
Por KEY GOOD
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En general no les resultaba difícil, a Vera y al profesor, hallar rarezas locales a poco que preguntasen. Unas eran totales y otras parciales, unas eran de nacimiento y otras sobrevenidas. En una localidad intermedia que tenía catedral y era cabeza de partido judicial decidieron apearse del tren y disfrutar del tiempo primaveral obtuvieron la referencia de un ilustre personaje del que decían que insultaba estupendamente. De primeras se podía decir que en España se insultaba mucho y bien desde los lejanos tiempos de don Francisco de Quevedo y Villegas. Pero de un antiguo alumno de las monjas conocidas como Discípulas de Jesús en su tierna infancia y de los frailes jesuitas parecía rara aquella cualidad.
–¿Y qué insultos son esos? –se interesó Vera Veraz.
–Se los busco en un momento –respondió el informador, un librero jubilado a los cincuenta años de un ente oficial. Desapareció en la trastienda y regresó con un cuaderno–. Léalos usted misma –dijo a Vera indicándole una hoja manuscrita. Vera leyó en voz alta: “Inconsistente, tonto, inútil, bobo, incapaz, acomplejado, cobarde, prepotente, mentiroso, inestable, desleal, perezoso, pardillo, irresponsable, revanchista, débil, arcángel, sectario, radical, chisgarabís, maniobrero, indecente, loco, hooligan, propagandista, visionario, chapucero, excéntrico, disimulador, estafador, agitador, fracasado, triturador constitucional, malabarista, mendigo de treguas, traidor a los muertos…”
–¿Y dice usted que este hombre ha llegado a jefe de gobierno?
–Así es –afirmó el librero.
–¡Válgame Dios! –exclamó el profesor.
El periódico del día siguiente aportaba más cromos a la colección, pues aquel excelentísimo señor presidente de gobierno tildaba de “títere de los radicales” a su principal adversario político, al que profesaba tal aversión que no se explica cómo no le llamaba aversario.
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A propósito de insultos apuntó el profesor Leontief el histórico amomiado. Se utilizaba ya poco. De su origen –bien repugnante, por cierto– refirió la costumbre de algunas gentes de alcurnia de sacar de la tumba las momias de ciertos santos y acostarlas en la cama al lado de los moribundos.
–¿A santo de qué? –se interesó Vera.
–Por ver si obraban milagro –dijo el profesor.
–¿Se dio el caso?
–No, que se sepa –contestó el profesor–, aunque no faltaron amomiados que del susto y el horror de contemplar a la momia a su lado y olfatear su olor a cuero viejo pensaron: “Mira lo que voy a ser”, y recuperaron las ganas de vivir y una cierta lucidez. Ahí tenemos el caso de Felipe IV, que viéndose acompañado de la momia de San Isidro Labrador, recuperó las luces y dicen que pronunció algunas frases notables y que cambió testamento. Pero ni aun amomiado pudo vencer a la muerte y durar más de unas horas, pues, en contra de la creencia del cardenal primado y del nuncio, la momia no lo sanó. Eso no quita para que le ayudara a entrar en el cielo.
–Eso me recuerda…
–También a mí –la interrumpió el profesor, en referencia a la amomiación del último dictador español mediante el uso del brazo incorrupto de Santa Teresa de Jesús. La momia entera era imposible de reunir, ya que los restos de aquella mística emprendedora fueron dispersados a trozos. Según la política propagandística que hace cinco siglos llamaban «del corazón», quedó la buena mujer más repartida que la lotería de Navidad. El brazo izquierdo y el corazón se conservaron en Alba de Tormes, el dedo meñique se lo cortó el padre Gracián para quedárselo él, la mano derecha y el ojo izquierdo fueron llevados a Ronda y la izquierda acabó en Lisboa. El pie derecho y un trozo de la mandíbula superior fueron enviados a Roma. Un dedo llegó a la iglesia de Nuestra Señora de Loreto en París, otro viajó a Sanlúcar de Barrameda. Los demás fueron esparcidos por la España de la cristiandad.
