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Notables de pocas palabras

EL LUNES TE CUENTO

El mundo era un guirigay. En una atmósfera estragada por la contaminación de los humanes y saturada de noticias falsas, posverdades, bulos y bolas irrumpía aquel virus (Covid 19 le llamaban) que mataba a cientos de miles de personas. Y por si fuera poca desgracia se añadía la decisión del genocida ruso de matar ucranianos, lanzando bombas, miles de bombas contra las ciudades del vecino país europeo. El ruido interno era también ensordecedor. Magistrados, directivos empresariales, dirigentes sindicales, líderes políticos de todas las tendencias y colores, jefes gubernamentales, leguleyos, politólogos, expertos en la totalidad… producían un zumbido incesante. Era comprensible que el director de un diario digital humilde, pero riguroso, necesitara un retiro espiritual de una semana en un monasterio. Y si podían ser dos, tanto mejor. En eso iba pensando calle arriba aquella mañana del caluroso mes de julio cuando sintió el temblor de rabo de lagartija en el bolsillo. Sacó el inoportuno, miró la pantalla, pulsó el botón, acercó el auricular a la oreja derecha y dijo: “Hola, Román, ¿qué te cuentas?” Román era un ilustre profesor que daba lustre y prestancia al periódico con sus columnas semanales. “Pues mira, hay tanto ruido que no tengo nada que contar; de hecho no sé de qué escribir”, dijo. Al director le reconfortó saber que el eminente catedrático se hallaba tan saturado de bulla, diatribas y falacias cómo él. “¿De qué te parece que escriba?”, le preguntó. A lo que el director respondió: “No estaría mal una columna sobre el silencio”.

Apenas dos horas después recibía la columna por correo electrónico. Con el título: “Personajes de pocas palabras”, aquel erudito afirmaba que los soldados del romano Julio César le llamaban el Oráculo, el cartaginés Aníbal solo pronunciaba monosílabos, el presidente Ulyisses Grant de Estados Unidos sostenía que todo el arte de la conversación consiste en saber callar. El propio Napoleón Bonaparte era hombre de pocas palabras, aunque una frase suya decía más que un discurso de cualquier otro. Carlomagno citaba a Confucio y opinaba que el silencio es el único amigo que jamás traiciona. El duque de Wéllington, que mandaba las tropas anglo-aliadas que derrotaron a Napoleón en Waterloo, rara vez decía algo más que sí o no y afirmaba que un general debe tener una gran cabeza y una lengua que no hable. El artículo seguía con Guillermo de Orange, al que llamaban Guillermo Taciturno porque era enemigo de la conversación y poseía una fisonomía tan expresiva que le ahorraba muchas palabras. Si tenemos en cuenta que juró fidelidad a Felipe II y luego encabezó la revuelta en los Países Bajos contra el emperador queda claro que además era un hombre sin palabra. Por paradojas de la historia ahora su apellido sirve de nombre a una empresa telefónica.