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‘La verán mis ojos’ (XXX): «Nequin y no Nequin»

En aquella Barcelona bajo las bombas, Máximo Valverde aceptó el nombre de un faccioso muerto y abandonó el Ejército republicano en retirada
En aquella Barcelona bajo las bombas, Máximo Valverde aceptó el nombre de un faccioso muerto y abandonó el Ejército republicano en retirada.

Por KEY GOOD

Algunos amigos del librero que regresaron del exilio le llamaban Nequin y otros le llamaban Máximo, lo que no dejaba de tener gracia tratándose de un hombre de estatura inferior a la media nacional, la menor de Europa. Lucas no dio importancia a la variedad nominal del viejo amigo, pues era costumbre en los años de la clandestinidad que los activistas de los partidos políticos desterrados, sojuzgados y prohibidos por la dictadura funcionaran con nombres supuestos, “nombre de guerra”, para evitar ser acusados de actividades subversivas, detenidos y torturados por la temida brigada político-social. Sin embargo, un día, al hilo de la penúltima discusión a cuenta de la apuesta que se traían sobre si en diez años vendría o no la República –Lucas que no y él que sí, que la verían sus ojos–, pensó que el doble nombre del testarudo librero podía ser útil para anular la porfía, habida cuenta de que todos los partidos políticos, con la excepción de los nacionalistas vascos, y el conjunto de los ciudadanos habían aceptado una Monarquía como una catedral. Los pueblos y naciones del Estado español eran tan gilipollas como los que más: no renunciaban a llevar pesados adornos encima de la cabeza.

Entonces recordó la tarde que el desexiliado Merino se reencontró con el librero y le llamó Máximo Valverde, de lo que dedujo que el “Máximo” con apellido era o podía ser algo más que el nombre de guerra de Nequin, acaso su verdadera identidad. ¿Cómo se llamaba en realidad don Nequin: el Nemesio Quintana de todos conocido o el Máximo Valverde, amigo de Merino y de aquel puñado de desexiliados? Si Máximo no era su nombre de guerra, podría ser su nombre verdadero y primigenio. Para saberlo tenía dos caminos: preguntarle directamente o averiguarlo por detrás. Eligió el segundo, con el fin de desarrollar su esquema. Aprovechó una reunión sabatina en la Taberna del Portugués y preguntó al viejo capitán Merino por qué llamaba Máximo Valverde a don Nequin, a lo que el respondió que era la verdadera identidad del librero. Después buscó y halló la oportunidad de solicitar a doña Luisa que le aclarase la verdadera identidad de Nequin.

De primera, ella no quería hablar del asunto, dándole a entender que los recuerdos le resultaban dolorosos, pero, poco a poco, por caminos indirectos, Lucas consiguió que entrara por el aro, y la dulce y bondadosa mujer le contó aquella historia de amor en la guerra que si no era única, pues debía de haber muchas similares en Ursaria y otros lugares, le pareció extraordinaria.

En resumen, el miliciano Máximo Valverde cayó herido de un balazo en los combates que los madrileños libraban contra los facciosos y sus moros mercenarios en la Ciudad Universitaria y fue evacuado al hospital donde ella, la farmacéutica Luisa Caver, administraba el material sanitario del Socorro Rojo y ayudaba como enfermera e intérprete a dos o tres cirujanos extranjeros de la solidaridad internacional, pues era de las pocas que se defendía en inglés y francés. De esta guisa y circunstancia conoció y trató a aquel herido, un estudiante de ingeniería, mozo inteligente, simpático, tranquilo, guapo de cara. No diría que se prendó de él, ya que todavía le dolía el corazón por la muerte de su novio, un joven de buena familia, con un defecto ideológico: era faccioso.

Quiso el destino que algunos meses después, estando ella de boticaria en el hotel Palace, convertido en  hospital de campaña, ingresaran otra vez al soldado Máximo Valverde, herido por las esquirlas de una bomba cuando luchaba en el frente del Jarama. Por suerte, no se desangró y las heridas no afectaron a ningún órgano vital, sólo a los gluteos y a la pierna izquierda. Aquella segunda convalecencia consolidó la atracción mutua y sus cuerpos y corazones se acabaron enredando. Pero Máximo se restableció y se incorporó al frente de Levante y después al Ebro. Ella pidió un destino sanitario para seguirle. Se lo negaron y se quedó en Madrid.

