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20.–Atado por un contrato

De INTRODUCCIÓN AL ABUELO

Después de un tiempo reportando historias sin sufrir las ataduras de empresas y patronos, el Abuelo recibió la oferta del director de un gran periódico catalán de trabajar para ellos en exclusiva con un contrato indefinido. Lo consultó con la abuela Goyi y sopesó los pros y los contras. En un platillo de la balanza estaba su libertad, entendida como libre albedrío y santa voluntad, adornada con las flores de la independencia (“A los quince años perdí la edad de obedecer”, solía decir sin añadir que también perdió a su padre) y apoyada en una autoexplotación que le reportaba ingresos suficientes para el mediano pasar con los reportajes y las crónicas que mercaba a semanarios y agencias de noticias. Entre las colaboraciones que más cuidaba figuraba una historia mensual para la revista Ciudadano, fundada y dirigida por el buen periodista y excelente persona Eriberto Quesada Porto, un orensano de pro, de familia de grandes pintores, al que conocía como amigo, socio y redactor jefe de otro gran periodista, Alfonso S. Palomares, también galego y director del semanario Posible, en el que el Abuelo colaboró. Eran gente sencilla, de izquierdas sin dogmatismos, defensores de la libertad y los derechos humanos, sindicales y sociales. La revista mensual Ciudadano fue concebida como una herramienta de defensa de los consumidores y usuarios –la primera que hubo en España tras la oprobiosa– y consiguió gran aceptación social. Téngase en cuenta que éste no solo era el país de Rinconete y Cortadillo, sino también de la informalidad y la chapuza, en el que, como dijo un ministro llamado Carlos Solchaga, cualquiera podía hacerse rico en poco tiempo. Sobre todo si era un sinvergüenza carente de escrúpulos. Eso no lo dijo. El éxito de Ciudadano se debía además a los informes rigurosos sobre los productos de consumo y a las denuncias de los abusos de las grandes compañías de suministro de servicios esenciales. A falta de normas, controles administrativos y sanciones judiciales, al menos una publicación defendía a los consumidores y contribuía en lo posible a prevenir desgracias como el envenenamiento masivo del aceite de colza para uso industrial, desviado al consumo humano que mató a unas 5.000 personas y estragó la salud a otras 20.000 (datos de la OCU). Otra colaboración que T mimaba era un relato quincenal que con el antetítulo “El Madrid de hace cincuenta años” insertaba en Villa de Madrid, un periódico editado por el Ayuntamiento para informar a los vecinos de la gestión municipal. Lo dirigía el pulcro periodista Félix Santos, de la hornada de Cuadernos para el Diálogo. El tabloide se distribuía gratuitamente en los intercambiadores de las líneas de autobús, y entre sus contenidos más atractivos figuraba el comentario del Viejo Profesor, es decir, del alcalde Enrique Tierno Galván, animando casi siempre a los vecinos a ser educados, llevarse bien y ejercer la buena crianza que les es propia, más allá del casticismo. Para escribir su columna, el Abuelo dedicaba una mañana a documentarse en la hemeroteca municipal, y comoquiera que el Madrid de hacía cincuenta años era el republicano y el que combatió al fascismo y resistió a las tropas franquistas, la derecha municipal escrutaba con lupa aquella sección del tabloide. Di tu que el Abuelo era austero, no abusaba de calificativos ni vertía opiniones. Pero la derecha estaba a la que salta y aprovechó un despiste para armar un escándalo en un pleno municipal. En una columna, el abuelo dedicaba un largo párrafo a contar el entierro en el cementerio civil de Madrid del gran pedagogo Manuel Bartolomé de Cossío, quien había fallecido el 2 de septiembre de 1935. El reconocimiento a la labor de Cossío era tan grande que numerosos representantes políticos, intelectuales, estudiantes, artistas, maestros, profesores, trabajadores y, desde luego, los participantes en las Misiones Pedagógicas, acudieron a darle el último adiós. Pero, maldita sea, el Abuelo sufrió un cruce de neuronas y citó «La Tauromaquia» entre sus obras, cuando es sabido que el autor era el académico de derechas José María de Cossío. Éste hombre sabio y bueno –fundó con José Bergamín la revista Cruz y Raya y abogó por el poeta Miguel Hernández para que le conmutaran la pena de muerte por cadena perpetua– no protestó, pero si lo hizo públicamente Ricardo de la Cierva, fugaz ministro de Cultura con Adolfo Suárez y biógrafo de Franco. Y a continuación, los ediles de UCD y AP pusieron el grito en la atmósfera con una descalificación plenaria en toda regla que el eminente profesor y concejal socialista de Cultura Enrique Moral Sandoval trasteó como pudo. Al margen de aquel mal trago, T se sentía feliz de compartir página con el novelista leonés Julio Llamazares (escribía sobre las visitas de personajes históricos a Madrid) y con el gran periodista y antiguo corresponsal de Le Monde en España, José Antonio Novais, quien deleitaba en la última página a los lectores más jóvenes con historias tan ciertas de la posguerra (hambre, necesidad, pobreza, estraperlo, ingenio para sobrevivir) y personajes tan reales (curas, jefes de casa, falangistas y vigilantes del orden dictatorial) que parecían cuentos cuatro décadas después. En una ocasión el Abuelo y Novais salían del Congreso de los Diputados y se toparon con Manuel Fraga, que ya empezaba a andar en barca, balanceándose de un lado a otro. “¡Hombre, Nové! ¿Cómo está la única gota de sangre que queda en el torrente de alcohol que fluye por sus venas?”, le saludó con pomposa ironía y mala leche, a lo que el veterano periodista respondió: “Mucho mejor, señor Fraga, que ese saco de boñigas que transporta sobre sus piernas”. Entonces se insultaba con cierto esmero y cara a cara. Ahora se hace sin arte y a través de las redes sociales. Pero a lo que iba: el Abuelo colocó en el otro platillo de la balanza la opinión de Goyi, favorable a la estabilidad laboral, la cotización a la Seguridad Social compartida con la empresa, un salario fijo y regular a fin de mes y, sobre todo, el hecho de que el director del periódico que le ofrecía un contrato, Antonio Franco Estadella, era un hombre progresista, de gran calidad humana e indudable sensibilidad social, y aceptó aquel contrato como redactor del acontecer político en Madrid.