formación. Uno tras iban formando un batallón con sus compañías auxiliares. Batallón tras batallón iban componiendo una brigada y otra y otra más hasta formar una división y otra y otra más para cercar al enemigo y forzar su rendición. Sin embargo sólo era hormigas.

Le pareció que el texto destilaba rigor y sequedad. El uso y abuso del poder para matar y enriquecerse inducía a la furia. El manto del secreto añadía indignación. La crueldad de las armas de destrucción indiscriminada daba frío. Aunque no era fácil acercar el dolor de las muertes y mutilaciones de unos humanes perfectamente desconocidos y prescindibles para el primer mundo, se esforzó en tratarlo como materia sangrante. El uso y abuso de los psiquiatrizados como testaferros mereció un énfasis acerado. La incógnita de la repentina muerte del clérigo Cayo Dueño añadió puntos suspensivos (incluso suspense) al reportaje.

Pasaban de las cinco de la madrugada cuando colocó los títulos, rubricó el texto y lo facturó al director por correo electrónico, seguido de los documentos, fotografías y videos sobre la materia. Había culminado su tarea, si es que en el periodismo se termina alguna vez, y ahora tocaba esperar la decisión de Eloso y el consiguiente estruendo político y social.

Como perro viejo sabía que lloverían piedras en cuanto apareciera la primera información, de modo que había optado por la estructura de “carta en la manga” para rebatir los desmentidos. La administración de los sucesivos y minuciosos capítulos dependía del contenido y orientación de los mentís. Guardó una copia del material en el archivo del ordenador, almacenó otra en el lapicero electrónico y se lo guardó, encendió el penúltimo cigarrillo y se asomo al balcón: el cielo estaba despejado, hacía frío. Cerró el balcón y ya bajo la ducha se embadurnó con ese jabón aromático que te hace sentir nuevo, a estrenar, se comió una naranja mandarina, se cepilló los dientes y, a la espera de que el taxista Delfín pasara a recogerle para ir a esperar a Lola, le disputó una partida de ajedrez on-line al ordenador que siempre le ganaba. Y le volvió a ganar.

23.– Inalámbrico

Acababan de apagar las farolas de la ciudad cuando dejó a Lola relajada y calentita en la cama, se colgó el ordenador portátil al hombro y salió al día. El metro iba lleno de empleados del comercio, estudiantes y oficinistas. Muy pocos llevaban periódicos. O no querían enterarse de lo que pasaba o se enteraban someramente aguzando la vista para leer en pequeñas pantallas de sus teléfonos inalámbricos o en las más aceptables de los ipads y tablets. El vertiginoso ritmo de las tecnologías de transmisión digital, seguidas de otras más abrumadoras, reducía la Galaxia de Gutemberg a un asteroide perdido en el infinito –palabra contradictoria donde las haya, pues si el infinito es tan grande debería llamarse infinote– del que pronto nadie se acordaría. Salió del metro en la plaza de España. Todavía era temprano. Se invitó a un café en el establecimiento de la última planta de la torre que fue en su día el edificio más alto de la villa e hizo tiempo hojeando los periódicos. Sobre las diez de la mañana llamó a Eloso. No había llegado al periódico, le dijo su secretaria. Le envió un wasap indicando que echara una ojeada al material que le había remitido por correo electrónico y le diera su opinión. Eloso tenía siempre varios frentes abiertos; había que estimularlo para atraer su atención. Acto seguido telefoneó a Malalata:

–¿Qué tal la hora punta? –Le preguntó.

–Misión cumplida con peces –contestó.

–Voy para allá.

–Prepara cien eurípides –avisó el maestro carterista.

Allá era la Tabernilla. Mientras esperaba el ascensor llamó a Terri:

–Buenos días coronel. ¿Alguna novedad?

–Estoy en ello.

–Voy para allá –le dijo.

torre de madrid a la izquierda
Torre de Madrid, a la izquierda del monumento a Cervantes.