–¿Podríamos decir que la santa andariega anduvo más en muerte que en vida?
El profesor dudó antes de responder: «Busca un cuentakilómetros. ¡Ah! Y no olvides el último viaje de la mano derecha, desde Ronda al Pardo, ida y vuelta».
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Siguiendo el curso de un río llegaron a un pequeño pueblo de catorce casas, media docena de perros y siete u ocho vecinos con caras de aburrimiento. Vera preguntó a una mujer si el pueblo tenía gente ilustre. De primeras, doña Dora se extrañó, aunque enseguida convocó a otros vecinos y entre todos fueron sacaron nombres y referencias de algunos allí nacidos que habían alcanzado cierta notoriedad. Figuraba entre ellos un aviador, la hija de una de allí que se había ido a Barcelona y se había hecho militar y había muerto en Bosnia, uno que llegó a cura y ahora decían que andaba en Roma, por lo no sería de extrañar que, con lo listo que era, llegara a obispo y a cardenal.
–Se nos olvida Recaredo –dijo, al pronto, una vecina.
–¿El tío Recaredo, dices?
–Si, el que mataron en Mauthausen.
–Ese no cuenta, no era español.
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Sostenía el profesor Leontief que no por carecer de recursos naturales eran pobres muchos pueblos y recomendaba a su ayudante que averiguase y valorase la materia gris que aportaban al Estado y a la humanidad en su conjunto. De esa consideración, rara por cierto en los tiempos del “fraking”, los parques eólicos y los huertos solares que se vivían cual fiebre del oro en la atormentada geografía Ibérica, obtuvo Vera Veraz algunos hallazgos raros, como aquella aldea en la que celebraban reuniones desde tiempo inmemorial para contarse cuentos unos a otros y, a falta de escuelas y maestros, se enseñaban también a leer y a escribir unos a otros, dándose el caso de uno que halló empleo de barrendero en la ciudad, donde tampoco había escuelas para los niños pobres, hijos de obreros, lo que le animó a recogerlos en la Casa del Pueblo cuando acababa la faena y a echarles cuentos y enseñarles el silabario y las cuatro reglas principales de la aritmética. Muchos años después, aquel hombre que barría las calles salió en un libro que escribió un dirigente político muy célebre, el cual confesaba orgulloso: “A mí me enseñó a leer un barrendero de Avilés”.
Eso no quita –añadía el profesor– para que haya otras muchas personas que llegan a la vejez sin saber qué han venido a hacer en este mundo.
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En una ciudad del norte se enteró la bella Vera de la presencia de un gran jugador –no un deportista, sino un jugador de verdad– que había ganado una fortuna y sintió curiosidad por saber cómo era. El jugador accedió a concederle una entrevista y la citó en su casa, en un barrio alto, donde pasaba unos días de vacaciones. Ella esperaba encontrar a un tipo joven o, por lo menos, de mediana edad, alto, apuesto, de recias mandíbulas y cara de granuja. Pero en vez del modelo de tahúr del Misisipi, con su chaleco, su traje oscuro y su sexto dedo, se encontró a un viejito apacible, regordete, tranquilo, azucarado y con leves síntomas de la enfermedad de Parkinson.
–¿De verdad se ha hecho usted millonario con el juego? –le preguntó cuando se hubieron sentado ante un ventanal desde el que se veía la hermosa bahía a la que se asomaba la ciudad.
–Si, con los juegos de palabras –respondió el jugador.
–Eso si es raro.
–No tanto como usted cree si tenemos en cuenta la belleza y potencialidad del castellano, amiga mía –argumentó el jugador y, a continuación, le fue mostrando algunos libros que había escrito y publicado durante su larga, exitosa y productiva vida de publicista allende el océano Atlántico, comenzando por el que tituló De la lucha de clases a la lucha de frases.