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Le llaman ‘rusofobia’ pero quieren decir ‘putifobia’

Madrid, 20-03-2022.– Luis Díez

La prensa doméstica de Moscú detecta estos días una rusofobia creciente en los países occidentales. Lo que no puede detectar, porque no la dejan, es la putifobia entendida como el rechazo y la condena de la mayor parte de los países del globo de los crímenes de guerra que el plutócrata del Kremlin está perpetrando en Ucrania. La indignación y el dolor de los europeos ante las matanzas de civiles ucranianos, el sufrimiento en las ciudades cercadas y el éxodo de más de tres millones de refugiados nada tienen que ver con el odio al pueblo ruso; el odioso es Putin y la corte de prebostes enriquecidos con el latrocinio, no el sufrido pueblo ruso que los soporta.

El ejemplo más gráfico de este fenómeno se produjo en una manifestación en París contra la guerra. Varios manifestantes, desconocedores de la lengua francesa, se soliviantaron al ver la palabra “Poutin” en un restaurante. El poutin francés suena igual que el apellido del autócrata, pero es un plato de patatas fritas con salsa y requesón. Los responsables de la Casa del Poutin, con sucursal en Toulouse, se apresuraron a aclarar la confusión y divulgaron en las redes sociales su más “sincero apoyo” al pueblo ucraniano en su valiente lucha por la libertad contra el tiránico régimen ruso. Y el creador del famoso plato, el canadiense Roy Jucep, hizo saber que renunciaba a la denominación que le dio en los años cincuenta y pidió que le llamasen “papas fritas con requesón”.

Otro ejemplo del rechazo superlativo al carnicero con armas nucleares a su alcance lo ha proporcionado la senadora estadounidense de Carolina del Sur Lindsey Graham al preguntar públicamente: “¿Hay un Brutus en Rusia?” Por si alguien desconoce lo que Bruto hizo a César (ultimarle de una puñalada), completó el llamamiento a la disidencia con otro mensaje en Twitter: “La única forma de que esto termine es que alguien en Rusia elimine a este tipo”. Al quite, el portavoz del Kremlin, Dmitry Peskov, descalificó los comentarios diciendo que son “un ataque rusofóbico histérico masivo”. Rusofóbico no, putifóbico más bien.

¿Acaso las manifestaciones del pueblo ruso contra la guerra que desde el 24 de febrero al 13 de marzo han supuesto la detención de 14.971 personas, según la organización independiente de derechos humanos OVD-Info, son también ataques rusofóbicos masivos? Los arrestos se concentran en la zona occidental de Rusia, pero la gente protesta en las calles de las ciudades del este más alejadas de Moscú como Novosibirsk en Siberia, de donde sale la mayor parte del gas y el petróleo que administra el genocida del Kremlin, y Vladivostok, en la costa oriental.

Es comprensible el desenfoque de los medios de comunicación rusos, sometidos a una censura implacable, reforzada por la ley fack news que les obliga a contar mentiras y falsear la verdad so pena de hasta tres lustros de cárcel, pues casi todos los desalmados autócratas que en el mundo han sido, son y serán se han esforzado en hacer saber que cualquier crítica a su persona y decisiones supone un ataque al Estado y la nación. Esa fusión y confusión (quien me ataca a mí, ataca a la patria) es tan vieja como el mundo. Y el sanguinario Putin apela a la represión, el castigo y el miedo para imponerla.

El discurso que pronunció el 16 de marzo mientras sus bombas destruían el teatro de Mariúpol con cientos de mujeres y niños dentro puede ser considerado la pieza más repugnante de su nazionalismo faccioso. El llamamiento a la “autodepuración de la sociedad” fue una amenaza en toda regla a los discrepantes, una siembra venenosa de miedo al amigo, al vecino. “El pueblo ruso ha de distinguir a los verdaderos patriotas de la escoria y los traidores, y les debe escupir como si fueran una mosca que accidentalmente voló a su boca”. Eso dijo antes de añadir: “Estoy convencido de que que tal autodepuración natural y necesaria de la sociedad solo fortalecerá a nuestro país, nuestra solidaridad, cohesión y disposición para responder a cualquier desafío”. Y señaló expresamente a las personas con mentalidad democrática, defensoras de la igualdad de derechos sin distinción de sexo, raza y religión al afirmar que “ciertos rusos no pueden vivir sin otras y libertades de género”.