Cuando se disponía a cruzar la puerta acristalada de salida de la torre y bajar la escalinata vio a dos tipos en actitud vigilante al otro lado de la acera al pie de un automóvil de cristales tintados, mal estacionado. Uno llevaba cazadora de cuero de color teja. Su rostro de morrosco le resultó familiar. En un instante se dio la vuelta y volvió sobre sus pasos, diblando y pidiendo disculpas al personal que salía. “Estos cabrones no me van a coger”, se dijo como si no tuviera duda de que le esperaban a él. Se reprochó el despiste y desconectó rápidamente el teléfono. Incluso lo desarmó y separó la batería mientras se apresuraba escaleras abajo hacia los pasadizos del aparcamiento subterráneo. ¡Por Júpiter si era despistado! Sabía que la señal del impertinente conectado a la red era suficiente para localizar sobre el mapa el punto exacto donde se hallaba el usuario aunque no hiciera ninguna llamada. Aquella aplicación suministrada hacía muchos años por Uncle Sam a los servicios policíacos y de inteligencia ibéricos había facilitado muchas detenciones de etarras y de delincuentes de toda laya. Ahora la empleaban para espiar a todo quisque con solo averiguar su número de teléfono, lo que en su caso era sencillo, pues figuraba en la guía telefónica.

Una joven a la que asestó la mentira de que su coche se había quedado sin batería, le sacó del parking en su auto y lo depositó en una calle cercana, desde la que cruzó la plaza de España sin el riesgo de ser visto. Observó a los tarugos desde lejos. ¡Que os jodan, capullos! Saludó al Quijote ecuestre y ferruginoso que allí estaba junto al buen Sancho a lomos del rucio. Otra vez le habían quitado la lanza. Le ocurría lo que a Neptuno con el tridente: se lo quitaban siempre. El ayuntamiento les reponía las herramientas y se las volvían a quitar. La diferencia entre el desfacedor de entuertos y el dios del piélago era ideológica, pues el caballero andante sin su herramienta se quedaba con el brazo extendido, como si saludara al estilo nazifascista y falangista a los transeuntes, de lo que se infería que los ladrones de la alabarda eran chorizos de ultraderecha, tal vez los mismos que apeaban del pedestal la cabeza del poeta nicaraguense Rubén Darío y la echaban a rodar calle abajo hasta el carril lateral de la Castellana donde la solía encontrar algún taxista. Cruzó la calzada, subió por Leganitos, atravesó la Gran Vía, callejeó a paso ligero, traspuso la cola de Pez y llegó a la Tabernilla.

Terricabras estaba contento: su amigo y benefactor el armador vasco había recibido el dinero de la transferencia. Era una noticia estupenda. La estratagema del coronel había funcionado y significaba que también el pirata malgache y la gobernanta tenían la pasta en su mano. Mientras Tilo confesaba su despiste y la localización de la que creía haber sido objeto, llegó Malalata con los productos de su pesca: dos teléfonos portátiles en perfecto uso que Tilo le pagó en efectivo. Se pusieron manos a la obra. La portera doña Rosario aceptó el papel de secretaria, marcó el número que Tilo le indicó y al oír la voz mortecina de la telefonista del centro de espionaje le hizo saber que quería hablar con K de parte del señor ministro de Justicia. Unos segundos después repitió la frase a la jefa del gabinete o lo que fuera del general Felonio. Cuando éste se puso al aparato, doña Rosario dijo: “Buenos días señor, le paso con el ministro”, y soltó el teléfono en manos de Terri, quien ralentizó la transmisión de voz para no ser reconocido y abrió el receptor del sonido para que oyesen al interlocutor.

–Buenos días, general; le molesto un minuto para decirle que he recibido determinada documentación sobre unas actividades comprometidas que le atribuyen y que me he visto obligado a enviar a la Fiscalía. He estimado conveniente avisarle de que puede ser llamado a declarar en los próximos días –dijo de un tirón.

–¿Puedes ser más concreto, ministro?

–He hojeado la documentación muy por encima y entiendo que se refiere a un asunto de dinero. Usted sabrá en qué negocios participa.

–¿Y tú quieres empapelarme y joderme, a que sí?

–Perdone, general: he visto cosas que no me han gustado y me he visto obligado a dar traslado a la Fiscalía, no quiero líos con usted ni con nadie –aclaró Terri.

–¿Y tú eres ministro? ¡Válgame Dios! ¿Quién te ha obligado a hacer eso que dices?

