
Por KEY GOOD
El despertador biológico sonó a la hora acostumbrada. La Rubia dormía. Lucas se desenredó de sus piernas, se incorporó, recogió su ropa, se lavó por partes, estilo aviador –primero las bajas y después el pecho y los sobacos–, se vistió rápidamente y salió escalera abajo. La atmósfera era limpia y los rayos de sol se abrían paso en el cielo aborregado y secaban los adoquines. Su inquietud se había evaporado y se sentía un hombre nuevo. Caminó en dirección a La Campana diciéndose a sí mismo que nada malo había hecho y nada malo le podía suceder. Si el mundo estaba dividido entre buenos y malos, legales e ilegales, deseables e indeseables, torcidos y derechos, él formaba parte de los buenos, los legales, deseables, derechos… No había cometido delito alguno, y si le buscaban no le podrían detener ni pegar ni encarcelar. No negaría haber escrito aquellas dos cartas al soldado –él supuso que aquel Argala era un soldado– que viajaba en la caja del camión de hierros con el anciano pata de palo que se quedó a putas en aquel club de carretera, pues las había escrito en verdad. Sus circunstancias eran las que eran: se le acababa el dinero, no tenía trabajo ni conocía a nadie en Ursaría que le pudiera socorrer y le permitiera dormir en su casa para ahorrarse la pensión. Era comprensible que se acordara de aquel tipo y le escribiera aquellas cartas y se las llevara a la dirección que le había dado. Supuso que su nombre no figuraba en el buzón de correos porque la casa no era suya, sino de algún familiar, y que por eso le dijo que llevara personalmente la carta y la metiera por debajo de la puerta. Ni a la primera ni a la segunda respondió. Eso fue todo, señores, diría a los guardias cuando le preguntaran.
No sentía miedo. Él estaba de parte de los buenos, los rectos, los legales, los trabajadores. Estudiaba la cultura griega para examinarse en junio de quinto y sexto de bachillerato en el instituto Ramiro de Maeztu, que era un pensador que se suicidó en Riga, allá en el Báltico. Tenía intención de examinarse en septiembre de reválida para ir a la Universidad. La Universidad eran palabras mayores. Para demostrar su erudición citaría a Demócrito de Abdera, el sabio que dijo que para alcanzar el conocimiento legítimo es preciso ir de lo evidente a lo imperceptible, de la superficie al fondo de las cosas. Y en lo profundo, donde se halla la verdad de las cosas, podrían encontrar las razones y las pruebas de que no había venido a Ursaría a hacer mal a nadie sino a conocer el mal que le hicieron al Viejo, a averiguar su condena, a saber si en la desgracia le quedaba algún derecho como huérfano –entonces no había cumplido 18 años–, y, en fin, a ganarse la vida y a buscar a una mujer.
En un bolsillo lateral de su chaqueta llevaba el listado telefónico de los Martínez de Ursaría. Pasó la mano sobre el tergal azul y sintió una extraña sensación de culpa por haber follado con la Rubia, una mujer veinte años mayor que él, de la que no se sentía enamorado por más amable y apetecible que le pareciera. “Pero ¿qué podía hacer yo, Chin, si llevaba más de un año buscándote y no te encontraba?”, le diría. O mejor, no le diría nada. Cuando la encontrara, a Chin, la llevaría una noche al teatro –al Príncipe o al Español– y a la salida la invitaría a tomar chocolate con churros en la Taberna del Portugués y en voz baja, para que no le oyera, diría a la Rubia que un hombre no puede querer a dos mujeres a la vez y no estar loco. Ella le comprendería. Era inteligente, la Rubia.
Se dio cuenta de que con las emociones de la noche anterior había olvidado el manual de lógica aristotélica en la Taberna del Portugués y pensó recuperarlo aquella noche. No estaba acostumbrado a caminar sin un libro o un periódico debajo del brazo –Raba le llamó una vez “sobaco ilustrado”– y se paró en un kiosco. Todos los diarios eran afectos al régimen y publicaban las mismas noticias, de modo que tanto daba comprar uno u otro. Acertó a agarrar el Ya, que editaban los obispos con gran lujo de fotografías en huecograbado, y se sorprendió al ver el retrato de un tal Beñarán junto al de otros dos terroristas. Aquella cara le resultaba familiar. Aunque no tenía barba, poseía el rostro alargado y los ojos de loco y cabellos revueltos de mismísimo Argala. Sí, era Aragala, el papelógrafo Argala que se había zampado la servilleta de papel en la que le escribió la dirección. ¡Joder!
