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‘La verán mis ojos’ (III)

 

Plaza Santa Ana, en Madrid. Foto de Ángel Martínez
Plaza Santa Ana, en Madrid. Foto de Ángel Martínez

Por KEY GOOD

Reservados todos los derechos.Se autoriza las citas con la mención expresa del autor y de este soporte en blog. Esta novela inédita en castellano consta de XXXl capítulos y una coda.

 

 

3.–Apuesta, muchacho

 

Sobre las tres de la tarde decaía la bulla en el establecimiento y comenzaban para Lucas las horas muertas. Se desprendía de la chaquetilla y de la corbata, confeccionaba un bocadillo, lo colocaba en el pliegue de un periódico de la mañana, lo ponía bajo el brazo y salía a la plaza de Santa Ana a alimentarse y descansar en un banco de granito ante la atenta mirada con los ojos sin niñas de la estatua de don Pedro Calderón de la Barca. Cuando terminaba la ingesta se dirigía a una cabina telefónica situada en una esquina de la plaza y realizaba varias llamadas.

Aunque era consciente de la dificultad de encontrar a Chin mediante aquel procedimiento, se decía, como en La Biblia en Verso de Carulla, que si Jesucristo nació en un pesebre, donde menos se piensa salta la liebre. Y día tras día sacaba del bolsillo aquellas páginas que había arrancado de la guía telefónica e insistía en marcar los números correspondientes a los Martínez. Preguntaba: “¿Está Rosario?”, y solía recibir la misma respuesta: “No es aquí”. En ocasiones no descolgaban el teléfono y entonces, en vez de tachar el apellido, anteponía un aspa para llamar por la noche desde la Taberna del Portugués. En Ursaría había Martínez para aburrir: más de cinco mil, de modo que si no la encontraba pronto se le iban a ir unas cuantas pesetas del bote por la ranura del negro teléfono.

De la cabina regresaba al banco de piedra y empleaba las horas muertas, hasta las cinco y media de la tarde, en la lectura de las áridas crónicas que empedraban las páginas del periódico, siempre ilustradas con fotos de personajes oscuros, feos, serios, seráficos…, los mandones. Cuando se aburría, cerraba los ojos y se dormía hasta que el agitado arrullo de las zuranas le despertaba. El sol se arqueaba hacia el oeste, la sombra avanzaba, las palomas se posaban en la estatua de Calderón de la Barca y le escarchaban la cabeza, el libro y la capa. En ocasiones, Lucas sacaba de su cartera un espejito y un peine de bolsillo y se arreglaba el pelo y la raya, pues le gustaba ir bien peinado a todas partes. Algunas veces se entretenía en espantar a las palomas de la testa de la estatua del dramaturgo mediante el procedimiento de proyectarles a los ojos y al pico un rayo de sol con el espejito. Ellas se tambaleaban y salían volando hacia los aleros de los tejados cercanos.

En una de esas descubrió la testa monda y lironda de un tipo recostado en una tumbona tras un ventanal de la primera planta del hotel Victoria y le orientó el rayo a ver qué pasaba. Medio minuto después, el propietario de aquella testa sentía el incordio solar y se arreaba un manotazo como si quisiera aplastar a un mosquito contra su calva. El asunto tenía gracia. Puesto que la cabeza del tipo que sesteaba aparecía cada tarde en el mismo lugar, Lucas repetía el juego, cronometrando por su Longines de pulsera el tiempo que tardaría el hombre en arrearse el manotazo. El juego era entretenido. Lo fue hasta que el tipo descubrió el origen del incordio y en vez de cerrar la cortina se asomó a la ventana y comenzó a gritarle imbécil. Él se guardó el espejo y le pidió disculpas, pero el sesteador se alteró más y más y le insultó con mayor fuerza. Algunos transeúntes se paraban a ver qué pasaba. Lucas se acercó a la ventana y, extendiendo los brazos, le dijo: “Usted es un majadero, pero tiene razón, soy un imbécil, del latín, sin báculo, y a la vista está que no llevo bastón”. Y se largó a paso ligero por el callejón del Gato.

No volvió a ver la cabeza del hombre que sesteaba hasta un tiempo después, cuando reconoció su cara asomada a la pantalla de la televisión. Era el celebrado dramaturgo don Joaquín Calvo Sotelo. Su sensible cabeza había resistido la proyección de un rayo solar durante un minuto antes de pegarse un palmetazo, pero eso él no lo sabía y es probable que no le importara. La profundidad del sueño o de los sueños poco importaba a los dramaturgos del régimen, cuya noble función consistía en adormecer al personal con enredos baratos.

Cuando refirió la anécdota a Leonardo Rabadán o Raba, éste le dijo que el mejor sitio para descansar y pasar las horas muertas era El Retiro. Y puesto que Lucas evitaba subir a la habitación abuhardillada de la pensión, ya que acumulaba más calor que el sótano del infierno, siguió la recomendación del veterano camarero y después de comer el bocata y de realizar algunas llamadas en busca de Chin, orientaba sus pasos por la calle de las Huertas hasta el Paseo del Prado y después subía despacio por la cuesta de Claudio Moyano, que fue ministro de Instrucción Pública, y se paraba ante los tableros de las casetas de libros que allí había para leer los títulos y hojear los que atraían su atención. En una de esas se le acercó, girando como un tornillo, un hombre fornido y pequeño con un guardapolvo gris y una boina en la cabeza.

–¿Te interesa, muchacho?

–¿Cuánto cuesta? –Le preguntó él, devolviendo el libro al montoncito del que lo había tomado.

–Diez años –dijo el librero.

La respuesta le pareció extraña.

–¿Cuánto dice?

–Diez años digo.

–Me refiero al precio –aclaró Lucas.

El librero inclinó la cabeza de un modo oblicuo y miró fijamente la mano de Lucas, cuyo dedo índice permanecía posado sobre el término “República” que campaba en la portada de aquel libro.

–¡Ya caigo! –Exclamó Lucas.

El libro se titulaba Madrid, el adveniment de la República.

–Yo de política no entiendo –dijo–, pero me creo que la República costará más de una década.

–En diez años la tenemos –dijo el librero.

–No lo creo; para eso hará falta que la dictadura se termine y que la gente rechace al nieto del rey Borbón que echó en votación el 14 de abril de 1931, si no estoy mal enterado. Y no se ven signos de que eso vaya ocurrir.

El librero permaneció en silencio, mirándole fijamente como si contemplase un lienzo. No era frecuente que un mozalbete con pantalón negro, serrín en los zapatos y pelo sudado supiera algo de la reciente historia de España. Al cabo de unos segundos, le retó:

–¿Qué apostamos a que en diez años la tenemos?

–No apuesto; si no tengo dinero para libros comprenderá usted que tampoco lo tengo para apostar.

–Algo tendrás. ¡Apuesta algo, muchacho!

