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‘La verán mis ojos’ (XXVI): «Un día volveré»

El buque Ipanema en el que Montilla embarcó en Burdeos al exilio en México
El buque Ipanema en el que Montilla embarcó en Burdeos al exilio en México

Por KEY GOOD           

–¿Y qué pasó después? –preguntó la Rubia, más entusiasmada con las historias de Montilla y de Bravo que con las historias que le contaba Lucas cuando, dos o tres noches por mes, acudía a esperarla y mezclaban jugos.

–Éste tuvo suerte y logró embarcar con otros republicanos hacia México gracias a la gestión del jefe Martínez Barrios, pero los demás nos jodimos y allí seguimos encerrados y vigilados –dijo Bravo.

–Bueno, cuando volví al campo, las condiciones ya no eran tan malas –afirmó Montilla.

–No, sólo estábamos plagados de piojos y algunos tenían sarna y disentería, pero es verdad que el campo había comenzado a organizarse, armamos unos barracones de tabla en los que mal dormíamos amontonados, por turnos, veinte o treinta en cada caseta, y ahora nos daban un cazo de café que sólo tenía de café el color negro y, al mediodía, arroz cocido o lentejas sin más acompañamiento que un tarugo de pan. Por la noche nos daban el mismo potingue de aquello que llamaban café que, como estaba caliente, nos entonaba el cuerpo.

–Querían que nos enganchásemos en la Legión Extranjera, ¿recuerdas?

–Vaya si me acuerdo.

–Y los mandamos a la mierda.

–¡Hombre!, después de las humillaciones y vejaciones que nos hicieron no íbamos a permitir que confeccionaran un traje con nuestro pellejo.

–Pero presionaban –dijo Montilla.

–¡Vaya si presionaban! Mientras estábamos en Argelés –explicó Bravo–, el jefe de escuadrilla de Katiuskas, Jaime Mata, y su observador, Fernando Medina, consiguieron regresar clandestinamente a España en la bodega de un carguero francés que iba a Valencia, pero las noticias que nos llegaban eran muy alarmantes; Negrín y todo el Gobierno se había visto obligado a pasar a Francia y una junta militar que encabezaba Miaja y de la que formaban parte el coronel Casado y Julián Besteiro, intentaba negociar con el dictador la salida de los combatientes que desearan abandonar el país. Eran unos ingenuos. No consiguieron nada. Sólo unos pocos lograron embarcar y escapar a Argelia. La mayoría fueron masacrados en el mismo puerto de Alicante mientras esperaban. La represión fue tremenda: se hartaron de fusilar. Y los franceses, que conocían mucho mejor que nosotros lo que estaba ocurriendo, nos hacían llegar la información y, los muy cabrones, amenazaban con entregarnos si nos nos alistábamos en su legión extranjera.

–Pero ustedes no se dejaron intimidar –dijo Lucas.

–¡Pues no! Sabíamos que nos necesitaban porque los nazis ya estaban en marcha y no cometerían la torpeza de entregarnos. Por eso decidimos vender cara nuestra piel. Los muy cabrones, que nos habían tratado como si fuéramos ratas, decidieron separar al personal de aviación, a los internacionales y a los vascos, y nos llevaron presos al campo de Gurs, en los Pirineos Orientales, junto a la ciudad de Florón. Pero ni así lograron intimidarnos ni que aceptásemos la salida que nos ofrecían.

–¿Se llama Olorón por el olor?

–Creo que si, bastante malo. Nos metieron en un campo montado a conciencia, con alambradas dobles y un profundo foso entre una y otra, y con una torre de vigilancia en el medio, desde la que nos observaban día y noche. Tenían unos potentes focos con los que iluminaban el perímetro del campo y los gendarmes se mantenían constantemente con la metralleta en la mano. De allí no había manera de escapar. Nos dividieron en tres áreas de barracones: los de las brigadas internacionales, los vascos y los aviadores, separados unos de otros por alambradas. También tenían una caseta de castigo para los más inconformistas, en la que pasé más de un día. Como no cedíamos a sus pretensiones de alistarnos en la legión extranjera, cometían todo tipo de arbitrariedades, nos negaban la comida y se inventaban las amenazas más peregrinas. Había días que sólo recibíamos una taza de aquel café imbebible.

