Al Abuelo le fastidiaba ese estilo envolvente, colectivo, del “nos”, el “nosotros”, el conjunto social al que se adherían como si fueran lapas los más sesudos y reputados columnistas de opinión. “Si quieren dirigir a las masas que se presenten a las elecciones”, decía. Pero no era eso. “Si quieren que la gente piense y crea lo mismo que ellos, que se hagan imanes, sacerdotes o charlatanes de feria”. Pero tampoco era eso. Con aquel estilo mayestático, aquel uso y abuso de la primera persona del plural, implicaban a todos en los problemas creados por unos pocos. Esa era la trampa. Y por eso T detestaba aquella forma de generalizar para cubrir y encubrir a los autores de los daños colectivos. Ya lo había dicho Rafael Barret a comienzos del siglo XX: “Mientras más grave es un asunto, más lo tapan”. Aborrecía a aquellos hijos del ardid y la falacia (“líderes de opinión” les llamaban) cuyo estilo tan familiar, cercano y cargado de buenas intenciones servía para responsabilizar, encargar y cargar sobre el común la reparación de las averías y los males provocados por unos cuantos poderosos voraces, insaciables y ambiciosos. Aquellos opinadores contribuían con sus secreciones mentales a la pervivencia del daño a la naturaleza y a los enormes desequilibrios sociales y geográficos que padecían los países y el planeta. Además, sabían de todo y lo sabían todo. El desparpajo de aquellos expertos en la totalidad en proferir medias verdades y verdades a medias desde su elevada talla dizque intelectual llevaba a T a formular la clásica pregunta de por qué los intelectuales tienen más intelecto y los obreros manuales no tienen más manos. Su desprecio hacia aquellos fenómenos contrastaba con la admiración hacia algunos columnistas honrados, comenzando por Ángel Merino Galán, desenmascador de colegas filibusteros en su columna Lo que se dice y lo que se calla, y terminando por Fernando Lázaro Carreter en su El dardo en la palabra, al que consideraba un maestro necesario y fundamental. “¿Cuántos más consideras dignos de mención?”, le pregunté una vez. Y se entretuvo en hablarme de históricos y contemporáneos. Citó entre los primeros a Manuel Alcántara, quien le publicó un cuento en el periódico oficial de la dictadura, Arriba, cuando él tenía dieciséis años y servía vino en el bar donde le conoció. Era un cuento de putas y tenía mérito (su publicación) porque la prostitución estaba prohibida por el régimen. Di tu que se toleraba y que hasta el padre del dictador (tema tabú) las había diñado, decían, en un prostíbulo. También citó a Josep Pernau, quien fue su director en el Diario de Barcelona, El Brusi, decano de la prensa continental; Julio Camba, un gracioso de derechas al que no conoció en persona y del que contaban muchas anécdotas; José Antonio Novais, que escribía para Le Monde y la Agencia Efe; Ramón Gómez de la Serna, famoso por sus greguerías y ocurrencias. Contaban de este Gómez que habiendo ido a parar a Argentina durante la guerra civil (1936-39) recibió, años después, una invitación del dictador victorioso sobre una cordillera de muertos para que regresara a España y ocupara el cargo de director de la Biblioteca Nacional, con una generosa remuneración. Para entonces ya el nazismo y el fascismo habían sido derrotados en Europa gracias a los rusos, los estadounidenses, los británicos y los republicanos españoles empotrados en la resistencia francesa, pero el régimen nazifascista se mantenía en aquella España traicionada por las democracias europeas y el tirano había recibido el espaldarazo estadounidense a cambio de unos miles de hectáreas en lugares estratégicos (por ejemplo, a las puertas de Madrid y de Zaragoza) para que instalaran sus bases militares y se sintieran como en casa. El dictador, bendecido también por el Papa tras un Concordato muy favorable para la Iglesia Católica, se sentía consolidado y quería dotar de una pátina cultural a su mandato imperial. De ahí su invitación a algunos reconocidos hombres de ciencias y letras para que regresaran a la patria. Algunos, como el doctor Gregorio Marañón, pusieron sus condiciones, volvieron y se