–No, no apuesto. Ya me gustaría apostar y perder con tal de que viniese la República, pero a la vista está que viene un Borbón como una catedral. Dos veces echamos a los Borbones y las dos han vuelto. Y como dice el refrán, no hay dos sin tres.

–También dice que a la tercera va la vencida –afirmó el librero, volviendo a girar sobre sí mismo para controlar el negocio.

–La vencida en la historia siempre fue la Republica, según tengo entendido.

El librero volvió observarle con admiración y luego agarró el libro.

–Llévatelo, te lo regalo; me has caído bien, muchacho. ¿Cómo te llamas?

–Lucas Ubiese, señor.

–Nemesio Quintana, Nequin para los amigos –dijo el librero tendiéndole la mano. Se estrecharon las palmas y Lucas aceptó el libro. Como estaba escrito en catalán, aquel Nequin tuvo la amabilidad de regalarle un diccionario para las dudas.

–Se lo agradezco –dijo Lucas–; acepto el libro y el diccionario en préstamo, lo leo ahí arriba y a la que bajo se lo devuelvo.

–De acuerdo –dijo el librero.

Lucas despachó varios capítulos de aquellas crónicas amenas del periodista Josep Pla sobre la proclamación de la II República. Sentado en la hierba, con la espalda apoyada en un pino piñonero, se deleitó con el desagrado del autor por la existencia de un lugar llamado Madrid, se entero de los detalles de la expulsión pacífica del rey Alfonso XIII y se admiró de los codazos de los chaqueteros por entrar en el nuevo Gobierno. También se deleitó con la entronización popular del presidente Alcalá Zamora, al que llamaban El Botas y, en fin, se enteró de que el Rey depuesto por el pueblo en votación secreta, libre, universal y directa, más que abdicar dijera que se ausentaba.

Cuando desanduvo Moyano abajo, devolvió el libro y el diccionario al amable librero, señor Nequin, quien le preguntó si le había interesado. “Mucho, don Nequin, aunque sólo he podido leer la primera parte”.

Los días que siguieron, en cuanto el librero le veía aparecer, se apresuraba a buscar el libro y el diccionario y salía a su encuentro para entregárselos, al tiempo que le guiñaba un ojo en señal de complicidad y le retaba:

–¿Qué apostamos, amigo Lucas?

–Que no, don Nequin, no apuesto nada.

–¡Cobarde!

–Usted sabe que no tengo dinero y, además, me daría mucha pena verle perder.

–¡Que te crees tu eso! ¡En diez años la tenemos!

–Ni en veinte.

–Eso creo yo también, Nemesio –terció un hombre canoso, con corbata negra y traje azul raído que acompañaba al librero.

–Lo que tu crees ya lo sé, Yebra; tu crees hasta en Dios, al que no has visto, pero no crees en la República que verás a no tardar.

–Yo creo lo que me da la gana y pienso que el muchacho tiene razón.

Se organizó un pequeño rifirrafe entre el librero y el que parecía su amigo y oponente, que se zanjó cuando éste aconsejó a Lucas:

–No tengas piedad, muchacho; apuesta algo bueno, que seguro que ganas a este carcamal.

Lucas se quedó dudando. Sólo una vez en su vida había apostado y de aquello hacía muchos años. El padre dijo: “Vamos a la fiesta de los mineros” y les subió a Richard y a él en la bicicleta y les llevó a la campa donde se celebraba la romería. Era temprano. Lucía el sol de los últimos días del verano. Las familias mineras se distribuían con sus cestas de viandas por un cerro a la sombra de un pinar. En el valle se alineaban puestos de churreros, carameleros, maleteros que vendían bisutería, navajas y llaveros; lenceros que mercaban hilos de colores, medias de nailon y sedería fina; estañadores y hojalateros que ofrecían calderos, cazos y perolas; caceroleros y alfareros que exponían botijos, tazas, jarras y otros utensilios de barro cocido… Por el altavoz del escenario de la música se anunciaban competiciones, carreras de sacos, títeres para los niños, cucaña para los mozos y una demostración de perros adiestrados para rescatar a los mineros sepultados por los derrabes. Varios hombres se alinearon en dos grupos para tirar de la soga, unos hacia un lado y otros hacia el otro. Estuvieron forcejeando hasta que unos se pasaron de la raya y perdieron. Después, aquellos descamisados, formaron parejas delante de un montón de troncos de árboles y se prepararon para la siguiente competición, provistos de paquetes de clavos, hachas, escoplos, martillos y serruchos. Eran entibadores. El padre dijo: “Miradlos bien”. Pasaron por delante de ellos. “¿Los habéis visto?”, preguntó el padre. Richard y él asintieron. “Pues ahora, elegid una pareja”. Lucas señaló a dos forzudos muy feos. Richard estuvo de acuerdo. “Vamos a apostar por ellos”, dijo el padre, y se acercaron a una mesa plegable donde un hombre cerúleo, de respirar fatigoso, registraba las apuestas. “Treinta leandras por los de la mina Catalina”, dijo padre. El hombre cerúleo se guardó el dinero, puso un aspa en el papel y gritó con toda su fuerza: “¡Treinta más por Eolo y El Piloto!” El padre dijo: “Elegisteis bien: esos vuelan”. Poco después, el hombre cerúleo tocó un silbato y comenzó la competición. Los forzudos trabajaban duro y muy deprisa. Tomaban medidas, serraban los troncos, los ajustaban y los clavaban formando arquetas. Confeccionaron una arqueta y otra y otra más hasta que el hombre cerúleo tocó un silbato y gritó: “¡Tiempooo!”. El Piloto y su compadre habían trabajado deprisa, pero otra pareja de entibadores que no parecían ni tan forzudos ni tan feos fue más rápida. “Perdimos”, dijo el padre, y, en vez de comprarles una carterita para que guardaran la ganancia, les compró churros y un tazón de chocolate.

–No sé qué puedo apostar si no tengo nada –dijo Lucas.

–Lo que se te ocurra, seguro que ganas –le animó aquel Yebra.

–Bueno, pongamos el valor de esos tomos que tiene ahí arriba.

–Eso es muy poco –contestó el librero.

–¿La  Riqueza de las Naciones, poco..?

–Desde luego –repuso el librero.

–Pues usted dirá.

–Yo me apuesto la librería entera.

–Usted puede apostar lo que quiera, pero yo no puedo hacer frente…

–Claro que puedes –dijo el librero.

Y acto seguido le invitó a pasar a la caseta de madera, atestada de libros, quitó de la pequeña mesa el tablero de ajedrez en el que disputaba una partida con Yebra, entregó a éste un bolígrafo y le ordenó levantar acta del siguiente acuerdo:

“Mediante el presente escrito, Nemesio Quintana, Nequin, librero, y Lucas Ubiese, camarero, vecinos de esta villa, acuerdan apostar y apuestan por la República en términos tales que si fuere proclamada en una década o en menos tiempo a partir de los corrientes, ganará Nequin y si no fuese proclamada en dicho plazo ganará Ubiese. Ambos contendientes se juegan el valor de la caseta de libros de lance y ocasión de la que es titular Nequin, siendo aceptable para éste su contravalor en fuerza laboral”.

