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El rey que cayó de la Luna

Luis Díez.

El mismo día que el hombre llegó a la Luna, Franco nombró sucesor suyo en la Jefatura del Estado a Juan Carlos de Borbón, con el título de rey. Es como si el dictador hubiera elegido el momento de mayor distracción, con la gente mirando boquiabierta la televisión en blanco y negro, para sorprender a la nación con el injerto borbónico. Era el 21 de junio de 1969 y la gente, “la mayoría silenciosa”, no dijo ni mu. Desde entonces empezó a flotar en el ambiente la creencia generalizada de que el heredero era algo así como el hijo y continuador del dictador.

Había interés en conocer la personalidad y el carácter de aquel príncipe. Pero la tarea era difícil porque las noticias que aparecían sobre él eran gráficas y telegráficas. Se le veía en aquellas fotos en blanco y negro de las páginas de huecograbado del Ya, el ABC y el Arriba disfrutando vacaciones en las islas Baleares, navegando a vela en el Mediterráneo, esquiando en Suiza y en las laderas pirenaicas. Se le veía junto al dictador, presidiendo desfiles militares, cenas de gala y recibiendo embajadores.

En ocasiones protagonizaba algunas inauguraciones de alto significado económico como la apertura de las minas de Aznalcollar, una localidad situada cuarenta kilómetros al noroeste de Sevilla, cuyos habitantes se quejaban de hambre desde los tiempos de los Reyes Católicos. Gracias a la inversión de unos señores muy serios que posaban en la foto junto al heredero, aquellas gentes iban a tener trabajo y «disfrutar» de la gran riqueza mineral que albergaba el subsuelo. Sus benefactores eran el presidente del Banco Central, don Alfonso Escámez, y el representante de la multinacional Bolidén, don Enrique Dupuy, que se disponían a invertir diez mil millones de pesetas para que unos mil obreros sacaran del fondo de la tierra 12.869 toneladas de cobre-metal, 21.043 toneladas de plomo y 49.214 toneladas de cinc cada año. Aquellos tipos lo tenían todo calculado. Lo del reventón de la balsa y el desastre ecológico vino treinta y tantos años después y lo pagamos todos.

El heredero aparecía también en las recepciones a los pocos dignatarios extranjeros que visitaban Madrid. A veces hacía viajes promocionales y, como su abuelo Alfonso XIII, se fue a visitar las Urdes, pero sin Luis Buñuel. La misma pobreza, las mismas caras. Los lugareños de aquella comarca por la que no pasaba el tiempo le acogían con vivas y aplausos, los mismos vítores que a su abuelo. Él les saludaba con la mano en alto y no les prometía nada. ¿Qué podía prometer si el dictador acababa de remitir una carta a los emigrantes en América, que celebraban un congreso en Caracas, pidiéndoles que no volvieran porque todavía no se daban en España las condiciones para disfrutar de una vida digna?

Juan Carlos y su agradable esposa griega de sonrisa bien elaborada saludaban a las monjitas, elevaban en brazos a los niños de pecho, recibían hermosos ramos de flores, se asomaban a los balcones consistoriales y proseguían su gira promocional por la plural y atormentada geografía española. Querían conocer al pueblo sobre el que iban a reinar y que el pueblo les conociera y les quisiera. El pueblo, como escribió Pio Baroja en Paradox Rey, siempre necesita llevar a alguien encima de la cabeza.

El heredero también visitaba cuarteles, inspeccionaba regimientos y presidía funerales por los oficiales de la Fuerza Aérea que caían como moscas en unas avionetas Piper que eran una mierda. Y asimismo dirigía las maniobras Rebeco en los montes Pirineos al objeto de intimidar a los franceses para que no se pasaran de la raya. Como futuro rey, velaba por los intereses nacionales con viajes a Marruecos para resolver unos problemas sobre la propiedad de unos fosfatos que se extraían en la provincia del Sahara; a Iraq, para obtener suministros de petróleo. Y, en fin, realizaba otras actividades oficiales.