quedaron. Ramón también volvió, acudió a la entrevista con el dictador militar (“el enano asesino del Pardo”, le llamaban), agradeció el estupendo puesto que le ofrecía, pero le dijo que no se podía quedar. “¿Pero hombre, por qué?”, se extrañó el tirano. “Porque he sentido mucha pena y yo con pena no puedo vivir”, le contestó el escritor. “¿Pena de qué?”, dijo el déspota, intrigado. “Es que verá, paseando estos días por las calles, he oído que la gente habla muy mal de usted y me ha dado tanta pena que ya le digo, no me puedo quedar porque yo con pena no puedo vivir”. El dictador puso mala cara. Lógico. Para evitar su enojo y tal vez algo peor, el escritor quiso demostrar que su negativa a aceptar el alto cargo y quedarse en la patria era ajena a su rechazo de la dictadura y le ofreció escribir desde Buenos Aires para el periódico del régimen, el mencionado Arriba. De los contemporáneos, el Abuelo me citó a algunos columnistas como el catedrático de la Universidad de Salamanca Román Álvarez, cuya columna dominical en La Gaceta siempre le resultaba amena, crítica y sugerente; Juan Carlos Escudier, amargo, irónico, cáustico; Rodolfo Serrano, razonable, bondadoso y poético; José Nevado, cuyos certeros comentarios políticos le parecían saludables y alimenticios… Y algunos más cuyos nombres siempre confundo con otros de los que no logro acordarme.
Iniciamos este 16 de agosto de 2015 la publicación del nuevo y magnífico relato del escritor norteamericano Key Good, Ensayo sobre la Rareza, traducido al castellano por Lavanda Guerrero Pérez. El texto consta de 33 capítulos. Dada la brevedad de cada uno de ellos, los publicaremos como los dedos de una mano, de cinco en cinco.
Por KEY GOOD
1
En aquellos días visitaba la Península Ibérica el hispanista y profesor Leontief, acompañado de su hermosa alumna Vera Veraz en funciones de ayudante de campo. En el apeadero de Peñaforada acertó a subir al tren un hombre con cara de patata de la temporada pasada que se apoyaba en una cachaba y en el brazo de un mozalbete con cara de patata temprana. De inmediato se sintió atraído, el mozalbete, por la belleza de Vera y se acercó a ella y le entregó un papelito con su número de teléfono. “Ese es mi padre –le dijo, señalando al viejo–, se llama Dionisio Castañal y va a la ciudad para que lo ingresen y lo operen en el hospital. ¿No tendría usted inconveniente en avisarme si hay alguna incidencia, verdad?” Vera asintió y el joven abandonó el vagón antes de que el tren echara de nuevo a rodar.
–¿Cómo es que no lleva usted teléfono inalámbrico? –se interesó el profesor.
–Pues ya lo ve; yo no pago por lo que es mío –contestó el nuevo viajero.
–¿Suyo?
–Si hombre: las palabras –aclaró el rústico.
El profesor miró a Vera y elevó la ceja izquierda –se entendían con el tablero de instrumentos de la cara–, alertándola de que se hallaban ante un hombre raro, y prosiguió la liviana conversación con él, llegando a la conclusión de que el principal incidente del que Vera podía informar al joven era un descarrilamiento con consecuencias leves, pues en aquella abrupta, las ruedas del último vagón se salían de la vía de vez en cuando. Unos minutos después el tren redujo la velocidad para abordar un tramo sinuoso, a unos metros de un barranco del que solo se podía adivinar el fondo, y aquel Dionisio Castañal se incorporó del asiento como quien se dispone a estirar las piernas, se encaminó hacia la portañuela, la abrió y se lanzó al vacío. El profesor se quedó lívido. Vera gritó. Algunos viajeros tiraron de la palanca del freno. El maquinista paró. Varias personas se apearon y se asomaron al roquedal. Una mujer con buena vista señaló una mancha de sangre sobre uno de los muñones de aplita que sobresalían en la vertical de piedra, al fondo de la cual se adivinaba un río, y exclamó: “¡Se estronció!”. Dos hombres asintieron. Uno dijo: “Rebotó ahí y se escachó allá abajo, vaya por dios”. El maquinista avisó al servicio de rescate de la Benemérita y ordenó a los curiosos que regresaran al tren. Ya iban con retraso. Los viajeros volvieron a sus asientos. Entonces Vera lanzó una dura mirada al profesor.