–¡Unos hijos de puta! –exclama Montilla–. Y luego, cuando más hambrientos estamos, ¿recuerdas?, enviaban a unos  oficiales de su ejército colonial y daban pasadas con sus aviones sobre el campo para convencernos.

–¿Convencieron a alguno?

–Éramos cien y ninguno aceptó su oferta.

–Lo que pasa es que estaban acojonados; el comienzo de la guerra era inminente y querían gente de primera línea, o sea, nosotros –añade Montilla–; yo, al fin y al cabo, estaba esperando que me llegara el pase para salir hacia México, pero éstos… Así y todo, desesperado de hambre, escribí una carta a Odette y no tardó en mandarme una cariñosísima respuesta, acompañada de un paquete con comida y cigarrillos. Lamentaba no poder mandarme más tabaco porque su marido ya estaba en casa y podía darse cuenta de la desaparición de las cajetillas. También me decía que estaba dispuesta a dejarlo todo y a venirse conmigo a América si yo la llevaba.

–¿Y qué hizo usted? –Preguntó la Rubia.

–Le contesté dándole las gracias y reafirmando mi cariño hacia ella, pero sin hacer mención alguna de su última proposición. Ya no llegaron más cartas ni más paquetes.

–¿La volvió a ver? –Preguntó Lucas, recordando a Charín.

–Nunca. La guerra es lo peor; aunque no borra los recuerdos, lo arrasa todo. Le escribí una vez desde allende el mar y no tuve respuesta –dijo Montilla.

–Si ustedes sabían que no iban a poder salir de Gurs, ¿por qué no pensaron alguna estratagema como, por ejemplo, alistarse y largarse con sus aviones en el momento oportuno? –Preguntó Lucas mirando fijamente a Bravo.

–Bueno, como insistían tanto, yo hablé con los compañeros y preparé un extenso memorando con nuestras condiciones, en el que, entre otras cosas, limitábamos a seis meses el tiempo de permanencia en su ejército regular –ya era evidente que los nazis iban a atacar, y como dice Montilla, tenían más miedo que vergüenza–, y exigiendo un pasaporte y el permiso para abandonar el país, así como el reconocimiento de nuestros grados militares y la extensión de la oferta a todo nuestro personal auxiliar. Naturalmente, no aceptaron. Fue la única estratagema honrada que cabía plantear en aquel momento. Ya no nos podían acusar de negarnos a luchar por la libertad, la suya.

–Yo brinqué de alegría –prosigue Montilla– cuando recibí la carta de don Diego comunicándome que voy a México en el primer embarque, en el crucero Sinaía. Pocos días después recibo el aviso de embarque y el permiso de salida del campo junto con un cheque de 500 francos que me manda el secretario general del partido por conducto de mi amigo Granados como ayuda de una sola vez. “Procura cuidarlo”, me decía. En el campo me había hecho amigo de Juan José Vilatela, que era hermano de Enrique, jefe de la primera escuadrilla de Moscas en Valencia. También quería ir a América, pero su pase no llegó. Me dio mucha pena dejaros allí, pero no había tiempo que perder. Me llevaron a la gendarmería de Pau, donde el comisario me dio un salvoconducto para 48 horas y un boleto de tren para ir al puerto de Setz, de donde salía el barco en 48 horas. Los gendarmes me llevan a la estación, con la mala suerte de que el tren ha salido unos minutos antes y ya no hay otro hasta el día siguiente. Me devuelven a la comisaría, donde me dan un vale de alojamiento y comida en un hotel. Paso la tarde caminando por el pueblo y al día siguiente cojo el tren para Perpiñán con el fin de hacer trasbordo hacia Setz, pero me dicen que no hay tren hasta el día siguiente. El barco salía de madrugada. ¿Qué podía hacer? Nada. La mala suerte me persigue. Con el ánimo por los suelos y un sabor amargo en la boca, camino hacia el centro de la ciudad…

–¿A ver a Odette, claro? –Dice la Rubia.

