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Por un beso

Cuentos y descuentos del sábado (06-07.2024).–Luis Díez

Al atardecer de aquellos días de julio se les veía caminar con sus sillas plegables hacia el palmeral de la playa, donde se sentaban, conversaban y contemplaban la puesta de sol. Eran gente mayor. Les llamaban “los seculares” porque entre todos sumaban más de ocho siglos y porque venían del siglo pasado. Puesto que a determinada edad todo son goteras, las disfunciones, dolencias, enfermedades y averías corporales dominaban sus conversaciones. Quien más quien menos era crónico, se hallaba cronificado y andaba con su pastillero y su agenda de citas sanitarias siempre a mano. Con todo, en ocasiones se contaban vivencias y episodios, pasajes de la memoria que reverdecían de pronto como esos cardos borriqueros que brotan en el empedrado.

–Con lo que yo he sido y ahora mira, apenas me valgo por mí mismo –se quejaba el del sombrero de tela arrugada.

–¿Pues qué ha sido usted, José Luis?

–En lo profesional, bombero aeronáutico. Anda que no he apagado incendios forestales durante treinta años a los mandos de los Canadair-215 de mayor capacidad, unas botijas de cinco mil litros de carga, después mejorados por la también canadiense Bombardier.

–Vuelos de alto riesgo, imagino –decía doña Raquel.

–Supongo que sí, pero mucho más divertidos que manejar un autobús aéreo.

–Imagino que sufriría algún accidente en esos vuelos tan peligrosos –incidía Raquel, que era bióloga, conservadora de especies en extinción y observadora de animales.

–Imagina bien, pero sólo en una ocasión perdí el avión en un amerizaje tormentoso durante una operación de salvamento marino. Mala suerte.

–¿Y qué más ha sido usted? –incidía don Manuel, que gastaba sombrero tirolés con pluma de pavo real inclinada hacia la oreja izquierda.

–Pues mire, en lo deportivo llegué a campeón de marcha campo a través en la competición internacional del Miño al Bidasoa, que ya son kilómetros por montes, caminos, playas y hasta senderos de lobos.

–Aquello sería hace mucho.

–Nos ha jodido… La competición ya ni existe. ¿Y usted, Manuel, qué proezas se ha anotado?

–Ninguna que pueda reseñar; con sobrevivir me doy por satisfecho.

–Diga usted que no, que ahí donde le ve, con la patata averiada, aquí, el espía, las ha pasado canutas –terció Pilar, una mujer de cabello coloreado y labios color cereza.

–Perdona, cariño: ¿Cuantas veces te he dicho que no me llames espía sino agente de inteligencia?

–Bueno, aquí el agente secreto salió vivo de milagro de la emboscada que les tendieron los espías iraquíes amigos de Sadam Hussein en 2003, después de la guerra de ocupación del país. Él y otros tres colegas iban a relevar a los cuatro agentes de inteligencia asignados a las bases militares españolas y centroamericanas en el sur de Iraq. Los mandos decidieron enviarlos dos meses antes para que conocieran el terreno. Los cuatro compañeros que iban a ser relevados les esperaban en Bagdad, les presentaron a algunos contactos y les llevaron a saludar a los mandos de la coalición militar ocupante, ya encabezada por el gobernador Paul Bremer, un tipo ambicioso y nefasto. Después de almorzar, emprendieron viaje al sur, a los cuarteles militares en dos vehículos todo-terreno. No llevaban protección ni armas largas, así que se convirtieron en un blanco fácil para los enemigos que les estaban siguiendo y que les ametrallaron desde un cadillac cuando salieron de Bagdad y tuvieron que desviarse por una carretera secundaria porque la autopista estaba cortada. Los agresores sacaron a tiros de la carretera a un todo-terreno. Acabó en un charco de lodo. Los que iban en el otro coche pararon para socorrerlos, pero poco pudieron hacer con las pistolas reglamentarias contra el fuego de ametralladora y las granadas de mortero que les disparaban desde unos edificios cercanos. Manuel consiguió cruzar la carretera, corrió hasta un poblado a pedir ayuda…

–¡Joder, Pilar! –Protestó el aludido antes de añadir–: Como dijo el Borbón demócrata y gandul: “¿Por qué no te callas?”

–Pues como dijo el que dijo, no he de callar por más que con el dedo silencio ordenes o amenaces miedo –replicó labios de cereza.

–Eso fue el presidente venezolano Hugo Chavez –dijo el bombero aeronáutico.

–Francisco de Quevedo, si no le importa –precisó el profesor Manises.

