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Adiós a las armas

La industria del mal ontológico (en sí mismo) se ha desarrollado desde tiempos inmemoriales y ha experimentado en el Reino de España periodos de gran auge y actividad, proporcionando empleo directo e indirecto, a tiempo parcial y completo, a más operarios que algunos subsectores como el del curtido y el calzado, la confección de boinas y sombreros, la carpintería de mimbre y tantos otros. En la segunda mitad del siglo pasado y la primera década del presente prosperó un singular complejo de producción de daño. Lo fundaron en mayo de 1962 en el Monasterio de Bellóc, en Bayona, unos jóvenes barbilampiños dispuestos a correr riesgos extremos.

Sus primeros productos fueron ciertamente defectuosos, si bien, enseguida se capacitaron, se dieron mejor maña y dispusieron de herramientas más perfectas, de modo que la producción de estragos experimentó un salto desde la chapuza al perfecto acabado, desde el sabotaje con llama o sin ella en la mano, al asesinato. La presentación del primer producto de cuerpo presente se registró el 7 de junio de 1968. Después, la actividad fue creciendo, se expandió, aumentó cuantitativa y cualitativamente y fue arraigando.

La producción del mal que reflejan los balances permite afirmar que la actividad hasta la muerte del dictador fue de 43 asesinatos y desde la desaparición de aquel hasta el 11 de octubre de 2011, en que suspendieron definitivamente la producción de daño, ha sido 829 crímenes de otras tantas personas más. La plantilla de activistas a tiempo completo, parcial, eventuales y colaboradores fluctuó en esos 49 años entre mil y dos mil  operarios.

Ni que decir tiene que en el periodo de mayor actividad –lo que se llamó «dinámica infernal» de acción-reacción, en un proceso cibernético imparable– la plantilla de esa industria en la que se ocupaban los que se iban al monte y los encargados de perseguirlos, capturarlos y, en muchos casos, liquidarlos,  fue muy superior a la empleada en las fábricas de Inditex en España, cuyo fundador y promotor, el empresario Amancio Ortega, alcanzaría después el primer puesto en la lista de personas más ricas del mundo.

Sería absurdo negar que el sector del daño y su valor añadido (el miedo hasta la máxima expresión: el terror) ha generado cuantiosos beneficios económicos directos e indirectos, enriqueciendo a personajes de verdadera relevancia patriótica verbal. El sector del mal siempre ha movido mucho dinero, y el del mal absoluto, mucho más. La mencionada industria llegó a ser un valor tan seguro que no estaría de más recordar las protestas gubernamentales cuando los promotores renunciaron al mercado catalán de acuerdo con un tipo del gobierno autonómico que se llamaba Carold Rovira. Incluso, cuando decían que ZP negociaba el cese de la actividad, se organizaron procesiones masivas exigiendo a gritos («Con Zapatero, como con su abuelo») que fuera fusilado.

Ahora, ante la entrega definitiva de las armas, anunciada para el 8 de abril por los sucesores de los promotores de aquella actividad que tanto daño ha causado, parece llegado el momento de preguntarles qué habría ocurrido si todo el derroche de vidas y energías dedicadas a la producción del mal se hubieran orientado, como hizo el señor Ortega, a la confección de ropa para vestirnos e ir elegantes. Y quien dice ropa para el cuerpo, dice nutrientes para el intelecto, que buena falta nos hacen. Se cierra una época de la que algunos se resistían a separarse y no volverá aquel «terrorismo de baja intensidad» con el que otros soñaban para seguir forrándose. Por su reacción los conoceréis.