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‘La verán mis ojos’ (XXIV): «Los huevos del alcaraván»

El caza Polikarpov I-16, conocido como 'Mosca', con el que combatieron Montilla y Bravo durante la Guerra Civil.
El caza Polikarpov I-16, conocido como ‘Mosca’, con el que combatieron Montilla y Bravo durante la Guerra Civil.

Por KEY GOOD

Un día llegó Montilla de México, no sabía si para quedarse, como le animó su amigo Bravo, o para regresarse después de comprobar que las instituciones democratizadas seguían mangoneadas por los mismos perros con distintos collares. Era un hombre delgado, patilargo y cargado de hombros que parecía un ave zancuda. Al saludarle, Lucas se dijo que tenía algo de alcaraván, ese pájaro que pone los huevos en el suelo y cuando menos lo esperas emite unos graznidos desesperados y sale volando. Luego descubrió que aquel hombre de rostro anguloso y delgado, globos oculares amarillentos, con un mapa de América Latina que se extendía desde la sien izquierda hasta el mentón de su cara y era el vestigio de una quemadura grave, recibía en México ese mismo apodo: El Alcaraván.

Ya con Montilla en la patria, la cuadrilla de viejos republicanos decidió reunirse a ver qué se podía hacer. En la Taberna del Portugués se juntaron un anochecer los regresados Borrajo, Montilla, Bravo, Amaro, Merino y los del exilio interior don Nequin, Yebra y el pequeño Igna-Ben. No trasnochaban, pero eran largos de palabra y Lucas tuvo que apelar a la tolerancia horaria de su sexamiga la Rubia para que les permitiese explayarse hasta altas horas en la histórica churrería. Ella se sintió encantada de recibir y servir a aquellos hombres, a los que trataba de ilustres para arriba, y puesto que era muy atenta y cariñosa, cuando cerraron los teatros cercanos y se acabó el negocio del día, apagó el letrero luminoso, corrió las cortinas de la puerta de vidrio, volteó la llave y les permitió seguir hablando y libando hasta el amanecer.

En aquella primera velada llevaron la voz cantante José María Bravo Fernández-Hermosa y Manuel Montilla y Montilla. Despegaron con los tanques repletos de combustible y volaron durante horas sin que nadie les diera alcance, les interceptara y les derribara. Los demás contertulios parecían encantados de escuchar sus vicisitudes. Si acaso don Nequin se sentía un poco frustrado porque las batallas del pasado –¡Y qué batallas, amigos míos!, se decía Lucas al oírles– prevalecían sobre las preocupaciones del presente.

El pequeño Bravo no desmentía una sílaba de su apellido con sus fechorías, y el alcaraván Montilla le seguía en su Mosca de combate, si bien, con demasiada frecuencia para el gusto de su amigo y jefe de escuadrilla, que era Bravo, desaparecía de la formación de combate y aterrizaba a depositar, literalmente, los huevos entre los tiernos muslos de las muchachas. “Éste se pasó toda la guerra follando”, dijo Bravo. No era un reproche, tampoco un elogio: sólo descripción. “No se le resistía una, amigos míos”.

–Conchita, mi morenita, era más que una compañera de la Unión Republicana: era novia mía –aclaró Montilla.

–Ni herido dejabas de follar –dijo Bravo.

Montilla se encogió de hombros. Le habían herido en una pierna cuando combatía en el batallón Martínez Barrios en las cercanías de Parla y le evacuaron al hospital de Usera. No negaba que sentía unas ganas locas de coyunda con su morenita, pero de ahí a aquella versión de que se había fugado del hospital para verla y aquella otra de que había abandonado la trinchera para lo mismo, mediaba una distancia sideral. Por eso Montilla quería aclarar que ciertamente no estaba del todo curado cuando reclamó el alta y se la dieron. “Pero no fui a ver a Conchita, como se ha dicho, sino que me reincorporé inmediatamente al batallón. Luchamos en Aravaca y Pozuelo, donde salvé el pellejo de milagro, pero se me reabrió la herida. Gracias a un compañero que la examinó y dijo que tenía muy mala pinta y me acompañó al hospital, me salvé de la gangrena. Eso fue todo. Por consiguiente, es verdad que cuando acudí a visitar a mi madre, que se había quedado sola y se había mudado de nuestra casa en la calle del Rollo a la de Carmen, la viuda del general César Aguado, muy amigo de mi padre, que vivía en la calle Villanueva, en el barrio de Salamanca, donde los bombarderos fascistas no soltaban sus cargas y ella se sentía más segura, yo cojeaba un poco, pero ya no estaba herido”.