–¿Cómo podía adivinar que se iba a suicidar? –se justificó el profesor.
–Por deducción, Leo –le contestó la discípula antes de sacar de la mochila su libreta de observaciones de campo.
–La premisa era muy endeble –dijo el profesor.
–Pero suficiente –replicó Vera. Y a continuación anotó en su libreta de raros el caso de aquel hombre que sintiéndose dueño de sus palabras hasta el punto de negarse a contratar un teléfono móvil como hacía todo el mundo, pues a él no le pagaban por la propiedad de la materia prima, las palabras y expresiones, debió considerarse igualmente propietario de su enfermedad y prefirió morir con ella antes de que se la arrebataran en un hospital.
–¿Cómo definiría usted esa rareza, profesor? –consultó Vera a Leontief.
–Egoísmo ontológico en grado gnoseológico –dijo el profesor.
2
El trabajo de campo –le llamaban así aunque de campo, campo, no era– de Vera Veraz sobre las rarezas humanas contenía ya un número de casos tan abundante como para hacerla dudar de la definición a bote pronto del profesor. ¿Y si no es egoísmo, sino esencialidad, lo que el suicida padecía? ¿Cuantas veces hemos oído que en este lado del globo los humanes nos caracterizamos por la falta de esencialidad? Hemos alcanzado tal grado de estupidez que ya comemos sin tener hambre, bebemos sin tener sed, fornicamos sin la menor intención de procrear –lo que no quita que esté bien disfrutar del placer sexual–, acumulamos atuendos, calzado, joyas y enseres que ni en tres vidas gastaremos, y hablamos y nos comunicamos aunque no tengamos nada que decir ni que comunicar. El canadiense Marshall McLuhan quedó periclitado: nosotros somos el medio y el mensaje. Pongamos a un tipo sin teléfono móvil como ese suicida en medio de una masa humana armada con smartphones y nos parecerá un raro ejemplar. ¿Raro porque se considera dueño de sus palabras y no está dispuesto a pagar dinero por largarlas a través de ese artefacto o raro porque no teniendo nada importante que decir prefiere estar callado? Ya nunca lo sabremos.
En lo atinente a la propiedad de la enfermedad de la que el suicida no habría querido desprenderse, ¿quién le dice a usted que no estamos ante un caso similar al de aquel hombre que al enterarse de las exigencias de la exploración de la próstata se negó a que el médico le metiera los dedos por el culo y acabó muriendo de esa afección tan común y sencilla de eliminar mediante la cirugía avanzada? ¿Cómo se llamaba el tipo? ¡Ah, ya me acuerdo! El Raro de Nuévalos.
Vera Veraz se entretuvo en buscar sus notas sobre la rareza de aquel Raro de Nuevalos, que no era solo una, sino dos. Las encontró. El profesor leía una novelita titulada La Pícara Justina y ella evitó molestarle con consultas sobre paralogismos y pensó para sí misma cuán dañina puede ser la enseñanza mal administrada y cuántos estragos puede infligir a una mente primaria como la de aquel raro de Nuévalos la creencia de que descendía de los romanos y la amenaza de algún cura libidinoso de las llamas del infierno por toda la eternidad si se dejaba meter algo por el culo. Con la evolución mental estancada de por vida a la edad de nueve o diez años, aquel hombre raro seguía creyendo a los setenta años que descendía de los romanos y seguía escribiendo los números con letras y la fecha de nacimiento igual que sus sabios antepasados, es decir, VI-VIII-MCMLI, lo que significaba 6 de agosto de 1951. Aparte de raro por utilizar letras de tumba en vez de números, como todo el mundo, el Raro de Nuévalos sabía que los romanos no tenían ceros, eran sin ceros, y él también, y lo contaba todo sin picardía ni doblez –incluida la afección de la próstata que le llevó al otro barrio–, por lo cual le motejaban el Tonto del Pueblo.
