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‘La verán mis ojos’ (XXXI): «Y entonces, Chin»

Cerca de la Puerta del Sol se encontraba el Hogar del Deportista, que estaba abierto toda la noche y se llama así porque tenía un fútbolín.
Cerca de la Puerta del Sol se encontraba el Hogar del Deportista, que estaba abierto toda la noche y se llama así porque tenía un futbolín..

Por KEY GOOD

Lucas caminó sobre las gruesas alfombras y entró en aquella sala de techo alto, del que colgaban tres grandes lámparas chispeantes. Era el principal salón de actos del hotel más lujoso de Usaría, un lugar frecuentado por políticos recientes, millonarios nuevos y viejos, oligarcas de toda la vida y personajes con títulos nobiliarios que en su conjunto obedecían a la común denominación de “esos cabrones”. La decoración del lugar, a base de tapices desplegados sobre las paredes con escenas de caza, motivos versallescos, damas con vestidos vaporosos y sombreros complicados e infantes rollizos que correteaban medio desnudos por unas praderas con lagos, le pareció cargante y horrorosa. Ante las hileras de sillas alineadas y configuradas para grandes culos se elevaba una tarima de medio metro, cubierta con una alfombra del color tinto. Unos claveles chinos, rojos y amarillos, componían una bandera de España con forma de abanico prendido de unas cortinas azules que anulaban los reflejos y servían de fondo de escenario.

Lucas ocupó una de aquellas sillas, en una esquina, hacia la mitad de la sala. Entraban mujeres aromáticas y hombres gruesos. Casi todos sonreían satisfechos y se saludaban unos a otros de una manera efusiva, como si se alegraran de verse y de reunirse en aquel protegido y selecto lugar. Un pianista con pajarita, instalado en un ángulo de la sala, tocaba con suavidad una pieza que podía ser del maestro Rodrigo o de otro compositor patrio. Un hombre alto, con traje negro y corbata de cuadros rojos y blancos que recordaban un paño de cocina, pidió silencio, dio las buenas noches a las señoras y señores y anunció que en “breves minutos procederemos a dar comienzo al acto”. Lo de los “breves minutos” y lo de “proceder” se decía mucho porque “a nivel de minutos” los españoles querían ser tan puntuales como los europeos y “a nivel de proceder” eran gentes de procedimiento. El pianista seguía tocando. Los invitados seguían llegando. Al cabo de aquellos “breves minutos”, el hombre de corbata de paño de cocina volvió a pedir silencio y anunció: “Señoras y señores, vamos a proceder a dar inicio al acto”.

Entonces salieron de detrás de las cortinas cuatro hombres muy elegantes y una mujer entrada en carnes y en años que lucía un valioso collar de perlas de varias vueltas en el pecho y mientras la dama y tres caballeros se sentaban en unos sillones fraileros debidamente mullidos, dispuestos a la derecha del escenario, uno más calvo que una bombilla, grueso y con una papada que le colgaba del cuello de la camisa con pajarita, avanzó hacia el micrófono, que salía de una tarima como si fuera una mazorca de maíz con el tallo vencido por el peso del fruto, y comenzó a pronunciar un monólogo oficial. La aguda y fina voz infantil de aquel tipo no se correspondía con su corpulencia. El piano enmudeció en cuanto dio las buenas noches y comenzó a hablar de la cultura y el cultivo, del alimento y el condimento, del pacer y del placer, del cordero y el cabrito, del vino bien bebido y bien venido… Aquel hombre era un ministro. Acompañaba su ripiosa alocución con rotundos gestos de brazos. ¿Dónde había visto Lucas una escena similar? Tal vez la había leído en algún libro. El caso es que los gestos de aquel señor ministro parecían los de un gato negro con el pecho blanco que estuviera boxeando con una mariposa. Le entraron ganas de reír. Cuando acabó el discurso, le aplaudieron mucho. ¿Habrá noqueado a la mariposa?, se preguntó Lucas, poniéndose en pie y aplaudiendo a su vez para no desentonar. El pianista pulsó con fuerza las teclas e hizo brotar una marcha que parecía del polaco Chopin o vaya usted a saber.

A continuación se acercó al micro otro hombre con traje de pingüino, lo inclinó para ponerlo a la altura de su boca y, en calidad de secretario del jurado, leyó pausadamente una especie de resolución seguida de los nombres y apellidos de cinco individuos. Lucas sólo escuchó el nombre de Richard. Y entonces apareció su hermano como si fuera un actor. Tenía un aspecto muy saludable. Vestía un traje de alpaca de color azul metálico, con camisa blanca y corbata azul celeste. Calzaba unos limpísimos mocasines negros. No sonreía como los demás premiados que se alinearon a la izquierda del escenario. Su pelo largo, negro, brillante y revuelto, y su fealdad atractiva y montaraz convertía en prescindible la sonrisa. Colocó sus manos a la altura de los testículos y cuando los miembros del jurado se levantaron para condecorar a los premiados, inclinó su testa para facilitar la maniobra del condecorador que le tocó en suerte, un señor con cara de sabio y pelo alámbrico que  le colgó un medallón al cuello. Era el símbolo que le distinguía como uno de los cinco mejores cocineros del reino y le adscribía a una orden o prestigiosa cofradía de la buena mesa. Los asistentes aplaudieron y el pianista interpretó otra marcha que parecía la de los Nibelungos o vaya usted a saber, pues Lucas no tenía oído ni conocimientos musicales.

A continuación, Richard, que era el más joven de los galardonados y, al parecer, había sido designado por sus colegas para que dijera algo, sacó un papel del bolsillo y se acercó al micrófono. Al oír su voz, Lucas sintió un escalofrío de emoción, seguido de un intenso temor a que balbuciera y se trastabillara con las palabras. Nunca había hablado bien, todo seguido. En eso se parecían mucho. Pero su temor se disipó enseguida cuando Richard saludó en castellano, catalán, gallego y euskera a los reunidos, lo que produjo una sensación fenomenal, y luego prosiguió en inglés, francés, portugués, alemán, sueco, holandés, italiano, griego, serbocroata, ruso y chino mandarín, pues el evento tenía una dimensión internacional y allí había representantes diplomáticos e invitados de los cuatro puntos cardinales. No se equivocó ni una sola vez.

