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‘La verán mis ojos’ (VIII): «Despegue y caída vertical»

Instantánea cinematográfica de la voladura
Instantánea cinematográfica de la voladura

Por KEY GOOD

8.–Despegue y caída vertical          

La tristeza por lo que estaba ocurriendo en Chile, donde tenía amigos republicanos de su tiempo –los tiempos del Winnipeg–, avinagraba el carácter jovial del viejo Nequin. Las noticias que leía en los ejemplares atrasados de Le Monde que le proporcionaba el corresponsal del periódico francés cuando pasaba por la Cuesta, José Antonio Novais, al que todos llamaban Nové, sobre las matanzas y desapariciones de cientos de demócratas, socialistas, comunistas, jóvenes, mujeres y viejos que perpetraba aquel general Pinochet, el gorila golpista que había asaltado el poder con la ayuda norteamericana y bombardeado el palacio de La Moneda, donde el presidente socialista Salvador Allende se quitó, dignamente, la vida y negó al criminal el placer de humillarle y asesinarle, le sumergían en una tristeza profunda de la que a veces emergía con manotazos de indignación y mal humor. Era como si se hubiera intoxicado con una extraña combinación química de impotencia y furor o como si padeciera una resaca de mil demonios, que no acababa de superar. Pero aquella mañana de diciembre, neblinosa y fría, cuando Lucas agarró el teléfono y escuchó su voz, le pareció el ser más animado del mundo, demasiado alegre tan temprano.

La cocinera Tinina se había asomado a la trampilla de la cueva, donde Lucas rellenaba botellas de vino, para gritarle que acudiera al teléfono. Él se asustó; nunca nadie le había llamado por teléfono desde que estaba en Ursaria y supuso lo peor: que a su hermano Richard o a la tía Zulaica les había ocurrido algo malo. Luego, al oír la voz del viejo librero Nequin, se tranquilizó.

–Muy buen día, muchacho… ¿Conoces la noticia?

–¡Joer, don Nequin, menudo susto me ha dado! Pensé que…, bueno, buenos días tenga usted.

–¿Entonces no sabes la noticia?

–¿Qué noticia, don Nequin?

–Hoy es un buen día, muchacho, pero te llamo para que conozcas la verdad y tengas mucho cuidado. Han volado al presidente del Gobierno y los ultras están rabiosos.

–¿Volado al presidente del Gobierno? ¡Joer, don Nequin..! Eso si que es…

–Un notición, ¿verdad? Bueno, como hoy no voy a abrir, he decidido invitarte a comer en mi casa.

–No sé, no sé, don Nequin.

–Te vienes; Luisa y yo te esperamos –Y colgó sin aguardar respuesta.

Lucas informó al jefazo Marzo de que habían volado al jefe del Gobierno y el jefazo prendió la radio. A esa hora sólo decían que se había registrado una fuerte explosión que podía ser de gas ciudad en la calle de Claudio Coello de Madrid y que la policía y los bomberos estaban investigando el percance. Poco después dijeron que se trataba de un atentado, al parecer dirigido contra el gobernador militar de Valladolid. El jefazo exclamó: “¡Menos mal!” Pero Raba, que se había unido al conciliábulo, razonó que si el atentado iba contra el gobernador de Valladolid, lo lógico es que lo hubieran hecho en Valladolid. Tinina le dio la razón. El jefazo Marzo ordenó: “Cada cual a lo suyo”.

Poco después entró Olegario más agitado que de costumbre, en compañía de su somnoliento amigo Rodoviario, y pidió una copa larga de coñac “para pasar el susto”. Olegario era un tipo como de cuarenta años, de complexión fuerte, cara ancha, ojos grandes y castaños, cejijunto, voz rota de marinero y manos como palas. Su amigo Rodoviario era más frágil y elegante. Conducía trenes nocturnos de mercancías y por eso le llamaban Rodoviario. También pidió coñac, pero no tanto. Olegario vació la copa de un trago, carraspeó y pidió otra. Raba le hizo saber que era muy temprano para soplar tan deprisa y le preguntó si le había ocurrido algo.

–¡Larrehostia, Raba, ha sido larrehostia!

