25.–Miedoso
Eloso solía viajar a la capital del reino una vez por semana en el puente aéreo. Intervenía en un programa de televisión como comentarista o tertuliano, pontificaba o debatía (según los casos) sobre la rabiosa actualidad, cobraba sus emolumentos y regresaba a la ciudad condal sin pasar por la redacción de la delegación capitalina del periódico, donde su representante, el Máster, transmitía las órdenes y consignas a los redactores con la fórmula: “El director dice, el director plantea, el director quiere…”
Pero aquel día hizo una excepción, entró por la puerta más alejada de la sección de política, avanzó sin mirar a la secretaria de redacción ni a los informáticos ni a los reporteros gráficos. Sorteó las columnas con las pantallas de televisión encastradas y se acercó a la mesa donde Tilo calentaba la silla y hablaba por teléfono.
–Ven un momento a mi despacho –le dijo tras colocar su mano sobre el hombro del reportero. Acto seguido se dirigió a la “pecera” y saludó al Máster. Tilo canceló la llamada y le siguió. Téngase en cuenta que el director siempre tenía prisa.
–Déjanos hablar a solas cinco minutos –pidió al Máster, quien abandonó el despacho sin poder activar la micrograbadora con la que registraba todas las conversaciones. Era un tipo astuto y tramposo, el Máster.
Eloso ocupó el sillón del delegado, tras la mesa en forma de ele. Tilo se sentó en frente. Eloso se arrellenó, soltó su cabás de cuero a un lado, estiró las mangas de la chaqueta, empujó el flequillo hacia arriba y disparó:
–Tengo dos noticias para ti, una buena y otra mala.
Tilo acentuó su interés y clavó sus ojos en la cara de hogaza con cabello de ángel a modo de barba del señor director.
–Tú dirás.
–La buena es que la empresa está muy satisfecha con tu trabajo, te aprecia, te considera un buen elemento, un tipo honrado y trabajador, uno de los mejores profesionales de este periódico; yo personalmente les he hecho saber que sin periodistas como tú, profesionales fiables y sólidos que marcan golazos nunca habríamos alcanzado la posición de cabeza que hemos logrado y por eso he propuesto que te aumenten el sueldo. No sé como lo vamos a hacer para que lo acepte el comité de empresa, quizá creando una categoría nueva, la de subjefe de sección. ¿Qué te parece?
–Hombre, que te suban el sueldo en los tiempos que corren es una noticia de primera, casi una exclusiva… Sobre lo de subjefe ya sabes que no quiero ser nada, sino libre.
Eloso elevó la mirada como si tratara de recordar donde leyó la frase que acababa de escuchar y después de un parpadeo extendió su mano derecha sobre la tabla y fue cerrando uno tras otro los dedos al tiempo que preparaba el terreno para la mala noticia.
–La libertad en este periódico –dijo– está garantizada mientras yo sea director. Quiero que lo sepas y que valores este hecho antes de juzgarme mal por lo que te voy a decir: no podemos publicar lo de las armas.
–¡Por Júpiter, no fastidies!
–Te doy permiso para cabrearte, yo también me siento contrariado. No hace falta que te diga que el tema es impecable y la investigación muy rigurosa y con pruebas irrefutables. Y está bien escrito.
–Un trabajo de meses, utilizando mis días libres.
–Soy consciente de ello.
–Y jugándome el tipo.
–Lo sé, Tilo.
–¿Entonces?
–Quiero que sepas que te he defendido a muerte frente al editor, pero tenemos muchas dificultades, la empresa está en una situación delicada, seguimos ganando un poco, muy poco dinero, pero se lo llevan los bancos y tal vez nos obliguen a acometer una reducción de plantilla. De hecho, los técnicos ya están estudiando un ajuste del gasto del personal. Te digo esto en confianza, aunque no debería decírtelo. Espero y confío que seas discreto.
–Lo seré: me has dejado sordomudo.
–Estamos en el primun vívere de in de philosophare de Séneca, querido.
–¿Y tú crees que censurando temas comprometidos, silenciando injusticias y protegiendo a corruptos y asesinos se puede seguir viviendo y metiendo a la buchaca?
–Te pido que no me juzgues mal –musitó el director.
–Me has dado permiso para cabrearme, ¿no? Entonces dime: ¿Cuánto tiempo crees tú que esos mafiosos te van a perdonar la vida? Si no te han cortado la cabeza ya es porque queda feo. Recuerda que te consideran un sociata de mierda.

El veterano reportero ejerció a pierna suelta su derecho al pataleo. Pero no era un niño ni un político contrariado. Manejó la mayeútica, la pendiente resbaladiza, la deducción lógica en defensa del derecho a la información, sin el cual, la libertad es una sombra y la democracia representativa, un fantasma. Y no ahorró el ataque al hombre.
–¿Qué ganas tú y qué puede ganar un periódico cuando se pliega a las consignas de los poderosos, cuando se coloca de alfombra de esos miserables? Te lo diré: desprecio. Con decisiones como la que acabas de comunicarme terminará dirigiendo un periódico inapreciable, un flautus vocis, un medio irrelevante. ¿Con qué efectos? El primero está claro: lo irrelevante es innecesario y la gente dejará de comprar el diario. Para eso están los gratuitos. Nadie compra mierda envuelta en papel. ¿Qué dirán los anunciantes cuando vean las cifras de venta y difusión?
–Para, para, para. ¡Stop! ¡Ya está bien! He tenido una deferencia contigo, pero no tengo ninguna obligación de escucharte. Estás diciendo tonterías.
–Debe de ser porque nunca te he visto acojonado, no te reconozco.
–Te he pedido comprensión, te he explicado que la empresa pasa por un momento delicado y debes entender que no se dan las circunstancias para crear más enemigos de los que ya tenemos. Por el contrario, es el momento de arrimar el hombro y actuar con mesura y sensatez. La empresa está pillada por un maldito préstamo bancario, multimillonario, con el que hemos podido comprar la nueva planta de impresión que necesitábamos. Y esto nos obliga a realizar un esfuerzo suplementario para hacer frente a los pagos. Si ahora le arreamos al gobierno con un escándalo de esas proporciones nos arriesgamos a unas represalias directas e indirectas que nos joderían más de lo que estamos. No podemos arriesgarnos a que nos reduzcan e incluso anulen la publicidad oficial. Eso sí sería el fin.
–Lo entiendo director. Aquí mandas tú y ojalá puedas seguir mandando por mucho tiempo. Pero me has dado permiso para desahogarme y créeme que no sólo intento defender una forma de hacer periodismo en el noble sentido de la palabra, como control y defensa de la gente frente a los abusos y la corrupción del poder, sino también hacerte ver que sin levadura no crece la masa, no hay pan. Ahora bien, vosotros, que sois muy listos, sabréis si ahorrando levadura, es decir, eliminando los temas comprometidos y echando periodistas a la calle, podéis seguir viviendo, haciendo un pan como unas hostias, alcanzando la irrelevancia.
–Seguiremos barajando y volverá la buena racha, estate seguro. En cuanto a la decisión de no dar el tema, te repito que ha sido del editor. Si el editor dice que no se debe publicar, no se puede publicar y no se publica.
–¿Ni siquiera en estilo indirecto para hacerles saber que todavía este periódico defiende los derechos humanos frente a la voracidad de sus negocios infernales?
–Ni siquiera, Tilo –respondió, incorporándose del sillón y empuñando el asa de su cabás.
–Hay vidas humanas, vidas de gente inocente, demasiada desgracia y mortandad…
Eloso le dedicó una mirada triste y cálida, como de payaso burlado y desconsolado, apretó el puño y le asestó un puñetazo cariñoso en el hombro.
–Pórtate bien y no seas granuja, cuento contigo –le dijo antes de abrir la puerta.
–¡Ah! Ahorra a la empresa esa subida de sueldo; no quiero ser más ni menos que los de mi clase, la clase obrera y laboral.
–Gracias, Tilo.
Eloso abrió y salió zumbando. Dijo adiós con la mano a los redactores que por allí andaban y no se detuvo a contestar (“¿Todo bien, director?”) al joven zorro que tenía de delegado, quien miró a Tilo con desconfianza y se reintegró a su despacho.
Las fauces de la crisis económica capitalista, con el consiguiente aumento del “ejército de reserva”, suscitaban un miedo lógico, un temor fundado a la poda de puestos de trabajo que atrajo a algunos colegas a la mesa de Tilo, comenzando por Ródano, un tipo alto, con la cabeza afeitada y los ojos de miope, al que habían trasladado desde la redacción central, donde ejercía de corresponsal municipal y jefe de la sección de local.
–Tranquilo, Ródano: no es esa la cuestión.
–El periódico va mal, ¿verdad?
–Yo qué sé.
Pintaban bastos y había que tener mucho cuidado con las palabras porque hasta el colega de apariencia más inofensiva andaba presto a aprovechar cualquier descuido para clavar la daga al compañero de al lado. Aquel Ródano no se llamaba así, pero le habían puesto el nombre del río francés porque publicó que lo iban a alargar hasta Barcelona y que proporcionaría agua al sediento vecindario. Aquella “exclusiva mundial” (y alguna más) le valió el traslado a la delegación de Madrid, donde se sintió llamado a dar la campanada. Le ubicaron en la sección de sociedad («cosas de la vida») y comoquiera que el hundimiento de un petrolero ennegreció las costas del mar Cantábrico con setenta mil toneladas de aquella masa viscosa, maloliente y tóxica, el «chapapote», fue a allá en compañía del fotógrafo Burrochón a informar del desastre; alquilaron una lancha motora y unos equipos de buceo y practicaron reporterismo subacuático para mostrar la contaminación al mundo entero: unas bolitas aisladas de mierda, como oscuros erizos perdidos en las profundidades de dios sabe qué ría gallega. El reportaje era ciertamente extraordinario, pues, por si alguien no lo sabía, demostraba que el petróleo flota. Otra buena campanada de Ródano (más ridícula si cabe) consistió en colocar su firma, su nombre y apellido, sobre el texto del comunicado de Al Qaeda atribuyéndose la masacre (ciento noventa y dos personas muertas) en los trenes de cercanías de Madrid.
Detrás de aquel archipenco con la cabeza rapada por fuera acudieron otros colegas a preguntarle pasando, si le iban a echar porque empezaban a prescindir de los más veteranos, si le iban a trasladar de la sección de política, si le iban a nombrar para algún cargo. ¿Cómo explicar que no se trataba de eso? ¿Quién podía creer que Eloso se personara en la redacción exclusivamente para hablar con él de un reportaje, es decir, de la censura de una temática por razones empresariales?
Puesto que no soltó prenda, la colega Salita se inventó el chisme de que Tilo padecía una una enfermedad incurable. Por eso el director había ido a verlo. El bulo alcanzó una dimensión creciente en aquel mundo de cotillas. Durante un tiempo tuvo que soportar miradas extrañas, entre el morbo y la curiosidad, y preguntas de colegas con los que nunca había cruzado más de un hola o un adiós, interesándose por su humilde persona: “¿Cómo estás? ¿Cómo te encuentras? ¿Qué tal vas?” A todos contestaba con una palabra: “Divinamente”, y correspondía con un “¿Y tú?”
Se resistió a creer a Trijueque, un vidaperdurable que cocinaba refritos de revistas técnicas sobre sanidad y educación, cuando le advirtió en el mingitorio: “Ten cuidado porque algunas veces suena el teléfono de tu mesa y la compañera Salita contesta que estás en el bar”.
–¡Por Júpiter, no fastidies!
–Como lo oyes.
–¿Por qué dirá eso?
–Yo creo que quiere deteriorar tu imagen ante los jefes de Barcelona.
–No se me alcanza el motivo, no creo haberle hecho ningún daño.
–A mí tampoco, pero esa tía es mala persona, una arpía de cuidado –afirmó Trijueque.
Tilo le agradeció el aviso y se quedó perplejo, preocupado y dubitativo. Salió de dudas unos días después cuando, a las cinco de la tarde, se acordó del asunto y llamó a su teléfono desde la sala de prensa del Parlamento. Al tercer timbrazo contestó la colega:
–Diga…?
–Hola, si preguntan por mí diles que estoy en el bar…, el bar celona o el bar sovia, como prefieras.
La colega soltó el auricular como si la hubieran electrocutado.

También los del Club del Orujo le acribillaron a preguntas.
–Jodas, tío…Te ha abrazado el director… –Prorrumpió Jodas.
–En Madrid no se habla de otra cosa –añadió el Cazador de Leones.
–Algo malo habrás hecho para que te abrace Eloso –terció Beluguero, acodado en la barra de madera de la taberna.
–Aunque no lo creas, yo siempre digo que eres uno de los mejores periodistas que conozco –insistió Jodas con su habitual técnica de judío adulador.
–Será porque conoces pocos, incluido a ti mismo –le cerró Tilo el camino.
–Venga, tronco, ¿qué exclusiva vamos a leer mañana? –Disparó el Cazador.
–Ninguna que pueda superar a la tuya sobre las negociaciones del vicepresidente económico (un patriota que evadía impuestos) con Sadam Husein para explotar los pozos petrolíferos del sur de Iraq. Y al decir ninguna, digo ninguna, cero.
–O sea que viene el director, te lleva al despacho, ordena salir al Máster ¿y no es por una exclusiva? –Insistió Beluguero.
–No he dicho tal.
–Joder, tronco, lo acabas de decir –reaccionó el Cazador.
–He dicho que no es una exclusiva como la tuya.
–Jodas, tío…, entonces es una exclusiva.
–Lo único cierto es que no lo vamos a leer mañana en este periódico, así que tranquilos y a soltar la mosca, que hoy no me toca invitar –repuso con aplomo.
La norma no escrita del Club del Orujo obligaba a pagar la ronda a quien publicara la información más destacada del día. Con todo, Jodas siguió escarbando y obligó a Tilo a asegurarle que tampoco se trataba de una primicia informativa tan deliciosa como aquella suya sobre la medalla del Halconcete de las Azores.
–Aquello si que fue un golpe, un scup informativo de primer nivel –añadió en tono adulador sobre la noticia de que el jefe del gobierno, el belicoso patas cortas que se las daba de amigo de Etílicus de Texas, había solicitado la medalla del Congreso de los Estados Unidos de Norteamérica y contratado un gabinete jurídico para convencer con dinero del erario público español a los congresistas de que le dieran su voto. Gastó más de dos millones de euros y no reunió los votos necesarios para obtenerla.
Beluguero insistió:
–¿Puedes decirnos de qué va?
Negó moviendo la testa e intentó recordar alguna primicia suya para no hacerle de menos, pero no halló ninguna, de modo que invocó “los invisibles”, aquellos guerrilleros republicanos que siguieron combatiendo contra la dictadura franquista durante más de dos décadas después de terminar la guerra civil de 1936-1939 y sobre los que el colega acumulaba años de investigación para componer un relato superior a cuantos se habían publicado hasta entonces, una novela de la que hablaba demasiado desde hacía muchos años. Puesto que su novela era su tema favorito, enseguida comenzó a contar sus últimos hallazgos en aquellos pueblos de Extremadura y de La Cabrera leonesa a los que viajaba movido por la precisión descriptiva. Documentaba visualmente los paisajes, montes y parajes desde los que los guerrilleros hostilizaban a los militares facciosos, los falangistas y los guardias civiles. Y, sobre todo, relataba con entusiasta precisión las cuchipandas a base de cabrito, tostones, caldereta, cordero lechal… que se daba. La novela era un argumento para ponerse las botas comiendo y bebiendo. Le gustaba comer. Sus descripciones gastronómicas eran prolijas y detalladas. Con frecuencia los del club se preguntaban qué ocurriría el día que terminara su novela. No hacía falta mucha sagacidad para saber que mientras le quedaran fuerzas para comer escribiría otra y otra más.
Había, no obstante, un juego de celos y estímulos literarios entre Beluguero y Jodas. Éste se consideraba un novelista de primera. Ya llevaba dos novelas publicadas por editoriales colombianas, de donde era oriundo. Como judío lector de la Bíblica, su primera novela era una versión caribeña de la Vulgata, con todas las magias, exageraciones y supercherías propias de aquella zona exuberante y fantástica del planeta. En la segunda novela relataba la tenaz misión de un judío superviviente del Holocausto de desenmascarar a un supuesto nazi escondido en un pueblo del Caribe. El judío justiciero contaba para descubrir la identidad del nazi con la ayuda de un policía local grueso, vago que, cual Sancho Panza, se movía por elementales intereses materiales.
Aunque las dos novelas de Jodas, una gruesa y otra flaca, poseían unos méritos y hallazgos literarios que de ninguna manera Beluguero, un dechado de egolatría, podía reconocer, fue el Cazador de Leones quien disparó contra Jodas el peor tiro que un literato puede recibir: “Has escrito y publicado dos novelas: en la primera plagias descaradamente el estilo de Gabriel García Márquez y en la segunda el de Miguel de Cervantes”. El tiro fue tan preciso que Jodas se tambaleó como si le hubiese disparado de verdad. Cuando recuperó el aliento le retiró la palabra y abandonó el Club del Orujo. La verdad era aquello con lo que no contaba.
26.– Estropicio
Fuera porque el coronel Terri se hallaba sobre aviso de las dificultades de Tilo o porque se sentía satisfecho de haber golpeado al enemigo donde más le duele (la cartera) o porque a estas alturas había invertido la situación y ya se consideraba más cazador que presa, restó importancia a la noticia del reportero sobre la cobardía del director y del editor para enfrentarse al general Felonio y, en consecuencia, a los mendas del gobierno. Tal como habían previsto, activarían el plan B. Desde luego, el general y sus esbirros no se iban a ir de rositas ante la Justicia y la opinión pública.