Después, en castellano, dio la noticia de que el planeta ya produce alimentos y condimentos suficientes para cuantos seres lo habitamos, siempre y cuando los humanos no lo esquilmemos. “Es una gran noticia –dijo–, pues significa que todos los seres vivos podemos crecer y desarrollarnos armónicamente. Y también significa que si hoy en día más de seiscientos millones de semejantes nuestros padecen un hambre crónica, que es la que mata, y carecen de alimentos suficientes para sobrevivir se debe a que otros tantos millones comen lo suyo y lo de ellos. Es más, algunos sólo viven para comer mientras otros no pueden vivir por no tener qué comer. Y al decir algunos, me refiero a los especuladores y acaparadores de las materias primas necesarias para que un tercio de la humanidad no pase hambre. Acaparadores de arroz, cereales, sémola, soja… Especuladores que revientan… los precios. Es el momento, amigas y amigos, de la conciencia, de la ciencia del corazón y también de la razón. ¿Cómo podemos pedir a los que no tienen para comer que no maten, no roben, no odien… y que se comporten civilizadamente y aprecien e incluso luchen por la libertad? Primun vívere de in de philosophare, dijo Lucio Anneo Séneca. Y dijo bien. Podía haber dicho más: primun edere de in de vívere, porque para vivir es necesario comer, alimentarse, eructar. Y eso requiere un condimento esencial: se llama justicia social y distributiva, se apellida equidad y se escribe con más equilibrio entre el Norte opulento y el Sur hambriento o, si lo prefieren, entre los países ricos y los países empobrecidos, o si lo aceptan y seguimos descendiendo a un país concreto, a una región, a un pueblo…, entre los que tienen demasiado y los que tienen demasiado poco. Como jornalero que dedica su jornada a hacer más agradable la vida de los demás no podía dejar de invocar ante ustedes, que poseen conciencia, la situación de tantos millones de semejantes nuestros cuya vida es un calvario, un martirio y un infierno. Nosotros, amigos y amigas, cocinamos y también investigamos, y les aseguro que no está lejano el día en que, con los hallazgos de las propiedades nutritivas de los vegetales y los minerales, junto con avances científico-técnicos, consigamos derrotar la avaricia y alimentar saludable y sabrosamente a todos los seres humanos. Así sea y así será, no lo duden”.

Los asistentes encajaron el monólogo y le aplaudieron, pero aplaudieron todavía más al maestro de ceremonias cuando, a continuación, invitó a los reunidos a pasar a los salones contiguos para degustar las delicias gastronómicas preparadas por aquellos grandes cocineros que, en justa compensación a su premio y reconocimiento, deseaban alegrar el paladar de los allí congregados, unas trescientas personas, poco más o menos. Al oír estas palabras, Lucas se incorporó y se acercó al escenario para abrazar a su hermano, que enseguida se vio envuelto por el público y los colegas de profesión. Después, al volver la cabeza hacia la muchedumbre, pudo ver al fondo de la sala la boina de Nequin y el moño de doña Luisa y se abrió paso hacia ellos.

–¡Qué alegría que hayan venido!

–¿Ese Richard que habló es tu hermano? –Le preguntó Nequin.

–Sí, abuelo.

–¡Un tío cojonudo!

–Pasemos al refectorio y se lo presento –propuso Lucas.

–Hay que esperar a la Rubia, que ha salido a empolvarse la nariz –dijo doña Luisa, incrementando con sus palabras el contento de Lucas por la presencia de la apasionada churrera.

Richard estaba ocupadísimo, contestando a preguntas de periodistas y de no pocos degustantes, sobre todo, damas que deseaban saludarle y conocer los secretos de la elaboración de los distintos platos y pinchos que iban probando. Algunas le pedían un autógrafo, otras solicitaban recetas y otras querían su número de teléfono. Él distribuía tarjetas del lujoso restaurante cuyos fogones dirigía en aquella isla de veraneantes en la que vivía. A Lucas le costó trabajo alejarle de algunas mujeres más pegajosas que las moscas, y, poco a poco, logró conducirle hasta la mesa ante la que don Nequin, Luisa y la Rubia del Portugués movían sus mandíbulas.

–Te presento a mi familia –le dijo cuando llegaron a aquella esquina del salón.

–Que también es la tuya –se apresuró a añadir Nequin, tendiéndole la mano con determinación y afecto–. ¡Magnífico discurso, muchacho! Quizá, demasiado claro para esta gente de alcurnia –matizó.

–Diga usted que no, que ha hablado muy bien, para que lo entiendan –dijo doña Luisa, corrigiendo a su marido.

–¿Usted cree que lo han entendido?

–Lo dudo –contestó ella.

–Yo también –dijo Richard.

La conversación prendió enseguida. La Rubia se sentía feliz de conocer al hermano de Lucas, mucho más alto y robusto que él, y le prodigó aquellas miradas insinuantes que lanzaba a los hombres que le gustaban. Doña Luisa se interesó por su trabajo y su familia, que, por el momento se reducía a su hermano Lucas y a una tía muy querida, hermana del Viejo, la tía Zulaica. El hombre de pelo alámbrico que le había colgado el medallón al pescuezo se acercó al corrillo “familiar”, realizó una leve genuflexión saludando a los congregados y, luego, abrazó a Richard, le palmeó la espalda y le preguntó si estaba contento, a lo que él contestó que “mucho”. El hombre le susurró que le había gustado su discurso “progresista”, a lo que Richard replicó: “Tomeu, Tomeu, no mientas, que ya sabes que es pecado”. El hombre le había cogido los antebrazos y le acercó hacia sí: “De verdad te lo digo”. Richard, sin perder su seriedad, le llamó “enredador” o algo parecido, pues Lucas, que se mantenía al lado, no pudo escuchar bien por culpa del pianista, que seguía tocando marchas digestivas. El hombre, sin permitir que Richard se separase de él, le susurró: “El Rubio te manda un saludo”. Richard realizó un gesto de admiración y separándose un poco le contestó: “Déle usted un puñetazo en el estómago de mi parte”. Luego consideró cortés presentar a su hermano, al librero, la esposa de éste y a la Rubia. El hombre de pelo alámbrico tuvo mucho gusto en saludarles, bebió una copa de vino con ellos y a continuación se despidió y se perdió entre los corrillos de gente cuya elegancia no le impedía asaltar las bandejas de exquisitas viandas y copas con los mejores caldos que distribuían los camareros.

–Parece un hombre muy importante –dijo doña Luisa, mirando a Richard, en referencia al tipo que lo había condecorado.

–Lo es –dijo Richard.

–¿Industrial o eso…? –Inquirió la Rubia.

–No, fraile.

–¡Qué interesante! –Exclamó doña Luisa.

–¿Un fraile sin vientre? –Se sorprendió Lucas.

–Es fray Fi… Bueno, fray Tomeu, pero le molesta que le llamen fray. Aunque es sedentario, hace ejercicio y mantiene cierto equilibrio alimentario. Es un buen amigo, un padrino. ¿Por qué creen que me han dado este premio y me han permitido decir lo que he dicho?

–Ni idea –dijo Lucas.

–Porque además es amigo y confesor del Rey.

–¡Joder!

