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«La verán mis ojos» (XII): «Milicos preocupados»

El jefe militar de la OTAN y la CIA, Alexander Haig, con su colega Kisingger, 31 años después de negociar en Madrid la permanencia de las bases militares USA
El jefe militar de la OTAN y la CIA, Alexander Haig, con su colega Kisingger, 31 años después de negociar en Madrid la permanencia de las bases militares USA

Por KEY GOOD 

Lucas no se creía que el régimen de PTC fuese a terminar tan pronto como el librero Nequin deseaba. Si Rabadán decía que el dictador tenía cuerda para rato, debía tener razón, pues casi siempre tenía razón Raba. Pero los señores milicos se mostraban preocupados por la marcha de la patria y desde que el general Ferrari dijo entre recogilondrios que su excelencia había perdido el gusto por la caza, deslizaban comentarios que revelaban su desasosiego por la pérdida de facultades del PTC. Un coronel alto y desgarbado al que llamaban Laurel, que se las daba de manejar buena información del entorno palatino, sostenía que su excelencia iba delegando parcelas muy sensibles del poder, incluidos los servicios secretos, en unos tecnócratas egoístas y voraces que parecían muy peligrosos pues, según decía, desequilibraban la relación de fuerza y desnaturalizaban los principios del glorioso movimiento. Y algo mucho peor: acabarían arrinconando al Ejército. No es que la fuerza armada dejase de ser la columna vertebral de la patria, pero entre unos y otros –los carlistas y tradicionalistas que ya mandaban en la Benemérita, y los tecnócratas que dominaban las finanzas e iban ampliando su poder en el gobierno– lo iban orillando, minándole el terreno.

Los comentarios de los milicos reflejaban desasosiego. A este paso llegará el día que tengamos que obedecer a los civiles, comentaban entre dientes. Su disgusto porque el nuevo jefe del gobierno era un civil, amigo personal de la esposa de su excelencia y al que el almirante finado no quería ver ni en pintura, resultaba catedralicio. Mucho les fastidió un discurso del orgánico preboste con orejas de soplillo. ¿Qué es eso de la apertura?, se interrogaban. ¿Vamos tener rojelios hasta en la chepa?, se preguntaban.

No es que el régimen de autoridad fuese a desaparecer de la noche a la mañana, pero les parecía evidente que desde arriba intentaban lavarle la cara y que en la operación de limpieza de cutis, ellos, los militares, eran el grano a extirpar o chamuscar con hidrógeno líquido para convertirlo en costra y desalojarlo de la faz del poder. Pruebas y evidencias comenzaban a tener muchísimas. Nada más había que ver a quién untaba ahora el amigo americano para percatarse de la descarada y creciente marginacion del estamento militar. Sin el malogrado almirante al frente del gobierno, el desequilibrio comenzaba a parecerles patente y los convertía en patéticos. A este paso ligero, pronto les impedirían salir de los cuarteles mientras España se iría sumiendo y consumiendo en el desorden y el caos. Eso decían.

Por los comentarios de los señores milicos se enteró Lucas de que unos hombres importantísimos del gobierno de los Estados Unidos de América andaban de incógnito por Ursaría. Se trataba de un tal Vernon Walters, que era el jefe de la CIA, y de un tal Haig, que era el jefe de las Fuerzas Armadas estadounidenses en Europa occidental. Y también de un tal Henry Kissinger, que era un judío listísimo que no se llamaba así, sino Hein Alfred. Al parecer, aquellos tipos mantenían reuniones secretas con oligarcas y prebostes del poder civil con el fin de animarles a que estamparan su firma cuanto antes en la renovación del alquiler de las bases militares que tenían en España. ¿A qué venía aquella prisa? ¿Acaso barruntaban que lo que estaba ocurriendo en Portugal, es decir, la deposición del dictador, iba a contagiar a España y querían garantizar la permanencia de su ocupación militar pacífica y la continuidad de sus arsenales nucleares y convencionales en sus bases militares aquí instaladas? Los razonamientos de los milicos apuntaban en esa dirección. Aunque Portugal no era el macizo de la raza ibérica, algo bullía en el interior de la España cuartelera que les llevaba a temer que más pronto que tarde los españoles, dotados de mayor aguante, pudieran seguir el camino de los portugueses.