Pero todas, absolutamente todas cuantas la prensa reflejaba, eran mudas, pues el heredero nunca hablaba. Y si no hablaba, mal se podía saber lo que pensaba o si pensaba siquiera. Se notaba que no tenía permiso para hablar. Ni siquiera alzó la voz cuando el dictador acusó a su padre, el navegante don Juan, de andar conspirando en compañía de elementos democráticos –comunistas incluso– y le expulsó de Mallorca y le prohibió navegar por las aguas jurisdiccionales españolas. Si el heredero no era el hijo adoptivo más obediente y disciplinado que podía tener el dictador, lo parecía.

A pesar de ser una incógnita, la mayoría silenciada pensaba que no podía ser peor que el enano asesino del Pardo. Cuatro años después, en 1973, el dictador sufrió una flebitis y, ante el riesgo de que el coagulo sanguíneo le llegara desde la pierna derecha a la cabeza y lo dejara tonto o lo ultimara, activó el mecanismo sucesorio. El heredero asumió por unos días la jefatura del Estado. Fue su estreno. Pero el organismo del dictador, con casi ochenta años de uso, se recuperó enseguida y retomó el mando. Para demostrar que estaba sano se dejó filmar paseando por el Pazo de Meirás y pescando atunes a bordo del Azor. José Luis de Vilallonga escribió que estaba configurado para vivir cien años. Se equivocó. En septiembre de 1975 ordenó las cinco últimas ejecuciones de muerte y dos meses después las diñó. Al funeral acudió su admirador, el asesino Pinochet con su capote y su aire de fantoche. A la posterior e inmediata entronización de Juan Carlos I de Borbón vino Valerí Giscard D’Estaing, presidente de la República Francesa y el tipo que vetó el ingreso de España en el Mercado Común europeo.

Padre e hijo preocupados por la Corona

Ahora que el 20 de noviembre próximo se cumplen 50 años de la muerte del dictador y de la entronización de Juan Carlos I dos días después, éste ha reconocido expresamente que fue Franco quien le nombró rey “para crear un régimen más abierto”. Queda claro que a la dinastía borbónica no la repuso el pueblo, sino el dictador. En una entrevista en Le Figaro, el monarca emérito afirma: “Durante dos años (desde la muerte del dictador hasta la aprobación de la Constitución) tuve todos los poderes. El poder de indultar o de refrendar la pena de muerte. No tuve que hacerlo, gracias a Dios, ya que si hubiera dicho que no entonces, los generales me habrían derrocado». Por Júpiter si no queda claro que a pesar de tener “todos los poderes”, incluida la jefatura de las Fuerzas Armadas, tenía más miedo que un ratón.

La entrevista con Juan Carlos fue realizada por el periodista Charles Jaigu en una mansión con olivos centenarios trasladados desde España, como puede verse en la fotografía tomada por la escritora y periodista Laurencie Debray, publicada por Le Fígaro. La residencia está en la pequeña isla de Nurai, a diez minutos en lancha de la ciudad de Abu Dabi, y fue cedida al exrey por el jefe de Estado de los Emiratos Árabes Unidos, Mohammed bin Zayed. En realidad la entrevista es el aperitivo publicitario del libro de memorias de Juan Carlos que publicará en Francia la editorial Stock el 5 de noviembre con el título de Reconciliación. El libro saldrá después en España, publicado por Planeta. El exmonarca, que cumplirá 88 años el 5 de enero próximo, se ha valido de la pluma de Laurence Debray para contar los pasajes públicos más relevantes de su vida y confesar algunos errores como el de “haber aceptado dinero de Arabia Saudita”. Mucho dinero, a buen recaudo en Suiza y libre de impuestos, conviene aclarar. La periodista amiga del emérito ha sido su logógrafa durante durante años y antes publicó Mi rey caído (Edt Debate).

