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Ensayo sobre la Rareza (De 6 a 10)

Gorriones
Gorriones

Por KEY GOOD

6

El profesor Leontief cerró el libro, extrajo su libreta del bolsillo de la chaqueta y anotó algo. Vera se interesó:

–¿Qué es?

–Una palabra.

–¿Qué palabra?

Mandilandinga –dijo el profesor, reafirmando en su ayudante de campo la convicción de que de que el estudio de la rareza debía ser multidisciplinario.

7

El tren redujo la velocidad. Poco después entró en la estación de Baños y, puesto que Leontief, un hombre de acción, descendiente de un cazador de leones, no perdonaba la hora del aperitivo, se apearon y se encaminaron hacia el núcleo urbano. Llegaron a una plaza empedrada con cantos del río y se acercaron a la zona bulliciosa, unos soportales de vigas de madera ocre sostenidas por columnas lisas de roca caliza. Entraron en una cantina presidida por el letrero Se prohibe cantar y el profesor preguntó a la dama de mediana edad que trajinaba al otro lado de la barra de madera avinagrada si tenía buen vino. “Superior, de la tierra ¿Media jarrita?”. El profesor asintió y preguntó: “¿Y queso?”. La mujer contestó: “Superior, de oveja. ¿Unos taquitos?” El profesor miró a Vera y ella dijo: “Sea”.

Se sentaron en un banco de tabla sin respaldo que recorría una mesa larga y cubierta con un hule de figuras geométricas desvaídas que olía a lejía, y en lo que paladeaban el vino áspero y el agradable sabor del queso curado y leían los históricos titulares de las amarillentas páginas de periódicos con las que habían empapelado aquel ameno establecimiento de techo bajo y melancólico, entró un hombre como de treinta años, seguido de otros dos de mayor edad y solicitaron unos botellines de cerveza y se sumaron al ejercicio que ya practicaba otro parroquiano acodado en la barra de contemplar la belleza de Vera. Ella ya estaba acostumbrada al escrutinio. Conocía la errónea creencia masculina de que las mujeres y las televisiones no soportan que no las miren. Los hombres hablaban en voz alta y la miraban a intervalos. Hablaban de la potencia, la velocidad y de otras características de los automóviles. En un instante, el más joven se soliviantó y le dijo a otro:

–¡Te prohíbo que hables mal de mi coche!

–¡Tu coche es una mierda!

–¡Retira eso o te arranco la cabeza!

–¡No tienes cojones!

–¿Que no tengo cojones..? Sal fuera y verás.

–Haiga paz –dijo el tercero.

El retado estiró el brazo hacia la barra, agarró el frasco de cerveza, lo acercó a los labios como si fuera a regalarse un trago y ¡zas!, le asestó un botellazo en el entrecejo al retador. Éste se tambaleó y se apoyó en el mostrador. El agresor soltó el caño del botellín roto y le propinó un directo al hígado que le dejó tendido en las lastras del suelo. La cantinera y el otro parroquiano le ayudaron a incorporarse y le limpiaron el rostro manchado de sangre y cerveza.

–Estas cosas pasan –dijo en voz baja el profesor– cuando la idiocia insiste en expresarse.

–¿La idiocia? –dudó Vera Veraz, consciente del incendio de su luminosidad.

8

Solo uno de los cuatro ancianos que se habían sentado a tomar el sol en el poyo de la Casa del Pueblo conservaba el oído en buen estado, de modo que contestó a Vera que el más notable del pueblo era un conde reaccionario, podrido de millones que, encima, cobraba “eso de la paca” por las tierras y el ganado. Se refería a las subvenciones de la Política Agraria Común europea, conocida por sus siglas PAC. “Menudo hijo de la gran puta…”, remató el anciano su respuesta.

–¿Por qué lo dice?

–¡Coño! Si es que no respeta el convenio y paga una miseria a los braceros, el muy cabrón… Oiga, ¿no será usted pariente o eso?

–No señor –dijo Vera.

–Pues es una lástima.

–¿Por qué?

–¡Coño! Porque así podría decirle lo que se piensa de él, aunque de sobra debe saberlo el muy cabrón.

En este punto, Vera Veraz recordó la anécdota, según la cual, el dictador español llamó a Ramón Gómez de la Serna para nombrarle director de la Biblioteca Nacional con el fin de mejorar la imagen cultural del régimen. El escritor viajó a Madrid desde Buenos Aires, donde residía por decoro intelectual, y cuando estuvo ante el dictador le dijo que de buena gana aceptaría el cargo si no fuera por la pena que sentía.

–¿Pena de qué, Ramón?

–De que en la calle hablen tan mal de usted, señor. Comprenda que no debo ni puedo aceptar el cargo porque sería un director penoso.

Y regresó a Buenos Aires.

El profesor Leontief se había entretenido, contemplando algunos detalles de la arquitectura local, y se sumó al grupo, saludando a los vejetes con una ligera inclinación de cabeza. Vera le hizo una señal significando que no había nada que rascar. Él correspondió con otra indicándole que insistiera. Así lo hizo. Unos minutos después, el sano de entendederas señaló al anciano que ocupaba la esquina izquierda del poyo y parecía el más mustio y acabado de los cuatro, diciendo que “para ilustre, éste”.