Al oír eso, don Nequin giró sobre si mismo y se acercó a Richard queriendo saber si conocía al monarca y si era tan golfo como decían, a lo que Richard contestó que si bien había cocinado bastante para la familia real y sus invitados en aquella isla, lo que es conocer, no le conocía, pero le había saludado y tenía una buena impresión y opinión de él, pues le parecía cordial, cercano, un poco irónico y socarrón, de una gran simpatía, tolerante, buena persona y muy poco clerical.

Don Nequin disimuló su decepción y le preguntó si le gustaba comer bien, a lo que Richard contestó que como a todo el mundo. No era hombre difícil de satisfacer, pues le gustaba la carne y el pescado, desde una blandada de bacalao hasta una ración de rabo de toro deshuesado y regado con vino tinto de Rioja o de la Ribera del Duero y, sobre todo, del Priorato aragonés. Y en este punto le contó que una de las razones –no la más importante, desde luego– por la que su majestad prefería residir en la Zarzuela en vez de en el Palacio Real era, precisamente, la comida, pues había oído decir a su padre, don Juan, que en aquel palacio nunca se comía caliente. Al parecer, la cocina estaba tan lejos del comedor que la comida siempre llegaba fría.

Nequin y Richard siguieron hablando del PTL, o sea, el Pataslargas, hasta que doña Luisa intervino para recordar al librero que se le había pasado la hora de tomar la medicina, lo que Richard aprovechó para alejarse a saludar a determinados representantes extranjeros y despedirse de sus colegas, del señor ministro y de otras relevantes autoridades. Después volvió junto a Lucas y los que éste llamó “mi familia”, y tras degustar unos primorosos dulces de frutas, decidieron que era llegada la hora de retirarse y abandonaron el hotel de “esos cabrones”, acompañando a don Nequin y su esposa hasta una parada de taxis y luego a la Rubia hasta la esquina del Estado Mayor de la Armada, donde ella se despidió haciendo prometer a Richard que se pasaría por la Taberna del Portugués y besando amorosamente a Lucas.

Ya libres de ataduras, ambos hermanos se perdieron en la noche. Tenían tanto de qué hablar que cuando cerraron los cafetines nocturnos de la calle de Las Huertas siguieron hablando y caminando por el entramado de callejuelas de la almendra de Ursaría. Pasaron por delante de La Campana, del Gayango, de la tienda de la ratita. Lucas le iba contando sus tropiezos, errores y aventuras. Le habló de Raba, de los milicos, los galguistas, los taurinos… También del jefazo Marzo, un hombre armado con cuentas inconfesables a sus espaldas.

Desembocaron en la Puerta del Sol y Lucas condujo a Richard hasta el Hogar del Deportista, un establecimiento situado en el primer piso de un edificio de la calle Mayor, que se llamaba así, del Deportista, porque tenía un futbolín. Para entrar había que pulsar un timbre y dar la contraseña, que siempre era la misma: “Vengo a jugar al futbolín”. El lugar era frecuentado por noctivagos, bohemios y solitarios. La mayoría acudía a curar su soledad con vino y a consolarse con unas putas que ejercían en unas habitaciones de alquiler situadas en el piso de enfrente. A Richard le pareció un buen lugar para seguir hablando. Relató a su hermano los viajes que había realizado por Europa central y oriental. Había estado en Alemania y en Turquía. También en Siria, Irak y Persia. Se había convertido en un hombre de mundo. Su proyecto era viajar a China al objeto de aprender nuevas técnicas y aplicaciones culinarias. Aunque los norteamericanos y los europeos del norte eran su principal clientela, carecían de interés científico y cultural para él, pues no sabían comer, sólo beber. Y los norteamericanos especialmente engordaban con desmesura y crueldad. Él tenía el proyecto de enseñarles a educar el paladar, el olfato y el estómago. Era un proyecto secreto del que hablaba con detalle y pasión. Esas gentes lo tienen todo, decía, pero no saben, y al que no sabe y sabe que no sabe, hay que enseñarle. ¿En qué consistía su proyecto? Era una salsa con ingredientes diversos que había ido experimentado en secreto con comensales de aquella y de otras nacionalidades hasta lograr la perfección. ¿En qué consistía la perfección? En que aquella salsa iba bien con los platos más demandados y encantaba a los comensales por su aroma, textura, sabor, satisfacción y digestión. ¿Cuál era su composición? Richard la desintegró y se la describió con precisión milimétrica y porcentual como si fuera un físico nuclear o un químico sacerdotal del agua bendita. Tenía el proyecto de fabricarla, envasarla y exportarla en cantidades industriales al objeto de educar el paladar de aquellos bárbaros y además forrarse.

Richard era un hombre recio, enérgico, convencido y convincente. Quien le escuchaba, caía en su red. Desde su infancia, Lucas le había admirado por su valor y porque sabía lo que quería y lo conseguía. Era además uno de esos niños suicidas que no temen el peligro, se enfrentan al riesgo, lo superan y siempre salen ilesos. ¿Cómo lo hacía? Con una observación, un cálculo y una habilidad que se guardaba para sí, dejando que los demás creyeran que obraba alocadamente, sin pensar. Madre miraba con preocupación los manzanos que padre había injertado en el huerto porque, al parecer, había soñado que al niño mayor le iba a ocurrir algo muy malo en un árbol. Padre tomó en serio el aviso y les obligó a renunciar a su árbol y les prohibió tajantemente que se encaramaran a él. Pero eso no evitó que con los amigos de la banda –Juanito el Rubio, Mulero, el Peque y Julianín Bola de Sebo…– eligiesen sus árboles entre los plátanos del paseo principal de la ciudad. Trepaban a ellos, se escondían entre las ramas, miraban a la gente desde arriba y jugaban a llamar a los transeúntes con nombres supuestos: Ramón, María, Pepe, Antonia… Cuando acertaban, se reían de la confusión e incertidumbre que provocaban en los transeúntes, que miraban hacia atrás sin ver al que les había llamado y más de uno o una se encaraba con el que venía detrás: “¿Que quiere usted?”, a lo que el interpelado contestaba: “Nada, nada”. “¿No me ha llamado usted?”, insistía el que había escuchado su nombre. “¿Yo..? No señora, no”. Y seguían caminando perplejos y mosqueados. Cuando los viandantes se alejaban, ellos se desternillaban de risa y festejaban la confusión. En aquel juego, casi siempre ganaba Richard, pues solía acertar bastante.

–¿Te acuerdas de tu árbol?

–¡Vaya si me acuerdo! Ya será enorme.

–Tal vez ya lo ha talado el Ayuntamiento.

–No creo.

–Pues créetelo: pusieron un alcalde que odiaba los árboles. Una vez le preguntaron por qué quería arrancarlos y respondió el tío: porque son muy raros, se desnudan en invierno y se visten en verano. Se ve que le jodían las hojas secas del otoño, con lo bien que suenan al pisarlas… A aquello de los nombres, ganabas casi siempre y te forrabas de canicas.

