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‘La verán mis ojos’ (XXIII): «Ya no eran de este mundo»

Fachada del histórico café Comercial en Madrid , en el que Lucas Ubiese y Anselmo Carretero realizaron la primera parada al regreso de éste del exilio en México.
Fachada del histórico café Comercial en Madrid , en el que Lucas Ubiese y Anselmo Carretero realizaron la primera parada al regreso de éste del exilio en México.

Por KEY GOOD  

Resultó cierto: ya no eran de este mundo. Una mañana temprano, Lucas acudió al aeropuerto a esperar a don Anselmo Carretero y Jiménez, que venía de México. Escribió su nombre con letras mayúsculas en un folio y se mantuvo a pie firme ante la cinta policial que bordeaba la puerta de las llegadas internacionales hasta que apareció don Anselmo, que resultó ser un tipo huesudo, de voz cálida, entrado en años, estatura mediana, cabello en retirada y bigote pajizo.

–¿Te envía el partido?

–No, su amigo el librero.

Don Anselmo se interesó por Nequin y por su familia, supuso que Lucas era hijo suyo y, mientras se acercaban a la ciudad en el R-5, mantuvieron una conversación sobre asuntos formales como el tiempo, la contaminación y la incomodidad del viaje en avión desde el DF a Madrid. Aunque el recién llegado conservaba la propiedad de una casa en la colonia de hotelitos de los altos de Serrano –unas viviendas que habían sido construidas en tiempos de la República y ahora se hallaban amenazadas de derribo por las insaciables autoridades municipales que querían construir torres con muchos pisos–, se limitó a mirar su vieja casa por fuera y pidió a Lucas que le llevara a visitar el centro de la ciudad. Quería ver la Castellana, los Bulevares, la calle de Carranza, Arguelles, la Gran Vía… “Todavía es muy temprano; desayunamos en una cafetería del centro y luego vamos al hotel que han reservado los compañeros para la reunión del comité federal”, le dijo.

Aquel don Anselmo contemplaba la sucia y crecida ciudad sin poder contener algunas expresiones de admiración. Sus ojos claros se fijaban en los edificios, los transeúntes y el mobiliario como si fueran una cámara fotográfica que retiene las imágenes y las compara con otras de hace muchos años. Entre la calle de Génova y la glorieta de Bilbao le pidió que parase para ver la casa en la que había vivido de niño. Y un poco más adelante, en Carranza, le pidió que parase otra vez para contemplar el edificio donde estaba El Socialista, el periódico del partido. “Ya no hay tranvías, pero las calles y los edificios siguen igual, aunque más sucios”, dijo.

–Aún quedan trozos del empedrado y de las vías en la glorieta de Quevedo y en la calle de Fuencarral –le informó Lucas.

Estacionaron el coche, don Anselmo compró todos los periódicos de la mañana y se fueron a desayunar al viejo café Comercial, que debía ser nuevo en aquel tiempo de imágenes en blanco y negro. Tampoco es que ahora la ciudad fuese de colores vivos.

Enseguida comprobó la sabiduría del recién llegado. En la distancia de su exilio mexicano, donde ejercía su profesión de ingeniero y dirigía una explotación maderera, se había sumergido en el estudio de los reinos históricos de la Península Ibérica que acabaron conformando lo que hoy llamamos España. Los apuntes y observaciones de su padre, que se llamaba igual que él, los del profesor y amigo Pedro Bosch Gimpera, muerto en el destierro, y los de otros relevantes historiadores y medievalistas, le habían permitido obtener sus conclusiones sobre la configuración y ordenación territorial que, según decía, interesaba a España para liquidar el centralismo dictatorial y redimir a los nacionalistas históricos: catalanes, vascos y gallegos.

Sobre eso mismo, sobre la configuración territorial de España, venía a hablar a los compañeros del comité federal del partido, y para venir había conseguido que los compañeros de la Agrupación de América del Norte le eligieran secretario general y portavoz ante el mencionado comité. Dicho sea de paso, la Agrupación de América del Norte abarcaba nada menos que México, los Estados Unidos y Canadá. Los residentes en México era mayoría.

Las palabras de aquel hombre despertaron en Lucas la curiosidad por conocer el curso de las nacionalidades históricas, algo que hasta aquel momento le había tenido sin cuidado. Aquel don Anselmo le parecía un sabio, un erudito que había llegado a la conclusión de que España, aun siendo en su origen una nación de naciones, debía adoptar una forma de Estado federal que satisficiera las ambiciones de autogobierno de los nacionalistas y conjurara los riesgos de autodeterminación y disgregación.

El joven universitario era consciente de aquel federal le estaba utilizando de sparring ante el combate que se disponía a librar unas horas después con los jacobinos de su partido, pero encajó el rollo con agrado e interés. En agradecimiento, cuando llegaron al hotel, que era un cubo de ladrillos ocres situado junto a la Maternidad de Santa Cristina, en la calle de Leopoldo O’Donnell, don Anselmo abrió su maleta y le entregó varios folletos y un volumen enciclopédico del que era autor sobre las nacionalidades españolas.

