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‘La verán mis ojos’ (XIII): «Mujer Morena y serrín»

Retrato de la Mujer Morena por Julio Romero de Torres
Retrato de la Mujer Morena por Julio Romero de Torres

Por KEY GOOD 

La Mujer Morena de Julio Romero de Torres se salió del cuadro y apareció en La Campana. Era una anciana muy delgada y colorista a la que Juanito, un marchante de arte y cliente ocasional del establecimiento, llamaba Mami. Su vistosa y alegre indumentaria atraía la atención de los numerosos parroquianos en cuyas turbias mentes se daban patadas la ancianidad y el color del aquella mujer. Cincuenta años después, la Mujer Morena vestía el precioso mantón de Manila, se adornaba la sien con el mismo clavel rojo, lucía idéntico peinado con el mismo mechón negro ensortijado sobre su frente y exhibía las mismas arrecadas con las que el pintor cordobés la había inmortalizado. Llegó como traída en volandas por Juanito y la troupe de gitanos que le acompañaba. Entraron en oleadas. El primer grupo eran cuatro o cinco y tras él fueron llegando otros en goteo. Al final, quince o veinte individuos inundaban el establecimiento.

Juanito tiraba de billetera para que a Mami y a los hermanos no les faltase de nada. Raba decía que aquel Juanito era un buen tipo. Cuando, de tarde en tarde, aparecía por La Campana con Mami y sus hermanos cales era señal de que había realizado una buena venta, un negocio extraordinario en el extranjero. Raba le consideraba amable y generoso porque una vez tuvo el detalle de enviar a un propio a comprar unos pantalones para el viejo Toledo. “Tenga usted, abuelo, póngase estos calzones y tire los que lleva”, le dijo sin humillarle. Como Toledo padecía de la próstata, se orinaba encima y desprendía un olor apestoso. Como, además, el señorito Juanito sabía o intuía que el viejo era muy pobre, le invitaba a lo que deseara tomar –casi siempre un vaso de vino y tres albondiguillas– y pedía a Raba que no le cobrara nunca, pues él se ocuparía de liquidar los débitos del anciano cada vez que pasase por el establecimiento. Según Raba, aquel Juanito cumplió escrupulosamente su palabra hasta que Toledo tropezó con el capitán Orejas y lo arrolló un taxi.

La Mujer Morena no aguantaba mucho tiempo de pie en el corro de la trouppe, así que Lucas se preocupó de instalarla en una silla ante la mesa cuatro sobre la que fue depositando platos con raciones de viandas, botellas de fino y catavinos vacíos para que cada cual se sirviera a su gusto. “Mami, coma usted”, le decía Juanito inclinándose ante ella con un plato de virutas de jamón y colocándole el rizo sobre la frente y acariciándola. Era muy cariñoso y atento, el trajeado y perfumado Juanito.

Después de las primeras libaciones, enseguida comenzó el palmeo. El rasgar de una guitarra arrancó un quejido de la garganta de un gitanillo. La Mujer Morena realizó un gesto con la cabeza y el guitarrista punteó unas notas altas y templó y ajustó las cuerdas. Parecía que en cualquier momento Mami se podía arrancar por peteneras. Todas las miradas confluían en ella. También los milicos y los alemanes don Bernardh y don Otto, que aquel anochecer de marzo se habían visto sorprendidos por el jolgorio flamenco, estiraban el pescuezo para verla. A juzgar por su expresión, los señores alemanes parecían muy complacidos con el palmeo y el cante, y a don Otto se le contagió el ritmo en un pie.

En un momento determinado Juanito ordenó a Lucas que pusiera de beber a los señores oficiales, pero el capitán Orejas rechazó la invitación, sin duda pensando en el alto coste de la reciprocidad del convite, y Lucas comunicó al marchante de arte que los señores militares no deseaban tomar nada. Entonces el gitano manifestó su contrariedad con un gesto de cara, ojos y puños, y abriéndose paso hacia ellos, les rogó que aceptasen una botellita de vino fino y un poco de jamón de su parte.

–No, caballero, muchas gracias, esta noche tenemos banquete –dijo el capitán.

–¿Es que no quieren brindar con nosotros por España? –les reprochó Juanito, mirando fijamente al general Ferrari.

–¡Recogilondrios! ¡Claro que sí! –exclamó el general birria.

–¿A qué debemos tan elevado patriotismo? –quiso saber el coronel Ayala.

–A que hoy mismo, un trozo de España ha quedado plantado en el corazón de Norteamérica –afirmó Juanito antes de explicarles que había trasladado pieza a pieza y piedra a piedra una iglesia románica de las que aquí despreciamos y que a esta misma hora de América había quedado instalada en un bello jardín entre las arterias de la magnífica ciudad de Boston, donde ya ha comenzado a ser admirada.