A continuación, y pese a la renuencia de Lucas, que si perdía se convertiría en esclavo de aquel tornillo, firmaron el documento y se estrecharon la mano.

–No te preocupes, muchacho, esto está ganado –le animó Yebra doblando el documento y guardándolo en el bolsillo interior de su chaqueta.

Aunque Lucas supuso que aquellos viejos guasones sólo deseaban politizarlo y reírse de él –lo que le importaba un pito, con tal de que aquel don Nequin le siguiera prestando libros–, con el paso de los días descubrió que el librero se tomaba la apuesta tan en serio que en cualquier asunto veía signos del final de la dictadura y del advenimiento de la República.

Así, en las noticias censuradas sobre lo que estaba sucediendo en la provincia del Sahara; en las breves notas, también censuradas, sobre la enfermedad de los naranjos valencianos (la tristeza) o sobre los brotes de cólera en Galicia o sobre los desprendimientos de piedras de los pórticos de las catedrales, víctimas de la desidia, veía muchas señales del acabose del régimen. Y también en las huelgas de los estudiantes y de los trabajadores de la construcción, la industria, la minería, la siderurgia, el transporte.

Un día le mostró a Lucas una noticia que anunciaba el paso del cometa Kohoutek y le dijo que iba a traer novedades positivas.

–¿Cuáles, don Nequin?

–Posiblemente, el final de la dictadura –dijo el librero, y a continuación le explicó que aquel era un buen cometa, no como Halley que pasó en 1910 y sólo trajo catástrofes, calamidades, nacimientos de quintillizos y de seres rarísimos como el Centauro Flores del que habó Antoniorrobles, que fue llevado a Alemania por el doctor judío Samuel Mausken y después rodó por medio mundo.

–¿No conoces la historia de Centauro Flores?

–No la he escuchado nunca.

–Pues nació en un pueblo de Valladolid a consecuencia de un desarreglo amoroso provocado por el Halley. Tenía, como su nombre indica, cabeza de niño y cuerpo de potrillo. La madre no sabía qué hacer con él. Una hija lo quería para jugar. El marido lo quería matar… Ya se disponía a tirarlo al río, metido en un saco para que se ahogara, cuando acertó a pasar por allí aquel doctor Mausken, que andaba de vacaciones recorriendo España, y se lo compró por 58 pesetas. El doctor se lo llevó a Alemania y lo entregó al Instituto Etnológico de Berlín para que lo estudiasen. El doctor murió al cabo de un tiempo y el Centauro, que había aprendido alemán y también hablaba la lengua natal, sintió la llamada de la sangre y se acercó a la embajada de España, donde el embajador Zulueta le permitió quedarse a vivir en el jardín y lo trató muy bien y le construyó un establo con escritorio, pues el Centauro Flores alimentó su instinto observador y se desenvolvió como escritor. Azorín lo admiró mucho por sus crónicas con personalidad hípica, que publicó el diario Claridades de Madrid. Pero quien le conoció de verdad fue Antoniorrobles, que me tiene escrito que cuando pase el Kohoutek y se lleve al ignominioso de una vez, vuelve de México a su casa de El Escorial y entonces, cuando eso ocurra, le iremos a visitar y él te contará las andanzas y aventuras del Centauro Flores.

Lucas se admiraba de que Nequin mantuviera una fluida correspondencia con exiliados republicanos que vivían en México, en Moscú, en Francia, en Bélgica, en Argelia y en otros lugares. A medida que fue intimando con él comenzó a descubrir la existencia de una España republicana, silenciosa y silenciada. Y aunque consideraba remoto que aquella gente pudiese reponer la Republica, reconoció que el librero no era un hipócrita en sus deseos y esperanzas. La apuesta no era una broma sino algo muy serio para el amigo Nequin.

‘La verán mis ojos’ (II)

Por KEY GOOD

Reservados todos los derechos.Se autoriza las citas con la mención expresa del autor y de este soporte en blog. Esta novela inédita en castellano consta de XXXl capítulos y una coda.

Placa de la calle madrileña en honor al poeta y ministro de ultramar
Placa de la calle madrileña en honor al poeta y ministro de ultramar

2.–Mundología

 

De esa guisa (capítulo anterior) se convirtió Lucas Ubiese en camarero de La Campana, taberna grande y famosa, situada hacia la mitad de la calle de Gaspar Núñez de Arce, que fue poeta y ministro de ultramar, en la acera derecha, según se baja desde la plaza de Santa Ana hacia la calle de la Cruz, nada más pasar el Guetaria, donde un vasco grande y calvo vendía chacolí y consomé de huesos y berzas desde las doce del mediodía hasta que se le acababa el género. Debajo de La Campana había un bar moderno y vulgar, con la barra de chapa de acero inoxidable que daba café con leche, churros, tostadas, raciones de calamares, zarajos, oreja frita, gambas a la gabardina…, de todo, y se llamaba La Oficina. Y en la acera de enfrente estaba El Gayango, que simulaba una cueva trasplantada del Sacromonte, con ristras de ajos rojos de las Pedroñeras y guindillas de la Vera colgadas del techo. A la izquierda del Gayango había una pequeña tienda con un escaparate repleto de llaveros con escudos de los más nombrados clubes de fútbol, insignias de las ciudades de España, baldosas con monumentos impresos, giraldas, acueductos de Segovia de escayola pintada, soldados de plomo, mecheros de colores y otros objetos de recuerdo para turistas, tales como virgencitas, toros negros aterciopelados con banderillas rojas clavadas encima, muñecas con trajes de faraleaes, navajas, postales y lencería fina. En aquella tienda, rotulada Recuerdos y lencería, trabajaba una chica de poca estatura, como de dieciocho años, que salía cada mañana a limpiar el vidrio del escaparate. Manolo Elimpia, cerillero y limpiabotas de La Campana, hombre vago, vulgar y con ataques de lumbalgia, le silbaba desde la puerta y a su señal se asomaban varios parroquianos para ver a la chica. Le llamaban la Ratita. Ella gastaba minifalda y se subía a una escalera de mano a limpiar la parte alta del vidrio del escaparate. Elimpia y los parroquianos se relamía con la visión de sus piernas y se agachaban y torcían la cabeza para verle las braguitas. Ella hacía como que no se enteraba, pero los veía por el reflejo del escaparate y algunas veces se volvía y les sacaba la lengua. Ellos se reían y ella les llamaba guarros, libidinosos y asquerosos. Era muy linda y muy desenvuelta la Ratita.

