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‘La verán mis ojos’ (XX): «Garbanzos y caballos»

Los grises irrumpían a caballo en las Facultades para pegar a los universitarios
Los grises irrumpían a caballo en las Facultades para pegar a los universitarios

Por KEY GOOD 

El viejo Nequin seguía viendo señales del acabose en las noticias de los periódicos. Extrapolaba, interpretaba y trazaba paralelismos para adaptar la realidad a su deseo. Lucas se había acostumbrado a sus calenturas mentales y evitaba entrar al trapo de su sesgada visión. Pero una tarde, el librero dijo que si el periódico se atrevía a publicar aquella nota, la cosa debía ser muy seria. Yebra y José Antonio Novais o Nove coincidieron en la apreciación.

Según la nota en primera plana de aquel periódico de la tarde, el dictador sufría un episodio de flebitis. No sabían qué diablos significaba aquello, y don Nequin echó mano al diccionario mientras Lucas y Yebra se lanzaron sobre unas enciclopedias de Medicina. Leyeron en voz alta las descripciones de la flebitis mientras Novais o Nove las relacionaba con la gacetilla.

Del intercambio de definiciones y descripciones concluyeron que un coágulo sanguíneo circulaba por las venas del tirano, concretamente por las de una extremidad inferior y podía dejarle tonto si le llegaba al cerebro. ¿Tardaría mucho? Puesto que el Patascortas era exactamente lo que el apodo indica, se mostraron esperanzados de que en pocas horas el trombo llegara a la testa.

No fueron los únicos en alcanzar la antedicha conclusión, pues los médicos actuaron con una diligencia impropia del sistema sanitario y se apresuraron a cortar el paso al coágulo, librando al dictador de la tontuna. Pese a la eficaz intervención de los galenos, los consejeros y acólitos de su excelencia le aconsejaron activar el mecanismo sucesorio, habida cuenta de que un organismo como el suyo, con ochenta años de uso, podía fallar en cualquier momento.

El PTC se recuperó enseguida y se fue a pescar unos atunes a bordo de su yate Azor y después se retrató paseando por el pazo de Meirás. El signo del acabose y el optimismo de don Nequin, que ya había informado a los de Francia y a los de América, se diluyó cuando el tirano regresó a Ursaría y presidió la corrida de toros de la Beneficencia. Se le vio en el palco concediendo orejas y, poco después, volvió a ocupar su trono en El Pardo.

Aunque el librero sostenía que la procesión iba por dentro y la revista Ajoblanco dijo que tenía el caballo de Troya en su interior, lo cierto es que el dictador parecía más fuerte que nunca y conservaba el pulso firme y la mano de hierro. Incrementó la represión, ordenó que secuestraran más revistas semanales, que se impusieran más multas gubernativas a los periódicos, renovó el control férreo de la radio y la televisión e intensificó las redadas contra los rojelios. Incluso la oposición democrática menos perseguida, como aquellos jovenzuelos socialistas con un líder que respondía al nombre de guerra de Isidoro, sufrían algunas detenciones. Concretamente, aquel Isidoro y el donostiarra Múgica, que se reclamaban seguidores de Pablo Iglesias, resultaron detenidos en el aeropuerto de Hondarribia y fueron desprovistos de sus pasaportes para impedir que acudieran a un mitin con el dirigente francés Fraçois Mitterand.

La represión arreció al final del verano. Lucas comenzó a sufrirla en el campus de la Universidad Complutense. Los grises patrullaban el área a caballo. Los de la policía secreta, disfrazados de estudiantes, les avisaban para que irrumpieran en los edificios de las facultades y disolvieran las asambleas a porrazos. La agitación contra la dictadura era extraordinaria. La enseñanza había pasado a segundo plano y ahí debía seguir hasta que consiguieran derribar al dictador.