Lucas se regocijaba con las preocupaciones de aquellos milicos, pues le parecían gente infecciosa, glotona, miserable y tramposa. Tuvo la certeza de que sentían jodidos la tarde que aparecieron aquellos alemanes, don Bernardh y don Otto, y oyó al primero decir: “Hay que apurar, Ferrari, hay que apurar, que esto se acaba”. Por primera vez, el alemán de cráneo mondo no traía el maletín reglamentario. Escuchó cómo el general Ferrari se esforzaba en tranquilizarle y le hablaba de corbatas y de medios plazos. Como los granujas redomanos, empleaba un metalenguaje. No oyó las palabras “petróleo”, “Pirineos” y otras que le resultaban familiares, aunque captó algunas como “parches”, “lexatil” o algo parecido y otras que sonaban a medicamentos. Siempre había piojos, paperas y disenterías en el Ejército y se notaba que aquellos oficiales de intendencia estaban haciendo de la miseria un negocio. Poco antes de que los germanos se despidieran, volvió a oír la frase inicial de aquel don Bernardh: “Hay que ir deprisa general, que el tiempo se acaba”.

–¿Tú crees, Raba, que esto se acaba?

–¿Qué se yo, chico?, pero cuando una cosa se empieza a acabar se acaba acabando –contestó Raba.

Aquella noche, en la taberna del Portugués, Lucas realizó las consiguientes llamadas a la lista de Martínez en busca de Chin y a continuación, cuando la Rubia le sirvió el café con leche y los sobaditos, le preguntó si no intuía el final de la dictadura, como ocurría en Portugal. Ella se sentó un momento con él, pero en vez de contestar se puso a mirar el libro De Bello Gaellici et De Bello Civile, leyó en voz alta una frase y le preguntó si estaba mal de la cabeza o se iba a meter a cura.

–Ni una cosa ni la otra.

–Pues ya me dirás, guapo –dijo ella cerrando el libro.

Él aclaró que repasaba el latín para examinarse de quinto y sexto de bachiller en junio por libre en el instituto Ramiro de Maeztu, ante lo que ella repuso:

–¿Y te gusta?

–No me desagrada.

–Ya casi no se habla, ¿verdad?

–Hablarse, no; es una lengua muerta, aunque no faltan tipos que la utilizan para darse importancia delante de las mujeres.

–¿Ah, si?

–Como lo oyes.

–Y tú quieres ser uno de esos, ¿verdad?

–Nunca se me ocurriría dar asco a mis semejantes.

La Rubia se rió y él retomó la pregunta inicial, pero ella se levantó y acudió solícita a servir al hombre del traje, con aspecto policial, que solía entrar cada noche a tomarse su copa de brandy. Habló animadamente con él y sirvió a otros clientes de costumbres crepusculares. Cuando regresó a su mesa, él le volvió a preguntar si creía que la dictadura estaba en las últimas y ella le contestó:

–No Lucas, aquí no va a ocurrir como el Portugal; me creo que aquí tenemos Paco para rato. Y según ese, están preparando un buen escarmiento.

“Ese” pertenecía a la policía secreta; según la Rubia, era un agente muy importante de la brigada político-social, un tío espitoso que quería “mojar” con ella y no tenía cara de haber matado a nadie.

–Creo que lo que más les gusta a esos es pegar –dijo Lucas.

–A ese le gusta investigar y detener. Hace unas noches me contó que había agarrado a un comunista muy importante, un tal Simón que salió en los papeles. Dice que andaba tras él desde hacía meses y que se enteró de la matrícula de un coche que usaba para llevar propaganda. El comunista vivía por el barrio de las Delicias, y ese se pateó calles y más calles, noche tras noche, hasta que dio con el coche. Y entonces aplicó una treta que consistió en llamar por teléfono a una finca cercana, preguntó si era de algún vecino el coche de color tal, marca cual y matrícula pascual, y cuando éste contestó que era suyo, le dijo: “Pues salga rápidamente, que se lo están robando”. Y cuando el comunista salió, le apuntó con la pistola y se lo llevó esposado.

–Muy hábil. ¿Y en qué dice que consiste ese escarmiento que están preparando?