–Pues sí, soy ministro y notario mayor del reino, no lo olvide. Habría dado por no recibida esa documentación si el remitente no hubiese incluido una nota informándome que la aportaba al mismo tiempo a la Fiscalía, a la que, sin ninguna duda, habrá dicho que la ha entregado al gobierno.

–¿Quién cojones es ese remitente si se puede saber? –Preguntó, excitado, el general.

–Pues no, general, no se puede saber; se da la circunstancia de que es anónimo.

–Del extranjero, supongo.

–Llegó en un sobre sin franqueo, lo entregó un taxista en mano.

–¡No te jode! Así que llega un taxista, entrega un dossier sobre sobre mí y tú lo mandas a la Fiscalía… ¿Pero qué clase de pardillo eres tú? ¿Imagina lo que ocurriría si todos hiciésemos como tú? ¿Supón que una de esas furcias a las que te follas –¿Porque tú no serás maricón también, verdad?– te quiere sacar los cuartos y hace circular un dossier de papeles falsos contra ti? ¿Crees tú que estaría bien que yo lo remitiese a la Fiscalía esa de los cojones?

–Ese supuesto jamás se daría, general.

–¿Ah, no?

–Ya sé que usted sabe todo de todos. Y si no lo sabe, puede saberlo. Le sobran medios para investigar a quien quiera, aunque en mi caso debe saber que ni ando con furcias, como usted dice, ni hago negocios ilegales ni poseo sociedades encubiertas a nombre de testaferros ni tengo cuentas en Suiza. Cuentas, por cierto, que espero que a esta hora la Fiscalía haya comprobado y bloquedado.

–¡Habráse visto! ¿Pero qué cuentas ni qué ocho cuartos? –Bufó el general.

–Usted sabrá, general.

–Nunca he tenido cuentas en Suiza, ministro; creo que ha habido un error.

–En ese caso no debe preocuparse. Pero si las tuviere o hubiese tenido numeradas a nombre de cualquier sociedad formada por testaferros, no dudo de que sabrá limpiar su mierda.

–Mándame esos papeles inmediatamente –pidió con tono imperativo.

–Me temo que no va a ser posible: los he enviado tal cual a la Fiscalía –dijo Terri.

–¿No te has quedado una copia?

–No general, ya le digo que no quiero saber nada de sus asuntos. Le recuerdo que soy el notario mayor del reino…

–El mayor gilipollas, para ser exactos.

–Le ruego que no me interrumpa.

–¿Qué coño de notario ni leches eres tú? ¿No te han enseñado lo que es la solidaridad de gobierno? Pues te la tendré que enseñar a ver si te enteras de que nosotros trabajamos todos los días y todas las noches del año para preservar la seguridad de esta puñetera patria, incluso para que algún mentecato llegue a ser ministro. Te sorprenderías de las cosas que tenemos que hacer para mantener a raya y anticiparnos a los enemigos. Te acojonarías si supieras quienes y cuantos son, te cagarías la pata abajo si conocieras cómo actúan y los frentes que abarcan. Pero en fin, ya veo que a algunos politicastros tan relamidos y correctos, nada de esto le interesa. No creas tú que eres el único incauto al que engañan impunemente. Hay muchos pazguatos con muy mala leche dispuestos a dejarse engañar si la bolsa es buena. Sé que anda rodando por ahí un dossier sobre mí y que quieren pedir que vaya al Parlamento a explicar no sé qué cosas.

–Tráfico ilegal de armas…

–Lo que sea, ya les he dicho que no tengo inconveniente. Pero te diré una cosa: tu falta de lealtad no me gusta, háztelo mirar porque no es buena para ti y tengo la impresión de que tus días están contados.

–¿Me está amenazando, general?

–En absoluto, pero puedes acercar la nariz a tu cabeza y comprobar si huele a pólvora.

–¿Pólvora de las armas prohibidas y las municiones que usted controla y merca a buen precio, o de algún enemigo de la patria más peligroso?

–Me vas a permitir que no entre en detalles contigo; despacho con el presidente y con el de arriba, ¿verdad? Y controlo y merco lo que tengo obligación de controlar por razones de estado.

–Es usted un cínico, general. El estado no vende armas ligeras ni minas ni bombas de racimo a grupos incontrolados. Usted está poniendo en peligro la decencia y el nombre de este país.

