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‘La verán mis ojos’ (IV)

Vista de la calle del Príncipe, donde se ubicaba la taberna del Portugués, desde la plaza de Canalejas.
Vista de la calle del Príncipe, donde se ubicaba la taberna del Portugués, desde la plaza de Canalejas.

Por KEY GOOD

4.—Mujeres

 

Los comercios cerraban a las veinte horas en Ursaría y algunas noches Lucas estaba atento al reloj y se asomaba a la entrada del estadero para ayudar a la chica de la tienda de enfrente a correr la mampara de rejillas que protegía el escaparate y la gruesa puerta de vidrio de la entrada. La chica forcejeaba con el artilugio. Primero desenganchaba una especie de riel que sujetaba la mampara en la parte derecha del escaparate y lo tendía en el suelo. Después empujaba las varillas de hierro por aquel riel, produciendo un ruido chirriante. Pero cuando realizaba la misma operación con la parte izquierda de la mampara de rejas, la derecha retrocedía y no conseguía juntarlas. Entonces él cruzaba la calle de cuatro zancadas y la ayudaba a unir las dos mitades y asegurarlas con varios candados.

–Tienes que engrasar el cierre –le recomendó la primera vez que la ayudó.

–Vale –dijo ella agradeciéndole la ayuda.

–Yo me llamo Lucas, ¿y tú?

–Inés

–Como la amante de don Juan, un nombre muy lindo –contestó él sin poder disimular una breve risa porque Manolo Elimpia y los parroquianos de La Campana le llamaban Ratita.

–A mi me gusta –repuso ella.

Puesto que aquella Inés no siguió su consejo de engrasar el cierre, Lucas supuso que le agradaba que la ayudase a realizar la operación. Una vez la invitó a que pasara a La Campana y se tomara un refresco, pero ella hizo un gesto de desagrado. Para animarla a que aceptara la invitación le aseguró que el cerillero, el libidinoso Elimpia, ya se había ido.

–No puedo, tengo prisa –se disculpó ella sin mirarle siquiera.

Cuando las manecillas del reloj de pared, colgado sobre el armario del cerillero Manolo Elimpia llegaban a las veintiuna cuarenta y cinco, Lucas transfería los bártulos y los débitos a Manolo Bolo, bajaba a la cueva, se desprendía de la corbata y la chaquetilla y se despedía hasta mañana. En la taberna del Portugués, que estaba situada cerca de la desembocadura de la calle del Príncipe en la plaza de Canalejas, cenaba un vaso de leche con un par de sobaditos pasiegos y realizaba desde el teléfono público alguna llamada a los Martínez con aspa. La Rubia del Portugués hacía que no oía, pero no perdía detalle, la muy bruja, hasta que una noche estalló:

–Debe de ser un pendón, la Charo esa.

–¿Por qué lo dice?

–Porque nunca está en casa.

Él se encogió de hombros y La Rubia sonrió, disculpándose por su intromisión. Después, cada noche, se repetía la misma conversación:

–¿Hoy tampoco está?

–Parece que no.

–Si es lo que yo digo: un pendón.

–Bueno, hasta mañana.

–Hasta mañana, y olvídala, muchacho.

–¡Ojala pudiera!

Puesto que las tejas de arcilla sobre la habitación abuhardillada de la pensión seguían desprendiendo calor hasta altas horas y convertían el habitáculo en un horno sin otra salida de los rayos ultravioleta que la puerta y un ventanuco lateral existente a los pies de la cama, en el que se posaban los gorriones, algunas noches Lucas se daba una ducha para desprenderse del sudor y el olor del día y salía a pasear por la ciudad, se llegaba a la Puerta del Sol y recorría la calle Mayor hasta desembocar en el Puente de Segovia, desde el que le gustaba contemplar las serpentinas de luces de los coches que iban y venían por las carreteras del oeste. Era un mirador agradable que recibía la brisa fresca de los campos y en el que uno podía imaginar el mar a sus pies. El principal inconveniente eran los suicidas. Una mujer se paró una noche a dos metros de él, y antes de que se diera cuenta de la maniobra, se había encaramado a la balaustrada de granito y lanzado al vacío con los brazos en cruz. Del fondo oscuro subió el sonido del golpe de un fardo contra el suelo.

Desde aquella noche orientaba sus pasos por la calle del Arenal hasta la plaza de la Ópera y el Palacio Real. En Ursaría había calles, a cual más sucia, que parecían siamesas. Por ejemplo, Mayor y Arenal, Hortaleza y Fuencarral… En ocasiones, al salir de Príncipe torcía hacia la derecha y bajaba por la Carrera de San Jerónimo hasta un pequeño parque de pinos frondosos situado frente al Palacio de las Cortes, y se sentaba en el bode inferior del elevado pedestal de estatua de Cervantes y a la luz de la farola, más potente que otras, que iluminaba el monumento, leía algún libro de los que le prestaba Nequin.

Algunas noches, al pasar ante la taberna del Portugués, La Rubia le veía y le saludaba con un gesto detrás de los vidrios de su establecimiento. Él le correspondía con una ligera inclinación de cabeza, como los chinos. Una noche la Rubia se asomó y le dijo:

–¡Qué! ¿Con tu Charo?

–No, de paseo por la fresca.

