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El mosqueo del orate

El LUNES TE CUENTO

El orador se colocó tras el micrófono y prorrumpió: “Queridas compañeras y queridos compañeros, apreciados amigos y apreciadas amigas, bienvenidos todos y todas…” Un oyente se dijo: “He aquí otro personaje dedicado a crear un problema para cada solución”. El orate inició su discurso: “Me voy a referir a la carestía de la vida; días atrás estaba yo comiendo pollo (“¡Y polla!”, gritó uno) en un restaurante low cost cuando me vino a la cabeza (“¡Y el cabezo!”, gritó uno que parecía otro) la idea (“¡Y el ideo!”) de que, al precio que están las cosas (“¡Y los cosos!”), valdría la pena (“¡Y el pene!”) ponerse a criar avestruces (“¡Y avestruzos!”, intercaló otro que parecía uno).

Aunque el tribuno era un político consagrado, se sintió molesto por la persistencia del toca pelotas. Hizo una pausa, se quitó las gafas, dirigió una larga mirada al público. “Veo que aquí hay algún machista”. “¡Y machisto!”, exclamó uno.

El orador miró al techo, como pidiendo paciencia a algún dios, y unos segundos después prosiguió su monólogo: “En una esquina (“¡Y esquino!”, exclamó alguien) había un perro chico (“¡Y perra chica!”) de pelo amarillo (“¡Y pela amarilla!”) que me miraba con el respeto que se merece un cargo público (“¡Y carga pública!”).

Entre el público florecían risitas.

El conferenciante, visiblemente molesto, dijo en tono tajante: “Si alguno o alguna no tiene interés en lo que estoy diciendo y voy a decir sobre la inflación, le ruego que se marche y deje de tocar las pelotas”. “¡Y los pelotos!”, añadió alguien.

Se oyó una carcajada y después otra y otra y más. Es lo que tiene la risa, que es contagiosa, empieza uno y al final casi todos ríen.

Pero el tribuno no se dio por vencido. Quería hablar de la inflación y no renunciaba a su exposición, así que esperó a que la risa dejara de burbujear. “Bueno, ahora en serio –dijo–; aquí no se obliga a nadie (“¡Ni nadia!”, apostilló uno), así que si alguien está a disgusto, puede abandonar el salón” (“¡Y la salona!”).

El orate hizo un gesto como si atrapara una mosca y luego apretó el puño para estrujarla y prosiguió con su prédica sobre la carestía (“¡Y el carestío!”), el alza de los combustibles (“¡Y las combustiblas!”), el alto precio de los garbanzos (“¡Y las garbanzas!”), las peras (“¡Y los peros!”). Y así sucesivamente. “¿Y todo ello, por culpa de quién?”, preguntó al auditorio. “¡Del Gobierno!”, gritó alguien. “Efectivamente –añadió el orador–, de los miembros y miembras de este gobierno”.

“Acabáramos”, se dijo el oyente, un poco frustrado de que el orate, un necio, no hubiese aprendido algo.

A Miguel Vigil y a quienes usan bien el español