–Sea como fuere, la cosa es que aquí, Manuel, se vio rodeado por un grupo de gente encolerizada que salía de una mezquita cercana, lo zarandearon, le golpearon, le arrebataron la pistola y entre gritos de venganza se disponían a lincharle. Trataban de maniatarlo y meterlo en el maletero de un coche cuando un hombre se abrió paso entre la muchedumbre, se acercó a él y le dio un beso en la mejilla. Entonces los agresores le soltaron, cesó el vociferio y la multitud se dispersó. Pero si no llega a ser por aquel beso de un hombre con mucha autoridad, un imán, mi Manuel estaría ahora como sus siete compañeros, criando malvas. Aquel gesto de amistad entre los árabes le permitió alejarse en un taxi, pero cuando, media hora después, volvió con la policía de Latifiya al lugar donde fueron atacados, los todo-terreno estaban ardiendo y los siete compañeros yacían muertos.

–Me pregunto si hubo responsables directo de los fallos que costaron la vida a los siete agentes y provocaron el mayor descrédito desde el 23-F del llamado “servicio de inteligencia” del Reino –dijo el aviador apaga fuegos.

–Responsables directos, seguro, aunque enseguida elaboraron un informe que atribuía la responsabilidad al colectivo. Lo que sí quedó claro –añadió labios cereza– fue la autoría intelectual de esa y otras masacres terribles.

–¿Quién, si se puede saber?

–No hace falta buscarlo en desiertos remotos ni montañas lejanas; con mirar la foto de las Azores, seguro que lo encuentran.

Y el discurso era el insulto

Cuentos y descuentos del sábado (2-02-2024).Luis Díez

En el trayecto del metro Fiol relató a Marisa la sorpresa de su amiga hispanista de almendrados ojos Yoko Miri por el trato que aquí, en el Reino de España, se dispensaban los políticos. “Siente una perplejidad de doble filo”, le dijo. “Por un lado le sorprende que insulten al presidente del gobierno, algo impensable en Japón, y por otro se extraña de que en la tierra de Francisco de Quevedo y Villegas carezcan de chispa, ironía, una micra de arte”.

–¿Le habrás dicho que somos gente de sangre caliente, pero que perro no come perro?

–Si, y también que le llaman “perro”. Pero la verdad es que está muy impresionada. Eso de ver a una dirigente política tildar de “hijo de puta” al presidente del gobierno desde la tribuna de invitados del Congreso y luego pedir que no se tergiversen sus palabras, pues dijo: “Me gusta la fruta”, impresiona casi tanto como las llamadas de otro opositor de ultraderecha a ultimarlo: “Hay que colgarlo cabeza abajo” (como al fascista Mussolini).

–Comprendo que alucine en colores.

–No sólo eso: se ha puesto a estudiar el discurso del insulto.

–El insulto como discurso, querrás decir –puntualizó Marisa.

–O el insulto como arma política –añadió Fiol.

–De las derechas –precisó Marisa.

–Si, las del mal perder. Bueno, pues ahí me tienes de anfitrión y documentalista de nuestra imperial visitante del sol naciente sobre los dicterios de aquel jefe de la oposición de derechas contra el presidente socialdemócrata de mejor talante que haya habido en España.

–Lo recuerdo, le acusó de “traicionar a los muertos”, es decir, a las víctimas del terrorismo, que es lo peor que le podían llamar por buscar la paz y el final del terrorismo etarra. Incluso se manifestaron contra él y al grito de “con Zapatero como con su abuelo” pedían su fusilamiento. Al abuelo lo eliminaron los golpistas facciosos del 18 de julio de 1936.

–Si, el opositor Mariano era tremendo. Llevaba un saco de improperios y en cada debate, ala, “traidor, bobo, grotesco, frívolo, cobarde, veleidoso, confuso, acomplejado, inestable, insensato, chisgarabís, taimado, batasuno, radical, débil, maniobrero…

–Para, para.

–…hooligan, descerebrado o sin criterio… Aquel Rajoy lanzaba coces por la laringe como si fueran confetti de colores. ¡Qué tío! Y hay que ver cómo se enfadó cuando, unos años después, siendo presidente del Gobierno, el nuevo dirigente socialista en la oposición, Pedro Sánchez, le dijo en un debate electoral: “Yo soy un político honrado y usted no”. Le tildó de “ruin, mezquino, deleznable”. Al final, aquel Mariano de Pontevedra cayó por la corrupción, la caja B del partido, la tangentópolis, la pasta en Suiza, los sobresueldos… Y de nuevo, vuelta al insulto.