Pero el superespía era un elemento peligroso del que cabía esperar cualquier cosa, ninguna buena. La primera señal de sus procedimientos la experimentó Tilo a domicilio. Aquella noche, aun a sabiendas de que algún esbirro del general estaría ojo avizor para echarle el guante, se arriesgó a acercarse a casa. Necesitaba el material que había guardado en una botella de plástico en la cisterna del retrete. Al llegar a la esquina de su calle asomó el morro, vio a un hombre con una bolsa de basura, a una mujer con perrito, a una pareja haciendo arrumacos dentro de un coche aparcado. Nada sospechoso. El bar de enfrente se hallaba iluminado. Recorrió el tramo, eludiendo los círculos de luz de las farolas. En un instante escuchó el clamor de un gol, señal de que el Atlético acababa de marcar. Había liga de campeones y, en consecuencia, el vigilante, si lo hubiera, estaría viendo el fútbol en el bar. Con la llave dispuesta en la mano se separó del coche junto al que se había agachado, abrió el portal y se coló rápidamente en la casa.
Lo que encontró al entrar no le gustó: un cuadro caído en el pasillo y dos inclinados hacia los lados. Los efectos del terremoto afectaban a la librería del salón: los libros habían saltado de los anaqueles. Otros dos cuadros de Alejandro y las cajoneras de la mesa esquinada de su escritorio estaban en el suelo. Atribuyó el resultado del temblor al nerviosismo del general Felonio. ¿A quién si no? Supuso que cuando los matones le perdieran la pista recibieron la orden de entrada y registro a su humilde morada. Temió lo peor. Fue al lavabo y desenroscó el botón de la tapa de cerámica blanca de la cisterna del retrete. Respiró aliviado: los registradores no habían encontrado la botella con los documentos y las fotografías enrollados. Se dirigió a la cocina. Los asaltantes dejaron signos del registro en los cajones de la mesa donde guardaba la cubertería, así como en los armarios de la vajilla, los manteles y las servilletas. Las cajas de galletas y otros víveres de la alacena aparecían desordenados. En cambio no habían tocado el dinero de la paga de Lionela, depositado bajo un bote de sal. Los intrusos se esmeraron en registrar a fondo su habitación y la del hijo Alejandro. Deshicieron las camas, removieron los colchones, voltearon las mesitas, revolvieron los roperos y lo dejaron todo manga por hombro.
Sin saber por donde empezar a restablecer el orden (el mejor amigo del hombre después del perro) regresó al salón y se cercioró de que las persianas de la terraza se hallaban correctamente cerradas y las contraventanas metálicas seguían trancadas con llave. Vivía en el tercer piso y había instalado hacía años aquellas medidas básicas de seguridad contra los cacos con escalo. La vecina de al lado usaba un loro mal hablado para intimidarlos, a los cacos. Y cuando el pájaro Pepe las diñó, pegó en la pared una carcasa con una bola de cristal que parecía el ojo de Polifemo.
Miró el reloj. Todavía era temprano en China. Extrajo de la botella los documentos y las fotos enrolladas como un canuto, las alisó un poco y las guardó en la mochila con su ordenador portátil. Se dedicó a continuación a recoger los papeles, bolígrafos y otros enseres de los cajones volcados. Sobre la cajonera parpadeaba el ordenador como si lo hubiera dejado encendido. Señal de que los asaltantes habían hurgado en busca de datos y documentos. En una una bolsita de plástico de las que utilizaba para congelar la carne y el pescado guardó el ratón de la computadora por si el fisgón había dejado sus huellas. Quizá el comisario Sánchez, con el que tenía confianza, podía hacer algo por él. Después de todo le debía varios favores. Iluminó la pantalla, marcó su clave, accedió al escritorio. El aparato funcionaba. Abrió varios documentos sin apreciar signos de modificación alguna. Eran textos de artículos y reportajes ya publicados, archivos de su columna “el runrún”, ese sonido más diverso, amable y divertido que el malhadado rumor: borradores de textos literarios, de aquella novela que escribió diez veces antes de entregarla a una editora que respetó el título (El cazador de rayos) y obtuvo algún rendimiento económico; el original de su añosa tesis doctoral sobre el exilio de los periodistas demócratas tras el triunfo a sangre y fuego del nazifascismo militar y civil en España. En fin, nada de cuanto pudiera interesar a Felonio almacenaba aquel mueble informático, pues desde que le birlaron unos textos del ordenador del periódico siempre guardaba las temáticas comprometidas en un lapicero electrónico y borraba los textos.
Volvió a mirar el reloj: las siete de la mañana en China. Aunque se sentía cansado y desolado ante el estropicio, se entregó a reponer en su sitio algunos volúmenes, comenzando por los más gruesos. Pero enseguida se dejó atrapar por los contenidos y se entretuvo en hojear el monumental facsímil de la Revista de la Residencia de Estudiantes, aquel foco de intelectualidad y modernidad de las primeras décadas del siglo XX, alimentado por personalidades como Federico García Lorca, Salvador Dalí, Luis Buñuel o el científico Severo Ochoa, y al que acudían como visitantes y residentes durante sus estancias en la capital del reino y de la fugaz y añorada Segunda República, Unamuno, Alfonso Reyes, Manuel de Falla, Blas Cabrera, Pedro Salinas, Rafael Alberti, José Ortega y Gasset, Juan Ramón Jiménez… Le habría soliviantado la pérdida aquel mamotreto con las reseñas de las actividades y conferencias de Albert Einstein, Marie Curie, John M. Keynes, Igor Stravinsky, Henri Bergson… En un volumen de crónicas de Mesonero Romanos, con las tapas de piel de vaca, encontró una colección de billetes de la República; se los había regalado en 1976 el guerrillero asturiano José Mata, un hombre honrado, un luchador de leyenda al que entrevistó en Francia. Finalmente decidió que Lionela se ocupara de restablecer el orden y, de paso, limpiara aquel polvo de las estanterías que le provoca estornudos. Volvió a mirar el reloj: la hora de llamar al hijo Alejandro, que se hallaba en Hangzou.

La comunicación con aquella zona del planeta funcionaba todo lo mal que los jerarcas chinos consideraban conveniente para impedir el contagio de la libertad, aunque por la rendija de los hoteles internacionales permitían las conexiones de Internet con el resto del mundo, de modo que al tercer intento consiguió conectar por Skype con el hijo, con el que hablaba cada jueves a la hora acordada. Llevaba tres meses, el hijo, en aquella megalópolis del lejano oriente, retratando a las esposas y a la extensa prole de un noble mongol descendiente del Kublai Khan, un promiscuo de cojones al que su religión permitía llevarse consigo a la otra vida a sus concubinas y descendientes más queridos. No se los llevaba vivos y enteros a la tumba como hacían los faraones, sino en forma de humo, quemando sus retratos en la pira funeraria. Le preguntó, al hijo, si las fotografías de familia se habían vuelto incombustibles allí en China, y él le aclaró que no valían, que la religión del mecenas era muy anterior a la invención de la caja oscura de Leonardo da Vinci. Esa religión prescribe que los retratos de los elegidos para acompañar al muerto han de ser pintados a mano con tintas chinas sobre lienzos de seda. Al parecer, los cánones y ordenanzas (o como se llamen) son muy estrictos y si no se cumplen con precisión, le dijo, elevan una barrera que impide a los espíritus de los vivos hacer el camino con el muerto hasta la otra vida. Aunque no hay nada más inútil que pintar un retrato para ser quemado, la creencia es la creencia.
–¿Cómo estás, hijo?
–Estoy bien, padre, y estaría un poco mejor si no hiciera tanto frío y pudiera salir a dar un paseo y tomar una cerveza en las galerías de la amistad chino-francesa.
–Aquí tenemos un tiempo estupendo, un cielo limpio y azul y un calorcito que da gusto andar por la calle –mintió–. ¿Cuándo piensas volver, hijo?
–Cuando termine, padre.
–¿Y cuándo terminas?
–Espero acabar este mes, aunque no te lo puedo asegurar.
–¿Por qué?
–En principio iban a ser veinte retratos, pero cuando estaba con el último, el patrón me ha encargado diez más y no me he podido negar; ese viejo Khan me paga una pasta gansa.
–Sospecho que te va a entretener hasta que se vaya al otro barrio.
–Y yo también; parece que al muy granuja se le han pasado las ganas de morirse. ¿Y tú, cómo vas?
–Con unas ganas locas de jubilarme y salir huyendo.
–Te conozco padre, no mientas.
–La verdad es que me voy a quedar con las ganas de hacer algo que debimos hacer en la última huelga de la negociación del convenio laboral.
–¿Qué?
–Quemar la rotativa.
Hablaron de la madre, que desvivía deportivamente a la orilla del Mediterráneo, y del hermano e hijo mayor, Daniel, que había fijado su residencia en ciudad de México y sobrevivía del pequeño comercio y la docencia literaria. Había contraído la enfermedad del amor y adquirido cierto renombre como cuentista, es decir, narrador de cuentos, y eso le retenía en el país hermano al que fueron a parar miles de españoles, los más cualificados, cuando el alzamiento en armas de los militares, instigados por la jerarquía católica, los terratenientes y los adinerados, asoló la Península Ibérica. Antes de despedirse le contó que alguien había entrado en casa sin permiso, pero no se había llevado ningún cuadro suyo, lo único valioso que allí había. En realidad solo echó en falta un reloj que su madre le había regalado y una agenda o dietario que tenía sobre la mesa. No se extendió sobre el asunto porque, sin duda, habrían anotado el número y la contraseña del wi-fi y tendrían intervenidas las conexiones.
–A ver si es verdad que te jubilas de una vez y no te metes en más líos.
–Tienes razón, hijo, ya está próximo el día; mientras tanto resistiré.
–Bueno, pero ten cuidado, viejo.
–Lo tendré, no te preocupes. Y tú también.
–Hasta el jueves. ¡Muak!
–Cuidate mucho, hijo.
27.– Fabiola
Tilo sintió el impulso de referir a Terri el estropicio. De hecho, armó y conectó un instante el teléfono. Tenía una llamada del coronel y un “principio” de la funcionaria de sonrisa irresistible. Lo leyó: “Cuéntame, Musa, la historia del hombre de muchos senderos, que anduvo errante muy mucho después de Troya sagrada asolar; vio muchas ciudades de hombres y conoció su talante, y dolores sufrió sin cuento en el mar tratando de asegurar la vida y el retorno de sus compañeros”. Le respondió: “La Odisea, señorita Lafun” y desarmó el teléfono. Lo había pensado mejor y decidió dejar en paz al amigo Terri por más que durmiera con la radio puesta. El derecho al descanso es sagrado. Y a la pereza también, como teorizó con acierto el sabio Lafargue, a quien nadie hizo caso y por eso el mundo está como está, es decir, muy mal. Recompuso los sillones del sofá, encendió la lamparita de situación sobre el escritorio, apagó las demás y se tendió a dormir con una manta parda encima.
Le despertó el ruido de la puerta. Era Lionela, que acudía a su labor tan puntual como solía (las nueve de la mañana). Ella se alarmó al ver el desorden.
–¿Con quién ha reñido, señor Dátil?
–Con nadie.
–Pues nadie se puso bastante furioso –adujo la sirvienta.
–Eso parece. Tiene usted trabajo extra.
–En dos horas haré lo que pueda.
–Tómese el tiempo que necesite y agregue el importe. ¿Le preparo un café?
–Gracias, ya he desayunado.
–Debería alimentarse mejor Lionela, está perdiendo culo.
La joven sirvienta pasó la palma de su mano sobre la ajustada malla negra que cubría sus glúteos e iluminó el semblante al tiempo que refutaba con energía la afirmación del señorito.
–Es broma, Lio, está usted preciosa, pero coma, que la veo muy delgada.

Ya en la calle armó, activó el impertinente y correspondió a una llamada del Máster (le encargó una información de la agenda política del día) y a otra de Terri, quien le puso al corriente de los síntomas preocupantes del enemigo. Según lo previsto, el general reaccionó como un jabalí malherido. Al percatarse del vaciado de la bolsa en Suiza montó en su Harley y se dirigió a Ciempozuelos a visitar a “los niños” y recabar de la gobernanta una explicación de lo ocurrido. La mujer se apresuró a dar la señal convenida con Terri. La celadora cumplió su deber y le paró en barra. El general arremetió contra ella. Pero la larga Fabiola, ducha en técnicas de defensa personal, esquivó el empujón y aceleró la fuerza del cúbico Felonio que, con la ayuda de un toque en el tobillo, se estrelló de bruces contra el suelo. La gobernanta, que fungía con la puerta abierta, salió del despacho y se apresuró a socorrer al intruso.
–Quería entrar a toda costa –se disculpo la celadora ante la gobernanta mientras la ayudaba a incorporar al general.
–¿Se ha hecho daño? –Se interesó la gobernanta.
–Le he dicho que no podía pasar, que no es día de visita y los niños están durmiendo la siesta, pero no me hizo caso y me empujo –insistió la celadora.
–Has hecho lo correcto –la tranquilizó la gobernanta, quien repitió la pregunta al general, ya en posición vertical–. Déjeme que le vea. Le sangra la nariz. Ande, vaya al lavabo.
–¡Recogilondrios la moza, por poco me mata! –Protestó el general–. Estos no son modos de tratar a un amigo y benefactor.
–Ande, vamos al lavabo, que se va a poner hecho un Cristo –dijo la gobernanta tomándole del brazo y haciéndole ingresar en el cuartucho–. Ahora le traigo algodón para contener esa hemorragia.
–Y avise a Pérez y a Liborio, quiero verlos –le ordenó el general con voz nasal.
La gobernanta frunció el ceño, cerró la puerta, acudió al botiquín y se apresuró a entregarle el paquetito de algodón doblado en forma de serpiente. Acto seguido recogió en su despacho los certificados de defunción (falsos) de los dos lunáticos.
–Esto es lo que queda de los niños –dijo entregándole los documentos cuando el general salió del lavabo con el rostro todavía congestionado.
–¡Recojilóndrios! ¿Cómo es posible?
–Ha sido un accidente terrible. No ganamos para disgustos. Ayer les dimos el último adiós.
El jefe de los espías miró atentamente por segunda vez los documentos de defunción como si quisiera cerciorarse de la fecha del suceso mortal. Preguntó a la gobernanta los detalles del accidente y ésta le explicó que pudo deberse a algún despiste del conductor o quizá a la falta de luz.
–Era ya de anochecida cuando se despeñaron; a saber si algún coche los deslumbró o si les fallaron los frenos. El caso es que no lo sabemos. En fin, estaba de Dios.
–¿Y dice usted que el joven que los llevaba de excursión falleció también?
–Si, general. Los encontraron de madrugada dentro del coche. Se ve que dieron varias vueltas de campana antes de ir a parar contra los arbustos del fondo de aquel barranco. Se ve que se desnucaron, murieron del impacto las pobres criaturas.
El general pasó su dedo índice sobre el bigote y miró la yema como si quisiera cerciorarse de que la sangre no insistía en colorearlo. Preguntó la identidad del joven fallecido, pero la gobernanta le dijo que no fichaban a los voluntarios de la federación de amigos de los locos. Ellos venían, recogían a los internos e internas abandonados por sus familiares, y se los llevaban de paseo. Tenían su dinámica, sus visitas a museos y monumentos, sus excursiones y actividades bien programadas de antemano. Los voluntarios eran gente de bien, personas buenas, mujeres y hombres de las más variadas edades y procedencias hacia las que solo tenían palabras de agradecimiento por ocuparse unas horas o un día entero de «los niños».
Terri completó las novedades preguntándose en voz alta cuánto tiempo tardaría el enemigo en descubrir el falso accidente.
–Esperemos que el trompazo lo haya tranquilizado –dijo Tilo.
–Eso es mucho esperar –dijo Terri.

Habían quedado citados con el armador vasco en la Tabernilla. Su avión llegaba a las once de la mañana al aeropuerto Adolfo Suárez de Madrid-Barajas. El periodista le entregaría a través del coronel Terricabras y antiguo espía Diagu Bandiera la documentación de los negocios de Felonio con el pirata malgache y luego aquel hombre con aire de violinista decidiría si había base para emprender la vía judicial contra el preboste.
–Ahí nos vemos –se despidió Tilo y desarmó el inoportuno.
El autobús no acababa de llegar. Las arterias de la capital permanecían atascadas hasta bien entrada la mañana. De seguir así, pronto alcanzarían la velocidad absurda. Los automóviles, vacas sagradas de cientos de miles de urbanitas, aportaban además un valor añadido a la atmósfera en forma de pota o masa gaseosa, oscura e insufrible en las largas temporadas anticiclónicas, a la que ya nadie llamaba aire, sino “la mierda que respiramos”. Di tu que ahora, después de acribillar a pinchazos durante un siglo la piel de la Tierra y de colocar encima lo que debía mantenerse debajo (la grasa petrolera), algunos cráneos privilegiados andaban en busca de Edison, Tesla y otros electricistas capaces de subsanar el fallo de la quema de fósiles para producir energía. Entendían que el siglo XX, el del átomo, había sido incapaz de resolver las necesidades energéticas de la llamada tercera industrialización sin destruir la vida del planeta, pero chocaban contra una montaña de intereses alentados por directivos y dirigentes majaderos de la peor ralea.
En momentos como aquel le habría gustado disponer de una bicicleta, a poder ser eléctrica para las cuestas arriba, con el casco y la mascarilla consiguientes, pero a falta de esas herramientas tan necesarias para la vida moderna, tardó una hora en llegar a la Tabernilla, donde Terri y el armador vasco, que había tenido el acierto de trasladarse en el ferrocarril subterráneo hasta el kilómetro cero y completar el trayecto en el metro, le esperaban en animada plática. El vasco de pelo ensortijado y rostro curtido por los vientos traía preparado el escrito de la querella contra el general Felonio, cuyos negocios tanto perjuicio habían provocado a su humilde empresa y a otros armadores que, sin duda, dijo, se sumarían a la demanda penal en cuanto se enteraran de la iniciativa.
Tilo le entregó los documentos y las fotografías. En una copistería cercana Malalata hizo varias copias del material. Y sin más dilación salió el armador hacia la Audiencia Nacional, aquellos juzgados centrales de grandes delitos donde le esperaba un letrado amigo y buen conocedor de la casa, pues había defendido durante muchos años a decenas de compatriotas y correligionarios encausados por terrorismo.
En el ínterin, Tilo Dátil, telefoneó con el inalámbrico de Terri al Gran Simpático, diputado de la minoría vasca, y al socialista Limones, buena gente y portavoz de la Comisión de Defensa. Enseguida captó el interés de los dos sobre la temática concerniente a los secuestros de los atuneros y la extraña intervención, les dijo, del jefe operativo de los servicios de inteligencia del reino. Puesto que el armador se había comprometido con Terri a llegar hasta donde fuera necesario para desenmascarar a aquel preboste y librarle de su amenaza, actuaron según el acuerdo de llevar la denuncia al Parlamento y armar un buen escándalo. Tilo llamó al armador y quedaron en verse con sus señorías parlamentarias sobre las dos de la tarde en Casa Manolo.
Convenía actuar deprisa, pues a estas horas el general Felonio habría descubierto la invención del accidente y las falsas defunciones, perfectamente documentadas, de los locos Pérez y Liborio. Terri confiaba en el cerco para darle jaque mate, pero el reloj corría a favor del adversario, un enemigo más peligroso que nunca al quedar sometido al principio de Arquímedes. Eso le dijo. Tilo no lo entendió muy bien. Era como si el sabio Compendio ejerciera su influjo sobre el coronel.

–¿Qué pinta el griego de Siracusa en esto?
–Todo canalla sumergido en su propio jugo experimenta un impulso hacia arriba igual al peso de la ira que desaloja –enunció Terri.
–Correcto, salvo que el jugo sea agua regia, en cuyo caso quedaría disuelto –replicó Tilo.
–Incorrecto, el coronado se abstiene de mear en la charca del sapo amigo –dijo Terri como si el agua regia fuera orín de rey.
–Si le hubierais limpiado y cancelado la cuenta suiza quizá habría atribuido el hecho a un bloqueo preventivo por orden judicial –adujo el reportero.
–Erróneo, movería Roma con Santiago para desbloquear los fondos. El poder es él.
–Pero su ira rebotaría en otro frontón, coronel.
–Puede ser.
–Y haría el ridículo ante los cuervos del poder judicial, que eso también desanima un huevo –remachó Tilo.
El coronel frunció el ceño y se pellizcó la oreja izquierda como si le picaran las palabras del reportero sobre la endeblez de la coartada del vaciado de la bolsa de Felonio, una acción de justicia. –¿Crees que arremeterá contra la gobernanta? –Le preguntó Tilo.
–Correcto. Irá al manicomio con sus gorilas a pedirle cuentas, de eso no hay duda.
–¿Será capaz de secuestrarla? Supongo que le habrás dicho que desaparezca o, al menos, que pida protección a la Guardia Civil.
–Espero que no sea necesario, ¿verdad Mala?
–Mis chicos se bastan y sobran para apacentar a la bestia –contestó el maestro carterista.
–No creo que con trucos de magia y malabarismos puedan apaciguar a la fiera; son gente gente armada, Mala, tipos fuertes y musculosos…, bueno, ya has visto las fotos. Dudo que el panoli de Santi Muelles y el pequeño Lagar puedan hacer nada para evitar que se lleven a la mujer y a los niños si Felonio se lo propone.
–Pues no lo dudes, para ellos no hay amenaza que valga. Y para Alibombos, tampoco.
–Vale, Mala, seguro que con el mayordomo en el ajo, la amenaza se queda en amena. ¡No te fastidia!
–Tú sabrás mucho de lo tuyo, pero el que no conoce a dios a cualquier santo le reza.
–¡Por Júpiter, Mala, si no tienen media hostia!
–Eso lo dices tú.
–Vale, puede que la tengan o que no la tengan porque no la necesitan. Espero que no les hagan daño y confío en que la gobernanta o las celadoras tengan el acierto de avisar a la Guardia Civil y no les pase nada malo antes de que el juez ordene el arresto de la fiera.
Terri se mantuvo al margen, sin tratar de convencer a Tilo de la eficacia protectora de los pupilos de Malalata ni de respaldar sus dudas. Cuando el periodista le preguntó abiertamente si dos magos y un mayordomo podían dar la seguridad suficiente a la gobernanta y los locos frente a una bestia parda y sus sicarios armados y grandes como armarios empotrados, el coronel en la reserva apretó los labios con un gesto que cada cual podía interpretar como quisiera.
28.– Parlamentarios
El armador llegó puntual a la cita con el periodista y los diputados. El encuentro fue rápido. Vermú, vino, dos cervezas y directamente al grano. Los parlamentarios quedaron vivamente impresionados por la escueta exposición del navegante sobre las causas y los efectos de los secuestros de los atuneros en el Índico. Del efecto se derivaba otra causa (judicial), les dijo antes de entregar una carpeta a cada cual con las copias calentitas de la demanda y las pruebas documentales. De la acción política solo esperaba las medidas oportunas para evitar nuevos secuestros. Y si las medidas incluían debate público, agitación y dimisiones, tanto mejor. Eso les dijo.
El Gran Simpático se aprestó a invitarle a almorzar en el txoco de la Casa Vasca, a dos pasos, en la misma acera de la corta calle del ilustre jurista Jovellanos, pero el armador adujo que tenía un taxi esperando, pues su avión de vuelta a casa salía dentro de una hora. Intercambiaron los dígitos telefónicos con la promesa de mantenerse en contacto, se estrecharon las mano y el pescador con aire de nervioso director de orquesta dejó la cerveza a medias y se largó a toda prisa.

