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C5.-El tesorero se indigna

Novela de primavera por entregas (1ª parte: Corre, huye, desaparece)

Un cigarro habano y un whisky de doce años para deleite del tesorero

Merche y Tilo agradecieron la información y se despidieron del confidente Bellotas con el compromiso renovado de mantener la confidencialidad hasta que, llegado el caso, acudiera a declarar ante el juez si don Álvaro o su sobrino lo pedían. Merche se mostró animada:

–Tenemos a un sospechoso, y un sospechoso sólido.

Tilo asintió pro forma. “Demasiado fácil y demasiado rápido”, se dijo. Mientras caminaban hacia la Gran Vía en busca de un taxi, telefoneó a su señoría, le participó a grandes rasgos la información obtenida y le pidió una orden de intervención de los teléfonos del sospechoso, nada menos que el administrador del partido conservador.

–Me resisto a creer que el asesinato político sea algo más que una metáfora –dijo la juez.

–Eso mismo pensamos nosotros –respondió Tilo–, pero ya lo ve, doña Goyi: la ambición, el ansia de poder no se para en barras. Necesitamos intervenir los teléfonos del sospechoso –añadió.

La magistrada dudó un instante.

–Supongo que sus fuentes son fiables –dijo.

–Creemos que sí, aunque errar es humano. De todos modos tenga la certeza de que no la molestaríamos si no fuera imprescindible.

–Lo sé, inspector. Pero tenga en cuenta que nos vamos a meter en un jardín muy peligroso.

–Somos conscientes de ello, doña Goyi, y esperamos que los resultados sean suficientes para no llegar a pedirle permiso para pinchar el teléfono del jefe máximo del partido.

Su señoría mantuvo el suspense varios segundos antes de dar su conformidad.

–Está bien, les daré una intervención de una semana.

–¿Podrían ser dos? Andamos mal de personal –alegó Tilo,

–Una. Mándeme la petición por escrito.

–Siempre a sus órdenes, doña Goyi.

En marcha hacia las dependencias policiales, Merche llamó desde el taxi al tesorero don Álvaro, pero no consiguió hablar con él: se encontraba reunido. Era la forma de encontrarse de la mayoría de los altos cargos, de modo que la subinspectora indicó con tono enérgico a la persona del otro lado de la línea que tuviera a bien hacerle llegar el recado de parte de la policía. “Es urgente”, remarcó.

Ya en la oficina cursaron la petición de intervención telefónica, de los videos de la entidad financiera y confiaron en que los ojos fijos de las cámaras de la sucursal bancaria de la esquina de la calle del filósofo con Castelló, médico de cámara del Rey felón, hubieran registrado los hechos a la luz de las farolas y les permitieran ver las fauces de aquellos salvajes. Cinco minutos después recibieron el visto bueno de su señoría, la diligente doña Goyita.

Quien no respondía al recado de Merche era el tío de la víctima. El tesorero Álvaro Poterna debía de estar muy ocupado, velando por el tesoro. Tal vez no había recibido el aviso policial. Merche volvió a llamar, pero la secretaria ya no estaba, había salido a almorzar. En lo que Tilo cumplimentaba a la comisaria, la subinspectora se pasó por el gabinete de escuchas (Servicio Técnico, según el letrero de la puerta), entregó al jefe Verdú las órdenes de intervención, pidió al pequeño Oliveras el número de teléfono móvil del preboste conservador, esperó a Tilo en el pasillo y salieron a almorzar.

De camino hacia el restaurante Santa Engracia, en la calle del mismo nombre, Tilo participó a su compañera la preocupación de la comisaria por encontrar cuanto antes alguna pista sobre los malos. Más que una preocupación propia, le venía inyectada por el jefe superior, confesó. Era lógico que al jefazo Angulo le preocupara la seguridad de los poderosos correligionarios que le habían aupado al cargo. Además de ordenarle que espoleara a los investigadores, el superior le había transmitido la posibilidad de que se tratara de un atentado terrorista.

–¿Terro…qué? –Se extrañó Merche.

–Lo que has oído.

–¡Anda ya!