–¿El qué, chico?

–Acabo de ver volar por los aires al jefe del Gobierno, el Carrero ese. Se lo estaba contando aquí a éste –dijo con un gesto de cabeza hacia Rodoviario.

–El muy cabrito me ha sacado de la cama –ratificó el ferroviario.

–¿Entonces es cierto que era el jefe del Gobierno? –Preguntó Raba.

–Tan cierto como el que se saca un ojo y queda tuerto, la hostia…

–En la radio dicen que fue el gas.

–¿El gas? ¡Qué sabrán esos!

Y Olegario, que era electricista de altura, se puso a contar que llevaba desde las siete de la mañana encaramado en lo alto de un edificio de la calle Diego de León, reparando un anuncio luminoso de la compañía aviónica nacional cuando, a eso de las nueve, más o menos, sintió la gran explosión, “un zambombazo de la hostia” que hizo temblar el edificio y le atronó y le obligó a asirse con más fuerza a la estructura de metal. “Pensé que era el fin del mundo y que el invento se venía abajo. Por encima de la polvareda vi un coche oscuro que subía p’arriba y de pronto desaparecía. Entonces me dije: lahostia Ole, ve a ver si hay heridos que socorrer, y me descolgué a la azotea, me quité los arneses, salí del edificio y eché a correr calle abajo hacia el lugar de la explosión, en Claudio Coello, detrás del edificio de los jesuitas. Me até el pañuelo al cuello para taparme la boca y la nariz de la polvareda y me lancé al rescate hasta el mismo lugar de la explosión, pero allí no había heridos que socorrer, sólo cristales y cascotes y algunos coches abollados patas arriba y un orificio de la hostia en el centro de la calzada”.

–¿Ningún herido? –Se quiso cerciorar Raba.

–Ninguno vi.

Olegario apuró la segunda copa y Raba le sirvió otra. El Rodoviario escuchaba el relato del amigo y puesto que ya lo conocía, empuñó su copa y se alejó a sentarse ante una mesa vacía. Algunos parroquianos que iban llegando se quedaban mirando a Olegario y se acercaban para oirle mejor.

El electricista de altura siguió contando que el destrozo era grande y que algunos vecinos comenzaba a asomarse, muy asustados, a las ventanas y que él gritaba entre la polvareda y el humo si había algún herido que socorrer, pero nadie le contestaba, ni oía quejidos ni gritos de auxilio como suele ocurrir en estos casos. Si hubiera habido heridos o muertos los habría visto, qué duda cabe. “Me refugié en la entrada de un portal cercano y cuando la polvareda se fue despejando, calibré el socavón que dejó la explosión, que era como un cráter de ocho metros de diámetro, más o menos, y comenzaba a llenarse de agua. Algunos vecinos decían que había sido el gas, que había estallado. Pero qué gas ni narices: allí olía a dinamita que apestaba. Se notaba a distancia el olor de la pólvora y se veía que aquellos ricachos ridículos se habían librado de la mili. Allí había petado una bomba, un bombazo del carajo.

Y aquel bombazo se había llevado por delante, o, mejor dicho, hacia lo alto, el coche del señor presidente del Gobierno, almirante don Luis Carrero Blanco. ¿Que cómo hostias supe que era el presidente del Gobierno y no aquel gobernador militar de Valladolid o lo que fuera del que hablaba la radio..? Porque allí mismo, antes que la radio, me enteré yo.

Enseguida se formó una manganera de lahostia –siguió contando–; llegaron los guindillas, los bomberos, los grises, los de la secreta…, sirenas y más sirenas… Total, que como yo allí no pintaba nada porque no había heridos que recoger, me dije: “Ole, a lo tuyo”, y me volví sobre los pasos hacia la calle de Diego de León. Pero en esas, dos guripas me echaron el alto y me preguntaron que si tal que si cual. Yo les conté lo que había visto. Uno me preguntó: ¿Está usted seguro de que vio un coche subir por los aíres? Le dije que sí. ¿Negro u oscuro? Más negro que el culo de un grillo, le dije exactamente. ¿Un Dodge Dart negro?, afinó el guardia. Dodge Dart no sé, pero negro, seguro. Entonces se miraron uno a otro y comentaron algo en voz baja, aunque lo suficientemente alta para que yo me enterara de que andaban buscando el coche del señor presidente… Les pregunté ¿qué presidente? Y uno me contestó de mala manera, a lo que dije yo: “Tiene usted razón, con Dios, señores”. Pero me ordenaron que no me moviera de allí, y allí me quedé. Y al poco oí que les comunicaban por el dalkie tralki que habían encontrado el coche del señor presidente del Gobierno en la terraza interior del edificio de los jesuitas. Osease, que era verdad que yo había visto un coche subir hacia el cielo como un bólido y que aquel coche era el del señor presidente y que el señor presidente iba dentro…”