Así las cosas, habrá que esperar a la aparición de esas memorias para saber por qué no temió ser derrocado cuando rubricó la amnistía a los condenados por luchar por la democracia y los comunistas, socialistas, anarquistas (también los etarras) salieron de las cárceles. ¿No temió el derrocamiento porque no amnistiaron sólo a quienes luchaban por la democracia, sino, sobre todo, a los prebostes del régimen criminal faccioso y represivo derivado del triunfo militar de Franco con la ayuda de Hitler y Mussolini contra la II República democrática española? ¿No temió el derrocamiento porque a los únicos que no amnistiaron fue a los militares de la Unión Militar Democrática, la UMD? Pero al final, el golpe llegó, no contra él, sino contra la democracia. Juan Carlos dice que el 23-F “no hubo un solo golpe, sino tres: el de Tejero, el de Armada y el de los políticos cercanos al franquismo”. ¿Hará alguna alusión a Fraga, Blas Piñar, al comandante José Luis Cortina, cerebro de los espías del Centro Superior de Información de la Defensa (CESID), que no informó a Suárez sobre la trama golpista? A saber. El golpe que más le dolió fue el del general gallego Armada, del que dice: “Alfonso Armada estuvo 17 años a mi lado. Lo quería mucho, y me traicionó”.

El exmonarca anticipa en sus declaración al rotativo francés el deseo de ser recordado no solo como el rey que trajo la democracia –“la democracia no cayó del cielo”, dice–, sino también como el personaje que “evitó una guerra civil”. En ese sentido cuenta que mandó un mensaje al secretario general del PCE, Santiago Carrillo, a través del presidente de Rumanía, Nicolás Ceaucescu, diciéndole: “No desatéis una guerra civil tras la muerte de Franco, dadme tiempo para legalizaros”, lo que ocurrió en abril de 1977, dos meses antes de las primeras elecciones generales celebradas el 15 de junio de ese año. ¿De verdad creía que el PCE iba a desatar una guerra civil? ¿Acaso no sabía que el PCE apostaba por la política de reconciliación desde mediados de los años cincuenta? Atribuir a los comunistas tanta voluntad de discordia y tanta capacidad armada como para desatar otra guerra es tener mala memoria y mala leche.

Lo que de verdad transmitió a Carrillo a través de su amigo Ceaucescu fue que esperaran y no se presentaran a las elecciones con sus siglas, sino como “independientes” para no soliviantar a los militares franquistas. Carrillo, que recorría España desde el día siguiente a la muerte del dictador, le respondió que de eso nada, que si no reconocían y legalizaban al PCE, la fuerza política que más había luchado y sufrido contra la dictadura y sus coletazos (recuérdese la Matanza de Atocha ya en «la sangrienta transición», como tituló Mariano Sánchez Soler su libro al respecto), tampoco ellos podrían reconocer y asumir la monarquía. Así lo escribió Santiago. Y según me dijo una vez Teodulfo Lagunero, el empresario que llevaba a Carillo en sus recorridos clandestinos y le facilitaba un chalé en Madrid, “al rey le importaba un bledo la democracia; a él y a su padre lo que les importaba de verdad era la Corona”. Téngase en cuenta que don Juan no había abdicado de sus aspiraciones y oficiaba con la velita encendida en Estoril, con el conde de los Gaitanes de moñaguillo, la Junta Democrática en el coro y Luis María Ansón de correveidile, pero se presentó en La Zarzuela, pegó un taconazo y exclamó: “¡A sus órdenes, Majestad!” Padre e hijo se abrazaron y asunto resuelto.

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Borbón emberrechinado

 

Correveidiles palatinos han puesto en conocimiento de los españoles y demás interesados el enfado del rey emérito Juan Carlos I de Borbón por no haber sido invitado a la solemne sesión de las Cortes que protagonizó su hijo Felipe VI El Preparado para conmemorar el cuadragésimo aniversario de las primeras elecciones democráticas tras el final de la dictadura franquista. El olvido del Borbón padre por parte de la presidenta del Congreso, Ana Pastor Julián, se reputa imperdonable y ha sido noticia por la contrariedad de su enormidad. En esta corte de los milagros donde nos falta un Valle Inclán, también ha sido noticia el hecho de que por primera vez el rey llamase «dictadura» a la dictadura militar surgida del golpe de Estado del 18 de julio de 1936 contra el orden democrático de la II República, dando lugar a la Guerra Civil y a cuarenta años de tenebrismo, represión y miedo. Decía el sociólogo Amando de Miguel que «el franquismo fue el fascismo con corrupción». Y fue algo más: un régimen de terror, asentado sobre montañas de muertos y cimentado con el miedo. De las tres clases de miedo enumeradas por el historiador Claudio Sánchez Albornoz: el miedo del pueblo al dictador, del dictador al pueblo y del pueblo al pueblo, el último fue el más toxico. La dictadura suministró pantanos de veneno a los españoles para impedir la reconciliación y perdurar per omnia seculas.

