Cuentos y descuentos del sábado (9-12-2023).–Luis Díez
El pueblo era pequeño, con categoría de aldea. Tenía iglesia (y un cura itinerante), aunque carecía de escuela. “Y eso que en tiempos –dijo la cantinera Amandi– llegó a haber más de veinte niñas y niños; ahora quedan cinco y los llevan a la unidad escolar en un microbús de la diputación”, les explicó antes de señalar por la ventana los muñones de piedra de la antigua escuela, encumbrados sobre una pequeña loma y utilizados por un cabrero local como establo de su rebaño. “Por cierto, hace un queso superior”, les informó.
El amigo Anselmo Citero, siempre sentencioso, repuso: “O sea, no hay futuro”. A lo que Amandi, sin dejar de hacer una tortilla de patatas que olía estupendamente, negó con la cabeza y la laringe: “Se equivoca, amigo, claro que hay futuro”. Pero Citero, buen dialéctico, optó por la mayéutica: “¿Cuántos son en el pueblo?” Amandi echó cuentas y dijo: “Unos veinte vecinos”. “¿Y cuantas familias productivas hay?” A lo que la cantinera, ya entrada en años, respondió que tres parejas de vaqueros tienen cinco hijos pequeños y hay otras dos con ganado bobino y caprino que todavía tienen edad de traer hijos al mundo. Y luego están ella y su marido, que tienen dos mozos. Citero le preguntó: “¿Viven fuera, verdad?” Y la mujer respondió: “Estudian en la ciudad; uno hace Veterinaria y el otro trabaja de albañil y estudia Magisterio en horario nocturno”. Citero los elogió e incidió: “¿Y el resto de los aldeanos son viejos, verdad?” Amandi le corrigió: “Jubilados más bien”. Viendo el triunfo en sus manos, Citero inquirió: “¿Pues ya me dirá usted qué va a pasar cuando los cinco niños se hagan mayores y vayan fuera a estudiar, igual que sus hijos?”
La cantinera reconoció el peso geriátrico de la pequeña aldea, pero adujo que los años nos hacen mejores y por eso este pueblo no va a desaparecer sino a tomar resuello y cobrar vitalidad. “Los pueblos no solo son cantidad, sino también calidad –dijo–. Y de este, con lo pequeño que es, ha salido mucha, pero que mucha materia gris. De aquí ha salido nada menos que un catedrático en Salamanca, un ingeniero agrícola, otro de minas, un aviador, un físico nuclear muy apreciado en los Estados Unidos, una médico muy buena, cirujana de huesos… Qué se yo… También un maestro, una profesora de segunda enseñanza, un abogado que llegó a juez del Tribunal Supremo… Usted considere. Y eso por no hablar del siglo pasado. Así que ya le digo: la grandeza de los pueblos es la inteligencia que aportan y el conocimiento que esparcen a los demás para la libertad y el progreso de las naciones. Lo que no tenemos, quitando a mi marido, son albañiles”.
Se quedó el amigo Citero un tanto sorprendido, pero enseguida reaccionó argumentando que él se refería al futuro y no al pasado de la aldea. Pero Amandi replicó: “A quienes han cerrado el futuro es a los niños supervivientes de Gaza. Han asesinado a su padres, destruido sus casas a bombazos, una bomba por cada doscientos habitantes, usted considere… ¿Qué pueden hacer? ¿Dónde van a vivir? ¿Qué alimentación y educación van a recibir?” La mujer siguió haciendo preguntas en voz alta mientras daba la vuelta a la tortilla y preparaba la bandeja para servirla.
El amigo Citero se quedó sin palabras, impresionado. Y Amandi contó que una misión formada por el aviador jubilado, el catedrático, el marino mercante al que llaman Elcano (no por canoso sino por haber dado muchas veces la vuelta al mundo), la doctora Amalia y la profesora Pilar se hallaba en esos momentos en la frontera del sur de Gaza para prohijar y traer niños palestinos, cuantos más mejor. “¿Y sabe por qué, señor? Porque en este pueblo y en este país no vivimos con miedo (con miedo no se puede vivir) sino con ilusión y confianza en el futuro, más allá de las politiquerías de los nacionales facciosos y furiosos y los nacionalistas insolidarios”. Eso le dijo.