–¿A quién si no? Pero, de pronto, me topo con Paco Tarazona. ¿Qué haces tú aquí? Le cuento mi circunstancia y él me cuanta la suya. Bueno, no te desesperes, me dice. Escribe rápidamente a París y le dices a tu amigo lo que ha pasado. Están preparando más embarques hacia México y él verá la forma de incluirte en otro. Yo también estoy tratando de que me incluyan, pues, como sabes, soy nacido en México y tengo nacionalidad mexicana y el derecho a que me repatrien. Lo malo es que no tengo partida de nacimiento ni documento alguno que lo acredite y estoy tratando de que lo consigan a través del consulado en París. Mira, Manolo, aquí hay un campo de concentración de mecánicos. Lo dirige un tío mío. Ahí estarás bien hasta que te llegue el aviso de embarcarte. Esta gente se  dedica a reparar todo el material rodante que nosotros pasamos y una vez arreglado, los franceses se lo devuelven al dictador español.

–¡Qué oportunidad para meter unas cuantas bombas de relojería y hacer saltar por los aires a aquellos canallas! –Exclama Lucas.

Montilla le reprende: “Éramos combatientes, no terroristas”, pero Bravo, le mira fijamente y asiente moviendo arriba y abajo la cabeza. Montilla sigue contando que después de ocho días con aquellos mecánicos recibió una carta de don Manuel Torres Campañá, que era diputado de Unión Republicana, comunicándole que don Diego había salido hacia Cuba, pero dejó arreglada su inclusión en la lista de embarque del Ipanema, un buque que zarparía de Burdeos con destino a Veracruz en los primeros días de junio, por lo que debía estar atento.

Naturalmente, estuvo atento y se puso en marcha hacia Burdeos, saltando de vagón en vagón para burlar a los revisores. En el tren iban bastantes españoles al destierro y, algunos, los más viejos, a su propio entierro en tierras mexicanas. Se enteró por ellos de que había un albergue en Burdeos en el que podía pasar la noche. “Apenas entro en aquel alojamiento, me topo con Juan José Vilatela, mi compañero de barracón en Gurs, que ha llegado el día anterior. Pasamos la noche hablando y el día siguiente paseamos por la ciudad y nos despachamos poquito a poco, para que nos durase, una botella de vino. Por supuesto, vamos al consulado mexicano, donde un hombre muy amable nos hace un breve interrogatorio y después de rellenar y firmar unos papeles, nos da nuestro permiso para embarcar y nos comunica que al día siguiente estemos en el muelle a las ocho de la mañana para subir al barco. Dos horas antes ya estamos en marcha hacia el puerto. Como no tenemos más equipaje que lo puesto, vamos tranquilos, con las manos en los bolsillos, mientras contemplamos el espectáculo de una multitud cargando con bultos y maletas. Salíamos de Francia como habíamos entrado, con el traje de vuelo y nada más. En el muelle formábamos una cola de más de dos mil quinientas personas para embarcar. Lentamente nos íbamos acercando a la pasarela. Fueron más de cuatro horas las que tardamos en llegar a la escalerilla, pero al fin pusimos los pies en ella y empezamos a subir a aquel barco que para nosotros significaba el principio de la libertad”.