Tan paradójico parece el monarca emberrechinado, que dirían en Tocina (Sevilla), porque a sus 79 tacos ni siquiera ha aprendido a ser rey de sus humores, que es privilegio de los animales más evolucionados, como la noticiosa sorpresa por las palabras de su hijo en el templo de la soberanía nacional al prescindir del habitual eufemismo («régimen anterior») para referirse a la dictadura.

En lo atinente al cabreo del rey emérito, vale preguntar si no le aplaudieron bastante durante su reinado, para el que fue designado por el dictador, y si le parece mal que vitoreen a su hijo. ¿Quería dislocar los pescuezos de sus palmeras señorías, dirigiendo, ora al palco, ora al orador, sus ovaciones? ¿Por qué causa o razón debemos reputar inválida la dinástica sucesión cuando de aplausos se trata?

Comoquiera que 25 de los 46,5 millones de personas que residen en España no habían nacido cuando se celebraron las primeras elecciones democráticas, el 15 de junio de 1977, bueno será recordar que en aquellos comicios participaron 18,5 de los 36 millones de españoles mayores de 21 años. Esa fue la edad para votar, y no los 18 años establecidos en la posterior ley electoral. De los que votaron entonces y hoy tienen 61 o más años, nueve millones ya han fallecido. Los otros nueve y pico recordarán que entonces se era mayor de edad a los 14 años para trabajar, a los 18 para ir a la mili (dos años) a defender a la patria, pero no para votar.

El sucesor de Franco a título de rey fue a Estados Unidos a anunciar ante el Congreso estadounidense las elecciones libres y democráticas. Su anuncio no figuraba en su discurso inicial, pero el entonces ministro de Asuntos Exteriores, José María de Areilza, conde de Motrico, le introdujo las veintisiete palabras que finalmente pronunció ante los congresistas en Washington.

Era el año 1976, la gente estaba en las calles reclamando democracia y libertad, los trabajadores de la industria, la construcción y el transporte urbano estaban en huelga, la ultraderecha nazifascista asesinaba, secuestraba y apaleaba a estudiantes, trabajadores y periodistas. La Policía Armada (un cuerpo militar) disparaba a matar, no sólo con balas, sino también con botes de gases tóxicos y lacrimótenos. Al regresar de aquel viaje, el rey Juan Carlos echó a Carlos Arias Navarro, el último jefe de gobierno designado por el dictador, y nombró al falangista evolucionado Adolfo Suárez con el encargo de convocar las anunciadas elecciones. Con Arias salió del gobierno el vicepresidente y ministro de la Gobernación Manuel Fraga Iribarne, que era un desastre, provocó bastantes muertes, lanzó soflamas autoritarias («La calle es mía» y otras) y quiso mantener la pena de muerte a toda costa.

El rey Juan Carlos maniobró para intentar que el Partido Comunista de España (PCE), la principal (y casi única) fuerza de oposición a la dictadura, con un prestigio enorme entre los trabajadores y los jóvenes, es decir, en los ámbitos sindicales y universitarios, no se presentara a las elecciones. Llamó y escribió al presidente de Rumanía, el dictador comunista Nicolás Ceaucescu, para que transmitiera al secretario general del PCE, Santiago Carrillo, que residía en París, que no podían presentarse a las elecciones con la siglas del partido y si querían, concurrieran como independientes. El dirigente eurocomunista en el exilio rechazó de plano tal pretensión. El resto de la historia ya es conocida por los videos de la Prego, Sólo añadir que Suárez, un hombre inteligente, comprendió que una democracia mutilada no era posible ni creíble, y se jugó el bigote frente al bunker franquista, los golpistas y los truenos de Fraga, legalizando al PCE. Además de inteligente, Suárez era afable, un tipo encantador. Y fue un hombre valiente.