La secuencia de cada día solía ser más o menos la siguiente: nada más llegar a la facultad se ordenaba a los profesores que hicieran el favor de abandonar las aulas porque había asamblea, y a continuación se informaba de las causas de la huelga general y se preparaba una manifestación que debían llegar hasta el centro de la ciudad o tan adentro como fuera posible. Para organizarla se repartían consignas, facultad por facultad, interrumpiendo clases y poniendo en fuga a los profesores que se resistieran a la protesta. Los bedeles, que eran gente servil, ex combatientes, burócratas enchufados, falangistas y guardias civiles jubilados, informaban a los decanos y avisaban a sus contactos de la policía secreta sobre las actividades subversivas de los estudiantes y de algunos profesores. Y cuando éstos se agrupaban en el hall de las facultades, en las asambleas previas a las marchas multitudinarias, los grises irrumpían a caballo, dando palos. Los estudiantes sangraban por las brechas que les abrían en la cabeza y en la frente.

Entonces los estudiantes descubrieron la utilidad de los garbanzos y cuando venían los caballos les lanzaban puñados de la famosa legumbre a las patas. Los équidos patinaban y descabalgaban a los jinetes, que caían rodando como maderos con sus porras y aparejos. En uno de esos derribos se apoderó Lucas del casco de un gris y lo exhibió brazo en alto como un trofeo, provocando urras y aplausos de sus compañeros. A continuación puso pies en polvorosa y poco después entregó la preciada prenda de cabeza al jefecillo de una célula comunista.

Entre las herramientas de las fuerzas represivas se hallaban unos camiones con cubas o cisternas llenas de agua con pintura negra, verde o amarilla, según los días. Eran las “lecheras”. Para interceptar y disolver las manifestaciones de los estudiantes lanzaban potentes chorros del agua podrida y coloreada. Había que tener mucho cuidado con las lecheras para preservar la ropa y evitar las detenciones y las palizas que podían venir después, dado que la estrategia represiva de los grises consistía en distribuir piquetes en las bocas y los pasillos del metro y arrestar a los que llevaban manchas de pintura. ¿Por qué odian tanto a los estudiantes?, se preguntaba Lucas al verles pegar con tanta saña a los estudiantes. Si te alcanzaba una esquirla del cañón de agua, convenía guardar la ropa o darle la vuelta para que la mancha no se notara. Eso lo aprendió Lucas al ver cómo aporreaban en la escalera del metro al Terrorífico y le llevaban detenido. Era valiente, el Terrorífico; siempre encabezaba las manifestaciones cubierto con un viejo abrigo de piel de zorro de su hermana para protegerse de los porrazos de los grises con los que se enfrentaba a empujones y puñetazos. Era fuerte y alto, asturiano de Gijón, el Terrorífico. Y le llamaban así porque gastaba una barba espesa y negra y era feo de narices.

El viejo Nequin solía recibir a Lucas con la curiosidad de quien espera grandes noticias positivas, aunque, desgraciadamente, casi nunca las había. Los estudiantes no iban a derribar el régimen si, como había ocurrido en Portugal, los obreros y los militares no ayudaban. De los primeros sólo cabía esperar una lucha salarial poco idealista y bastante alejada de aquel restablecimiento de la legalidad republicana con la que Nequin soñaba, y de los segundos no se podía esperar absolutamente nada, sólo balas. Es verdad que había una corriente de oficiales jóvenes dispuestos a armarla, pero, como decía Novais o Nové, que conocía a algunos y había informado del incipiente movimiento en las páginas de Le Monde, el prestigioso periódico para el que reportaba, en cuanto asomaran la cabeza se la cortaban.

Pese a todo, el viejo Nequin mantenía la ilusión de que el régimen no pasara de este año y aconsejaba en sus cartas a los de Francia y a los de América que fueran preparando las maletas. La exhibición de fuerza y la brutalidad policial eran para él el canto del cisne del PTC. Pero había que estar en aquellas comisiones de estudiantes y en aquellos comités a los que Lucas se apuntaba para palpar la inflexibilidad de los mandones, su dureza y las consignas de palo y tente tieso, y darse cuenta de que el régimen no iba a ceder. Por el contrario, los estamentos rechazaban cualquier reforma que significara una merma de poder o atentara contra el despotismo rampante establecido por derecho de conquista. Incluso se atrincheraban físicamente.