Sus pies se quedaron clavados al suelo. Según la información, aquel tipo se llamaba Miguel Beñarán Ordeñana y había sido detenido la mañana del pasado domingo junto a los otros tres activistas criminales. Se trataba del jefe del comando terrorista que había asesinado al almirante don Luis Carrero Blanco. “¡Joder, joder y joder!”, exclamó.
La información se extendía en detalles sobre las detenciones de los terroristas, que, al parecer, utilizaban un piso franco en la calle de los Pajaritos, y añadía que la policía seguía trabajando en la búsqueda de algunos colaboradores del comando. Hacia el final del relato leyó que las fuentes solventes no descartaban la pertenencia a la banda armada de un camarero que fue muerto el día de autos por un disparo policial cuando huía y se disponía a colarse en un portal de calle de Fuencarral.
El relato le heló la sangre. No podía dar un paso. Una debilidad interior le recorría el cuerpo. Era como si el firmamento le cayera encima. Sintió un irrefrenable deseo de ser nada, de convertirse en hormiga y desaparecer. El quiosquero le miró por encima de las antiparras encanadas con esparadrapo que llevaba cabalgando inseguras sobre la punta de la nariz de cahiporra, y él le pagó rápidamente el importe del periódico y descubrió que podía caminar y dirigió sus pasos hacia una cafetería cercana, se sentó y solicitó un café con leche y un croissant. ¿Qué debía hacer? De primeras, una composición de lugar.
Abrió el periódico y releyó la información. El último párrafo sobre la muerte de un camarero le pareció un añadido extraño. ¿Querían que supiera que estaban buscando a un camarero y que si huía le podían matar? ¿Querían decir que disparaban primero y preguntaban después? No tuvo duda de que así era. Por lo tanto, la primera precaución consistía en levantar los brazos. Después le esposarían y le llevarían detenido a la dirección general de seguridad, en la Puerta del Sol. Don Nequin decía que en aquellos sótanos desnudaban a la gente y la molían a palos. Y él no sería una excepción. Debía tener en cuenta que el asesinato del presidente del Gobierno era un acto gravísimo, el más grave, sorprendente e inesperado desde el final de la Guerra Civil. Cualquier persona relacionada de alguna manera con la enormidad de la salvajada podía recibir el castigo que el régimen deseara. Y lo que el régimen deseaba era matarlos a todos.
Lucas Ubiese se colocó a sí mismo en la peor situación. Aunque confesara cuanto sabía de aquel Beñarán, todo les sabría a poco y le partirían las muelas o le reventarían el bazo. Aunque asegurara que no tenía nada que ver con ninguno de los detenidos ni sabia que aquel Argala se llamaba Miguel Beñarán, no le creerían. Si desconocía la actividad criminal de aquel tipo, ¿por qué le había escrito aquella frase indicándole a quiénes había que joder? ¿Cómo explicar a los maderos los desprecios y las esperas a las que había sido sometido cuando intentaba averiguar por qué condenaron al Viejo y saber si tenía algún derecho? Aunque entonces se hallaba en una situación apurada, al borde del hambre y de la intemperie de los impecunes, cualquier explicación sobre su circunstancia sólo serviría para revelar que era el hijo de un rojo indeseable, convicto y confeso. Y ese no parecía un buen camino.
Le preguntarían por qué había huido, es decir, por qué no había ido a dormir la noche anterior a la pensión. Aquella circunstancia implicaba un contacto y significaba que alguien le había avisado. ¿Cómo explicar que se había acostado con una mujer? Eso irritaría más a los guripas, de suyo, espinosos, y, sin ninguna duda, le patearían los testículos e irían a detener a la Rubia. Eran gente ruda y cruel, los guripas. Y cuando se mezcla la crueldad y la ignorancia, estamos perdidos, decía don Nequin.
Miró el reloj: las nueve y cuarto. Marzo y Tinina ya habrían llegado al tabernón y le echarían en falta. Enseguida arribaría el vinatero con las garrafas. Alguien debía bajarlas a la cueva y rellenar las botellas de vino, y ese alguien era él, pero siguió clavado en la silla, inmovilizado por la fatalidad. Entonces examinó su cartera y se puso a hacer cuentas. Tenía el billete azul de quinientas pesetas, doblado en un ángulo del forro de la billetera –era su fondo reservado para celebrar el encuentro con Chin, su único amor verdadero– uno de cien, tres de diez pesetas y algunas monedas. Con esa cuantía no podía ir lejos. Se incorporó y desde el teléfono público de la cafetería llamó a La Campana.