Tilo guardó silencio. Su intuición apuntaba a una venganza personal. Estafa, cuernos, alguna denuncia judicial con petición de encierro en el hotel rejas… Pero la hipótesis de que el “alcantarillazo” del brillante ejecutivo Juanpe Perrote Poterna fuera obra de una célula de islamistas fanáticos, manejados por alguna rama de Al Qaeda, le parecía muy extraña.

A Merche también le resultaba increíble, aunque lo pensó un poco y admitió que era una hipótesis factible.

–Si tenemos en cuenta –dijo– que esos hijos del demonio han cometido atentados con machetes y empleado furgonetas, bombonas de gas butano… ¿Por qué no pueden utilizar las alcantarillas? El término “infierno” significa zona inferior y, después de todo, las alcantarillas son el conducto más evidente y directo para enviar infieles al infierno.

Mientras caminaban, Merche volvió a llamar al señor Poterna. El número de teléfono portatil que le había proporcionado el documentalista Oliveras era bueno. El tesorero respondió enseguida y, por supuesto, se mostró dispuesto a colaborar en la investigación de la intentona fallida de asesinar a su sobrino, con el que almorzaba en ese momento en el restaurante del hospital. El veterano político correspondió al interés de Merche sobre la salud de su sobrino diciendo que esperaban el alta médica a primera hora de la tarde. De hecho ya le había equipado con un par de muletas y sólo le faltaba el papel del médico para llevarle a casa. A partir de ahí quedaba libre para la entrevista con la investigadora. Puesto que no se trataba de una declaración formal, el tesorero le dio el nombre de un pub cercano a la sede del partido, sin apenas clientes a media tarde.

Tilo consideró innecesario acudir a la entrevista con el preboste político. Sabía por el amigo Fiol que no había alerta interna por terrorismo islamista, pero si los jefes decidían que el ataque al sobrino del tesorero del partido gubernamental era obra de una célula durmiente, sería terrorismo. Y si la decisión era firme, entonces el caso pasaría a los especialistas en información e investigación antiterrorista, que para eso estaban y disponían de muchos más medios. Los atentados provocan gran alarma social, los homicidios, no. Sin embargo, Merche quería que Tilo la acompañara. “Cuatro oídos oyen más que dos y además quiero que analices su actitud y las expresiones no verbales”, afirmó como quien obliga a un niño a comerse el potaje. Tilo cedió.

Llegaron al pub a la hora acordada. Estaba vacío. Un sonido de fichas de dominó, procedente de una de las mesas protegidas por biombos emplomados con cristales de colores les avisó de que no estaban solos. Merche lanzó un “hola” y apareció un camarero alto y joven, los músculos marcados en una ajustada camiseta negra con el anagrama de la casa. Pidieron dos tónicas y apoyaron sus traseros en sendos taburetes ante la barra. Músculos les miró con aparente desinterés. “Estamos esperando a alguien”, le informó Merche. El joven asintió y regresó a su partida de dominó. Cinco minutos después entró un hombre de edad mediana, echó una ojeada al local, se apostó en una esquina de la barra, pidió un chupito de whisky y tecleó en su teléfono móvil. Se le notaba el bulto de la pistola bajo el sobaco izquierdo a pesar de su holgada chaqueta. No tuvieron duda de que era la avanzadilla protectora del tesorero, quien apareció poco después.

Merche y Tilo se incorporaron, le saludaron y le mostraron la placa para que no tuviera duda de que eran agentes policiales. El tesorero Poterna, traje gris de verano, corbata azul clara sobre una camisa blanca, pertenecía a la especie de los biotipos que se mantienen estables a partir de los sesenta años. Músculos le preguntó con la vista y él respondió:

–Si, lo de siempre, Wences.

–¿Otra tónica? –Inquirió Músculos mirando por encima del hombro a la pareja.

–Dos vasos de agua fría si es posible –dijo Merche.

El señor Poterna condujo a los agentes a un altillo situado tras un tabique detrás de la barra, una especie de reservado en el que había un sofá de cuero marrón con forma de labios y un tresillo de tela de saco con forma de ele. El centro estaba ocupado por una mesa baja, alargada y cubierta por un latón con forma de pequeño femenino que descendía desde el pezón. “Una horterada mayúscula”, se dijo Tilo.