Fue entonces, ante el curso adverso de la contienda para los republicanos, cuando ella, que guardaba circunstancialmente el documento de identidad de su primer novio, tuvo la idea de consultar el Registro Civil y, tal como sospechaba y deseaba, descubrió que el malogrado Nemesio Quintana no había sido dado de baja, pues la Administración andaba manga por hombro a causa del conflicto y la evacuación de la capital, y el joseantoniano sólo figuraba en el libro de entierros del cementerio civil. Le resultó sencillo confeccionar un documento de defunción en papel con el membrete del servicio sanitario lo llevó a la oficina de los sepultureros para que subsanaran el error burocrático, pues el enterrado en tal fecha no era Nemesio Quintana, que ni siquiera había sido dado de baja en el Registro Civil, sino Máximo Valverde de la Fuente. El jefe de los enterradores era un cura, corrigió el error en el cuaderno de los muertos y asunto arreglado.

Doña Luisa atribuía al impulso egoísta del amor –quería a aquel joven para ella–  su deslealtad al muerto, y Lucas le dijo que era comprensible y natural que después de perder a su primer novio hiciera lo posible por salvar a aquel soldado del que se había enamorado. La iniciativa de la intrépida enfermera enamorada no quedó ahí, pues al enterarse de que las tropas republicanas se replegaban hacia Tarragona, se puso en marcha hacia la capital catalana para encontrarse con él. En Barcelona se enteró de que la división en la servía el teniente Valverde avanzaba hacia atrás y en pocos días llegaría a Barcelona. Ella le esperó. Le contó con pocas palabras lo que había hecho por él, es decir, el cambio de identidad. Si la amaba de verdad, aceptaría su nueva identidad y regresarían juntos a Madrid.

De primeras –siguió diciendo doña Luisa–, él se sorprendió. De segundas, se enfureció. ¿Cómo iba a adoptar la identidad de un faccioso? ¡Eso de ninguna manera! Porfiaron Rambla arriba y Rambla abajo toda una tarde sin que Máximo diera su brazo a torcer. Ella comprendió su error; había supuesto que la quería tanto que aceptaría el trueque de la identidad para no tener que abandonar España o enfrentarse a un destino trágico. En un momento determinado, ella soltó su mano y echo a correr diciendo para siempre adiós.

En aquella hora y en aquel momento aparecieron en el cielo aviones alemanes e italianos, que en los últimos días se dedicaban a bombardear la ciudad, y él corrió tras ella, la alcanzó y la condujo hacia una esquina. Se refugiaron en un portal, entre transeúntes y vecinos asustados. Desde el puerto también llegaban cañonazos. Los fascistas castigaban a la población civil. Máximo se sentía impotente y furioso. Se asomaba a la puerta y maldecía e insultaba a los malditos facciosos. Otros vecinos hacían lo mismo. Todos sabían que no servía de nada gritar a aquellos hijos de puta, pero se asomaban a la puerta, levantaban el puño, gritaban, se desahogaban.

Cuando el estruendo y la rabia amainaron y la humareda polvorienta comenzó a disolverse dejando al descubierto los destrozos, ella se encontró llorando entre los brazos de Máximo, que le pedía que no tuviese miedo y le prometía despedirse aquella misma noche de algunos compañeros y acompañarla a Madrid. Después de todo, sabía que la guerra estaba perdida. Los mandos republicanos contribuyeron además a facilitar la deserción con su decisión de abandonar la defensa de Barcelona para evitar más daños a la ciudad. Por si fuera poco, los rumores de que algunos elementos del Estado Mayor y varios ministros de aquel Gobierno que repetía la consigna de que resistir era vencer se dedicaban a evacuar sus vienes y poner a salvo a sus familias en Francia, acabaron de despejar sus dudas. Se despidió de varios amigos y antes del toque de diana, abandonó el cuartel. Unas horas después, un cobarde perfectamente trajeado, cuyo documento de identidad llevaba escrito el nombre de Nemesio Quintana, subía a un vagón del tren con destino a Madrid en compañía de una bella señorita.