–Y a imitar a los mirlos también ganaba.

–Es cierto.

La conversación oscilaba entre los recuerdos sobre padre y madre y las correrías y travesuras de la infancia, sobre el presente y también sobre el futuro. Entre los recuerdos apareció una de las motivaciones que había empujado a Lucas a Ursaría: la búsqueda de la sentencia del Viejo, cuya consecución le parecía imposible, a no ser que él empleara su influencia ante aquel fraile, Tomeu, para que los jueces militares la buscaran y se la entregasen.

Richard meditó el asunto. También él deseaba saber quiénes fueron los canallas que acusaron al Viejo y le jodieron la vida, pero no para pasarles factura por las penurias y sufrimientos que le infligieron, pues el diablo se los lleve si no se los ha llevado ya, sino para satisfacer un elemental derecho de justicia. “Veré lo que puedo hacer, pero me temo que todavía hemos de esperar”.

La otra motivación de Lucas para viajar a Ursaría era el deseo de encontrar a Charín, algo que, después de tanto tiempo de búsqueda, no había conseguido y que le llenaba de frustración.

Sobre el presente y el futuro, Lucas le manifestó sus dudas sobre el camino profesional que había emprendido. Ganaba poco dinero como reportero y daba clases de Graduado Escolar y Bachillerato para adultos de las 20:00 a 22:30 horas de la noche en una academia a la que acudían trabajadores del comercio y de los grandes almacenes del centro de la ciudad. Su vocación de enseñante le parecía semejante a la del médico a palos. Era un mal profesor. No lograba conquistar el interés de sus alumnos y, en cuanto empezaba a hablar, ya fuera de sintaxis, ortografía, historia o geografía los alumnos se dormían más deprisa que las gallinas. Encima, el dueño le pagaba tarde y poco. Y en cuanto al periodismo, aquella vocación de contar historias, rara vez le proporcionaba satisfacción, pues los reportajes duros, con alma contra los abusos e injusticias –por no hablar de la precariedad y vicisitudes de aquellos viejos republicanos cargados de secretos y vivencias–, eran convenientemente edulcorados para no molestar a los poderosos. Encima, la profesión, aunque menos corrupta, al parecer, que en otro tiempo, seguía infectada de bufones y babosos al servicio de los poderosos.

Richard escuchaba a su hermano tratando de comprender sus frustraciones. La vida nunca fue fácil para los pobres. Se reía y celebraba el cambiazo del maletín a los milicos y a los nazis. No es que él no tuviese dudas sobre el oficio que había elegido, es que no tuvo más remedio que colocarse de pinche de cocina para sobrevivir. Aquello le gustó y se esforzó en aprender, experimentar, viajar, conocer y prosperar.

A Richard no le extrañó que cuando Lucas llegó a Ursaría pasase tres meses sin hablar con nadie más de lo instrumentalmente necesario, pues al fin y al cabo había permanecido cinco años encerrado en el internado y necesitaba un proceso de adaptación similar al de los emigrantes que llegan a un mundo nuevo. La preocupación y ocupación de ganarse el sustento era también propia del recién llegado. Uno se agarra a lo primero que encuentra. No había nada de extraordinario en que se dejase guiar por aquel Rabadán, trabase amistad con el librero Nequin, se evadiera a través de la lectura o cayera en los brazos de la Rubia. Sin embargo, en la sustitución de la toxicidad religiosa que había acumulado durante un lustro por aquella obsesión de encontrar a Chin veía él un veneno peligroso que no le iba a matar, desde luego, pero le podía provocar una fuerte decepción y una aguda depresión.

–No puedes vivir como don Quijote, pensando en el amor platónico, ideal e idealizado, de la bella Dulcinea si no quieres acabar más loco que el hidalgo, le dijo.

–Pierde cuidado –contestó Lucas.

–No se yo si aquel dictador griego…, un tal Metaxas, que prohibió todas las obras de Platón, sería tan imbécil como decían.

–Con Platón o sin él –replicó Lucas–, el amor ideal, platónico, irredento, existirá siempre… Ese no es mi caso: la encontraré, te juro que la encontraré –añadió al tiempo que extraía del bolsillo de su chaqueta aquellas hojas dobladas, grapadas y sudadas del listín telefónico y le explicaba el procedimiento de búsqueda sistemática que seguía.

Richard se alarmó, pues, ciertamente, su pequeño hermano estaba peor de la cabeza de lo que había supuesto. Debía hacer algo y hacerlo pronto.

–No te comprendo, hermano, pero te admiro –dijo.

Lucas pensó que la admiración de su hermano brotaba de una concepción distinta del amor, de su nomadismo sexual y su libertinaje a la vieja usanza, frente a la vida en pareja y a la cínica institución matrimonial en la que no creía.

Entonces el hermano alargó el brazo, examinó con gran curiosidad y delicadeza aquellas hojas y, en un instante, las rompió en mil pedazos.

–¡Pero qué haces! –Protestó Lucas.

Richard le pidió calma, introdujo los papelitos en su vaso vacío y por toda respuesta a los improperios de Lucas añadió:

–Tienes que expulsar a aquella inquilina de tu casa antes de que termine averiando el mobiliario, la ventilación, las cañerías, la instalación eléctrica…

–No puedo, Richard, es superior a mis fuerzas –le contestó Lucas.

–Entonces vamos a buscarla –afirmó Richard con sorprendente determinación. Y acto seguido, se incorporó de la silla y se alisó la chaqueta.

Lucas llamó a Attila, que se encargaba de abrir la puerta y de servir a los clientes, y le pidió la cuenta. Aquel Attila sí estaba loco de verdad. Creía que era un poeta reencarnado y recitaba un poema, siempre el mismo: “No tengo Dios, no tengo rey,/ mi madre nunca llevó anillo,/ no tengo cuna ni sepultura,/ no beso, no tengo amante”. Decía que era húngaro y sostenía que era inmortal. Si a alguien le interesaba le explicaba que la primera vez que intentó morir, no lo consiguió. Se tendió en la vía para que le atropellase un tren que pasaba todos los días con puntualidad germana, pero aquel día, el tren no llegó. Fue a ver qué le pasaba y lo encontró parado detrás de una curva. Se acercó y descubrió que un individuo se había tendido en la vía y el tren lo había seccionado. Decía que aquel tipo había muerto por él. Algún tiempo después consiguió que le atropellara el tren. No quería morir exactamente, sólo que las ruedas le cortasen un brazo. Pero no tenía experiencia en mutilaciones parciales y el tren le mató por completo. Aquello sucedió cerca del lago Balatón. Sin embargo, cruzó fugazmente por una especie de tubo lumínico y resucitó en España, concretamente en Ciempozuelos. Para demostrar que era un guerrero húngaro, justiciero y rojo soltaba un chorro de palabras en su endiablado idioma, de las que Lucas había retenido aquel grito: “¡Halál a sertések fascist!”, “¡Muerte al cerdo fascista!”, más o menos.