Aquellas Cortes surgidas de las elecciones del 15J elaboraron la Constitución de 1978, y la monarquía quedó instituida como forma de Estado y fue refrendada por la mayoría de los españoles en el referendo del 6 de diciembre de aquel año. De este modo, el rey Juan Carlos I de Borbón pasó de ser un producto de la dictadura a un elemento de la democracia constitucional. En puridad le importó más recuperar y mantener la Corona que promover la libertad y los derechos de los españoles. Su temor a la oligarquía y al Ejército franquista explican la petición a los dirigentes comunistas, que ya en los años cincuenta apostaban por la reconciliación. Era un cobarde con un manto de la prudencia, pero un cobarde. Hasta su padre Juan de Borbón, heredero dinástico de Alfonso XIII y despreciado y odiado por Franco, elogió el patriotismo de los comunistas cuando se dejó querer por la llamada Junta Democrática.

Es tan cierto como el que se saca un ojo y queda tuerto que el emberrechinado monarca desarticuló el golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 con la inestimable lealtad y diligencia de su ayudante militar, el general Sabino Fernández Campo, y que aquella noche del 23F, con los diputados y el Gobierno en pleno secuestrados a mano armada por los guardias civiles al mando del coronel Tejero Molina y con Milans del Bosch, Alfonso Armada y otros mandos militares en el ajo, se ganó la Corona y el aprecio de los demócratas. Si hubiera respaldado el golpe de Estado después de haber encerrado a Suárez con varios generales golpistas (los del «golpe de timón») que provocaron su dimisión, ni él sabe si habría podido volver, aunque fuera perniquebrado, de alguna cacería de elefantes en África o de otras agradables (y dispendiosas) aventuras.

Decía el poeta José Bergamín que las paradojas nos sirven de paracaídas para no rompernos la crisma. Pero no por eso deja de ser paradójico que para celebrar el 40º aniversario de las primeras elecciones democráticas se otorgue el protagonismo al rey, un jefe del Estado ajeno a la democracia, al que nadie ha votado y que no responde ante los representantes del soberano por más que reafirme, como hizo Felipe VI, «el compromiso de la Corona con la democracia». No vamos a rompernos la crisma con una sesión borbónica más o menos, pero quede claro que a los Borbones los repuso el dictador y fueron aceptados por los partidos dinásticos. Y que fue la lucha de la gente (sangre y tortura de demócratas asesinados y encarcelados), de los partidos de izquierda (PSOE, PCE y otros), de los grupos adheridos a la Unión de Centro Democrático (UCD) de Suárez, y el ansia y el clamor de libertad los que trajeron la democracia, con el acierto, claro, de algunos dirigentes políticos que supieron interpretar correctamente aquel tiempo.

 

‘La verán mis ojos’ (IX): «Perdices y lágrimas»

Perdiz roja. Foto: Mariano Fernández
Perdiz roja. Foto: Mariano Fernández

Por KEY GOOD

9.–Perdices y lágrimas

El día de la voladura, Lucas acudió a almorzar a casa del librero Nequin. Su esposa, doña Luisa, era una mujer amabilísima, de pelo blanco y ademanes armónicos, que sonreía con todas las arrugas de su cara. Le recibió como si le conociera de toda la vida y se interesó por cómo le iba la vida en Ursaría. Era bastante más alta y debió de ser mejor moza que el tornillo Nequin. Su forma de expresarse le reveló que estaba ante una mujer culta, con criterio propio y opiniones razonadas sobre asuntos políticos, literarios, artísticos… Comieron en un salón grande que tenía tres balcones a la calle de Víctor Pradera, casi esquina con la plaza de España, y un piano abierto con una partitura junto a la pared del fondo. Doña Luisa parecía congratularse de que siendo tan joven fuese amigo de un hombre tan viejo como su marido. Cuando le dijo que le conoció como a tanta gente, de casualidad, Nequin le interrumpió y le reveló la apuesta que se traían. Ella no profirió el menor reproche hacia su marido por no haberla informado antes y dedicó a Lucas una sonrisa de aquiescencia antes de ponerse de su lado en lo atinente a la puja. Nequin refunfuñó, insistió en que sus ojos verían la República y descorchó una botella de cava para brindar por el acabose, es decir, “porque esto se acabe”.