–Y tú eres algo más que un pardillo; si me lo permites, eres un botarate, un gilipuertas más tonto que Picio, que no tendría que estar ahí.

–No se lo permito, general.

–¡Pues lo eres! Despacharé con el presidente y con el de arriba. ¡Anda y que te den!

Felonio canceló la comunicación.

–Se ve que es un hueso duro de roer –dijo Mala.

–Has estado muy bien –dijo Tilo al coronel Terri, quien desconectó el teléfono de la red y pidió a Mala que lo arrojara a alguna alcantarilla al pie del ministerio de Justicia.

El sabio Compendio, que había aparecido en la Tabernilla mientras Terri hablaba con el general, manifestó su temor por la irritación del superespía.

–Uf, hombre estar enojado, querer matarte –dijo mirando fijamente a Terri.

–Hace tiempo que quiere liquidarme, pero se les acumula el trabajo.

–Sobrevivirá, no se preocupe, profesor –le tranquilizó Tilo.

Aunque la proximidad física de la Tabernilla al ministerio de justicia era una cierta garantía frente a los localizadores de la llamada, Malalata mejoró la idea de tirar el teléfono a la alcantarilla.

–Se lo he dado a un guardia civil de la puerta del caserón del misterio (ministerio) como si se le hubiera caído a alguien –dijo.

–Correcto –afirmó Terri.

24.– Lío

Ahora, mientras Tilo aguardaba a que el pistolerín de seguridad del edificio se desperezara y acudiera a abrirle la puerta para subir a la redacción del periódico y ponerse manos a la obra, se deleitaba en el recuerdo de aquella mañana. El ardid había funcionado. Felonio, con la inquietud en el cuerpo, habría montado un pollo catedralicio. Llamaría al presidente y le exigiría la cabeza del ministro. El presidente telefonearía al subordinado y le pediría explicaciones sobre su comportamiento con el superespía. El ministro manifestaría su perplejidad y negaría haber hablado con el general. Lógico. El presidente se interesaría por el contenido de aquel dossier de marras. El ministro se llamaría Andanas, pues no tenía ni idea. El presidente se haría la picha un lío. Lógico también: era simple y colérico.

En la Tabernilla, Tilo supuso y reprodujo las palabras del presidente: “Felonio me dice que tú le dices lo que me dices que no le has dicho. ¡¿Pero qué carallo es esto?!” Terri se rió de buena gana. Mala dijo: “Ya está el lío liao”. El sabio Compendio entendía poco, pero también se reía. Por contagio. El ministro pediría a la secretaria que le pasara con Felonio, pero éste, más cabreado que Napoleón en Santa Elena, rechazaría hablar otra vez con el pelagatos. Para entonces ya la jefa del gabinete del titular de Justicia y notario mayor del reino habría examinado la correspondencia personal del señorito y le entregaría el sobre abierto con los documentos y las fotografías espeluznantes del general y sus escoltas en cueros ejercitando el miembro viril con las negritas menores de edad. Y el ministro, visiblemente horrorizado como buen católico (todos lo eran), insistiría en que le pusieran al habla con el jefe de la inteligencia. Pero el general, ni caso.

Así las cosas, el ministro telefonearía al presidente para informarle de lo que estaban viendo sus ojos y pedir la testa del general. El jefe, de suyo molesto por la interrupción de la lectura de la prensa deportiva, no daba crédito y quería ver para creer. Y el ministro ordenaría a la secretaria que escaneara y remitiera en un minuto aquel material sensible por el correo exclusivo y secreto del señor presidente, quien, no menos horrorizado ante las pruebas irrefutables del asqueroso comportamiento del general guardaría el material en su caja fuerte y maldeciría y empezaría a rumiar el difícil problema del relevo. No era cosa menor.

Después de examinar el asunto, el presidente decidiría dejarlo correr y si se daba el caso pediría a Felonio que fuese más discreto con sus placeres sexuales. Si, eso haría, pues se trataba de un elemento altamente peligroso que podía crear muchos problemas al gobierno y al partido si lo cesaba sin previo aviso. Un tipo que lo sabe todo o casi todo de todos es una bomba de nitroglicerina que no conviene tocar.

mastodonte
Mastodontes propiamente dichos.