Rabadán cumplió su promesa y le instruyó en el arte de servir a los demás, que no es arte, sino “toda una ciencia”, sostenía. Sus lecciones fueron prácticas y teóricas, o si se prefiere, manuales e intelectuales. Las primeras incluyeron conceptos técnicos sobre el precio de los productos, el modo de llevar la bandeja sin que el peso venza al brazo, la forma de cortar el queso en aceite sin desmigarlo, el arte de extraer virutas de jamón, la técnica de abrir con una sola mano los frascos de refresco chapados con lata de lapa, el esmero en descorchar botellas de vino de reserva y de crianza sin que las briznas de corcho caigan al caldo, la suerte de abrir las ostras con puntilla y otras habilidades demostrativas de que el oficio de dar placer al paladar del prójimo exige conocimiento y sabiduría. Las enseñanzas teóricas fueron consejos. “La gente cree que para este oficio vale cualquiera, pero no es cierto, chico; este oficio requiere mucho aguante y mucha paciencia. Aquí nada es lo que parece y lo que parece no es. Aquí hay que conocer a la gente y tratar al ignorante como si fuera un sabio, al insolente como si fuera un señor educado y al señor, equilicual. Aquí hay que poner el don por delante, que es muy bueno para el bote, y dar siempre las gracias, que al cliente siempre le gusta que le den algo, aunque sea las gracias”.

Entre los consejos que Raba le dio figuraba la conveniencia de mantener la distancia con los clientes, pues tarde o temprano aprovechaban en beneficio propio la confianza que se les diese. Tenía razón Raba. Lo comprobó Lucas cuando un parroquiano habitual, llamado capitán Orejas, le dio conversación y él correspondió educadamente. En un momento, aquel capitán, que era grueso como un tonel, le preguntó si amaba a España. Él respondió que claro que la amaba, pues, como dijo don Miguel de Unamuno, “amamos a España porque no nos gusta” y, además, porque por algo es nuestra patria. Entonces el capitán proclamó alborozado ante el general Ferrari y los demás milicos de la tertulia que aquí, el muchacho, es un patriota y va a colaborar en la misión de echar el guante al Agitador.

Lucas supuso que el capitán le estaba gastando una broma, pues además de buen bebedor, le pareció algo guasón. Pero se equivocó. El Agitador existía de verdad. Era un tipo anónimo que aparecía por La Campana cuando le daba la gana y soltaba un puñado de octavillas en el mingitorio. Eran panfletos llamando a la huelga general en solidaridad con los metalúrgicos, los mineros, los ferroviarios o con los trabajadores de la edificación que reclamaban mayores salarios. Los pasquines siempre llevaban impreso el símbolo comunista de la hoz y el martillo y la leyenda: “¡Abajo el dictador!”

El capitán Orejas se descomponía cuando iba a orinar y encontraba aquellos panfletos. Y el general Ferrari, un hombre pequeño, al que Rabadán llamaba “general milagro” porque no daba la talla ni para ser soldado, bufaba: “¡Recogilondrios!, esos comunistas, hijos de puta, se ríen de nosotros delante de nuestras narices!”, y se quejaba al encargado Raba, quien se encogía de hombros y sostenía que no podía impedir que cada cual soltara su mierda en el retrete, pues la entrada era libre por orden y ordenanza del excelentísimo Ayuntamiento. “Arréglenlo ustedes, que son gente armada”, les decía.

Lucas desconocía las intenciones de los milicos cuando picó el anzuelo que le lanzó el capitán Orejas. Tampoco conocía sus feroces antecedentes. Por lo visto, el capitán Orejas y el general Ferrari, ambos de intendencia, habían depositado en la arrugada y temblorosa mano del anciano Toledo un billete de mil pesetas para que descubriera al Agitador. Toledo era un hombre muy pobre. Por no tener, ni nombre propio tenía, y le llamaban así, Toledo, por la provincia de origen, en la que trabajó de arreador de ganado hasta que se gastó y envejeció y lo despidieron. Llegaba cada tarde a La Campana con su andar inseguro, apoyado en una garrota, y se sentaba a una mesa del fondo del estadero, junto a la puerta del mingitorio, que visitaba con regular frecuencia, pues padecía de la próstata. Los milicos supusieron que colaboraría de buen grado en identificar al Agitador y le dieron aquel billete. Pero el viejo lo apretó con su mano, hizo una bola y se la lanzó diciendo: “Yo no soy un chivato, oiga”. El capitán Orejas tuvo que doblarse a recogerlo y le amenazó: “Esta la pagas, cabrón”. Y entonces el viejo le contestó con una coplilla: “Yo soy pobre y no me bajo a un arroyo a beber aunque me muera de sed”.

Aquellos antecedentes se los contó Raba la tarde que el capitán y otro contertulio de gran tonelaje, al que llamaban Marino, detuvieron a un tipo rubiasco cuando tomaba una cerveza. El hombre llevaba una chaqueta de pana abrochada –algo muy extraño en verano– y se había colocado al final de la barra, pidió una cerveza y sin probarla siquiera se encaminó hacia el retrete. Cuando regresó, los dos gruesos oficiales, Marino y Orejas, se acercaron a él por la espalda y el capitán le encañonó en el cogote. “¡Quieto, rojo, hijo de puta, o te frío de un tiro!” Del susto, el rubiasco tiró el vaso y, aunque supuestamente acababa de orinar, se meó el pantalón. El Marino agregó: “Ahora vas a saber lo que vale un peine, cabrón”, y le retorció un brazo hacia atrás. “¿No pensarás que eso de ir dejando propaganda por ahí sale gratis, verdad, hijoputa?”, le dijo Marino metiéndole el puño en el costado. El general Ferrari llamó a una patrulla policial desde el teléfono público del recodo del fondo del estadero y a los tres minutos aparecieron dos policías armados, esposaron al rubiasco, escucharon las explicaciones del capitán y se lo llevaron. Cuando salían, el general Ferrari le asestó una patada en el trasero. “¡Recogilondrios, el muy cabrón!”, dijo mirando al tendido y esperando el aplauso de la concurrencia.

–¿Qué harán con él, Raba? –Quiso saber Lucas.

–De momento, ya lo has visto, chico: ahostiarlo.

–¿Y después?

–Ahostiarlo otra vez y soltarlo. ¿Qué otra cosa pueden hacer si es un ginecólogo que deja papelitos en los lavabos con el teléfono de la consulta que ha puesto en Lavapiés para tratar a los tíos con sífilis, gonorreas y venéreas?

–¿Un médico?

–Si, chico, un ginecólogo.

–Pues lo han jodido. Les podías haber dicho que era un error, que ese no era el Agitador y evitar que lo hostiaran, ¿no? –Le reprochó Lucas.

–¡Quía, chico!

–¡Joer, Raba!