La impresión de los diputados se convirtió en sorpresa cuando, ya en la taberna de la Euskal Etxea, hojearon el contenido de las carpetas. Tilo, que se sabía de memoria el contenido de las pruebas, les ahorró el esfuerzo de leerlas minuciosamente y sus señorías economizaron el escaso espacio de la mesa para el vino y la bandeja de verduras a la plancha, menos divertidas que las fotos del general en pelota picada, pero más apetecibles y sabrosas por llegar acompañadas de tres buenos filetes de choto. Se comía bien en el txoco. Y tenía varias ventajas de seguridad: era una taberna poco conocida, con la entrada camuflada en un recodo del semisótano, bajo el armazón del ascensor; contaba con una clientela habitual y no servía a desconocidos. Puesto que se hallaba a cierta profundidad del nivel del suelo, carecía de cobertura telefónica para los inoportunos, lo que permitía conversar sin interrupciones.
En contraste con el resumen telegráfico del armador, Tilo abundó en detalles y respondió al por menor a las dudas de los dos parlamentarios. Limones se interesó especialmente por los métodos de producción y exportación de las armas de destrucción indiscriminada. Le parecía una barbaridad (de bárbaros) el suministro de material bélico a los grupos irregulares de las zonas en conflicto. Como portavoz del principal grupo parlamentario de la oposición en la comisión de defensa se sentía burlado por la información parcial y sesgada que cada seis meses les remitía el gobierno con las licencias de exportación autorizadas (casi todas) y rechazadas (muy pocas) de material de defensa y doble uso. Era como si desconociera que los gobiernos siempre mienten. Con todo, debía consultar a sus superiores políticos (los dirigentes) antes de plantear la comparecencia de los ministros concernidos para pedirles explicaciones en la comisión.
En cambio, el Gran Simpático disponía de más libertad de movimientos. Aquella misma tarde registraría, dijo, varias iniciativas para meter los dedos en la laringe de los sinvergüenzas gubernamentales y obligarlos a potar hasta la última gota de la leche que mamaron. Eso sin contar el resarcimiento económico a los damnificados y la exigencia de dimisión fulminante del general Felonio, del que decía que debía ser juzgado y condenado por crímenes de lesa humanidad. Fuera por efecto del vermú, mezclado en su estómago con el tercer vaso de chacolí o por la indignación que sentía como jurista al comprobar que los titulares de las altas instituciones del reino se pasaban las leyes por la entrepierna, el Gran Simpático se mostraba encorajinado y, en contraste con las consultas obligadas de su colega, sostenía que la gravedad del asunto no admitía demora. En lo atinente a la publicidad, él se ocuparía de hacer llegar sus iniciativas a los principales medios de comunicación de su tierra. Después de todo actuaba en defensa de los atuneros vascos, víctimas de los asaltos y los secuestros de los piratas somalís, unos tipos desarrapados y violentos a los que la vida humana importaba una higa. Y veía el problema con las gafas de contar votos, miles de votos de las gentes del sector. Lógico. Para evitar que le acusaran de electorero propondría asimismo un “marco regulatorio de acciones compensatorias” para las víctimas de aquellas armas de destrucción indiscriminada fabricadas y exportadas por el reino a aquellos valles de lágrimas y niños mutilados.

En pocas palabras: el Gran Simpático estaba lanzado. Ya en la puerta del Parlamento Tilo informó a Terri de la buena acogida del armador y se apresuró a entrar en la sala de prensa, desde la que envió un correo electrónico a Eloso haciéndole saber que el “caso Felonio” iba a estallar por el mar. “Los atuneros vascos –le escribió– han denunciado el caso en la Audiencia Nacional y lo han llevado al Parlamento; te recuerdo que es un tema nuestro”.
El director respondió con un escueto “ok”. Veinte minutos después, la jefa de sección, compañera Baldomera, le comunicó que en el reparto de hoy le habían correspondido “cuarenta rayas” (en la jerga profesional llamaban rayas a las líneas) con título y subtítulo en página par. Puesto que los periódicos no eran de chicle ni se podían estirar, le pareció un espacio aceptable para contar el fundamento de la denuncia y las iniciativas políticas del Gran Simpático y, eventualmente, del portavoz socialista en la comisión de defensa, señor Limones, conocedor de la ácida materia.
Pero su satisfacción por haber conseguido meter baza, aunque solo fuera para dar continuidad a los reportajes sobre los pescadores secuestrados, se tornó en decepción cuando, dos horas después de haber despachado las cuarenta rayas, el Máster le comunicó que el tema quedaba reducido a “un breve”. Ya estaba acostumbrado a las jugarretas.
–¿Largo o corto? –Se limitó a preguntar.
–Cinco líneas de mitad de tamaño –respondió el Máster, es decir dos líneas y media de sesenta espacios.
–Es…tupendo, oído barra.
En alguna ocasión había argumentado, en tono de broma y a modo de protesta, que podía resumir en siete líneas la noticia más importante del mundo, pero que, al menos, fueran siete para poder decir que el séptimo día dios descansó. O no apreciaban la creación del mundo como la primera y más importante noticia o no habían leído el Génesis, lo que a nadie podía extrañar ya que los periodistas no solían leer libros y menos tan antiguos. Ah, cuán lejanos los tiempos de la máquina de escribir, el fax y el folio y medio para empezar a hablar y entrar en detalles. No se quejaba, pero sufría la reducción al absurdo.

Despachó el brevete un minuto antes de la hora concertada con el hijo mayor para conectar por Skipe. El enlace funcionó a la primera. El hijo se hallaba todo lo bien que podía hallarse en un México desangrado por las mafias, atacado por los sismos y amenazado por el nuevo mandatario del norte, aquel necio con la cabeza de adorno al que llamaban el agente naranja. Le notó muy delgado, al hijo, pero él aseguró que comía lo necesario para sobrevivir. A determinada edad cada cual es responsable de su fisonomía. Su ánimo era excelente. Le dijo que proyectaba viajar a Madrid en primavera para presentar El mosquito de Nueva York, un volumen de cuentos que había merecido un premio y la atención de una pequeña editorial de Palma de Mallorca. Aquello era estupendo, una buena noticia que atemperó su frustración.
Con los deberes cumplidos telefoneó a Lola y se apresuró a salir del edificio parlamentario para evitar toparse con alguno de los muchos pesados que solían caerle encima, en general señorías con adición al ruido, siempre empeñadas en elevar su ego sobre los demás, publicitar su enmienda, desgranar su intervención, explicar su posición política sobre cualquier asunto polémico, sin importarles incurrir en contradicción respecto a la opinión vertida el día anterior, personas dúctiles y maleables, antaño conocidos como “accidentalistas” y hogaño practicantes del “postureo”, a las que convenía evitar. Uno de aquellos pesados le preguntó por tercera vez en dos horas si había visto a Juliana. Y cuando le contestó: “Ahí lo tiene usted”, señalando a un calvo bajito y barrigón que transitaba por el patio, el interpelante entendió que se burlaba de él y le soltó un gruñido; sin duda suponía que Juliana era una señora. La mejor forma de soslayar a los latosos era caminar deprisa con el teléfono pegado a la oreja.
Al socorrido recurso apeló Tilo para no entretenerse. Quería comprar fruta para Lola ante de que cerrasen las tiendas. Saludó a los policías de la puerta de la verja, caminó hasta la esquina de la calle de Fernanflor (otro periodista) para ver si le seguían, cruzó hacia la plaza de Cervantes, ayer un parque de tierra y árboles, ahora perfectamente cubierto con grandes adoquines de granito por decisión del alcalde Gasradón, subió a un taxi y metió prisa al conductor. Aún percibía en su chirumen cierto resquemor por la reducción de su crónica a dos líneas. Frente a la tendencia de culpar a los demás, solía considerarse a sí mismo su peor enemigo. En un instante se le escapó un “¡Por Júpiter!” en voz alta. El taxista le miró con gesto de sorpresa a través del espejo retrovisor. Él aprovechó: “Vaya más deprisa, por favor”. Había caído en la cuenta de su error: citar dos veces al general Felonio en la crónica, en vez de referirse de un modo genérico a la dirección de los servicios de inteligencia.
Lola se definía a sí misma como “una mujer intensa”, aunque su principal cualidad era la bondad. Mientras cenaban frutalmente, que diría Malalata, él la puso al corriente de las novedades de la lucha contra el enemigo y ella consideró acertada la decisión de empapelar a Felonio. Aún no había contestado a la invitación del pirata. Tilo le recomendó: “Dale las gracias y déjalo correr a ver cómo evoluciona la temática”. Ella habría deseado devolver ya el golpe a aquel cafre sobre la decencia de las instituciones democráticas de su país, le habría gustado informarle de la detención del general y devolverle los denuestos que como patriota tanto le habían dolido, pero no podía ser, todavía. Sin más dilación se fueron a la cama, de la que ella se incorporó suavemente cinco horas después para no despertarle, aunque, como en otras ocasiones, el sonido del agua frustró sus felinos movimientos. Tilo la besó, la enjabonó y la puso a tono bajo la ducha. Poco después la despidió con un largo beso, en calzoncillos, ante la puerta del ascensor. Eran las cinco de la mañana y su avión despegaba a las siete. Aunque ella siempre se negaba a que la acompañara al aeropuerto, se volvía loca de contenta cuando iba a recibirla.
Preparó café, activó el ordenador portátil y miró la prensa vasca por Internet. Sentía curiosidad por ver el tratamiento de la querella y las iniciativas políticas sobre el secuestro de los atuneros en los periódicos del norte. ¡Por Júpiter si eran generosos! El predicamento del Gran Simpático resultaba tan elevado como su buen tino. Otros políticos habrían quemado las naves embadurnadas con el espeso material probatorio para llamar la atención a base de llamas, humo y olor a chamusquina. Él, sin embargo, demostraba la cautela del buen jugador de ajedrez y se reservaba el movimiento de las pruebas documentales y gráficas para el momento oportuno. El caso Felonio echaba a andar, salía a la luz desde las oscuras profundidades cenagosas. Y eso, en un estado de opinión frente a la opinión de Estado (los sinvergüenzas que lo mangoneaban bajo el manto del secreto oficial), parecía lo más importante.
Tilo supercopió las informaciones más extensas y las envió “en modo anónimo” a varios correos electrónicos: a Eloso, el Máster, el redactor jefe de política, al que llamaban Eltriste, a aquella jefa de sección, Baldomera, cuyos progenitores, a juzgar por el nombre, no la querían bien. A continuación se prodigó en envíos a los portavoces y líderes políticos de toda laya, sin olvidar al presidente del gobierno y a varios ministros.
Después del café encendió el primer pitillo, tosió, abrió la lámina corredera de la ventana de la cocina y se acodó a fumar. El cielo estaba raso, hacía frío. Del oscuro patio de luces subían los aromas pegajosos de las cocinas, con predominio de olor a huevos y patatas fritas. Sopesó la conveniencia de telefonear a Terri y contarle las novedades de las últimas horas, aunque finalmente optó por respetar su descanso y se dedicó a buscar datos en los archivos abiertos y los documentos públicos sobre uno de aquellos edificios emblemáticos que siempre estaban en obras: el Museo del Prado. Disponía de algunas informaciones sobre el supuesto latrocinio de apreciables cantidades de dinero público a cuenta de las interminables obras de ampliación, conservación y mejora de la pinacoteca. La corrupción era objetiva y subjetiva. La clase extractiva metía la mano por todas las esquinas de la caja del común. Con razón le llamaban así, “extractiva”. Contrastó datos, esbozó un mapa de fuentes, hizo una lista de personas con las que convenía hablar. Cuando miró el reloj tuvo la impresión de que el tiempo pasa más deprisa de noche. Empezaba a clarear, eran más de las siete, hora de llamar a Terri.

El coronel le contestó al primer timbrazo. Tenía la voz tomada como si se hubiera constipado. Tilo se disculpó por llamarle tan temprano y argumentó que lo hacía impulsado por el trato extraordinario de la prensa vasca a las iniciativas del amigo armador, al tiempo que se interesó por su salud.
–Sólo es un resfriado –dijo el coronel sin dar importancia a su averiada garganta y al fatigoso respirar–; he tenido que hacer más recados que un jubilado y no he pegado ojo en toda la noche.
–¿Qué ha ocurrido?
–¡La guerra de las galaxias, la hostia! Aquí estoy esperando el próximo ataque.
–¿Dónde es aquí?
–Cerca del manicomio –dijo sin precisar el lugar.
29.– Lágar
Tal como habían supuesto, el enemigo montó en cólera al descubrir el ardid del accidente, telefoneó al manicomio y pidió hablar con la gobernanta, quien había instruido a la celadora y telefonista Fabiola, que le asestó el primer directo a la oreja: “La jefa no trata con tipos corruptos y sinvergüenzas”. Eso le dijo. El general soltó un bufido: “Usted no sabe con quien está hablando”. La celadora le repicó con otro golpe en el cogote: “Lo sé, puedo olerle desde aquí”. El general gruñó, invocó su autoridad y la amenazó con enviar a sus agentes a detenerla, a ella y a su jefa y a los dos locos de marras que para robar –dijo– estaban más cuerdos que dios. “¡Que vengan si se atreven!”, le contestó la larga, aunque el general ni la oyó porque cortó de repente la comunicación.
La celadora corrió a alertar a la gobernanta, quien telefoneó a Terri bastante alarmada. Él le rogó que tuviera confianza en los tres tipos duros que había enviado a protegerla, es decir, el mayordomo Alibombos y los dos pupilos de Malalata. Ellos saben cómo actuar. La mujer confió, claro, pero amplió el círculo de confianza a todos los empleados del internado, a los que impartió la consigna de no dejar entrar a los visitantes indeseables cuya presencia era inminente.
Poco después aparecieron cuatro individuos en dos coches, los estacionaron de mala manera cerca de la puerta, se dirigieron a la escalinata y, sin llamar al timbre, el primero asió la manilla para abrir y entrar. Pero la puerta estaba trancada. La cerradura cumplía su función. Contrariados, dos de ellos golpearon la gruesa lámina de vidrio y uno gritó: “¡Policía, abran!” La celadora se incorporó de su silla, situada detrás de un pequeño mostrador, y se acercó.
–¿Qué desean ustedes?
–Policía, abra inmediatamente.
–¿Qué clase de policía?
–Agentes del servicio nacional de inteligencia –dijo el de canas.
–Ah ya, los enviados del general Felonio que vienen a practicar detenciones, ¿no es cierto?
–Correcto –dijo el de canas.
–Esperen un momento, que voy a avisar a la jefa y agarrar las llaves.
En ese instante aparecieron en el hall el cocinero, un fortachón en mandil, flanqueado por el negro Alibombos con bata blanca de médico o enfermero, seguidos de dos mujeres que empujaban unos carritos metálicos con aperos de limpieza y ocho o diez cuidadoras y asistentes ataviados con los guardapolvos azules reglamentarios y algún utensilio en la mano. El jardinero y encargado de mantenimiento se abrió paso con una azada al hombro y se colocó en primera fila, junto al negro y el cocinero. La larga Fabiola regresó en dos minutos.
–Dice la jefa que sin una orden judicial no pueden pasar. ¿Traen ustedes eso?