Aunque el presidente era un killer político, un terminator con los armarios llenos de cadáveres de correligionarios ambiciosos que alguna vez habían urdido tramas para derribarle de la poltrona, el general Felonio era algo más que un político al uso, era un mastodonte prehistórico, un dinosaurio de mucho peso sobre el que, sospechaba, rebotaría la motosierra aunque estuviera afilada en la edad de piedra. La máquina del despiece servía de poco frente a un bicho tan duro como ese. Mejor sería dejar correr el asunto hasta que se diera, si se daba, la oportunidad de embarcarlo allende el océano hacia algún continente lejano. Si, eso haría: nada.

Tilo Dátil, como periodista obligado a escrutar, analizar e informar sobre las decisiones de los gobernantes, y Terri, como conocedor de la trastienda del poder y buen observador de sus síntomas, sabían que no hacer nada se había convertido, por vagancia y comodidad, en la forma de hacer habitual del presidente que dormía la siesta. Así que, a falta de un Tiber al que arrojar a aquel Tiberio, estuvieron de acuerdo en la conveniencia de mantener algunas piezas a la espera del curso de la partida. Malalata se esforzaba en interpretar los movimientos y opinaba que al enemigo le quedaban dos telediarios. Tilo tuvo que explicarle que en el periodismo no había magia ni tercer brazo, sino causa y efecto. La escolástica le sonó a chino mandarín. Y Tilo tuvo que añadir que los periódicos eran cada vez más débiles, cobardes, domésticos, acomodaticios –solía usar retahílas de calificativos por deferencia didáctica hacia el sabio Compendio–, y, en cambio, los poderes políticos y económicos eran cada día más fuertes, bravucones, inflexibles e irascibles, de modo que convenía protegerse antes de avanzar un solo peón contra ellos, es decir, de señalar sus abusos, injusticias e ignominias, a riesgo de ser eliminado del tablero, borrado del mapa o, como decía el colega Márquez Reiviriego, elidido, evaporado.

A todo esto, la respuesta de Eloso se demoraba. Miró el reloj. Habían pasado tres horas desde la reunión del sanedrín y le parecía que ciento ochenta minutos eran tiempo sobrado para dedicar cinco a echar una hojeada al reportaje y contestar. Aunque Eloso economizaba las palabras, solía responder con presteza. De ahí que su silencio le pareciera sospechoso y tanto más extraño cuanto mayor enjundia atribuía al material enviado. Ni siquiera un “recibido”, nada. Una de tres: o no había visto el material o no le gustaba o se le había atragantado. El que se atraganta enmudece. Lógico. Es la ley de la tráquea. Sospechó lo peor y repollaron sus dudas con el vigor de las rosas de invierno, rosas inodoras.

Con todo, envió a Eloso otro mensaje a modo de golpecito en la espalda, pues si se había atragantado con la temática convenía ayudarle a expectorar y escuchar por lo menos su tos. Con ese fin recababa su opinión y se ofrecía a despejar cualquier duda, punto oscuro, imprecisión. Ante Terri, Mala y el flaco sabio Compendio, que le miraba con sus ojos de búho ucraniano, siempre atento al mínimo movimiento, disculpó la demora del director, pues hasta el más ducho y valiente puede dudar y parar el reloj para sopesar su decisión. La procesión iba por dentro y se manifestó en un fugaz guiño hacia Terri, quien captó el mensaje, es decir, las dudas del reportero sobre si el soporte iba a soportar la difusión de un asunto tan incendiario como una lupa al sol sobre el ombligo del centro de inteligencia del reino y otra de mayor aumento en el culo del presidente y cuatro o cinco elementos de su gobierno. Después de todo habían hecho bien en guardarse una carta en la manga.