El reloj de la Puerta del Sol daba las tres de la madrugada cuando Richard y Lucas se encaminaron hacia el hotel para ducharse y descansar. Su plan era salir a la mañana siguiente en busca de Chin. Mientras caminaban por la carrera de San Jerónimo hacia el gran hotel, Lucas se reprochaba su incompetencia y no paraba de preguntarse por qué rayos no se le había ocurrido a él una operación tan sencilla como evidente. “Estas cosas ocurren cuando las obsesiones se incrustan en la cabeza”, le había dicho Richard. Tenía razón. Pero la apelación de su hermano a la obsesión y la invocación de la ceguera del amor no evitaron que se sintiera más ridículo que un ganso en el mercado de los burros.

Horas después estaban en marcha. Se detuvieron en una floristería, en una tienda de moda y en una joyería. El automóvil de alquiler era de altísima cilindrada y les permitió llegar antes del medio día al cementerio en el que descansaban para siempre los restos de padre y madre. “Bueno, nos vamos”, dijo Richard al Viejo. “Que sepas que aún no he llorado por ti”, añadió Lucas en voz baja. Acariciaron la lápida de la madre y la llenaron de flores. Después fueron a ver a la tía Zulaica y le entregaron los regalos: un vestido y una joya. La tía Zulaica parecía algo más sorda, pero estaba sana, fuerte y se sentía bien acompañada por los animalillos, por las vecinas Angela, Eduviges, María y Adoración, que eran cuatro meninas casi iguales que reñían mucho entre ellas, y por don Sandalio, un almacenista con la paciencia desbordada por una esposa aristócrata, gastosa y criticona y una hija equilicual. Aquel don Sandalio había decidido alojarse en casa de la tía Zulaica porque no podía soportar a la cónyuge y a la hija. Y la tía Zulaica parecía encantada con aquel inquilino, un hombre tranquilo y culto que le pagaba bien. Echó a llorar cuando se despidieron. Era de lágrima fácil, la bondadosa hermana del Viejo.

El sol comenzaba a alargar las sombras cuando se detuvieron ante la muralla del Burgo. La plaza de la catedral registraba gran animación a esa hora de la veraniega tarde. Bastantes hombres vestían de tiros largos y había mujeres maquilladas y con elegantes vestidos de riguroso tubo junto al pilón de los caños y en la terraza de un bar cercano. Era evidente que estaban de fiesta. De la puerta principal del templo gótico y barroco salió una joven feliz y sonriente con un traje blanco de novia recién casada y cogida del brazo de un policía nacional en traje de gala. “Mira, la lleva detenida”, bromeó Richard. La gente aplaudía y gritaba vivas a los novios. Dejaron atrás la plaza y caminaron por el empedrado, bajo los soportales que tantas veces pisó Gerardo Diego cuando estaba de maestro en aquellas tierras. Lucas recordó un poema y comenzó a recitarlo:

Un día y otro día y otro día.

No verte.

Poderte ver, saber que andas tan cerca,

que es probable el milagro de la suerte.

No verte.

Y el corazón y el cálculo y la brújula,

fracasando los tres. No hay quien te acierte.

No verte.

Miércoles, jueves, viernes, no encontrarte,

no respirar, no ser, no merecerte.

No verte.

Desesperadamente amar, amarte

y volver a nacer para quererte.

No verte.

Dos barcos en la mar, ciegas las velas.

¿Se besarán mañana sus estelas?

Cruzaron la plaza mayor, ante el imponente pórtico de aquella universidad de la curia católica en la que se formó el liberal Argüelles, y el corazón de Lucas se aceleró ante el portón de la casa solariega en la que residía Charín durante las vacaciones de verano. Su hermano accionó el picaporte. Por su mente pasó la película de la cara de Chin, sus escapadas a las cuevas y a la orilla del río a ver los pájaros y besarse como jilgueros. Era muy linda, muy dulce, Chin.

Richard volvió a accionar el picaporte. Nadie contestó. Se separó unos metros de la casa, observó los polvorientos postigos cerrados y las ventanas del piso superior con las persianas bajadas. “Esto tiene pinta de estar más cerrado que el cofre del Cid”. Sonaron ocho campanadas en el reloj de la torre del ayuntamiento. El sol comenzaba a declinar y una agradable brisa invitaba a sentarse en un poyo cercano. Richard cruzó la calle y pulsó el timbre de la casa de enfrente. Un minuto después le abrió una joven que vestía un chándal deportivo y les informó que los Castejón ya no vivían allí, sino en el asilo de ancianos, ubicado allá abajo, en una calle pindia, cerca de la catedral. “Por la hora que es, la señora debe estar en la catedral rezando el rosario”, les dijo.

–¿Y el señor?

–El Romanones no pisa la iglesia.

–¿Se llama Romanones?

–No, eso es el mote… Como es cojo… Dicen que ya no rige.

–Vaya por Dios –lamentó Richard.

–¿Pero entiende, recuerda y eso? –Se interesó Lucas.

La chica se encogió de hombros, dando a entender que no lo sabía. Luego, con gesto esforzado, añadió: “Dicen que se quedó trastornado a causa del accidente del avión en el que murieron sus hijos, nueras y nietos”.

–Vaya por Dios –volvió a lamentar Richard antes de que Lucas le preguntara dónde había ocurrido el accidente y si hubo supervivientes, a lo que la joven contestó que no, que supervivientes no hubo. En cuanto al accidente en sí, sólo sabía que habían chocado dos aviones en el aeropuerto de la isla de Tenerife y que en uno iban los familiares del Romanones. Lucas se estremeció. Una mano invisible le atenazó el pescuezo. Un nudo en la garganta le dejó mudo y demudado.

La chica les contó que el Romanones se quedó tan afectado que se volvió medio loco. Ella era muy niña, pero oyó decir que en vez de ir al entierro de los hijos y los nietos, el hombre salió del pueblo con intención de suicidarse. “Di tu que mi padre, el alcalde y otros vecinos se percataron de la ausencia y tocaron a rebato y salieron a buscarlo. Dicen que lo encontraron lejos, en la orilla del río, con un saco de piedras atado a la espalda. Y bueno, también dijeron que estaba hablando consigo mismo como si el yo racional se estuviera despidiendo del carnal y que lo agarraron antes de que se lanzara al Duero desde el Barrancón”.

–¿Murieron los dos hijos? –Inquirió Richard.

–Sí, y toda la familia, sus nueras y sus nietos –precisó la joven.

