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‘La verán mis ojos’ (XIX): «El amor verdadero»

Kama Sutra Blotter Art
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Por KEY GOOD

Los anuncios para localizar a Chin atrajeron a muchos compradores, de modo que don Nequin, comenzaba a resentirse de una antigua lesión en su pierna derecha y de otra en el hombro izquierdo de tanto despachar El libro del buen amor. “No sabía yo que el arcipreste de Hita se había puesto de moda”, comentaba a Lucas. También vendía kamasutras por un tubo.

–No es el arcipreste, es el amor –observó Lucas.

–¿Qué está pasando? ¿Es que ya no interesa Marx, Mao y Marcusse?

–A saber –respondía Lucas con encogimiento de hombros.

Puesto que los ejemplares de la amorosa temática se agotaron enseguida, don Nequin se apresuraba a apuntar los nombres de los peticionarios y solicitaba por teléfono la mercancía a la mayor brevedad. Lucas miraba la lista: ninguno era Charo.

–La gente está salida, hijo –dijo el librero.

–La primavera será –contestó Lucas sin desvelar el secreto–. ¿Cree usted que buscan ese libro hindú sobre prácticas sexuales?

El librero dudó. Luego dijo que algunas chicas le habían parecido pudorosas y otras, las de pelo desmadejado y faldas vaporosas, buscaban, sin ninguna duda, aquel texto oriental. El destape comenzaba a ser un fenómeno social y al librero le parecía muy bien que las mujeres, ya fueran casadas, solteras e, incluso, viudas, se liberaran de los malditos tabúes religiosos y aprendieran a disfrutar del sexo como Dios manda.

–También podemos estar ante una de esas novedades editoriales, uno de esos libros de autoayuda que lanzan los americanos y no nos hemos enterado –advirtió Lucas.

Don Nequin abrió la carpeta de novedades y consultó las hojas que le mandaban las editoriales y le entregaban los vendedores, y no halló título alguno sobre la materia.

–No hay duda de que buscan el Kamasutra, el libro del amor verdadero, según rezaba el subtítulo de la edición francesa; pediré un centenar.

Lucas propuso realizar una selección de libros amorosos y dedicar el expositor completo a la materia.

–Si la gente pide amor, debe recibir amor por ciento veinte pesetas –dijo Lucas antes de ofrecerse a realizar la jornada completa en la caseta mientras durase la ola, pues confiaba en que Charin se sintiera aludida y se pasara por allí.

–De ningún modo voy a permitir que pases aquí el día –protestó el librero–; lo primero son los exámenes.

–Pierda cuidado, la traducción y los silogismos están chupados. Y sobre las demás materias ya sabré enrollarme –le tranquilizó Lucas–; no me parece justo que usted reciba todo el chaparrón primaveral sin poder leer el periódico ni jugar ajedrez con Yebra ni escribir a los de América.

Don Nequin giró sobre sí mismo mascullando una frase ininteligible.

–Además –añadió Lucas–, sepa usted que me empieza a interesar este negocio y que si no se apea de la apuesta la va a perder.

El librero giró de nuevo sobre su eje, le miró, sonrió y guardó silencio. Luego afirmó: “La verán mis ojos”.

El amor daba tanto de sí –sexo, seso, discurso, deseo, pasión, captura, trasgresión, seducción, clandestinidad, oscuridad, ardor guerrero, máquina de tracción, lucha, guerra de enamorados, construcción y destrucción del mundo, espacios míticos, cautividad, fuga, coraje, ascetismo, orgullo…– que entre el Arte de amar de Virgilio, las teorías de Barthes con sus Fragmentos de un discurso amoroso, la intensidad erótica de Bataille calcinando al personaje en el instante sublime del orgasmo, la literatura sobre la liberación sexual, la Bovary de Flauver, La Regenta de Clarín, etcétera, Lucas compuso una amplia exposición. Y puesto que el país se abría a la pornografía y no eran pocos los libreros que mercaban “material americano” a precios abusivos, se esmeró en combatir la competencia con precios razonables y en seleccionar las obras con portadas llamativas en las que cabalgaran las palabras desnudas sobre sexo y erotismo. Gamiani de Musset, Las once mil vergas del enloquecido Apollinaire, Teleny de Wilde, Sor Mónika de Hoffmann. ¿Cabía mayor erotismo, placer y voluptuosidad? Afrodita de Pierre Louys, Cuentosde Bocaccio, El coño de Irenede Aragon, Historia del ojode Bataille,El diálogo de Venus y Príapode Alberti… ¿Alguien podía ofrecer más? Erich Fromm copió el título de Virgilio, El arte de amar, pero valía también como libro de orientación. Cuando llegaran los cien kamasutras que don Nequin había encargado a Francia los colocaría también en el amplio expositor. Sobre el amor podrían encontrar lo mejor, sin desdeñar La Subida al Monte Carmelo, de Juan de la Cruz, faltaría más. La mística atraía a la juventud y el romanticismo atormentado embelesaba a las jovencitas que sobrevolaban la caseta como las golondrinas de Gustavo Adolfo. Don Nequin admitía una hilera de poesía, pero sólo de los poetas del Veintisiete, del Cincuenta y poco más. “Miguel Hernández, Federico, si acaso Salinas… Por supuesto, los Veinte poemas de amor y una canción desesperada de Neruda, pero nada de ñoñerias, que hay muchas esparcidas por los libros”, decía. “Y con José Agustín Goitisolo, Celaya, Otero y pocos más ya van servidos, que hay mucha majadería de petulantes murcianos de premio y juego floral”.