De modo que ni escapó del hospital ni huyó de las trincheras para acostarse con Conchita, como propalaron las malas lenguas de los compañeros del partido, sino que fue a verla después de recibir el alta médica y hasta “por prescripción facultativa”. La verdad es que en cuanto le curaron, abandonó el hospital, acudió a visitar a su madre, la abrazó, habló un poco, poco, con ella, comió, durmió una buena siesta y salió a toda prisa hacia la sede del Partido, en la calle de Carretas, para ver a su morenita. El padre de ella estaba afiliado a la Unión Republicana y Conchita pertenecía a la juventud del Partido. “Tenía 17 años y era una morenita preciosa; habíamos salido varias veces juntos y, en realidad, era mi novia”, repitió para dejar claro que no se la beneficiaba por ser combatiente, sino porque estaba enamorado de ella.

“Cuando llegué al Partido –siguió contando–, todos los correligionarios vinieron a saludarme. Ella me abrazó con cariño. Una breve charla con los viejos y la invito a salir. Ella acepta encantada, y yo feliz. Cogidos del brazo y contándonos mil cosas caminamos sin darnos cuenta hasta la Puerta de Alcalá y delante de nosotros apareció el parque del Retiro sumido en la oscuridad de la noche; parecía llamarnos para acogernos en su solitario seno, como acogió y acogerá a miles de parejas de enamorados. Nos adentramos en la arboleda, me quité el abrigo, lo extendí en el suelo y nos recostamos sobre él, olvidándonos del frío de la noche de invierno…”

–Y luego vinieron otras conchitas, ¿no es cierto? Éste no paraba… Ni de soldado de aviación en Murcia, ni en Barcelona cuando le llevan seleccionado a Rusia para hacer el curso de piloto, ni en el barco a Odessa, ni en Rusia…

Bravo afirmaba que los amoríos de Montilla eran algo extraordinario y le tiraba de la lengua, y como al alcaraván no parecía importarle correr el riel de sus recuerdos y desvelar sus puestas, por un momento los reunidos tuvieron la impresión de el jefe de escuadrilla y el subordinado habían concertado el relato sobre lo mucho que habían follado en vez de sobre los combates que libraron contra los alemanes y los cobardes italianos con sus pequeños y rapidísimos Polikarpov I-16 soviéticos, los famosos Moscas que los facciosos llamaban Ratas y a bordo de los cuales habían perdido a tantos compañeros y amigos. Puesto que vivían para contarlo y se reencontraban, ¿por qué no celebrar la alegría de la vida en vez de la tristeza de la muerte? No era fanfarronería, sino goce, el relato de Montilla.  .

–La culpa de que me enrolara en la aviación la tuvo éste –dijo el alcaraván señalando al viejo y estirado Merino.

–¿Le habrías fusilado? –se interesó Bravo.

–Naturalment –afirmó Merino en francés.

–Cuando me repuse de la herida mal curada y visité a mi madre y a mi linda morenita –siguió contando Montilla–, me reincorporé al batallón. No sé cómo pudimos salir vivos del infierno de Pozuelo, donde luchamos casa por casa, pero salimos y volvimos a enfrentarnos al enemigo en el Plantío. Se nos vino encima un batallón del tercio y varias compañías de moros. Nosotros no llegábamos a quinientos… El caso es que yo había aprovechado la convalecencia para echar una solicitud para alguna de las cien plazas de piloto de aeroplano que habían sido convocadas. Después de unas navidades infernales, nuestro batallón fue desplazado hacia la zona de La Zarzuela y El Pardo, donde cortamos el paso al enemigo. Yo volví restablecido a las trincheras. Me presento al comandante Tomás y me dice que han nombrado un nuevo jefe de batallón. Era aquí el amigo, el comandante Merino. Tomás me dice que es un excelente jefe y, aunque es de milicias, está muy capacitado.

–¡Mais oui! –exclamó Merino.

–Entonces me presento en el puesto de mando y éste me asigna la jefatura de la primera compañía. Al capitán Nieto –me dice– le han pegado un balazo en un hombro y no tengo gente capacitada para mandar la compañía. Yo acepto. Tenemos que cavar trincheras a toda prisa. Se nos inundan. Tenemos que cavar desagües bajo el aguacero. Cavando se me reabre la herida, me ponen una inyección intravenosa de “salisol” y me dicen “en tres días estarás mejor”, pero el dolor es tremendo. Entonces aquí Merino me vuelve a llamar y decide nombrarme ayudante suyo. Yo, dicho sea de paso, le consideraba un amigo, pero él abusaba…

–¿Cómo que abusaba?