Lucas tuvo un conocimiento directo de lo que significaba el atrincheramiento. Le designaron miembro de una comisión de alumnos que quería revisar con el señor decano y los eminentes cátedros el calendario lectivo y algunos aspectos de los planes de estudio. De primeras, sus ilustrísimas rechazaron el diálogo. Luego reconsideraron y aceptaron una reunión breve en la que rechazaron de plano cuantas sugerencias y aportaciones les trasladaron en nombre y representación de los estudiantes. Y finalmente, al salir de la sala de juntas del decanato, varios individuos de la policía secreta les esposaron y los llevaron detenidos en un canguro de la policía armada a una comisaría situada en la plaza del Dos de Mayo.

Durante algunas horas sintió la flojera del miedo a que algún agente de cuantos transitaban de un lado a otro frente a los barrotes del calabozo le relacionara con el retrato robot que, sin ninguna duda, los dibujantes de la policía científica habrían hecho de su cara como integrante o colaborador o lo que quisieran de la banda terrorista vasca a partir de las descripciones que les habría proporcionado la bruja beata de la prensión, el jefazo Marzo, la cocinera Tinina, el cerillero Manolo Elimpia e incluso el colega Manolo Bolo. Desmadejado, en una esquina del banco de madera, intentó pasar desapercibido a las miradas de los guardias. Pasaban las horas y las necesidades fisiológicas apremiaban. Sus cuatro compañeros habían ido dos veces al tigre y se admiraban de su resistencia. Finalmente, se armó de valor, se acercó a los barrotes y pidió al señor cancerbero que tuviera a bien dejarle ir al retrete. El guardia se aproximó, estiró los brazos y dobló su cintura hacia un lado con gesto de portero de fútbol.

–Buena parada –dijo Lucas.

–¿Cómo lo has sabido, chaval?

–¡Hombre! Tiene usted la envergadura y las proporciones físicas de Iribar. ¿Nadie se lo ha dicho?

–Ahora que lo dices…, pues no, aunque una vez mi padre…

–Apostaría a que ha parado bastantes penaltis.

–Uno de cada tres.

–¿En un equipo importante, claro está?

–En El Salamanca.

–¡Ostras, eso si que es! –exclamó Lucas con admiración.

Para entonces, el guardia había abierto la puerta metálica y ante la urgencia del detenido silbó a un colega que ocupaba una silla al final al pasillo y éste silbó a su vez. “Anda, vete a cagar”, le dijo a Lucas.

–¿Cuándo El Salamanca estaba en tercera?

–No, no, en segunda división.

–¡Joder!

Lucas caminó con la cabeza gacha y el agente del otro extremo le señaló la puerta del servicio y dijo: “Dos minutos, chaval, y deja abierta la ventana”.

Ni los policías de guardia ni los del relevo ni el que, horas después, les llevó un bocata de mortadela que olían a sobaco sudado, hicieron el menor gesto de extrañeza al ver su cara, lo que mitigó su preocupación. De madrugada llevaron a cinco mujeres ligeras de ropa que les ofrecieron tabaco y conversación hasta que salió el sol y comenzó el ajetreo en la comisaría. Dos de ellas eran jovencitas que habían venido del pueblo a trabajar de criadas en casa de algún militar, un señor rico, un médico, un industrial o algún picapleitos de postín que las quisiera contratar, pero habían descubierto que aflojando rabos ganaban en un mes más de lo que por limpiar mierda, soportar infantes y aguantar a las señoras mandonas y frustradas les pagaban en un año, de modo que preferían hacer caja cuanto antes para regresar al pueblo y montar una mercería o, quizá, una boutique. El único riesgo era que las fichasen y se corriera la voz y llegaran el sonido llegara a los santones locales; si eso ocurría, ni boutique ni mercería: la deshonra desaconsejaba el regreso. Las otras tres mujeres que encerraron aquella madrugada eran profesionales maduras, de larga trayectoria y sin más proyecto de futuro que el de conservarse monas, no enfermar y seguir realizando su trabajo en la zona de Mesonero Romanos, La Ballesta, la calle de los Desamparados y otras zonas céntricas de la ciudad.