–¿Los hijos eran varones?

–Si, el mayor se llamaba Tilo y el otro Enebro.

–¿Tilo y Enebro Castejón?

–Si.

Al oír estas explicaciones, Lucas respiró hondo y encendió un pitillo. Luego preguntó a la joven si los nietos también eran varones y ella contestó afirmativamente, aunque no recordaba sus nombres. “Si les interesa lo que pasó, pueden preguntarle a la abuela, que estará en el rosario, o bien volver mañana por la mañana, cuando estén mis padres… Se han ido a una boda y volverán tarde. Pero mañana les pueden dar razón”.

Se despidieron de la amable joven y caminaron hacia la catedral. Confiaban en que aquella abuela se acordara de Charín y les diera razón sobre su paradero y, acaso, con un poco de suerte, su dirección exacta.

Bajo los soportales que tantas veces recorrió Ridruejo en sus años de ostracismo se cruzaron con una mujer que se quedó mirando fijamente a Lucas. Él caminaba tan embebido en sus emociones –primero, la angustia de que Chin hubiera muerto en aquel accidente y después la alegría al constatar que no era familiar directo de aquellos Castejón y no podía haber perecido en aquella catástrofe– que por una vez no se fijó en aquella joven ni en ninguna otra con las que se cruzó en el camino hacia el templo.

Entraron en la catedral por la puerta principal, cuyas baldosas todavía estaban cubiertas de granos de arroz, la blanca gramínea con la que los invitados solían rociar a los recién casados, y vieron, en efecto, a media docena de ancianas, cubiertas con velos y pañuelos negros, rezando el rosario ante una talla de la virgen María. Como no era cuestión de distraer su devoción ni interrumpir su rezo, preguntaron a un hombre que andaba por allí apagando velas y tenía pinta de monaguillo si el rosario duraba mucho y éste les dijo que unos veinte minutos. Decidieron contemplar la catedral y entraron en el claustro del antiguo monasterio, fundado en 1402, al que se accedía por la parte trasera del templo.

Ya en aquel pasillo cuadrangular y pétreo, con ventanas altas que daban al jardín central, Lucas empujó la primera puerta de la sucesión de celdas a las que se entraba desde aquel claustro, y la compacta lámina de madera gimió y cedió con facilidad. Se asomó. Era un lugar oscuro. Un olor a libros viejos le golpeó la nariz. Buscó y encontró la llave de la luz y la accionó. Una bombilla iluminó con su debil luz el fondo de aquella sala alargada en la que se veían unos estantes. Entró. Richard le siguió. Unos libros enormes, de casi medio un metro de largo por cuarenta centímetros de ancho, con tapas de piel de vaca, aparecían apilados sobre un anaquel de madera de roble sin barnizar. “¿Qué contendrán?”, se preguntó Lucas en voz alta. Con la ayuda de Richard alcanzó el más alto. Era voluminoso y pesado. Lo apoyaron en una gran losa polvorienta –la lápida de una tumba con nombres de monjes o clérigos– y lo abrieron a ver lo que decía. Las páginas estaban llenas de cuadratines negros sobre unos pentagramas rectilíneos trazados con tinta roja. Era un cantoral de los monjes. No tenía letras, sólo notas musicales. Encontraron la data. La cantata era de 1468. “¡Joder, del siglo XV!”, exclamó Richard. Pasaron algunas páginas. “¡Mira!”. En los ángulos superiores e inferiores de algunas páginas de papel grueso como la cartulina aparecían dibujos en pan de oro y tintas de colores. Eran animalillos.

Se quedaron absortos, contemplando aquellos dibujos de filigrana, mirando y admirando lo que parecían búhos, cervatillos, osos, un pelícano… Vieron un grifo, mitad águila y mitad león, y se entusiasmaron buscando más monstruos. Encontraron un putto con el cuerpo de niño y la cara un bicho parecido a un ratón, y Lucas intentó interpretar aquellas ilustraciones y se puso a decir que quizá los clérigos de aquel tiempo no tenían claro el límite entre los animales y los seres humanos, aunque también los dibujos podían responder a una interpretación teológica de la vida –la capacidad de observación del búho, la generosidad del pelícano, la fortaleza del oso…– o, simplemente, podían obedecer al propósito del compositor de que los monjes cantores imitaran la voz de aquellos bichos en los distintos pasajes…

En esas disquisiciones andaban cuando alguien, desde la puerta, emitió una tosecilla fingida. Los dos hermanos se sintieron sorprendidos, cerraron el libro y lo devolvieron rápidamente al anaquel. Desde la semipenumbra de la puerta, la sombra avanzó hacia ellos con tímidos pasos de gato. Richard supuso que era un sacerdote y antes de verle la cara se apresuró a pedirle disculpas por la intromisión. Pero no era un cura sino una mujer con olor a lavanda, cuyas facciones no podían apreciar por la falta de luz. Entonces, Richard, supuso que era la celadora, la famosa sobrina del deán o del obispo que suele haber en estos sitios y le dio las gracias por el privilegio de haber podido mirar aquel libro y, un poco avergonzado, sin mirarla siquiera, dijo: “Ya nos íbamos”.

La mujer, que cubría sus cabellos con un velo oscuro, se cruzó con ellos y avanzó hacia la zona más iluminada sin decir nada, pero antes de que abandonaran aquella sala les pidió disculpas a su vez por haber interrumpido su exploración. Aquello era raro. Luego añadió: “Les he visto en la calle mayor y les he seguido hasta aquí porque me ha parecido…” Luego se quedó en silencio, intentando atisbar las facciones de Lucas, que se había parado con su hermano en la puerta, e hizo un gesto como si quisiera negar una afirmación interior, y añadió: “Sin duda me he equivocado”.

Al oír aquella voz, Lucas notó un escalofrío y se quedó clavado. Era como si un pegamento poderosísimo hubiera unido sus pies a frías lastras del suelo. La mujer avanzó hacia ellos. Pasaron unos segundos. Lucas permanecía inmóvil, como hipnotizado. También él la miraba fijamente. Ella sonrió. Él balbució: “Eres tú…” Y con una agilidad inesperada se lanzó hacia ella con los brazos abiertos y la abrazó con todas sus fuerzas. “¡Mi Charín, mi Chin, mi amor!” Ella gritó: “¡Lu…!” Él la besó en las mejillas, en la frente, en los ojos, en la nariz, en los labios, en los pechos…, sin dejar de apretarla entre sus brazos.