Olegario proseguía su relato y satisfacía con repeticiones y detalles las preguntas de los parroquianos que se iban incorporando al corrillo que se había formado. En resumen, que el coche del señor presidente del Gobierno había sufrido el efecto de aquella gran explosión, siendo elevado por los aires hasta una altura de cuarenta y tantos metros y realizando una elipse hasta caer en la azotea sobre el patio interior del convento de los jesuitas.

“¡Esto es muy gordo, muy gordo!”, exclamaba el banderillero Molina, recién incorporado al grupo y ávido de detalles. “¡Y tanto! ¡Como que nunca han volado a un jefe de gobierno! ¡Buena la tenemos!”, le replicaba Manolo Elimpia. “Matar si que han matado a varios presidentes, aproximadamente dos o tres cada siglo; ahí están los casos de Prim, de Canovas, de Canalejas, de Dato… Pero lo que es volar, nunca habían volado a ninguno”, manifestó el señor Casares, que era contable de unos grandes almacenes y por lo visto sabía de historia.

–¿Y qué más cosas vio usted allí? –Insistió el banderillero Molina.

–Nada especial. Ya les digo que aquello se llenó de guardias, de bomberos, de ambulancias… Llegaron bastantes peces gordos, militares, ministros, el conde de los Andes, un concejal, un tío con un tapón en la cabeza que parecía un obispo. En esas oí a un cura, el padre Acebo o algo así, que le decía a los guardias que había visto caer el coche ante la ventana de su celda y que se llevó un susto de cojones, pero enseguida se repuso y salió y comprobó que el vehículo llevaba gente dentro y bajó corriendo a la capilla a coger los santos óleos y consiguió administrarle el viático al señor presidente, que aunque estaba roto por dentro, por fuera presentaba buen aspecto.

–¿Eso dijo?

–Eso mismo; en cambio, los dos hombres del asiento delantero del coche, o sea, el conductor y el escolta, estaban deshechos, según dijo.

–¡Tremendo! –exclamó Molina.

–¿Y el presidente estaba muerto? –Preguntó el doctor Lago.

–Según el cura, todavía vivía cuando le administró el viático, aunque murió a los pocos minutos. Por cierto, que el cura se extrañó de no ver a la chica dentro.

–¿Qué chica?

–La hija del presidente.

–¿Ah, si?

–Por lo que dijo el cura…

–Fraile jesuita sería –puntualizó Molina.

–Fraile o cura no distingo.

–Siga, siga.

–Por lo que dijo se conoce que la hija le solía acompañar todos los días a misa de nueve. Era una moza muy guapa, como de dieciséis o dieciocho años, según el cura. Llegaban puntuales al tempo, ocupaban los escabeles de la primera fila, oían misa, recibían la eucaristía y solían abandonar la iglesia por la puerta trasera, donde les esperaba el coche oficial para llevarles a casa a desayunar. Pero esta mañana la chica no iba… Así pues, el Carrero ese voló sin su compañía.

En ese momento, restalló una voz potente: “¡Cállese  usted  ya, botarate!” Era el capitán Orejas. Nadie se había percatado de su presencia a deshora en el estadero, pero  allí estaba con su inmenso vientre, más excitado que Cicerón frente a Catilina. Lucas acudió presto a su mesa con una botella de vino blanco y unos vasos vacíos. Y el electricista, sin hacer caso de la imprecación, apoyó la espalda en la barra y siguió diciendo en voz más alta: “Pues sí, señores, fue una bomba formidable, un bombazo de la hostia, y puesto que estamos ante el primer caso de un marino que experimenta el despegue vertical y muere en gracia de Dios, démosle gracias a Dios, y puesto que dicen que era el brazo derecho del dictador, admitamos que el dictador se ha quedado manco”.

