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‘La verán mis ojos’ (X)

Visita de Gerard Ford al dictador
Visita de Gerard Ford al dictador

Por KEY GOOD

10.–La ambición de don Pipo        

En el funeral por el almirante volado ocurrió algo que centró la atención de Lucas durante un tiempo. El apoderado de toreros don Pipo acudió al oficio como un representante más de las fuerzas vivas y de la calidad profesional de la nación. Después del oficio religioso tuvo el privilegio de poder saludar al vicepresidente de los Estados Unidos, don Gerard Ford, y, al parecer, de intercambiar dos frases con él mediante un traductor, con un resultado físico e intelectual tan insólito como inesperado, pues la breve conversación con aquel hombre poderosísimo le abrió los ojos sobre un negocio interesantísimo: la exportación de la fiesta nacional a los Estados Unidos, donde ya existían clubs de aficionados a la tauromaquia en ciudades como Nueva York y Chicago.

Según don Pipo, aquel don Gerardo se interesó muy vivamente por la lidia y, según coligió de sus palabras, se comprometió sinceramente a respaldar la organización de festejos taurinos en su gran país, lo que equivalía a poder celebrar corridas de toros en las grandes capitales, Washington, Nueva York, San Francisco, Los Ángeles…, de costa a costa. Aquello iba a ser una empresa formidable, exitosa y rentable. Claro que para acometerla, para exportar corridas de toros y celebrar festejos, necesitaba socios, dinero, cunquibus…

Los contertulios con posibles observaban el entusiasmo de don Pipo con un escepticismo propio de Sexto Empírico y evitaban entrar al trapo. Pronto el orondo apoderado comenzó a estudiar el lenguaje de los yanquis, esa lengua que se mastica, y cuando llegaba a La Campana y se quitaba el sombrero, invariablemente se le caía el pequeño diccionario de inglés que llevaba encima de la cabeza. Él lo recogía y leía alguna palabra de la página por la que había caído abierto. Su método de aprender aquel idioma provocaba la hilaridad mal disimulada de los contertulios. Pero a don Pipo, tanto le daba. Con un entusiasmo a prueba de dudas proclamaba que la publicidad y promoción de los festejos taurinos vendría dada por la promesa de don Gerardo de recibirle en la Casa Blanca junto a uno de sus más afamados y acreditados pupilos, Manuel Benítez, El Cordobés. La visita saldría en todos los periódicos y televisiones y serviría de reclamo publicitario para la organización de los primeros festejos en el corazón del imperio, Washington.

En la gran explanada, junto a los museos, al pie del Obelisco o en alguno de los grandes espacios verdes que allí había, y previo permiso de la municipalidad, instalarían una gran plaza de todos portátil, la primera de una sucesión de grandes carpas taurinas que se irían extendiendo hacia Virginia y hacia Nueva York. Y también hacia el interior y por la Costa Este. La empresa iba a ser enorme, formidable y muy próspera, y representaba una oportunidad única, extraordinaria, para los ganaderos y toreros españoles. La aventura requería una inversión inicial que él se comprometía a devolver con creces, es decir, con una gran rentabilidad, al término de la primera temporada.

Lalanda y don Juan, que tenían millones, le escuchaban sin conmoverse ni ofrecer signo alguno de querer participar en el negocio de don Pipo. Pero el trajeado apoderado no se desanimaba e insistía en que con el aval de aquel hombre, al que con familiaridad llamaba don Gerardo, tenían todas las puertas abiertas y les ofrecía la oportunidad de forrarse si le ayudaban a implantar la fiesta nacional en el extenso y extraordinario país.

Iban pasando los días y el diestro Lalanda y el sastre don Juan no se animaban a poner unos milloncejos en el proyecto. El entusiasmo de don Pipo se desbordó cuando, de la noche a la mañana, aquel don Gerardo se convirtió en presidente de los Estados Unidos en sustitución de Richard Nixón, al que llamaban “el presidente de acero”. Las mentiras y trampas electorales, el Watergate, obligaron a aquel golfo a dejar el cargo. Aquello era extraordinario. Don Gerardo ya no era vicepresidente, sino presidente. Don Pipo se sentía feliz y animaba a Lalanda y a don Juan a que arriesgaran unos duros y participaran en el negocio.

Pero tanto el diestro como el sastre de toreros no acababan de ver claro el asunto. Además, barruntaban que aquel don Gerardo iba a durar poco. Las noticias que llegaban eran inquietantes. Un día, una hippie desmadrada que se llamaba Lynnette Fromme le quiso matar y si no lo logró fue porque la pistola con la que le tuvo a tiro estaba enmohecida. Pocos días después, una izquierdista chiflada que se llamaba Sarah Moore intentó matarlo, también con una pistola y también en Sacramento (California). “No hay duda, Pipo, de que un día de estos le administran la extremaunción”, comentó el diestro Lalanda.

El doctor Lago razonó que si aquel don Gerardo tenía que apelar a aquellos atentados con pistolas averiadas debía ser para que la gente se fijara en él y le escuchara, de donde colegía que no era tan popular ni tan buen promotor como sostenía don Pipo.

La confirmación de que don Gerardo era un tipo olvidadizo y sin palabra se produjo el día que pasó por Ursaría camino de Austria. Llegó al mediodía, mantuvo varias entrevistas y fue agasajado por el dictador PTC con una cena de gala en el Palacio de Oriente. Al ágape asistieron altos representantes del régimen en traje de pingüinos junto con algunas personas del agrado de don Gerardo. Don Pipo no fue avisado ni invitado por la embajada. “Así que un hombre de palabra, ya, ya, Pipo”, ironizó el doctor Lago.