3
La rareza se puede contraer a cualquier edad y en cualquier lugar; su variedad y extensión la convierte en una materia ilimitada; su estudio en términos de descripción, análisis y comprensión reclama una delimitación o acotación y requiere la aplicación de múltiples herramientas, de modo y manera que esas múltiples disciplinas, la «multidisciplinaridad», le aporten un valor «integral».
Esas y otras insípidas frases académicas iba hilvanando Vera Veraz en su mente a modo de exordio de su trabajo mientras el tren corría como un juguete de cuerda por una jugosa alameda de chopos, fresnos y pastos. Pronto saldrían a campo abierto. La verdad es que eso de “integral” no le gustaba, le sonaba a integrista y facha, y lo de la “multidiciplinaridad” le tocaba mucho los píes. ¿No había un sinónimo, una palabra de una sola pieza? El profesor Leontief, sentado frente a ella, alzó en ese instante su vista del libro, y ella aprovechó la pausa:
–Leontief, ¿cómo se llamaba aquel colega de Salamanca?
–No sé de qué me hablas.
–Del profesor que mencionó Fernando Lázaro Carreter con tanta guasa.
–¡Ah, ya! Teórgano Expósito.
–No me refiero a ese… Tanto da.
El profesor se ajustó las lupas sobre la nariz y siguió leyendo mientras ella, incapaz de encontrar aquel nombre en el disco duro de su memoria sin “ran”, se meaba de risa para sus adentros recreando la escena en su imaginación. Allí estaba el señor rector, se disponía a realizar la presentación, se colocaba tras del atril del orador, elevaba ligeramente el micrófono, dirigía una mirada de este a oeste al público asistente (estudiantes) y prorrumpía: “Les presento a ustedes a don… ¿Cómo se llama usted?”, preguntaba volviendo la cabeza hacia el conferenciante.
–José María Brunaldo –le apuntaba éste.
–¡Ah, si! En qué estaría yo pensando… Les presento al señor Grimando…
–Brunaldo –le corregía el conferenciante.
–Bien, bien. Les presento a don José Mariano Brunaldo…
–María –le soplaba el conferenciante a su espalda.
–¡Cierto! Así pues me es grato presentarles a don José María Brunaldo, especialista… ¿En qué es usted especialista, señor Brunaldo?
–En la totalidad.
–Tiene usted la palabra.
4
La rareza y la sorpresa van de la mano como la causa y el efecto del escolástico. Conocí a un niño en Vacamundi que respondía al nombre de Manolito y se enfurecía si le llamaban Manolito. Como muchos otros de su edad, quería ser mayor. Pero la rareza de éste era su odio hacia los diminutivos. En el colegio pegaba a los que le llamaban Manolito. El señor cura del pueblo le nombró monaguillo y él enseguida amenazó con pegar una paliza al que se atreviera a llamarle moñaguillo. “Llamazme Monago, no Monaguillo”, advirtió a los demás niños.
Con esto deseo significar –seguía hilvanando Vera Veraz su introducción– que la rareza no tiene edad y lo mismo la podemos descubrir en un brutinín como aquel Manolito Monaguillo que en aquella niña de Turrisburris –Margarita se llamaba– que libraba una batalla contra el sueño y se negaba a dormir para evitar ser torturada.
–¿Quién te tortura, Margarita?
–Las Matemáticas.
–Dime qué te hacen.
–Me atacan con el uno, me pinchan con su anzuelo; mira –decía mostrando picaduras que parecían de mosquitos en las piernas y los brazos.
–Defiéndete con el siete.
–Todos son uno.
5
Hay rarezas caducas y rarezas perennes como las hojas de los árboles que, en general, suelen ser muy raros, pues como versificó Bergamín, se desnudan en invierno y se visten en verano. Las rarezas perennes pueden ser congénitas y duran toda la vida o, como dice el refrán, “el que nace lechón muere gorrino”.
En este punto dudó sobre la cita.
–Profesor, ¿los refranes son académicos?
–¡Claro que no!