“¡Esto es el colmo!”, bramó el capitán Orejas. “¡Que se calle, coño!”, ordenó desabrochando la cartuchera para echar mano a la pistola. Pero Olegario, bajo los efectos del abundante coñac, no podía ya contener la lengua. Menos mal que en ese momento, Lucas, al quite, en vez de servir al capitán dejó caer la botella sobre la mesa y al escacharse contra el mármol salpicó de vino y cristales la pechera y los calzones del capitán, lo que confundió y diversificó su ira. Y al instante Raba saltó la barra y agarró del brazo a Olegario y lo sacó del estadero con la ayuda de su amigo Rodoviario que le empujaba y cubría la espalda. Y el electricista, ya piripi, salió cantando la última frase de un himno muy celebrado por los borrachos que dice: “Y en España empieza a amanecer”. El capitán, aquella mole de militar, hizo además de querer salir tras él, pero se debían sentir tan torpe y pesado que aceptó la disposición de Lucas de que se secara y adecentara el uniforme con las servilletas y polvos de talco que le entregaba.

Las aguas regresaron a su cauce y Raba dijo a Lucas: “Menos mal que anduviste listo, chico, que si no aquí mismo tenemos un muerto”. Instantes después fue con el cuento al jefazo Marzo y éste acudió a comprobar el daño en el uniforme del capitán y le pidió disculpas en nombre de la casa. Acto seguido, reconvino a Lucas muy seriamente diciéndole que a la próxima torpeza imperdonable le pondría de patitas en la calle. Lucas aceptó la bronca sin levantar la vista del suelo. Ya desde el fondo del estadero, el jefazo le hizo una señal para que acudiera, y cuando le tuvo ante él, le felicitó por su comportamiento y le hizo ver que estaba obligado a tratarle con severidad, pues los milicos no admitían falta sin sanción. A lo que Lucas le preguntó si su resignación conllevaba aumento de sueldo, y el jefazo respondió: “Ya veremos”.

A quien no volvieron a ver fue a Olegario hasta el día en que su fotografía salió en un periódico en forma de cuerpo tendido sobre el adoquín, junto a una mancha oscura (sangre) y bajo un titulo que decía: “Cayó de una botella”. El texto informaba de que el operario electricista se había despistado y caído desde el anuncio luminoso con forma de frasco de una renombrada marca de bebidas espirituosas. La noticia les entristeció. Era un buen hombre, Olegario.

‘La verán mis ojos’ (V): «Y ustedes la verán también»

Sello de la II República
Sello de la II República

Por KEY GOOD

  

En las noches de agosto no había modo de dormir bajo las tejas calientes, así que después de los largos paseos o de las charlas a intervalos con la Rubia del Portugués, Lucas dejaba que transcurrieran las horas entre lecturas y recuerdos hasta que, ya cerca del amanecer, se enfriaban las tejas y los jilgueros entonaban sus gorjeos en el borde del ventanuco por el que entraba el frescor. Algunos se colaban en la habitación y lo cagaban todo, los muy cabrones, pero le hacían compañía y les permitía quedarse a condición de que le despertasen. Cuando, al cabo de dos o tres horas de sueño, abría los ojos y miraba el reloj, se incorporaba sobresaltado porque ya eran las nueve de la mañana y, entonces, los gorriones, como si fueran conscientes de merecer una recompensa por el servicio realizado, le acompañaban al lavabo para beber agua.