Una señora como de cincuenta años, de voz cantarina, llamada doña Carmen, sirvió la sopa y se sentó a la mesa. En un momento de la conversación, Lucas agradeció a Nequin la llamada y el consejo de que tuviera cuidado, pues, en efecto, los afectos a la dictadura de Patascortas parecían muy soliviantados. Cuando les relató el incidente entre el electricista Olegario y el capitán Orejas, doña Luisa le felicitó: “Ya puedes decir que has salvado la vida de una persona, y a los que salvan vidas se les llama héroes”. Eso le dijo. Lucas consideró que no era para tanto y Nequin y la criada doña Carmen dijeron que doña Luisa tenía razón. El camarero, un poco abrumado por los elogios y el brindis que de inmediato propuso don Nequin, acertó a argumentar que la categoría de héroe queda para las mitologías y tenía entendido que a los carnales sólo se aplica si mueren. Mas, don Nequin insistió y volvió a alzar la copa: “¡Larga vida al héroe!”

Doña Luisa y doña Carmen se seguían riendo de la elaborada descripción de Lucas sobre el intento del capitán Orejas, aquella mole obcecada y embrutecida, rociada de vino por dentro y por fuera, de perseguir al electricista Olegario cuando le oyó cantar la famosa frase del himno de los borrachos: “Y en España empieza a amanecer”. Y entonces, Lucas dijo con gran seriedad que también creía haber salvado de un golpe mortal de necesidad a un maestro que llamaban don Filis.

–¿No me digas? –Se extrañó doña Luisa.

–Como lo oye –afirmó Lucas.

–Cuenta, cuenta –pidió doña Carmen.

–No se yo si estando comiendo…

–No importa.

–Es que esta merluza tan rica…

–¡Adelante, muchacho! –Exclamó Nequin.

–Fue algo bastante asqueroso –advirtió Lucas.

–¡Adelante muchacho! –Insistió el librero–, aquí nadie hace ascos.

–Bueno, en realidad –dijo Lucas– no fui yo sino una cucaracha la que salvó la vida al Filis. Una mañana, cuando iba a la escuela, sentí un bulto en la planta del pie. Aunque supuse que era una cuca de las que se metían por la noche en mis zapatillas, no me paré a sacarla y seguí corriendo porque ya iba tarde. Cuando entré en clase, don Tomás, que era el maestro de letras, ya había ordenado lectura, y estaban todos leyendo El Quijote como cada mañana.  Bueno, en realidad, uno leía en voz alta y los demás le seguían. Entré, me senté, saqué el libro del pupitre, un compañero me indicó por donde iban, y empecé a desatarme la alpargata para quitarme aquel bicho destripado de debajo. En esas, don Tomás dijo: “Sigue, Lucas”. Yo repetí la última frase del que leía en voz alta. No se me olvida: “Non fuyades, cobardes”. Me había perdido y no encontraba la línea. Repetí más despacio: “Non… fu-ya-des-co-bar-des…” Seguía sin encontrarla. “Ni fu ni fa, ahí de rodillas”, me ordenó don Tomás, señalando el lugar habitual a un lado de la tarima, junto a la pizarra. Poco después entró el Filis, que era hijo de don Tomás y nos daba Aritmética y Geometría, y éste se marchó sin levantarme el castigo. Don Filis era un hombre muy desgarbado y muy blanco, más blanco que esta merluza. En realidad tenía mirada de loco y ojos de merluzo. A los cinco minutos comenzó a temblar y hacer gestos espasmódicos. “¡El ataque, el ataque!” Una o dos veces por mes sufría un ataque epiléptico. Algunos chavales salieron corriendo a llamar a don Tomás, que estaba en la clase de los mayores y acudía a toda prisa a socorrerle, metiéndole un pañuelo en la boca para que no se comiera la lengua y dándole a oler un fraquisto hasta que se calmaba. Aquella vez, al pobre Filis, que ya he dicho que era muy alto, se le aflojaron las ancas, se tambaleó, se cayó y se habría desnucado contra el radiador de hierro de la calefacción si no hubiera sido porque yo, allí de rodillas, vi que se derrumbaba y le paré el golpe, dejándole sentado en el suelo. Pero que conste que no fui yo, sino aquella cuca la que le salvó la vida.