Entonces quito el refrán. Carlitos pertenecía a la especie de los raros congénitos: nació con la cabeza más picuda que el griego Pericles y tenía una cara rarísima, muy estrecha, tanto que al mirarle de frente tenías la sensación de que estabas viendo una pintura egípcia. Todos se reían de él y su cabeza provocaba sorpresa y curiosidad en todas partes. Pero eso no quiere decir que sus facultades mentales fueran inferiores a los demás; antes, al contrario, era un muchacho inteligentísimo, aventajaba a todos sus compañeros y obtenía las mejores notas. Su padre, que también tenía la cabeza picuda, por lo cual le llamaban Calabacín, trabajaba en una industria de satélites artificiales.
¿Cómo eliminar esa la rareza?, se preguntaba él y se preguntaba su familia. De ninguna manera. La rareza era de por vida y la solución de cortarse la cabeza no le parecía oportuna. Finalmente resolvió estudiar árabe y como los árabes usan turbante, cuando se asentó en Egipto dejó de ser mirado como un bicho raro y comenzó a ser admirado como un joven de singular belleza ancestral. Con ello quiero decir que la rareza congénita, según y cómo.
El librero Nequin concedía mucha importancia a la cultura visual. “La letra tarda en llegar, pero la estampa es rapidísima; la imagen circula a la velocidad de la luz y, en cambio, la palabra va despacio y la letra impresa tarda tanto en llegar que con frecuencia ni llega. Yo siempre digo que entre la imagen y la palabra impresa ocurre lo que entre la mentira y la verdad: la mentira da la vuelta al mundo mientras la verdad no ha terminado de atarse los cordones de los zapatos. Y don Fernando Lázaro Carreter, que algún respeto me merece –no así otros colegas suyos de orejas grandes que se pasean por aquí–, me da la razón. Vivimos en el siglo de la imagen, de las apariencias. Manda la estampa sobre la razón y la imagen sobre la verdad. Ves ahí a un sabio hablando en televisión y si preguntas qué ha dicho, nadie lo sabe, aunque todos aseguran que le conocen porque le ha visto. Estamos en el fin del siglo de las mentiras, muchacho”.
El viejo Nequin seguía perorando contra las imágenes del barroco, la Semana Santa y la televisión. Un hombre o una mujer altos, decía, reciben por causa de la imagen un plus de autoridad; no importa si son inútiles para el mando e incompetentes de toda incompetencia, pues su estampa, la estatura en este caso, les coloca por encima de los demás y ellos mismos se lo acaban creyendo y adoptando esa pose de superioridad. Muchos no tienen dos dedos de frente, pero se creen superiores. Y también ocurre lo contrario. ¿Ves ahí al dictador PTC…? Pues eso, lo que su nombre indica, las patas cortas, en contraste con las zancas de su cuñado Serrano Suñer, al que no puede ver ni en pintura, es lo que le tiene amargado. Por más podios y cajones que le pongan y más estatuas enormes que esparzan por las calles y plazas, no se consuela, el muy canalla. El siglo de la imagen le tiene amargado. No sé yo si Hitler en la era de la televisión se habría electrocutado.
Lucas empezaba a intuir adonde quería llegar mientras le ayudaba a colocar los ensayos y las novelas recientes en la primera línea del amplio mostrador de la caseta y transportaba los cajones con los volúmenes de segunda mano a la tabla sobre los caballetes que instalaba entre los árboles de la acera.
La imagen posee una enorme capacidad de disimulo, mentira y falsedad. Ya no es la palabra, sino la imagen lo que encandila. Hoy en día todo es imagen, diseño, apariencia. No importa el contenido. Un tipo huero, pura carcasa sin nada dentro, sin una idea, un pensamiento…, un zote con mala leche, puede llegar a jefe de gobierno. Y quien dice gobierno, dice de Estado.
El librero seguía perorando y mirándole de tanto en tanto de un modo oblicuo como si quisiera percatarse de que le estaba escuchando. No había perdido la mueca de ironía con la que le había recibido disfrazado de fraile. Lucas creía conocerle y sabía que era un hombre con la mayéutica de un vendedor de lavadoras. Salvo en alguna discusión política con Novais o Nove y con su amigo Yebra, no acostumbraba a mencionar las cosas por su nombre, y solía preferir la escucha al parloteo, la pregunta sugerente a la certeza y la coletilla irónica y rotunda a la conclusión razonada. Como los zorros, exploraba el terreno y acechaba al oponente buscando su punto débil, sus pasos inseguros, y le desplazaba con vueltas y circunloquios hacia el terreno que le interesaba. Era tenaz en su juego, don Nequin, y poseía una cualidad que Lucas no sabía si detestar o admirar: su testarudez y rectitud ideológica. Algunos le llamaban dogmatismo y otros idiotez.
