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El rey que cayó de la Luna

Luis Díez.

El mismo día que el hombre llegó a la Luna, Franco nombró sucesor suyo en la Jefatura del Estado a Juan Carlos de Borbón, con el título de rey. Es como si el dictador hubiera elegido el momento de mayor distracción, con la gente mirando boquiabierta la televisión en blanco y negro, para sorprender a la nación con el injerto borbónico. Era el 21 de junio de 1969 y la gente, “la mayoría silenciosa”, no dijo ni mu. Desde entonces empezó a flotar en el ambiente la creencia generalizada de que el heredero era algo así como el hijo y continuador del dictador.

Había interés en conocer la personalidad y el carácter de aquel príncipe. Pero la tarea era difícil porque las noticias que aparecían sobre él eran gráficas y telegráficas. Se le veía en aquellas fotos en blanco y negro de las páginas de huecograbado del Ya, el ABC y el Arriba disfrutando vacaciones en las islas Baleares, navegando a vela en el Mediterráneo, esquiando en Suiza y en las laderas pirenaicas. Se le veía junto al dictador, presidiendo desfiles militares, cenas de gala y recibiendo embajadores.

En ocasiones protagonizaba algunas inauguraciones de alto significado económico como la apertura de las minas de Aznalcollar, una localidad situada cuarenta kilómetros al noroeste de Sevilla, cuyos habitantes se quejaban de hambre desde los tiempos de los Reyes Católicos. Gracias a la inversión de unos señores muy serios que posaban en la foto junto al heredero, aquellas gentes iban a tener trabajo y «disfrutar» de la gran riqueza mineral que albergaba el subsuelo. Sus benefactores eran el presidente del Banco Central, don Alfonso Escámez, y el representante de la multinacional Bolidén, don Enrique Dupuy, que se disponían a invertir diez mil millones de pesetas para que unos mil obreros sacaran del fondo de la tierra 12.869 toneladas de cobre-metal, 21.043 toneladas de plomo y 49.214 toneladas de cinc cada año. Aquellos tipos lo tenían todo calculado. Lo del reventón de la balsa y el desastre ecológico vino treinta y tantos años después y lo pagamos todos.

El heredero aparecía también en las recepciones a los pocos dignatarios extranjeros que visitaban Madrid. A veces hacía viajes promocionales y, como su abuelo Alfonso XIII, se fue a visitar las Urdes, pero sin Luis Buñuel. La misma pobreza, las mismas caras. Los lugareños de aquella comarca por la que no pasaba el tiempo le acogían con vivas y aplausos, los mismos vítores que a su abuelo. Él les saludaba con la mano en alto y no les prometía nada. ¿Qué podía prometer si el dictador acababa de remitir una carta a los emigrantes en América, que celebraban un congreso en Caracas, pidiéndoles que no volvieran porque todavía no se daban en España las condiciones para disfrutar de una vida digna?

Juan Carlos y su agradable esposa griega de sonrisa bien elaborada saludaban a las monjitas, elevaban en brazos a los niños de pecho, recibían hermosos ramos de flores, se asomaban a los balcones consistoriales y proseguían su gira promocional por la plural y atormentada geografía española. Querían conocer al pueblo sobre el que iban a reinar y que el pueblo les conociera y les quisiera. El pueblo, como escribió Pio Baroja en Paradox Rey, siempre necesita llevar a alguien encima de la cabeza.

El heredero también visitaba cuarteles, inspeccionaba regimientos y presidía funerales por los oficiales de la Fuerza Aérea que caían como moscas en unas avionetas Piper que eran una mierda. Y asimismo dirigía las maniobras Rebeco en los montes Pirineos al objeto de intimidar a los franceses para que no se pasaran de la raya. Como futuro rey, velaba por los intereses nacionales con viajes a Marruecos para resolver unos problemas sobre la propiedad de unos fosfatos que se extraían en la provincia del Sahara; a Iraq, para obtener suministros de petróleo. Y, en fin, realizaba otras actividades oficiales.

Pero todas, absolutamente todas cuantas la prensa reflejaba, eran mudas, pues el heredero nunca hablaba. Y si no hablaba, mal se podía saber lo que pensaba o si pensaba siquiera. Se notaba que no tenía permiso para hablar. Ni siquiera alzó la voz cuando el dictador acusó a su padre, el navegante don Juan, de andar conspirando en compañía de elementos democráticos –comunistas incluso– y le expulsó de Mallorca y le prohibió navegar por las aguas jurisdiccionales españolas. Si el heredero no era el hijo adoptivo más obediente y disciplinado que podía tener el dictador, lo parecía.