–Por supuesto que abusabas. ¿O no era un abuso que dos veces al día me obligaras a recorrer, usándome como escudo, todo el sector que cubría nuestro batallón, andando por fuera de las trincheras?  Yo, con todo respeto, soy más alto que tú, de modo que la primera bala del enemigo iba a ser para mí. ¿Abusabas o no abusabas?

–¡Serás cabrón!

–Entonces –siguió diciendo Montilla– me llega una carta del Ministerio del Aire. Éste la lee y me dice que no me puedo ir, que para ser piloto hay mucha gente en la retaguardia, pero oficiales del ejército de guerra tenemos muy pocos. No te marchas, olvídate, me dice. ¡Y una mierda! En cuanto se ausenta a despachar con el jefe del tercer batallón de la 38 brigada, que está a nuestra derecha, me largo con lo puesto a la jefatura de la brigada, le muestro la carta al comandante Tomás y le explico la situación. Él me dice que Merino tiene razón, pero las órdenes superiores hay que cumplirlas. Y anade: “Mi coche te llevará a Madrid…” Después me enteré de que éste ordenó que me buscaran y me quería fusilar.

–Es cierto: incurriste en una desobediencia muy grave –ratificó Merino.

Ambos se rieron y Montilla preguntó de qué carajo le habría servido un ayudante fusilado, a lo que Merino opuso: “¡Joder, Montilla! ¿Todavía crees que iba a fusilarte? Con lo que te quería… Pero muy cabreado me dejaste”.

–Entonces vino lo malo y también lo bueno. Le digo al chofer que me deje en la Puerta del Sol. Ahí estoy a un paso de la sede del Partido. Entro, veo a los viejos amigos Serrano, Cervantes, Teodoro López y tantos otros… Muy pocos sobrevivieron. No veo a Conchita. Pregunto a los compañeros y me dicen que se ha ido con su familia a Valencia. No hay nadie que me facilite su dirección. Pienso que con un poco de suerte podré ir a Valencia y allí, en el Partido, alguien podrá darme noticias de mi morenita.

Montilla hizo una pausa, bebió un sorbo de mosto y añadió: “Nunca la volví a ver ni pude saber de ella”.

Estas palabras impresionaron a Lucas, que se acordó de Charín.

–Quizá no la buscó bien –dijo.

–Pregunté por ella, pero no me dieron razón. Y estando en guerra no había tiempo que perder.

Montilla siguió contando que salió desolado de la sede del partido. Pero cuando enfilaba Alcalá abajo para ir a ver a su madre, oyó una voz a sus espaldas: “¡Manolo, Manolo Montilla!” “Ante mí aparece María Luisa Ramírez, alta, morena, ojos y pelo negro, labios sensuales, muy guapa, una mujer de bandera. Lleva un mono azul y en el pecho luce la estrella de alférez. ¿Tienes que hacer algo?, le pregunto, y me contesta que nada. Le digo: te invito a tomar una cerveza y a comer. Comemos en el Bavaria. Sigue perteneciendo al batallón Martínez Barrios, aunque ya no le permiten estar en el frente”.

El resto del relato de Montilla fue una recreación de los sucesivos polvos que aquella tarde y durante toda la noche echaron María Luisa y él, primero con pasión y arañazos y sangre en los labios, y después con ternura y caricias hasta quedar exhaustos y agotados.

“Cuando me despierto hay claridad en el cuarto y un sol triste se filtra por el balcón. Descubro con sorpresa que estoy solo en la cama. Miro el reloj. Son las diez. Me levanto de un salto y voy al baño pensando en encontrarla, pero ella ya no está. Veo un papel en la mesilla: “Suerte, piloto; algún día nos volveremos a ver”. De pronto me acuerdo de que tengo que presentarme en el Ministerio del Aire. Me aseo y salgo de mi casa de la calle del Rollo. Nunca más volvería a ella. He pasado por allí y he recordado ese piso con cariño; ahí viví los mejores años de mi niñez y adolescencia”.

Bravo le siguió tirando de la lengua y Montilla aseguró a los presentes que durante su estancia en Los Alcázares (Murcia), nada de nada. “En los pocos ratos de respiro que teníamos nos escapábamos a la huerta y nos dábamos unos buenos atracones de albaricoques”.

–¿A quién teníais de jefe? –le preguntó Merino.

–Al teniente coronel Urzáiz –dijo Montilla.