El de las canas hizo una señal a los de detrás y se apartó hacia un lado. Uno avanzó un paso, sacó una pistola de la sobaquera, la empuñó con las dos manos, gritó a los de dentro: “¡Fuera, fuera!” Ninguno se apartó. El de canas les conminó: “¡Apártense, carajo!” La larga Fabiola sacó pecho: “¡Disparen si tienen cojones!” El de canas repitió la advertencia. La celadora contestó: “¡Váyanse a la mierda!” El de canas reculó dos pasos sobre la escalinata y les advirtió: “Ustedes se lo han buscado”. El de la pistola hincó la rodilla izquierda en el último peldaño de la escalera y disparó dos balazos contra la cerradura de aluminio. La habría atravesado si el jardinero, al quite, no hubiese colocado la azada detrás. El vidrio se astilló por el impacto, pero mantuvo su solidez y obligó al pistolero y al canoso a empujar la puerta por el tirador y el marco metálico para no cortarse. Pero su empuje era menor al que ejercían el negro, el cocinero, el jardinero con la azada y las mujeres con sus carros de limpieza desde el interior. El forcejeo duró poco porque enseguida los asaltantes se vieron envueltos en una humareda de mil demonios.
¿Qué había pasado? Desde lo alto de uno de los tres mástiles situados a la izquierda de la entrada al manicomio, camuflado detrás de una bandera, Lagar les soltó dos botes de humo tóxico y lacrimógeno, seguidos de un puñado de petardos. Un agente gritó: “¡Mierda!” La bola petardera le había estallado en la cabeza. En un instante el Lagartijo se lanzó sobre la chepa del más cercano al mástil. El canoso no soportó el impacto de las botas del saltimbanqui y se estrelló de bruces contra las baldosas, cubiertas por la nube de humo. Lagar lo agarró del pelo y le aplicó la solución en la nariz y la boca: un pañuelo de algodón impregnado en cloroformo. “¡Respira, mamón!”
A la humareda y los petardos por sorpresa se sumaron los acelerones de uno de los coches de los agentes. Santi Muelles, especialista en instrumentos mecánicos, les robaba el auto. Salió a todo gas de aquel patio enrejado, tocando el claxon. Los tres agentes corrieron instintivamente hacia el coche que les quedaba, arrancaron y salieron a toda mecha detrás.
Lágar, con la ayuda de Alibombos, el cocinero y el hombre de la azada, trasladó el cuerpo del agente canoso al césped donde se alzaban los mástiles. Lo dejaron con la espalda apoyada en una estatua. “Que se oree”, dijo Lágar. El cocinero le tomó el pulso. “Funciona”, dijo. El tipo respiraba y estaba caliente.
–No le ha ocurrido nada grave ni está conmocionado ni en coma, sino dormido por el cloroformo –dijo Lágar.
–¡Qué jodío! –Exclamó el de la azada.
–Una buena solución para esta clase de bichos: dormidos no hacen daño –dijo Alibombos.
–Vamos a operarlo –dijo Lagar antes de abrirle la solapa de la chaqueta de cuero negro y sacarle la reglamentaria de la cartuchera al costado. Quitó el cargador, extrajo las cinco balas y se las entregó al cocinero: “Tenga, un recuerdo”. A continuación examinó la recámara y retiró el proyectil. “Tenga, también hay para usted”, dijo al hombre de la azada, que le agradeció el detalle. La gobernanta y la larga Fabiola contemplaban mudas la operación. Lagar limpió cuidadosamente las huellas con un pañuelo de papel mentolado y colocó la pistola donde estaba. A continuación examinó la documentación del durmiente, se fijó en el nombre y los apellidos que figuraban en una credencial plastificada, con un chip áureo, similar a una tarjeta bancaria, y retuvo la inscripción “saber para vencer” que figuraba en el revés. Limpió las huellas y devolvió la cartera al bolsillo del tipo.
–¿Qué vamos a hacer con él? –Preguntó la gobernanta.
–Dejemos que duerma, necesita descanso –respondió Tilo.
–Se ha hecho un buen chinchón –observó una limpiadora.
Otros empleados habían aventado la humareda y alejado los botes a patadas fuera del recinto vallado del patio de brea que servía de aparcamiento.
–Voy a limpiarle esas rozaduras y ponerle hielo en el bollo –añadió la limpiadora con la aquiescencia de la jefa.
–¿Cree que esos mierdosos alcanzarán a Santi Muelles? –Se interesó la larga Fabiola.
–Ni de coña –dijo Lagar.
–¿Es buen volantista?
–Psss…, ocurrente más bien; pero tranquila: esos tipos no llegarán muy lejos.
–No le entiendo –dijo la larga.
–¿Cómo se lo explicaría yo? Los coches funcionan con gasolina, la gasolina va en un depósito, el depósito lleva una tapa, la tapa se abre, se le echa un puñado de arena, la arena se deposita en el fondo, el fondo lleva un filtro, el filtro se obstruye y el coche deja de funcionar.
–Ya comprendo.
–Por eso digo que no llegarán lejos.
–¿Hasta dónde? –Quiso saber el cocinero.
–Lo que dé de sí el combustible de los conductos y el carburador, unos pocos kilómetros hasta quedar colgados en la autovía de Andalucía.
Lagar miró el reloj. La piadosa limpiadora depositó sobre la frente del durmiente una bolsa con terrones de hielo y le curó con un algodón empapado en alcohol.
–Ya debería estar de vuelta –dijo Lagar en alusión a Santi Muelles.
–Con cuidado, no le despiertes –advirtió la gobernanta a la limpiadora.
–Tranquila, que este no despabila en dos o tres horas, lleva anestesia de fieras –dijo Lagar.
–¿Qué va a hacer cuando despierte? –Le preguntó la gobernanta.
–Él sabrá, pero tranqui, que éste no vuelve a aparecer por aquí –afirmó Lagar.
–Dios te oiga –dijo la mujer.
–Dios no oye –dijo Lagar.
Lo que oyeron en ese instante fueron los acordes del himno nacional que emitía el teléfono inalámbrico del durmiente. Fabiola se apresuró a sacárselo del bolsillo del pantalón y se lo entregó a Lagar, quien oyó una voz femenina: “Le paso al jefe”. Y luego una masculina: “¡Recogilondrios, Florez! ¿Qué coño ha pasado?”
–Se ha equivocado, capullo –respondió Lagar y cerró la conexión.
El hombre de la azada soltó una carcajada. Él desconectó el teléfono, lo desarmó y se guardó las partes. Era el último modelo de una conocida marca de calidad y costaba una pasta gansa.
–Otro para la colección –se justificó, buscando la mirada de la Larga.
–¿No se lo devuelve usted? –Le instó el hombre de la azada.
–Me lo quedo de recuerdo –dijo Lagar.
–¡Qué jodío! –Exclamó el hombre.
La gobernanta le preguntó quién había llamado al agente.
–Un tal recogilondrios, un capullo con voz de jefazo –dijo Lagar.
–¿Por qué le has dicho que se ha equivocado en vez de pedirle una ambulancia?
–Le llamó Florez y aquí, el prenda, se llama Liborio, según dice su carné.
La mujer apretó los puños, dio unos pasos hacia el espía, le escupió en la cara y le habría pateado los testículos si la larga, al quite, no la hubiera sujetado. Lagar no entendió aquel ataque de la jefa a toro pasado. Alibombos pidió a la limpiadora que le volviera a pasar el algodón o una bayeta para evitar restos de ADN que pudieran comprometer a la superiora, pero fue inútil porque ésta le alcanzó en la barbilla con otro escupitajo.
Unos minutos después empaquetaron al agente en el automóvil de Santi Muelles, que acababa de regresar después de permanecer un tiempo oculto en un recoveco cercano.
–Tiren a ese cabrón al río –dijo la gobernanta.
–No señora, no ahogamos gente –contestó Muelles.
–Es un sucio pederasta, un canalla que se folla a las niñas –adujo la gobernanta.
–¿Cómo lo sabe?
–Lo sé, he visto las pruebas, no merece vivir –afirmó la gobernanta.
–Hay demasiados de esos, pero descuide, parecerá un accidente –zanjó Lagar.

Pusieron rumbo a la vega del Jarama por la carretera de Titulcia, seguidos de Alibombos, que conducía el coche de su señorita, la funcionaria Lafun, acompañado del fornido cocinero. Pararon antes de llegar al río, instalaron al durmiente en el asiento del conductor, Santi giró el volante hacia la derecha, limpió las huellas y dirigió la maniobra para que el vehículo trasero empujara al del agente hacia la cuneta, un terraplén bastante inclinado bajo el que se veía el muro de cemento de una acequia con agua estancada. La operación fue indolora y breve. El coche se deslizó por la pendiente y quedó como un animal sediento, amorrado en el canal.
De regreso al manicomio recibieron la llamada de Mala comunicándoles que iba para allá. Santi Muelles bromeó sobre el refuerzo del maestro gordo y fondón, incapaz ya de salir corriendo.
—Estarvos atentos que ese Felonio es el mismísimo Belcebú y volverá a atacar –les advirtió.
–Pierde cuidado, nos queda medicina y pirotecnia –dijo Lagar.
–Menuda cosa, voy para allá –dijo Mala.
El personal del centro permanecía movilizado, dispuesto a defender con uñas y dientes (y otros apósitos) a la gobernanta, a la que se ve que querían tanto como al bondadoso fray Cayo que en gloria esté. Los últimos rayos del sol desaparecieron en un instante. Cayó la noche. Apenas eran las siete de la tarde, pero los gobiernos trataban a la gente lo mismo que a las gallinas y acortaban el atardecer por decreto horario. Cerraron la puerta corredera del aparcamiento y dispusieron la primera línea de defensa tras el muro de hormigón, de un metro de alto, del que salían los barrotes metálicos de color rojo de la verja que rodeaba el lugar. La línea de defensa podía parecer irrisoria frente a un enemigo provisto de armas de fuego, pero Malalata, convertido en jefe de operaciones, convenció a la gobernanta de que era suficiente para resistir mientras llegaba la Guardia Civil. Las herramientas consistían en unos montones de piedras pequeñas o chinas y algunas de mayor tamaño que el cocinero, el jardinero, la celadora y los cuatro elementos protectores acumularon junto a la valla. Al material básico para contener al enemigos aportó Lagar varias bolas de petardos y los dos botes de humo tóxico que le quedaban en la mochila.

Y añadió Mala una caja con varios botellines de cerveza de los que consumían en la Tabernilla, terciados de gasolina y cerrados con papel de periódico a modo de mecha. Los cócteles molotov entusiasmaron al cocinero, que enseguida lanzó uno contra la carretera para probar. Funcionaba. Mala entregó mecheros de gas a los que carecían de ellos y dispuso el orden del uso de la munición: primero los botes de humo, a continuación las bolas de petardos, seguidas de los frascos incendiarios. Había que lanzarlos con mucha fuerza para que rompieran y estallaran en una llamarada potente y concentrada. Detrás, las pedradas. Y si fuera necesario, él y Alibombos, que tenía más envergadura, se ocuparían de lanzar dos recipientes de pintura plástica de a kilo que sacó del maletero de su coche.
–¡No pasarán! –Proclamó.
–Es la guerra, una guerra primitiva –le secundó la larga, contemplando el material.
–De primitiva, nada monada –la contradijo Santi Muelles, extrayendo del bolsillo interior de la sudadera unos cilindros muy finos y una caja de alfileres. Era su último invento de mago, una cerbatana que no mataba pero dolía. Alargó los cilindros y colocó un alfiler. La larga se rió.
–Eso no es primitivo, jeje.
–Tecnología punta, hermosa –sostuvo Muelles.
–Si, de punta en blanco, jeje, de cuando cagabas en el orinal.
–Cuida tu culo, que va –replicó Muelles, caminando hacia atrás con el artefacto en la boca.
–¡Ni se te ocurra! –Exclamó la celadora, llevando una mano al trasero, que lucía recauchutado por el chándal adherido a los glúteos, más cómodo que el traje reglamentario de pantalón y chaqueta azul con el nombre en la pechera.
El mago Muelles aceptó la advertencia, pero quiso demostrarle su pericia y puntería en el manejo del invento. Sacó su cajetilla de tabaco, extrajo un cigarrillo, lo colocó en posición vertical sobre el muro, delante de un barrote de la valla, se alejó diez pasos hacia atrás sin perderlo de vista (había luna llena) y preguntó a la moza:
–¿Dónde quieres que le clave el alfiler?
–En el centro, jeje.
Muelles hinchó los carrillos y disparó. El alfiler quedó clavado en la mitad del pitillo. La larga le aplaudió, agarró el cigarrillo, le quitó el alfiler y se lo fumó. El cocinero, que se llamaba Pablo y parecía más incrédulo que el de Tarso, colocó otro pitillo y Santi lo clavó.
–¿Cómo lo consigues?
–Con mucho entrenamiento.
–Para eso hay que tener tiempo.
–En la cárcel sobra tiempo.
–¡Atentos! –Exclamó Mala al ver venir tres coches seguidos. Pasaron sin detenerse.
30.– Láser
Mientras esperaban a los atacantes, que esta vez serían el doble o el triple, según sospechaban, divisaron una luz en el cielo que parecía competir con la luna en la iluminación del suelo. Procedía del Cerro de los Ángeles y se movía sin prisa y sin pausa hacia Ciempozuelos.

–Esos cabrónides vienen en helicóptero –alertó Mala por teléfono a Terricabras.
Poco podía hacer el coronel salvo recomendarles que se pusieran a cubierto aguantaran el tirón mientras llegaban los refuerzos.
–¿Refuerzos… Qué refuerzos? –Preguntó Mala extrañado.
–Un efectivo –dijo Terri.
–¿Qué defectivo?
–Yo mismo con mi mecanismo –contestó Terri.
–Cojo…nudo –dijo Mala torciendo el morro.
No fue uno, sino dos, los efectivos, pues el sabio Compendio, que parecía que no se enteraba de nada pero lo entendía todo, comprendió lo apurado de la situación, pidió disculpas a Lafun y suspendió la partida de ajedrez. Ella se mostró comprensiva. En lo que Terri telefoneaba al taxista Delfín para que viniera a recogerlos, el sabio recogió la bufanda y la cazadora del maletero del coronel así como su abrigo, su gorro ruso y el arma secreta. Era la oportunidad de probar la eficacia de su invento en los humanes. En los gatos funcionaba. En los perros, también. Hasta en los caballos surtía un efecto extraordinario. Pero se había jurado no emplearla contra el semoviente humano, salvo peligro de muerte, como era el caso.
Terri tenía buenos reflejos, pensaba rápido y actuaba deprisa. Las situaciones límite le aportaban claridad y decisión. Un pelotón de tipos armados que se traslada en helicóptero sólo puede hacerlo si el aparato es grande, un Super Puma, se dijo, una aeronave operativa en el ejército de tierra y al servicio de algunos cuerpos policiales, sanitarios y la jefatura del gobierno. Probablemente Felonio había pedido el cacharro a un colega militar para una misión secreta. Aunque el Centro de Inteligencia contaba con pilotos, una aeronave de hélice con capacidad para veinte personas, un peso muerto de cinco toneladas y hasta cuatro de carga y una velocidad de crucero de algo más de doscientos kilómetros por hora necesita suelo sólido, una pista firme y amplia y sin cables en la que posarse. La orografía de la vega era propicia para aterrizar en cualquier parte, pero el terreno estaba embarrado por las lluvias de los últimos días, de modo que los pilotos tendrían que buscar un lugar seguro donde posarse, soltar la carga y esperar. Por suerte, el arbolado era abundante en el pueblo y en torno al manicomio. La parte trasera del edificio tenía, según recordaba, una larga hilera de árboles de gran ramaje, añoso y duro, que la hacía impracticable. Solo la zona delantera del internado, con el firme de asfalto, parecía el lugar propicio para aterrizar. Eso o el patio de un colegio. Pero los colegios estaban cerrados a esa hora.
Cuando llamó al taxista ya se había hecho una composición de lugar.
–Delfín, ¿dónde te encuentras?
–Voy por la calle Antracita, cerca de Legazpi.
–¿De vacío?
–Si, de regreso al centro.
–Estupendo –dijo Terri–; sigue hacia Embajadores y en cuanto dobles verás el escaparate de una tienda de electrónica. Para un momento y compra un puntero láser de la marca Delta Tactis de alta intensidad. Si no tienen esa, vale otra siempre y cuando sea de alta intensidad y largo alcance. Que te lo den con la batería cargada. Cuesta unos cincuenta euros, ahora te los pago. Vente para acá a toda máquina, tienes que llevarme a Ciempozuelos.
–Eso está hecho –dijo el taxista.
Malalata por su parte mantenía informado al coronel sobre las evoluciones del pájaro de hierro: “Viene despacio, como si estuviera siguiendo el concurso del río. Anda, mira, parece que se ha parado, no, está torciendo…, si, tuerce…, tuerce a la izquierda, ya no le veo la luz delantera, sesvía hacia San Martín de la Vega. Sólo distingo el centelleo rojo del piloto trasero. Sí, ese va pa San Martín de la Vega… ¡Anda ya y que os den! ¡Falsa alarma, compañero!”
–Puede que si puede que no.
–Va a ser que si –dijo Mala.
–Ojalá tengas razón, pero estad atentos –dijo Terri.
–Empieza a hacer frío –se quejó Mala.
–Pues recogeos y deja a uno de guardia –dijo Terri,
–Sí, va a ser lo mejor –aceptó Mala.
–¿Qué pasa con el helicóptero?
–Allí sigue centelleando, va muy despacio, como parado –dijo Mala.
–¿Ha cogido altura?
–No parece. Igual se ha despistado y está buscando la carretera, ¿no crees?
–Aristóteles dijo que un burro voló…
–Puede que sí, puede que no –añadió Mala–. Anda mira, parece que está bajando. Igual son esos ejecutivos americanos del Parque Warner que pusieron ahí o vaya usted a saber. Pues sí, está descendiendo, se ve que va a aterrizar.
Medio minuto después, el maestro carterista informó al coronel de la desaparición de las señales luminosas del puñetero helicóptero. “Falsa alarma –repitió–, puedes ahorrarte el esfuerzo, tengo hombres suficientes… También mujeres. Y si fuese menesteroso pongo en pie de guerra a los locos… Para tirar piedras y arrear mamporros creo que valen”.
–He llamado a Delfín y voy con Compendio para allá. Estoy seguro de que el enemigo volverá a intentar el asalto para capturar a la señora Benilde (la gobernanta) y a esos locos cuyos nombres le comprometen –dijo Terri.
–¿Compendio…? No es por minusvalorizarle, pero ya me contarás qué pinta aquí ese viejo escuálido como no sea agarrar una plomonía.
–Pues no lo minusvalores; le dejáis pasar y si es menester –no menesteroso, Mala– le asignas la protección de esos dos locos con su arma secreta. Yo intervendré desde fuera.
–¿Para cortarles la retirada?
–Más o menos –dijo Terri.
–Déjate de bromas, que hace un frío que corta la respiración y congela los huevos.
Terri evitó responder, se despidió con un “hasta ahora” y siguió caminando por el recodo de Pez, precedido del sabio por si había moros en la costa. Doblaron la esquina de la calle de San Bernardo, donde el tránsito humano era abundante y proporcionaba una cierta seguridad a Terri. Por sus piernas bullía el cosquilleo de la prisa, contenida a duras penas por los cálculos de su cerebro, según los cuales, Felonio también necesitaba su tiempo para reunir a un pelotón de ocho o diez hombres capaces de ejecutar la misión con garantías de éxito. Si los cuatro enviados habían mordido el polvo y sufrido una humillación equivalente a su prepotencia, la lógica de las cosas aconsejaba al capitán al frente de la operación un notable aumento de los efectivos. Generalmente actuaban a pares o en trío. Cada célula operativa realizaba sus cometidos: vigilancias, seguimientos, entradas en domicilios y oficinas, registros clandestinos, colocación de micrófonos y cámaras ocultas. También interrogatorios por las buenas o por las malas, es decir, con palizas. Las escuchas e indagaciones eran, con todo, las tareas principales de aquellas tipas y tipos duros. La orden de suspender sus misiones durante unas horas para ejecutar un asalto con detenciones les sacaría de la rutina y les molestaría bastante. Terri se imaginaba su mal humor, máxime cuando la mayor parte de las ocupaciones de los agentes operativos consistían en calentar un cómodo sofá, remover un gintonic en alguna boite o jugar a los novios dentro de un coche. Y no te cuento –se decía– si estaban fuera de servicio con su familia. Reunir a deshora a aquellos individuos en un punto de encuentro, llevaría su tiempo. ¿En qué punto?

