De INTRODUCCIÓN AL ABUELO
El sufrimiento, la desgracia y el engaño eran los signos del algoritmo que guiaba al Abuelo en los reportajes sobre el terreno de los que sobrevivía. Su correcta combinación abocaba a la pena y la irritación de los lectores, dos sensaciones fuertes, como exigían los editores. El infortunio humano era una fuente inagotable. Y estaba tan extendido que algunas veces llegaba al buzón de su casa en forma de boletín epidemiológico. Un día, vivamente impresionado por los datos de uno de aquellos boletines, se entregó a verificar la información y a recabar cuantos detalles le fue posible obtener de medios oficiales y oficiosos. Y si, en España había lepra, todavía. Lo noticioso (y preocupante) era el crecimiento de la enfermedad bíblica que se creía erradicada; cada año se registraban varias decenas de nuevos casos en la variante “lepromatosa” y aumentaban los contagios de la llamada “lepra tuberculoide”. Movió algunos hilos y se puso en marcha. Llegó a la localidad de Trillo, en el corazón de la Alcarria, más famosa por la instalación de una central nuclear que por sus históricos edificios, su cascada, su balneario de aguas termales de la época de los romanos, y pulsó el sentir del vecindario sobre los dos peligros que les acechaban: el atómico y el ancestral. Les preocupaba más el primero que el segundo, es decir, una fuga radiactiva que el escape de leprosos de una finca cercana donde los tenían recluídos. ¿Por qué? Estaba claro: la primera la ocultarían, y como la radiactividad no se ve, no se enterarían hasta que sintieran sus efectos dizque mortales; en cambio, si los enfermos contagiosos cruzaban la alambrada del campo donde se hallaban orillados a kilómetro y medio del pueblo y se acercaban a la plaza o entraban en algún establecimiento, enseguida la Guardia Civil los capturaba y devolvía al redil. Eso sin contar que nunca, desde que la memoria alcanza, habían infestado a vecino alguno. Acto seguido, el Abuelo y el reportero gráfico de Interviu, Carlos Corcho, que le acompañaba en su viaje a la situación, pusieron rumbo hacia el llamado “hospital leprológico”. Dentro de aquella finca vallada había dos edificios de planta baja, a modo de granja. Allí les esperaba el doctor Javier Yuste Grijalba, una autoridad sanitaria de alto nivel que se ocupaba de la salud de los españoles desde el Centro Nacional de Epidemiología y el Instituto Carlos III. Él les facilitó la tarea. Dialogaron largo y tendido con los residentes. También con unas monjas de la caridad que les practicaban las curas y atendían. Algunos, los de mayor edad, sufrían discapacidad por atrofias musculares progresivas. Otros llevaban la cara y las orejas vendadas. La enfermedad de Hansen afectaba también a los jóvenes, según pudieron comprobar. Conscientes de su confinamiento, acaso de por vida, algunos de aquellos hombres y mujeres se casaban allí dentro para que las monjitas les permitieran cohabitar y copular. Allí se veía, decía T, la fuerza del instinto y cómo el amor mitiga el dolor. De administrarles los preservativos contra la procreación ya se ocupaban aquellas religiosas. Los confinados, solos o en parejas, ocupaban las habitaciones de aquellos pabellones alargados, cada una con su ventanuco y su puerta a un patio común, empedrado con piedra arenisca y sombreado por altos pinos piñoneros, al cabo del cual se extendían unos huertos bien trabajados en los que, gracias al agua del Cifuentes y el Tajo, cultivaban coles, patatas, tomates, cebollas, fresas… y se ocupaban de varias higueras y de una hilera de rosales y otra de árboles frutales. Entretenimiento no faltaba a los que podían manejar la azada. Aparte del aumento anual del número de personas afectadas por la maldita enfermedad medieval, se trataba de contar a los lectores cómo desvivían los leprosos. Después de dos horas de diálogo con aquellas personas desgraciadas y confinadas por vida a causa del estigma social de una enfermedad mucho menos contagiosa que la gripe, T ya sabía que no sólo al huerto, los rezos y los naipes se entregaban los leprosos. Tal vez por la empatía hacia ellos, sin el menor asomo de temor al contagio, se ganó su confianza y algunos le manifestaron su esperanza de poder salir a trabajar, como hacían cada día quince residentes en buen uso. ¿En qué trabajan? ¿Dónde trabajan? Los recogía un microbús a las siete de la mañana, los llevaba a Madrid a laborar en una gran lavandería y los devolvían a media tarde. Así, todos los días, menos los domingos y fiestas de guardar. ¿Y qué hacían? Se ocupaban de meter la ropa sucia en unas grandes lavadoras, de sacarla limpia y seca, plancharla, doblarla y empaquetarla en bolsas de plástico para ser devuelta a los clientes, mayormente hoteles, residencias, hospitales y restaurantes. Además de lavar, secar y planchar sábanas, manteles, batas, servilletas, uniformes y mandiles, limpiaban alfombras con lejía, amoniaco rebajado y otros productos químicos mareantes. Era la parte más penosa de su labor. Les pagaban algo, poco. ¿Quiere decir que les explotaban de mala manera? Puede que sí, pero les daban una comida aceptable, leche y refrescos cuando querían, y, sobre todo, les permitían salir, realizarse, sentirse útiles, ayudar a sus familias. T escribió el relato sobre aquella gente y cuando, a la mañana siguiente fue a la revista a entregar los folios, ya el magnífico reportero Corcho había depositado sobre la mesa del redactor jefe las fotografías de los confinados, la factoría lavandera e, incluso, del microbús que transportaba al tajo, pero teniendo buen cuidado de que no se les viera la cara ni apareciera el nombre de la gran lavandería, pues tampoco se trataba de joder más a los proscritos.