Chin quería decir Chin, o sea nada. Era una contraseña íntima, un nombre que solo Lucas y ella conocían. Pero sonaba a brindis, a choque de vidrios. Y Lucas, un ex camarero al fin y al cabo, decidió instalar una nevera portátil con hielo y botellas de sidra y vasos de plástico para ser fiel al anuncio que por cinco días y después por cinco más publicaban los diarios y revistas de Ursaría. De este modo, en las calurosas tardes del final de la primavera, los compradores de libros refrescaban la garganta y podían brindar por el amor verdadero. El rito era el siguiente:

–¿Cómo se llama usted? –Preguntaba al comprador.

–Enedina.

–Pues tenga usted, Enedina –decía entregándole un vaso en el que acababa de escanciar unos centímetros de sidra–, por el amor verdadero –y alargaba el suyo hacia el de la compradora.

La especialización de la caseta era un éxito, la fórmula del brindis le permitía conocer el nombre de las compradoras y compradores y resultaba agradable y original. Cierto es que algunas declinaban la invitación y otras preferían el botijo. El negocio de don Nequin iba viento en popa.

Llegaron los kamasutras y se vendieron muy bien. Lucas prorrogó el anuncio cinco días más, e iban quince. La factura era cuantiosa. Chin no acababa de aparecer. Sólo una vez sintió el pálpito de tenerla ante sí y cuando la observó mejor descubrió que no era Chín ni se llamaba así ni ella le reconoció a él. Era evidente que había fracasado o que ella no había leído el anuncio o, si lo había leído, no se había sentido aludida o le había despreciado. ¿Quién lo podía saber?

Lucas redujo el anuncio a una frase en castellano en el periódico de mayor tiraje de Ursaría. Don Nequin se estaba forrando, pero él aún tardó una semana en desvelarle el origen del fenómeno y en exponerle el motivo que le había llevado a utilizar la librería como sede de su búsqueda sin informarle ni pedirle permiso de antemano.

Lejos de enfadarse, don Nequin, le abrazó y felicitó. Luego se rascó la cabeza bajo la boina y de un modo tímido, paternal, le reprochó que no hubiera tenido la suficiente confianza para contarle el asunto del cambiazo del maletín a los nazis y los milicos ni para revelarle el secreto de su amor hacia aquella joven. A continuación suavizó su reproche con un “no importa, todos guardamos algún secreto”.

Sin abandonar la línea política de la librería ni descuidar a los selectos clientes, a los que proporcionaba libros de allende las fronteras, prohibidos en España, don Nequin decidió mantener la exitosa orientación de la oferta y sostener el anuncio en el periódico por un tiempo indefinido. De ese modo ayudaría a Lucas a encontrar a Chin. También él estaba convencido de que tarde o temprano aquella chica acabaría apareciendo, de modo que no se privaba de preguntar el nombre a las compradoras que por la edad y características podrían ser Charín.

Lucas se centró en preparar los exámenes de quinto y sexto de bachillerato, pues se acercaba la fecha de demostrar sus conocimientos en el Instituto Ramiro de Maeztu. Las notas no fueron malas ni buenas, pero aprobó todas las asignaturas, incluida la gimnasia, para lo que tuvo que trepar por una cuerda y saltar un potro y un plinton, artefactos que veía por primera vez. En septiembre se examinaría de lo que llamaban reválida y si aprobaba –eran las mismas materias– se inscribiría en la Universidad. La Universidad, palabra mayor, le había parecido inaccesible, y ahora la tenía al alcance de la mano. ¿Y Chin? La seguiría buscando día tras día mientras le durase la vida. Eso se dijo.