Pasadas las once de la mañana les condujeron –a él y a sus tres compañeros de delegación subversiva– al despacho del excelentísimo señor comisario, los ficharon, les devolvieron los documentos de identidad, y puesto que ninguno tenía antecedentes penales, aquel hombre de pelo entrecano y voz gangosa, les soltó una reprimenda sobre el cumplimiento de las leyes y la obediencia debida a los superiores, y los despidió diciendo que no quería volver a verles por allí.

–Ni nosotros tampoco a usted, lógicamente, señor –le contestó Lucas.

Cuando regresaron a la facultad, se enteraron de que más de un centenar de compañeros enfurecidos por las detenciones habían irrumpido en tropel en el despacho del decano, situado en la última planta del edificio, con la intención de tirarle por la ventana. El hombre se asustó muchísimo, les imploró piedad, se arrodilló y comenzó a rezar. Los estudiantes, al comprobar que aquel tío tenía más miedo que un ratón de armario, se apenaron de él y se pusieron a deliberar si convenía arrojarle o no. Al final se impuso la cordura y en vez de tirar al individuo decidieron lanzar por la ventana el cuadro del dictador que presidía su despacho. En cuanto se vio libre, el tipo hizo venir a una cuadrilla de albañiles y les ordenó que construyeran una tapia de ladrillo doble en la escalera que conducía a las dependencias del decanato. A continuación instaló cerrojos en las puertas de un ascensor que comunicaba el último piso con el garaje del sótano y se encapsuló.

‘La verán mis ojos’ (VIII): «Despegue y caída vertical»

Instantánea cinematográfica de la voladura
Instantánea cinematográfica de la voladura

Por KEY GOOD

8.–Despegue y caída vertical          

La tristeza por lo que estaba ocurriendo en Chile, donde tenía amigos republicanos de su tiempo –los tiempos del Winnipeg–, avinagraba el carácter jovial del viejo Nequin. Las noticias que leía en los ejemplares atrasados de Le Monde que le proporcionaba el corresponsal del periódico francés cuando pasaba por la Cuesta, José Antonio Novais, al que todos llamaban Nové, sobre las matanzas y desapariciones de cientos de demócratas, socialistas, comunistas, jóvenes, mujeres y viejos que perpetraba aquel general Pinochet, el gorila golpista que había asaltado el poder con la ayuda norteamericana y bombardeado el palacio de La Moneda, donde el presidente socialista Salvador Allende se quitó, dignamente, la vida y negó al criminal el placer de humillarle y asesinarle, le sumergían en una tristeza profunda de la que a veces emergía con manotazos de indignación y mal humor. Era como si se hubiera intoxicado con una extraña combinación química de impotencia y furor o como si padeciera una resaca de mil demonios, que no acababa de superar. Pero aquella mañana de diciembre, neblinosa y fría, cuando Lucas agarró el teléfono y escuchó su voz, le pareció el ser más animado del mundo, demasiado alegre tan temprano.

La cocinera Tinina se había asomado a la trampilla de la cueva, donde Lucas rellenaba botellas de vino, para gritarle que acudiera al teléfono. Él se asustó; nunca nadie le había llamado por teléfono desde que estaba en Ursaria y supuso lo peor: que a su hermano Richard o a la tía Zulaica les había ocurrido algo malo. Luego, al oír la voz del viejo librero Nequin, se tranquilizó.

–Muy buen día, muchacho… ¿Conoces la noticia?

–¡Joer, don Nequin, menudo susto me ha dado! Pensé que…, bueno, buenos días tenga usted.

–¿Entonces no sabes la noticia?

–¿Qué noticia, don Nequin?

–Hoy es un buen día, muchacho, pero te llamo para que conozcas la verdad y tengas mucho cuidado. Han volado al presidente del Gobierno y los ultras están rabiosos.

–¿Volado al presidente del Gobierno? ¡Joer, don Nequin..! Eso si que es…

–Un notición, ¿verdad? Bueno, como hoy no voy a abrir, he decidido invitarte a comer en mi casa.

–No sé, no sé, don Nequin.

–Te vienes; Luisa y yo te esperamos –Y colgó sin aguardar respuesta.