–Vamos que tu amiga hispanista tiene materia para un artículo largo –dijo Marisa.

–¿Largo..? En cuanto la documente sobre otros detalles de la dialéctica política del Reino de España como esa tendencia al motejo tendrá tela para escribir un ensayo.

–No sé a qué te refieres.

–¿No has oído hablar del Guerra, Alfonso Guerra, todo un personaje político del Partido Socialista que al comienzo de la transición empezó a poner motes a sus colegas? Al entonces presidente del Gobierno Adolfo Suárez, le llamó “tahúr del Missisipi”, al ministro de Exteriores José Pedro Pérez Llorca lo motejó “Zorro Plateado”, al mencionado Mariano Rajoy le calcó “Mariposón” y al también citado Zapatero, aunque era de su partido, le puso el mote de “Bambi”. Algunos le atribuían mala leche, pero lo cierto es que tenía arte. Y caracterizaba con mucho fundamento. Suárez guardaba un as en la manga, Pérez Llorca alisaba su melena de pelo blanco, Rajoy iba de ministerio a ministerio como las mariposas de flor en flor, Zapatero era de apariencia tierna, delicada… Y así sucesivamente.

–Joer, Fiol, mi estación. Que tengas buen día.

–Igualmente, adiós hermosa.

Ensayo sobre la Rareza (Del 16 al 20)

Mano de santa
Mano de santa

Por KEY GOOD

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En general no les resultaba difícil, a Vera y al profesor, hallar rarezas locales a poco que preguntasen. Unas eran totales y otras parciales, unas eran de nacimiento y otras sobrevenidas. En una localidad intermedia que tenía catedral y era cabeza de partido judicial decidieron apearse del tren y disfrutar del tiempo primaveral obtuvieron la referencia de un ilustre personaje del que decían que insultaba estupendamente. De primeras se podía decir que en España se insultaba mucho y bien desde los lejanos tiempos de don Francisco de Quevedo y Villegas. Pero de un antiguo alumno de las monjas conocidas como Discípulas de Jesús en su tierna infancia y de los frailes jesuitas parecía rara aquella cualidad.

–¿Y qué insultos son esos? –se interesó Vera Veraz.

–Se los busco en un momento –respondió el informador, un librero jubilado a los cincuenta años de un ente oficial. Desapareció en la trastienda y regresó con un cuaderno–. Léalos usted misma –dijo a Vera indicándole una hoja manuscrita. Vera leyó en voz alta: “Inconsistente, tonto, inútil, bobo, incapaz, acomplejado, cobarde, prepotente, mentiroso, inestable, desleal, perezoso, pardillo, irresponsable, revanchista, débil, arcángel, sectario, radical, chisgarabís, maniobrero, indecente, loco, hooligan, propagandista, visionario, chapucero, excéntrico, disimulador, estafador, agitador, fracasado, triturador constitucional, malabarista, mendigo de treguas, traidor a los muertos…”

–¿Y dice usted que este hombre ha llegado a jefe de gobierno?

–Así es –afirmó el librero.

–¡Válgame Dios! –exclamó el profesor.

El periódico del día siguiente aportaba más cromos a la colección, pues aquel excelentísimo señor presidente de gobierno tildaba de “títere de los radicales” a su principal adversario político, al que profesaba tal aversión que no se explica cómo no le llamaba aversario.

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A propósito de insultos apuntó el profesor Leontief el histórico amomiado. Se utilizaba ya poco. De su origen –bien repugnante, por cierto– refirió la costumbre de algunas gentes de alcurnia de sacar de la tumba las momias de ciertos santos y acostarlas en la cama al lado de los moribundos.

–¿A santo de qué? –se interesó Vera.

–Por ver si obraban milagro –dijo el profesor.

–¿Se dio el caso?

–No, que se sepa –contestó el profesor–, aunque no faltaron amomiados que del susto y el horror de contemplar a la momia a su lado y olfatear su olor a cuero viejo pensaron: “Mira lo que voy a ser”, y recuperaron las ganas de vivir y una cierta lucidez. Ahí tenemos el caso de Felipe IV, que viéndose acompañado de la momia de San Isidro Labrador, recuperó las luces y dicen que pronunció algunas frases notables y que cambió testamento. Pero ni aun amomiado pudo vencer a la muerte y durar más de unas horas, pues, en contra de la creencia del cardenal primado y del nuncio, la momia no lo sanó. Eso no quita para que le ayudara a entrar en el cielo.