Se miraron. Ella le acarició y él le quitó el pañuelo y le besó el pelo y el cuello y la cara y los labios. Se miraron de nuevo. Ella dijo: “Te he echado tanto de menos…” Y él respondió: “Ni un solo día he dejado de pensar en ti; te he buscado tanto…”

 

Coda: Me contó mi tío Richard que nunca en los días de su vida había visto un amor tan grande como el de mi padre y mi madre. Y también me dijo que desde el mismo momento en que se reconocieron, permanecieron abrazados durante horas y horas, sin separarse siquiera para cenar en la hospedería, y que el resultado de aquel abrazo fui yo, como fácilmente puedo comprobar por la fecha de nacimiento. “Si el amor verdadero sucederá una vez cada dos siglos, ese fue el de Lucas y Chin”, me aseguró mi tío Richard. Quiso la casualidad que ella hubiese ido a visitar aquel día y no otro a su ancianísima tita, que residía en el asilo, y que inesperadamente se reencontrara con el que fue su primer amor, ese que dicen que no se olvida por más agua que pase bajo los puentes.

Las demás historias de este relato las sé de buena fuente porque me las contó mi padre, que algunas veces llegaba a casa muy triste y entonces mi madre le preguntaba: “¿Otro obituario?” Y él asentía. Y aunque no lloraba porque los hombres duros no lloran y él era un animal correoso que había sobrevivido a mucha adversidad, se notaba en sus ojos que tenía ganas de llorar. Entonces mi madre le preguntaba: “¿De quién?” Y él le entregaba la copia de la necrológica que había escrito para el periódico y le contaba cosas de don Nequin, de Bravo, Merino, Montilla, de doña Luisa, Amaro, de Novais o Nové… Y ella trataba de consolarlo. “La gente no dura siempre, Lu”, le decía. Y él me cogía en brazos y me decía: “Adivina donde vamos a ir mañana mi niña, su mamá y yo”. Yo decía: “Al cole”. Y él contestaba: “Frío, frío”. Y luego añadía: “Vamos a ir a París a ver a tito Richard”. Y dicho y hecho. También fuimos a verle a Nueva York, a Sidney y a Honkong. Y recuerdo que en esta visita mi padre llevó unos papeles. Era la sentencia del abuelo, que había sufrido mucho y se había muerto antes de tiempo. Y mi tío la leyó y blasfemó: “¡Malditos, hijos de puta!” Y se quedó un poco triste, aunque enseguida me tomó en brazos y llamó al conductor para que nos llevara de excursión. Es un hombre muy bueno y muy rico y dirige una cadena de alimentación con ramificaciones en todo el mundo y después de pagar los impuestos y las reinversiones entrega los beneficios a los pobres, mi tito Richard.

FIN

‘La verán mis ojos’ (XI): «Signos del acabose»

Placa a Peman en su casa  natal en Cadiz
Placa a Peman en su casa natal en Cadiz

Por KEY GOOD

11.–Signos del acabose

El librero Nequin seguía leyendo los periódicos entre líneas, buscando los signos de la decadencia del régimen. Aunque Lucas ya estaba curado de sus extrapolaciones era posible que la racha de decesos de los prebostes indicase algo más que la decrepitud de los órganos vitales y afectase a los organismos. Un día salió la noticia de que el poeta del régimen don José María Pemán y Pemartín se había caído en el teatro romano de Mérida. No se volvió a levantar. Era autor de la letra del himno nacional, un hombre muy católico que amaba el dinero sobre todas las cosas. Los creyentes lamentaron mucho su pérdida, pues había escrito una obra muy representada y representativa del alma nacional, según decían, que se titulaba El divino impaciente. La gente, que evitaba hablar de política y sabía que las ideas políticas estaban prohibidas, se refugiaba en la anécdota y la hilaridad por cuenta de los santones del régimen. Decían que iba Pericón de Cadiz paseando con Patojo y en esas vieron a unos obreros que colocaban una placa en el muro de piedra de un edificio. Se pararon a leer: «En esta casa nació el 8 de mayo de 1897 el insigne poeta José María Pemán y Pemartín, cantor excelso de la raza hispana». Y Patojo no se pudo resistir:

–Quiyo, cuando yo me muera, ¿qué van a poner en mi casa?

–Se vende –le contestó Pericón.

Más todavía lamentaron los católicos el deceso del prelado José María Escribá de Balaguer y Albas, un hombre que encabezaba una secta religiosa con tentáculos en cincuenta países del mundo. Decían que era un santo, que hacía milagros, y lo querían elevar rápidamente a los altares. Decían que hasta en el acto de palmar demostró su santidad, pues el señor Portillo –secretario y sucesor– declaró que había pedido a Dios morirse sin dar la lata, y Dios se lo concedió:  murió de repente.

El dictador PTC decretó luto oficial por la pérdida de Escribá. Se celebraron misas cantadas y se rezaron rosarios y trisagios por su alma. Miles de sectarios se desplazaron al Vaticano para asistir al funeral del prelado. Algunos que volvían en avión, publicaron un artículo en un diario de la tarde llamando “hijo de puta, excremento de cabra, sudor de prostituta, aspirante a buitre enfermo, puerca rata de alcantarilla pestilente…” al “mal nacido” que llamó por teléfono al aeropuerto romano de Fiumicino avisando de que había colocado una bomba en el aparato que acababa de despegar hacia Madrid. El avión regresó, lo revisaron de arriba abajo, registraron todas las maletas y equipajes de mano y no encontraron bomba alguna. Pero el enfado de los seguidores del prelado estalló como un huevo podrido y fue tan difundido que casi toda la nación se enteró de que no aguantaban una broma ni deseaban acompañar al santo a su celeste destino.

En aquella racha de defunciones se registró la de un intelectual faccioso –si tal contradicción es posible– que se arrepintió después y vivió en el ostracismo. Se llamaba Dionisio Ridruejo. Su entierro congregó en el cementerio a una pléyade de escritores, pensadores e intelectuales que habían estado al servicio del régimen dictatorial como cantores y palmeros de sus excelencias. Ahora, inopinadamente, manifestaban su disgusto y desafección con la obra del dictador Patascortas y su tropa encargada de mantener a raya a la nación. Uno de aquellos intelectuales, “el más fantoche”, según don Nequin, que había actuado de chivato y censor a sueldo del régimen, pronunció una sentida dolora a pie de tumba sobre la “dignidad del error”.

“¡Habráse visto, el muy cínico!”, exclamó el librero cuando leyó la noticia. Y ya se sabe que los cínicos eran una escuela filosófica de la antigua Grecia cuyos seguidores orinaban en público sin la menor vergüenza.

No obstante, la reivindicación de la dignidad por parte de aquellos intelectuales a los que se atribuía más intelecto sin que a los trabajadores manuales se atribuyesen más manos, le parecía a don Nequin un signo claro de que ya barruntaban el principio del fin del régimen. “Como tantos accidentalistas, también esos se apresuran a cambiar de chaqueta”, decía don Nequin.