La palabrería del librero sobre la imagen no era gratuita. Lucas comprendió que si de primeras había celebrado la ocurrencia de tomar los hábitos para zafarse de los buitres que intentaban clavarle el pico, aquellos circunloquios sobre la falsedad de las estampas eran la expresión sonora de que le desagradaba el disfraz. Su rectitud de creencias y descreimientos impedía al librero un trato amistoso y cercano con curas y frailes. Admitía la existencia de sacerdotes y religiosos evolucionados y revolucionarios, pero la mayoría de esos pertenecían a otras tierras y actuaban en los países empobrecidos de Eurasia, África y Latinoamérica. Por otra parte, un fraile en un negocio de libros que se burlaba del Índice y no respetaba las prohibiciones políticas, llamaba más la atención que un agente de la Inquisición y alejaba a los compradores. Dicho de otro modo: el hábito ahuyentaba a los humanos que buscaban sus pequeños volúmenes de maldades y pecados, y en absoluto beneficiaba al negocio.
Sin necesidad de que don Nequin siguiera perorando sobre la imagen, se desprendió del disfraz diciéndose que el hábito podía ser adecuado para moverse en las zonas con riesgo como los trenes, autobuses o el metro, donde los guripas realizaban controles de identidad, pero allí, para pasar el rato con el librero, bastaba con unas gafas de sol que le protegieran de los torpes retratos robot que solían llevar en la cartera los agentes de secreta. Para el régimen del dictador PTC, todos los libreros eran sospechosos de subversión, así que cuanto más gremial pareciese, tanto mejor.
Aquel día el librero y el camarero almorzaron juntos y pasaron gran parte de la tarde platicando sobre el terrorismo. Según don Nequin, aquellos animales salvajes, los terroristas, ocasionaban un gran daño a la causa de la libertad, pues azuzaban el instinto criminal y represor indiscriminado de la fiera gubernamental. “Los terroristas –decía– traen mucho daño a los trabajadores y ningún beneficio. Al régimen le va bien que exista el terrorismo para detener, aterrorizar y mantener al pueblo a raya. Una prueba la tienes en esos cuervos del TOP –en referencia a los jueces del Tribunal de Orden Público– que castigan con veinticinco años de cárcel a los rojos por subversión mientras legalmente no pueden sancionar con más de veinte años de prisión a los terroristas”.
Aquella consideración legal del régimen del dictador PTC hacia los terroristas atemperó la inquietud de Lucas. En un momento de la conversación recordó algunos detalles sobre la voladura de aquel almirante jefe del Gobierno y preguntó a don Nequin si no veía él un cierto paralelismo entre los etarras del comando Txikia y los bolcheviques que iban a atentar contra el Gran Duque, pues parecía que los primeros, los vascos, podían haber accionado la bomba cualquier día, pero eligieron la mañana que no iba acompañado de su hija para mandarle al otro barrio, y los segundos, los bolcheviques, se abstuvieron, según Los Justos de Albert Camus, de arrojar la bomba en el coche del Gran Duque al ver que iba acompañado de un niño. El librero contestó sin dudar: “No, hijo, no, estos terroristas no tienen entrañas ni fundamento ideológico”. Llegó Yebra y aparcaron la materia.
Para entonces Nequin y Lucas ya habían consultado los códigos penales y de enjuiciamiento, llegando a la conclusión de que le podían caer de uno a dos lustros de cárcel por colaboración con los terroristas. Y aunque en nada hubiese colaborado él con aquel jefe de los asesinos del que hablaban los periódicos, le delataba la expresión de una de sus cartas a Argala. “Si le escribiste que sabías a quién había que joder –dijo el librero–, no dudes de que te acusarán de señalar objetivos, te considerarán miembro de la organización terrorista y, en consecuencia, te condenarán por colaboración con banda armada”. Lucas adujo que el término “joderlos” significaba poco y nada. Y don Nequin replicó: “Según y como”, y añadió: “Cinco años de cárcel no te los quita nadie”.