–¡Si no es un símbolo de la España grande e imperial, que venga Dios y lo vea! –agregó el mercader de arte para rematar su explicación.

Los milicos reconocieron la gesta exportadora que a todas luces indicaba que lo español era inmortal e imperecedero y, como tal, carecía de fronteras, y por ello y por no sé cuantas cosas más, España era grande y se merecía, claro está, el brindis que proponía aquel afortunado patriota, es decir, el gitano Juanito.

Así las cosas, el camarero se apresuró a cargar la bandeja y servir a los señores milicos y a sus amigos germanos, y Rabadán, al quite, se aprestó a ayudarle abandonando la barra con una bandeja vacía para recoger los vidrios y los platos usados de lo alto de las mesas.

Ya con las copas llenas, Juanito batió palmas reclamando atención y silencio: “¡Señores, señores, un momento, señores!” Un punteo de guitarra acompañó su breve discurso: “Señores míos, les propongo que brindemos todos juntos con nuestros amigos oficiales del glorioso Ejército Nacional por los valores históricos imperecederos de nuestra Patria común, indivisible y grande, cuya indeleble huella imperial se derrama por los cinco continentes, desde Oceanía a la Patagonia. Así pues, caballeros, ¡por España!”

El revuelo y el chasquido de los vidrios en torno a la mesa de los señores milicos fue seguido del desplazamiento de la Mujer Morena, que se incorporó y ahora sí, se arrancó en un taconeo ágil y furioso. Unos minutos después, tendía la mano al general Ferrari, arrancándole de su silla y llevándole al centro del círculo de palmeros y jaleadores. La Mami realizó varias piruetas y con la mano extendida hacia el general echó a cantar por Chiquita la Piconera.

Debió ser el movimiento de sillas, el jaleo, la atención de los germanos al cante y al baile, la suma del capitán Orejas y del Marino al corro de los palmeros y la prolongación durante una hora de la aquella fiesta de patriótica hermandad entre payos y gitanos que culminó con el cante del pasodoble al pintor y a la modelo –“Julio Romero de Torres pintó a la mujer morena…”, etcétera–, lo que facilitó a Raba una limpia ejecución sin contratiempos de la operación indolora del cambio de maletines.

Ni siquiera Lucas se percató de la hábil actuación de Leonardo Rabadán o Raba. Sólo cuando los señores alemanes se despidieron hasta más ver y Juanito y Mami y su trouppe fueron saliendo en dirección al Villa Rosa, un tablao flamenco donde siguieron la juerga, y apareció el sargento conductor del general Ferrari y detrás salieron Ayala y el Marino y el capitán Orejas, Lucas se enteró de que el maletín del general milagro no era el que había dejado a sus pies el alemán don Bernardh sino el que habían llenado con serrín y mantenían guardado en la parte baja del armario de Manolo Elimpia. Se enteró porque en cuanto traspusieron, Raba se acercó a él para ayudarle a recoger los vidrios y le susurró: “¡Lo conseguimos, chico!”

Los maletines de la misma marca poseían una mecánica de cierre idéntica, con la misma llave para todos, y lo abrieron en la cueva sin mayor dificultad. Debajo de unos papeles manuscritos y mecanografiados, prendidos con una grapa, y unas facturas con números y nombres ilegibles, enseguida vieron los fajos de billetes de mil, dos mil y cinco mil pesetas. Rabadán calculó al vuelo: “Lo menos cuatro millones, chico”.

–Cierra, cierra, y cuidado con las huellas –le advirtió Lucas.

Raba cerró el cartapacio y Lucas lo limpio con una bayeta antes de abrir la carcasa de plástico de una garrafa de vino, meter el maletín, incrustarle una boca de vidrio rota para disimular y cerrarla de nuevo. “Visto para sentencia, chico”. Colocaron la garrafa entre las otras allí almacenadas y salieron a la superficie, Lucas con una caja para recoger frascos de refrescos vacíos y Raba con varias botellas de vino para reponer el consumo y disimular su momentánea ausencia tras la barra.

Era ya tarde. En las mesas quedaban algunos parroquianos rezagados, el crítico teatral don Alfredo, el banderillero Molina, el señor Carro –burócrata municipal que libaba con un galguita– y Unamunín, que hacía lo propio con otro experto jurista. En la barra se acodaban dos o tres borrachines. Lucas miraba el reloj: faltaban diez minutos para completar su turno. Manolo Bolo limpiaba las mesas y, para presionar a los rezagados y evitar que se apalancasen nuevos clientes, colocaba las sillas patas arriba sobre las mesas de mármol y barría el suelo de un modo enérgico. “¿Por qué no se irán de una puta vez estos pesados?”, susurraba. De pronto un coche negro se paró delante de la puerta e irrumpió el general Ferrari como deux est machina, seguido de dos fornidos policías militares con cara de pueblo, y se dirigió a Raba:

–¡Quiero saber quién ha sido y quiero aquí el maletín ahora mismo!