El almuerzo con el librero, su compañera y doña Carmen le resultó agradable y nutritivo. Doña Luisa era farmacéutica jubilada y le regaló una crema para que se curase las manos, agrietadas entre los dedos por efecto del agua fría de lavar los vasos, y le invitó a volver y le dijo que allí tenía su casa. Y luego, don Nequin le dio varias cartas aviónicas para sus amigos del extranjero y le pidió que le hiciera el favor de acercarse a Cibeles y echarlas al buzón del correo aéreo. En la calle lloviznaba, hacía frío. Mal día para los viejos y los pájaros. La encrucijada de Callao estaba infectada de policías armados. Lucas siguió por la Gran Vía y bajó por Alcalá hacia el palacio de Comunicaciones. Depositó las cartas y subió hacia la Puerta del Sol. El ulular de las sirenas policiales atronaba la ciudad. Los policías andaban como aventados, buscando a los autores del atentado contra el jefe del Gobierno. En Sol, los coches policiales entraban y salían a toda prisa por el portón del edificio de Gobernación. Los grises arreaban con sus porras a las gentes que se paraban a otear en las inmediaciones. “¡Circulen, leche, circulen!”, gritaban nerviosos. No se les podía mirar, a los grises; si se les miraba fijamente, se enfadaban, te exigían la documentación y si no les gustaba tu cara eran capaces de arrestarte por desobediencia y desacato. Eran más susceptibles y peligrosos que los toros bravos, aquellos grises.

Al cruzar la Puerta del Sol vio venir a lo lejos un furgón policial de los que llamaban canguro con gran estrépito de chicharras y se paró a observar ante una hilera de loteras apostadas en sus sillas plegables junto a la pared que cacareaban su mercancía: “¡El número de la suerte para Navidad! ¡Lotería para Navidad!”. A través de los cristales recubiertos con mallas de alambre contra las pedradas observó que llevaba muchas cabezas. Eran cabezas de detenidos. “Han debido hacer una buena redada”, dijo a la lotera que tenía al lado. “Esos rojos del mil uno… A ver si acaban con todos”, contestó ella.

La Campana estaba en silencio. Los pocos parroquianos que ocupaban las mesas murmuraban sus charlas como rezos. La enormidad del atentado contra el jefe del Gobierno aconsejaba hablar poco y en voz baja. Las autoridades habían decretado luto oficial y desatado una ola de detenciones contra los comunistas, a los que genéricamente atribuían la enormidad de la salvajada.

Leonardo Rabadán o Raba comentó que había “sentido” por la radio la orden del jefe de la Guardia Civil de tirar a matar contra cualquiera que desobedeciera el alto, pues cualquiera podía ser sospechoso. “Parece que ha empezado la caza de brujas, así que cuidado y punto en boca, chico”.

Horas después, un grupo de encapuchados de una banda terrorista vasca comunicó desde el otro lado de la frontera con Francia que habían sido ellos y no los comunistas quienes habían apiolado al almirante jefe del Gobierno. No querían que nadie se confundiera ni les arrebatara la medalla de haberle hecho volar por los aires. Raba respiró aliviado, pues aunque no era comunista se hallaba fichado por haber estado en Cuba.