–Un tipo excelente –apostilló Bravo–; era de ideas monárquicas, pero permaneció fiel a la palabra empeñada e hizo un gran servicio a nuestra aviación hasta el último momento. Incluso nos acompaño al campo de concentración, donde fue jefe los aviadores que estuvimos en Argelès y en Gurs, ¿te acuerdas?

–¡Claro que me acuerdo! ¡Menuda faena le hicimos escapando! –dijo Montilla.

–O sea que a las murcianas ni catarlas… –dijo Borrajo, que también había sido piloto en los Alcázares.

–Sólo nos dejaban libres la tarde de los domingos, y ya te digo, íbamos a la huerta y nos poníamos ciegos a comer. Un día, a las ocho de la mañana, nos llaman a formar en el patio y nos dicen que nuestra instrucción en tierra ha terminado. Una hora después, el coronel Gómez Espencer nos despide con unas palabras de aliento llenas de optimismo. Subimos a los camiones y nos llevan a Barcelona. Nos dicen que vamos a estar dos días, pero nos tienen una semana en un excelente hotel de la Gran Vía. Allí hay de todo, buena comida, cerveza, vino, bellas muchachas… La guerra no se notaba. Pasábamos el día paseando con chicas, que no faltaban, y bebiendo cerveza. Me eché una novia pelotari: Lumy. ¡Qué buenos ratos pasé en su compañía! Un día estábamos citados, pero no pudo acudir porque tenía partido y me mandó a una compañera, Begonia, para avisarme. ¡Qué linda morena! Seguí saliendo con ella los días siguientes y me olvidé de Lumy.

–¿Y en el barco, seguro que cayeron otras begonias? –insinuó Bravo.

Montilla sonrió, bebió otro sorbo de mosto, se relamió. La Rubia se había sentado junto a Lucas y miraba al alcaraván de tanto en tanto con aquel ápice de malicia y caída de párpados que las mujeres solían ensayar ante los espejos.

–Alguna cayó, a qué negarlo –admitió al fin Montilla.

–No se corte usted, siga, siga –dijo la Rubia.

–Los buenos días de Barcelona terminaron enseguida. Una noche nos avisan de que estemos listos con el equipaje a las siete de la mañana. Pasan los camiones a buscarnos y nos llevan a la estación. Punto de destino: nadie lo sabe. Ya en el tren nos dicen que vamos a Marsella y que desde allí embarcaremos hacia Rusia. Ya podéis imaginar la alegría. ¡A Rusia! ¡Nuestro sueño! Nos entregan los pasaportes y cruzamos la frontera sin problema. En Marsella nos alojan en un hotel en el centro de la ciudad. Nuestro jefe es el comandante Lacalle, máximo héroe de la aviación de caza republicana, que había estado desde el primer día en la defensa de Madrid y mandó la primera escuadrilla de Chatos en las batallas del Jarama y Guadalajara, donde mantuvo a raya a los nazi-fascistas.

Al oír la palabra “Jarama”, Nequin se volvió hacia Lucas y susurró: “Ahí me hirieron a mí”.

Montilla prosiguió: “Estuvimos bajo el mando de Lacalle todo el tiempo que duró nuestra formación en Rusia y con él regresamos a España. En Marsella nos reúne en el jardín del hotel. Éramos 130 alumnos pilotos. Nos dice que saldremos al día siguiente en el paquebote francés Teofile Gautier como turistas y nos pide que permanezcamos en el hotel. Naturalmente, en cuanto se da media vuelta, nos marchamos a la calle a disfrutar del ambiente de la ciudad portuaria. Al día siguiente embarcamos. Comida, siesta, paseos por cubierta, música con baile por la noche… ¡Qué buena vida! En el barco iban turistas franceses y de otras nacionalidades. Enseguida eché el ojo a dos turcas bellísimas. El comandante Lacalle nos previno que posiblemente eran espías y nos pidió que nos alejásemos de ellas. Así lo hicimos hasta que una noche le vimos salir del camarote de las espías. Naturalmente, todos querían invitarlas y ellas, haciendo gala de una generosidad sin límite, convirtieron en más plácido el viaje de algunos de nosotros. Llegamos al Pireo, pero las autoridades griegas no nos dejaron desembarcar. Ya comenzábamos a ser aquellos rojos peligrosos de la propaganda facciosa. Proseguimos viaje hacia Estambul. Nunca olvidaré la entrada a la ciudad, atravesamos el Bósforo y ante nuestros ojos aparece la ciudad con decenas de minaretes blancos que emergen por todos lados, la mezquita de Santa Sofía, antigua iglesia bizantina; la mezquita azul, el Serrallo, la ciudad desparramada a uno y otro lado del estrecho. Un viaje maravilloso. Atracamos y tampoco nos dejan desembarcar. Nos quedamos en el barco casi dos días. Cuando el barco zarpó, había dos personas en el muelle despidiéndonos: eran las dos bellas turcas que con lágrimas en los ojos me deseaban suerte, a mí a algún otro”.