–Tú considera la situación: el Agitador acaba de dejar un puñado de panfletos cuando aparece ese pardillo… Nunca te pongas delante de un jabalí. Y esos milicos son perores que los jabalís, chico –le susurró Raba.

–Tal vez tengas razón –admitió Lucas.

–¡Nos ha jodido! Esos jabalís son peligrosos. Mira lo que le hicieron a Toledo…

–¿Qué le hicieron?

–Parece que se cruzó con el capitán Orejas y que se cayó por el bordillo de la acera y lo atropelló un taxi ahí en la calle de Atocha. ¿Lo entiendes, chico?

Lucas asintió sin poder disimular su impresión; ahora sabía que aquellos milicos eran parte de la mala gente que va infestando la tierra. Lo que hicieron al médico de venéreas le pareció cruel y ruin, y lo que aquel Orejas hizo al viejo Toledo, un asesinato.

Después de un lustro rezando, estudiando, leyendo, escribiendo poemas y jugando al balón en el internado, estaba claro que conocía poco y mal a la gente y que debía ser más cauteloso en el trato con los clientes. Tenía que medir sus palabras, aprender a oír sin escuchar y a ver sin fijar la mirada o, como le recomendó Raba, disimular su interés por las conversaciones de los parroquianos, sin que ello quisiera decir que no se enterara de lo que hablaban. También le dijo que no mirase fijamente a nadie, pues a la mayoría de la gente no le gusta que la miren. “Sólo hay una clase de personas que no soporta que no la miren: son las mujeres. Con discreción y mano izquierda, aquí vas a aprender mundología para aburrir, chico”. Eso le dijo.

Tenía razón Raba; la variedad de personajes que pasaban por La Campana y el hecho de poder observar sus circunstancias le animaba a abandonar la pensión cada mañana como si se en vez de salir a trabajar acudiese a una biblioteca a leer algún relato de aventuras. Su jornada era larga. Comenzaba a las nueve con la llegaba del jefazo Marzo y la cocinera Tinina. El jefazo le entregaba las llaves y él quitaba el candado, abría la mampara metálica y ayudaba a Tinina a descargar la mercancía que traían del mercado en el maletero del Seat 124 gris del jefazo. Eran patatas, huevos, hortalizas, leche, pan, pecado, chicharrones, salchichas, huevas curadas, mojama, jamones, fiambres selectos y marisco si el mes tenía erre.

Después bajaba las sillas de encima de las mesas, fregaba los mármoles con un estropajo de esparto y cuando llegaba el vinatero, bajaba a la cueva las garrafas de diez litros que éste dejaba junto a la barra. En una pila que había en aquella cueva de techo arqueado, con negros ladrillos carcomidos por la humedad, enjuagaba las botellas y las rellenaba de vino con una goma conectada a la boca de las garrafas. Se bebía mucho vino de Valdepeñas en Ursaría. Cuando terminaba esta tarea, subía las botellas rellenas y las distribuía en tres capachos de madera, depositados a lo largo del mostrador. Cuando llegaba el repartidor del hielo, Rabadán, que ahora entraba a las once, picaba los lingotes y depositaba unos terrones en los redondos capachos para enfriar el vino.

El hielo era importantísimo. Sólo había que ver la preocupación del jefazo cuando el repartidor se retrasaba. Si el vino y el berbiquí por el que pasaba la cerveza hasta el grifo no se enfriaban, no había cristiano que los bebiera en aquellos calurosos días del mes de julio. El tipo del hielo era un mozancón con camiseta de tirantes y pantalón vaquero que cargaba dos y tres barras heladas al hombro. Un día que se retrasó bastante, el jefazo le llamó al orden y él replicó con una estrofa cantada sobre las dentelladas de aquellos baches feroces de la carretera de Vallecas a las ruedas de su pobre furgoneta. “No somos ella ni yo, sino el puto ayuntamiento el que nos trastorna a tos y a usted le causa dolor”. Otro día que se retrasó también y el jefazo le soflamó, le contestó con el himno anarquista Hijos del pueblo que oprimen cadenas… Y a la que volvió con los sifones y las gaseosas, Raba le invitó a una cerveza. Y otro que se retrasó más todavía, coincidió en la puerta con el camarero Manolo Bolo, que entraba a las trece horas, y ambos se pusieron a cantar.

Manolo Bolo no se apellidaba así, sino Morata, pero le decían Bolo porque era redondo, calvo y bajito. Se había enamorado de la estanquera del portal de al lado, una flaca, toda huesos, y le cantaba por Angelillo, Molina, Farina… Se entrenaba para participar en un programa de televisión que ofrecía un millón al mejor. Y aquella mañana, en plena competición cantarina con el mozancón del hielo, jalonada por el ruido de los claxon de los coches que esperaban a que el mozancón moviera la camioneta para poder pasar, le retó a que se presentara con él a aquel concurso de televisión. El del hielo tomó nota y se presentó. Bolo salió airoso de la selección, pero cuando le tocó cantar en directo ante la cámara, sufrió un ataque de pánico y abandonó corriendo el escenario. En cambio, el del hielo aguantó y llegó a semifinales.

–¿Qué te pasó, chico? –Preguntó Raba a Bolo.

–Fueron los nervios.

–Pues el del hielo, ya ves.

–Es que es un tío frío.

–¡Nos ha jodido!

–Si es que yo para la televisión no valgo; para la radio sí, pero para la televisión no basta con la voz: se necesita un pelo, una estatura… Vamos, que para la televisión no valgo –decía Bolo, resuelto a poner fin a su carrera artística.

A eso de las doce del mediodía comenzaban a entrar parroquianos. Eran oficinistas, gentes del toro, jubilados, algunos de la secreta, milicos de intendencia, jefes de comercio, empleados del Tesoro y pueblerinos acomodados que acudían a las corridas de toros en las Ventas y deseaban conocer de cerca el ambiente de aquellas calles taurinas, de vino y tapeo. La bulla alcanzaba su apogeo entre las dos y las tres de la tarde. Con todos los parroquianos, pero especialmente con los reventas, aficionados a la fiesta, carteristas y taurinos había que tener especial cuidado, pues abundaban los caraduras y sisavinos. Entre la gente del toro, además de los arrimados, Rabadán tenía identificados a un par o tres de críticos sobrecogedores. “Fíjate bien y verás como agarran sobres por debajo”, le dijo a Lucas. Era verdad. Además, los sobrecogedores se dejaban invitar a vino fino, jamón, pescadillas enroscadas y otras viandas exquisitas. “Verás mañana la buena faena que ha hecho fulano”, observaba Raba. Y al día siguiente aparecía en el periódico el elogio del diestro si era el apoderado quien engrasaba o la glosa del trapío si era el ganadero el que untaba.

–Aquí nada es lo que parece, y lo que parece no es –decía Raba.

–Ya lo veo, ya –asentía Lucas.