–Eso me recuerda…

–También a mí –la interrumpió el profesor, en referencia a la amomiación del último dictador español mediante el uso del brazo incorrupto de Santa Teresa de Jesús. La momia entera era imposible de reunir, ya que los restos de aquella mística emprendedora fueron dispersados a trozos. Según la política propagandística que hace cinco siglos llamaban «del corazón», quedó la buena mujer más repartida que la lotería de Navidad. El brazo izquierdo y el corazón se conservaron en Alba de Tormes, el dedo meñique se lo cortó el padre Gracián para quedárselo él, la mano derecha y el ojo izquierdo fueron llevados a Ronda y la izquierda acabó en Lisboa. El pie derecho y un trozo de la mandíbula superior fueron enviados a Roma. Un dedo llegó a la iglesia de Nuestra Señora de Loreto en París, otro viajó a Sanlúcar de Barrameda. Los demás fueron esparcidos por la España de la cristiandad.

–¿Podríamos decir que la santa andariega anduvo más en muerte que en vida?

El profesor dudó antes de responder: «Busca un cuentakilómetros. ¡Ah! Y no olvides el último viaje de la mano derecha, desde Ronda al Pardo, ida y vuelta».

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Siguiendo el curso de un río llegaron a un pequeño pueblo de catorce casas, media docena de perros y siete u ocho vecinos con caras de aburrimiento. Vera preguntó a una mujer si el pueblo tenía gente ilustre. De primeras, doña Dora se extrañó, aunque enseguida convocó a otros vecinos y entre todos fueron sacaron nombres y referencias de algunos allí nacidos que habían alcanzado cierta notoriedad. Figuraba entre ellos un aviador, la hija de una de allí que se había ido a Barcelona y se había hecho militar y había muerto en Bosnia, uno que llegó a cura y ahora decían que andaba en Roma, por lo no sería de extrañar que, con lo listo que era, llegara a obispo y a cardenal.

–Se nos olvida Recaredo –dijo, al pronto, una vecina.

–¿El tío Recaredo, dices?

–Si, el que mataron en Mauthausen.

–Ese no cuenta, no era español.

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Sostenía el profesor Leontief que no por carecer de recursos naturales eran pobres muchos pueblos y recomendaba a su ayudante que averiguase y valorase la materia gris que aportaban al Estado y a la humanidad en su conjunto. De esa consideración, rara por cierto en los tiempos del “fraking”, los parques eólicos y los huertos solares que se vivían cual fiebre del oro en la atormentada geografía Ibérica, obtuvo Vera Veraz algunos hallazgos raros, como aquella aldea en la que celebraban reuniones desde tiempo inmemorial para contarse cuentos unos a otros y, a falta de escuelas y maestros, se enseñaban también a leer y a escribir unos a otros, dándose el caso de uno que halló empleo de barrendero en la ciudad, donde tampoco había escuelas para los niños pobres, hijos de obreros, lo que le animó a recogerlos en la Casa del Pueblo cuando acababa la faena y a echarles cuentos y enseñarles el silabario y las cuatro reglas principales de la aritmética. Muchos años después, aquel hombre que barría las calles salió en un libro que escribió un dirigente político muy célebre, el cual confesaba orgulloso: “A mí me enseñó a leer un barrendero de Avilés”.

Eso no quita –añadía el profesor– para que haya otras muchas personas que llegan a la vejez sin saber qué han venido a hacer en este mundo.

20

En una ciudad del norte se enteró la bella Vera de la presencia de un gran jugador –no un deportista, sino un jugador de verdad– que había ganado una fortuna y sintió curiosidad por saber cómo era. El jugador accedió a concederle una entrevista y la citó en su casa, en un barrio alto, donde pasaba unos días de vacaciones. Ella esperaba encontrar a un tipo joven o, por lo menos, de mediana edad, alto, apuesto, de recias mandíbulas y cara de granuja. Pero en vez del modelo de tahúr del Misisipi, con su chaleco, su traje oscuro y su sexto dedo, se encontró a un viejito apacible, regordete, tranquilo, azucarado y con leves síntomas de la enfermedad de Parkinson.

–¿De verdad se ha hecho usted millonario con el juego? –le preguntó cuando se hubieron sentado ante un ventanal desde el que se veía la hermosa bahía a la que se asomaba la ciudad.

–Si, con los juegos de palabras –respondió el jugador.

–Eso si es raro.

–No tanto como usted cree si tenemos en cuenta la belleza y potencialidad del castellano, amiga mía –argumentó el jugador y, a continuación, le fue mostrando algunos libros que había escrito y publicado durante su larga, exitosa y productiva vida de publicista allende el océano Atlántico, comenzando por el que tituló De la lucha de clases a la lucha de frases.