–Bueno pues vosotros diréis en qué puedo ayudaros –dijo el tesorero tras sentarse en el sofá de labios y sacar del bolsillo superior de su americana una petaca de habanos. Eligió uno de media duración. Merche disparó:

–Como le comenté por teléfono, cualquier detalle, por insignificante que le parezca, puede resultar vital para echar el guante a los agresores de su sobrio Juanpe. ¿Le vio preocupado o inquieto en los últimos días?

–No especialmente.

–Tengo entendido que residen en el mismo domicilio…

–Si, en la misma casa; aunque yo en el primer piso y él en la segunda planta, donde tiene su vivienda y un apartamento dedicado a su oficina.

–¿Le veía a diario?

–Sí, solemos cenar juntos en mi casa todos los días menos los fines de semana, en que él suele ir al campo o a Logroño a ver a su madre. Bueno, y lógicamente no nos vemos si él o yo estamos de viaje. Pero sí, hablamos todos los días.

–¿Tenían gran confianza mutua, entiendo?

–Plena. Date cuenta que era un crío cuando murió su padre y yo lo adopté, lo eduqué y lo trato como si fuera hijo mío. De manera que sí, no hay secretos entre nosotros.

–¿Le comentó si había recibido alguna amenaza?

–No, y no creo que le hayan amenazado; me lo habría dicho.

–Quizá no quería preocuparle. Es usted un hombre mayor y a determinada edad hemos de cuidar la patata –argumentó Merche en referencia al corazón.

–Mi querida amiga, esa posibilidad existe, pero debo decirte que mi patata funciona como un caballo de carreras, así que puede descartarla.

Músculos depositó una bandeja en la parte llana de mesa de teta con una botella de whisky, jarrita y dos vasos con de agua, una cubitera con bolas de hielo y un vidrio fino y ancho para el Black Label de doce años. Dejó asimismo una cesta de alambre provista de tacitas redondas con almendras, avellanas, pistachos, chufas y otros frutos secos. Merche esperó a que el señor Poterna se sirviera su dosis y saboreara el trago.

–Don Álvaro, ¿se ha preguntado quién puede querer tan mal a su sobrino para intentar asesinarlo de una manera tan horrible? ¿Qué explicación encuentra usted a tamaña atrocidad?

El tesorero depositó el vaso en la bandeja y mantuvo un largo silencio. Merche aprovechó para beber un sorbo de agua y llevar un trozo de nuez a la boca. Finalmente el tesorero dio una poderosa calada a su puro y dijo entre humo:

–La verdad es que no me consta que Juanpe tuviera algún enemigo que pudiera llegar a ese extremo. De hecho, dudo que tenga enemigos. Es un hombre íntegro, con una ética profesional en su trabajo y una transparencia extraordinaria. Los clientes le aprecian, le estiman… Se puede decir que no podrían vivir sin él. ¿Por qué entonces querrían hacerle desaparecer? No, no tiene ningún sentido. Y eso que la administración de capitales y las inversiones son una tarea compleja, en la que unas veces se gana y otras se pierde, aunque, creame, mi querida amiga, Juan Pedro es un experto extraordinario y rara es la inversión de la que no obtenga rentabilidad.

–Muchas gracias, don Álvaro, por su firme apreciación. Damos por supuesto que es una persona horada, un profesional incapaz de trampear a cliente alguno. Sin embargo los enemigos no se manifiestan de frente, van por detrás y, por otra parte, hemos de tener en cuenta que este es el país de la envidia y cualquier agravio puede tener consecuencias. Le ruego que repase con su hijo/sobrino esa eventualidad.

El tesorero dio otra enérgica chupada al habano. Iba a decir algo cuando una mujer madura, de pelo rubio, adornada como un pino de navidad, subió los seis escalones del altillo y saludó al tesorero:

–¿Qué tal, Álvaro?

–Bien, Esterín, aunque podría estar mejor –respondió el tesorero.

La mujer se interesó por María Jesús y los policías supusieron que se trataba de una novia del preboste.