Transcurrieron cinco, diez, veinte minutos. El director no contestaba. Por la puerta del patio se colaba un agradable aroma a puchero. Tilo se asomó a ver el guiso de doña Rosario. Plato único: judías blancas con oreja, chorizo, morcilla y tocino para untar en pan. ¿Y de postre? Rodajas de naranja en aceite de oliva. Le preguntó si había suficiente fabada para uno o dos comensales más y ella asintió. Acto seguido telefoneó a Lola. Naturalmente que le apetecía un buen plato caliente en compañía del clan de la Tabernilla. Para animar el almuerzo llevaría una botella de vino argentino, muy bueno. Terri felicitó a Tilo por la idea de invitar a la aeromoza. La había visto y hablado con ella una sola vez, aunque suficiente para congeniar y sentir buenas vibraciones. La consideraba una mujer estupenda, muy inteligente y con estilo. Eso le dijo. Tilo no entendió muy bien lo del estilo y el coronel aclaró que se refería a su elegancia, como si aquellos sombreritos de lona beige o de color mercurio contra el frío y la lluvia o aquellos pantalones vaqueros ajustados a los muslos y el trasero y aquellos zapatos de medio tacón sobre los que alcanzaba poco más del metro sesenta de alta le resultaran de una elegancia superior. La realidad era que Lola gustaba a los hombres. Pero él la había visto antes.

Elegancias a parte, Terri tuvo un detalle inesperado y generoso hacia ella: a los postres le pidió el número de su cuenta corriente para ingresarle el dividendo resultante de sus gestiones en la liberación del atunero vasco. Era un dinero procedente de su bondadoso amigo el armador vasco con el que compensar, dijo, las molestias y los gastos. Lola, que conocía por Tilo el curso de los acontecimientos posteriores, le agradeció el gesto y argumentó que el gasto había sido nulo por su parte y el viaje le había resultado placentero.

–No todos los días, o sea, casi nunca, tiene una la oportunidad de tratar con el pirata más cruel y buscado del mundo –dijo.

–Por eso mismo –insistió Terri.

–Esto sin contar con otros placeres y compensaciones –añadió.

Tilo experimentó una satisfacción íntima por la alusión. Más allá del temor al bucanero y sus secuaces, la verdad era que habían hecho el amor como si fuera la última vez antes de ser secuestrados, torturados y eliminados. Follaron como condenados, como si el mundo se fuera a acabar en pocas horas para ellos. Y los polvos del fin del mundo nunca se olvidan.

La insistencia del coronel empujó a Lola a inclinarse para recoger su bolso. Lo colocó sobre sus rodillas, abrió la cremallera y en vez de sacar la cartera para mirar y anotar los dígitos de la cuenta bancaria extrajo el teléfono móvil, lo activó y se lo pasó a Terri.

–¡Caramba, qué tipo tan generoso! –Exclamó y le devolvió el teléfono sobre los platillos con el aceite de oliva de los que habían desaparecido las rodajas de naranja–. Eso no empece ni es incompatible con…

–¡Claro que empece y embadurna! –Le cortó Lola, que había entregado a Tilo el telefonillo para que viera el mensaje de correo electrónico del pirata malgache–. Empece porque nuestra misión era estrictamente humanitaria y periodística. De otro modo habríamos fijado unos honorarios como intermediarios, ¿cierto? Y embadurna, sobre todo embadurna. Ni de refilón quiero verme envuelta en los líos de esos tipos –añadió mirando a Tilo, quien ratificó las afirmaciones de la aeromoza intercontinental y argumentó que dada la relación entre ambos, cualquier dádiva podría ser interpretada como un beneficio común con el que su ética personal y su deontología profesional le impedía comulgar. Y, desde luego, en estas palabras incluía la respuesta por anticipado al mensaje del bucanero, invitándoles a pasar una temporada de vacaciones en Madagascar, señal de que había recibido su dinero del tesoro de Felonio en Suiza.

–Bueno, ya hablaremos –cedió Terri, sonriendo a Lola a modo de disculpa.

Ya en el taxi de camino a casa, Tilo armó y conectó el teléfono, como solía hacer a intervalos para ver las llamadas y los mensajes. Tenía uno de Eloso: “Impecable, Tilo, pero apuntas muy alto y he consultar”.

madagascar
Madagascar

–Estoy pensando que diez días en Madagascar nos vendrían de perlas –le sorprendió Lola.

–No me fastidies.

–Podríamos casarnos y celebrar nuestra luna de miel.

–Estoy casado, tengo dos hijos mayores que exigirían una explicación y una contraria que me abandonó y se fue a envejecer junto al mar, pero no acepta el divorcio, ya lo sabes.

–Nos casaríamos por algún rito tribal de allí no homologado aquí.

–Si de verdad me quieres, ni por diversión te cases conmigo.