A pesar de ser una incógnita, la mayoría silenciada pensaba que no podía ser peor que el enano asesino del Pardo. Cuatro años después, en 1973, el dictador sufrió una flebitis y, ante el riesgo de que el coagulo sanguíneo le llegara desde la pierna derecha a la cabeza y lo dejara tonto o lo ultimara, activó el mecanismo sucesorio. El heredero asumió por unos días la jefatura del Estado. Fue su estreno. Pero el organismo del dictador, con casi ochenta años de uso, se recuperó enseguida y retomó el mando. Para demostrar que estaba sano se dejó filmar paseando por el Pazo de Meirás y pescando atunes a bordo del Azor. José Luis de Vilallonga escribió que estaba configurado para vivir cien años. Se equivocó. En septiembre de 1975 ordenó las cinco últimas ejecuciones de muerte y dos meses después las diñó. Al funeral acudió su admirador, el asesino Pinochet con su capote y su aire de fantoche. A la posterior e inmediata entronización de Juan Carlos I de Borbón vino Valerí Giscard D’Estaing, presidente de la República Francesa y el tipo que vetó el ingreso de España en el Mercado Común europeo.

Padre e hijo preocupados por la Corona

Ahora que el 20 de noviembre próximo se cumplen 50 años de la muerte del dictador y de la entronización de Juan Carlos I dos días después, éste ha reconocido expresamente que fue Franco quien le nombró rey “para crear un régimen más abierto”. Queda claro que a la dinastía borbónica no la repuso el pueblo, sino el dictador. En una entrevista en Le Figaro, el monarca emérito afirma: “Durante dos años (desde la muerte del dictador hasta la aprobación de la Constitución) tuve todos los poderes. El poder de indultar o de refrendar la pena de muerte. No tuve que hacerlo, gracias a Dios, ya que si hubiera dicho que no entonces, los generales me habrían derrocado». Por Júpiter si no queda claro que a pesar de tener “todos los poderes”, incluida la jefatura de las Fuerzas Armadas, tenía más miedo que un ratón.

La entrevista con Juan Carlos fue realizada por el periodista Charles Jaigu en una mansión con olivos centenarios trasladados desde España, como puede verse en la fotografía tomada por la escritora y periodista Laurencie Debray, publicada por Le Fígaro. La residencia está en la pequeña isla de Nurai, a diez minutos en lancha de la ciudad de Abu Dabi, y fue cedida al exrey por el jefe de Estado de los Emiratos Árabes Unidos, Mohammed bin Zayed. En realidad la entrevista es el aperitivo publicitario del libro de memorias de Juan Carlos que publicará en Francia la editorial Stock el 5 de noviembre con el título de Reconciliación. El libro saldrá después en España, publicado por Planeta. El exmonarca, que cumplirá 88 años el 5 de enero próximo, se ha valido de la pluma de Laurence Debray para contar los pasajes públicos más relevantes de su vida y confesar algunos errores como el de “haber aceptado dinero de Arabia Saudita”. Mucho dinero, a buen recaudo en Suiza y libre de impuestos, conviene aclarar. La periodista amiga del emérito ha sido su logógrafa durante durante años y antes publicó Mi rey caído (Edt Debate).

Así las cosas, habrá que esperar a la aparición de esas memorias para saber por qué no temió ser derrocado cuando rubricó la amnistía a los condenados por luchar por la democracia y los comunistas, socialistas, anarquistas (también los etarras) salieron de las cárceles. ¿No temió el derrocamiento porque no amnistiaron sólo a quienes luchaban por la democracia, sino, sobre todo, a los prebostes del régimen criminal faccioso y represivo derivado del triunfo militar de Franco con la ayuda de Hitler y Mussolini contra la II República democrática española? ¿No temió el derrocamiento porque a los únicos que no amnistiaron fue a los militares de la Unión Militar Democrática, la UMD? Pero al final, el golpe llegó, no contra él, sino contra la democracia. Juan Carlos dice que el 23-F “no hubo un solo golpe, sino tres: el de Tejero, el de Armada y el de los políticos cercanos al franquismo”. ¿Hará alguna alusión a Fraga, Blas Piñar, al comandante José Luis Cortina, cerebro de los espías del Centro Superior de Información de la Defensa (CESID), que no informó a Suárez sobre la trama golpista? A saber. El golpe que más le dolió fue el del general gallego Armada, del que dice: “Alfonso Armada estuvo 17 años a mi lado. Lo quería mucho, y me traicionó”.

