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C6.–Lectura nocturna

NOVELA DE ENTRETIEMPO POR ENTREGAS/ Luis Díez.

Camino de casa con Mingus dejando su huella mingitoria aquí y allá, el inspector Tilo Dátil creyó ver al tipo que había saltado del autobús. No pudo verle la cara porque unos metros antes de cruzarse con él, el saltarín se volvió de espaldas y elevó el brazo con la mano estirada como si el saludo fascista atrajera a los taxistas. De hecho, los atraía, y el sujeto desapareció en un taxi. A Tilo le resultó extraño. Ya en el apartamento, puso la cena a Mingus (un par de salchichas de Fráncfort con macarrones hervidos), se zampó la tortilla de jamón que la asistenta Reme le había dejado en un plato tapado con una lámina de aluminio y a continuación se trasladó a la saleta, entreabrió el balcón, activó el ordenador portátil y se sumergió en la lectura del dossier que el documentalista Oliveras le había remitido por correo electrónico.

“El fuego ha vuelto a hacer de las suyas. Anoche insistió en expresarse y redujo a cenizas un racimo de chabolas de inmigrantes africanos en el paraje conocido como Pinospardos, a seis kilómetros de la localidad de Palos. Las llamas se elevaron en el cielo, alcanzando gran altura. El fuego se extendió rápidamente y arrasó todo el campamento, incluidos algunos vehículos. Por suerte, no ha habido muertos que lamentar, aunque sí heridos. No se sabe cuantos. La mayor parte de los quemados fueron asistidos en las dos ambulancias que se desplazaron a la zona. Aparte de las curas urgentes, los furgones sanitarios proporcionaron oxígeno a algunas mujeres y niños muy pequeños que no pudieron huir tan aprisa y sufrieron los dañinos efectos del humo”.

El relato de la revista La Mar de Onuba ilustraba el infierno con dos fotografías: una nocturna, de chabolas ardiendo y sombras humanas huyendo de las llamaradas, y otra diurna, al amanecer, del antiguo poblado convertido en ceniza. Sobre el terreno calcinado, todavía humeante, se distinguían los restos metálicos de dos coches y algunas motos y bicicletas. Unos cuatrocientos trabajadores inmigrantes, temporeros de la fresa (“frutos rojos”) lo habían perdido todo. Pero lo más sorprendente era que el alcalde del término municipal, un hombre con apellidos tan frecuentes como Romero y Hernández y nombre de orden religiosa, se negó a que los heridos y damnificados fueran acogidos en instalaciones municipales. ¿Por qué? Tilo buscó la respuesta en la web municipal. Palos de la Frontera contaba con edificios municipales y pabellones más que suficientes para socorrer a aquella pobre gente. Las instalaciones del magnífico polideportivo Plus Ultra, con duchas, canchas, piscina cubierta y vestuarios para dos campos de fútbol, habrían servido para cobijar y confortar a aquellos trabajadores del campo.

Tilo bebió un trago de agua para digerir su indignación. Aquel pollo nada solidario ni tampoco lo caritativo que se deducía de la profusión de fotografías en las que aparecía encabezando procesiones y otros actos católicos, le pareció un miserable de tomo y lomo. Además de alcalde, era diputado nacional del partido conservador, la principal organización política de la derecha en el poder desde el año 2011. También había sido diputado autonómico en el Parlamento de Andalucía. Por si fuera poco, tenía suerte, pues le habían tocado cuatrocientos mil euros en la lotería de Navidad, según declaró (por obligación) en el registro del Congreso de los Diputados.

Bebió más agua y siguió leyendo recortes de prensa. Las informaciones sobre la quema de asentamientos de inmigrantes en los campos de agricultura intensiva bajo túneles de plástico eran frecuentes. Los propietarios de la tierra, productores e industriales de los municipios freseros y hortofrutícolas de varias provincias andaluzas habían descubierto una mina de oro en los cultivos de primor, frutos rojos, hortalizas, flores y melones de invierno bajo un mar de plástico que crecía sin límites. La productividad era enorme. Decenas de miles de toneladas de alimentos vegetales salían de los invernaderos hacia los mercados centrales de las principales capitales europeas. Los ingresos se contaban en decenas de miles de millones de euros.

