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‘La verán mis ojos’ (V): «Y ustedes la verán también»

Sello de la II República
Sello de la II República

Por KEY GOOD

  

En las noches de agosto no había modo de dormir bajo las tejas calientes, así que después de los largos paseos o de las charlas a intervalos con la Rubia del Portugués, Lucas dejaba que transcurrieran las horas entre lecturas y recuerdos hasta que, ya cerca del amanecer, se enfriaban las tejas y los jilgueros entonaban sus gorjeos en el borde del ventanuco por el que entraba el frescor. Algunos se colaban en la habitación y lo cagaban todo, los muy cabrones, pero le hacían compañía y les permitía quedarse a condición de que le despertasen. Cuando, al cabo de dos o tres horas de sueño, abría los ojos y miraba el reloj, se incorporaba sobresaltado porque ya eran las nueve de la mañana y, entonces, los gorriones, como si fueran conscientes de merecer una recompensa por el servicio realizado, le acompañaban al lavabo para beber agua.

Lucas cortaba las hojas del cuaderno con las notas de la noche anterior, compraba sobres y las franqueaba desde el estanco de la Flaca –poniendo buen cuidado de pegar boca abajo los sellos con la testa del dictador, como si deseara que se le bajara la sangre a la cabeza y las diñara de mala manera por haber fusilado tanto–, a las direcciones de la tía Zulaica y del hermano Richard. Les contaba su precaria y sencilla vida en Ursaría, les hablaba de la gente que había conocido y se despedía sin otro particular. La tía Zulaica solía contestar a vuelta de correo. Richard se demoraba uno o dos meses en responder. La tía Zulaica solía contarle que las gallinas, los conejos y las cabras estaban bien y que ella, aunque se resentía de las piernas, iba tirando. Por su parte, Richard le hablaba de sus progresos. Ya era jefe de la partida de la carne de un gran hotel de aquella isla donde vivía y se lo hacía con amantes suecas, inglesas, holandesas, alemanas…, mujeres de piel blanca y suave que se iban tostando al sol y aun siendo higiénicas, cosméticas y perfumadas, disfrutaban el sexo como guarras. Algunas se lo querían llevar de arrimo y le ofrecían empleos domésticos de jardinero y cocinero.

También los frailes le contestaron a vuelta de correo y le enviaron el libro azul con las calificaciones escolares. Lo abrió y buscó con avidez las notas del último año, el quinto curso de bachillerato, pero la hoja estaba en blanco. ¿A qué obedecía la omisión? Les escribió pidiendo aclaración, pero sólo obtuvo una respuesta formal, según la cual, carecían de competencia legal para calificar el quinto curso hasta que realizara el sexto y la reválida. Escribió otra carta quejándose de lo que consideraba una injusticia y los frailes le contestaron que había aprobado todas las asignaturas, pero que no podían consignar las calificaciones porque la legalidad vigente se lo impedía. Total, que le quitaban un año.

Quien siguió sin dar señal fue el barbudo Argala. Iba para dos meses que le había llevado aquellas cartas. Las introdujo por debajo de la puerta de aquel piso de la calle de los Pajaritos y, tanto en la primera como en la segunda misiva, consignó la dirección de la pensión donde le podían encontrar. Pero estaba claro que aquel tipo no quería ayudarle ni saber nada de él. Pertenecía a esa clase de gentecilla circunstancial y sin palabra, de la que es preferible no acordarse.

Ursaría en agosto era una ciudad tan sucia y maloliente como el resto del año, pero más tranquila. Muchas sedes y establecimientos cerraban por vacaciones, otras funcionaban a medio gas, había menos gente, desaparecían los clientes habituales y llegaban sudorosos turistas descarriados que insistían en cenar a las seis de la tarde. Gente rara. La vida era más lenta, más relajada. Raba y el jefazo Marzo disfrutaban sus vacaciones y algunas mañanas Lucas se retrasaba y abría la persiana de La Campana media hora después de lo acostumbrado, pero no importaba, pues la cocinera Tinina se retrasaba una hora, el vinatero venia dos veces por semana y el mozancón del hielo permanecía fiel a sus retrasos. Entre Manolo Bolo y él se sobraban para atender a los escasos clientes. Cuanto desaparecían los turistas y los pocos parroquianos que, como el banderillero Molina, permanecían en la ciudad con encomiable fidelidad a sus costumbres, cerraban la persiana y daban por concluida la jornada. La cocinera Tinina se encargaba de contar la caja y de guardar la recaudación. Aunque pactaba las sisas con Bolo, Lucas hacía como que no se enteraba y se conformaba con el sueldo y las propinas del bote, que se repartían una vez a la semana, la tarde de los domingos.