–Bien también. Me ha dicho que no va a venir. Con este calor, uf, luego te cuento.

La mujer era la dueña del establecimiento. Incumplía la ley y permitía fumar. Cruzó dos palabras más con el cliente habitual y se retiró escalera abajo. Merche retomó la cuestión y el señor Poterna se encogió de hombros al reiterar que su pupilo carecía de enemigos y no se le alcanzaba quien diablos quería atentar contra él ni por qué.

–Él mismo le ha explicado a su compañero –añadió mirando a Tilo– que los atacantes se equivocaron de persona y son terroristas y les da igual una persona u otra. El caso es atemorizar a la sociedad.

–Antes de seguir adelante me gustaría que reflexionase sobre si algún adversario interno, de su partido, puede estar detrás de la agresión a la persona que considera su hijo para dañarle a usted. En política y con un cargo tan importante como el suyo no faltan enemigos. ¿Cierto?

–He pensado en eso y puedo decirle que se equivoca; yo dejo el cargo de tesorero en el próximo congreso del partido, en un mes, más o menos, y el presidente, que renovará el mandato, nombrará a otra persona. Yo no soy importante ni tengo enemigos tan malvados y feroces, créame. La impresión, ya se lo he dicho, es que los autores eran terroristas –reiteró, mirando al inspector.

En ese instante Tilo rompió su silencio, aceptó la hipótesis del interlocutor (también de la víctima), pero se refirió a los preparativos y las vigilancias, dando a entender que los malos habían elegido de antemano al hombre contra el que atentaron con una acción sorprendente y bien calculada. Las palabras de Tilo disgustaron al tesorero. Tanto daba, pues el preboste había dado signos evidentes de su negativa a colaborar con la investigación.

–Comprenda, señor Poterna, que hemos de considerar todos los ángulos de una cuestión tan poliédrica como la que nos ocupa –se justificó Tilo–, comenzando por la más verosímil, sin descartar otras. Y comprenda también que mi entrevista con su sobrino fue muy liviana. Acababa de sufrir un trauma y toda la delicadeza de trato es poca. Si nos puede ayudar, estoy seguro que lo hará.

El tesorero inclinó el torso hacia adelante para alcanzar el vaso, movió los cubitos de hielo y bebió un sorbo largo de whisky. Se limpió las fauces con una servilleta de papel blando y floreado, y pegó varias chupadas al Partagás. A continuación dijo:

–Me temo, amigo Dátil, que no voy a ser de mucha utilidad para vuestras pesquisas.

–Desde luego que sí; su disposición a ayudarnos ya nos es útil. Antes ha dicho a mi compañera que su relación con Juanpe es de confianza plena y que se ven y hablan todos los días. Incluso su sobrino colabora con usted en alguna misión relacionada con la financiación del partido.

–¿Quién le ha dicho eso? –Reaccionó el tesorero.

–Me lo insinuó él durante nuestra entrevista.

–Hombre, tanto como misiones no, pero alguna vez me ha ayudado.

–De qué modo –incidió Tilo.

–Digamos que me ha hecho alguna gestión, algún recado de poca importancia cuando se lo he pedido y sí, me ha ayudado gratis et amore cuando me ha visto desbordado.

–¿Podríamos decir que se ha ocupado de pasar la minuta del partido o el maletín para que lo llenen de billetes verdes esos empresarios y representantes de las grandes corporaciones a los que el Gobierno favorece con contratos de obras y servicios multimillonarios?

–Oiga, Dátil, eso es una insolencia, una afirmación inaceptable.

–Ya sé, señor Poterna, que los partidos políticos tienen financiación oficial del Estado, o sea, de todos los ciudadanos. Pero también reciben donativos, ¿verdad? Y donativos millonarios e interesados.

–Le repito que sus afirmaciones son insolentes y falsas. Los donativos, los pocos que hay, son legales y transparentes. La ley es muy estricta en esta materia.

–¿Me está diciendo que no funcionan por detrás?

–En absoluto –afirmó el tesorero en tono cortante.