Lucas informó al jefazo Marzo de que habían volado al jefe del Gobierno y el jefazo prendió la radio. A esa hora sólo decían que se había registrado una fuerte explosión que podía ser de gas ciudad en la calle de Claudio Coello de Madrid y que la policía y los bomberos estaban investigando el percance. Poco después dijeron que se trataba de un atentado, al parecer dirigido contra el gobernador militar de Valladolid. El jefazo exclamó: “¡Menos mal!” Pero Raba, que se había unido al conciliábulo, razonó que si el atentado iba contra el gobernador de Valladolid, lo lógico es que lo hubieran hecho en Valladolid. Tinina le dio la razón. El jefazo Marzo ordenó: “Cada cual a lo suyo”.

Poco después entró Olegario más agitado que de costumbre, en compañía de su somnoliento amigo Rodoviario, y pidió una copa larga de coñac “para pasar el susto”. Olegario era un tipo como de cuarenta años, de complexión fuerte, cara ancha, ojos grandes y castaños, cejijunto, voz rota de marinero y manos como palas. Su amigo Rodoviario era más frágil y elegante. Conducía trenes nocturnos de mercancías y por eso le llamaban Rodoviario. También pidió coñac, pero no tanto. Olegario vació la copa de un trago, carraspeó y pidió otra. Raba le hizo saber que era muy temprano para soplar tan deprisa y le preguntó si le había ocurrido algo.

–¡Larrehostia, Raba, ha sido larrehostia!

–¿El qué, chico?

–Acabo de ver volar por los aires al jefe del Gobierno, el Carrero ese. Se lo estaba contando aquí a éste –dijo con un gesto de cabeza hacia Rodoviario.

–El muy cabrito me ha sacado de la cama –ratificó el ferroviario.

–¿Entonces es cierto que era el jefe del Gobierno? –Preguntó Raba.

–Tan cierto como el que se saca un ojo y queda tuerto, la hostia…

–En la radio dicen que fue el gas.

–¿El gas? ¡Qué sabrán esos!

Y Olegario, que era electricista de altura, se puso a contar que llevaba desde las siete de la mañana encaramado en lo alto de un edificio de la calle Diego de León, reparando un anuncio luminoso de la compañía aviónica nacional cuando, a eso de las nueve, más o menos, sintió la gran explosión, “un zambombazo de la hostia” que hizo temblar el edificio y le atronó y le obligó a asirse con más fuerza a la estructura de metal. “Pensé que era el fin del mundo y que el invento se venía abajo. Por encima de la polvareda vi un coche oscuro que subía p’arriba y de pronto desaparecía. Entonces me dije: lahostia Ole, ve a ver si hay heridos que socorrer, y me descolgué a la azotea, me quité los arneses, salí del edificio y eché a correr calle abajo hacia el lugar de la explosión, en Claudio Coello, detrás del edificio de los jesuitas. Me até el pañuelo al cuello para taparme la boca y la nariz de la polvareda y me lancé al rescate hasta el mismo lugar de la explosión, pero allí no había heridos que socorrer, sólo cristales y cascotes y algunos coches abollados patas arriba y un orificio de la hostia en el centro de la calzada”.

–¿Ningún herido? –Se quiso cerciorar Raba.

–Ninguno vi.

Olegario apuró la segunda copa y Raba le sirvió otra. El Rodoviario escuchaba el relato del amigo y puesto que ya lo conocía, empuñó su copa y se alejó a sentarse ante una mesa vacía. Algunos parroquianos que iban llegando se quedaban mirando a Olegario y se acercaban para oirle mejor.

El electricista de altura siguió contando que el destrozo era grande y que algunos vecinos comenzaba a asomarse, muy asustados, a las ventanas y que él gritaba entre la polvareda y el humo si había algún herido que socorrer, pero nadie le contestaba, ni oía quejidos ni gritos de auxilio como suele ocurrir en estos casos. Si hubiera habido heridos o muertos los habría visto, qué duda cabe. “Me refugié en la entrada de un portal cercano y cuando la polvareda se fue despejando, calibré el socavón que dejó la explosión, que era como un cráter de ocho metros de diámetro, más o menos, y comenzaba a llenarse de agua. Algunos vecinos decían que había sido el gas, que había estallado. Pero qué gas ni narices: allí olía a dinamita que apestaba. Se notaba a distancia el olor de la pólvora y se veía que aquellos ricachos ridículos se habían librado de la mili. Allí había petado una bomba, un bombazo del carajo.