Los señores taurinos poseían un apalancamiento fijo en las mesas siete y ocho de La Campana. El tertuliano jefe era el diestro Marcial Lalanda, ex matador de reses bravas, con pasodoble y renombre a la espalda. Ya jubilado, aquel Lalanda se ocupaba del progreso de una ganadería que había fundado en una finca de los Montes de Toledo que llamaba La Salceda y de promocionar a un sobrino que se llamaba Gregorio y era un cagueta, un torero de lo peor. Con el diestro se sentaban don Julián Lago, jefe de la clínica de toreros del coso de Las Ventas; don Juan, que no pasó de novillero y regentaba una sastrería de vestidos de torear; su compadre y amigo Molina, un banderillero jubilado, siempre lampando y más tieso que la mojama; don Pipo, hombre elegante y dicharachero, que apoderaba toreros; el cronista radiofónico Manolito Alarcón, sabio y de aire cansado, y, entre otros, el poeta y crítico taurino Medrano.

El más ameno era Molina. Entre otras habilidades, poseía la de haber nacido donde le daba la gana. Cuando algún pueblerino reconocía al diestro Lalanda y se acercaba a la tertulia a saludarle, enseguida se hacía cargo de él y prendía una conversación intrascendente con el aficionado que invariablemente conducía a la pregunta: “¿De donde es usted?” Y cuando el visitante pronunciaba el nombre de su pueblo, Molina se sorprendía y después de exclamar: “¡Hombreee!”, decía con admiración: “¡¿No me diga que usted es de…?” El visitante afirmaba. Y Molina, sin desdibujar su sorpresa, exclamaba: “¡Si ahí nací yo!”, y abrazaba al interlocutor que, ahora era el sorprendido.

Como más de uno y más de dos observaran que, por el acento, no parecía de la tierra, pues Molina no podía disimular su bética entonación, enseguida aclaraba: “Es que mi madre me llevó a Sevilla muy chico”. Y sin dar respiro al visitante manifestaba su alegría: “¡Qué casualidad, compadre! ¡Esto hay que celebrarlo!”. Y batiendo palmas, gritaba: “¡Niño, pon aquí una rondita y unas virutitas de jamón a la salud de mi compadre de su parte!” Y como entonces lo mejor que se podía ser en Ursaría era “paisano” y lo mejor que se podía encontrar era un “compadre”, el visitante pagaba la invitación de buen grado.

–¿Raba, dónde dirás que nació hoy Molina?

–Qué se yo, chico.

–En dos sitios: primero en Calasparra y luego en Cuba.

El nacimiento cubano del banderillero se produjo la tarde que el cronista José Antonio Medrano, poeta muy dotado para los tocones o adjetivos, llegó acompañado de su colega Manuel Alcántara, comentarista de combates de boxeo, y del negro José Legrá, campeón del mundo de los pesos ligeros. Nada más saludar y sentarse con los señores taurinos, Molina contó al oído de Legrá el secreto de su fortuito nacimiento en La Habana. El negro le miró con admiración, como si le creyera, pero no le creyó. Mientras Molina trataba de convencerlo, Legrá no hacía más que mirar los zapatos destartalados del banderillero retirado. Media hora después, el boxeador y sus acompañantes se despidieron sin pagar la ronda, pero antes de irse Legrá echó mano a una gran bolsa que llevaba y extrajo una caja con un par de zapatos y se los regaló a Molina. “¡Bravo!”, exclamó Alcántara. “Por más que le digo que no se preocupe, que ya ha triunfado y que no volverá a andar descalzo por las calles de La Habana ni de ningún sitio, este Pepe no hace más que comprar zapatos; tres pares de mocasines ha mercado esta mañana”. Molina se los probó. Le sentaban bien.

–¿Donde nació este Molina en realidad?

–Lo que es nacer, en Sevilla –dijo Raba.

Y a continuación le contó la historia de aquel banderillero que había salido de Triana con su compadre don Juan. Rodaron juntos por tentaderos, encierros y capeas hasta que un día a don Juan le entró el miedo. Se lo metió de un puntazo un novillo en la zona interior del muslo durante un festival en Las Virtudes, un pueblo de las estribaciones de Despeñaperros que tiene la única plaza de toros cuadrada del mundo conocido. Le cosieron y vendaron la herida, pero se ve que el miedo se le quedó dentro porque a los pocos días llegaron a Madrid y Juan le dijo a Molina que él no seguía. Cierto es que para no volver a ponerse delante de un toro bravo tuvo que lidiar a la dueña de una sastrería de toreros, mujer madura y necesitada de cariño, veinte años mayor que él. Aquella mujer se prendó, le adoptó como querido y le dio una vida regalada hasta que, unos meses después, falleció su marido, un hombre muy enfermo, y le exigió que se casara con ella. Don Juan, que no era tonto, aceptó y le siguió adulando el trapío y alegrando el cuerpo a cambio de la mitad del negocio. Pasó el tiempo, ella se murió y él se convirtió en propietario de las tiendas y talleres de la mejor y más nombrada sastrería de vestidos de torear de toda España y también de América. Y ahora, ahí le tienes, ¡millonario, chico!, viviendo a cuerpo de rey, muy bien atendido por las modistillas. Y en cambio, el pobre Molina, después de rodar de banderillero por todos los cosos de España y de América, no tiene más que la mísera paga del montepío de toreros y anda lampando y naciendo donde puede y cuando puede. En fin, la vida chico, cuestión de suerte y de… bragretazos.

Entre el abundante personerío que se posaba a mesa fija en La Campana, atraía la atención de Lucas un pájaro con gafas de montura de pasta y cristales gruesos que parecía un catedrático aunque, en realidad, era un crítico de teatro bastante sordo y menguado de facultades sensoriales. Se llamaba don Alfredo y solía platicar con un amigo, sordo también, al que llamaban como la batalla: Lepanto. Según Raba, el señor Lepanto era propietario de un horno industrial y se había hecho millonario fabricando tortas de aceite con harina, semillas y plantas aromáticas –ajonjolí, matalahúga, anises…– que exportaba envueltas en papel vegetal y debidamente empaquetadas a los países árabes. “¡Tortas de aceite, tu considera, chico, qué tontería!”, exclamaba Raba. En ocasiones, cuando les servía o se colocaba cerca de su mesa, escuchaba sin necesidad de aguzar el oído sus curiosas e hilarantes porfías sobre el circo.

–¿Te acuerdas de Eduardini? –Decía don Alfredo a Lepanto.

–¿Cómo?

–¡Eduardini, el del Circo de Estambul! –Gritaba don Alfredo.

–¡Coño, claro!

–Bueno, pues una noche, estando ahí, en Casa Madueño, en la calle de Hortaleza, con el boticario, el Madriles… ¿Te acuerdas del Madriles?

El industrial Lepanto se encogía de hombros.