Rabadán se sorprendió y le preguntó en qué consistía la cuestión, y el general le informó con profusión de recogilondrios que le habían quitado el maletín.

–¿Está seguro de que se lo han quitado aquí?

–¡Recogilondrios, pues claro que ha sido aquí! ¡Ahí mismo! –dijo señalando con el dedo su sitio habitual.

–Pues ¿qué quiere que le diga?, yo no he visto nada. Espere a ver si el chico…

Lucas subió de la cueva en ropa de calle y aseguró que tampoco había visto nada extraño.

–¡Recogilóndrios! ¿No viste a ningún gitano salir con un maletín?

–No mi general. Un gitano con un maletín se nota. Si lo hubiera visto…

–¡Haz memoria!

–Ya la hago, pero si hubiera visto a alguno, lo recordaría; un gitano con un maletín se nota, vaya si se nota.

–¿Y no viste nada raro, chico? –le preguntó Raba.

–Nada extraño, si descontamos el  brindis y la alegría que se vivió aquí mismo.

–¿Y tú, Bolo? –inquirió Raba.

–Yo estaba de cocina y sólo me asomé una vez al oír el cante.

–Mi general –interrumpió Lucas–, ¿está usted seguro de que le hurtaron ese maletín? Haciendo memoria creo que lo llevaba usted en la mano cuando salió. Es posible que lo haya olvidado usted en otro sitio…

–¿Acaso dudas de mi palabra?

–No, no, por Dios, mi general. Sólo he querido decir que algunas veces, cuando uno va cargado, se olvida de lo que lleva en la mano… Eso me ha pasado a mí y le ocurre a cualquiera, ya me comprende.

–¡Claro que te comprendo, granuja! –exclamó el militar, visiblemente furioso. Acto seguido, caminó hacia un montón de porquería de la barredura que Manolo Bolo había formado al final de la barra y ordenó a uno de los dos mozos de uniforme que dejara de mordisquear la correa del casco e hiciera el favor de inclinarse y coger un puñado de serrín. El policía militar obedeció sin rechistar y le mostró la palma de la mano con las moleduras de madera. El general cogió algunas briznas con sus dedos, las puso ante sus ojos, las olió y exclamó: “¡Es el mismo serrín!”

Raba, Lucas y Bolo observaban con curiosidad y asombro las pesquisas del general y el primero le preguntó si se encontraba bien, a lo que el militar contestó: “Perfectamente, no se preocupe”. Y a continuación ordenó a los dos mozos: “Registren todo esto”, dijo haciendo un semicírculo con una mano. “Y usted –añadió mirando a Manolo Bolo–, baje el cierre y que no entre nadie”.

–No tan deprisa, general –afirmó Raba encarándose a él con los brazos en jarras–; aquí las órdenes las da el jefe y nadie va a registrar nada sin un mandamiento judicial, ¿me entiende?

Unamunín y el jurista se acercaron a la barra. El banderillero Molina salió huyendo. Los borrachines rezagados le siguieron. El general dio por no oídas las palabras de Raba y ordenó a los dos policías militares que comenzasen a registrar bajo el escaparate y las cámaras frigoríficas. Pero Rabadán y Lucas se colocaron en la entrada de la barra y les dijeron que no podían registrar nada sin una orden judicial. Y Unamunín y el jurista se pusieron de su lado y argumentaron que cualquier registro en propiedad privada que careciera de mandamiento judicial o no se realizase en presencia de la autoridad judicial propiamente dicha vulneraba la ley y podría ser motivo de denuncia, en la que, si aquella violación se perpetrase, ellos mismos actuaría de testigos de los denunciantes.

Dicho lo cual, Unamunín, que estaba un poco cogorza, pero regía perfectamente, sacó una agenda de su bolsillo, la estampó sobre la barra para reafirmar su decisión de testimoniar frente al birria del general, la abrió parsimoniosamente como si se dispusiese a levantar acta, miró los números que figuraban en los correajes blancos de los dos PM (Policía Militar), los anotó, miró al general con gesto desafiante y le dijo: “Sepa usted que se juega los galones”.

–¡La madre que te…!

–¿Se atreve a amenazarme?

–¡Recogilondrios, el abogaducho de mierda! ¡Claro que me atrevo! ¡Arréstenlo! –Ordenó el general a los PM.