Aunque Bravo conocía bien aquella travesía, pues había realizado el mismo viaje unos meses antes que Montilla y lo volvería a realizar después de la guerra, dejó que el alcaraván siguiera volando, poniendo huevos y sorprendiendo a todos. “El estrecho de los Dardanelos es un espectáculo único en el mundo, con quintas de millonarios turcos a derecha e izquierda, la mayoría de estilo arabesco, con unos jardines preciosos, llenos de flores de todos los colores. Era una mansión, y otra, y otra…, casi hasta llegar al Mar Negro. Por fin llegamos a nuestro primer punto de destino: Odessa. Los muelles eran enormes, pero parecían muertos, sin barcos, sin gente. Nos alojaron en un cuartel durante dos días. No nos dejaban salir libremente, aunque por grupos, y acompañados de un intérprete, nos llevaron a recorrer la ciudad, que era grande y bastante fea. Sin embargo, la gente era muy amable. En cuanto decíamos que éramos españoles, nos demostraban su simpatía y nos pedían informes de nuestra guerra. Nos llevaron a la playa de finísima arena blanca. Pasamos el día jugando, nadando y descansando. El tercer día, en ten, rumbo a Moscú. Dos días y dos noches de viaje. Al llegar, nos recogen en unos camiones y nos llevan a un cuartel cerca del estadio del Dinamo. Charla del comandante Lacalle, comida y tarde libre para ir a la ciudad. A las ocho de la noche, de vuelta en el cuartel. ¿A las ocho…? Ya, ya”.

La Rubia golpeó suavemente a Lucas en el costado. La expresión de Montilla auguraba nuevas aventuras y ella estaba deseosa de escucharlas. ¿Qué encerrarán los galanteos, ligues y devaneos que tanto interesan a las mujeres?, se preguntaba él sin acabar de comprender, pese a estudiar periodismo, aquella afición femenina por la prensa rosa, que llamaban del corazón y hasta del hígado. De pronto era ella quien se ocupaba sonsacar a Montilla.

“Terminamos de comer –siguió contando el aviador– y en grupos de dos o tres salimos del cuartel y fuimos a visitar la ciudad. Cuando la gente se da cuenta de que somos españoles, nos atienden y nos obsequian. Se nota que están al tanto de nuestra guerra y que sienten una gran simpatía por nosotros y por nuestra causa. En el parque del Ejército Rojo conozco a una bella moscovita. Es rubia, tiene los ojos azules y dieciocho años. Ella no habla español y yo tampoco hablo ruso, pero nos entendemos maravillosamente. El amor no necesita idiomas ni conoce fronteras. ¡Que hermosa tarde y parte de la noche pasamos juntos! Fui de los que llegaron más tarde, pero no el último. A la mañana siguiente, el comandante nos reúne en el patio del cuartel. ¡Bronca! Al día siguiente se repite la misma historia. Yo me acerco al comandante y le digo: ¿por qué nos regaña usted si no hacemos daño a nadie y, al fin y al cabo, a los que tenemos novia se nos seguirá haciendo tarde? Él me contesta que no sea idiota, que no lo dice por los pocos que hemos ligado sino para que la mayoría no haga lo mismo. Pasé unos días que me parecieron muy cortos en compañía de mi linda Maruxa: hotel Metropol, café Moscova, café Nacional con sus bailes por la tarde, partido de fútbol entre la Selección Vasca y el Dinamo. Ganó el Dinamo. También presenciamos un desfile deportivo y estuvimos a unos metros de Stalin, Molotov y todo su gobierno. Visitamos la tumba de Lenin. ¡Impresionante! La Plaza Roja, el Kremlin, la iglesia de San Nicolás, vimos el Ballet Bolshoi, fuimos en el Metro… Fue una semana inolvidable. Y mi linda Maruxa no se separó de mí un solo día”.

Decididamente, aquellos desexiliados estaban bastante salidos. Entonces tenían veinte años y las hormonas en ebullición. La Rubia se sintió encantada con sus historias y les dijo: “Aquí tienen su casa, vuelvan”. “Claro que volveremos”, contestó don Nequin.