–Si, hombre, el Madriles, el último calesero que quedaba… ¿Cómo no te vas a acordar del Madriles si fue el último taxista de coche de caballos que hubo en Madrid y mantuvo el negocio hasta hace bien poco, hasta que el Babieca se le murió? ¿Cómo no se le iba a morir si lo alimentaba con torrijas? –Aclaraba el crítico don Alfredo.

–Ya, ya, el Madriles –asentía Lepanto.

–Bueno, pues estando ahí en el Madueño con el boticario, el Madriles…, entró Eduardini muy apurado, con su queja sempiterna: “Si es que lo que me pasa a mi no le pasa a nadie”. ¿Pues qué te pasa hombre? “Que los payasos son un desastre, la gente no se ríe y esta noche por poco los apedrean. Tienes que hacer algo, Alfredo, tienes que hacer algo”. Bueno, veré lo que puedo hacer, le decía yo. “¿Cómo que verás?, tiene que ser ahora mismo”. Y allí mismo me ponía a elaborar un número para los payasos de Eduardini. Recuerdo uno que consistía en que el payaso listo seleccionaba entre el público al hombre más elegante y le pedía prestado el sombrero como si fuera a realizar un número de magia. Cuando volvía a la pista con la prenda de cabeza, los otros payasos se la arrebataban y comenzaban a jugar con ella. El payaso listo les rogaba que le devolvieran el sombrero, pero ellos no le hacían puñetero caso y se lo lanzaban al aíre unos a otros como un platillo volante y cuando se les caía al suelo, se lo lanzaban a patadas como si fuera un balón. El payaso listo se desesperaba y los perseguía hasta caer exhausto sobre la lona. Los payasos tontos lo reanimaban, le ofrecían el sombrero, y cuando el payaso listo se ponía en pie, seguían jugando a quítanoslo si puedes. El sombrero, claro está, iba quedado como una piltrafa. Cuando ya estaba lo suficientemente deteriorado y sucio, el payaso listo conseguía por fin cazarlo al vuelo y se lo devolvía al propietario que, entre asombrado y furioso, lo miraba, lo sacudía. Entonces el payaso listo se lo arrebataba, intentaba ahormarlo y se lo colocaba en la cabeza. La deformación era tal que el hombre elegante, alumbrado por el potente foco, parecía un tonto de capirote, lo que provocaba enormes carcajadas del público. Si es lo que yo digo, que en España hay mala, pero que muy mala leche: la gente se ríe más de la desgracia que de la gracia. ¿Tengo o no tengo razón?

–¡Coño, claro!

–¡Pues dámela!

Lepanto pedía otra rondita con unos taquitos de mojama y don Alfredo pasaba al capítulo de los enanos, “la verdadera ruina del empresario circense Eduardini”, decía.

–Eran listos, los pequeños.

–¡Coño, claro! –Afirmaba Lepanto.

–Me acuerdo una noche, ahí donde Madueño… Llega Eduardini desesperado. “Si es que lo que me pasa a mí, no le pasa a nadie”. ¿Pues qué te pasa, hombre? “¿Que qué me pasa?, que se me independizan los enanos, que me he quedado con Blancanieves y sin enanos… Esos cabrónides se me han independizado…” ¿Recuerdas que Eduardini recogía enanos en toda España, los alojaba en su casa, los alimentaba, los formaba, les pagaba algo, muy poco, y cuando estaban hechos unos acróbatas venían de otros circos, incluso de Francia, y se los llevaban a trabajar en el cine, incluso con Bergman?

El industrial Lepanto asentía y el crítico don Alfredo proseguía a todo volumen, gesticulando por Eduardini: “¡Si es que esto es un desastre, un desastre! Tienes que hacer algo”, me decía. El hombre estaba desolado porque el Bombero Torero se había independizado y se llevaba consigo a los pequeños. “¿Qué puedo hacer yo?” “Algo, tienes que hacer algo”, decía Eduardini, desolado. “¿Te queda alguno?”, le preguntaba yo. “Uno cojo, lesionado, el pobrecillo”. Bueno, pues lo transformas en Garbancito y le calzas unas botas de siete leguas, o sea que le atas con unas tanzas y que vuele con poleas bajo la carpa. Y así iba trampeando hasta que…

–¡Ya está bien, no sigas! –Exclamaba el industrial Lepanto, golpeando el mármol de la mesa con el puño.

Entonces el crítico de circo y de teatro don Alfredo agachaba la cabeza, acercaba parsimoniosamente el vaso de vino a los labios, mascaba un taquito de mojama y se quedaba pensativo.

–Una gran trapecista, Upita –exclamaba en voz baja.

Lepanto hacía que no oía, pero algo oía. Y don Alfredo insistía en hablar de la acróbata Upita.

–¡Y vuelta la burra al trigo! –Protestaba el industrial Lepanto.

–No debiste cortar su carrera –le reprochaba el crítico don Alfredo.

Entonces el industrial se enfurecía y, elevando, la voz le recriminaba:

–Tu lo que querías era que se estrellara contra el suelo para dar la noticia.

–Sabes que eso no podía ocurrir: ella volaba.

–Cierto, pero voló hacia mis brazos y no hacia los tuyos. Yo la saqué de esos andurriales y le ofrecí una vida apacible y feliz, y eso todavía te escuece.

–Una gran mujer, Upita –suspiraba don Alfredo.

–¡Coño, claro! Y eligió a un gran hombre, como corresponde –replicaba Lepanto levantándose de la silla y pagando las consumiciones. El crítico se levantaba a continuación y le seguía diciendo: “Vamos a tomar la espuela”.

Mundología se podía aprender bastante en La Campana. Bastaba con observar y prestar atención a algunas conversaciones para captar formas, expresiones, andares y andanzas. Era difícil recoger las temáticas en su extensión porque el vino tomaba la palabra de un modo confuso y deshilachado y los parroquianos se interrumpían unos a otros, cambiaban de tercio, los de la barra hablaban a gritos de toros y de fútbol, todos hacían demasiado ruido y nadie escuchaba al prójimo. Pero el tiempo y la costumbre adiestraban el oído y eso permitía a Lucas captar muchas conversas. Las de los señores milicos atraían singularmente su interés, pues abrigaba la esperanza de plantear a alguno de ellos, quizá a un alférez que le parecía menos venal, el asunto del expediente del Viejo y que le pudiera ayudar a obtener la sentencia y la liquidación de la pena. Cierto es que a medida que iba escuchando sus conversaciones, su esperanza se enfriaba.

Los milicos solían hablar por sobre entendidos y sus conversaciones giraban en torno a pilinguis, quinielas, jolgorios y apuestas. En ocasiones describían con cierto detalle a las pelotaris del Frontón de Madrid, al que acudían a apostar y a deleitarse con la visión de sus elásticos cuerpos en minifalda, y pronunciaban sus nombres ponderando sus resultados, posturas y composturas. Algunas veces mencionaban asuntos incomprensibles y proyectos tan extraños como la extracción de petróleo en los montes Pirineos.

