Archivo de la etiqueta: Mauthausen

Homenaje (en París) a Boix, el fotógrafo del infierno de Mauthausen

Franscesc Boix durante su declaración en el juicio de Núremberg sobre los nazis

A los 19 años ya había sobrevivido a mucha mala leche. Conocía los efectos de los bombardeos alemanes sobre Barcelona, la metralla de sus aviones contra las interminables hileras de soldados y paisanos que al final de la Guerra Civil buscaban refugio al otro lado de la frontera de Cataluña con Francia. Ni siquiera en aquellas circunstancias llegó a imaginar la crueldad y el horror que le quedaba por sufrir. Era el reportero gráfico Francesc Boix Campo (Barcelona, 1920-París, 1951), republicano, idealista, con una perenne sonrisa en los labios. Fue el “fotógrafo de Mauthausen” (Austria) y también el único español que pudo testificar contra los jerarcas nazis en el proceso de Nuremberg.

Gracias al historiador Benito Bermejo tuvimos noticia en 2002 de la existencia y la obra de Boix: las imágenes robadas a los carceleros de las SS de aquel campo de exterminio en el que mataron a más de 5.000 republicanos españoles. Con ocasión del 70º aniversario de la liberación del campo de exterminio de Mauthausen-Gusen, la editorial RBA lanzó una magnífica edición del libro de Bermejo, ampliada con más de 200 fotografías conseguidas por Boix, y con prólogo del escritor Javier Cercas.

Bermejo me comentó entonces: «Por cierto, que la concesión de la sepultura de Boix ya ha vencido, y desde la Amical de Mauthausen en Francia han solicitado a la alcaldesa de París, Anne Hidalgo, que sus restos puedan ser trasladados al cementerio Père-Lachaise, uno de los más visitados del mundo, donde reposan las grandes celebridades francesas de nacimiento y adopción». Sería un gran gesto por parte de Hidalgo que los restos del fotógrafo catalán pudieran descansar en el lugar que acoge los de grandes personajes desde Molière a Proust. También al expresidente del gobierno republicano español Juan Negrín y a la reportera Gerda Taro, compañera de Robert Capa.

Y, naturalmente, la socialista Hidalgo, ha respondido con generosidad, de modo que el próximo 16 de junio, los restos mortales de Boix serán trasladados con toda solemnidad al cementerio de las grandes personalidades y recibirán honores de Estado, en una ceremonia en la que está prevista la presencia de la alcaldesa y de representantes del Gobierno francés. El desinterés (cuando no desprecio) del Ejecutivo derechista español por la memoria democrática ha llevado a la oposición parlamentaria a aprobar una proposición no de ley (a la que se ha sumado el PP) exigiendo la presencia de una representación oficial española en los actos.

Quien asistirá si el tiempo y los achaques de su avanzada edad (el 30 de agosto cumplirá 96 años) no se lo impiden, será Ramiro Santiesteban Castillo, el preso número 3237 de Mauthausen y el último superviviente español (nació en Laredo, Catabria). Ramiro tenía 15 años cuando le deportaron a Mauthausen con su padre y su hermano y allí conoció y entabló amistad con Boix. Los dos lograron salir vivos de aquel infierno nazi.

¿Quién era Boix, por qué acabó en Mauthausen, cómo consiguió burlar la vigilancia de los nazis y esconder aquellos fotogramas? “Yo conocí la existencia de Boix –explica Bermejo– a finales de los años noventa. Las primeras fotografías me las enseñó un socialista de Arganda (Madrid) que vivía en Toulouse. Se llamaba Enrique Tapia y había sido mecánico de la aviación republicana y en Francia trabajó en Aerospatiale y creo que también tuvo un taller de bicicletas. El propio Boix le había entregado aquellas fotos en 1946 con ocasión de un acto con Pasionaria, y el hombre las guardaba como oro en paño”.

Bermejo trabajaba entonces en el rescate de la memoria de las víctimas españolas del holocausto –ha filmado más de setenta entrevistas con supervivientes y familiares directos para un programa de la UNED en colaboración con la profesora Alicia Alted y ha elaborado el Libro Memorial sobre los españoles en los campos de exterminio con la también historiadora Sandra Checa–. Cuando Tapia le mostró aquellas fotografías quedó impresionado y adquirió conciencia del valor y la inteligencia de Boix y de la importancia de su legado histórico.