–Bueno, usted sabe igual que nosotros que los países más corruptos suelen ser los que más leyes tienen y que en materia de adjudicaciones de obras, contratas y servicios, la corrupción es sistémica en este Reino. Desconozco la dimensión y el alcance de los manejos ocultos, pero de antemano sabemos que quien funciona por detrás puede morir por la espalda.

–Mire, Dátil, no me toque los cojones; no sé adonde quiere llegar, pero le aseguro que se equivoca. Si no fuera usted policía, le partía la cara ahora mismo.

El tesorero había enrojecido de ira. Merche le pidió que no se enojara, pues su compañero siempre se situaba en los extremos. Tilo la interrumpió:

–Señor Poterna, estamos investigando la agresión a su sobrino, de modo que seria bueno que considerase la posible autoría inducida por algún pagano agraviado. Usted me entiende. Tiene nuestras tarjetas y si puede hacernos llegar alguna sospecha fundada en lo dicho, sería de gran ayuda. Es posible que la agresión a su ser querido haya sido perpetrada por alguien que pretendía darle un aviso a usted.

Tilo se incorporó, Merche le secundó y agradeció la atención del tesorero, quien hizo ademán de incorporarse, aunque permaneció sentado y les despidió agitando el brazo a mano vuelta como quien lanza un sopapo.

Comentaron la jugada mientras caminaban con la vista puesta en la calzada por si pasaba algún taxi libre. Tilo era pesimista. Poco o nada cabía esperar de aquel tipo. Merche, en cambio, funcionaba con la esperanza de obtener algún resultado de la brusca aproximación al sujeto.

–Has conseguido soliviantarlo, pero has dejado el anzuelo.

–No picará, son gente falsaria y hábil –afirmó Tilo.

–Ya veremos –confió Merche.

Tilo se despidió de su compañera en Cibeles, se apeó del taxi y cruzó hacia la parada de autobuses. Tuvo la impresión de que la jornada había sido tan intensa como improductiva. Miró los edificios de la calle de Alcalá y se acordó de León Trotski, quien escribió unas notas en 1909, cuando llegó huyendo de Francia, en las que afirmaba que la banca está edificando grandes catedrales en Madrid. Catedrales del capitalismo, una religión que al paso del tiempo demostró más resistencia y mayor eficiencia que el credo comunista presentado por Carlos Marx y Federico Engels como aquel fantasma que recorría Europa y ya sabemos como acabó.

Al hilo de su divagación sobre la habilidad del capitalismo para manejar el Estado y la torpeza del comunismo al apoderarse de él para manejar a la población, Tilo no tuvo más remedio que reconocer que el primer y casi único sistema económico y social convertía en una estupidez la hipótesis proferida ante el tesorero. Desde luego, si algún gran donante, por no decir corruptor, se sentía agraviado o frustrado por las decisiones de los dirigentes del partido gubernamental no iba a morder la mano del amo que le daba de comer. Si el agraviado no recibía hoy la adjudicación de alguna contrata de obras o servicios, la recibiría mañana o pasado mañana.

Tilo bajó del autobús, miró los mensajes y llamadas perdidas. Había sentido las vibraciones del inoportuno en su bolsillo, pero no solía hablar por teléfono en los transportes públicos. Mientras se acercaba al supermercado respondió al titular del número desconocido. Era Juanpe Perrote Poterna. Le llamó para quejarse del trato a su tío Álvaro y para desmentir la insinuación de que realizaba misiones para él relacionadas con la financiación del partido.

–Nos ha tratado como si fuésemos delincuentes –afirmó Juanpe.

–Nada más lejos de mi intención –respondió Tilo.

–Mi tío se ha sentido muy mal con sus preguntas. Y además le ha mentido sobre mí, así que no tengo más remedio que elevar una queja por su comportamiento poco decoroso, por no decir insultante e indecente.

Tilo reconoció para sí la razón que asistía al superviviente del alcantarillazo y, consciente de que mañana ya no habría caso, encajó las descalificaciones y se limitó a contestar que estaba en su derecho, si bien, ya había advertido a su tío que los investigadores debían de considerar todos los ángulos del poliedro, incluidas las supuestas actividades nom sanctas. Se despidió de Juanpe no sin antes preguntarle si había recordado algún detalle nuevo sobre los momentos de la agresión. “No, nada nuevo”, respondió.