–Voy a llegar un poco tarde.
–¿Te has dormido otra vez? –le preguntó la gruesa cocinera Tinina.
–Sí, maldita sea.
–Pues vente volando, que el jefe está muy enfadado.
–Dígale que se ponga al aparato –le pidió.
Tras una breve espera oyó la voz enérgica del jefazo Marzo:
–¿Qué cojones has hecho, boñiga?
–Nada malo, se lo aseguro señor Marzo.
–Aquí hay unos señores policías que quieren hablar contigo.
–¿Están cerca de usted?
–Dos están en la barra y otros dos en la puerta. Son de la secreta y tienen cara de pocos amigos. ¿En qué lío te has metido, boñiga?
Lucas bajó la voz y pegó la boca al auricular rodeándolo con la mano para que nadie le oyera. En pocas palabras le contó que le relacionaban con unos terroristas a los que acusaban de haber liquidado al almirante Carrero y le explicó la casual relación con uno de ellos, asegurándole que nada tenía que ver con las andanzas, fechorias y enormidades de aquellos tipos.
–¿Usted me cree, verdad?
–¡Claro que te creo, boñiga! ¡Anda, vente para acá!
–Me van a detener, seguro.
–No lo toleraré.
–¿Qué va a hacer usted, dispararles?
–¡Vente y déjate de hostias, boñiga!
–Eso es lo que me van a hacer, hostiarme y meterme en chirona como si fuera una mierda.
–Vente de cualquier manera –insistió el jefazo.
–De acuerdo, pero prométame que me va ayudar –le pidió Lucas.
–Faltaría más, boñiga.
No apreció en el tono conminatorio del jefazo ni la comprensión ni el compromiso deseable. Por el contrario, la urgencia conminatoria le hizo sospechar que estaba dispuesto a entregarle para cobrar la recompensa que, según se rumoreaba, el ministro de la gobernación ofrecía a cuantos ciudadanos decentes aportaran algún dato serio y fiable sobre el paraderos de los terroristas. Aquella insistencia en llamarle boñiga –calificativo que no empleaba desde el día que le contrató– le pareció prueba suficiente para no obedecerle.
La calle de Cedaceros, la Carrera de San Jerónimo y la de la Cruz registraban la animación matinal de la apertura de los comercios. Lucas avanzaba despacio, remando en una barca sobre un mar de dudas. Desde la confluencia de la Cruz con Núñez de Arce alargó la mirada y vio a dos tipos plantados en la puerta de La Campana. Sin duda le estaban esperando para echarle el guante. Siguió por la Cruz arriba hasta el callejón del Gato. En dirección contraria venía Inés, la Ratita, con su andar alegre y desenvuelto sobre unos zapatitos rojos con tacones altos, con falda-pantalón por encima de las rodillas y un paraguas rojo y un bolso de igual color colgado del hombro. Ella le hizo una señal con la mano y aligeró el paso hacia él. Se desearon buenos días e, inmediatamente, ella le dijo que su compañero de ojos saltones, ese grande y feo de voz rasposa, dejó un paquete para él. Lucas hizo un esfuerzo por sonreír y le preguntó:
–¿Te refieres a Raba?
–No sé cómo se llama –contestó Inés, sonriendo a su vez. Aunque tenía sueño en los ojos y la mirada de miope, era más bonita cuando sonreía, la Ratita.
La situación requería una urgente composición de lugar y salió del paso diciendo que se dirigía a hacer un recado y que enseguida pasaría a recogerlo.
–Por cierto, ¿cuándo te lo dejó?
–Ayer por la tarde.
–No sé por qué no me lo entregó a mí –manifestó Lucas con cierto reproche.
–Me dijo que iba deprisa y no quería entrar para no entretenerse.
–¿Se iba de viaje?
–Eso me pareció; iba muy elegante y me entregó el paquete como quien dice desde la puerta del taxi –explicó la Ratita–. Te lo iba a entregar, pero yo no entro donde esos cerdos, y como no viniste a ayudarme a cerrar…
–Tenía mucho ajetreo, Inesita –se disculpó Lucas–; debe ser un libro que le dejé; guárdamelo, enseguida paso a recogerlo.