–Por ahí no hay más que borrachos; anda pasa, te invito a una leche merengada fresquita.

Lucas entró, se sentó y La Rubia se sentó con él ante un vaso de limón granizado. El  local estaba vacío y hablaron de asuntos intrascendentes hasta que entró una pareja y la Rubia se aprestó a atenderles. Entonces Lucas abrió el libro que siempre llevaba bajo el brazo y leyó hasta que La Rubia volvió. Ella, en vez de sentarse, apoyó medio trasero sobre la mesa, se inclinó hacia él y le arrebató el libro.

–¿Qué es lo que lees?

–Te sorprendería saber lo que hay dentro.

–Letras, ¿qué va a haber?

–Dámelo y verás.

La Rubia seguía con su medio trasero apoyado en la mesa. Con la familiaridad de trato ya no le parecía tan alejada de edad ni tan ajada de cara como los primeros días. Por el contrario, su rostro, surcado por finas hendiduras verticales, le parecía ameno, y su talle fino, con los pechos erguidos, le resultaba perfectamente abrazable.

La Rubia le devolvió el libro mirándole atentamente. Él buscó una determinada página que no encontró. Ella se alejó a servir a un cliente que acababa de entrar. Después entraron otras personas, gentes que salían de la función de un teatro cercano. Cuando la Rubia regresó a la mesa había transcurrido media hora y él se hallaba embebido en la lectura. Ella le acarició la cabeza y le revolvió el pelo. Después, con gesto de cansancio, se sentó frente a él. Su vaso de limón granizado se había aguado.

Entonces Lucas buscó la página y le entregó el libro abierto. Ella leyó y abrió los los ojos con gran sorpresa. Alzó la cabeza, le miró y siguió leyendo. Lucas, que suponía que el interés de aquella mujer por los libros equivalía al que sentía él por los lapones, sonreía para sus adentros sin dejar de observar la cara que ponía. Después de pasar una página, La Rubia cerró el libro y lo estrechó contra su pecho.

–¿Es para mí, verdad?

–Claro que sí.

Ella se inclinó y depositó un beso fraternal en la mejilla izquierda del joven camarero.

–Lástima que mi madre ya no rija… Le haría tanta ilusión…

–¿Qué le pasa? –Se interesó Lucas.

–Está gaga, la criatura, en un asilo residencial.

–¡Vaya!

La Rubia se alejó a atender a un cliente que acababa de entrar y, sin poder contenerse, abrió el libro y le dijo: “Mire”. Era un hombre elegante, con traje de tergal, camisa azul y corbata de margaritas blancas y amarillas. Parecía un detective. El tipo leyó la línea que La Rubia le indicó con el dedo y exclamó: “¡Vaya!” La Rubia le sirvió la consumición habitual, una copa de brandy con un terrón de hielo. El hombre le advirtió: “No se te vaya a subir el libro a la cabeza ni se te ocurra subir el precio del coñac, eh”.

–Veo que te ha gustado –le dijo Lucas al despedirse.

–Muchísimo; de haberlo sabido, lo habría comprado –dijo la Rubia.

–Lo dudo –repuso Lucas.

–¡Oye guapo! –Protestó ella.

–No es lo que te imaginas, es que aquí esa novela está prohibida y es difícil de encontrar; si te fijas verás que está editada en América –aclaró Lucas.

La Rubia le sonrió y Lucas se alegró de que Arturo Barea hubiese recogido en las primeras páginas de La forja de un rebelde aquel recuerdo de infancia, cuando acudía los domingos con su abuela a la Taberna del Portugués y la tabernera, la madre de La Rubia, una buena mujer que ahora estaba gaga, le regalaba los rabos de churros y recuelo de café para que el niño y la abuela convirtieran en una fiesta su desayuno dominical.

Algunas noches, cuando tenía poco ajetreo, la Rubia se sentaba frente a él a tirarle de la lengua, pues le gustaba oír “cosas bonitas”. Y él, qué remedio, le leía Poeta en Nueva York o le echaba un cuento de Mark Twain o, sencillamente, le decía: “Nada nuevo, mujer, es el mismo libro de ayer”. A lo que ella, mirándole fijamente, con zalameros ojos, le rogaba: “Entonces dime otra vez aquella poesía”. Y él, a ver, qué remedio, prorrumpía: “Vientos del pueblo me llevan,/ vientos del pueblo me arrastran,/ me esparcen el corazón/ y me avientan la garganta…” Y a la que terminaba: “Si me muero que me muera/ con la cabeza muy alta…” Y “cantando espero a la muerte,/ que hay ruiseñores que cantan/ encima de los fusiles/ y en medio de las batallas”, ella le decía: “Ahora aquél otro”. Y él: “No, Rubia, que estoy cansado”. Y ella: “Dime esos versos, anda”. Y él: “Bueno, mujer: Pastores los que fuerdes allá por las majadas al otero/ si por ventura vierdes a aquel que yo más quiero,/ decidle que adolezco, peno y muero”. Y entonces ella se incorporaba un poco de la silla y, doblando su torso sobre la mesa, alargaba los labios y le depositaba un beso en cualquier parte de la cara. Una vez le acertó en los labios y le supo a carne ahumada: fumaba bastante, la Rubia.