Lucas cortaba las hojas del cuaderno con las notas de la noche anterior, compraba sobres y las franqueaba desde el estanco de la Flaca –poniendo buen cuidado de pegar boca abajo los sellos con la testa del dictador, como si deseara que se le bajara la sangre a la cabeza y las diñara de mala manera por haber fusilado tanto–, a las direcciones de la tía Zulaica y del hermano Richard. Les contaba su precaria y sencilla vida en Ursaría, les hablaba de la gente que había conocido y se despedía sin otro particular. La tía Zulaica solía contestar a vuelta de correo. Richard se demoraba uno o dos meses en responder. La tía Zulaica solía contarle que las gallinas, los conejos y las cabras estaban bien y que ella, aunque se resentía de las piernas, iba tirando. Por su parte, Richard le hablaba de sus progresos. Ya era jefe de la partida de la carne de un gran hotel de aquella isla donde vivía y se lo hacía con amantes suecas, inglesas, holandesas, alemanas…, mujeres de piel blanca y suave que se iban tostando al sol y aun siendo higiénicas, cosméticas y perfumadas, disfrutaban el sexo como guarras. Algunas se lo querían llevar de arrimo y le ofrecían empleos domésticos de jardinero y cocinero.

También los frailes le contestaron a vuelta de correo y le enviaron el libro azul con las calificaciones escolares. Lo abrió y buscó con avidez las notas del último año, el quinto curso de bachillerato, pero la hoja estaba en blanco. ¿A qué obedecía la omisión? Les escribió pidiendo aclaración, pero sólo obtuvo una respuesta formal, según la cual, carecían de competencia legal para calificar el quinto curso hasta que realizara el sexto y la reválida. Escribió otra carta quejándose de lo que consideraba una injusticia y los frailes le contestaron que había aprobado todas las asignaturas, pero que no podían consignar las calificaciones porque la legalidad vigente se lo impedía. Total, que le quitaban un año.

Quien siguió sin dar señal fue el barbudo Argala. Iba para dos meses que le había llevado aquellas cartas. Las introdujo por debajo de la puerta de aquel piso de la calle de los Pajaritos y, tanto en la primera como en la segunda misiva, consignó la dirección de la pensión donde le podían encontrar. Pero estaba claro que aquel tipo no quería ayudarle ni saber nada de él. Pertenecía a esa clase de gentecilla circunstancial y sin palabra, de la que es preferible no acordarse.

Ursaría en agosto era una ciudad tan sucia y maloliente como el resto del año, pero más tranquila. Muchas sedes y establecimientos cerraban por vacaciones, otras funcionaban a medio gas, había menos gente, desaparecían los clientes habituales y llegaban sudorosos turistas descarriados que insistían en cenar a las seis de la tarde. Gente rara. La vida era más lenta, más relajada. Raba y el jefazo Marzo disfrutaban sus vacaciones y algunas mañanas Lucas se retrasaba y abría la persiana de La Campana media hora después de lo acostumbrado, pero no importaba, pues la cocinera Tinina se retrasaba una hora, el vinatero venia dos veces por semana y el mozancón del hielo permanecía fiel a sus retrasos. Entre Manolo Bolo y él se sobraban para atender a los escasos clientes. Cuanto desaparecían los turistas y los pocos parroquianos que, como el banderillero Molina, permanecían en la ciudad con encomiable fidelidad a sus costumbres, cerraban la persiana y daban por concluida la jornada. La cocinera Tinina se encargaba de contar la caja y de guardar la recaudación. Aunque pactaba las sisas con Bolo, Lucas hacía como que no se enteraba y se conformaba con el sueldo y las propinas del bote, que se repartían una vez a la semana, la tarde de los domingos.

Las horas muertas, de tres a cinco y media, eran para él las mejores del día. Se llegaba a la Cuesta de Moyano y el librero Nequin y su amigo Yebra le invitaban a sentarse con ellos en una silla plegable de lona a la sombra de la caseta y les escuchaba hablar de la guerra, de la situación presente o no les escuchaba porque se limitaban a observar el tablero de ajedrez y a pensar sus jugadas, regando de vez en cuando el gaznate con un chorrito de agua del botijo.