“Algún tiempo después, en el año 2000 –añade Bermejo– surgió la oportunidad de participar en un documental que iba a dirigir Llorenç Soler y producir Oriol Porta sobre la figura de Boix: Un fotógrafo en el infierno. Soler ya había hecho otro documental sobre Mauthausen en 1974, yo creo que el primero que se hace en España. Hicimos el documental, que fue una experiencia formidable, y, a continuación me plantee hacer un libro, que se publicó en 2002. Fue una obra que ayudó a muchos descendientes de las víctimas a identificar a sus familiares.

El joven Boix, al que su padre había enseñado las técnicas fotográficas, cruzó la frontera francesa por Portbou en los primeros días de 1939 junto con miles de refugiados republicanos españoles que, derrotados y desarmados, fueron confinados en los arenales playeros de Argelés y otros pueblos hasta Marsella. Él y otros muchos se aprestaron a defender a Francia de la amenaza de las tropas invasoras de Hitler. Unos fueron a la Legión Extranjera, otros se sumaron a las tareas de ayuda al Ejército francés hasta que la ominosa capitulación del mariscal Petain, en la primavera de 1940, les convirtió en prisioneros de guerra de la Wehmacht. Francesc Boix era uno de ellos. A finales de agosto fue sacado del campo de prisioneros y deportado con otros 350 compañeros españoles al centro de trabajos forzados en las canteras austriacas de Mauthausen.

Miles de presos desnudos en el patio de Mauthausen/Foto de los nazis escondida por Boix

Aquel sería poco después, a partir de septiembre de 1940, el lugar elegido por los jefes nazis Hitler y Himmler, de acuerdo con Franco y su cuñado Serrano Suñer, para exterminar a la mayoría de los republicanos españoles, tanto si combatían en la resistencia como si permanecían refugiados pacíficamente en lugares como La Vernet, cerca de Angulema. De los casi 8.000 españoles que llevaron a Mauthausen, más de 5.000 murieron de hambre, agotamiento, frío y enfermedades. Y también asesinados a tiros por los carceleros de las SS. Los que eran sacados del campo, ya no volvían. Los llevaban a las cámaras de gas de Hartheim. Los que morían en el campo también desaparecían, transformados en humo y ceniza en los hornos crematorios.

No es exagerado decir que en aquella sede del infierno –sin olvidar otras en las que sufrieron y murieron cientos de republicanos españoles como Dachau, Buchenwald, Treblinka, Sachsenhausen, Neuengamme…– tuvo Boix una suerte de mil diablos, pues los nazis necesitaban a alguien que supiera fotografía y revelara las instantáneas que tomaban para enviarlas a Berlín. El laborante que tenían, el preso español Antonio García, fotógrafo de profesión, no daba abasto, necesitaba ayuda, y esa ayuda se la prestó Boix.

Prisionero muerto sobre la nieve junto a las alambradas de Mauthausen

Si el instinto de supervivencia de García le impedía romper las reglas, pronto Boix demostró que no le asustaban los malditos carceleros de las SS y, de acuerdo con varios compañeros, ideó la forma de guardarse los negativos y ponerlos a buen recaudo. ¿Cómo? Entregándoselos a uno de los pochacas, que eran un puñado de presos a los que llevaban a trabajar diariamente a una empresa nazificada fuera del campo. Les llamaban así porque el nombre de aquella empresa se pronunciaba pochaca. Ellos consiguieron que una mujer que acudía a aquella fábrica aceptara esconder los negativos en una pared de piedra de la finca que rodeaba su casa.

Pasó el tiempo y Boix logró sobrevivir a la barbarie. Fue uno de los 2.700 españoles que salieron vivos de aquel infierno. El 3 de mayo de 1945, cuando llegó la primera patrulla de exploración estadounidense, los SS ya se habían apresurado a destruir y quemar las pruebas del exterminio y a poner tierra de por medio, dejando el campo en manos de unos policías y bomberos austriacos, aunque, de hecho, los españoles ya se habían hecho cargo de las instalaciones. Boix era uno de ellos. Suyas son las fotografías de la pancarta de bienvenida que encontraron los aliados en castellano en lo alto de los muros de Mauthausen.