Las horas muertas, de tres a cinco y media, eran para él las mejores del día. Se llegaba a la Cuesta de Moyano y el librero Nequin y su amigo Yebra le invitaban a sentarse con ellos en una silla plegable de lona a la sombra de la caseta y les escuchaba hablar de la guerra, de la situación presente o no les escuchaba porque se limitaban a observar el tablero de ajedrez y a pensar sus jugadas, regando de vez en cuando el gaznate con un chorrito de agua del botijo.

Algunas tardes pasaba por allí un hombre pequeño y pulcro, con la piel lechosa como un gusano de la fruta, y se paraba a saludarles. Tenía voz aniñada. Solía sacar del bolsillo de su guayavera una cajita de puros entrefinos y les daba uno, como quien regala caramelos a los niños. Nequin lo aceptaba de mil amores y le tendía el botijo, pero Yebra lo rechazaba con gesto de mil dolores. El hombre se llamaba don Igna Ben (nombre de guerra) y los puritos eran su forma de hacer propaganda clandestina de su partido, pues en el transparente papel de celofán que envolvía cada cigarro introducía una etiqueta muy fina con la inscripción ARDE. Eran las siglas de Acción Republicana Democrática Española, el partido de don Manuel Azaña, y el purito ardía, claro que ardía.

Cuando el amable señor se volvía a poner el sombrero y proseguía su camino, Yebra señalaba con el dedo las volutas que salían del cigarro de Nequin y exclamaba: “¡Puro humo!”

–Humo de puro –le corregía Nequin.

–Puro humo, la República –puntualizaba Yebra.

Esa sencilla expresión o cualquier otra que hiciera al caso bastaba para que el librero se soliviantara y ambos se enzarzaban en una discusión que podía resultar tan larga como interesante.

El contraste de argumentos entre el funcionario y el librero le parecía a Lucas una fuente de conocimientos tan buena y fiable como la de algunos libros. Desbarraban, pero sabian argumentar. Yebra podía adoptar el papel de monárquico cerril para provocar a Nequin y éste podía actuar como un republicano acerrimo para fastidiar a Yebra. Como Yebra trabajaba en el sótano de la hemeroteca municipal, encuadernando y conservando periódicos, en una lucha sin cuartel contra los estragos de la polilla y la disolución de la tinta, poseía la ventaja que le daba el trato con la prensa de las primeras décadas del siglo XX  y conocía noticias y episodios regios que Nequin ignoraba.

En una de aquellas discusiones, Nequin llamó meapilas a los Borbones y predijo que el príncipe heredero seguiría la política del palio, entregando miles de millones del erario público a los vaticanistas para que siguieran engordando la panza. También predijo que en cuanto el Borbón designado por el dictador fuera entronizado, acudiría al Vaticano a besar el anillo al Papa, lo que equivalía a besarle el culo, pues anillo viene de ano. Entonces Yebra sacó a pasear su erudición y le contestó que “ni Alfonso XIII ni su antecesor tuvieron simpatía por la religión católica”.

–¡Eso si que es bueno! –Exclamó Nequin.

–Lo que pasa es que el clero les envenenó el reinado –añadió Yebra.

–Los obispos lo envenenan todo –asintió Nequin.

–No sé si sabes que una parte de la clerecía se conjuró contra Alfonso XII y se negó a celebrar los funerales por la reina María de las Mercedes, de la que él estaba locamente enamorado. Es más, algunos obispos esparcieron tanto desprecio y rechazo hacia el rey que el pobre desgraciado acabó escribiendo en su libro de caza, tras la muerte de su joven esposa, que el único consuelo que le quedaba era contemplar las ásperas sierras de El Escorial donde había sido feliz con su Merceditas, pues ni siquiera tenía la suerte ni el descanso moral de Felipe II de ser creyente.

–¿O sea, que no creía en Dios? ¡Qué tontería!

–Lo escrito, escrito está. Y yo me digo que si hubiera vivido más tiempo, habría podido dar algún un ejemplo más contundente de su rechazo a la clerigaya carlista, pero en fin… Bueno, y cuando Alfonso XIII subió al trono, muchos curas y obispos realizaron actos de política carlista contra él. Yo creo que al XIII no le podremos negar algunos esfuerzos sinceros por separar a la Iglesia del Estado.

–¿Ah, si? ¡Eso también es bueno!

–Ahí está el decreto del matrimonio civil que eximía de toda declaración religiosa a los que quisieran casarse por el juzgado y solventaba de esa manera la pretensión de la Iglesia Católica de declarar nulos los matrimonios civiles de los contrayentes que no hubieran abjurado previamente del catolicismo…

–Puro formulismo –dijo Nequin.