Pero éstos se miraron entre sí, como diciendo: “Se ha vuelto loco”. Y uno se inclinó sobre el general y le susurró unas palabras al oído. De sobra sabía el general que no podían detener a un paisano, salvo si le pillaban in fraganti cometiendo un delito.

–Recapacite usted, señor oficial; este señor no es un abogaducho de mierda, es un letrado del Estado –le hizo saber el compañero jurista de Unamunín.

–No se preocupe, no será arrestado –replicó Ferrari. Y luego, dirigiéndose a los PM, les ordenó: “¡Adelante!”

Los PM saltaron la barra y lo revolvieron todo, comenzando por el espacio que había debajo del escaparate y siguiendo por las cámaras frigoríficas. Rompieron algunas botellas y arrojaron al suelo las cajas de marisco, pescado, una bandeja con callos congelados, albóndigas, salazones. Rabadán, alarmado, corrió a llamar por teléfono al jefazo Marzo, y Unamunín, en un extremo de la barra, anotaba el descoloque que Lucas y Manolo Bolo se esforzaban en reparar tras la acción de los uniformados.

–¿Qué hay aquí abajo? –preguntaron.

–La cueva del vino –dijo Lucas.

Los PM abrieron la trampilla y se dispusieron a bajar por la escalerilla de madera, cubierta de mugre y serrín. “Cuidado, no se vayan a estronciar”, les advirtió Raba. Lucas les siguió. El general Ferrari bajó unos peldaños y observó el registro desde lo alto. A la luz de las dos bombillas que iluminaban la cueva lo ojearon todo, husmearon por las esquinas, miraron bajo la pila, atestada de botellas vacías de vino que serían enjuagadas y rellenadas al día siguiente, movieron las garrafas, las cajas con frascos de refrescos.

–Aquí no hay nada –dijo un PM mirando hacia arriba.

–¡Revisen, revisen! –ordenó el general.

Movieron las garrafas de vino, dieron varias vueltas, uno detrás del otro por la insalubre cueva, que olía a alcantarilla y vinagre, y se miraron entre sí con gesto de circunstancia.

–Nada, mi general.

En ese momento se asomó el jefazo Marzo, que acababa de llegar, y les gritó: “¡Vayan terminando, amigos!” El general aceptó la orden y les ordenó que subieran. Lucas respiró tranquilo y subió tras soldados. Cuando llegó arriba vio al jefazo con la mano junto al pecho, cerca de la cartuchera de su Astra sobaquera, frente al pequeño Ferrari, que se negaba a suspender el registro. Los PM registraban el armario de Manolo Elimpia y revolvían sus cajas con tabaco. Después se dirigieron a la cocina. Al jefazo le molestaba la falta de confianza del general en el personal de la casa, pero aceptaba el registro y el estropicio si con ello se quedaba tranquilo.

Siguieron a los PM hasta la cocina y, una vez allí, revisadas las perolas, una nevera, el horno y las alacenas, el oficial admitió que le habían dado un maletín lleno de serrín “como el que esparcís aquí por el suelo para absorber la humedad”.

–¿Un maletín con serrín? –se extrañó el jefazo.

–Si, serrín como el de ahí fuera.

–¡Lógico! –exclamó Raba.

Su afirmación sorprendió a los congregados. Él explicó:

–Pongamos por caso, general, que el maletín contuviera papeles, documentos, incluso dinero… Un suponer. ¿De dónde sale el papel? De la madera, ¿no? Así que quien haya querido hacerle una pifia sabía que el serrín pesa lo mismo que el papel, fue a una carbonería, compró una bolsa de serrín y la puso en el maletín para que usted no sospechara al peso.

–Es posible –admitió el general–, pero no puso una bolsa, sino a granel.

–¡Ya es mala leche! –Exclamó Raba.

–Joder, Ferrari, ¿cómo se te ocurre pensar que alguien de aquí te iba a gastar una broma tan pesada? Si no te conociera bien diría que se te ha ido la olla y no nos consideras amigos ni personas serias y honradas –le reprochó el jefazo Marzo.

Los PM seguían remirando en los armarios de la vajilla y las perolas. El general les ordenó que dejaran de buscar y comenzó a darse golpecitos en la frente con el dedo índice y a exclamar: “¡Qué recogilondrios, recogilondrios!” Luego, como si se hubiera convencido de un fallo personal irreparable o reparable en otro lugar, se disculpó con el jefazo Marzo por las molestias que le había causado y ordenó la retirada.

Unamunín y el jurista se miraron de reojo y cuando el militar abandonó el establecimiento se rieron de buena gana y comentaron: “El enemigo les quita la estrategia y les pone serrín, que es lo que tienen esos en la cabeza… Como para ganar una guerra están”.

–¿Me puedo ir ya? –preguntó Lucas.

–Si, hasta mañana, chico.