La Ratita enfiló por el callejón del Gato y Lucas siguió calle arriba hacia la plaza de Jacinto Benavente, reprochándose a sí mismo el juicio mal establecido y los insultos mentales que había proferido contra Raba. La gente buena no decepciona ni traiciona, se dijo a sí mismo. A Raba le gustaba la pasta, pero poseía un cierto sentido de la justicia distributiva. Después de todo, quizá fuera comunista.
Se detuvo ante el escaparate de la librería San Pablo, en una esquina de la plaza de Jacinto Benavente y se puso a mirar libros de las epístolas del apóstol romano a las distintas tribus del imperio, biografías del decapitado y otros relatos sobre santos y cuentos de curitas y frailes sobre la castidad juvenil en lucha con las tentaciones de Lucifer, teniendo cuidado de que aquella bruja no le viera la cara, pues tenía entendido que casi todas las putas trabajaban para la policía y eran buenas fisonomistas. Cuando, por fin, la mujer al punto emprendió un ligero paseo meneando el culo y un bolso plateado, se coló en el portal y corrió escalera arriba. Llamó al timbre de La Casa de los Religiosos y enseguida le abrió una operaria de edad mediana con gafas de costurera.
–Vengo a por un hábito –le dijo.
–Si es el encargo de los capuchinos, acabo de decirles por teléfono que no lo tendré listo hasta el jueves porque estoy sola; la Salomé se nos ha puesto de parto.
–Soy carmelita.
–Bueno, entonces pase; me alegro de que en la gran Vía de San Francisco se acuerden de nosotras. Ya sabía que tarde o temprano acabarían aquí.
–Dios bendiga su intuición –dijo Lucas.
–Entre los dulces, las yemas, las rosquillas, la huerta, los rezos, se ve que sus monjas no dan abasto, ¿verdad? Se hacen mayores y faltan vocaciones…, una pena.
–Tiene usted razón; surge una urgencia y no hay manera de que la resuelvan.
–Venga por aquí –le indicó la costurera conduciéndole por un largo pasillo hasta una sala que olía a naftalina y contenía unos percheros con hábitos de frailes–. Estos cuatro son de un encargo de Úbeda que dejaron en suspenso por una fuga de novicios; son de un tergal muy suave, nuevos a entrenar. Y llevan su escapulario y su capa con capucha. Están completos.
Examinó los atuendos y eligió el que parecía de su talla. Solicitó permiso a la mujer para probárselo y ella le ayudó a colocarse el hábito y le abrochó los automáticos hasta la bragueta. Él se enfundó el escapulario y ella le alisó la capucha con la palma de la mano sobre la espalda. “Le sienta de maravilla”, dijo la sastra. Y abriendo un armario que tenía un gran espejo acoplado a la lámina interior de la portañuela, le invitó a que comprobara su afirmación. “Ni hecho a medida”, confirmó Lucas. La mujer fue a buscar un cordón oscuro con borlas y se lo anudó en la cintura.
–¿Así que va usted a Roma?
–Veo que está bien informada.
–Sigo las canonizaciones por el Ya –dijo señalando el ejemplar que Lucas había dejado sobre el perchero–, y sé que ustedes tienen mártires por todo el mundo.
–Desgraciadamente…, desde Perú a Filipinas.
–Bueno, pues listo, vaya quitándose el hábito y enseguida se lo envuelvo.
–No es necesario; me lo llevo puesto. En esta zona de pecadoras…
–Si, padre sí, una vergüenza… Venga por aquí, le haré una factura para el superior y me va a hacer usted el favor de decirle que tenemos ese stock de hábitos de la orden y que estamos a su disposición para lo que necesiten los padres y los novicios.
Lucas se asombró del precio: dos mil quinientas pesetas. No tenía suficiente dinero para pagar su flamante atuendo y pidió a la mujer que se apiadase y tuviese en cuenta que eran frailes mendicantes y que una cantidad tan elevada sería considerada abusiva por el padre superior. De hecho, sólo le había dado seiscientas pesetas para el hábito nuevo. Con dificultad extrajo su cartera del bolsillo interior de la chaqueta y sacó el billete de quinientas pesetas de la esquina del cuero. Lo desdobló y estiró con ambas manos y luego sacó el billete de cien. La mujer miró el dinero sin disimular su tentación y recapacitó. “Está bien, por ser la primera vez le voy a hacer un descuento de novecientas pesetas, pero diga usted al padre superior que ya hacemos mucha caridad en nuestros precios y que quienes deberían hacerla son los que nos cobran la luz, la contribución, el arriendo del taller, los hilos y las telas, y esos no lo hacen, esos nos chupan la sangre y no nos perdonan un real”.