Pancarta de bienvenida en castellano en el campo de exterminio a las tropas norteamericanas.

Tras la liberación, Boix y sus compañeros de cautiverio decidieron crear un grupo de trabajo para ordenar la documentación que habían salvado e identificar al mayor número posible de muertos. Ellos pusieron a disposición de la Cruz Roja y de los organismos internacionales en Ginebra toda aquella documentación. Téngase en cuenta que por aquel campo de exterminio pasaron más de 300.000 personas de varias nacionalidades. Boix rescató los negativos y se centró durante varios meses en la tarea de documentar y fechar aquellas fotografías.

Los jerarcas nazis no contaban con el impresionante testimonio gráfico escondido durante años por el valiente fotógrafo español con la ayuda de sus bravos compañeros comunistas. Pero allí estaban las pruebas de su criminalidad sin límite. Allí aparecían los máximos responsables, Himmler, Ziereis, Kaltenbrunner…, visitando el campo de exterminio. Boix consiguió declarar ante el tribunal de Nuremberg. No lo tuvo fácil porque era español y España había quedado oficialmente al margen de la guerra. Pero el dictador Franco había suprimido oficialmente la nacionalidad a los refugiados republicanos españoles, los había convertido en apátridas, y Boix logró que le incluyeran entre los testigos franceses. Los jefes del III Reich quedaron boquiabiertos ante el testimonio de Boix, acompañado de las fotografías que entregó al tribunal. Uno de ellos, Kaltenbrunner vociferó en alemán: “¡Son falsas!” y, viéndose perdido, alegó que había técnicas de trucar de las fotografías. Su argumento no le libró de la horca.

Boix, cubriendo el Tour para L’Humanité

Algunas de aquellas fotografías sobrecogieron a la opinión pública francesa cuando Boix las publicó en L’Humanitè, el periódico francés en el que entró a trabajar de reportero gráfico. Era un tipo admirado y querido por sus compañeros. No duraría mucho. Los estragos del campo de concentración habían minado irreversiblemente su salud y en 1951 tuvo que abandonar la cobertura del Tour de Francia y regresar a París, donde murió de tuberculosis a los 31 años de edad. En nuestro diálogo sobre la figura de aquel valiente, el historiador Bermejo no duda de que si le dieran a elegir un lugar en el cementerio francés de los grandes personajes, probablemente se instalaría a la sombra del Muro de los Federados, los héroes de la Comuna de París. Y así será.

 

 

Habla Silvia Cueto, la abanderada republicana de Mauthausen

Silvia, hija de un español superviviente del campo de exterminio nazi de Mathausen afirma que mientras ella viva ondeará la bandera republicana/ Foto: SDC

Silvia Dinhof-Cueto prometió a su padre que mientras ella viva ondeará la bandera republicana en el campo de exterminio nazi de Mauthausen (Austria), donde murieron cinco mil españoles. Su padre, Víctor Cueto, nacido en Ceceda (Asturias) en 1918, sobrevivió a aquel infierno porque un nazi lo sacó de la cantera y lo mandó a trabajar en una huerta; comía algún tubérculo a escondidas; pesaba 39 kilos el día de la liberación, hace ahora 70 años. Se quedó a vivir en Austria y falleció en Lenzing en 1990. Ella ha cumplido su palabra, aunque no le ha resultado fácil porque después de tantos años de desprecio y olvido del Estado español, es como si el símbolo que recuerda que aquellos españoles que lucharon y murieron por la libertad eran republicanos, molestase a alguien. En conversación telefónica para este blog, Silvia explica:

Nunca hemos tenido el reconocimiento legal de las autoridades españoles, y siempre hemos sido los familiares quienes rendimos homenaje a nuestros seres queridos asesinados y supervivientes de los campos. Todos los años, el Día de la Madre, 3 de mayo, coincidiendo con la liberación, hemos ido las hijas e hijos, las viudas, los nietos y nietas a rendirles homenaje, aparte de acudir al acto oficial. Recuerdo a mi padre, a Ana, de 84 años, que iba con su compañero, y a otros ya fallecidos que no aceptaban otra bandera que la republicana. Luego algunos entendieron que también debía ondear la constitucional y lo aceptamos. Después hemos visto que quitaban la republicana y la hemos vuelto a poner. Yo sé cuánto les duele esa acción injusta y arbitraria.

