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28.–«Esto es muy gordo»(11-S-2001)

De INTRODUCCIÓN AL ABUELO

El Abuelo no imaginaba que doce años después de los crímenes de lesa humanidad contra los kurdos por parte del desalmado (sin alma) Sadam Husein, tendría que volver a Iraq a causa de otra maldita guerra por el petróleo. Por cierto que el matón de Bagdad contaba con cómplices de peso como el fornido presidente turco Turgut Özal en el empeño de exterminar a los kurdos, pues en la misma localidad de Cizre desde la que T transmitiera sus crónicas, el ejército turco realizó matanzas sin límite (y sin piedad) de la población civil. Los militares turcos entraban periódicamente en aquellas localidades del Kurdistán y, aprovechando fiestas, bodas y reuniones reivindicativas de aquel pueblo sin Estado, disparaban a todo bicho viviente, dejando tras de sí un rastro de cadáveres. A aquella gentuza brutal le importaba un rábano la edad y el género de las personas contra las que disparaban sus armas. Extendían sus matanzas desde Diyarbakir, considerada la capital del Kurdistán turco, hasta la frontera con Iraq, pasando por la singular y soterrada Mardín, sin que los sucesivos presidentes turcos desde la última década del siglo XX (Özal, Süleyman Demirel, Ahmet Necdet Seze, Abdullah Gül, Tayyip Erdogan) pusieran fin a tanta criminalidad. Las democracias occidentales, siempre defensoras de los derechos humanos (de laringe) miraban para otro lado, pues no en vano Turquía era un país socio, amigo y aliado en la OTAN que históricamente prestaba un buen servicio a los europeos occidentales interponiendo su fuerza al expansionismo islámico persa, más radical e insoportable todavía para la vida humana y el derecho a la libertad de la gente. De hecho, los turcos se fueron de rositas después de perpetrar el primer gran genocidio del siglo XX: la matanza de cinco millones de armenios en 1905. Tanto los armenios como la mayoría de los kurdos eran (lo siguen siendo) cristianos. Pero en los más de diez años transcurridos desde el primer viaje de T al norte de Iraq hasta su vuelta a aquel país tan rico en petróleo como desventurado por su mal gobierno, ocurrió algo “muy gordo, muy gordo”. En eso, en lo de gordo, estaban de acuerdo un tabernero y un pescador de bajura de la localidad asturiana de Soto del Barco, en la que Goyi y T recalaron al día siguiente de la enormidad de la salvajada. Era la segunda semana de septiembre del año uno del nuevo siglo. Él y Goyi habían decidido emplear los días libres que el periódico le debía por las jornadas festivas trabajadas en disfrutar de la naturaleza y la buena pitanza, para lo cual subieron al Golf y salieron de Madrid en dirección hacia el norte. Sobre las tres de la tarde de aquel 11 de septiembre de 2001 llegaron a las tierras altas del valle de Luna, en la provincia de León, y entraron en el mesón y hospedería de San Emiliano de Babia, en la que habían reservado habitación. Goyi se acercó un instante a la farmacia. Cuando regresó le dijo: «Pon la tele». T encendió el pequeño televisor de la habitación. Se quedaron pasmados ante la pantalla: un avión de pasajeros acababa de estrellarse contra los pisos más altos de una de las Torres Gemelas (la torre Norte) de Nueva York. La televisión ofrecía imágenes en directo. Del gran boquete abierto por la aeronave en el rascacielos salían llamas y una humareda blancuzca que se iba oscureciendo por minutos. Miles de personas trabajaban dentro de aquel imponente edificio de oficinas en la isla de Manhattan, el distrito de la usura más abigarrado del mundo. Un accidente, un fallo técnico, un error del piloto; cualquier cosa menos una película. De pronto apareció por detrás de la torre humeante otro avión de pasajeros y fue a estrellarse contra la otra torre. “¡Estos pilotos están locos!”, exclamó T. El volátil se clavó hacia la mitad del edificio y desapareció, seguido de una gran explosión y una enorme bola de fuego y humo. En menos que canta un gallo la torre se vino abajo. La nube de polvo y fuego se incrementó con la caída, pocos minutos después, la torre se vino abajo. Un desastre. Los enterados daban la cifra de diez mil personas en el interior de la Gemelas. Las autoridades aparecían perplejas, sorprendidas, en la pantalla del televisor. Desconocían de donde venían las hostias. Más tarde se supo que los dos Boeing 767 habían despegado del aeropuerto de Boston y hacían la ruta de costa a costa hasta Los Ángeles. El alcalde Juliani pedía calma a la población newyorkina. Menuda cosa. Lo que tenía que pedir era que desalojaran cuanto antes los demás rascacielos por si venían otros aviones. No se le ocurrió. El tiempo entre los impactos de uno y otro avión contra los dos enormes edificios del World Trade Center fue tan breve (17 minutos) que la fuerza aérea de la primera potencia militar del mundo, siempre alerta, ni siquiera recibió la orden de actuar. En plasma apareció el primer ministro británico Toni Blair, diciendo que aquello era