‘La verán mis ojos’ (V): «Y ustedes la verán también»

Sello de la II República
Sello de la II República

Por KEY GOOD

  

En las noches de agosto no había modo de dormir bajo las tejas calientes, así que después de los largos paseos o de las charlas a intervalos con la Rubia del Portugués, Lucas dejaba que transcurrieran las horas entre lecturas y recuerdos hasta que, ya cerca del amanecer, se enfriaban las tejas y los jilgueros entonaban sus gorjeos en el borde del ventanuco por el que entraba el frescor. Algunos se colaban en la habitación y lo cagaban todo, los muy cabrones, pero le hacían compañía y les permitía quedarse a condición de que le despertasen. Cuando, al cabo de dos o tres horas de sueño, abría los ojos y miraba el reloj, se incorporaba sobresaltado porque ya eran las nueve de la mañana y, entonces, los gorriones, como si fueran conscientes de merecer una recompensa por el servicio realizado, le acompañaban al lavabo para beber agua.

Lucas cortaba las hojas del cuaderno con las notas de la noche anterior, compraba sobres y las franqueaba desde el estanco de la Flaca –poniendo buen cuidado de pegar boca abajo los sellos con la testa del dictador, como si deseara que se le bajara la sangre a la cabeza y las diñara de mala manera por haber fusilado tanto–, a las direcciones de la tía Zulaica y del hermano Richard. Les contaba su precaria y sencilla vida en Ursaría, les hablaba de la gente que había conocido y se despedía sin otro particular. La tía Zulaica solía contestar a vuelta de correo. Richard se demoraba uno o dos meses en responder. La tía Zulaica solía contarle que las gallinas, los conejos y las cabras estaban bien y que ella, aunque se resentía de las piernas, iba tirando. Por su parte, Richard le hablaba de sus progresos. Ya era jefe de la partida de la carne de un gran hotel de aquella isla donde vivía y se lo hacía con amantes suecas, inglesas, holandesas, alemanas…, mujeres de piel blanca y suave que se iban tostando al sol y aun siendo higiénicas, cosméticas y perfumadas, disfrutaban el sexo como guarras. Algunas se lo querían llevar de arrimo y le ofrecían empleos domésticos de jardinero y cocinero.

También los frailes le contestaron a vuelta de correo y le enviaron el libro azul con las calificaciones escolares. Lo abrió y buscó con avidez las notas del último año, el quinto curso de bachillerato, pero la hoja estaba en blanco. ¿A qué obedecía la omisión? Les escribió pidiendo aclaración, pero sólo obtuvo una respuesta formal, según la cual, carecían de competencia legal para calificar el quinto curso hasta que realizara el sexto y la reválida. Escribió otra carta quejándose de lo que consideraba una injusticia y los frailes le contestaron que había aprobado todas las asignaturas, pero que no podían consignar las calificaciones porque la legalidad vigente se lo impedía. Total, que le quitaban un año.

Quien siguió sin dar señal fue el barbudo Argala. Iba para dos meses que le había llevado aquellas cartas. Las introdujo por debajo de la puerta de aquel piso de la calle de los Pajaritos y, tanto en la primera como en la segunda misiva, consignó la dirección de la pensión donde le podían encontrar. Pero estaba claro que aquel tipo no quería ayudarle ni saber nada de él. Pertenecía a esa clase de gentecilla circunstancial y sin palabra, de la que es preferible no acordarse.

Ursaría en agosto era una ciudad tan sucia y maloliente como el resto del año, pero más tranquila. Muchas sedes y establecimientos cerraban por vacaciones, otras funcionaban a medio gas, había menos gente, desaparecían los clientes habituales y llegaban sudorosos turistas descarriados que insistían en cenar a las seis de la tarde. Gente rara. La vida era más lenta, más relajada. Raba y el jefazo Marzo disfrutaban sus vacaciones y algunas mañanas Lucas se retrasaba y abría la persiana de La Campana media hora después de lo acostumbrado, pero no importaba, pues la cocinera Tinina se retrasaba una hora, el vinatero venia dos veces por semana y el mozancón del hielo permanecía fiel a sus retrasos. Entre Manolo Bolo y él se sobraban para atender a los escasos clientes. Cuanto desaparecían los turistas y los pocos parroquianos que, como el banderillero Molina, permanecían en la ciudad con encomiable fidelidad a sus costumbres, cerraban la persiana y daban por concluida la jornada. La cocinera Tinina se encargaba de contar la caja y de guardar la recaudación. Aunque pactaba las sisas con Bolo, Lucas hacía como que no se enteraba y se conformaba con el sueldo y las propinas del bote, que se repartían una vez a la semana, la tarde de los domingos.