Don Pipo replicó: “Comprendan ustedes que don Gerardo no puede estar en cada detalle; desde la embajada me han asegurado que mantiene su interés por la fiesta nacional y que no olvida su promesa de concedernos audiencia y promocionarla allá”. Y luego, para que los contertulios vieran que si no se había reunido con él en Madrid para fijar el prometido encuentro en la Casa Blanca, les leyó la apretada agenda presidencial que reflejaron los periódicos y que demostraba la premura de la visita: “Apenas llegó al palacete de La Moncloa, acompañado por Henry Kinsinger, mantuvo seis entrevistas de altura, pronunció dos discursos, acudió a la cena de gala, descansó seis horas, madrugó para ir a misa a Las Salesas Reales pese a ser protestante, y luego salió volando hacia Salzburgo (Austria). Ya comprenderán ustedes que no dispuso de un minuto para hablar de toros conmigo”.

Pasaba el tiempo y el apoderado y potencial exportador de corridas de toros a los Estados Unidos mantenía su entusiasmo y seguía estudiando palabras inglesas y animando a Lalanda y a don Juan a que pusieran dinero en el proyecto. El matador jubilado y el sastre de toreros daban muestras de cansancio por la tabarra de don Pipo. Una tarde, Lalanda le dijo: “Mira, Pipo, yo tengo todo el dinero metido en La Salceda y no puedo gastar un duro en ese plan tuyo. Pero aunque pudiera, no lo haría porque toros, lo que se dice toros, en los Estados Unidos, pues no Pipo”.

Y acto seguido argumentó que la idiosincrasia de aquel país no era taurina, pues salvo honrosas excepciones como la de Ernest Hemingway, que era el menos estadounidense de todos los estadounidenses, aquellos merluzos carecían de entendederas para la lidia. Nada más había que leer la biografía de Juan Belmonte que le escribió Manuel Chaves Nogales allí donde contaba su experiencia con un periodista de Washington que acudió a entrevistarle. Lucas buscó y encontró el libro de Nogales en la caseta de Nequin. En efecto, Belmonte, que no medía más de metro sesenta y era endeble y flaco, recibió al periodista que acudió a entrevistarle para un diario de Washington. El periodista le miró con desconfianza. Belmonte se mosqueó. El periodista preguntó al traductor: “¿Está usted seguro de que éste es la figura del toreo?” El intérprete asintió y el periodista volvió a mirar a Belmonte de arriba abajo y preguntó de nuevo al traductor: “¿Pero está seguro de que es el rey del toreo?” Belmonte se mosqueó y, dirigiéndose al traductor, le ordenó: “Dígale a ese tío que sí, que soy el rey del toreo y que haga el favor de dejar de mirarme; y dígale también que los toros no se matan a puñetazos y que se largue”.

El sastre don Juan revistió los argumentos de Lalanda sobre la incapacidad de los estadounidenses de comprender el diálogo entre la inteligencia y la muerte con un suceso que le apenaba personalmente y le llevaba a pensar que aquella gente ni siquiera era capaz de apreciar la belleza del vestido de torear. Y para que don Pipo entendiera las razones por las que no iba a aportar un duro al negocio, le refirió lo sucedido con un tal William McLaren, un torero norteamericano que se hacía llamar El Atrevido. Aquel MacLaren salió anunciando la transformación de las anquilosadas estructuras del toreo y pregonó que su método revolucionario le iba a reportar en una sola tarde una bolsa equivalente a la que pudiera llenar en un mes la máxima figura del toreo. Había una expectación enorme por conocer en qué consistían los métodos revolucionarios de aquel MacLaren. Y entonces aquel toreador estadounidense, El Atrevido, compareció en la hermosa plaza colombiana de Cañaveralejo, entre Cali y Cauca, y dejó al descubierto el método propiamente dicho: había llenado el vestido de torear con anuncios recosidos de licores, tabacos, ferreterías, almacenes y comercios de ultramarinos.

“Comprenderá usted, Pipo, que con gente que no respeta ni el vestido de torear no se va uno a jugar los cuartos”, argumentó el sastre don Juan. “Por cierto que el primer toro le arreó una paliza descomunal, y se lo llevaron aturdido, machacado y perniquebrado a la enfermería. Menos mal”, remató don Juan su argumentación contraria al proyecto del entusiasta don Pipo. Solo Molina consideraba interesante la aventura, pero su alianza carecía de valor, pues el banderillero sobrevivía del Montepío y sólo valía para nacer donde le diera la gana.

Transcurrió el tiempo sin que don Pipo, con su diccionario bajo el sombrero, hubiera recibido notificación alguna de la embajada para ir a Washington a hablar con don Gerardo. Pero el apoderado no se desanimaba. En la tertulia de los señores taurinos hablaba de sus gestiones apalabrando créditos, toreros, transporte, infraestructura, ganado… El proyecto iba viento en popa, aseguraba.

Así estaban las cosas cuando, inopinadamente, un día la prensa matinal madrileña publicó una fotografía en la que aparecía el presidente Gerard Ford, el don Gerardo de don Pipo, con el Cordobés en la puerta de la Casa Blanca. El ágil torero de cara rasgada y el torpe político de tez de corteza de abedul sonreían a las cámaras. En la fotografía no salía don Pipo.

Lucas comentó el hecho con Raba y el veterano camarero atribuyó la recepción de aquel don Ford al famoso torero español como un signo de que el mandatario imperial quería aparecer como un tío simpático a los ojos de los españoles.

–¿Y eso por qué?

–Porque quiere algo.

–¿Qué puede querer?

–Más, los norteamericanos siempre quieren más, chico –repuso Raba.

Don Pipo no volvió a aparecer por la tertulia de los señores taurinos y Raba dijo: “La vida es eso, chico, gente que vemos y que dejamos de ver”.