¿Cuántos supervivientes quedan en Austria?

Ya no queda ninguno con vida. Mi padre murió en 1990 y el último que quedaba, Frank, falleció en 2001. El también dijo que mientras viviera ondearía la bandera republicana, y al año siguiente faltaba, la quitaron.

Quiere decirse que el Gobierno español ya no tiene a nadie a quien condecorar.

Así es.

¿Por qué ese empeño con la bandera? ¿Puede explicarlo a las nuevas generaciones que acaso no comprendan ese afecto simbólico?

Por respeto a la verdad histórica. Los que lucharon y murieron por la libertad eran republicanos. Franco les quitó la nacionalidad española. Yo nací apátrida, y si no hubiese sido por los estadounidenses que dijeron: “No nos movemos de aquí hasta que no se resuelva la cuestión de la nacionalidad de los supervivientes”, no habría podido adquirir la nacionalidad austriaca.

Bueno, ahora, a raíz de una interpelación de Esquerra Republicana de Cataluña (ERC), el Gobierno se ha comprometido a reconocerles jurídicamente y a considerarles como víctimas del franquismo.

Hasta que no lo vea, no lo creo. Ya hace diez años dijeron algo parecido y no han hecho nada. Salvo dos o tres embajadores que se han portado bien, no tenemos nada que agradecer al Estado español.

¿Cree que debería ir el jefe del Estado a rendir homenaje a las víctimas?

Lo que me gustaría es que España fuera una República, que es lo lógico y lo democrático. No me gustan las monarquías, ni la española ni la británica, ninguna. Pero si al jefe del Estado, al Rey, se le antoja pedir perdón, estaría bien; fueron víctimas del Estado español (franquista) y no han tenido el reconocimiento jurídico como tales víctimas. Por el contrario, los gobiernos españoles han cambiado las leyes para impedir que se haga justicia y se persiga a los culpables.

Silvia y David Moyano, superviviente de Mauthausen, encabezaron en 2008 la petición de extradicción a Estados Unidos de cuatro carniceros de las SS residentes en aquel país para que fueran juzgados por crímenes de lesa humanidad por la Audiencia Nacional española, pero lo más que consiguieron fue el procesamiento de tres. Con ellos firmaban la petición Jesús de Cos Borbolla, cuyo padre, Donato de Cos Gutiérrez, fue hecho prisionero en Dunkerque y exterminado en Gusen; Concha Ramírez Naranjo, cuyo marido, Gabriel Torralba, estuvo internado en Auschwitz y fue trasladado posteriormente al campo de concentración de Flossenbürg, donde fue liberado por las tropas estadounidenses; Aurore Gutiérrez, cuyo abuelo Agustín Puente Lavin y dos tíos, Marcos y Francisco Puente Izaguirre, fueron exterminados en Sachsenhausen, en cuya enfermería permaneció el líder de la UGT, Francisco Largo Caballero, desde el 31 de julio de 1943 hasta el 24 de abril de 1945, una semana antes de que el campo fuera liberado por una unidad militar polaca.

El padre de Silvia, Víctor, tenía 21 años cuando cruzó los Pirineos junto con los miles de republicanos derrotados por las tropas de Franco con la ayuda de Hitler y de Mussolini. Enseguida se alistó en las compañías de trabajo para fortificar la defensa francesa contra los nazis, la fracasada línea Maginot, y fue trasladado en un tren a un stalagen Alemania, un campo de concentración con unos barracones infectos, donde permaneció hasta que, en septiembre de 1940, Franco dio el visto bueno a Hitler para que exterminara a los españoles y éste ordenó deportarlos a Mauthausen, uno de los campos más duros, al que iban a parar los “enemigos políticos incorregibles del Reich”. Tras la liberación, Victor se quedó en localidad austriaca de Lenzing, donde reside su hija, que nunca podrá olvidar la primera visita que, siendo niña, hizo con su padre a Mauthausen, ni el lugar, una sombría esquina, donde los perros dóberman, adiestrados como vigilantes, descuartizaban a los presos más díscolos que les echaban los carceleros nazis para alimentarlos. “Era una esquina terrible”, recuerda.