Las horas muertas, de tres a cinco y media, eran para él las mejores del día. Se llegaba a la Cuesta de Moyano y el librero Nequin y su amigo Yebra le invitaban a sentarse con ellos en una silla plegable de lona a la sombra de la caseta y les escuchaba hablar de la guerra, de la situación presente o no les escuchaba porque se limitaban a observar el tablero de ajedrez y a pensar sus jugadas, regando de vez en cuando el gaznate con un chorrito de agua del botijo.

Algunas tardes pasaba por allí un hombre pequeño y pulcro, con la piel lechosa como un gusano de la fruta, y se paraba a saludarles. Tenía voz aniñada. Solía sacar del bolsillo de su guayavera una cajita de puros entrefinos y les daba uno, como quien regala caramelos a los niños. Nequin lo aceptaba de mil amores y le tendía el botijo, pero Yebra lo rechazaba con gesto de mil dolores. El hombre se llamaba don Igna Ben (nombre de guerra) y los puritos eran su forma de hacer propaganda clandestina de su partido, pues en el transparente papel de celofán que envolvía cada cigarro introducía una etiqueta muy fina con la inscripción ARDE. Eran las siglas de Acción Republicana Democrática Española, el partido de don Manuel Azaña, y el purito ardía, claro que ardía.

Cuando el amable señor se volvía a poner el sombrero y proseguía su camino, Yebra señalaba con el dedo las volutas que salían del cigarro de Nequin y exclamaba: “¡Puro humo!”

–Humo de puro –le corregía Nequin.

–Puro humo, la República –puntualizaba Yebra.

Esa sencilla expresión o cualquier otra que hiciera al caso bastaba para que el librero se soliviantara y ambos se enzarzaban en una discusión que podía resultar tan larga como interesante.

El contraste de argumentos entre el funcionario y el librero le parecía a Lucas una fuente de conocimientos tan buena y fiable como la de algunos libros. Desbarraban, pero sabian argumentar. Yebra podía adoptar el papel de monárquico cerril para provocar a Nequin y éste podía actuar como un republicano acerrimo para fastidiar a Yebra. Como Yebra trabajaba en el sótano de la hemeroteca municipal, encuadernando y conservando periódicos, en una lucha sin cuartel contra los estragos de la polilla y la disolución de la tinta, poseía la ventaja que le daba el trato con la prensa de las primeras décadas del siglo XX  y conocía noticias y episodios regios que Nequin ignoraba.

En una de aquellas discusiones, Nequin llamó meapilas a los Borbones y predijo que el príncipe heredero seguiría la política del palio, entregando miles de millones del erario público a los vaticanistas para que siguieran engordando la panza. También predijo que en cuanto el Borbón designado por el dictador fuera entronizado, acudiría al Vaticano a besar el anillo al Papa, lo que equivalía a besarle el culo, pues anillo viene de ano. Entonces Yebra sacó a pasear su erudición y le contestó que “ni Alfonso XIII ni su antecesor tuvieron simpatía por la religión católica”.

–¡Eso si que es bueno! –Exclamó Nequin.

–Lo que pasa es que el clero les envenenó el reinado –añadió Yebra.

–Los obispos lo envenenan todo –asintió Nequin.

–No sé si sabes que una parte de la clerecía se conjuró contra Alfonso XII y se negó a celebrar los funerales por la reina María de las Mercedes, de la que él estaba locamente enamorado. Es más, algunos obispos esparcieron tanto desprecio y rechazo hacia el rey que el pobre desgraciado acabó escribiendo en su libro de caza, tras la muerte de su joven esposa, que el único consuelo que le quedaba era contemplar las ásperas sierras de El Escorial donde había sido feliz con su Merceditas, pues ni siquiera tenía la suerte ni el descanso moral de Felipe II de ser creyente.

–¿O sea, que no creía en Dios? ¡Qué tontería!

–Lo escrito, escrito está. Y yo me digo que si hubiera vivido más tiempo, habría podido dar algún un ejemplo más contundente de su rechazo a la clerigaya carlista, pero en fin… Bueno, y cuando Alfonso XIII subió al trono, muchos curas y obispos realizaron actos de política carlista contra él. Yo creo que al XIII no le podremos negar algunos esfuerzos sinceros por separar a la Iglesia del Estado.

–¿Ah, si? ¡Eso también es bueno!

–Ahí está el decreto del matrimonio civil que eximía de toda declaración religiosa a los que quisieran casarse por el juzgado y solventaba de esa manera la pretensión de la Iglesia Católica de declarar nulos los matrimonios civiles de los contrayentes que no hubieran abjurado previamente del catolicismo…

–Puro formulismo –dijo Nequin.