El exmonarca anticipa en sus declaración al rotativo francés el deseo de ser recordado no solo como el rey que trajo la democracia –“la democracia no cayó del cielo”, dice–, sino también como el personaje que “evitó una guerra civil”. En ese sentido cuenta que mandó un mensaje al secretario general del PCE, Santiago Carrillo, a través del presidente de Rumanía, Nicolás Ceaucescu, diciéndole: “No desatéis una guerra civil tras la muerte de Franco, dadme tiempo para legalizaros”, lo que ocurrió en abril de 1977, dos meses antes de las primeras elecciones generales celebradas el 15 de junio de ese año. ¿De verdad creía que el PCE iba a desatar una guerra civil? ¿Acaso no sabía que el PCE apostaba por la política de reconciliación desde mediados de los años cincuenta? Atribuir a los comunistas tanta voluntad de discordia y tanta capacidad armada como para desatar otra guerra es tener mala memoria y mala leche.

Lo que de verdad transmitió a Carrillo a través de su amigo Ceaucescu fue que esperaran y no se presentaran a las elecciones con sus siglas, sino como “independientes” para no soliviantar a los militares franquistas. Carrillo, que recorría España desde el día siguiente a la muerte del dictador, le respondió que de eso nada, que si no reconocían y legalizaban al PCE, la fuerza política que más había luchado y sufrido contra la dictadura y sus coletazos (recuérdese la Matanza de Atocha ya en «la sangrienta transición», como tituló Mariano Sánchez Soler su libro al respecto), tampoco ellos podrían reconocer y asumir la monarquía. Así lo escribió Santiago. Y según me dijo una vez Teodulfo Lagunero, el empresario que llevaba a Carillo en sus recorridos clandestinos y le facilitaba un chalé en Madrid, “al rey le importaba un bledo la democracia; a él y a su padre lo que les importaba de verdad era la Corona”. Téngase en cuenta que don Juan no había abdicado de sus aspiraciones y oficiaba con la velita encendida en Estoril, con el conde de los Gaitanes de moñaguillo, la Junta Democrática en el coro y Luis María Ansón de correveidile, pero se presentó en La Zarzuela, pegó un taconazo y exclamó: “¡A sus órdenes, Majestad!” Padre e hijo se abrazaron y asunto resuelto.

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‘La verán mis ojos’ (XI): «Signos del acabose»

Placa a Peman en su casa  natal en Cadiz
Placa a Peman en su casa natal en Cadiz

Por KEY GOOD

11.–Signos del acabose

El librero Nequin seguía leyendo los periódicos entre líneas, buscando los signos de la decadencia del régimen. Aunque Lucas ya estaba curado de sus extrapolaciones era posible que la racha de decesos de los prebostes indicase algo más que la decrepitud de los órganos vitales y afectase a los organismos. Un día salió la noticia de que el poeta del régimen don José María Pemán y Pemartín se había caído en el teatro romano de Mérida. No se volvió a levantar. Era autor de la letra del himno nacional, un hombre muy católico que amaba el dinero sobre todas las cosas. Los creyentes lamentaron mucho su pérdida, pues había escrito una obra muy representada y representativa del alma nacional, según decían, que se titulaba El divino impaciente. La gente, que evitaba hablar de política y sabía que las ideas políticas estaban prohibidas, se refugiaba en la anécdota y la hilaridad por cuenta de los santones del régimen. Decían que iba Pericón de Cadiz paseando con Patojo y en esas vieron a unos obreros que colocaban una placa en el muro de piedra de un edificio. Se pararon a leer: «En esta casa nació el 8 de mayo de 1897 el insigne poeta José María Pemán y Pemartín, cantor excelso de la raza hispana». Y Patojo no se pudo resistir:

–Quiyo, cuando yo me muera, ¿qué van a poner en mi casa?

–Se vende –le contestó Pericón.

Más todavía lamentaron los católicos el deceso del prelado José María Escribá de Balaguer y Albas, un hombre que encabezaba una secta religiosa con tentáculos en cincuenta países del mundo. Decían que era un santo, que hacía milagros, y lo querían elevar rápidamente a los altares. Decían que hasta en el acto de palmar demostró su santidad, pues el señor Portillo –secretario y sucesor– declaró que había pedido a Dios morirse sin dar la lata, y Dios se lo concedió:  murió de repente.