Delfín hizo sonar el claxon. Parecía contento. Venía escuchando rancheras. Le entregó con aire triunfal el puntero láser. Lo de triunfal se debía al apreciable descuento que había conseguido. Terri le agradeció la honradez, una cualidad rara entre los de su gremio y le metió prisa. Compendio acariciaba su arma secreta con la mano en el bolsillo del abrigo.
“En la Marañosa”, se dijo Terri de pronto. Sí, ese era el punto, pensó. ¿Qué mejor lugar para reunir a los agentes de operaciones especiales que aquella instalación militar, situada entre los pinares de San Martín de la Vega? El helicóptero no había aterrizado en el parque recreativo Warner, como suponía Malalata, sino en el poblado militar de la Marañosa, también conocida como la Fábrica del Rey porque en aquel paraje se construyó por iniciativa de Alfonso XIII de Borbón una factoría militar para cargar bombas con gases asfixiantes. Aquellas armas químicas sirvieron para bombardear con cañones y desde aviones a la población civil del norte de Marruecos, los bereberes del Rif. Una manera sucia, criminal y muy cruel de vengar la derrota de las tropas imperiales en Annual, en julio de 1921. La mezcla de chulería, corrupción e incompetencia de los mandos de aquel ejército mal equipado y peor alimentado, compuesto por legionarios y oriundos contratados por cuatro reales (regulares les llamaban), facilitó el triunfo de los guerreros rifeños que defendían su territorio y su independencia. El rey, el gobierno, el ministro de la guerra, un tal Marichalar, y los generalotes se debieron sentir malheridos en su orgullo al aparecer en la escena nacional e internacional como unos majaderos (trágicos, pero majaderos) y se entregaron a la venganza sin reparar en gastos. El rey, un germanófilo obtuso y errático, decidió la compra de grandes cantidades de iperita o gas mostaza a los alemanes, que habían utilizado aquella mierda venenosa y mortal contra las tropas francesas en la primera guerra mundial. Aunque el tratado de Versalles les obligaba a destruir los arsenales químicos, los alemanes incumplieron la orden y escondieron la mercancía, de modo que al gobierno de su graciosa majestad, impresionada por la eficacia de los gases asfixiantes, les resultó fácil localizar al jefe químico del emperador de capa caída, un tal Hugo Stolzenberg, concederle la nacionalidad y conseguir a precio superlativo el suministro de la mercancía tóxica y de los consiguientes equipos (aviones y cañones) para distribuirla en forma de bombas contra los pueblos y aldeas (casas, zocos, fuentes, campos, ríos) del Rif. El tal Stoltzenberg dirigió la instalación de esa Fábrica del Rey para armar proyectiles de gran tamaño (de cincuenta a doscientos kilos) con materiales químicos perfectamente estudiados para destruir las mucosas de cuantos seres vivos se vieran expuestos a ellos durante varios minutos. Los rifeños cayeron como moscas. Algunas décadas después todavía sufrían alteraciones celulares malignas (cáncer), dolencias y enfermedades inexplicables. La venganza fue terrible. Y costosa. Pero la agitación patriótica mantuvo a los súbditos ignorantes de la canallada y les cargó la factura (como siempre). En torno a la factoría se construyó un poblado cercado y vallado para los operarios. Era una instalación secreta en mitad de un bosque de pinos carrascos, de la que entraban y salían algunos militares, y a la que dieron el nombre de “cuartel”.
Terri no tenía duda de que el moscón nocturno se había posado en la plaza de aquel poblado, cuya fábrica había sido objeto de cuantiosas y sucesivas inversiones y figuraba como un centro de referencia de la Alianza Atlántica en materia de armas nucleares, químicas y bacteriológicas. Convendría darse una vuelta por allí. Indicó al taxista que tomara la avenida de Andalucía y se desviara por la barriada de Villaverde Bajo hacia la carreterucha que conducía a Perales del Río. Entre esta localidad y San Martín se hallaba La Marañosa. El ahora coronel en la reserva había estado allí una vez, hacía muchos años, recibiendo instrucción sobre las armas de destrucción masiva, y creía conocer el terreno. En un momento determinado pidió a Delfín que condujera despacio y le expuso el plan de desviarse por el camino de tierra para husmear el corazón el bosque. El taxista condujo hasta una barrera de barra. Tocó el claxon. Un empleado de seguridad abrió desde la garita. Estaban automatizados. Tras ellos llegaban dos coches más. Delfín seguía las indicaciones de Terri, siguió la calle ancha y recta, con varias casas blancas de planta baja a los lados, hasta el centro del poblado, donde se advertía trasiego de individuos y automóviles y, en efecto, estaba el helicóptero. Circularon despacio, sin detenerse ni siquiera cuando Terri abrió la portañuela y saltó del coche a la cuneta. Era un país de cunetas. Pocos kilómetros más allá, el taxista con el sabio compendio a bordo volvió a tocar el claxon y el vigilante de seguridad del otro lado elevó la barrera y abandonaron aquellas instalaciones por el camino de tierra que desembocaba en la estrecha carretera que les llevaría a Ciempozuelos.
Terri confiaba en sus piernas. También en los puños, claro. Subió por el cerro entre los pinos y, ya con el ruido del rotor del helicóptero en los tímpanos, telefoneó a Mala para que le preparara un buen recibimiento si él no alcanzaba a pararlo. Mala sabía como actuar contra el moscón con piedras y botellines incendiarios. El Super Puma despegó. Terri vio su potente foco delantero y distinguió la oscura silueta en el aire. Había subido cincuenta metros y ponía rumbo hacia el sur cuando le apuntó y activó el rayo láser. La dispersión de la luz y el rebote de la fúlgura en todos los vidrios del aparato, incluidas las lentes de visión nocturna del piloto, provocaron un giro repentino, como si quisiera zafarse de una tela de araña. Terri movió el puntero y le mantuvo enfocado. Desde la elevada terraza entre los pinos dominaba el campo de batalla. El abejorro giró hacia el norte, pero Terri modificó su posición y le siguió con el láser hasta tocarle de lleno en el lateral izquierdo. El coronel manejaba bien el puntero. Cambió el color del rayo del verde al rojo, de modo que los pasajeros no solo alucinaron en colores con los miles de puntos de luz rebotando en todos los vidrios, lo que impedía la visión, sino que además creyeron que era el principio del fin (el suyo), pues el láser rojo alcanza el objetivo unos segundos antes que el proyectil trazador. El piloto reaccionó al instante, el aparato cayó, Terri lo vio desaparecer entre los árboles, se encogió de temor a la colisión y a la segura explosión. Pero no se produjo. Respiró hondo y siguió oyendo el sonido de los rotores, señal de que el moscón había podido sobrevolar la factoría y el pabellón que allí había y aterrizar en la zona trasera de la fábrica. Entonces se apresuró a subir las terrazas onduladas en las que crecían piornos e hileras de pinos tan juntos que parecían marineros desfilando en la cubierta de un buque. Llegó a la valla que rodeaba la instalación como si fuera un cortijo. Se hallaba coronada por una espiral de alambre acerada con cuchillas. Iba a sacar de la suela izquierda de zapato la herramienta cortante para abrir un costurón en la malla y cruzar al otro lado, pero el agua había hecho su trabajo y pudo pasar reptando por el hueco de una cárcava. La carretera estaba a pocos pasos. El barranco arcilloso del otro lado le pareció un muro infranqueable para seguir monte arriba entre los pinos, de modo que corrió por carretera en curva hasta una ondulación del terreno, más propicia para cruzar y ocultarse entre los pinos. Después subió monte arriba y encontró algunas trincheras de la Guerra Civil. Por lo que sabía, aquel cerro había sido un enclave de la batalla del Jarama. Plantaron pinos, pero se mantenía las ondulaciones de las antiguas trincheras, ahora cubiertas de ramas secas, piñas y hojarasca punzante de los carrascos. Ya no oía el rotor del helicóptero, pero sí los ladridos de unos perros. Supuso que rastreaban la zona en busca del individuo del láser. Bajó hasta la orilla del barranco a comprobar si la búsqueda le afectaba. Entre los árboles del otro lado de la carretera vislumbró luces que se movían. Eran rastreadores con linternas. Camuflado tras el tronco de un árbol vio a un perro lobo que salía de la cuneta. Seguramente había pasado la valla por la misma cárcava que él. Tenía buen olfato el canelo. Husmeó la carretera de un lado a otro. Un coche todo terreno a mucha velocidad se lo encontró de pronto y, sin tiempo para esquivarlo, le arreó un trastazo de refilón. El can aulló de dolor y se arrastró hasta la cuneta. Sus gemidos atrajeron la luz de una linterna tras la que Terri vio la negra silueta de un tipo que alumbró al animal y le descerrajó un tiro en la cabeza desde el otro lado de la valla.
Se encumbró y regresó a las trincheras. Después de todo, se dijo, era un buen observatorio, aunque más lejano e impreciso para sabotear al helicóptero si volvía a despegar. Se mantuvo quince o veinte minutos de pie, a la espera. Después acomodó sus posaderas sobre el mullido forestal, atento a los sonidos. De vez en cuando oía pasar algún camión. La luna llena hacía su recorrido nocturno, exagerando las sombras. Ya no se oía a los perros ladrar. El ruido de una moto a sus espaldas le puso en guardia. Se tranquilizó al comprobar que circulaba por un camino o sendero forestal y se alejaba. Del rotor del helicóptero no oía señal. Con todo, decidió esperar, pues suponía que tras el rastreo, los agentes operativos del general Felonio reanudarían su misión y, por otra parte, siendo como eran expertos redomados en operaciones especiales de alto riesgo, no admitían el fracaso ni muertos.
Después de una hora sin señales del moscón metálico, Terri comenzaba a sospechar que el enemigo había decidido prescindir de la aeronave o aplazar la misión hasta el amanecer. Envió un mensaje a Mala. En el manicomio no había novedad. Se sacudió las agujas de los pinos y echó a andar. Una hora después saludó a Alibombos, que le esperaba en el coche, acompañado de la larga Fabiola. Se habían orillado en el camino de Górquez, donde terminaba el bosque, y se abrocharon y recompusieron a toda prisa.
El manicomio estaba tranquilo, las internas e internos dormían, la gobernanta compartía su aposento con las cuidadoras que habían decidido permanecer en el centro. El cocinero, el hombre de la azada y el sabio Compendio dormitaban en los sillones descoloridos y agrietados de la salita de espera. Lagar y Mala veían la tele en el salón comedor, apenas iluminado por las luces mortecinas de un aparador con las puertas de vidrio que contenía medallas y trofeos. En el patio de entrada, Santi Muelles les había abierto la cancela corredera y realizaba su turno de guardia. Fabiola, seguida de Alibombos a pocos centímetros, fue a la cocina y preparó carajillos para todos. La noche iba a ser larga, dijo. Pero no muy larga, repuso Terri. Habían acordado los turnos de centinela y enseguida el egipcio se dispuso a relevar a Muelles.
–Te acompaño –dijo Fabiola la larga.
–Y yo que pensaba que era lesbiana –susurró Lagar.
–Fíate de la virgen y no corras –dijo Mala.
–A correrse tocan –repuso Lagar–; éste Alibombos no para.
–Naturaca: rabo negro, buena fama –dijo Mala.
Hablaron de los sucesos de las últimas horas y Lagar entregó a Terri el teléfono del agente durmiente, una prueba muy valiosa de la implicación del jefe de los servicios secretos en el intento de secuestro de la gobernanta y los locos. Terri agradeció el detalle del saltimbanqui con cara de pillo y le aseguró que pondría el cacharro en manos del juez. Examinaron la situación. Buscaron salidas por arriba, por abajo, por detrás, por delate, por los lados. Si Felonio atacaba por tierra y aire destrozaría el enroque. Y Terri estaba seguro de que el general, burlado y furioso, se lanzaría a por la presa en cuando asomara el sol. Miró el reloj, pulsó una tecla del impertinente y se lo llevó a la oreja izquierda.
–Ya sé que es una gran faena, Delfín, pero necesitamos un autocar y lo necesitamos ya. ¿Puedes conseguir uno de más de cincuenta plazas?
El taxista contestó con voz adormilada:
–No son horas de conseguir nada, y menos un autobús ¡Maldita sea!
El coronel le doró la píldora:
–Ya sé que son las tres de la madrugada, pero quiero que sepas que he decidido llamarte a esta hora tan intempestiva porque confío en ti. De otro modo no lo habría hecho. A decir verdad, quedan pocos hombres tan honrados como tú y sé que harías cualquier cosa por un amigo.
–¿De dónde saco yo un autobús, coronel? Claro que haría cualquier cosa, pero lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible a las tres de la noche.
–Para ti no hay nada imposible, Delfín. Conoces al dedillo el sector del transporte.
–Tampoco hay que exagerar.
–Tienes contactos, tienes amigos. ¿Correcto? Diles que es una emergencia.
–¡Jo…der! Me van a dar con la emergencia en las narices… Bueno, veré lo que puedo hacer. ¿Hay dinero?
–Si, hay dinero para pagar lo que pidan, horas extras, nocturnidad, alevosía, lo que sea menester, ¿vale?

A las seis de la mañana, antes de que amaneciera, más de cuarenta personas, algunas adormiladas y otras locas de contentas; algunas deformes, con muletas, en sillas de ruedas, y otras tiesas como cirios de cuaresma; algunas con muchos años desvividos y otras con muchos por desvivir, pero todas ajenas al mundo de los supuestos cuerdos, emprendían una excursión a bordo de un autocar de gran lujo de la marca Irizar como los que utilizan los principales equipos de fútbol del mundo. Eso les dijo Delfín, que iba de copiloto. La gobernanta, las cuidadoras, las limpiadoras, el cocinero, el hombre de la azada, la celadora, Lagar y Santi Muelles en calidad de magos animadores, embarcaron con ellos. Por su parte, Alibombos y el sabio Compendio emprendieron el regreso a casa en el auto de la señorita Lafun. El manicomio quedó vacío en menos de una hora, nada que ver con la evacuación del Museo del Prado. Lógico. Terri no era María Teresa León, pero también tenía el mérito de convencer a la gobernanta de que despertara a aquella recua de locos y los llevara a visitar El Pilar de Zaragoza y a almorzar y disfrutar de un balneario de aguas termales.
31.– Fuego
La caza contemporánea extendía su acepción a la actividad fílmica y gráfica. A ella se entregaban Terri y Mala a un lado y otro del manicomio cuando Tilo telefoneó al antiguo espía Diagu Bandiera para alegrarle el día con el amplio tratamiento de los periódicos del norte a la denuncia judicial presentada por el el patrón pesquero que parecía un violinista y a las iniciativas políticas del Gran Simpático.
La descripción del reportero le sonó, a Terri, como si fuera el penúltimo bombazo de la batalla final contra Felonio. “Sus horas están contadas”, le dijo. Tilo dio algunos brochazos sobre el contexto político. “Habrá que confiar en el temor de ese señor tan importante –dijo en referencia al jefe del gobierno– a un golpe mortífero en un órgano tan sensible como el servicio de inteligencia; ya parece bastante noqueado por los púgiles de la oposición a cuenta de la corrupción en su partido y no aguanta un escándalo más, y menos tan superlativo como éste”.
Terri dudó de que el jefe del gobierno fuera a fulminar al general jefe operativo de los servicios de inteligencia del reino, como sostenía Tilo. Téngase en cuenta la naturaleza antediluviana del bicho. En cualquier caso sostuvo que era el momento de poner toda la mierda en el asador. No dijo “mierda” ni “asador”, sino “piezas” y “tablero”, pero tanto daba a los efectos de hacer rodar cabezas. Luego, en un instante, interrumpió a Tilo: “¡Escucha, ya vienen!”
–No oigo nada.
–Pues vienen, entre la niebla vienen; es la guerra, luego hablamos.
–Si sales vivo –dijo Tilo, pero el coronel ya había cortado la comunicación.
Tal como habían previsto, los agentes de Felonio sobrevolaron varias veces el manicomio a baja altura como si quisieran despertar a los locos. Terri filmó sus evoluciones con la nitidez que le permitía el meteoro luminoso, que era bastante. Después de varias pasadas, el Super Puma descendió sobre la nave rectangular del edificio hasta tocar la techumbre con las ruedas. Pero en vez de soltar a los asaltantes para que se descolgaran con cuerdas e irrumpieran a patadas por las ventanas, hizo sonar una voz estridente por un altavoz: “¡Atención, atención! ¡Les habla la autoridad! ¡Atención todos los internos y el personal del centro! ¡Salgan del edificio por la puerta principal! ¡Abandonen el edificio en diez minutos!”

El helicóptero se elevó unos metros y se separó del inmueble hasta situarse sobre la carretera paralela a la verja, desde la que iluminaba las ventanas y repetía el mensaje. Bordeó las instalaciones con la misma cantinela. Terri filmaba y Mala hacía lo propio encaramado a un árbol del jardín trasero. En el manicomio nadie se movía. Lógico. El pajarraco dio otra vuelta al complejo con la misma monserga. Iluminaba el suelo con dos potentes focos. Descendió a la altura de los árboles de la parte posterior del edificio y soltó unas maromas por las que bajaron dos individuos con artefactos a la espalda. Eran lanzallamas. Corrieron hacia las ventanas de la gran sala dividida por mamparas que servía de salón comedor y zona de recreo de los internos e internas, respectivamente, rompieron las ventanas y lanzaron varias llamaradas consecutivas en todas las direcciones. Después volvieron sobre sus pasos, se agarraron a las cuerdas, el helicóptero se movió y fue a posarse finalmente en el patio que servía de aparcamiento de automóviles ante la fachada del edificio. “¡Atención, atención! ¡Hay fuego! ¡Desalojen deprisa el inmueble!” El locutor repitió la orden varias veces. Acentuaba la palabra “fuego”, enfatizaba “el edificio está ardiendo”, gritaba “salgan, salgan cuanto antes”. Pero nadie salía.
Los del lanzallamas permanecieron junto al aparato mientras seis sujetos con ropa deportiva y armas largas ponían pie en tierra y corrían hacia la puerta de entrada. La abrieron sin dificultad, pues sus colegas ya habían inutilizado a tiros la cerradura unas horas antes, y desaparecieron en el interior. A lo lejos, por la autovía, se oía un ulular de sirenas de bomberos y ambulancias que se acercaban. Terri reconoció la buena coordinación de los asaltantes con los servicios públicos de emergencias. Era evidente que solo querían asustar a los locos y al personal, sin causar desgracias inevitables ni provocar un estropicio mayor del necesario.
Las luces interiores fueron iluminando progresivamente el edificio. Los ventanales con barrotes de la planta baja adquirieron una tonalidad anaranjada. Las ventanas del piso superior, con enrejados y persianas a media asta, pasaban una a una de la oscuridad a la luz, señal de que los asaltantes inspeccionaban todas las estancias. Unos minutos después Terri los vio salir (y los filmó). Le habría gustado ver sus caras de decepción. La niebla se lo impidió. En cambio oyó y grabó algunos insultos contra “estos hijos de punta” y la orden de retirada: “¡Vamos, vamos coño! ¡Arriba, arriba joder!” El helicóptero despegó y puso rumbo a la vega. Terri contuvo la tentación de despedir con el rayo láser al pelotón de garrulos. Echó a andar por la orilla de la carretera hasta el final de la larga nave manicomial. Malalata le silbó.
Mientras caminaban hacia la localidad cercana en busca de un bar donde tomar un café con churros se cruzaron con el estruendoso camión de los bomberos, seguido de dos ambulancias, un coche con guardias civiles y otro con policías locales. Algunos vecinos de unas torres de pisos cercanas se asomaban a las ventanas y comentaban el percance a gritos: “Arde el manicomio, ha venido un helicóptero y se ha ido a la carrera, mira, mira, ya llegan los bomberos, una ambulancia, seguro que hay muertos”.
32.– Tancredo
El coronel Terri y el maestro Malalata examinaron sus grabaciones del moscardón y los pirómanos, hicieron copias de las secuencias filmadas por uno y otro desde las distintas posiciones entre la niebla, las cargaron en varios lapiceros electrónicos junto con una explicación somera de los intentos de asalto al manicomio para secuestrar a la gobernanta y a los dos locos cuyas firmas e identidades eran utilizadas por el general Felonio en sus oscuros negocios ilegales de tráfico de armamento y las aportaron al juez a través del letrado del armador pesquero. Además las hicieron llegar al Gran Simpático mediante el reportero Tilo Dátil.
Las evidencias delictivas resultaban abrumadoras o, al menos, así lo creían en la Tabernilla. Por si los indicios fuesen pocos, su señoría judicial recibió el teléfono perdido (no convenía decir sustraído) por el agente operativo que comandó el primer intento de asalto. En la memoria del aparato figuraban los contactos y las últimas llamadas del general Felonio. Como si no supiera que el olmo no da peras ni siquiera buena leña, el letrado reforzó la ampliación de la denuncia con un escrito solicitando el arresto y la prisión preventiva del acusado para evitar más y mayores males. “Tome su señoría en consideración la condición de elementos armados del interfecto y los sujetos a sus órdenes y adopte las oportunas medidas para prevenir otros daños”, decía con una confianza encomiable en la función del magistrado.
Por su parte, el Gran Simpático actuó con rapidez. Apenas vio la grabación, la remitió al jefe del gobierno por el conducto electrónico oficial y convocó una conferencia de prensa para entregar a los informadores los documentos que probaban la implicación directa de la jefatura de los servicios secretos en la exportación de material bélico prohibido, con las consecuencias desastrosas ya conocidas para los pescadores vascos que faenaban en el Índico. Los papeles causaron sensación entre los plumillas parlamentarios. Las cifras millonarias de los suministros no suministrados, los pagos por anticipado de los compradores en una cuenta numerada en Suiza y, sobre todo, las fotografías del general y sus agentes con el jefe pirata en Seychelles imprimieron fuste y consistencia a las explicaciones de su señoría legislativa a los periodistas.
Habituados como estaban al “periodismo de rebote” (fulano dijo y zutano replicó) los informadores estimaron que el asunto tenía chicha. Cierto es que para las televisoras o terminales del poder cualquier razonamiento era de difícil transmisión. Hasta un silogismo en bárbara resultaba algebraico y complicado. Funcionaban con la consigna de esquivar los asuntos que perjudicaran a los titulares del poder. Lógico. Pero eran inteligentes (a su modo) y manejaban el sacrosanto principio de la pluralidad política, exhibiendo a la oposición como un obstáculo mal plantado y sin argumentos con el que había que contar. “A mí me sacas del dos y dos son cuatro y estoy vendida, o sea, no vendo nada”, resumía una señorita maquillada, canuto en mano. “Yo le pongo la alcachofa y usted resume en treinta segundos”, añadía. Di tú que el Gran Simpático era cordial, paciente y comprensivo con los tontos que se hacían los listos y con los listos que se hacían los tontos. Le sobraba oficio.
No había acabado de distribuir las explicaciones a los informadores más supeditados a los mandos y ya registraba algunas llamadas telefónicas de los altos prebostes gubernamentales.
–¿Por dónde empiezo? –Preguntó a Tilo, mostrándole la pantalla del insolente.
–¡La hostia, tío! Por el más alto.
–De acuerdo, te espero en el Manolo –repuso el Gran Simpático.
Como si le quemara la noticia en las manos, el veterano reportero se apresuró hacia la sala de prensa, entró en la cabina del periódico, redactó un mensaje telegráfico sobre las novedades del asunto y lo envió al director, con copia al redactor jefe y al Máster. Luego, para que Eloso viera cómo las gastaba el amigo Felonio, le remitió las imágenes del asalto al manicomio.