–Formulismo o lo que tú quieras, pero no del que besa el ano sino del que escuece el culo al Vaticano.

–Sin haberlo deseado, te ha salido un pareado –se rió Nequin.

–Bueno, eso sin contar la famosa Ley del Candado para poner coto a las ventas de bienes y patrimonio que realizaban las órdenes religiosas al mejor postor sin dar cuenta ni a los fieles ni, mucho menos, al Estado.

–En España la clerigaya siempre ha hecho su satánica voluntad, amigo Yebra.

–Pero la voluntad de someterlos a la ley no se le puede negar…

–Ya, ya.

–Y el XIII también respaldó la reforma de Canalejas para descargar al erario de las obligaciones con la Iglesia. Y cuando, presionado por el Vaticano, Canalejas presentó su dimisión, el XIII no se la aceptó, como tampoco aceptó la de Romanones como ministro de Gracia y Justicia cuando el nuncio y los obispos desataron una cruzada contra él a raíz del decreto de protección del patrimonio cultural que prohibía a la Iglesia vender y exportar obras de arte… Y tampoco aceptó la renuncia de Manuel Pedregal, ministro de Hacienda, que intentó frenar la sangría del Estado a manos del clero, separando bienes y limitando los diezmos eclesiásticos… En fin, si el XIII no llegó a implantar la libertad de cultos, al menos lo intentó.

–¡Tonterías!

–Tonterías o no –prosiguió Yebra–, lo cierto es que los últimos Borbones no tuvieron mala fe, ni fe siquiera; otra cosa es que toparan con la iglesia, amigo Nemesio, y no pudieran hacer más.

–Sólo te recordaré, querido Yebra, que la República se proclamó contra el rey y contra el clero, ¿o no? De modo que la dudosa voluntad del XIII de reducir los privilegios del clero católico, apostólico y romano, si alguna vez existió, se disipó pronto.

–Mira, eso no te lo voy a negar. El propio XIII parecía arrepentido de haber cedido a las exigencias del clero. Nada más tienes que ver lo que cuenta Julián Cortés-Cabanillas.

–¿Qué cuenta ese reaccionario?

–Pues que estando el destronado en Roma, fue a ver al Papa Pío XI con la intención de abordar el asunto del clero en España y cuando comenzó a hablar de los problemas del clericalismo que provocaron su caída, el Papa le interrumpió bruscamente: “Eso no me lo cuente a mí, expóngaselo al nuncio Pacelli”. Y dice Cabanillas que al salir de aquella audiencia, don Alfonso le preguntó al cardenal Cacia-Dominioni, que le acompañaba, qué tenía previsto hacer la Santa Sede cuando un Papa no convenía a la Iglesia, y el cardenal, un tanto perplejo, le contestó que al ser el Espíritu Santo quien inspira a los cardenales en el cónclave, se lo lleva consigo. A lo que Alfonso XIII replicó: “¿Y no cree, eminencia, que el Espíritu Santo parece estar ahora algo distraído?”

–¡Tonterías de monárquicos lacrimógenos!

–Pues yo sostengo que el XIII acabó desengañado de la Iglesia por el comportamiento ruin y desleal de la jerarquía hacia él. Y lo que me parece más importante: espero que el nieto y heredero haya aprendido la lección y ponga las peras a cuarto a nuncios, arzobispos, obispos, deanes, confesores y demás.

–Que te crees tu eso… Puestos a esperar, seguro que eliminan el sostenimiento del culto, suprimen el Óbolo Real y dejan de mantener al Cristo de Medinaceli… Yo no descartaría que se convirtieran en republicanos.

–Seamos serios, Nemesio.

–Sí, como los burros.

–Pues yo confío en que los Borbones hayan aprendido la lección y el que viene no tropiece en la misma piedra.

–Si, como los burros.

En ocasiones, cuando venía a cuento, terciaba Lucas proponiendo a Nequin la anulación de la apuesta que se traían, pues cada día aparecía con mayor nitidez la restauración de la monarquía y el alejamiento de la reposición de la legalidad republicana, y él no deseaba añadir derrota a su derrota. Pero el viejo librero se revolvía en su taburete y le replicaba:

–¡Ni hablar del peluquín!

–Usted sabe que va a perder –insistía Lucas.

–Eso está por ver –replicaba Nequin.

–Ya lo verá.

–¡Claro que veré la Republica! ¡La verán mis ojos!, la veremos todos, y Yebra también.