Recomendaba el gran medievalista republicano español Claudio Sánchez Albornoz que se tuviera en cuenta el miedo cuando se escribiera la historia de la dictadura franquista en España. Y distinguía tres clases de miedo: el miedo del pueblo al dictador, el miedo del dictador al pueblo y el miedo del pueblo al pueblo. De los tres, el último es el peor, decía. Ese miedo precisamente es el que antiguo jefe del KGB acentúa para amordazar a los rusos ante la guerra y las masacres que desde el 24 de febrero viene provocando en Ucrania. Los rusos llevan desde 1999 sufriendo el belicismo despiadado y criminal de ese tipo (Chechenia, Georgia, Crimea, Siria), pero nunca como ahora había sentido el miedo a su propio pueblo. De ahí el fomento de la delación, la espiral represiva y, según algunos medios, la posible depuración de algunos colaboradores.

La siembra de veneno entre la población rusa está siendo complementada con los castigos más duros, a modo de escarmiento, a determinadas personas conocidas como la cocinera y empresaria del sector de la alimentación, Verónika Belotserkovskaya, una de las primeras en ser condenadas a 15 años de cárcel por saltarse la nueva ley de noticias falsas y contar en Instagram, donde tiene más de un millón de seguidores, lo que el carnicero del Kremlin está haciendo en Ucrania. “Los cargos contra mí significan que he sido declarada oficialmente persona decente”, dice ella desde Francia, consciente de que no podrá volver a su país mientras dure el putinato. “Soy exactamente el tipo de persona que Putin tenía en mente cuando lanzó el discurso de la depuración; quiere señalar a gente como yo como traidores, la quinta columna”.

Si los observadores rusos no dudan de que el plutócrata ha sentado las bases de una represión más feroz, Belotserkovskaya afirma que pretende castigar a “una franja muy amplia de la sociedad, no solo a periodistas y políticos”. Esta mujer de 51 años, nacida en Odesa, posee muchos amigos en la alta sociedad moscovita, entre los que se cuenta Ksenia, hija de Anatoli Sobchak, uno de los principales mentores de Putin en su día. Pero quizá la disidente más popular del putinato sea la primera bailarina del Ballet Bolshoi de Moscú, Olga Smirnova, nacida y criada en San Petersburgo, quien ha denunciado la invasión de Ucrania y abandonado Rusia. El Ballet Nacional Holandés le ha dado la bienvenida junto al solista brasileño Víctor Caixeta, quien dejó el Ballet Mariinsky de San Petersburgo en respuesta a la guerra.

Parece, en fin, poco probable que esas y otras personas notables que se largan de un país cuyo mandatario criminal promueve el caínismo, sean poco patriotas por más que los medios de comunicación del régimen putrifacto les acusen y se mofen de ellos. El mismo Pravda que insulta y se burla de las personas notables, librepensadoras que abandonan Rusia, calificaba de rusofobia las sanciones adoptadas por los distintos comités deportivos internacionales a raíz de la invasión de Ucrania. En su edición del 2 de marzo, el periódico moscovita acusaba a Europa y América de “atacar y hostigar” a los rusos e interpretaba las sanciones como rusofobia. La verdad es que el COI permite competir a los atletas rusos como independientes, sin himno ni bandera. Pero la verdad interesa poco. Si el putinato ordena rusofobia habrá que cumplir la orden y esperar la llegada de los miles de féretros de Ucrania para que en Rusia se extienda la putifobia.