–No me cogerán.
–Claro que no –dijo el libero.
Al verle leyendo ante la pequeña mesa del interior de la caseta, el visitante Yebra le preguntó si libraba y Lucas asintió con la cabeza. A continuación colocó el tablero de ajedrez con las fichas imantadas y ahuecó el ala para hacerle sitio y que pudiera proseguir su partida con el librero. Sentado con un libro entre las manos en la pequeña escalera de acceso a la caseta observaba de tanto en tanto a los husmeadores y atajaba las tentativas de hurto de algunos rasposos con tres suaves silbidos que los aludidos traducían correctamente: “Que te veo”. Algunos devolvían el libro que se habían guardado bajo el suéter y otros le miraban temerosos de Dios. Él movía la cabeza a un lado y otro y si alguno tenía pinta de trabajador, cerraba los ojos.
El nuevo tratamiento del viejo Nequin –ya no le llamaba “muchacho”, sino “hijo”– le pareció una manifestación evidente de que se disponía a protegerle y ayudarle en su indeseable trance. Luego, cuando Yebra asumió que de tablas no pasaba y se despidió hasta mañana, el librero le enseñó a cerrar la caseta, le mostró la trampilla excavada bajo el piso de tabla de la caseta –un encofrado con una cámara acorazada en la que guardaba dos incunables, una bandera tricolor bordada en oro y una pequeña caja de caudales–, sacó una manta de debajo del expositor de libros y le dijo que aquella noche dormiría como los frailes, sobre las tablas, pues no convenía sorprender a la Luisa ni dar que hablar a doña Carmen con un huésped por sorpresa. Mañana despejaría una habitación para que se acomodara en su casa hasta que el temporal amainara y la policía se olvidara de él. “No te preocupes si escuchas ruidos bajo las tablas: son los ratones del Botánico que vienen a roer libros”.
Don Nequin desapareció Moyano abajo con paso tranquilo y su característico contoneo de tornillo y él se sentó en el escalón de la caseta a ver pasar a las muchachas del atardecer. ¿Cómo podría saber si alguna de ellas era Chin? La gente crece hasta los dieciocho, veinte o veintidós años, engorda, cambia de fisonomía, de expresión, de voz… ¿Cómo sería ahora Chin? ¿A qué se dedicaría? ¿En qué parte de la ciudad residiría? ¿Habría crecido mucho? ¿Sería más alta que él? La estatura tanto da, se dijo convencido de poder reconocer sus ojos de avellana, el timbre suave de su voz clara, sus cabellos trigueños, la forma de sus labios y las facciones de su cara… La gente cambia, pero aquellos rasgos de Chin no se le despintaban y se sentía capaz de identificarla en cuanto la viera. ¿Le reconocería ella? ¿Le recordaría y le querría tanto como él o, al menos, algo..?
Un asunto le preocupaba: ahora tenía dinero para publicar un anuncio en todos los periódicos y revistas de Ursaría con el fin de localizarla, pero no podía usar su documento de identidad para contratar el reclamo. ¿Qué podría hacer? Podía esperar a que, como decía Nequin, la policía se olvidara de él. La espera, otra vez… Y entretanto ella pasearía del brazo de otro por los apartados senderos del gran parque donde abrazarse en la oscuridad del anochecer junto a los tallos leñosos de los centenarios pinos piñoneros y los madroños y las acacias en flor. Quizá tenían su árbol, quizá lo habían señalado como viviente testigo mudo de su amor al que acudir a reconciliarse después de esas discrepancias, discusiones y enfados tan frecuentes entre los novios. Esperar no le parecía una buena solución. Evocó el aforismo de don Antonio Machado: “Toda espera es espera de seguir esperando”. El poeta murió en el otro lado de la frontera pirenaica mientras esperaba. “To be or not to be”, fue lo último que escribió. Ser y seguir siendo, se dijo, dispuesto a buscar una solución a su estúpida condición de prófugo enamorado.