Lucas no sabía si el librero estaba en lo cierto, pero lo cierto era que cada vez menos individuos importantes comulgaban con el régimen y que el despliegue censor y represivo del dictador PTC aumentaba a medida que crecía la contestación. “A más policía en las calles, en los tajos y en los campus universitarios, mayor debilidad del régimen”, afirmaba el librero.

Una tarde, don Nequin abordó a Lucas mostrándo una amplia sonrisa de satisfacción en su regordete rostro. “¿Así que no vendrá la República, eh? Pues mira, lee esto”. Y le tendió un ejemplar de un periódico de la tarde. Lucas leyó. Era un sondeo político, el primero que la prensa española publicaba en cuarenta años. Bajo el título Los españoles ante la política, el texto decía: “Ahora que se han aprobado las asociaciones políticas, el 2,8 por cien de los españoles opina que la situación va a cambiar mucho, el 9,4 que va a cambiar bastante, el 11,8 que poco y el 20,7 que no va a cambiar nada. Un 23,4 por ciento de los encuestados en Madrid opina que la situación va a cambiar poco y un 24,2 que no va a cambiar nada. Y de los preguntados en Barcelona, un 31,3 por cien dice que las asociaciones políticas no van a cambiar nada. Del conjunto de los consultados, el 54,2 por cien no sabe, no contesta”.

–Lo único claro es la mayoría silenciosa –dijo Lucas.

–Sigue leyendo –le indicó el librero.

“A la pregunta de qué ideología política tendría más aceptación en el supuesto de que estuvieran permitidas las ideologías, el 14 por cien dice que la demócrata cristiana, el 9,3 que la socialista, el 5,5 que la socialdemócrata, el 1,6 que la comunista, el 3,1 que la liberal y el 3,8 que la republicana”. A continuación levantó la cabeza y miró a don Nequin, que le observaba con expresión de suspense.

–¿Conque no vendrá la República, eh? –Se reafirmó.

–¿Usted cree que esta encuesta indica eso?

–Exactamente; suma y extrapola, muchacho.

–Lo único cierto es que la mayoría no sabe, no contesta.

–¡Lógico! Ya irán aprendiendo. Mientras tanto, las fuerzas republicanas aparecen muy por encima de las serviles.

–Tiene usted razón, pero la mayoría…

El librero giró sobre su eje para atender a un comprador y le dejó con la palabra en la boca. Estaba tan convencido de que la mayoría silenciosa no aceptaría una dictadura coronada que no había manera de persuadirle de lo contrario ni de convencerle de que renunciara a la apuesta.

Flotaba entonces en el ambiente una creencia generalizada de que el heredero era algo así como el hijo y continuador del dictador, y Lucas quiso averiguar la personalidad y el carácter de aquel príncipe del futuro. La tarea era difícil, pues las noticias que aparecían sobre él eran gráficas y telegráficas. Se le veía en aquellas fotonoticias disfrutando vacaciones en las islas Baleares, navegando a vela en el mar Mediterráneo, esquiando en Suiza y en las laderas pirenaicas. Se le veía junto al dictador, presidiendo desfiles militares, cenas de gala y recibiendo embajadores. En ocasiones, protagonizaba algunas inauguraciones de alto significado económico como la apertura de las minas de Aznalcollar, una localidad situada cuarenta kilómetros al noroeste de Sevilla, cuyos habitantes se quejaban de hambre desde los tiempos de los Reyes Católicos. Gracias a la inversión de unos señores muy serios que posaban en la foto junto al heredero, aquellas gentes iban a tener trabajo y a disfrutar de la gran riqueza mineral que albergaba el subsuelo. Sus benefactores eran el presidente del Banco Central, don Alfonso Escámez, y el representante de la multinacional Bolidén, don Enrique Dupuy, que se disponían a invertir diez mil millones de pesetas para que unos mil obreros sacaran del fondo de la tierra doce mil ochocientas sesenta y nueve toneladas de cobre-metal, veintiuna mil cuarenta y tres toneladas de plomo y cuarenta y nueve mil doscientas catorce de cinc cada año. Aquellos señores lo tenían todo calculado.

El heredero aparecía también en las recepciones a los pocos dignatarios extranjeros que visitaban Ursaría. A veces hacía viajes promocionales y, como su abuelo Alfonso XIII, llegó a visitar las Urdes. Igual que entonces, los lugareños de la comarca más pobre de España le acogían con vivas y aplausos, los mismos vítores que los supervivientes recordaban haber dedicado a su abuelo. Él les saludaba con la mano en alto y no les prometía nada.

¿Qué podía prometer si, como observó Raba, el dictador acababa de remitir una carta al congreso de los emigrantes en América, que se celebraba en Caracas, pidiéndoles que no volvieran porque todavía no se daban las condiciones en España para disfrutar de una vida digna?

El heredero y su vigorosa esposa griega, de sonrisa bien elaborada, saludaban a las monjitas, elevaban en brazos a los niños de pecho, recibían hermosos ramos de flores, se asomaban a los balcones consistoriales y proseguían su gira promocional por la plural y atormentada geografía de España.

También visitaba cuarteles, el heredero. E inspeccionaba regimientos militares o presidía funerales por los oficiales de la Fuerza Aérea que caían como moscas en unas avionetas Piper que eran una mierda. Y asimismo dirigía las maniobras Rebeco en los montes Pirineos, al objeto de intimidar a los franceses para que no se pasaran de la raya.

El heredero también protegía los intereses nacionales o, al menos, eso deducía Lucas de la lectura de las informaciones sobre sus viajes a Marruecos para resolver unos problemas sobre la propiedad de unos fosfatos que se extraían en la provincia del Sahara, y a Persia para obtener suministros de petróleo, aquel líquido espeso que llamaban “oro negro” porque se había puesto carísimo a pesar de que la extracción era sencilla y no requería grandes masas de obreros que pudieran hacer huelgas revolucionarias como en Asturias.

Otras actividades realizaba el heredero. Pero todas, absolutamente todas cuantas la prensa reflejaba eran mudas, pues el heredero nunca  hablaba. Y si no hablaba, mal se podía saber lo que pensaba o si pensaba siquiera. “Se nota a la legua que no tiene permiso para hablar”, le dijo una vez Raba. Y tenía razón, siempre la tenía. Ni siquiera alzó la voz cuando el dictador PTC acusó a su padre, el navegante don Juan, de andar conspirando en compañía de elementos de ideología e intenciones democráticas y le expulsó por decreto de la isla de Mallorca y le prohibió volver a navegar por las aguas jurisdiccionales españolas.

Si el heredero no era hijo del dictador, lo parecía. Pero aun siendo una incógnita y por muy adoctrinado que estuviese por su mentor, no podía ser peor, sino mejor que él. Eso suponía Lucas. Y don Nequin respetaba su opinión, pero le advertía: “Ya verás, ya, cuando empiece a borbonear”.