un atentado perfectamente planeado por un poderoso grupo terrorista. “¿Uno..? Aquí hemos visto dos”, dijo T, extrañado de que fuera aquel Toni en vez del presidente estadounidense, George W. Bush, quien saliera a la palestra. Por desgracia T se quedó corto; otro avión, el tercero, se estrelló quince minutos después, a las 9:37 de la mañana, hora local (15:37 en España), contra el Pentágono. Una gran bola de fuego se elevó sobre el edificio, sede y símbolo del largo brazo armado del imperialismo capitalista de Washington. ¡Por Júpiter jupiterino! Al parecer, el avión había despegado del Aeropuerto Ronald Reagan de la capital federal estadounidense y recorrido unos cien kilómetros antes de dar la vuelta y envestir a ochocientos kilómetros por hora y con cuarenta toneladas de combustible en los tanques contra la pétrea pared del sólido edificio. El Pentágono quedó reducido a cuadrilátero. Un hombre comentó: “Tanta CIA, tanto FBI, tanta agencia de investigación, inteligencia y por ahí para allá, y luego mira…” Goyi y T habían bajado al bar del hotel y llevaban una hora sin quitar ojo del televisor cuando el presentador dijo que faltaba otro avión. Quiere decirse que los terroristas kamikaces se habían apoderado de cuatro aeronaves llenas de pasajeros. “¡La rehostia puta!”, exclamó un paisano. “¿A saber contra qué edificio lo van a estrellar?”, dijo otro. El suspense, esa fuerza que nos retiene a la espera del desenlace, les ató de pies y manos. Como si el locutor hubiera oído la pregunta del rústico, dijo: “El avión despegó de Nueva Jersey y se ha perdido el contacto con la tripulación, aunque ha sido localizado sobre Filadelfia; se cree que los terroristas se dirigen hacia Washington con el fin de estrecharlo contra la Casa Blanca”. Esa hipótesis les pegó más todavía las suelas a las baldosas. Poco después, la televisión informó de que el avión había desaparecido de los radares. Y unos minutos más tarde, el mismo locutor añadió que el aparato se había estrellado en un campo de Filadelfia. Más tarde se supo que algunos pasajeros se percataron de que el avión había sido desviado de su ruta habitual y al ser informados de lo ocurrido con las demás aeronaves fueron conscientes de su destino, le echaron valor y se enfrentaron a los terroristas (eran cuatro, uno menos que los anteriores), pero no pudieron evitar que los kamikaces estrellaran el avión contra el suelo. Ellos murieron por Alá y los valientes viajeros que intentaron arrebatarles los mandos salvaron con su muerte a decenas de personas en la Casa Blanca o en el Capitolio, contra el que también se dijo que podían haber estrellado el aparato. Cierto es que los terroristas no habrían liquidado al presidente de los Estados Unidos ni siquiera al vicepresidente, el empresario y político derechista Richard Bruce Cheney, al que llamaban “Dick”, ya que el primero estaba visitando una escuela infantil en Florida y el segundo había sido recluido en el búnker presidencial antes del ataque aviónico contra el Pentágono. Esos y otros detalles se conocieron después; lo más importante en aquellos momentos era saber si los terroristas contaban con más aviones. En menos de dos horas habían provocado una masacre (el saldo se conoció días después: 2.996 personas muertas, incluidos los 19 atacantes) y las autoridades carecían de datos ciertos sobre la maldad de aquellos desalmados. Solo cuando todas las aeronaves de pasajeros que sobrevolaban el territorio estadounidense estuvieron en tierra pudieron confirmar que no, que los terroristas no se habían apoderado de más aviones. T y G respiraron. Pero su proyectada excursión placentera había quedado ensombrecida, una vez más, por la maldad criminal. ¿Cuántas jornadas festivas, cuantos fines de semana le habían chafado el descanso a T los insensatos terroristas locales de ETA? Incontables. Los Estados Unidos de América, hasta entonces exentos de tamaño problema, sufrían ahora en sus carnes (las de la pobre gente inocente) los más sangrientos y salvajes atentados hasta entonces conocidos. Un gran ciribicundio se cernía sobre el mundo. Aquel atardecer, mientras paseaban por los arribes del río Luna, T y G comentaron los acontecimientos y estuvieron de acuerdo en los malos augurios del nuevo siglo. Si el XIX madrugó belicoso, con la derrota de la escuadra franco-española en Trafalgar y terminó con la independencia de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, rubricando el final del imperio español en América, el siglo XX no le fue a la zaga, tiñendo a Europa de sangre, y el XXI madrugaba ahora con aquellos ataques suicidas al corazón del imperio estadounidense, preludio de más guerras, desgracias y calamidades. Entre las llamadas telefónicas durante aquel paseo por la orilla del río, sombreado de arbustos y avellanos, solo el amigo Jorge Moraes parecía alegrarse de la salvaje e inesperada arremetida contra la primera potencia mundial. T le rebatió. Pero Moraes consideró que, al menos, la fecha estaba bien elegida, pues otro 