Ahora sabía que España no era “una” ni “cincuenta y una”, sino un producto elaborado con mil leches. Y también sabía que los reinos de León, Navarra, de Castilla y de Aragón eran más antiguos que algunas comunidades históricas que ahora invocaban con irredenta ambición política los partidos políticos nacionalistas. En un opúsculo, aquel don Anselmo federal deslizaba una errata y les llamaba “necionalistas”. En el libro enciclopédico demostraba que el castellano o latín vulgar se habló antes en el País Vasco que en la mal llamada “meseta castellana”, un invento de la Generación del 98. Sostenía que los vascos eran el “alcaloide” de Castilla y, si vamos a ver, también de España. Afirmaba que los catalanes habían defendido España contra Napoleón o “napoladrón” y no tenían ninguna gana de separarse del reino. Recurría a ejemplos sencillos, anécdotas, usos y costumbres, localismos y signos que los nacionalistas exhibían como propios cuando, en realidad, el estudio histórico demostraba que eran importados.

Aquella noche, cuando acudió a su cita con Nequin, aquel don Anselmo no pudo ocultar su decepción. Durante la cena manifestó su frustración porque los compañeros apenas le habían dejado hablar. Al parecer, cronometraron su alocución. “Diez horas de viaje para hablar cinco minutos… Comprenderéis que en cinco minutos no se puede exponer una materia tan delicada y con tantos meandros como la configuración territorial de España”. Pero prometió insistir mañana. “Me tendrán que escuchar”, decía. Además, el compañero que se encargaba del periódico del partido le había prometido publicar un artículo que le había entregado sobre el “complejo y decisivo asunto”. “O asumen el federalismo o acabamos a tortas”, afirmaba.

La tarde siguiente, don Anselmo federal acudió a la  cuesta de Moyano. “Vengo a despedirme; esta noche me regreso a México”. Don Nequin le rogó que se quedase. Pero la frustración que sentía predominaba sobre el deseo de quedarse. Los compañeros no se habían portado bien con él, sólo le permitieron hablar tres minutos y además aceptaron como borregos la réplica del líder y secretario general –“Mira, Anselmo, no insistas, España no tiene tradición federal”– y evitaron someter su propuesta a votación. La decisión estaba tomada. España sería un Estado autonómico, una mezcla de autonomías regionales y de nacionalidades históricas sin pies ni cabeza, afirmaba.

En otra ocasión volvió desde México a Ursaría para asistir a la reunión del máximo órgano de deliberación, dirección y control del partido entre congresos, pero los dirigentes despreciaron sus tesis y argumentos. Los catalanes federales y los castellanos de Segovia reconocieron, no obstante, su sabiduría y fundamento histórico y le invitaron a impartir conferencias y le agasajaron con banquetes, lo cual fue considerado una disidencia de marca mayor por la dirección del partido, pues, aunque no fuera de este mundo, comenzaba a tener más seguidores de lo deseable. Para quitarle de en medio y evitar los riesgos de su prédica federal, los dirigentes del partido trasladaron la secretaría general de la Agrupación de América del Norte desde México a Nueva York, donde nombraron a un nuevo secretario general. Aquel don Anselmo ya no volvió a un país que si alguna vez fue el suyo lo había dejado de ser.

La demostración carnal y encarnada de que los jóvenes demócratas y republicanos de antaño eran unos viejos insignificantes hogaño y de que si alguno era escuchado se convertía en un peligro y acaba siendo eliminado, no terminaba de convencer al testarudo Nequin de la conveniencia de poner fin a la apuesta con Lucas. En ocasiones, ante episodios tan frustrantes como el de aquel don Anselmo el federal, Lucas pedía al amigo Yebra que rompiera en mil pedazos el papel con la apuesta y certificara su anulación, pero el bondadoso funcionario municipal se llamaba Andanas y, como si fuera Kit Douglas, se volvía de espaldas y se alejaba silbando.

En sentido contrario, don Nequin había suprimido el anuncio sobre los libros de amor, se burlaba de la obsesión de Lucas de encontrar a Charo y le recomendaba que se olvidara de ella. Pero él mantenía intacto su recuerdo de Chín y no renunciaba a la esperanza de encontrarla. Por el contrario, seguía mirando a las mujeres con el afán de identificarla y perseveraba en la costumbre de realizar cada noche algunas llamadas a la interminable ristra de Martínez de las renovadas y crecientes páginas de la guía telefónica de Ursaría. Había soñado tantas veces con su voz y su respuesta –“¡Lu, qué alegría!”– que estaba convencido de que se cumpliría el sueño de encontrarla. ¿Acaso no habían soñado durante cuarenta años aquellos republicanos con volver a ver su tierra? ¿Por qué no habría de ver él a su Chin, su único amor verdadero? Y se repetía a sí mismo: “La verán mis ojos, claro que la verán”.