Tilo entró en el supermercado, compró cerezas, naranjas, patatas, cebollas, tomates, pimientos, lechuga, zanahorias, macarrones, pollo y una bandeja de chuletas de cordero. Prepararía una tortilla de huevos con patatas y migas de atún para cenar y cocería medio pollo y varios puñados de macarrones para dar de comer a Mingus dos o tres días. Era lunes y evitó pasar por la pescadería. Añadió dos cartones de leche desnatada a la cesta rodante, pagó y se dirigió a casa. Antes de llegar al tercer piso (sin ascensor), oyó a Mingus ladrar y gemir de contento. Amali salió de su cuarto de estudio, le saludó y le preguntó cómo le había ido.

–Ni fu ni fa; por lo demás, como siempre –dijo el–; coloco las cosas en el frigorífico, pongo a hervir el pollo con macarrones para Mingus y nos vamos a dar un paseo.

–Vale –aceptó Amali–, me cambio de ropa.

Mingus estaba impaciente por regar los árboles de parque. Bajó la escalera a toda mecha, con riesgo de atropellar a algún vecino. En ese momento, Tilo recibió un mensaje por wasap de la comisaria: “Pásate por mi despacho a primera hora”. Dedujo la reprimenda y respondió: “A sus órdenes, jefa”.

Aquel atardecer Amali se abstuvo de utilizarle de sparring de sus memorizaciones de derecho procesal; en vez de eso, pidió a Tilo que le contara cómo había abordado el caso. Dieron dos vueltas al parque y se sentaron en la terraza de El Dulce a tomar un refresco. Amali se hallaba impresionada por la malvada ocurrencia de los agresores. Coincidió con Tilo en el descarte de una acción terrorista. Por el contrario, le pareció una venganza en toda regla, bien estudiada, calculada y ejecutada. Una vendetta de libro.

Tilo reconoció reconoció sus fallos: había quedado corto en la entrevista con el sobrino y se había pasado de la raya con el tío. Pero Amali le concedió el beneficio de la duda, pues los corruptores forman parte de la realidad y lo que es peor, cada vez son más y se extienden por todos los sectores. Y si hay corruptores quiere decirse que hay corruptos en los ámbitos del poder político y las administraciones públicas.

–Al tío ese no debería extrañarle que los investigadores de una agresión tan fuerte contemplaran la hipótesis de una represalia –dijo Amali.

–Son políticos, o sea cínicos –dijo Tilo.

–Ya, pero dónde se ha visto que en vez de colaborar con la investigación, un tío tan recto e importante como el tesorero se muestre capilingue y amenace y denuncie al investigador.

–¿Qué quieres decir con capilingue?

–Con capilli linguae, con pelos en la lengua –aclaró el latinajo–; lo lógico sería que hubiera hablado con vosotros sine mincing verba.

–¿Qué?

–Sin pelos en la lengua.

–Ah, ya… Mi impresión es que no les interesa que se investiguen los hechos ni que localicemos a los autores. Prefieren tapar el tema y oscurecerlo como cuadro medieval.

Quince minutos después, cuando subieron a casa, Tilo, que había dejado enchufado el teléfono para recargar la batería, comprobó que tenía una llamada del pequeño Oliveras.

–¿Qué está pasando?

–Han traído el video de la sucursal bancaria del “caso Perrote” –le informó Oliveras.

–¿Lo has visto?

–Muy por encima. Se ve a una tía acercarse a la víctima y a unos tíos que le agarran por los brazos, lo inmovilizan, le meten una bolsa negra por la cabeza y lo empujan hacia la calzada hasta que desaparecen de la escena.

“¿Dónde se ha visto a una mujer en un comando yihadista?”, se preguntó Tilo.

–¿Estás seguro de que hay una mujer?

–Si, es una joven rubia… Se la ve acercándose a la víctima como para pedirle fuego.

–¿Podría ser un hombre disfrazado?

–No parece, jefe.

–Gracias, Oli, eres estupendo.

–Eso decía mi abuela. De todos modos no te hagas ilusiones, no se les ve la cara –añadió el documentalista.