11-S, el 11 de septiembre de 1973 los canallas en el poder en Washington había ahogado en sangre la democracia chilena. “Hay fechas que no se olvidan y con todo mi respeto hacia las víctimas inocentes, los fanfarrones asesinos de Washington merecían un escarmiento y por fin han recibido su merecido”, argumentó Moraes como si fuera chileno. En realidad era uruguayo, pero la dictadura implantada en Chile con el apoyo de los servicios estadounidenses no sólo se llevó por delante a la naciente socialdemocracia chilena y a su presidente Salvador Allende, sino también la democracia en Uruguay y en Argentina. Decenas de miles de jóvenes y no tan jóvenes de los tres países del cono sur de América sufrieron cárcel, torturas, desapariciones y matanzas sin cuento por el “delito” de defender las libertades y rechazar las dictaduras. Moraes se libró de ser detenido porque huyó a tiempo del país, pero figuraba en la lista negra de activistas políticos y los represores arrestaron y encarcelaron a su hermano Beto. Era un poco más bajo, pero se parecían mucho. Le tuvieron preso diez años como si fuera él. Salió enfermo, hecho una mierda. Murió poco tiempo después. Aquella noche vieron y oyeron por televisión al presidente de Estados Unidos, George W. Bush, un petrolero de Texas que llevaba ocho meses en el cargo, al que había accedido con menos votos populares que su rival demócrata, Albert Arnold Gore (Al Gore), pronunciar la palabra maldita: “guerra”. Interpretó los atentados como “una guerra contra su país” y, visiblemente enfadado, anunció su decisión de emprender “una guerra global contra el terrorismo”. Para entonces, la organización terrorista islámica Al Qaeda (la Base), asentada en Afganistán con el beneplácito de los talibanes, se había atribuido los atentados en el nombre de Alá y por decisión de un líder supremo al que llamaban Osama bin Laden, un individuo desconocido en España. Al parecer, había nacido en el seno de la multimillonaria y despiadada familia real saudí, pero en vez de disfrutar de la opulencia y desvivir plácidamente, debió sentirse iluminado por Mahoma y se entregó en cuerpo y alma a matar impíos. Los expertos occidentales le atribuían los sangrientos ataques terroristas de 1998 contra las embajadas de EEUU en Kenia y Tanzania. Algunos le creían muerto, pero seguía vivo, y ahora hablaban de él como si fuera el demonio, un ser malvado, luciferino, con enormes recursos económicos y, lo que es peor, con una legión de fanáticos seguidores dispuestos a morir por Alá el grande. La televisión mostraba una y otra vez la fotografía de aquella bestia parda. Se trataba de un tipo oscuro, un bípedo recién salido de la caverna, extraído de la antigüedad, la cabeza cubierta con un turbante, la cara envuelta en una espesa luenga barba de chivo, la mirada de loco. Enseguida su imagen se convirtió en familiar en todo el mundo. Los mahometanos la contemplaban con simpatía y respeto. Los demás, con asco e indignación. ¿Qué harías tu si vieras pasar a Bin Laden por la puerta de tu casa? La administración estadounidense ofrecía cincuenta millones de dólares por su cadáver. Y la Asociación de Pilotos de Transporte añadía otros dos millones más. Pero cazar a aquella fiera iba a resultar complicado. Al día siguiente de los atentados, T y G subieron a Somiedo, llenaron sus ojos de paisaje montañoso y verde de pastos, musgos, urces, piornos, espinos, tejos; se recrearon contemplando las lagunas cristalinas de los valles altos do pastaban yeguas potros y caballos; desde lo alto de un risco pudieron observar a una familia de osos pardos rameando cerca de un regato entre avellanos. Luego dejaron caer el Golf carretera abajo hasta el nivel del mar. Y fue en una taberna de Soto del Barco donde, al ver a aquel Bush por televisión, invocando el artículo cinco de la OTAN para arrastrar a los países aliados occidentales a la guerra contra los talibanes y los terroristas de Al Qaeda en Afganistán, oyeron el comentario de un hombre sensato: “Ya está el líu liau; este pufista nus mete en una guerra; comu si las guerras sirviesen p’arreglar algu…”, a lo que replicó el tabernero: “Es que lo que han hecho ye muy gordo, muy gordo”. Comandos militares estadounidenses llegaban (oficialmente) a Afganistán tres meses después con el objetivo principal de atrapar a Bin Laden y destruir las bases y asentamientos de los terroristas. Esto exigía desalojar del poder a sangre y fuego a los talibanes, controlar la administración de Kabul e implantar un nuevo sistema de autoridad basado en la fuerza multinacional de las potencias democráticas aliadas y en acuerdos con los principales jefes tribales pastunes y los llamados “señores de la guerra”. Pero ya puesto a bombear tropas, aquel Bush consideró interesante para el modo de vida americano invadir Iraq y apoderarse, manu militari, de los yacimientos petrolíferos de aquel Estado de Mesopotamia sometido a control, vigilancia y embargo de armas por las potencias occidentales desde hacía más de diez años.