Así las cosas, la prosperidad económica provocaba la desaparición de cientos de hectáreas de pinares y la aparición en su lugar de parcelas plastificadas, con la tierra rozada, enarenada y preparada para el cultivo. La feracidad de la tierra abonada y soleada, junto a la excelente acogida de los frutos en los mercados, constituía tal promesa de millones que la plastificación crecía cada año. La única limitación era la falta de agua para regar. Pero la perforación de pozos permitía sacar a flote grandes cantidades del líquido elemento de los acuíferos subterráneos que fluían a profundidades superiores a ciento cincuenta metros. En dos décadas de explotación, los productores se habían apropiado clandestinamente de los acuíferos del Parque nacional de Doñana y estaban a pique de secar el mayor humedal de Europa, una joya de la naturaleza, refugio esencial y único de la avifauna, protegido por la ONU.

La otra limitación productiva era la falta de mano de obra, de braceros locales. Los jóvenes de las localidades prósperas gracias a la agricultura avanzada rechazaban las labores en aquellos invernaderos a más de cuarenta grados bajo los plásticos. Se negaban a correr la suerte de sus abuelos. Algunos no los conocían, pues en las comarcas del poniente almeriense, pioneras de los cultivos bajo plástico, habían quemado sus vidas y muerto antes de tiempo para salir de pobres. También en Nijar y en otras zonas del norte de esa provincia se registraba el mismo fenómeno. Y también en Huelva. El esfuerzo de aquellos abuelos, víctimas de los especuladores de los medios de producción tales como la arena, el agua, los abonos, los plásticos de mala calidad, los sulfatos, nitratos y plaguicidas, sometidos a la devolución de unos créditos bancarios con intereses abusivos y dependientes de intermediarios sin escrúpulos a la hora de vender su producción, acabaría redundando al paso del tiempo en la prosperidad de los hijos, de modo que los nietos preferirían las ciudades, los estudios universitarios y unas tareas menos penosas que el trabajo en los invernaderos. Para eso estaban los inmigrantes. Lógico. Con razón decían que los humanes somos la especie más abundante que hay.

Tilo bebió otro sorbo de agua, echó una hojeada a los datos económicos de un estudio de los sindicatos y de varias organizaciones no gubernamentales, según los cuales, los inmigrantes son un “factor clave” del crecimiento económico en nuestro país. El desarrollo agrícola les debe mucho. Desde hace más de treinta años, la agricultura intensiva basada en invernaderos, se ha desarrollado por el sur de la Península Ibérica gracias al empleo de mano de temporeros no cualificados. Así, el peso del empleo en el sector agrícola ha alcanzado el 25,10 por ciento en provincias como Almería, seguida de Huelva, con el 23 por ciento y de Murcia y Albacete, con el 11,50 y el 10 por ciento, respectivamente. Este nivel de empleo rebasa ampliamente la media nacional que, según el Instituto Nacional de Estadística, es del 4,90 por ciento del total de trabajadores. La prosperidad del sector se puede cuantificar con los 60.100 millones del valor de las exportaciones agroalimentarias cada año, lo que representa en torno al 20 por ciento del total de las ventas españolas al exterior.

