De INTRODUCCIÓN AL ABUELO
Al Abuelo le fastidiaba ese estilo envolvente, colectivo, del “nos”, el “nosotros”, el conjunto social al que se adherían como si fueran lapas los más sesudos y reputados columnistas de opinión. “Si quieren dirigir a las masas que se presenten a las elecciones”, decía. Pero no era eso. “Si quieren que la gente piense y crea lo mismo que ellos, que se hagan imanes, sacerdotes o charlatanes de feria”. Pero tampoco era eso. Con aquel estilo mayestático, aquel uso y abuso de la primera persona del plural, implicaban a todos en los problemas creados por unos pocos. Esa era la trampa. Y por eso T detestaba aquella forma de generalizar para cubrir y encubrir a los autores de los daños colectivos. Ya lo había dicho Rafael Barret a comienzos del siglo XX: “Mientras más grave es un asunto, más lo tapan”. Aborrecía a aquellos hijos del ardid y la falacia (“líderes de opinión” les llamaban) cuyo estilo tan familiar, cercano y cargado de buenas intenciones servía para responsabilizar, encargar y cargar sobre el común la reparación de las averías y los males provocados por unos cuantos poderosos voraces, insaciables y ambiciosos. Aquellos opinadores contribuían con sus secreciones mentales a la pervivencia del daño a la naturaleza y a los enormes desequilibrios sociales y geográficos que padecían los países y el planeta. Además, sabían de todo y lo sabían todo. El desparpajo de aquellos expertos en la totalidad en proferir medias verdades y verdades a medias desde su elevada talla dizque intelectual llevaba a T a formular la clásica pregunta de por qué los intelectuales tienen más intelecto y los obreros manuales no tienen más manos. Su desprecio hacia aquellos fenómenos contrastaba con la admiración hacia algunos columnistas honrados, comenzando por Ángel Merino Galán, desenmascador de colegas filibusteros en su columna Lo que se dice y lo que se calla, y terminando por Fernando Lázaro Carreter en su El dardo en la palabra, al que consideraba un maestro necesario y fundamental. “¿Cuántos más consideras dignos de mención?”, le pregunté una vez. Y se entretuvo en hablarme de históricos y contemporáneos. Citó entre los primeros a Manuel Alcántara, quien le publicó un cuento en el periódico oficial de la dictadura, Arriba, cuando él tenía dieciséis años y servía vino en el bar donde le conoció. Era un cuento de putas y tenía mérito (su publicación) porque la prostitución estaba prohibida por el régimen. Di tu que se toleraba y que hasta el padre del dictador (tema tabú) las había diñado, decían, en un prostíbulo. También citó a Josep Pernau, quien fue su director en el Diario de Barcelona, El Brusi, decano de la prensa continental; Julio Camba, un gracioso de derechas al que no conoció en persona y del que contaban muchas anécdotas; José Antonio Novais, que escribía para Le Monde y la Agencia Efe; Ramón Gómez de la Serna, famoso por sus greguerías y ocurrencias. Contaban de este Gómez que habiendo ido a parar a Argentina durante la guerra civil (1936-39) recibió, años después, una invitación del dictador victorioso sobre una cordillera de muertos para que regresara a España y ocupara el cargo de director de la Biblioteca Nacional, con una generosa remuneración. Para entonces ya el nazismo y el fascismo habían sido derrotados en Europa gracias a los rusos, los estadounidenses, los británicos y los republicanos españoles empotrados en la resistencia francesa, pero el régimen nazifascista se mantenía en aquella España traicionada por las democracias europeas y el tirano había recibido el espaldarazo estadounidense a cambio de unos miles de hectáreas en lugares estratégicos (por ejemplo, a las puertas de Madrid y de Zaragoza) para que instalaran sus bases militares y se sintieran como en casa. El dictador, bendecido también por el Papa tras un Concordato muy favorable para la Iglesia Católica, se sentía consolidado y quería dotar de una pátina cultural a su mandato imperial. De ahí su invitación a algunos reconocidos hombres de ciencias y letras para que regresaran a la patria. Algunos, como el doctor Gregorio Marañón, pusieron sus condiciones, volvieron y se quedaron. Ramón también volvió, acudió a la entrevista con el dictador militar (“el enano asesino del Pardo”, le llamaban), agradeció el estupendo puesto que le ofrecía, pero le dijo que no se podía quedar. “¿Pero hombre, por qué?”, se extrañó el tirano. “Porque he sentido mucha pena y yo con pena no puedo vivir”, le contestó el escritor. “¿Pena de qué?”, dijo el déspota, intrigado. “Es que verá, paseando estos días por las calles, he oído que la gente habla muy mal de usted y me ha dado tanta pena que ya le digo, no me puedo quedar porque yo con pena no puedo vivir”. El dictador puso mala cara. Lógico. Para evitar su enojo y tal vez algo peor, el escritor quiso demostrar que su negativa a aceptar el alto cargo y quedarse en la patria era ajena a su rechazo de la dictadura y le ofreció escribir desde Buenos Aires para el periódico del régimen, el mencionado Arriba. De los contemporáneos, el Abuelo me citó a algunos columnistas como el catedrático de la Universidad de Salamanca Román Álvarez, cuya columna dominical en La Gaceta siempre le resultaba amena, crítica y sugerente; Juan Carlos Escudier, amargo, irónico, cáustico; Rodolfo Serrano, razonable, bondadoso y poético; José Nevado, cuyos certeros comentarios políticos le parecían saludables y alimenticios… Y algunos más cuyos nombres siempre confundo con otros de los que no logro acordarme.