Una o dos tardes por mes, aquellos milicos recibían la visita de dos alemanes musculosos y entrados en años, uno con el pelo al cero cual bola molondrónica, y otro, más alto, con el cabello cano, cortado a cepillo. El general Ferrari y el comandante Laurel se alegraban mucho de verles y hablaban con ellos sobre energía nuclear, obras militares, radares, armamento y… sobre el petróleo de los montes Pirineos. Lucas oía sin querer escuchar y aquellos asuntos le sonaban a sánscrito o a chino, aunque el del oro negro lo captó enseguida y lo comentó con Raba.

–¿Petróleo en los Pirineos..? ¡Habráse visto! –se sorprendió Raba.

–Pues aseguran que hay en abundancia.

–Cualquier barbaridad les vale para trincar, chico.

–¿Trincar?

–Si es que roban, chico. Son los amos de las arcas públicas y con una excusa u otra se lo llevan crudo. ¡Petróleo en los Pirineos..! ¡Menudos pájaros!

Algo de razón llevaba Raba, si no ¿a qué se debía el juego del maletín que se traía el alemán de la cabeza de bola con el general Ferrari? Se trataba de un juego físico, un cambio de posición. Cuando llegaban los germanos, el capitán Orejas se apresuraba a dejar su sitio, frente al general Ferrari, al del pelo al cero, que depositaba en el suelo, junto al friso, su maletín de cuero negro y a continuación lo empujaba con el pie hasta que el general Ferrari lo alcanzaba y estrechaba entre sus zapatos.

Los señores alemanes pedían cervezas y raciones de viandas. Les gustaba el jamón ibérico, la mojama de Cádiz, el queso manchego en aceite, las almendritas tostadas de Alicante, las albondiguillas que cocinaba la señora Tinina, las gambas de Huelva… Comían mucho, los señores alemanes. Y bebían cerveza, una copa detrás de otra, a un ritmo endiablado para los celtíberos, que soplaban vino. Cuando, al cabo de una hora, abandonaban el establecimiento después de pagar las rondas y de dejar una buena propina para el bote, el del pelo al cero salía sin su cartapacio y, poco después, el general Ferrari, aquel birria de militar que vestía de paisano y se adornaba el pecho con unas corbatas de colores chillones que daban grima, salía del estadero arrastrando los pies sobre el serrín para que no se le notara el tambaleo, empuñando el asa del maletín negro. ¿Cuánta pasta llevará allí dentro a cuenta de la búsqueda del petróleo en los montes Pirineos?, se preguntaba el joven camarero.

Aunque servía con presteza y se mantenía atento a las demandas de los clientes, que eran constantes, captaba fragmentos de las conversaciones de otras mesas; las de los señores galguitas solían terminar en discusión, con mediación y arreglo antes de llegar a las manos. Los galguitas eran dos hombres muy delgados, de edad mediana, ambos con traje oscuro, corbata fina y camisa blanca. Parecían hermanos. Uno se llamaba don Arcadio y el otro don Efrén. Les gustaba el vino con sifón y la mojama. Por lo general no hablaban entre sí, como si se hubiesen dicho todo de antemano, pero cuando llegaba un hombre grueso de calva brillante al que llamaban el señor Maestro Amado, que bebía whisky de cebada con agua y daba signos de desprecio hacia quienes tomaban fermentados, aquellos galguistas emprendían una alocada carrera de explicaciones en la que se atropellaban uno a otro y viceversa. El señor Maestro Amado les escuchaba y movía su cabezota de apóstol de lado a lado. Los galguistas discrepaban entre sí hasta que, en un momento determinado, don Arcadio concedía la razón a don Efrén y viceversa. Pero el señor Maestro Amado volvía a negar con la cabeza, dando a entender que la lección estaba mal explicada y puntualizaba, muy enfadado. Los galguistas contrarreplicaban con aspavientos. El tono de la porfía se elevaba.

En un momento determinado, un galguista llamaba a Lucas y le rogaba que invitase al jefazo a compartir un trago con ellos. El jefazo solía pasear por el establecimiento, saludando a unos y otros, o se estaba sentado en el sillón de su oficina fumando un habano. Habitualmente aceptaba la invitación y se sentaba con los galguistas y el señor Maestro Amado. Lucas le servía un vino con sifón y el jefazo escuchaba los argumentos de los galguitas y de Maestro Amado durante un buen rato, al cabo del cual decía: “sea”, y se levantaba sin haber bebido el trago. Mediante una seña indicaba a Lucas que las consumiciones de los señores corrían por cuenta de la casa. Entonces, un galguista extraía del bolsillo interior de su chaqueta una cartera y una pluma, sacaba de la cartera un talonario y, poniendo la mano de forma que nadie viera lo que escribía, realizaba un movimiento rápido de pendolista, cortaba el talón y se lo entregaba al señor Maestro Amado por un lateral de la mesa. A continuación, aquel hombre exclamaba: “¡Niño, pon aquí otro festival!” El niño era Lucas.

–¿A qué se dedica ese hombre, el señor Maestro Amado? –Preguntó Lucas a Raba.

–Ese es un tío muy importante, chico. Es concejal del ayuntamiento y tiene mucho, pero que mucho poder; manda en todo lo que se mueve.

–¿También en las carreras de galgos?

–¡Nos ha jodido! Como que es el jefe de los guardias municipales.

–No parece un tipo limpio –aventuró Lucas.

–Como todos los del untamiento, chico.

Lucas recordó un artículo que había leído en un libro de un tipo bastante gracioso, por nombre Julio Camba. Se titulaba Sobre los concejales corruptos y el autor concluía que concejal y corrupto eran sinónimos. A continuación venía otro sobre Los concejales honrados en el que aquel Camba decía que la honradez les obligaba a parecer pobres, de resultas de lo cual constituían un peligro, pues si te los encontrabas en un bar, acababas impresionado por su austeridad e invitándoles a café, copa y puro, por lo que salían tan caros como los corruptos. De todo lo cual se deducía que Raba llevaba razón al referirse a los del ayuntamiento como “el untamiento”.

Una tarde, los señores galguistas manifestaron un humor de perros ante el señor Maestro Amado. Lucas supuso que el edil les había elevado la tangente, pero no era eso. Al parecer, el excelentísimo Ayuntamiento, ante la presión al alza del índice de difuntos, había decidido la expropiación forzosa de los terrenos del galgódromo madrileño para ampliar el cementerio de Carabanchel. La discusión entre el concejal y los galguistas terminó momentáneamente con la mediación del jefazo, quien, talón mediante de los propietarios del canódromo al orondo e importante munícipe, obtuvo un arreglo consistente en el aplazamiento de la ejecución expropiadora. Tiempo después, en vez de ampliar el cementerio, construyeron torres de pisos.