Montilla seguía hablando; la Rubia se había encariñado con él y enviaba a Lucas a atender a los parroquianos para no perderse ni una frase de su relato. Lucas aprovechaba para servir mosto y refrescos con ginebra a los desexiliados, que bebían bastante, como si quisieran ser mozos de nuevo. Luego les dolía el hígado y el estómago y sufrían unas resacas de mil demonios. Lógico. La juventud no vuelve. La vida siempre se escribe en borrador, sin tiempo para recomposiciones y rectificaciones. Si lo sabrían ellos…

Montilla dijo que al embarcar en el Ipanema, un pagador del Ejército, el coronel Matilla, daba a cada combatiente la cantidad de 500 francos que el Gobierno de la República había acordado como última ayuda. “Juan José cobra con la documentación de su hermano Enrique y después me toca a mí. Cuando digo mi nombre y apellidos, el coronel revisa la lista y me dice que aparezco como que ya he cobrado. Lleva razón: lo hice cuando estuve en Perpiñán. Pero insisto en que no tengo ni un céntimo y le digo si me puede pagar algo. El coronel Matilla me mira y me pregunta si soy pariente de Manuel Montilla Medina. Le contesto que sí, era mi padre, murió en el año 1928, yo soy su hijo menor. Bueno, me dice, mi padre fue íntimo amigo del tuyo. Me alegra mucho conocerte y que hayas tenido la suerte de poder salir para México. Te voy a pagar los 500 francos y ya veré como lo arreglo. Le digo: “Muchas gracias, mi coronel”. “De nada, muchacho, que tengas mucha suerte y dame un abrazo; es lo menos que puedo hacer por ti, dada la amistad que unía a nuestros padres”.

“¿Cómo olvidar aquel viaje? Enseguida localizamos el bar del buque y nos damos al vinacho. En vez del apestoso rancho, comemos latas de sardinas, que para algo tenemos francos. Pasamos el primer día y parte de la noche apalancados en aquel bendito establecimiento que cerraba a las dos de la madrugada. Para nosotros, bajar a la bodega a dormir era un problema: el calor era insoportable y el hedor a humanidad tiraba para atrás. Pues ya verás cuando lleguemos al trópico…, dice Juan José. Decidimos dormir por el día, cuando la bodega esta vacía y pasar la noche en aquel bar y en la cubierta hablando, pues temas de conversación no nos faltan, y además Juan José es un muchacho muy ameno que habla horas y horas”.

–Pues anda que tú…

–Si quieres me callo.

–No seas susceptible, hombre –replica Bravo.

–Pues entonces sigo. Con la luz del día, empiezan a subir los refugiados de la bodega. La cubierta se llena de gente. Reparten el desayuno, un café negro y un trozo de pan. Está mucho mejor que el del campo de concentración. Nos vamos a dormir. Por la tarde, cuando salimos, vemos a todos pegados a la borda del barco. ¿Qué está pasando? Ante nuestros ojos aparece tierra española. Galicia está a la vista. Un grupo de asturianos empieza a cantar “Asturias patria querida, Asturias de mis amores”. Según va pasando el tiempo, las costas de España se van alejando y la noche se va echando encima. Muchos se dirigen al comedor para cenar. Juan José y yo nos quedamos allí apoyados. No queremos apartar la vista de nuestra patria hasta que ésta se pierda de nuestra mirada. Quién sabe cuándo volveremos a verla. Ahí se queda mi madre, sin saber noticias mías. Pasarán semanas antes de que sepa que estoy vivo y que he llegado a México. Ahí quedan casi tres años de lucha, de esperanzas e ilusiones enterradas para siempre y, con ellas, nuestra juventud. Ahí quedan nuestros compañeros que murieron con la esperanza de que su sacrificio no fuese inútil y con la creencia de que con la ofrenda de sus vidas estaban forjando un mundo mejor y más justo. Los últimos vestigios de tierra española se pierden en el horizonte, pero yo sigo tratando de verla, me resisto a perder vista este último girón de tierra española. Las lágrimas humedecen mis mejillas. “Manolo, es hora de olvidar, vamos al bar a tomar unas copas”, me dice Juan José poniendo su mano en mi hombro. Tienes razón, vamos, pero te diré una cosa: un día volveré, no sé cuando ni cómo, pero volveré”.