El funeral por el alma del finado se celebró en la iglesia de los Jerónimos. Acudieron muchísimas autoridades. Lucas y Raba comentaron las fotografías que publicaron los periódicos. En una aparecía un viejo enclenque llorando y tratando de consolar a una mujer de negro. Era el dictador PTC. A primera vista parecía acabado. La mujer era la viuda del fallecido, una dama benemérita de la que decían que había hecho mucho bien a España, suspendido revistas, censurado muchas obras, cancelado teatros y prohibido la prostitución.

Al lado del dictador se veía a una mujer de rostro cerúleo que prolongaba su huesuda estatura con una peineta cubierta con un velo negro. Era la esposa del dictador Patascortas. Junto a ellos se veía a unos tipos gruesos, calvos, muy serios, con papadas desbordadas sobre los cuellos duros de sus camisas. Eran ministros y representantes del orden institucional. Y detrás de ellos aparecía en segundo plano la figura borrosa de una pareja. Se trataba del príncipe designado por el dictador para que le sucediera en la jefatura del Estado y de su esposa, hija de unos reyes griegos destronados, a la que Lucas, por proceder de la Atenas de Pericles, atribuyó en una de sus discusiones con el testarudo Nequin un cierto conocimiento de la democracia.

–Impresiona, chico –dijo Raba al ver la foto del dictador llorando, pues nunca se le había visto llorar en público.

–Parece acabado –observó Lucas.

Raba dudó.

–¿Crees que durará mucho?

–Qué se yo, chico.

–¿Cuánto le echas?

–Demasiado; date cuenta que esa gente no trabaja, no se gasta, y ese tío se pasa el día al aire libre, cazando, pescando y realizando ejercicio…

Era posible que Raba tuviera razón, siempre la tenía; de hecho, se comentaba que el dictador generalísimo estaba configurado para vivir un siglo.

Sin embargo, después de las fiestas navideñas, Lucas captó una conversación en la mesa de los señores milicos de la que dedujo el declive del PTC, pues el general Ferrari lamentaba entre recogilondrios que su Excelencia hubiera perdido el gusto por la caza y que aquel año no hubiese acudido a pasar la Noche Vieja en Arroyovil. Su Excelencia solía acudir a aquel cortijo de la provincia de Jaén para despedir el año con la familia y algunos amigos. Después de cenar y de brindar por el porvenir se acostaba pronto a descansar, pues le gustaba madrugar para salir al día siguiente a cazar la perdiz roja. No pocas veces le había acompañado el general Ferrari en aquella placentera excursión de año nuevo, pero en esta ocasión su Excelencia había suspendido la cacería y aquello le parecía a él muy mala señal.

Raba dijo que los comentarios del general milagro eran una majadería y que si el dictador había renunciado a darle gusto al gatillo y no empezaba el año disparando al rojo –en este caso, a la perdiz roja– era por causa del mal tiempo y las preocupaciones palatinas.

–¿Crees que puede con la escopeta?

–Nos ha jodido si puede.

Cuando Lucas comentó a Nequin el producto de sus observaciones sobre la pérdida del gusto por el gatillo que el general Ferrari atribuía al dictador, el librero se rascó la cabeza bajo la boina y se rió. A continuación le invitó a pasar a la caseta y le informó del barullo dinástico que se traían el PTC y su familia. Al parecer, los familiares y amigos de conveniencia del dictador aprovechaban aquellas cenas de Noche Vieja en Arroyovil para animarle a modificar el plan sucesorio, de manera que en vez de mantener como heredero de la Corona de España al rubio Juan Carlos, hijo del tercer vástago de Alfonso XIII, Juan de Borbón, lo sustituyera por su primo carnal don Alfonso de Borbón Dampierre, que por algo se había casado con su nieta Carmencita. Los familiares querían que el dictador instituyese la dinastía de los Borbón-Franco para acceder de ese modo a la Corona de España. Por lo visto, no les bastaba con mandar y querían reinar por los siglos de los siglos. Pero el dictador no era un tonto, sino un político calculador, y en la administración de su infinita crueldad no se atrevió a asestar otra puñalada trapera a los monárquicos de la línea sucesoria directa. Según don Nequin, su renuncia a cazar la perdiz roja en fecha tan señalada no obedecía más que al deseo de que aquellos pájaros no le levantaran más dolores de cabeza.