Ya en Casa Manolo, el Gran Simpatico, don José y los contertulios habituales de la grey periodística de la antepenúltima cosecha arreglaban el mundo a martillazos. Las palabras más o menos sensatas retrocedían ante el humor de cada cual. Tilo saludó a los presentes con una inclinación de cabeza, solicitó un vino blanco de Rueda, acercó una silla y ocupó un lugar en el espacio. Buscó la mirada del Gran Simpático y la encontró tras el tiento de éste al vaso de vermú de Reus. Interpretó su gesto como un signo positivo y dedujo que la conversación con el más alto, es decir, el jefe del gobierno, había ido bien para los intereses de la decencia y la probidad. Los demás plumillas sabían que el diputado vasco era el hombre del día, pero se mantenían ajenos como si la temática no encajara en la agenda de dimes y diretes del día o como si esperaran que el diputado introdujera el asunto por su cuenta. Finalmente, el amargo Bitter le preguntó si cabía esperar alguna dimisión en las próximas horas.
–Don Tancredo no la ve.
–¿Has hablado con él?
–Acabo de hacerlo –dijo el Gran Simpático.
–¿Y qué?
–Sólo perplejidad, está perplejo. Y los perplejos no reaccionan.
–La clave es asustarles –afirmó, categórico, Clavicordio.
–Los tancredos son de sangre fría –le corrigió don José, quien, leído y culto como era, le instó a enterarse de la evolución y muerte de los tancredos leyendo a Hemingway.
La conversación se fraccionó y embarulló. El Gran Simpático apuró el vermú, hizo un gesto a Tilo para hablar después y se despidió, pues había quedado a almorzar (y demás) con una alta funcionaria de las cárceles estatales. Alguien debía de ocuparse de las condiciones de vida de los malos que acababan entre rejas para que no les zurraran demasiado o los liquidaran con drogas y enfermedades contagiosas.
Luego resultó que el diálogo entre el Gran Simpático y el jefe del gobierno había rebasado el intercambio de perplejidades (perplejo estoy, perplejo me dejas) para adentrarse por la conocida senda de los cínicos, canelos o perrunos que tratan de cubrir sus excrementos soltando cuatro patadas de tierra sobre ellos con las extremidades traseras. El gobernante esparció unas briznas de maleza sobre el marrón, cuya deposición atribuyó a los enemigos de este país, que no eran pocos, sino bastantes y con muchas ganas de enredar y desestabilizar al gobierno. Osease, que algún servicio secreto extranjero, nada amistoso, se dedicaba a soltar mierda sobre la cúpula de nuestros servicios de inteligencia, lo cual, en vez de llevarle (al Gran Simpático) a pedir cuentas y aclaraciones, debería suscitar su prudencia, motivar una reflexión sensata sobre el extraordinario acierto y valor de la dirección de los servicios de inteligencia frente a las acechanzas de los enemigos, el terrorismo y la criminalidad organizada. “Les atacan porque actúan con acierto y los mantienen a raya (a los enemigos), si no, no les atacarían; sólo te pido que no bailes al compás de su música”. Eso le dijo. Pero el Gran Simpático era un tipo analítico, riguroso, poco impresionable. ¿Qué tendrían que ver los armadores vascos que sufrían los secuestros de sus barcos de pesca en represalia por las trampas de los mercaderes de la muerte con los enredos de los espías extranjeros para desestabilizar supuestamente a su gobierno? “No, amigo, no, esta mierda es de marca nacional”, le contestó.

El jefe de gobierno hizo honor a don Tancredo y mantuvo su firmeza con un aplomo que contrastaba con la debilidad de sus argumentos. El Gran Simpático apeló a las pruebas. “Los documentos, fotos, filmaciones, y testimonios son apabullantes”, dijo. El gobernante le replicó: “Si yo te contara de lo que son capaces (los enemigos) te caerías de espaldas; esos tíos falsifican lo que haga falta con tal de jodernos”. El Gran Simpático le preguntó si también falsificaban los registros de aduanas sobre la exportación de armamento, si empleaban presos en la fabricación de artefactos mortíferos prohibidos y si, no conformes con esto, utilizaban documentación personal de los locos encerrados en un determinado manicomio. Se notaba que había leído despacio el non nato reportaje de Tilo. “No, amigo, no, este marrón sale de un culo nacional cercano al tuyo; entiendo que quieras protegerlo, pero no me des excusas de mal pagador”, le dijo. La cal del don Tancredo empezaba a cuartearse. Lo advirtió el Gran Simpático por el tono cada vez más irritado de su voz. Quizá la palabra culo no le gustara y la repetición del término “mierda” no le agradara. Con todo, el tío no se movió del sitio.
–¿Quieres decir que va a defender al general Felonio? –Le preguntó Tilo.
–Esa impresión me dio, aunque ni embadurnado de cal se va a librar de que le arree el toro. El tema es muy fuerte y esta vez no tiene escapatoria –afirmó el Gran Simpático.
De la referencia de aquel diálogo entre el diputado y el jefe de gobierno compartió Tilo con los amigos de la Tabernilla la conclusión de que la destitución del general Felonio no iba a ser tan fulminante como había supuesto. Tenía razón Terri al poner entre paréntesis la euforia del reportero.
–Bicho malo nunca muere –dijo Mala.
–Y menos si no lo matan –dijo Lafun.
–¡Joder con el mediocre! –Exclamó Terri.
–Ocre del todo –le corrigió Mala.
Lafun soltó una carcajada, Tilo se rió, el sabio Compendio se contagió de hilaridad sin que supiera por qué, Terri soltó un pedo y renunció a seguir la frase. En teoría el jaque mate parecía fácil, pero en la práctica no. Más allá del acierto cromático de Mala era evidente la protección del amarillento jefe del gobierno (lucía bronceado del ejercicio al aire libre) al taimado Felonio. Los cínicos carecían de vergüenza (y escrúpulos). Y aquel don Tancredo se hallaba entrenado en el ejercicio de la ocultación del ludibrio y la corrupción. Tenía razón don José cuando afirmaba que los tancredos eran de sangre fría. Curados de espantos ante el morlaco, no se asustaban por nada.
Al magín de Tilo acudió una frase: “El hombre no está hecho para la derrota”. La tecleó y la envió a Lafun, que, tras la risa, se había vuelto a concentrar en el tablero frente a Compendio. Los inoportunos de la pareja de ajedrecistas sonaron al mismo tiempo. Ella leyó el mensaje, alzó la cabeza, enfocó al reportero con su mirada, sonrió y escribió: “Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado”. Y a continuación: “El ególatra Hemingway en su discurso del Nobel”. Cierto y verdad, se dijo Tilo al recibir la frase. Luego elevó las posaderas del taburete para ver cómo iba la lucha entre Lafun y Compendio. Le pareció que el sabio llevaba ventaja, aunque Lafun mantenía varias piezas peligrosas y era más lista que las ardillas. Estiró el pantalón y se volvió a sentar sin dejar de escuchar las consideraciones de Terri sobre los pros y los contras de una nueva andanada contra el poderoso general Felonio y sus protectores, y sin desentenderse tampoco del choque de aquellos dos cerebros sobre la repisa de la ventana. Hicieron tablas.
Tilo dejó pasar uno o dos minutos antes de incorporarse y, como si sintiera la necesidad de estirar las piernas (y el pantalón), avanzó los pasos que le separaban de Lafun. Aquella mujer le gustaba, le atraía, le desgobernaba los ojos. Ella lo sabía.
–¿Recuerdas si el muy taurino Hemingway escribió algo sobre los tancredos? –Le preguntó.
–Creo que sí –dijo Lafun.
–¿Sabes qué decía?
La funcionaria apretó los labios como si tratara de retener las dudas dentro de su boca y prefiriese masticarlas y digerirlas a expulsarlas como un desatinado escupitajo. Más que mirarla, Tilo la olía como un perro en celo. Le encantaba aquella mujer. Ella siguió colocando las piezas dentro del estuche de ajedrez.
–Bueno, no tiene importancia, déjalo –la alivió Tilo.
–Creo que en Fiesta o en algún otro sitio hablaba de que ganaban mucho dinero o algo así. Si quieres te lo miro.
–No te molestes, no tiene importancia.
–No es molestia; sube conmigo y lo miramos –dijo Lafun.
Vivía en la primera planta y tenía una biblioteca que recorría todo el pasillo con estanterías que llegaban hasta el techo.
–¡Por Júpiter, cuántos libros! –Exclamó Tilo.
–La mayor parte eran de mi abuelo.
La hache del orden alfabético estaba alta, ella se subió a una escalerilla, él colocó la mano en su espalda para afianzarla, ella extrajo dos volúmenes, uno con tapas de cartón y otro en edición de bolsillo y bajó el brazo para que él los agarrara. Luego descendió un peldaño, hizo un giro y se dejó caer a cámara lenta sobre él, que la rodeó con el brazo y la sujetó con su pecho. Era alta y algo desgarbada, pero no pesaba mucho y le pareció blandita y suave. En ese momento no pudo contener el impulso de besarla en el aire y le rozó con los labios la barbilla. Ella correspondió buscando su boca. Fue un beso rápido, fugaz, un piquito de adolescentes como los que se dan los jilgueros. Los dos sonrieron. El mayordomo Alibombos se hallaba desactivado, en la cama durmiendo, pero como si se entendieran sin palabras, los dos renunciaron a seguir el juego.
–Miro los libros y te los dejo en la Tabernilla –dijo Tilo, retrocediendo hacia la puerta que había dejado entreabierta.
La crisis, muerte y desaparición de don Tancredo se había producido, según un artículo de Hemingway para la prensa canadiense, en los años veinte del siglo XX y fue atribuida a la irrupción de las mujeres en aquel oficio de alto riesgo. Don Tancredo era una novedad extraordinaria en la tauromaquia. Saltaba al ruedo antes que el toro y se quedaba quieto parado en el centro del albero. La fiera salía lanzada como si fuera a atropellarle, algunas veces le rozaba, pero casi nunca lo veía y corneaba. El público chillaba de terror, el suspense se mantenía, el animal se desfogaba, trotaba por el redondel, golpeaba las tablas buscando una salida. De pronto, descubría la presencia del tancredo, se acercaba, se paraba, lo olía. El público contenía la respiración. Don Tancredo tampoco respiraba, permanecía inmóvil como una estatua hasta que el toro resoplaba y se largaba a la cita con el capote. Don Tancredo provocaba el delirio en los ruedos. Ganaba tanto dinero que pronto comenzaron a aparecer decenas de don tancredos en toda la geografía ibérica, con el descenso consiguiente de la cotización. Pero la crisis no la atribuyó Hemingway a la inflación de aquellos valerosos personajes, sino al horror que sintieron las autoridades al descubrir que un don tancredo atropellado, corneado, perforado, pateado, desangrado y muerto por la res era una mujer. En ese momento prohibieron para siempre jamás la presencia de tancredos en los ruedos.
Para Tilo, la conclusión era clara: solo una mujer podía acabar con la inmovilidad del jefe del gobierno respecto al mando operativo de los servicios de inteligencia.
Terri se mostró escéptico. De hecho, era un escéptico.
–¿Qué mujer?
–Se me ocurren tres –dijo Tilo.
–¿Como quiénes?
–La gobernanta, la madre de Liborio y Lola.
–No se me alcanza qué podrían hacer; la gobernanta ya ha actuado como le pedimos y más vale no menealla; a la madre del loco no la conocemos, y no veo yo qué puede aportar Lola como no sea el recibo de la entrega de la pasta al jefe de los piratas, algo posiblemente ilegal.
–Lo legal sería que mataran a los pescadores, no te jode…–Replicó Tilo.
–No lo veo, periodista.
–Dale la vuelta y no lo agarres por donde quema –dijo Tilo.
33.– Defensa
Las declaraciones del Gran Simpático desencadenaron una reacción digna de estudio a la luz de la física nuclear. El calentamiento del núcleo del poder fue creciente, sorprendió a los ajenos al fenómeno y suscitó esa mezcla de atención y curiosidad social que reclama un desenlace, sea por explosión o por explicación y enfriamiento. Tilo comprobó sus efectos: “El director quiere –le ordenó el Máster– que sigas el lío de los atuneros y la exportación de armas”.
–¡Es…tupendo! Me alegro de que interese el tema.
–Parece una intoxicación de caballo, un montaje de servicios secretos exteriores.
–¿Quién dice eso?
–Fuentes del gobierno –respondió el Máster.

–Puede ser obra de los insurrectos cubanos o de los malvados venezolanos porque el amigo americano nunca haría eso, no tiene intereses pesqueros en el Índico ni vende armas a las guerrillas africanas –dijo Tilo, siguiéndole el juego.
–No te olvides de los chinos: las matan callando –añadió el Máster.
–¡Por Júpiter! ¿Cómo no se me había ocurrido? Esos sí que tienen intereses en África.
La consigna era clara. Tendría que utilizar el estilo indirecto, una forma de contar más frecuente cada día que, sin embargo, permitía complacer a los de arriba y enojar a los de abajo. Reconocer la autoridad y hacerse el tonto un rato, incluso, a tiempo completo, evitaba muchos problemas y proporcionaba el mismo sueldo con menor esfuerzo, lo cual indicaba el nivel de domesticidad, futilidad y postración alcanzado el periodismo contemporáneo, algo que lamentarían otros, pues a él no le quedaba tiempo.
El ministro de Estado, al que ahora llamaban jefe de la diplomacia o titular de Asuntos Exteriores, consideraba “desacertadas” las acusaciones de exportación incontrolada de armamento y material de defensa y se sorprendía de que ciertos parlamentarios a los que tenía en alta estima prestaran oídos a los dicterios e invenciones para desacreditar a nuestro país que, como todo el mundo sabía, se hallaba entre los más respetuosos del mundo en la preservación de los derechos humanos. Se refería, naturalmente, a las denuncias formuladas por el Gran Simpático, según las cuales… Aquí soltaba Tilo la carga.
Al ministro del Interior no le costaban aquellas operaciones y se remitía a las cumplidas explicaciones que pudiera dar su colega de Defensa quien, por su parte, aseguraba el cumplimiento más estricto de la legalidad nacional e internacional a la hora de aplicar los embargos de suministro de armamento y material de doble uso a países sometidos a restricción por decisión de las Naciones Unidas. Esto sin contar la plena disposición de nuestras fuerzas armadas a defender los intereses nacionales por tierra, mar y aire donde hiciera falta. Y, por supuesto, a los atuneros.
Tampoco a los titulares de Economía, Industria, Turismo y Comercio les constaban las autorizaciones para exportar armas y, menos aún, aquellas minas anti personas y bombas de racimo que “ya no se fabrican”, decían. La comisión interministerial que se encargaba de conceder las licencias de exportación de armamento era estricta y rigurosa, aseguraban. Tan estricta que casi nunca denegaba permisos y tan rigurosa que concedía las autorizaciones para periodos largos, plurianuales, de medio plazo. Pero comoquiera que la comisión estaba compuesta por altos cargos de varios ministerios (Defensa, Exteriores, Interior, Economía, Industria y Comercio), su pluralidad quedaba garantizada. ¿Acaso el militar, el diplomático, el técnico comercial del Estado, el economista, el policía, el letrado del servicio jurídico, el economista y el ingeniero industrial iban a ponerse de acuerdo para burlar la ley? ¿Quién en su sano juicio podía pensar y sostener tal cosa? Y quien dice altos representantes, dice ministros, secretarios de Estado, subsecretarios, directores generales.
A las reacciones de extrañeza siguieron las afirmaciones en contrario, las negaciones y los desmentidos oficiales. Pero el Gran Simpático no se arrugaba. Solicitó las comparecencias parlamentarias de algunos ministros para entrar en el fondo del asunto. Unos decían estar dispuestos a acudir por petición propia para responder a cuantas preguntas quisieran formular sus señorías. Otros se mostraron renuentes y proferían expresiones como “hasta donde yo sé”, “hasta donde puedo contar”, “hasta donde tengo constancia”… El hecho de que, además, la materia fuera objeto de tratamiento judicial, les ayudó mucho, pues el sub júdice ofrecía muchos clavos a los que agarrarse. El titular de Justicia, un tipo con cara de listo que lucía la expresión de satisfacción superior de quien ha amasado la fortuna para resolver su vida y la de varias generaciones de descendientes, exigía respeto a los muy sensibles y perturbables órganos judiciales, proclamaba que no iba a tolerar interferencias ni presiones a los jueces ni fiscales y reclamaba confianza en su labor.
El Gran Simpático, respetuoso como era de los procedimientos judiciales, del secreto del sumario y de los demás artilugios orientados a mantener en vigor el aserto de Rafael Barret: “Cuanto más grave es el asunto, más lo tapan”, sacó a relucir los datos del servicio de aduanas sobre la exportación de armas, algo que no figuraba en el sumario. En esta materia obtuvo el apoyo del colega Limones y cosechó el respaldo verbal de grupos y organizaciones sociales que se reclamaban pacifistas. La evidencia, en fin, de que los gobernantes habían aplicado al Parlamento la famosa política del champiñón (mantenerlo a oscuras y darle mierda) soliviantó a sus señorías legislativas. Lógico. A nadie le gusta que se burlen de él, y menos con aparatosos informes convenientemente mutilados y falseados.