Y aquel bombazo se había llevado por delante, o, mejor dicho, hacia lo alto, el coche del señor presidente del Gobierno, almirante don Luis Carrero Blanco. ¿Que cómo hostias supe que era el presidente del Gobierno y no aquel gobernador militar de Valladolid o lo que fuera del que hablaba la radio..? Porque allí mismo, antes que la radio, me enteré yo.

Enseguida se formó una manganera de lahostia –siguió contando–; llegaron los guindillas, los bomberos, los grises, los de la secreta…, sirenas y más sirenas… Total, que como yo allí no pintaba nada porque no había heridos que recoger, me dije: “Ole, a lo tuyo”, y me volví sobre los pasos hacia la calle de Diego de León. Pero en esas, dos guripas me echaron el alto y me preguntaron que si tal que si cual. Yo les conté lo que había visto. Uno me preguntó: ¿Está usted seguro de que vio un coche subir por los aíres? Le dije que sí. ¿Negro u oscuro? Más negro que el culo de un grillo, le dije exactamente. ¿Un Dodge Dart negro?, afinó el guardia. Dodge Dart no sé, pero negro, seguro. Entonces se miraron uno a otro y comentaron algo en voz baja, aunque lo suficientemente alta para que yo me enterara de que andaban buscando el coche del señor presidente… Les pregunté ¿qué presidente? Y uno me contestó de mala manera, a lo que dije yo: “Tiene usted razón, con Dios, señores”. Pero me ordenaron que no me moviera de allí, y allí me quedé. Y al poco oí que les comunicaban por el dalkie tralki que habían encontrado el coche del señor presidente del Gobierno en la terraza interior del edificio de los jesuitas. Osease, que era verdad que yo había visto un coche subir hacia el cielo como un bólido y que aquel coche era el del señor presidente y que el señor presidente iba dentro…”

Olegario proseguía su relato y satisfacía con repeticiones y detalles las preguntas de los parroquianos que se iban incorporando al corrillo que se había formado. En resumen, que el coche del señor presidente del Gobierno había sufrido el efecto de aquella gran explosión, siendo elevado por los aires hasta una altura de cuarenta y tantos metros y realizando una elipse hasta caer en la azotea sobre el patio interior del convento de los jesuitas.

“¡Esto es muy gordo, muy gordo!”, exclamaba el banderillero Molina, recién incorporado al grupo y ávido de detalles. “¡Y tanto! ¡Como que nunca han volado a un jefe de gobierno! ¡Buena la tenemos!”, le replicaba Manolo Elimpia. “Matar si que han matado a varios presidentes, aproximadamente dos o tres cada siglo; ahí están los casos de Prim, de Canovas, de Canalejas, de Dato… Pero lo que es volar, nunca habían volado a ninguno”, manifestó el señor Casares, que era contable de unos grandes almacenes y por lo visto sabía de historia.

–¿Y qué más cosas vio usted allí? –Insistió el banderillero Molina.

–Nada especial. Ya les digo que aquello se llenó de guardias, de bomberos, de ambulancias… Llegaron bastantes peces gordos, militares, ministros, el conde de los Andes, un concejal, un tío con un tapón en la cabeza que parecía un obispo. En esas oí a un cura, el padre Acebo o algo así, que le decía a los guardias que había visto caer el coche ante la ventana de su celda y que se llevó un susto de cojones, pero enseguida se repuso y salió y comprobó que el vehículo llevaba gente dentro y bajó corriendo a la capilla a coger los santos óleos y consiguió administrarle el viático al señor presidente, que aunque estaba roto por dentro, por fuera presentaba buen aspecto.

–¿Eso dijo?

–Eso mismo; en cambio, los dos hombres del asiento delantero del coche, o sea, el conductor y el escolta, estaban deshechos, según dijo.

–¡Tremendo! –exclamó Molina.