–No sé muy bien; parece que siguen buscando a esos de terroristas vascos que volaron a Carrero y que tienen permiso para volarles la tapa de los sesos. Total, qué más da, si les van a condenar a muerte.

La Rubia del Portugués no andaba descaminada, pues aunque no hacía mucho tiempo que habían ejecutado a un anarquista del Movimiento Ibérico de Liberación que se llamaba Salvador Puig Antich y a un extranjero del que dijeron que era un peligroso agitador, el dictador PTC había dado orden a sus oscuros subordinados de que mantuvieran engrasada la máquina de matar. En Barcelona agarrotaron a dos delincuentes comunes que, según la prensa, se llamaban El Gordito y El Basura. También salió en la prensa que unos elementos paramilitares o parapoliciales ametrallaron a unos vascos que se reunían en San Juan de Luz. Y para acojonar a los rojos refugiados, refugíberos o refugirrojos, como les llamaban, también hicieron estallar una bomba en París, en la sede del comité de información y solidaridad con España, que presidía Ángela Grimau, viuda de Julián Grimau, un dirigente comunista que habían fusilado en la cárcel de Carabanchel en el año 1963.

Los milicos de la mesa tres de La Campana comentaban que eso era lo que había que hacer para que los rojos y separatistas no se subieran al bigote y les escupieran en la boca, y el coronel Laurel, que manejaba información palatina y había estudiado técnicas guerrilleras en los Estados Unidos de América y en la República Federal Alemana, afirmaba en tono enérgico y suficiente que en tres meses acabarían extirpando a aquellas pulgas, en directa alusión a los traidores y separatistas.

A pesar de las bravuconadas de los milicos, se notaba por las noticias de la prensa vespertina que el personal iba perdiendo el miedo al miedo, los trabajadores se revolvían contra los patrones que les pagaban unos sueldos de hambre, los estudiantes compraban más libros marxistas que nunca e iban adquiriendo conciencia política e, incluso, los hijos de algunos burgueses ricos acudían a las manifestaciones en las que se gritaba contra la dictadura militar.

Las huelgas comenzaban a ser noticia. Aunque estaban prohibidas por ley y, en consecuencia, eran ilegales, los trabajadores del metro, los ferroviarios y los de otros transportes públicos adoptaban la posición de brazos caídos y paralizaban la actividad productiva y burocrática. Los prebostes apelaban al Ejército, que entonces se escribía así, con mayúsculas, en todos los periódicos, y ponían  a los soldados a vigilar las estaciones y a conducir los trenes y los autobuses. La militarización resolvía la papeleta momentáneamente, pero se registraban demasiados accidentes y la gente viajaba sin pagar. Aquello era una ruina y un desastre.

Aunque los salarios eran muy bajos, los patrones se quejaban y alegaban grandes pérdidas para todos. Y puesto que los obreros ganaban tan poco que tenían los estómagos habituados al magro condumio, resistían días, semanas, en huelga con los escasos recursos de sus cajas de resistencia y las recaudaciones de las colectas solidarias para los almuerzos comunales. A los empresarios, los banqueros y los directivos de las sociedades estatales, paraestatales y semiestatales se los llevaban los demonios y echaban las muelas de rabia, atribuyendo las responsabilidades a un lado y otro, a la izquierda y la derecha, arriba y abajo.

Entre los animales más evolucionados del régimen, como les llamaba Nequin, había algunos ministros sensibles al descontento y a la pérdida de beneficios empresariales. Tímidamente recomendaban que se aplicasen algunas mejoras sociales para tener contento al personal y evitar costosos conflictos. Eran los mismos que manifestaban entre líneas su disgusto la ineficacia de la militarización, pues el Ejército no estaba para ser eficaz, sino para meter miedo.

Por no valer,  el Ejército ni siquiera valía para impermeabilizar la frontera con Francia y cortar el paso a los grupos de terroristas que entraban por los senderos y caminos secundarios, mataban a un par de guardias y se regresaban a sus refugios en el país vecino. Algunos prebostes tuvieron la idea de establecer unos cordones de soldados al acecho en los pasos montañosos del País Vasco, Navarra, Aragón y Cataluña. Parece que instruyeron a los soldados para que dispararan a todo lo que se movía si después de echar el alto se seguía moviendo. Y luego, cuando amanecía, aparecían caballos, vacas, cabras, ovejas y algún lobo muerto.