Entonces los ministros afectados dijeron que el Gran Simpático era un mentiroso redomado, un fabulador en clave nacionalista e independentista. ¿Cómo iba el Gobierno a engañar al Parlamento? ¿En qué cabeza cabe que los gobernantes se burlaran de los representantes directos del soberano? Menuda tontería.
–Veamos los archivos de aduanas –propuso el Gran Simpático, secundado por otros.
–Son datos reservados –dijo un ministro.
–Levanten el secreto –dijo el Gran Simpático.
–Aunque accediésemos, resultaría inconsútil. ¿Sabe por qué? Si, seguro que lo sabe, pero se lo voy a decir: porque esos datos no existen –replicó el ministro del ramo.
La afirmación de aquel hombre fue rotunda. “¡No existen, señoría!” Su contundencia añadía credibilidad a la afirmación y se alejaba de la tonalidad gris, enrevesada y plagada de siglas y anglicismos de otras intervenciones de aquel pájaro de cuerda. Quería hacerse entender, pronunciar la última palabra, machacar con el mazo al Gran Simpático. Al oírle, Tilo dudó: ¿Se había colado en los archivos aduaneros o habría sufrido la pesadilla del sueño de una noche de verano? Buscó en el almacén fotográfico de su teléfono móvil las instantáneas que había tomado de las resmas de papel impreso y se las envió a la velocidad de la luz al Gran Simpático y a su colega Limones. El primero pidió un turno de palabra de quince segundos. No se lo dieron. El segundo no había intervenido todavía y pudo mostrar la pantalla minúscula de su inoportuno como prueba de que el ministro mentía más que los Lehman y Madoff juntos. “El Pinocho es usted”, le espetó. El ministro se irritó bastante. “Guárdese sus fotos, ya sabemos que su novia es guapa”, le asestó con el mazo de la ironía. El diputado quiso replicar, pero quedó con su deseo sin destino. “Su turno ha terminado, señoría”, le hizo saber el presidente de la cámara.
Puesto que una cosa no puede existir y no existir al mismo tiempo, el reportero se apresuró a darse una vuelta por allí. Cuando llegó al edificio de aduanas se topó en la puerta principal con unos obreros con chalecos amarillos que sacaban grandes bolsas negras al hombro.
–¿Qué hacen?
–Desescombrando –dijo uno.
–¿Más obras?
–Un incendio.
–¡No fastidie! ¿Dónde ha sido?
–En el archivo –dijo el chaleco amarillo.
–¿Algún muerto?
–Un ujier intoxicado.
Preguntó al guardia de seguridad privada, pero el pistolerín acababa de entrar de servicio y desconocía lo ocurrido. Siguió preguntando. Finalmente un funcionario atribuyó el incendio a la negligencia de un operario de la limpieza que, el muy imbécil, olvidó un cigarrillo encendido y mira. “Ponga usted que no ha ardido todo el edificio de milagro”, aseguró el interino, quien utilizó su prerrogativa de representante sindical para conducirle al lugar del incendio y permitirle tomar varias fotografías con el inoportuno. Sin perder tiempo, reportó el suceso y las instantáneas a Limones y al Gran Simpático. También a la edición del periódico en Internet.
La destrucción de pruebas visibles se había convertido en la actividad prioritaria del general Felonio y su comando operativo de confianza. La vieja técnica de saber para vencer se completaba en este caso con la limpieza de indicios y vestigios para esquivar la acción política y la indagación judicial a velocidad caracol. Al mismo tiempo, el eco de los medios de comunicación impulsaba al general a ofrecer al Parlamento explicaciones sobre las misiones de los servicios de inteligencia referidas al control de la fabricación y exportación de armamento, así como las intervenciones de alto riesgo para preservar a la ciudadanía de la amenaza terrorista, en las que se incluían los ataques a nuestros pesqueros en las remotas costas africanas plagadas de bandidos. Si, el jefe de los servicios de inteligencia comparecería a calzón quitado si fuere necesario en la comisión de secretos oficiales para desarmar lo que indudablemente era un burdo montaje para desacreditar al gobierno.
La operación limpieza merecía un broche de bronce, dado que el de plata estaba reservado al presidente del Gobierno y el de oro al jefe del Estado. “Miren mi broche”, dijo una sola vez Madelaine Albright, la primera mujer que llegó a secretaria de Estado de Estados Unidos, a los periodistas que informaban de sus viajes por el mundo. Poseía una variada colección de broches de animales domésticos, salvajes, pacíficos, agresivos, venenosos, inofensivos, lentos, veloces, tontos y hasta divertidos que le servían para informar sin palabras del resultado de sus encuentros con los mandatarios con los que se reunía. El animal preferido del general Felonio era el águila de san Juan (la gallina, le llamaban) del escudo nacional del régimen militar dictatorial, instaurado a sangre y fuego por mandato divino para salvar a la patria de la perversión de la democracia y la maldición del judaísmo, la masonería y el comunismo, pero aquel escudo había sido derogado y, a falta de broche visible en el ojal de la solapa, llevaba uno inscrito en la cara: “Ustedes pueden mirar lo que quieran, aunque sólo verán lo que yo quiera que vean”.
De la comparecencia a puerta cerrada del superespía K en la comisión de secretos oficiales se filtraron unos centilitros de jarabe de pico para satisfacer a los plumillas. De este modo, los distintos medios de comunicación hicieron saber a los ciudadanos que los servicios de inteligencia manejaban fondos reservados (dinero público sin control de uso) en Suiza. Eso era cierto, pero no ilegal. Además, a nadie podía extrañar la existencia de cuentas en el extranjero, depósitos secretos en el país helvético, transferencias dinerarias y operaciones tan diversas como inconfesables por razón del servicio y siempre, siempre destinadas a prevenir las amenazas y velar por la seguridad de la patria. La seguridad era lo primero. Sin seguridad no había libertad. Y ya sabemos lo cara que es la libertad. Naturalmente, las cuentas secretas se ajustaban a la legalidad; una orden de la presidencia autorizaba a la dirección de los servicios de inteligencia a manejar en Suiza los recursos que el tesoro público ponía a su disposición. Luego ya, si en la denodada lucha contra el terrorismo y la criminalidad organizada, los espías entraban en tratos o trababan negocios con los enemigos, convenía tener en cuenta que siempre, siempre, aquellas operaciones encubiertas se orientaban a preservar nuestros intereses allí donde se vieran amenazados.

La alaraca de los medios de comunicación social sobre las cuentas opacas en Suiza se extinguió enseguida, dando paso a la reflexión serena sobre la corrección de los procedimientos secretos. Sin duda eran tan correctos como convenientes. Incluso si se trataba de fabricar y vender armas, ya fueran prohibidas o autorizadas, tanto daba. Lo único relevante era que aquellos salvajes fanáticos se mataran entre ellos y nos dejasen en paz. Personajes sesudos reflexionaron mucho sobre el asunto. La intensidad de sus reflexiones guardaba una proporción directa con la densidad de los lípidos recibidos para engrasar su intelecto. Los más y mejor engrasados atacaban sin piedad a los pacifistas, gente utópica y descerebrada. Otros se limitaban a lo elemental: si nosotros no vendemos armas, otros lo harán. El mercado es el mercado, si hay demanda habrá oferta. Unos y otros coincidían en que este país no se podía permitir el lujo de prescindir de la boyante industria del armamento que tanto empleo directo e indirecto proporcionaba.
Aquellos tipos pasaban de lo particular a lo general y viceversa, a conveniencia de los engrasadores. “El que paga los violines elige la música”, dijo Lafun después de leer las reflexiones de un ínclito en un periódico conservador (casi todos lo eran). Tilo esperaba alguna opinión distinta, algún escrito que discrepase de la producción y exportación de artefactos para matar. No se produjo. Mala señal.
–¿Es que no quedaban intelectuales honrados?
–Puede que hayan perdido la voz a causa del capital –aventuró Lafun.
–Me resulta muy extraño –dijo Tilo.
–Los silenciosos también comen –repuso Lafun.
En medio de las divagaciones sobre si unos consideraban el capitalismo un sistema del que ya nadie podía escapar y otros también, y lo colocaban en la cúpula celeste, por encima de las ideas y las ideologías, el sabio Compendio volvió al caso y se preguntó quién custodia al custodio. De antemano conocía la respuesta. Su origen ucraniano se la proporcionaba a zarpazos.
–Basta de teorética, algo habrá que hacer –protestó Mala, buscando con la mirada el acuerdo de Terri, que por algo era un hombre de acción. Sin embargo, el coronel permaneció mudo. Entonces Tilo sugirió un jaque mate con las piezas libres de marca. Se refería implícitamente a Lola y a la mamá del loco Liborio, con las que el enemigo custodio no contaba. Sus testimonios públicos y los que podía aportar la gobernanta del manicomio resultarían demoledores para Felonio. Las tres juntas, solas o acompañadas del Gran Simpático y de varios dirigentes de organizaciones humanitarias y pacifistas eran capaces de armar un gran escándalo.
Pero el coronel era partidario de esperar. ¿Por qué causa o razón? Algún signo atisbaba él de que don tancredo podía mover una ceja, o sea, que el jefe del gobierno que dormía la siesta acabaría moviendo ficha para poner broche de plata al asunto.
34.– Broche
Con aquellas secuencias en la mente y un nudo en el rabo para acordarse de que debía pulir la entrega definitiva sobre las averías del general Felonio, Tilo llegó por fin el día de Navidad a la redacción, soltó la mochila, se desprendió de la cazadora forrada con lana de oveja y se puso a actualizar la edición en Internet. Aparte la desgracia aviónica, las noticias del día tan señalado eran las mismas de todos los años. A partir de las diez de la mañana se desperezaban los líderes y portavoces de los distintos partidos políticos y emitían sus comunicados sobre el discurso de Nochebuena del rey. A unos les parecía bien y a otros menos bien. El ejercicio rutinario de poner título y trufar los textos con los consabidos “dijo” y “añadió” y los socorridos “valoró” y “criticó” exigía ningún esfuerzo intelectual y algo de gimnasia dactilar. La monserga siempre era igual a sí misma: el rey de turno seguido pronunciaba su discurso navideño y doce horas después los representantes políticos del pueblo que a todos soportaba interpretaban el fondo y la forma del mensaje regio y emitían su parecer. Ni en Nochebuena ni en Navidad dejaban de dar la barrila.
Anda y que os jodan, se decía el veterano periodista, que, visto el cariz que iba tomando la crisis económica provocada por la gran bola financiera del capitalismo salvaje y sin bozal, ya no dudaba en solicitar la jubilación anticipada. Este va a ser el último año que me amargáis la fiesta, pensaba mientras tecleaba titulares, ladillos, pies de fotos. “¡A la mierda!”, repetía como su admirado José Antonio Labordeta cada vez que pulsaba el nihil obstat a la publicación, que ahora se llamaba “ok”.
No es que le importaran las fiestas navideñas, es que no las había podido disfrutar en casa cuando sus hijos eran pequeños. Y ahora que la cosa no tenía remedio, sentía el remordimiento de los capullos que lo dan todo por el oficio en beneficio de la empresa. Lo suyo, sin embargo, parecía pasable en comparación con la frustración que debían de sentir las dos mozas viejas de la sección de política que habían renunciado a la maternidad por el periodismo (y por no perder el empleo). Las dos se habían vuelto ácidas como la mala leche. Pero la más fea, que era flaca y cetrina y hacía información judicial, soltaba ácido sulfhídrico.
La niebla se iba diluyendo bajo el tibio sol matinal. El día iba lucir hermoso. Los ojos de Tilo pasaban de la pantalla del ordenador al cristal ahumado del ventanal. Su mirada saltaba por la ventana a la acera de enfrente. Le agradaban las siluetas deportivas de las mujeres con suéter fosforescente y mallas elásticas que pasaban corriendo hacia el parque grande. Las iluminaba con su radar como si disfrutara de su anatomía. Quizá llevaba camino de convertirse en un asqueroso viejo verde. Volvía a la pantalla. La corresponsal en Moscú seguía sin dar señales de vida. Iban llegando las primeras columnas de opinión. Las leía, corregía alguna errata y las colocaba enseguida en el lugar habitual de la edición digital. Era una tarea mecánica sin mayor complicación. El Vips de la esquina le tentaba a bajar a tomar un café. Examinó los teletipos, editó la penúltima reacción al monólogo del monarca y bajó.
Se entretuvo algo más de la cuenta, fumando un cigarro al sol, expectorando, probando puntería contra el poste de una señal de la calleja de la vuelta y charlando con una pareja de papanoeles que buscaban donantes de riñones. Cuando regresó a la amplia sala vacía y destemplada de la redacción piaban dos o tres teléfonos a la vez. Empuñó el que sonaba más cercano a la puerta, en una mesa de la sección de fotografía, y colgaron en ese momento. Con el “diga” sin destino encendió el televisor encastrado en la columna más cercana: el concierto de Navidad de la orquesta de Viena. Zapeó: dibujos animados, saltos de esquiadores desde un pico alpino para romperse la crisma. Allá ellos. Una televisora noticiosa de habla inglesa se refería al avión ruso: no había supervivientes. En otra, la felicitación navideña del Papa de Roma desde el balcón palatino del Vaticano. El día estaba tranquilo. Revisó los teletipos: a falta de noticias ofrecían estadísticas. Los periodistas descansaban el día de Navidad sin que la falta de notas y crónicas de actualidad torciera el curso del mundo, señal de que eran al tiempo lo que la chica del tiempo.
Un teléfono volvió a sonar en el fondo de la sala. Que le den. En la redacción central no llegaban hasta las dos de la tarde y si alguien quería algo, que llamara a su extensión, que para eso está activada la señal luminosa. Revisó el correo electrónico por si entraban nuevos comunicados de los parleros de los partidos y sindicatos sobre el mensaje real: nada nuevo. Inspeccionaba las webs de la competencia cuando vibró el impertinente en su bolsillo. Era el Máster:
–¡Oye tú! ¿Qué ha pasado con mi columna?
–Feliz Navidad, jefe. ¿La has enviado ya?
–Hace una hora.
–Sí, aquí está, voy con ella.
–¡Joder! –Gruñó y colgó.
Era un texto jabonoso sobre la soltura y claridad del nuevo monarca, en contraste con el torpe estilo pastoso de su antecesor, al que hasta ayer mismo reverenciaban. Ahora que pinta menos que el poste de una farola sin farola lo trataban como al felpudo y describían cual golfo, putero, cleptómano y vividor. Se notaba que eran críticos, valientes, sin pelos en la lengua ni lenguas en el pelo. Democracia avanzada y libertad de expresión, le llamaban.
En días tan festivos como este de Navidad las horas pasaban lentas, daban mucho de sí. Tilo sintió ganas de mear y enseguida se acordó del texto sobre las andanzas y negocios del jefe de los servicios de inteligencia. Introdujo el lapicero electrónico en el ordenador y se lanzó a la corriente de un relato gélido, cortante, desapasionado sobre el uso y abuso de los locos por parte del general Felonio. El texto comenzaba con el incendio y asalto del manicomio, un acto cruel, carente de trascendencia mediática, cuyo objetivo consistía en hacer salir a los internos y echar mano a los dos señalados como titulares de la cuenta secreta en Suiza y a la gobernanta o directora en funciones, con fines que solo el promotor de la operación podía explicar y se esperaba que aclarase en su momento ante los tribunales de justicia. A aquel exceso añadía la repentina muerte del director del psiquiátrico, fray Cayo Dueño, cuya identidad había sido utilizada también por el general para blanquear la recaudación de sus negocios asquerosos y encubrir sus múltiples propiedades e inversiones como si fuesen de la orden mendicante de San Juan de Dios. El tipo quedaba definido como el “custodio” más peligroso, ladrón, ambicioso y asqueroso que podía tener este país.
Prosiguió el relato con la operación del vaciado del manicomio y el salvamento de los locos, protagonizada por el coronel Terri y sus amigos. A partir de ahí contaba la persecución, traiciones y vicisitudes que había sufrido el agente Diagu Bandiera (en árabe) o Diego Bandera (en castellano), es decir, el propio coronel Laureano Terricabras, ultimado por K, dado por muerto y, sin embargo, resucitado y vuelto a condenar.