Los empresarios agrícolas (también ganaderos) suplen la falta de braceros locales con inmigrantes procedentes de Rumanía, Marruecos, Ghana, Guinea Ecuatorial, Malí, Senegal y, en menor medida, de algunos países de América del Sur. Los atropan por temporada para que recojan las cosechas y después les piden que se larguen. Los freseros onubenses, por ejemplo, les ofrecen contratos en destino y les pagan el viaje desde las ciudades marroquíes de Marrakech, Kenitra, Fez… Cada año traen más jornaleras. En las últimas campañas alcanzaron la cifra de 15.000 temporeras. Prefieren a las mujeres jóvenes y de mediana edad porque, según dicen, las manos femeninas son más adecuadas para la recolección de la fresa, que es muy delicada. Además, generan menos conflictos, no fuman, no beben, no van al cine ni a las discotecas y se concentran más en trabajar y ahorrar. Entre las mujeres eligen a las casadas con hijos porque de ese modo aseguran su retorno, aunque no les pagan el viaje de vuelta.

Con todo, el contingente de temporeras marroquíes resulta insuficiente para los cuatro meses álgidos de recolección y empaquetado del oro carmesí, así que echan mano de cuantos subsaharianos, en su mayoría sin documentación legal, ofrecen sus brazos, docilidad y resignación para trabajar largas jornadas bajo los túneles de plástico. No tienen nada, son muy pobres, aceptan salarios por debajo del mínimo legal establecido. Aunque la ley obliga a los empleadores a darles alojamiento y a pagar su parte de los seguros sociales, muchos de ellos se desentienden de sus obligaciones con los más vulnerables, los que han entrado clandestinamente, arriesgando su vida en frágiles embarcaciones en el mar, de modo que su residencia y la de otros, incluidos hombres y mujeres marroquíes, son esos núcleos de chabolas que entaman en los campos, alejados varios kilómetros de los cascos urbanos de pueblos y ciudades. Construyen sus refugios con materiales de desecho procedentes de los invernaderos y las escombreras, tales como cartones, plásticos, palés de madera, cuerdas, tubos, alambres, trapos y otros elementos útiles.

Ya inmerso en la problemática de los incendios de las infraviviendas de los inmigrantes africanos, Tilo Dátil se preguntaba cómo era posible que los ayuntamientos no les suministraron agua. Tampoco alumbrado público ni otros servicios elementales. Algunas informaciones sobre las quemas referían esas carencias. La Mar de Onuba se hacía eco de una solicitud de cuarenta colectivos sociales y políticos a las administraciones públicas para que tendieran tubos con agua potable y recogieran los residuos urbanos de los asentamientos de inmigrantes existentes en la provincia de Huelva (más de cuarenta). Pero las autoridades locales y autonómicas competentes no habían movido un dedo para facilitar la vida y preservar la salud de aquellas gentes. ¿Por qué? La respuesta se resumía en un sencillo silogismo: Primero les negaban la vecindad y al no ser vecinos era como si no existieran y al no existir, las autoridades no contraían obligación alguna con los inexistentes.

El director y los redactores de aquella revista, uno de los pocos medios críticos con el poder, calificaban de “racismo institucional” la actitud de las autoridades por su incuria contra los trabajadores inmigrantes. Aunque los ignoraban, acababan reconociendo su existencia cuando terminaban las campañas agrícolas. Entonces querían que se largaran. Y puesto que muchos de ellos no tenían a donde ir, aparecía el fuego y calcinaba sus chabolas. Los incendios siempre eran accidentales, casuales y atribuidos a los propios africanos, aunque se hubieran originado en varios puntos a la vez. Los informes sindicales y de varias organizaciones no gubernamentales se referían a la quema de los poblados como una forma de expulsar a los africanos. La otra consistía en destruir las frágiles construcciones con maquinaria pesada.

Tilo miró la hora en el ángulo inferior derecho del ordenador. Era tarde, le pesaban los párpados. Cerró la libreta de notas. Había escrito “negros fogueados” y apuntado debajo algunos datos. La casuística le resultaba formidable para explicar el egoísmo, la ignorancia, la injusticia y, en definitiva, esa mugre mental y moral que llevaba a preguntarse a quién podía importar un negro más o menos. Desconectó el ordenador. Mingus roncaba a los pies de la cama. Se apresuró a ducharse y encamó. Le quedaban seis horas para dormir.