Es verdad –añadía doña Luisa– que a Máximo le costó un tiempo aceptar su nueva identidad, pero gracias a ella se libró de la persecución que el dictador desató contra los rojos y contra todos los demócratas republicanos después de ganar la guerra, y obtuvo incluso de los regidores municipales la concesión por ochenta años prorrogables de la caseta de librería junto a la verja del jardín Botánico. La repugnancia de su nueva identidad la superó Máximo haciéndose llamar Nequin. Si alguno le preguntaba por el sentido de su nombre, se limitaba a decir que era comercial. Y si alguien insistía en conocer el significado, cosa que sucedía de pascuas a ramos, satisfacía la curiosidad del interpelante explicándole que venía del latín, concretamente del verbo irregular “nequeo”, que quiere decir “no ser o no estar”. Y por si el curioso metomentodo quería saber cómo se le había ocurrido, tenía preparada una respuesta muy acorde con su actividad, pues vendía libros de ficción, de personajes imaginarios que ni eran ni estaban ni existían en la realidad. Y no mentía, Nequin.

La misma bombilla que llevó a Lucas a averiguar la suplantación de identidad del librero para salvar su piel de la crueldad del tirano, iluminó, poco después, la escena que le permitió resolver de una vez por todas la apuesta con el testarudo. Aprovechó un atardecer ya invernal en el que Nequin había ganado a Yebra al ajedrez y se sentía feliz, para preguntar a éste si todavía guardaba el acta de su apuesta con Nequin.

–Naturalmente –dijo Yebra.

–¿Me la podría enseñar usted?

El bondadoso empleado municipal buscó en la cartera de bolsillo, que llevaba atada con una goma, y extrajo el medio folio que él mismo había escrito como fiduciario de la puja sobre si vendría o no la República.

–¿Me puede dejar ese papel un momento?

Yebra le entregó el documento y entonces Lucas se  lo mostró a Nequin diciendo: “Aquí pone Nemesio Quintana, yo aposté con Nemesio Quintana, pero, como usted sabe, ese hombre no existe. Por consiguiente, por honradez y porque no quiero verle derrotado, abuelo, doy por anulada la apuesta”.

A continuación rompió el papel en trocitos con una satisfacción y un deleite comparable al de un escolar que termina una larga división sin comas, decimales o restos. El librero se quedó mudo. Lucas le tendió la mano, pero él la rechazó. Entonces Lucas le abrazó a la fuerza y le dijo que comprendía su secreto, que cada persona tiene el suyo y que debía entender que no aceptase su trampa en el solitario para desplumarle, pues no sería ético por su parte.

Nequin miró a Yebra, pero éste se encogió de hombros dándole a entender con una mueca de extrañeza que nada podía hacer contra el avezado periodista que tenía la obligación de descubrir la verdad. Luego, los días que siguieron, Nequin trató a Lucas con distancia y frialdad. Ya no volvió a preguntarle por sus tareas periodísticas y ni a hablar con él de política, le contestaba con monosílabos y daba signos visibles de estar muy enfadado y de no querer verle ni en pintura. Mas, ¿cómo iba a suponer Lucas que la solución y disolución de la apuesta iba a provocarle tanta contrariedad y desazón? ¿Acaso creía seriamente que la verían sus ojos? “No, Nequin no”, le habían dicho sus amigos. ¿Hasta donde podía llegar la obsesión de un hombre por los ideales perdidos? Lucas no lo sabía, no era experto en la mente humana; sólo intuía la decepción de un hombre que ni siquiera podía recuperar su nombre, pues Máximo Valverde estaba muerto y Nemesio Quintana enterrado. Después de todo, tenía razón Raba: “Nada es lo que parece y lo que parece no es”.