–¿Y el presidente estaba muerto? –Preguntó el doctor Lago.

–Según el cura, todavía vivía cuando le administró el viático, aunque murió a los pocos minutos. Por cierto, que el cura se extrañó de no ver a la chica dentro.

–¿Qué chica?

–La hija del presidente.

–¿Ah, si?

–Por lo que dijo el cura…

–Fraile jesuita sería –puntualizó Molina.

–Fraile o cura no distingo.

–Siga, siga.

–Por lo que dijo se conoce que la hija le solía acompañar todos los días a misa de nueve. Era una moza muy guapa, como de dieciséis o dieciocho años, según el cura. Llegaban puntuales al tempo, ocupaban los escabeles de la primera fila, oían misa, recibían la eucaristía y solían abandonar la iglesia por la puerta trasera, donde les esperaba el coche oficial para llevarles a casa a desayunar. Pero esta mañana la chica no iba… Así pues, el Carrero ese voló sin su compañía.

En ese momento, restalló una voz potente: “¡Cállese  usted  ya, botarate!” Era el capitán Orejas. Nadie se había percatado de su presencia a deshora en el estadero, pero  allí estaba con su inmenso vientre, más excitado que Cicerón frente a Catilina. Lucas acudió presto a su mesa con una botella de vino blanco y unos vasos vacíos. Y el electricista, sin hacer caso de la imprecación, apoyó la espalda en la barra y siguió diciendo en voz más alta: “Pues sí, señores, fue una bomba formidable, un bombazo de la hostia, y puesto que estamos ante el primer caso de un marino que experimenta el despegue vertical y muere en gracia de Dios, démosle gracias a Dios, y puesto que dicen que era el brazo derecho del dictador, admitamos que el dictador se ha quedado manco”.

“¡Esto es el colmo!”, bramó el capitán Orejas. “¡Que se calle, coño!”, ordenó desabrochando la cartuchera para echar mano a la pistola. Pero Olegario, bajo los efectos del abundante coñac, no podía ya contener la lengua. Menos mal que en ese momento, Lucas, al quite, en vez de servir al capitán dejó caer la botella sobre la mesa y al escacharse contra el mármol salpicó de vino y cristales la pechera y los calzones del capitán, lo que confundió y diversificó su ira. Y al instante Raba saltó la barra y agarró del brazo a Olegario y lo sacó del estadero con la ayuda de su amigo Rodoviario que le empujaba y cubría la espalda. Y el electricista, ya piripi, salió cantando la última frase de un himno muy celebrado por los borrachos que dice: “Y en España empieza a amanecer”. El capitán, aquella mole de militar, hizo además de querer salir tras él, pero se debían sentir tan torpe y pesado que aceptó la disposición de Lucas de que se secara y adecentara el uniforme con las servilletas y polvos de talco que le entregaba.

Las aguas regresaron a su cauce y Raba dijo a Lucas: “Menos mal que anduviste listo, chico, que si no aquí mismo tenemos un muerto”. Instantes después fue con el cuento al jefazo Marzo y éste acudió a comprobar el daño en el uniforme del capitán y le pidió disculpas en nombre de la casa. Acto seguido, reconvino a Lucas muy seriamente diciéndole que a la próxima torpeza imperdonable le pondría de patitas en la calle. Lucas aceptó la bronca sin levantar la vista del suelo. Ya desde el fondo del estadero, el jefazo le hizo una señal para que acudiera, y cuando le tuvo ante él, le felicitó por su comportamiento y le hizo ver que estaba obligado a tratarle con severidad, pues los milicos no admitían falta sin sanción. A lo que Lucas le preguntó si su resignación conllevaba aumento de sueldo, y el jefazo respondió: “Ya veremos”.

A quien no volvieron a ver fue a Olegario hasta el día en que su fotografía salió en un periódico en forma de cuerpo tendido sobre el adoquín, junto a una mancha oscura (sangre) y bajo un titulo que decía: “Cayó de una botella”. El texto informaba de que el operario electricista se había despistado y caído desde el anuncio luminoso con forma de frasco de una renombrada marca de bebidas espirituosas. La noticia les entristeció. Era un buen hombre, Olegario.