Algunas tardes pasaba por allí un hombre pequeño y pulcro, con la piel lechosa como un gusano de la fruta, y se paraba a saludarles. Tenía voz aniñada. Solía sacar del bolsillo de su guayavera una cajita de puros entrefinos y les daba uno, como quien regala caramelos a los niños. Nequin lo aceptaba de mil amores y le tendía el botijo, pero Yebra lo rechazaba con gesto de mil dolores. El hombre se llamaba don Igna Ben (nombre de guerra) y los puritos eran su forma de hacer propaganda clandestina de su partido, pues en el transparente papel de celofán que envolvía cada cigarro introducía una etiqueta muy fina con la inscripción ARDE. Eran las siglas de Acción Republicana Democrática Española, el partido de don Manuel Azaña, y el purito ardía, claro que ardía.

Cuando el amable señor se volvía a poner el sombrero y proseguía su camino, Yebra señalaba con el dedo las volutas que salían del cigarro de Nequin y exclamaba: “¡Puro humo!”

–Humo de puro –le corregía Nequin.

–Puro humo, la República –puntualizaba Yebra.

Esa sencilla expresión o cualquier otra que hiciera al caso bastaba para que el librero se soliviantara y ambos se enzarzaban en una discusión que podía resultar tan larga como interesante.

El contraste de argumentos entre el funcionario y el librero le parecía a Lucas una fuente de conocimientos tan buena y fiable como la de algunos libros. Desbarraban, pero sabian argumentar. Yebra podía adoptar el papel de monárquico cerril para provocar a Nequin y éste podía actuar como un republicano acerrimo para fastidiar a Yebra. Como Yebra trabajaba en el sótano de la hemeroteca municipal, encuadernando y conservando periódicos, en una lucha sin cuartel contra los estragos de la polilla y la disolución de la tinta, poseía la ventaja que le daba el trato con la prensa de las primeras décadas del siglo XX  y conocía noticias y episodios regios que Nequin ignoraba.

En una de aquellas discusiones, Nequin llamó meapilas a los Borbones y predijo que el príncipe heredero seguiría la política del palio, entregando miles de millones del erario público a los vaticanistas para que siguieran engordando la panza. También predijo que en cuanto el Borbón designado por el dictador fuera entronizado, acudiría al Vaticano a besar el anillo al Papa, lo que equivalía a besarle el culo, pues anillo viene de ano. Entonces Yebra sacó a pasear su erudición y le contestó que “ni Alfonso XIII ni su antecesor tuvieron simpatía por la religión católica”.

–¡Eso si que es bueno! –Exclamó Nequin.

–Lo que pasa es que el clero les envenenó el reinado –añadió Yebra.

–Los obispos lo envenenan todo –asintió Nequin.

–No sé si sabes que una parte de la clerecía se conjuró contra Alfonso XII y se negó a celebrar los funerales por la reina María de las Mercedes, de la que él estaba locamente enamorado. Es más, algunos obispos esparcieron tanto desprecio y rechazo hacia el rey que el pobre desgraciado acabó escribiendo en su libro de caza, tras la muerte de su joven esposa, que el único consuelo que le quedaba era contemplar las ásperas sierras de El Escorial donde había sido feliz con su Merceditas, pues ni siquiera tenía la suerte ni el descanso moral de Felipe II de ser creyente.

–¿O sea, que no creía en Dios? ¡Qué tontería!

–Lo escrito, escrito está. Y yo me digo que si hubiera vivido más tiempo, habría podido dar algún un ejemplo más contundente de su rechazo a la clerigaya carlista, pero en fin… Bueno, y cuando Alfonso XIII subió al trono, muchos curas y obispos realizaron actos de política carlista contra él. Yo creo que al XIII no le podremos negar algunos esfuerzos sinceros por separar a la Iglesia del Estado.

–¿Ah, si? ¡Eso también es bueno!

–Ahí está el decreto del matrimonio civil que eximía de toda declaración religiosa a los que quisieran casarse por el juzgado y solventaba de esa manera la pretensión de la Iglesia Católica de declarar nulos los matrimonios civiles de los contrayentes que no hubieran abjurado previamente del catolicismo…

–Puro formulismo –dijo Nequin.

–Formulismo o lo que tú quieras, pero no del que besa el ano sino del que escuece el culo al Vaticano.

–Sin haberlo deseado, te ha salido un pareado –se rió Nequin.