La mujer rectificó la factura y empuñó el dinero. “Me debe usted mil pesetas”, dijo. “Y para que le conste, el cordón frailero va de regalo”.
–No se preocupe, mujer; antes del mediodía volveré a pagarle, y si el padre superior no da su visto bueno, volveré a devolverle el hábito.
–Vaya y lleve cuidado con los charcos.
El joven fraile Lucas Ubiese pasó con andar largo ante los agentes trajeados que flanqueaban la entrada de La Campana, cruzó la acera y entró en la tienda de Inés, que se disponía a limpiar el vidrio del escaparate de las salpicaduras de la lluvia de la noche anterior. Ella se sorprendió al verle de aquella guisa y él le pidió que le guardara el secreto y le explicó que en realidad era un novicio carmelita que había sido sometido por sus superiores a una larga prueba, un largo periodo de fe en lucha contra las tentaciones luciferinas antes de cantar misa. “¿Acaso crees que si no fuera así no te habría comido a besos, Inesita, con lo bonita que tu eres?” La Ratita se ruborizó y dijo:
–No sabía que… ¿O sea que eres fraile? ¡Menuda sorpresa!
–Sí, mujer, sí; un fraile trabajador. Pero eso sólo lo sabemos tú y yo, y debes guardarme el secreto, ¿vale?
La Ratita asintió y sacó del cajón inferior de una estantería el paquete que había dejado Raba para él. Tenía, en efecto, el tamaño de un libro, y estaba envuelto en papel marrón, muy bien doblado y precintado con cinta plástica de celofán. Lo protegió con el ejemplar del periódico doblado y lo colocó junto al pecho bajo el escapulario de su flamante atuendo.
–Te sienta muy bien el hábito –le dijo Inés, completamente repuesta de su sorpresa.
–Gracias, preciosa; ya sabes donde tienes un amigo sacerdote por si un día te sientes muy pecadora y deseas… limpiar tu alma.
Al abandonar la tienda de lencería y subvenir advirtió las miradas de los guripas, cruzó la calzada hacia donde estaban, les saludó con una leve inclinación de cabeza y un “buenos días, señores”, observó el letrero escrito a tiza en el vidrio del escaparate: “Se precisa camarero”, y siguió en dirección a la plaza de Santa Ana. Un tipo que paseaba con cara de aburrimiento de un lado a otro del portal de la pensión disipó su intención de acceder a su habitación. Le importaban los libros de don Nequin, las cartas, sus notas personales, la ropa y las alpargatas, pero comprendía que con aquel guripa en la puerta no convenía arriesgar el pellejo y, además, a aquella hora ya las notas y las cartas de su hermano Richard y de la tía Zulaica estarían en manos de la policía, que, sin duda, les habría interrogado acerca de su paradero. También se habrían incautado del libro escolar y estarían realizando pesquisas en el internado.
Entró en la Taberna del Portugués y solicitó un café con leche poco cargado. Unas ancianas le miraron con sorpresa y murmuraron. Tenía razón la Rubia: su hermana Goyi era muy guapa. El cambio, el cuñado quisquilloso era un hombre feo y grasiento, de mirada recelosa. Trasladó el platillo con la taza de café a una mesa junto a las ancianas que no dejaban de mirarle –no era frecuente que los frailes entraran en los bares– y, acto seguido, ingresó en el retrete y abrió el paquete. Dentro de un gran sobre recio y marrón había dos fajos de billetes de cinco mil pesetas, tres fajos de billetes de dos mil y otros con billetes de mil pesetas. Era su parte del botín, los dos millones que mencionó Raba. Extrajo algunos billetes de mil pesetas, cerró el sobre y recompuso el cartonaje. Cuando se disponía a guardar el parné se percató de que había olvidado la cartera en la casa de ropa para religiosos y, desprovisto de documentación, se sintió un poco apátrida y otro poco recién nacido.
“Por Dios, padre, no necesitaba usted dejarme la cartera en prenda”, le reprendió la costurera al agarrar el billete de mil pesetas. “Le deseo que tenga un buen viaje a Roma y le ruego que me tenga presente en sus oraciones”, añadió. “La tendré en cuenta, buena mujer”, respondió Lucas mientras recordaba la primera lección de Leonardo Rabadán o Raba: “Nunca digas la verdad, salvo en peligro de muerte”. Y con una sonrisa en los labios se despidió hasta más ver.