El dictador PTC decretó luto oficial por la pérdida de Escribá. Se celebraron misas cantadas y se rezaron rosarios y trisagios por su alma. Miles de sectarios se desplazaron al Vaticano para asistir al funeral del prelado. Algunos que volvían en avión, publicaron un artículo en un diario de la tarde llamando “hijo de puta, excremento de cabra, sudor de prostituta, aspirante a buitre enfermo, puerca rata de alcantarilla pestilente…” al “mal nacido” que llamó por teléfono al aeropuerto romano de Fiumicino avisando de que había colocado una bomba en el aparato que acababa de despegar hacia Madrid. El avión regresó, lo revisaron de arriba abajo, registraron todas las maletas y equipajes de mano y no encontraron bomba alguna. Pero el enfado de los seguidores del prelado estalló como un huevo podrido y fue tan difundido que casi toda la nación se enteró de que no aguantaban una broma ni deseaban acompañar al santo a su celeste destino.

En aquella racha de defunciones se registró la de un intelectual faccioso –si tal contradicción es posible– que se arrepintió después y vivió en el ostracismo. Se llamaba Dionisio Ridruejo. Su entierro congregó en el cementerio a una pléyade de escritores, pensadores e intelectuales que habían estado al servicio del régimen dictatorial como cantores y palmeros de sus excelencias. Ahora, inopinadamente, manifestaban su disgusto y desafección con la obra del dictador Patascortas y su tropa encargada de mantener a raya a la nación. Uno de aquellos intelectuales, “el más fantoche”, según don Nequin, que había actuado de chivato y censor a sueldo del régimen, pronunció una sentida dolora a pie de tumba sobre la “dignidad del error”.

“¡Habráse visto, el muy cínico!”, exclamó el librero cuando leyó la noticia. Y ya se sabe que los cínicos eran una escuela filosófica de la antigua Grecia cuyos seguidores orinaban en público sin la menor vergüenza.

No obstante, la reivindicación de la dignidad por parte de aquellos intelectuales a los que se atribuía más intelecto sin que a los trabajadores manuales se atribuyesen más manos, le parecía a don Nequin un signo claro de que ya barruntaban el principio del fin del régimen. “Como tantos accidentalistas, también esos se apresuran a cambiar de chaqueta”, decía don Nequin.

Lucas no sabía si el librero estaba en lo cierto, pero lo cierto era que cada vez menos individuos importantes comulgaban con el régimen y que el despliegue censor y represivo del dictador PTC aumentaba a medida que crecía la contestación. “A más policía en las calles, en los tajos y en los campus universitarios, mayor debilidad del régimen”, afirmaba el librero.

Una tarde, don Nequin abordó a Lucas mostrándo una amplia sonrisa de satisfacción en su regordete rostro. “¿Así que no vendrá la República, eh? Pues mira, lee esto”. Y le tendió un ejemplar de un periódico de la tarde. Lucas leyó. Era un sondeo político, el primero que la prensa española publicaba en cuarenta años. Bajo el título Los españoles ante la política, el texto decía: “Ahora que se han aprobado las asociaciones políticas, el 2,8 por cien de los españoles opina que la situación va a cambiar mucho, el 9,4 que va a cambiar bastante, el 11,8 que poco y el 20,7 que no va a cambiar nada. Un 23,4 por ciento de los encuestados en Madrid opina que la situación va a cambiar poco y un 24,2 que no va a cambiar nada. Y de los preguntados en Barcelona, un 31,3 por cien dice que las asociaciones políticas no van a cambiar nada. Del conjunto de los consultados, el 54,2 por cien no sabe, no contesta”.

–Lo único claro es la mayoría silenciosa –dijo Lucas.

–Sigue leyendo –le indicó el librero.

“A la pregunta de qué ideología política tendría más aceptación en el supuesto de que estuvieran permitidas las ideologías, el 14 por cien dice que la demócrata cristiana, el 9,3 que la socialista, el 5,5 que la socialdemócrata, el 1,6 que la comunista, el 3,1 que la liberal y el 3,8 que la republicana”. A continuación levantó la cabeza y miró a don Nequin, que le observaba con expresión de suspense.

–¿Conque no vendrá la República, eh? –Se reafirmó.

–¿Usted cree que esta encuesta indica eso?

–Exactamente; suma y extrapola, muchacho.

–Lo único cierto es que la mayoría no sabe, no contesta.

–¡Lógico! Ya irán aprendiendo. Mientras tanto, las fuerzas republicanas aparecen muy por encima de las serviles.

–Tiene usted razón, pero la mayoría…

El librero giró sobre su eje para atender a un comprador y le dejó con la palabra en la boca. Estaba tan convencido de que la mayoría silenciosa no aceptaría una dictadura coronada que no había manera de persuadirle de lo contrario ni de convencerle de que renunciara a la apuesta.