–Bueno, eso sin contar la famosa Ley del Candado para poner coto a las ventas de bienes y patrimonio que realizaban las órdenes religiosas al mejor postor sin dar cuenta ni a los fieles ni, mucho menos, al Estado.

–En España la clerigaya siempre ha hecho su satánica voluntad, amigo Yebra.

–Pero la voluntad de someterlos a la ley no se le puede negar…

–Ya, ya.

–Y el XIII también respaldó la reforma de Canalejas para descargar al erario de las obligaciones con la Iglesia. Y cuando, presionado por el Vaticano, Canalejas presentó su dimisión, el XIII no se la aceptó, como tampoco aceptó la de Romanones como ministro de Gracia y Justicia cuando el nuncio y los obispos desataron una cruzada contra él a raíz del decreto de protección del patrimonio cultural que prohibía a la Iglesia vender y exportar obras de arte… Y tampoco aceptó la renuncia de Manuel Pedregal, ministro de Hacienda, que intentó frenar la sangría del Estado a manos del clero, separando bienes y limitando los diezmos eclesiásticos… En fin, si el XIII no llegó a implantar la libertad de cultos, al menos lo intentó.

–¡Tonterías!

–Tonterías o no –prosiguió Yebra–, lo cierto es que los últimos Borbones no tuvieron mala fe, ni fe siquiera; otra cosa es que toparan con la iglesia, amigo Nemesio, y no pudieran hacer más.

–Sólo te recordaré, querido Yebra, que la República se proclamó contra el rey y contra el clero, ¿o no? De modo que la dudosa voluntad del XIII de reducir los privilegios del clero católico, apostólico y romano, si alguna vez existió, se disipó pronto.

–Mira, eso no te lo voy a negar. El propio XIII parecía arrepentido de haber cedido a las exigencias del clero. Nada más tienes que ver lo que cuenta Julián Cortés-Cabanillas.

–¿Qué cuenta ese reaccionario?

–Pues que estando el destronado en Roma, fue a ver al Papa Pío XI con la intención de abordar el asunto del clero en España y cuando comenzó a hablar de los problemas del clericalismo que provocaron su caída, el Papa le interrumpió bruscamente: “Eso no me lo cuente a mí, expóngaselo al nuncio Pacelli”. Y dice Cabanillas que al salir de aquella audiencia, don Alfonso le preguntó al cardenal Cacia-Dominioni, que le acompañaba, qué tenía previsto hacer la Santa Sede cuando un Papa no convenía a la Iglesia, y el cardenal, un tanto perplejo, le contestó que al ser el Espíritu Santo quien inspira a los cardenales en el cónclave, se lo lleva consigo. A lo que Alfonso XIII replicó: “¿Y no cree, eminencia, que el Espíritu Santo parece estar ahora algo distraído?”

–¡Tonterías de monárquicos lacrimógenos!

–Pues yo sostengo que el XIII acabó desengañado de la Iglesia por el comportamiento ruin y desleal de la jerarquía hacia él. Y lo que me parece más importante: espero que el nieto y heredero haya aprendido la lección y ponga las peras a cuarto a nuncios, arzobispos, obispos, deanes, confesores y demás.

–Que te crees tu eso… Puestos a esperar, seguro que eliminan el sostenimiento del culto, suprimen el Óbolo Real y dejan de mantener al Cristo de Medinaceli… Yo no descartaría que se convirtieran en republicanos.

–Seamos serios, Nemesio.

–Sí, como los burros.

–Pues yo confío en que los Borbones hayan aprendido la lección y el que viene no tropiece en la misma piedra.

–Si, como los burros.

En ocasiones, cuando venía a cuento, terciaba Lucas proponiendo a Nequin la anulación de la apuesta que se traían, pues cada día aparecía con mayor nitidez la restauración de la monarquía y el alejamiento de la reposición de la legalidad republicana, y él no deseaba añadir derrota a su derrota. Pero el viejo librero se revolvía en su taburete y le replicaba:

–¡Ni hablar del peluquín!

–Usted sabe que va a perder –insistía Lucas.

–Eso está por ver –replicaba Nequin.

–Ya lo verá.

–¡Claro que veré la Republica! ¡La verán mis ojos!, la veremos todos, y Yebra también.