La penúltima aportación al relato fue el deceso a cuchilladas de un hombre de edad y características físicas similares a las de Terri. El suceso tuvo lugar en la Caleta gaditana y habría pasado desapercibido para él y el propio Terri si la víctima D.E. no hubiera respondido al nombre de Diego Bandera. El finando estaba soltero y tenía una hermana, una mujer desconsolada. Hasta en esto coincidía con el coronel. Tilo localizó y habló con aquella mujer. Al dolor por la pérdida del hermano mayor con el que vivía bajo el mismo techo sumaba la indignación que le producía la versión policial del móvil del crimen (un ajuste de cuentas entre narcotraficantes), pues su hermano era un honrado pescador que no había probado una droga en su vida y jamás de los jamases, decía, se había mezclado con los del chocolate y toda esa mierda.
La tercera muerte de Diagu Bandiera colmó la paciencia de Terri. El asesinato de una persona inocente, degollada por aquellos fanáticos terroristas argelinos que sin duda querían liquidarlo a él, le empujó a empuñar el bolígrafo y escribir duro y a la cabeza. Envió la carta al jefe del gobierno por correo certificado, con remite desde el domicilio de su hermana. Aunque leyó el texto a Tilo para que eliminara alguna palabra de más o añadiera alguna de menos y le diera su opinión, el periodista ni aprobó ni desaprobó la misiva. Sencillamente era inútil. Un presidente de gobierno que duerme la siesta no lee cartas de desconocidos. Eso pensaba, aunque no se lo dijo. Después de todo, que el presidente se enterara (si quería) de que la sangre había llegado a la Caleta no era un dato menor, sino de mucho interés para el reportaje. Lo añadió con el frío esmero que imponía el rigor. Entrecomilló la frase en la que Terri imputaba la responsabilidad al general Felonio y también la que reclamaba atención y compensación a la desconsolada hermana de aquel pescador pescado a traición.
Tilo no esperaba respuesta. Lógico. El que no lee es como el que no oye y el que no oye no contesta. Tampoco Terri confiaba en obtenerla. Sin embargo, algunos indicios vio él que le indujeron a abstenerse de quemar las naves y achicharrar a Felonio con los testimonios de Lola, la gobernanta y la mamá del loco Liborio, como por dos veces le había propuesto Tilo.
La primera señal de movimiento en las alturas la coligió Terri del hecho de que el general no hubiera vuelto a la carga contra el manicomio. Los pupilos del maestro Malalata se mantuvieron varios días en sus puestos de vigilancia y protección. Lo hicieron con mucho gusto y esmero, pues a la remuneración a cuenta de los fondos de la gobernanta, una buena mujer, añadió Santi Muelles la conquista amorosa de la celadora Fabiola, que tenía cara de alubia pinta alargada y alucinaba con los pequeños inventos del mago. Del bajito Lágar hasta los locos admiraban sus brincos, acrobacias, paseos sobre la soga atada a los troncos de los plátanos y andancias a la inversa (cabeza abajo). Dejaron muy buen recuerdo. Lógico.
El segundo indicio lo atisbó en los titulares de los periódicos sobre la comparecencia del general Felonio en la comisión parlamentaria de secretos oficiales. Con la ayuda del sabio Compendio exploró los archivos gubernativos y descubrió la orden ministerial de la presidencia autorizando al jefe de los servicios de inteligencia a abrir una cuenta numerada (anónima para terceros) en la banca Suiza y transferir desde el Tesoro público los fondos reservados hasta una cantidad de veinte millones de euros, ampliables a diez más en función de las necesidades y obligaciones de los servicios. La disposición de marras llevaba fecha de ayer, o sea, del día anterior a las explicaciones del general a sus señorías. Para Terri, que había sufrido el funcionamiento cicatero de la administración de los servicios de inteligencia, aquella novedad revelaba la existencia de un arreglo entre Felonio y el jefe del gobierno. Hábil, escurridizo y cínico, el general mencionó los depósitos en el exterior como algo añejo y normal, una forma habitual de operar con todos los gobiernos desde los lejanos tiempos de la apertura del país al mundo. A nadie debía extrañar que los servicios secretos tuvieran fondos secretos en Suiza. También la cúpula militar había mantenido durante décadas sus fondos extra, al margen del presupuesto público, en el Banco Federal de Estados Unidos para comprar armamento. Si la prensa se hacía eco, sin duda era debido a la fuga de capitales provocada por la crisis financiera y económica, una evasión masiva que había convertido el castellano en la lengua más hablada en Ginebra, sin contar el dicho popular: “España, capital Suiza”. Claro que Terri veía las cosas al detalle, con lupa de espía y, al contrario que sus señorías, siempre con prisa y siempre preocupadas por su elocuencia, no dejaba pasar una coma por debajo ni por arriba (acento).
El tercer elemento que le llevó a sospechar que don Tancredo había arrugado el entrecejo se lo proporcionó el propio Tilo. El periodista telefoneó varias veces a la desconsolada hermana del pescador gaditano asesinado. Se interesaba por su estado y le preguntaba cómo iban las pesquisas policiales de lo que a su humilde entender era un atentado terrorista. En una de esas, la mujer se refirió a un señor llegado de Madrid. Suponía que había ido a investigar el crimen. Habló con ella y ella le contó la vida de su hermano, sin añadir ni quitar nada de lo que había contado a los demás maderos. Cuando el tipo acabó el interrogatorio tuvo la deferencia de acompañarla hasta la puerta de salida de la comisaría, donde un lotero tuerto ofrecía el número de la suerte para el próximo sorteo de la lotería nacional. Ni corto ni perezoso, el agente compró cuatro décimos al del parche y le regaló dos. Ella se negó a aceptarlos, pero el hombre insistió: “Tenga, que seguro que toca; guárdeselo; nos vemos mañana por la mañana cobrando el gordo en la sucursal del Banco de España de la avenida Cayetano del Toro”. Oye, y tocó. Mil euros al euro, total, cuarenta mil. El propio policía secreto se personó en su domicilio a las ocho de la mañana y la llevó al banco en su coche a cobrar el premio.
Para Terri fue el signo definitivo de un movimiento en las alturas que, a su modo de ver, equivalía al despido de Felonio. Daba por hecho que el jefe del gobierno estaba hasta los cojones de las fechorías de aquel preboste, pero en vez de fulminarle como se merecía, había sopesado la situación y optado por un acuerdo pacífico que permitía al ladino general que lo sabía todo de todos retirarse con la faltriquera llena, la fortuna repuesta en Suiza y alejarse a desvivir lo que le restase de vida donde pluguiese a su patriótica voluntad, a poder ser, lo más lejos posible de la patria. La sustitución se anunciaría en el acto de la Pascua Militar. Su majestad el rey impondría a aquel cabrón la mayor condecoración en tiempo de paz, broche de oro a sus incontables e impagables servicios a la nación.
35.–Caraculiambros
Sobre las tres de la tarde el veterano periodista fue relevado de sus obligaciones editoriales por los colegas de guardia en la redacción central, pero, maniatado al texto, aún se mantuvo hora y media haciendo correcciones, intercalando testimonios, plasmando contextos, colocando ladillos y pensando titulares. Colocó varios títulos, a gusto del consumidor (el redactor jefe, que siempre los cambiaba), despachó el texto al correo electrónico del director y se largó a la calle con el deseo de zamparse un sándwich de vegetal con patatas fritas y una cerveza en el Vips de la esquina.
Ya con el estómago lleno dudó entre irse a casa a dormir un rato o deambular por la ciudad. La tarde soleada y breve invitaba a lo segundo, de modo que compró un par de botellas de cava y unas bolsas de almendras y avellanas tostadas y echó a andar tras los gorjeos de una pandilla de adolescentes. ¿Qué sería de nosotros sin la risa? Juraría que el genial Gila sigue prolongando la vida de millones de congéneres con su humor como un espejo a lo largo del camino. Por eso vivimos tanto, aunque los japoneses duran algo más, según acababa de leer en un teletipo.
En distracciones visuales y mentales de corto alcance llegó al kilómetro cero, muy adornado con altos conos de luces blancas y verdes como si fueran abetos nevados. Se deleitó con la visión de los rosetones navideños con bombillas de colores en lo alto de las rúas siamesas que confluían en la Puerta del Sol y siguió paseando sin prisa hacia la calle Mayor. La transitó de cabo a rabo hasta el Puente de Segovia, cuya barandilla de granito oscuro se hallaba protegida por altas mamparas de metacrilato lechoso para obstaculizar el salto de los suicidas y evitar que cayeran sobre los humanes que pasaban por debajo, por la calle de Toledo, a una profundidad de doscientos metros. La barrera del tradicional suicidadero matritense, con ser una buena instalación, impedía solazarse, asomado a la baranda, contemplando el atardecer. De modo que Tilo pasó el puente y se acomodó en una terraza de las Vistillas a disfrutar de los últimos rayos del sol en compañía de un cilindro de cerveza.
No hacer nada era una forma de hacer muy agradable. Lástima que el astro traspusiera tan deprisa. Retomó el paseo en dirección a la Tabernilla. De camino armó y conectó el impertinente por si tenía algún aviso. Contestó al “feliz Navidad” de Lafun, que se había ido a El Cairo en compañía de su mayordomo Alibombos, con un emoticono y una frase de la famosa novela de Mika Waltari: “Yo, Sinuhé, soy un hombre y, como tal, he vivido en todos los que han existido antes que yo y viviré en todos los que existan después de mí”.
La ventana de la Tabernilla, tenuamente iluminada, indicaba vida interior. Los habitantes eran Terri y Compendio. Los saludó con la fórmula navideña al uso, puso el cava a enfriar, alejó la catalítica y se sentó a observar la refriega sobre el tablero. El sabio estaba arreando una paliza de campeonato al coronel, que solo soltaba el cartílago de la oreja derecha bajo la boina para mover ficha. Cuando se rindió, Tilo le entregó la copia de la penúltima entrega (definitiva, suponían) sobre el enemigo. Brindaron, se desearon salud y bebieron. Después brindaron otra y otra vez (incluso por la ciencia) y volvieron a beber. Tilo aprovechó una pausa del relato de Compendio sobre aquellos tiempos en la antigua Unión Soviética donde un joven investigador como él podía cambiar más de chica que de pantalón para sacar de la nevera la segunda botella de cava y, de paso, armar y conectar el teléfono: esperaba el mensaje de Lola con la hora aproximada de llegada.
En ese instante recibió una llamada.
–Buenas noches, Máster, ¿ha ocurrido algo?
–Oye tú, ¿puedes explicarme por qué cojones no ha salido mi columna? –Le preguntó el delegado con cajas destempladas.
–¡Por Júpiter! ¿Qué me dices?
–Eres un maldito inepto, hijo de puta –profirió a voz en grito.
–La leí, la metí en caja… Si no pulsé el énter debió de ser porque me distraje con alguna llamada, no sé muy bien qué paso.

La explicación y el mea culpa de poco sirvieron; para sorpresa de Terri y del científico Compendio, el Máster abundó en insultos a grito pelado como si el despiste de Tilo le hubiera ocasionado un daño irreparable. Se diría que el muy emberrechinado esperaba alguna recompensa de aquel texto jabonoso sobre el discurso del nuevo monarca, al que llamaban El Preparado.
–Mira, Máster, estas cosas ocurren en los mejores periódicos –dijo finalmente– y no tienen mayor trascendencia. Fue un despiste, una omisión involuntaria, así que en vez de seguir insultándome, llama al compañero de guardia en Barcelona y dile que pulse la tecla de publicación.
–O sea que me quedo sin poder ir a esquiar el día de Navidad y un tonto de los cojones como tú se dedica a joderme… ¡Esta me la pagas, mamón!
–Parece mentira que un columnista tan elegante utilice tan mal los calificativos –dijo Tilo.
–¡Serás cabrón! ¡Te voy a arrancar la cabeza de una hostia!
–No lo creo.
–¡Vente para acá y verás!
–De acuerdo, en media hora estoy en la puerta de tu casa.
Terri rellenó las copas y le recomendó que pasara de ese capullo. Brindaron por las mujeres, lo mejor de la vida. A continuación Tilo se enfundó la cazadora.
–Voy a pegarme con ese, enseguida vuelvo –dijo.
–Pasa de ese gaznápiro –insistió Terri.
–Soy un tipo de palabra.
–Correcto, entonces voy contigo –dijo Terri.
–Y yo también –añadió Compendio.
–Para arreglarle la boca me basto solo –afirmó Tilo.
–Perfecto, no nos metemos, pero te acompañamos –incidió Terri.
Compendio subió, agarró ropa de abrigo y se pusieron en marcha en el bien entendido de que el coronel y el científico permanecerían en el taxi mientras él se pegaba con el Máster. Ordenaron a Delfín que parase en la esquina de la calle, a pocos metros de la casa donde vivía el individuo. Tilo se apeó y pulsó el timbre del piso del sujeto.
–¿Quién es?
–El odontólogo, colega.
Poco después se iluminó el portal y Tilo vio cómo Terri y Compendio bajaban del taxi y se colocaban discretamente junto a la pared. Él se mantuvo frente al vidrio enrejado, dispuesto a recibir a la fiera a puerta gayola. Guardaba en la boca un espeso gargajo bien elaborado y confiaba en la fuerza cegadora de aquel potente argumento, seguido de un guantazo de izquierda al mentón desde abajo y de un directo a las narpias con los nudillos del puño reforzados con la punta de las llaves. El adversario salió del ascensor y avanzó hacia la puerta. Calzaba zapatillas deportivas y guardaba la mano derecha en el bolsillo abultado de la chaqueta de un chándal bien abrochado, como si empuñara un arma corta, un martillo u otro utensilio de ferretería. Abrió la puerta, dio un paso, elevó el brazo con el bulto en el bolsillo.
–Te voy a pegar…
Tilo le estrelló el lapo la frente antes de que terminara la frase y retrocedió a protegerse tras el tronco rugoso de un plátano.
–¡Suelta el arma, cobarde! –Le gritó.
En lo que el Máster maldecía y se limpiaba la mucosidad, el sabio Compendio se hizo visible como paseante, tropezó con él, se disculpó, le preguntó algo en inglés. “¡Lárguese, viejo!” El sabio inclinó la cabeza en señal de reverencia y prosiguió su camino.
El Máster sacó la pipa del bolsillo y avanzó los tres pasos que le separaban del árbol, pero Tilo se había escurrido detrás de un coche de los que allí había estacionados en batería. El Máster se inclinó a un lado y otro a ver si lo veía. Luego, en un instante, pasó a toda prisa entre dos coches, pero en vez de intentar dispararle se quedó inmóvil, hizo un movimiento epiléptico como si le hubieran clavado una estaca en el culo, dio dos o tres botes y echó a correr calle abajo hasta perderse a lo lejos bajo las sombras oscuras de los plátanos.
Tilo aseguraría que le gritó: “¡Cobarde gallina, capitán de las sardinas!”
–Asunto resuelto, vamos –dijo Terri.
–Se ha cagado al verte –dijo Tilo.
–Inexacto, no creo que me haya visto –respondió Terri.
El sabio Compendio volvió sobre sus pasos, mascullando algo en su idioma y riéndose del Máster en fuga. Golpeó el hombro de Tilo y le levantó el brazo en señal de triunfo. Subieron al taxi y Tilo dijo que tenía mucho gusto en invitarles a cenar donde les apeteciera. El taxista Delfín dijo que conocía una sidrería por Cuatro Caminos donde ponían carne y marisco a la parrilla sin subirse a la parra con los precios. Aprobaron su elección.
Ya en la mesa alzaron sus copas de sidra espumosa por las batallas ganadas contra Felonio y contra aquel birria anécdotico, cuya huida no se explicaba sin la presencia intimidatoria del tío de la boina. Terri volvió a negar su influencia en la aceleración del Máster.
–Explícaselo tú –indicó al sabio.
Compendio se desabrochó el botón del cuello de la camisa y adoptó un tonillo profesoral. Resulta –dijo– que el sabio Ruthenford descubrió el paso en línea recta de la mayor parte de las partículas alfa de los rayos a través de la materia. Con anterioridad se sabía que la electricidad existe en forma de partículas, a las que el sabio Stoney dio el nombre de electrones. Después se descubrió que el paso de la electricidad a través de determinados gases no sólo confirma su composición corpuscular, sino que permite estudiar la estructura del átomo. A continuación, las investigaciones dirigidas por Thomson se orientaron a medir la velocidad de los electrones y a obtener algunas aplicaciones prácticas con su manejo.
Delfín y Tilo se miraban sorprendidos. El científico seguía acumulando antecedentes físicos y químicos en un castellano trabajoso, plagado de anglicismos, como quien va cortando flores de aquí y de allá para formar un ramo. Terri estaba en el misterio y prestaba más atención al camarero que al sabio, pero el periodista y el taxista le escuchaban con el afán de quien quiere oír y entender. Compendio proseguía su perorata. “Ahora –dijo al cabo de varios minutos y veinte citas didácticas– los investigadores de física molecular sabemos que las partículas eléctricas o electrones pueden cargar y transportar bites de ultrasonidos, y los investigadores químicos conocemos los efectos sensacionales de dichos ultrasonidos al expandirse en determinados gases, de modo que hoy podemos desarrollar determinadas aplicaciones fenomenales”. Parecía el final de su explicación teórica. Lo era. Miró a Terri, que escanciaba y le hizo un gesto afirmativo con la testa.
Entonces el sabio extrajo de un bolsillo lateral de la chaqueta una especie de linterna cilíndrica y se la mostró.
–Esta es –dijo– mi arma secreta, un percutor de fotones cargados con bites de ultrasonidos; yo le llamo el Percutor de Culiambros.
–¿De culi… qué?
–Culiambros –repitió el sabio con una sonrisa de satisfacción.
–Dinos cómo funciona –le animó Terri.
Mientras el científico hacía espacio en la mesa y colocaba el artefacto sobre una servilleta como si se tratara de un bicho a diseccionar, Tilo escarbaba en su cerebro intentando averiguar donde diantres había oído o leído él aquel “culiambros” que parecía más castellano que ruso y más ruso que inglés.
–El Percutor de Culiambros –dijo el sabio– consta de dos pilas de Volta, una pequeña placa de resina vitrificada con un circuito impreso en oro, gran transmisor. A continuación tenemos un puerto o conexión a un lector de sonido que, para entendernos, no es muy diferente de los que utilizamos en los teléfonos móviles, aunque su complejidad y perfección resulta muy superior. En este puerto insertaremos el pendrive cargado con sesenta y cuatro gigas de ultrasonidos. Aunque podemos cuadruplicar la capacidad y percutir más bites, la carga ha de ser proporcional a los fotones que vamos a lanzar. Esta es el área más compleja del percutor –añadió, delimitando con el dedo índice la zona de la carcasa–. Ahora colocaremos la carga de ultrasonidos –prosiguió, conectando el lapicero electrónico en la ranura del cilindro de aluminio, a modo de gatillo.
–¿De dónde sacas esos ultrasonidos, profesor? –Se interesó Terri.
–Los obtenemos del éter y los sintetizamos mediante una aplicación informática especial que nos permite identificarlos y manejarlos como un documento. Aunque los ultrasonidos son impercetibles al oído humano, miles de especies animales funcionan y actúan gracias a ellos.
–La biología es una fuente inagotable de conocimientos –dijo Delfín.
–Cierto, un gran nutriente de la neurociencia. Bien. Con este botón activamos el paso de los bites de ultrasonidos al circuito impreso que los va a transferir a una micro cápsula al vacío. Si os fijáis, esta rayita roja indica que ya han pasado. Ahora pulsamos este botón y transmitimos la corriente eléctrica de las pilas a la misma cápsula. Si lo hacemos, debemos lanzar el rayo percutor en menos de diez segundos, ya que, de lo contrario, si no liberamos la carga, nos arriesgamos a que se caliente y estalle la cápsula de vacío. ¿Correcto? De modo que una vez colocado el dispositivo y abierto el puerto, si queremos percutir hemos de activar la energía eléctrica y, a continuación lanzar las partículas fotoeléctricas cargadas de ultrasonidos contra el objetivo, para lo cual pulsaremos este botón y lo mantendremos cinco segundos. A partir de ahí cortamos la conexión eléctrica y listo, a comprobar el efecto.
–¿Qué efecto, profesor? –Le preguntó Terri.
–Antes de nada hemos de completar el manejo del Percutor. Como sabemos, la velocidad de la luz y la del sonido son distintas; el sonido es muy cansino, va más lento. Por esta razón y porque la transmisión del sonido es ondular y se pierde con gran facilidad en un soporte unidireccional de fotones, manejaremos el percutor en contacto físico con el objetivo o, en todo caso, a una distancia no superior a diez centímetros. En cuanto al efecto ya habéis visto como corría ese –dijo en referencia al Máster–; sentir andancio, moverse, salir corriendo son las manifestaciones más comunes de los percutidos, aunque hay otras.
–¿Por qué pasa eso, señor Compendio? –Se interesó Delfín.
–El Percutor de Culiambros ha sido configurado para actuar sobre recipientes vulgares de gas metano. Si lanzamos una corriente constante de electrones y protones ultrasónicos contra un recipiente no blindado de gas metano enseguida observamos que los bites de ultrasonidos se desprenden y expanden en el gas en tanto la energía sigue su camino. ¿De qué recipiente hablamos? De la barriga, amigos míos. Sabemos que el intestino grueso produce, contiene y retiene una determinada cantidad de gas metano que se deriva de la transformación del almidón y sus derivados en la glucosa que es absorbida por el organismo. Si percutimos en la zona derecha del bajo vientre, donde tenemos el colon que baja hacia el recto, es decir, el culo, los ultrasonidos agitan el metano, el gas CH4, de una manera hostil e inesperada, lo que produce una punción repentina, seguida de un agudo picor de culo por segundos más intenso y duradero que provoca gestos ridículos en cara y ojos y ese irrefrenable deseo de dar botes y salir corriendo.

Las exclamaciones de admiración de Delfín, Tilo y Terri no desviaron la explicación del sabio en el sentido de que el arma secreta ni era arma, ni causaba daños ni dejaba secuelas. De hecho, el agudo picor de ano duraba lo que tardaba el percutido en soltar la materia fecal. La finalidad original del Percutor de Culiambros consistía, según Compendio, en provocar la hilaridad, manejándolo a diestro y siniestro en recepciones, besamanos y celebraciones televisadas de los poderosos. Si los caraduras de todos los regímenes y países del mundo se reían de los pueblos, iba siendo hora de hacerles saber que la risa es ingobernable y de emplear aquella herramienta para que los pueblos se rieran de ellos.
–La risa no derrota pero desanima –dijo Terri.
–Justicia biológica –apostilló Delfín.
–Me pregunto, amigo Compendio, si ha leído usted El Quijote –dijo Tilo inopinadamente, creyendo haber encontrado el origen del nombre del percutor.
–En inglés y ahora en castellano –dijo el sabio.
–Entonces sabrá…
–Lo sé, amigo periodista: Caraculiambro era el gigante de la ínsula Malindrania que tenía encantada y convertida a la infanta Antonomasia en una mona de bronce. El valeroso caballero lo acometió y lo partió en dos, liberando a la muchacha.
–¿Os imagináis la cara que pondría un necio tan presumido como el señor Trump al sentir de repente un agudo y prolongado picor de ano? –Terció Terri.
–Cara de culo –dijo Delfín.
–Correcto: caraculiambro –ratificó Terri.
FIN
Madrid, enero de 2019