Flotaba entonces en el ambiente una creencia generalizada de que el heredero era algo así como el hijo y continuador del dictador, y Lucas quiso averiguar la personalidad y el carácter de aquel príncipe del futuro. La tarea era difícil, pues las noticias que aparecían sobre él eran gráficas y telegráficas. Se le veía en aquellas fotonoticias disfrutando vacaciones en las islas Baleares, navegando a vela en el mar Mediterráneo, esquiando en Suiza y en las laderas pirenaicas. Se le veía junto al dictador, presidiendo desfiles militares, cenas de gala y recibiendo embajadores. En ocasiones, protagonizaba algunas inauguraciones de alto significado económico como la apertura de las minas de Aznalcollar, una localidad situada cuarenta kilómetros al noroeste de Sevilla, cuyos habitantes se quejaban de hambre desde los tiempos de los Reyes Católicos. Gracias a la inversión de unos señores muy serios que posaban en la foto junto al heredero, aquellas gentes iban a tener trabajo y a disfrutar de la gran riqueza mineral que albergaba el subsuelo. Sus benefactores eran el presidente del Banco Central, don Alfonso Escámez, y el representante de la multinacional Bolidén, don Enrique Dupuy, que se disponían a invertir diez mil millones de pesetas para que unos mil obreros sacaran del fondo de la tierra doce mil ochocientas sesenta y nueve toneladas de cobre-metal, veintiuna mil cuarenta y tres toneladas de plomo y cuarenta y nueve mil doscientas catorce de cinc cada año. Aquellos señores lo tenían todo calculado.

El heredero aparecía también en las recepciones a los pocos dignatarios extranjeros que visitaban Ursaría. A veces hacía viajes promocionales y, como su abuelo Alfonso XIII, llegó a visitar las Urdes. Igual que entonces, los lugareños de la comarca más pobre de España le acogían con vivas y aplausos, los mismos vítores que los supervivientes recordaban haber dedicado a su abuelo. Él les saludaba con la mano en alto y no les prometía nada.

¿Qué podía prometer si, como observó Raba, el dictador acababa de remitir una carta al congreso de los emigrantes en América, que se celebraba en Caracas, pidiéndoles que no volvieran porque todavía no se daban las condiciones en España para disfrutar de una vida digna?

El heredero y su vigorosa esposa griega, de sonrisa bien elaborada, saludaban a las monjitas, elevaban en brazos a los niños de pecho, recibían hermosos ramos de flores, se asomaban a los balcones consistoriales y proseguían su gira promocional por la plural y atormentada geografía de España.

También visitaba cuarteles, el heredero. E inspeccionaba regimientos militares o presidía funerales por los oficiales de la Fuerza Aérea que caían como moscas en unas avionetas Piper que eran una mierda. Y asimismo dirigía las maniobras Rebeco en los montes Pirineos, al objeto de intimidar a los franceses para que no se pasaran de la raya.

El heredero también protegía los intereses nacionales o, al menos, eso deducía Lucas de la lectura de las informaciones sobre sus viajes a Marruecos para resolver unos problemas sobre la propiedad de unos fosfatos que se extraían en la provincia del Sahara, y a Persia para obtener suministros de petróleo, aquel líquido espeso que llamaban “oro negro” porque se había puesto carísimo a pesar de que la extracción era sencilla y no requería grandes masas de obreros que pudieran hacer huelgas revolucionarias como en Asturias.

Otras actividades realizaba el heredero. Pero todas, absolutamente todas cuantas la prensa reflejaba eran mudas, pues el heredero nunca  hablaba. Y si no hablaba, mal se podía saber lo que pensaba o si pensaba siquiera. “Se nota a la legua que no tiene permiso para hablar”, le dijo una vez Raba. Y tenía razón, siempre la tenía. Ni siquiera alzó la voz cuando el dictador PTC acusó a su padre, el navegante don Juan, de andar conspirando en compañía de elementos de ideología e intenciones democráticas y le expulsó por decreto de la isla de Mallorca y le prohibió volver a navegar por las aguas jurisdiccionales españolas.

Si el heredero no era hijo del dictador, lo parecía. Pero aun siendo una incógnita y por muy adoctrinado que estuviese por su mentor, no podía ser peor, sino mejor que él. Eso suponía Lucas. Y don Nequin respetaba su opinión, pero le advertía: “Ya verás, ya, cuando empiece a borbonear”.