Ya debían llevar una mortandad de reses bastante alta por ningún terrorista muerto cuando, una tarde, escuchó Lucas una conversación profunda entre el general Ferrari y el coronel Laurel, que llegó acompañado de un comandante al que llamaban Ladra, según la cual, la impermeabilización fronteriza requería la aplicación de una tecnología novedosa, unas gafas de visión nocturna que hoy por hoy sólo podían proporcionarles los alemanes. “Los anteojos de infrarrojos son caros –le oyó decir al birria del general Ferrari–, pero a la larga salen más baratos que las vacas, y, además, ¡qué recogilondrios!, a ustedes les tocará un buen pellizco”.

Entonces no tuvo duda del origen del porcentaje del próximo maletín que podría recibir el general Ferrari. A los repelentes de pulgas y piojos y aquello que parecían medicinas se añadirían los beneficios de aquellas gafas de visión nocturna para cazar terroristas. Y eso sin contar lo que se derivase del proyecto de la búsqueda de petróleo en los montes Pirineos. Lucas se lo comentó a Raba y éste dijo: “¿Ves como roban, chico?” Y ambos renovaron su compromiso de intentar apoderarse del cartapacio que el germano con la cabeza de bola solía colocar a los pies del general. No era una empresa fácil, pero debían intentarlo.

–Rubia, si tú supieras que un individuo armado, un militar, pongo por caso, lleva unos documentos secretos en un maletín y yo te pidieran que se los quitases, pues se trata de una cuestión de vida o muerte, ¿qué harías para arrebatárselos?

La Rubia del Portugués se le quedó mirando un poco sorprendida y Lucas repitió más pausadamente la formulación. No tenía mucha imaginación, la Rubia.

–Bueno, yo supongo que eso es un trabajo de espía –dijo por fin.

–Supones bien: de Matahari; ahora métete en la piel de la espía y discurre la forma de apoderarte de los planes secretos del militar enemigo.

–¿Y eso por qué?

–Estoy haciendo un cuento y necesito una idea.

–Siendo así… Se me ocurre que yo lo camelo y tú aprovechas para quitarle los documentos secretos.

–¿Serías capaz de darle sexo?

–Si es un asunto de vida o muerte y el enemigo está bueno… Pero sin dejar que se propase, no vayas a creer que una…

–Por supuesto, Rubia, faltaría más…, aunque no sé cómo te las puedes ingeniar para llevar a un tío a la cama e impedir que se propase, máxime si va armado y le has ofrecido tu cosa.

–¡Qué ingenuo eres, chiquillo!

–Bueno, ya sé que las mujeres hacéis las camas y mandáis en ellas.

–En eso tienes razón; te voy a decir lo que haría yo: engancho al tipo y tú me sigues, me lo llevo a tomar una copa –determinadas cosas no se pueden hacer en frío, ala, aquí te pillo y aquí te manto–, le pongo una pastillita molida –una adormidera de las que tomo para descansar– y te aseguro que a los diez minutos, por muy fuerte y armado que esté, ese cae deshilachado en la cama y no hace más que roncar.

–Eres muy lista, Rubia. Por cierto, no me vendrían mal esas pastillas para dormir, que hay noches que cuanto más cansado estoy, peor duermo, salvo que…

–Salvo que te hagas una paja, ¿a que sí? –dijo ella guiñandole un ojo.

–Sobre todo, mental. ¿Cómo se llaman las pastillas esas?

La Rubia le dio la marca y él la apuntó en la hoja de cortesía de La Hélade, un librito de Jesús Mosterín sobre la cultura griega –también tenía que examinarse de griego–, y luego le dijo que Pericles tenía la cabeza en forma de pepino pero no inventó el gazpacho, sino la democracia, y estuvieron hablando sobre la política y el teatro griego, tan unidos la una al otro. Él dijo que la euthymia de Demócrito le parecía una buena actitud ante la vida, pues era algo así como la felicidad, y la Rubia dijo que eso no existe y que la felicidad de aquel Demócrito le parecía puro conformismo, pero aun así y todo, algún día deberían darse una vuelta por allí, o sea, por Atenas. Él asintió pro forma y ella advirtió que le daba la razón como a las tontas y afirmó: “En serio te lo digo”.