De INTRODUCCIÓN AL ABUELO
En días como aquellos, el Abuelo salía del establo más lánguido que un burro apaleado. También empleaba la palabra “zoo” para referirse a la redacción del periódico, un lugar malsano por el que pululaban una variedad de fieras a cual más asquerosa y peligrosa. Algunas reptaban. Las de las jaulas (despachos) eran temibles por sus garras y venenos. Si te echaban mal de ojo o te cogían ojeriza estabas jodido. Se trataba de jefes de sección, redactores jefes, coordinadores, adjuntos a la dirección y, en general, gente con mando y control. Más valía evitar la discusión con ellos y esperar el momento oportuno para mostrar sus errores. En su conjunto formaban una malla cuadriculada que impedía la comunicación de la base con la altura. Se esmeraban en sonreír a los de arriba, los reyes y reinas de la casa de fieras, y escupir a los de abajo, la puta base plebeya que los alimentaba. Controlaban la información, valoraban si convenía o no publicarla, decidían cómo y cuando se publicaba o si acababa en el cesto de los papeles. Algunos se entretenían en mejorar (casi siempre a peor) los títulos de las gacetillas, crónicas y reportajes. Otros, más aplicados todavía, masajeaban los textos, cambiando verbos y alterando el orden de los párrafos. Era la forma de demostrar su autoridad y de justificar los grandes emolumentos que recibían. Manejaban claves políticas, empresariales, financieras y hasta deportivas. Y si no las manejaban, simulaban estar en el ministerio. Una serpiente pitón, a la sazón jefa de la sección de política nacional, se quejó al oso de tener que “limpiar el culo” a algunos redactores. Alguien se enteró del comentario y unas semanas después, coincidiendo con su cumpleaños, le envió un regalo, un voluminoso paquete envuelto en papel de colores. El recadero se lo llevó a la jaula, ella agradeció el presente con una sonrisa de oreja a oreja. Lo abrió y sufrió un pasmo. Lógico. Nunca sonrías antes de tiempo. El paquete contenía una docena de rollos de papel higiénico y una explicación con letras versales en un folio blanco: “Que usted se limpie bien”. La serpiente se enojó. Reptó hasta el despacho acristalado del oso y allí se les vio, ella intentando empitonarle y él riendo a carcajadas la ocurrencia. Desde aquel día, los redactores se tomaron la libertad de advertir a García, que así se apellidaba, aunque la motejaron lady Higiénica, que no era menester que les cambiara los títulos y limpiara los textos, pues ya se atenían por sí mismos al Libro de Estilo. En alguna ocasión T le dijo: “No me cortes, que sangro”, pues también gustaba eliminar párrafos completos de las crónicas para “dar aire” a las páginas, ampliando las fotografías. Más de una vez le ordenó, sin explicación alguna, reducir su crónica a “un breve”. En esos casos T evitaba mostrar su contrariedad y se limitaba a pedirle que el breve tuviera, al menos, siete líneas, lo que equivalía a tres renglones mecanografiados a sesenta espacios. “¿Qué más te da siete que cinco?”, le recriminó ella una vez, a lo que T respondió: «Ya sabes como empieza El Génesis». “¿Eso qué tiene que ver?”, dijo ella. Él le contestó: “Si lo has leído sabrás que la primera noticia escrita sobre la creación del mundo tiene siete líneas, y que en la séptima el Creador descansó”. La pitón replicó con voz pedregosa: “Pues mira, va a ser que no”. Y le asignó cinco líneas.