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Historia de una biblioteca

El edificio restaurado de la Biblioteca Central de Rivas, construido hace diez años y cerrado desde entonces. Como si quisieran borrar la burla, han pintado la fachada con las palabras «resistencia» y «felicidad»..

Al despuntar la primavera llegaron cinco trabajadores, plantaron el cartel anunciando la inversión (208.000 euros en la urbanización de la Biblioteca Central de Rivas-Vaciamadrid), les instalaron un contenedor de quita y pon para la herramienta y la ropa de labor, les dotaron de cascos, chalecos fluorescentes, pico y pala y material. Provistos de un volquete y una máquina excavadora amarilla se pusieron a desescombrar, explanar, adoquinar y asfaltar. En un mes (sin contar los días de lluvia) la obra estaba terminada. Desapareció el cartel, retiraron la vieja valla y colocaron una nueva, vinieron los de la brea y asfaltaron la entrada y señalizaron una decena de aparcamientos para coches. A continuación trajeron unos cargamentos de tierra arcillosa y la esparcieron y prensaron sobre la parcela de la biblioteca, instalando tres círculos como si fueran a plantar árboles.

¡Albricias! Por fin el Ayuntamiento de esa localidad madrileña de 80.000 habitantes, gobernado por Izquierda Unida (IU) desde hace un cuarto de siglo y en el que no queda un palmo de terreno por recalificar, se había acordado de la biblioteca, construida hace diez años y cerrada y abandonada desde entonces. Los jóvenes comentaban la feliz decisión. Esperaban poder utilizarla para preparar sus exámenes finales y de selectividad. El acondicionamiento iba a buen ritmo. La obra exterior y la limpieza y pintura del edificio estaban listos, pero la biblioteca siguió cerrada a cal y canto, y así sigue para decepción de jóvenes y viejos. A estudiar a la vía. Se nota el esmero del regidor y sus ediles en alimentar con más dinero público a la fiera de la construcción y se siente la dilación y el desinterés en todo lo demás. Decía Leonardo Saciacia que estas cosas ocurren cuando los cerdos se suben a los árboles. Lo cierto es que la instalación, especialmente demandada por los estudiantes, sigue a expensas de la arbitrariedad y, probablemente, de alguna nepótica decisión y ventajosa concesión de coima o negocio espurio como es tradición en el oxidado Reino de España.

Tareas de urbanización exterior en la parcela de la Biblioteca

La necesidad de una biblioteca llevó al ayuntamiento ripense a convenir con el gobierno de la Comunidad de Madrid que presidía la derechista Esperanza Aguirre la construcción de la que iba a ser la  Biblioteca Central de Rivas. El municipio cedió una amplia parcela en la avenida Pablo Iglesias, una de las principales de la ciudad, y el edificio, con un coste superior a medio millón de euros, fue construido en un tiempo récord: cuatro meses. El Ayuntamiento aportó el 48,53% del coste y la Comunidad el restante 51,47. Pero desde el otoño de 2007, en que terminaron las obras, el gobierno de la señora Aguirre y sus hombres rana, se desentendieron de sus obligaciones pecuniarias para el mobiliario y la dotación bibliográfica. Y el Ayuntamiento, con mayoría absoluta de IU, decidió que la biblioteca no era prioritaria y se negó a hacerse cargo del edificio.

De este modo, la Biblioteca Central de Rivas quedó presa de la inquina política de Aguirre y su sucesor dactilar, Ignacio González, otro hombre rana que ha acabado en la cárcel por corrupto, hacia los «rojos marxistas y radicales» de IU, cuyo Ayuntamiento tenía otras prioridades de gasto y una deuda que impedía a su alcalde, entonces el profesor José Masa, abusar del dicho tradicional: «Se hará lo que se deba y se deberá lo que se haga». Y comoquiera que a edificio cerrado todo son goteras, la flamante biblioteca no iba a ser una excepción, de modo que la extraña estructura metálica de una parte de la fachada se fue oxidando, la techumbre bereber de láminas de brea comenzó a resquebrajarse, la pintura perdió consistencia y se emborronó con el cemento interior, oscuras lágrimas rodaron por la fachada y así, poco a poco, el edificio empezó a inspirar pena.

Ocupación de la Biblioteca de Rivas, en febrero de 2013.

Entonces, al cabo de seis años con la biblioteca cerrada, los jóvenes del lugar decidieron abrirla y ocuparla. Era el mes de febrero de 2013. Los activistas avisaron a los vecinos por si si quería donar libros e informaron de que la Biblioteka Okupada Austegestionada (BOA), como la bautizaron, quedaba abierta a las actividades culturales que propusieran y desearan realizar. Dicho sea de paso, las instalaciones de luz, agua, cámaras de videovigilancia y una red informática con ordenador central y capacidad para más de ochenta conexiones, funcionaban perfectamente. En cuanto se enteraron de la ocupación, las autoridades enviaron a la Guardia Civil y a la Policía Local. Era un viernes de madrugada y ahora sí, los jerarcas de la delegación del Gobierno del PP, con Cristina Cifuentes a la cabeza, actuaban sin dilación. La Guardia Civil fichó a más de treinta jóvenes, pero el Ayuntamiento se mostró tolerante y permitió que utilizaran el edificio con la condición de que respetaran lo existente. Así lo hicieron.

Policías intentan desalojar a los jóvenes de la Biblioteka Okupada Autogestionada (BOA)

Así quedaron las cosas hasta que a finales de 2014 las autoridades municipales convencieron a los jóvenes de que abandonaran la biblioteca con la promesa de dotarla de libros, conexión a Internet y mobiliario en febrero de 2015 a más tardar. La promesa no sólo era firme, sino también electoral. La BOA desaparecía y la Biblioteca Central de Rivas iba a ser inaugurada dos meses antes de las elecciones municipales y autonómicas de 2015. Sin embargo, llegó la fecha comprometida y pasó de largo, se celebraron las elecciones, volvió a ganar Izquierda Unida (aunque los podemistas le restaron votos e impidieron al actual alcalde, Pedro del Cura, gobernar con mayoría absoluta) y de la biblioteca ni se volvió a hablar. Siguió cerrada y así sigue tras las obras de urbanización y pintura exterior. Han transcurrido más de dos años desde la última burla. Y los burlescos han ordenado pintar en la fachada dos palabras con letras altas como jirafas. Una, en letras azules, apenas legibles, es «resistencia» y la otra, más destacada y visible, «felicidad». El comité de befas, choteos y mojigangas desestimó el término «morro» por considerarlo demasiado exacto.