–¿A qué debemos atribuir su celebridad?

–Es poeta.

–¿Célebre de verdad?

–¡Coño, claro! Usted pregunte por Frechilla a las mujeres y verá si es célebre y celebrado en cien lenguas a la redonda.

Se admiró Vera y al mirar al aludido descubrió en sus pequeños ojos azules una expresión de de picardía. Se cubría la cabeza con una boina raída y le pareció extremadamente flaco y enclenque. Tenía los huesos de la cara y los hombros tan marcados bajo la piel curtida por el aire que parecía recién salido de un campo de concentración. Quitando eso, le pareció un hombre guapo. Se acercó a él con intención de saber algo más. El vate, que no había dejado de mirar a la moza ni un instante, hizo un gesto canino, alzó la cabeza y arrugó la nariz, abriendo las aletas como si quisiera olisquearla..

–Si son del cine llegan tarde: ya se llevaron a los enanos –afirmó.

–No son del cine, Frechilla, son de la universidad –le corrigió en tono mayor el que conservaba el oído–. Ya ve –comentó a Vera–, todavía el hombre está obsesionado porque se llevaron a dos enanos de aquí a trabajar en el cine, en Francia y Alemania y en los Estados Unidos, y nunca los devolvieron. De eso ha más de cincuenta años, usted considere…

–¿Qué clase de poesía hace usted, Frechilla?

–¿Qué?

–¡¿Que cómo es la poesía tuya?!

–Romántica, como debe ser la poesía. Díselo tu, Josman, dile a esta joven, que está más buena que el pan, que yo era amigo de Pedro Salinas, el de La voz a tí debida. Y cuéntale lo demás y entra ahí, anda, y sácale un Rosalía y se lo vendes con descuento, que yo he de ir a los pardales.

–¿Qué prisa tienes, hombre?

–No es la prisa, es el condumio.

9

El profesor sostuvo que nada había de raro en un poeta local, pero cuando Vera Veraz le fue explicando que el mencionado Frechilla no había trabajado jamás y que había vivido de la poesía desde que dejó La Legión, a la edad de 30 años recién cumplidos, admitió que aquello era raro, rarísimo. Ya de nuevo en el tren, Leontief hojeó la gavilla de poemas del librito Rosalía que ella había adquirido, y confesó que no estaban mal.

Naturalmente, Vera Veraz le ahorró las explicaciones que no había podido corroborar, y entre las que no eran de poca importancia la promiscuidad del vate Frechilla. Tan fecunda había sido su actividad sexual como poética. De algún modo se podía decir que escribía con el pene. Al decir del viejo con las facultades auditivas en buen uso se apareó con muchas mujeres en cien leguas a la redonda y dedicó un poema a cada una. No siempre la inspiración le llegaba con la primera coyunda, sobre todo si estaban jugosas y eran agradecidas, añadió el anciano.

Al contrario de las matrioskas, una rareza muy grande podía ocultar otra mayor, se dijo Vera, quien tampoco desveló al profesor el singular origen del poemario que tenía en la mano. Su título, Rosalía, era el penúltimo de los cuatro nombres de la condesa consorte. Lo escribió para congraciarse con ella después de que se enterara de la publicación en la capital del Coctel de Féminas, dedicado a otras mujeres. La condesa era muy celosa, pero Frechilla le hizo saber que en su picha mandaba él. Finalmente acordaron una reparación y el poeta le dedicó Rosalía.

–¿Que cuantos polvos habrá por poema, dice usted…? A saber. Pero le diré una cosa: el trato con esa golfa le vino a Frechilla de maravilla; hasta engordó y todo y se compró buena ropa. Que ¿cuánto duró el idilio? Pues verá usted, unos tres años, sobre poco más o menos”.

–¿Y después?

–Después nada; ella se estrelló con un coche último modelo.

–Qué pena, ¿verdad?

–Pues sí, señorita, una pena. Pero le digo una cosa: la satisfacción de llamar cornudo al conde por el procedimiento de leer las primorosas poesías de ese libro no nos la quita nadie.

–¿Se ha leído mucho?

–Muchísimo; quien más quien menos, todo el mundo el mundo en la comarca tiene su volumen..

–¿Más que el Cóctel de Féminas?

–¡Coño, claro!

10

Evocaba la hermosa Vera la conversación con el anciano de buenas entendederas y miraba el paisaje primaveral del ameno valle desde la ventanilla del ten. El profesor se mostraba relajado en el asiento de enfrente, con el poemario cerrado en la mano y la mano caída en la entrepierna sobre sobre el entretenimiento orgánico. A un lado del camino de hierro había un montículo escarpado con los muñones de un castillo en ruina. Lo atrajo Vera con el zoom de su cámara para contemplarlo mejor y entonces descubrió a un tipo sentado en lo alto de la pétrea pared derruida que alargaba una caña hacia el vacío y la movía a intervalos a un lado y otro. Al ver su cara se sorprendió: era el vate Frechilla, que estaba pescando pájaros mediante el procedimiento de los hilos invisibles con mosquitos prendidos de los anzuelos. En ese momento entendió la repentina retirada del vate: ya víctima de la vejez, se alimentaba con gorriones.