–Formulismo o lo que tú quieras, pero no del que besa el ano sino del que escuece el culo al Vaticano.

–Sin haberlo deseado, te ha salido un pareado –se rió Nequin.

–Bueno, eso sin contar la famosa Ley del Candado para poner coto a las ventas de bienes y patrimonio que realizaban las órdenes religiosas al mejor postor sin dar cuenta ni a los fieles ni, mucho menos, al Estado.

–En España la clerigaya siempre ha hecho su satánica voluntad, amigo Yebra.

–Pero la voluntad de someterlos a la ley no se le puede negar…

–Ya, ya.

–Y el XIII también respaldó la reforma de Canalejas para descargar al erario de las obligaciones con la Iglesia. Y cuando, presionado por el Vaticano, Canalejas presentó su dimisión, el XIII no se la aceptó, como tampoco aceptó la de Romanones como ministro de Gracia y Justicia cuando el nuncio y los obispos desataron una cruzada contra él a raíz del decreto de protección del patrimonio cultural que prohibía a la Iglesia vender y exportar obras de arte… Y tampoco aceptó la renuncia de Manuel Pedregal, ministro de Hacienda, que intentó frenar la sangría del Estado a manos del clero, separando bienes y limitando los diezmos eclesiásticos… En fin, si el XIII no llegó a implantar la libertad de cultos, al menos lo intentó.

–¡Tonterías!

–Tonterías o no –prosiguió Yebra–, lo cierto es que los últimos Borbones no tuvieron mala fe, ni fe siquiera; otra cosa es que toparan con la iglesia, amigo Nemesio, y no pudieran hacer más.

–Sólo te recordaré, querido Yebra, que la República se proclamó contra el rey y contra el clero, ¿o no? De modo que la dudosa voluntad del XIII de reducir los privilegios del clero católico, apostólico y romano, si alguna vez existió, se disipó pronto.

–Mira, eso no te lo voy a negar. El propio XIII parecía arrepentido de haber cedido a las exigencias del clero. Nada más tienes que ver lo que cuenta Julián Cortés-Cabanillas.

–¿Qué cuenta ese reaccionario?

–Pues que estando el destronado en Roma, fue a ver al Papa Pío XI con la intención de abordar el asunto del clero en España y cuando comenzó a hablar de los problemas del clericalismo que provocaron su caída, el Papa le interrumpió bruscamente: “Eso no me lo cuente a mí, expóngaselo al nuncio Pacelli”. Y dice Cabanillas que al salir de aquella audiencia, don Alfonso le preguntó al cardenal Cacia-Dominioni, que le acompañaba, qué tenía previsto hacer la Santa Sede cuando un Papa no convenía a la Iglesia, y el cardenal, un tanto perplejo, le contestó que al ser el Espíritu Santo quien inspira a los cardenales en el cónclave, se lo lleva consigo. A lo que Alfonso XIII replicó: “¿Y no cree, eminencia, que el Espíritu Santo parece estar ahora algo distraído?”

–¡Tonterías de monárquicos lacrimógenos!

–Pues yo sostengo que el XIII acabó desengañado de la Iglesia por el comportamiento ruin y desleal de la jerarquía hacia él. Y lo que me parece más importante: espero que el nieto y heredero haya aprendido la lección y ponga las peras a cuarto a nuncios, arzobispos, obispos, deanes, confesores y demás.

–Que te crees tu eso… Puestos a esperar, seguro que eliminan el sostenimiento del culto, suprimen el Óbolo Real y dejan de mantener al Cristo de Medinaceli… Yo no descartaría que se convirtieran en republicanos.

–Seamos serios, Nemesio.

–Sí, como los burros.

–Pues yo confío en que los Borbones hayan aprendido la lección y el que viene no tropiece en la misma piedra.

–Si, como los burros.

En ocasiones, cuando venía a cuento, terciaba Lucas proponiendo a Nequin la anulación de la apuesta que se traían, pues cada día aparecía con mayor nitidez la restauración de la monarquía y el alejamiento de la reposición de la legalidad republicana, y él no deseaba añadir derrota a su derrota. Pero el viejo librero se revolvía en su taburete y le replicaba:

–¡Ni hablar del peluquín!

–Usted sabe que va a perder –insistía Lucas.

–Eso está por ver –replicaba Nequin.

–Ya lo verá.

–¡Claro que veré la Republica! ¡La verán mis ojos!, la veremos todos, y Yebra también.